Pioneros de un combate

Pioneros de un combate

PIONEROS DE UN COMBATE

De la Dra. Krane al Manifiesto de A. Christie

Ningún católico digno de este nombre puede ser indiferente a la situación de crisis que desde hace unas décadas padece la Iglesia. Ni dejará de valorar positivamente todos los datos que se aporten para detectar sus causas, porque conocer la naturaleza de éstas es conocer la de sus remedios. Otra postura iría directamente contra el más elemental sentido común.

Claro está que corresponde a historiadores profesionales el estudio sintético de las razones de una devastación tan descomunal. Pero los que no lo somos, sí que podemos presentar y recordar los análisis y previsiones —que en más de un caso se han revelado proféticas— de las decisiones que en la cúpula de la jerarquía eclesiástica del momento iban a generar lo que, con toda propiedad, el propio Pablo VI llamó “autodemolición de la Iglesia”.

Análisis y previsiones que no fueron obra de personajes irrelevantes sino todo lo contrario.

Entre los pioneros, una seglar ostenta la hermosa corona de haber tomado la iniciativa de preservar lo que otros no supieron defender ‘como hombres’ y ni siquiera ‘llorar como mujeres’; no era súbdita de un rey católico ni su nación fue considerada jamás una reserva espiritual; sea, quizá, porque entre el escaso 4% de fieles católicos de Noruega hubo demasiada sangre derramada a manos de los herejes luteranos, que quiso el Señor laurear en la preclara cabeza de la Dra. Borghild Krane la victoria de tantos antepasados suyos, mártires; esta eminente sicóloga de Oslo previó, con insólito anticipo, el triunfo del modernismo en la Liturgia y convocó a los católicos a asociarse con el fin de  salvaguardar la herencia de la milenaria Misa. Corría el verano de 1964 y aún faltaban unos años más para, en palabras del card. Ratzinger, la ‘fabricación‘(1) del “Novus Ordo Missae”; los canes roncaban, bostezaban los vigilantes; pero, entretanto, surgía el embrión de lo que sería ‘Una Voce’.

Como resultado de esta iniciativa, comenzaron a surgir un número de asociaciones nacionales en 1964/5, siendo la más fuerte de todas la francesa. El 8 de enero de 1967, en Zurich, se fundaba F.I.U.V., eligiendo como presidente a otro laico, el Dr. Eric de Saventhem, quien la condujo durante casi treinta años a puerto seguro, en medio de la oscuridad postconciliar denominada “juanpablismo”.

El valor de la gesta de la Dra. Krane y de Eric de Saventhem radica en su inmediata reacción a la orientación que tomaba el “Consilium”. Recordemos que, el 29 de febrero de 1964, el Papa había creado el“Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia”; confiando sus puestos claves a los personajes más avanzados del “Movimiento Litúrgico”, que ya hacía décadas venía a la deriva, y en particular, la presidencia al cardenal Lercaro, de la línea oficialista y la secretaría al modernista Padre Bugnini, muñidor de todos los planes y obsesionado con el carácter ecuménico que debería tener la nueva Misa; él fue quien dominó el devenir de dicha institución.

Si los clérigos callan y los teólogos de hinchada ciencia enmudecen, hasta las piedras gritan y la burra de Balaán habla; así que cinco años después de la iniciativa de la Dra. Krane, otro seglar, el intelectual francés Louis Salleron, levantó la voz en un semanario conocido, escribiendo lo que hoy estamos obligados a considerarlo ‘profético’:“ Centrado en la Nueva Misa, la reforma litúrgica no es más que la abolición de facto del Concilio de Trento y la conversión del catolicismo al protestantismo, bajo la apariencia del ecumenismo. Ese al menos es el primer paso, el que se gestiona en la actualidad, lo siguiente debe ser el establecimiento de la nueva religión que conduce a la revolución permanente, que es el espíritu de la reforma litúrgica” (2).

Recordemos, para resaltar debidamente las penosas circunstancias de la resistencia de estos pioneros, que el 24 de octubre de 1967, el cardenal Lercaro y Annibal Bugnini habían logrado en 3 años poner a punto una nueva Liturgia de la Misa, en conformidad  con  la degeneración que había sobrevenido al Movimiento Litúrgico-más ecuménico que católico-. Aquella mañana desdichada se representó el nuevo diseño a los Obispos reunidos en Roma para el Sínodo. Se la llamó “Misa Normativa”. El ensayo destrozaba todo: El Confíteor, el Kyrie, el Gloria, el Ofertorio… Pasaba por alto la intercesión de los Santos, el recuerdo de las almas del Purgatorio, el sacerdocio católico..Los obispos rechazaron esta fabricación, por poco margen. A la pregunta: “La estructura general de la misa llamada normativa, tal como ha sido descrita en el informe y la respuesta, ¿tiene el acuerdo de los Padres? “ El resultado fue el siguiente: Placet, 71. Non Placet, 43. Placet juxta modum, 62. Muchos vigilantes ya habían sido abducidos por el espíritu conciliar y otros, “juxta modum”, dormían profundamente mientras el enemigo, atravesadas ya las últimas defensas del fortín,  tomaba  todas las posiciones cuartelarías estratégicas. El fracaso no desalentó al “Consilium”; el card. Lercaro fue sustituido por Beno Lut; hecho este cambio por el Papa, entonces Pablo VI puso todo el peso de su autoridad en la balanza; y, así, el 3 de abril de 1969 el Papa proclamaba la Constitución Apostólica“Missale Romanum” por la cual revolucionaba el rito de la Misa e introducía, a la fuerza, la “Missa normativa” rechazada, pero apenas retocada. El 6 de abril, la Sagrada Congregación de Ritos promulgaba el nuevo orden de la Misa (Novus Ordo Missae), con su “Institutio Generalis”. El nuevo Misal debía entrar en vigor el 30 de noviembre del 69. La contaminación ecuménica de Dom Lambert Beauduin, las desviaciones litúrgicas de Dom Herwegen en Alemania, el comunitarismo craso de Dom Odo Casel, eldidactismo de Dom Pus Parsch y la imprecisión doctrinal de Guardini habían roto las defensas establecidas por Dom Prosper Guéranger y San Pío X.

Otro seglar, un convertido del anglicanismo al catolicismo, Michael Davies, no sólo regirá, durante años, la defensa de la Misa Tradicional católica, al frente de los destinos de Una Voce, sino que nos legará una temprana e imprescindible obra en tres partes, ‘La Revolución Litúrgica’. No estaba solo; para ese entonces más laicos izaban la bandera del catolicismo, defendiéndola con sus escritos; destacan el brasileño Arnaldo Xavier da Silveira, con su obra “Novus Ordo Missae-Estudio Crítico” , publicada bajo el título “Consideraciones sobre el Ordo Missae de Pablo VI” y el gran soldado de Cristo, Jean Meridán, quien en una carta dirigida a Pablo VI le dice:“ Beatísimo Padre, devuélvanos la Escritura, el catecismo y la Misa, que, cada día más, nos sustrae una burocracia colegial, despótica e impía que, con razón o injustamente, pero sin ser nunca desmentida, pretende imponerse en nombre del Vaticano II y de Pablo VI. Devuélvanos la Misa católica tradicional, latina y gregoriana, según el Misal Romano de san Pío V. Usted permite que se diga que la habría prohibido. Pero ningún pontífice podría, sin abusar del poder, vedar un rito milenario de la Iglesia católica, canonizado por el Concilio de Trento. Si efectivamente se produjera tal abuso de poder, la obediencia a Dios y a la Iglesia sería resistir y no sufrirlo en silencio” (3)  -Hay que tener en cuenta, para entender esta fortísima declaración, que el más eminente liturgista de la época, Klaus Gamber, admirado por Ratzinger, fundador del Instituto Litúrgico de Ratisbona y Camamero Secreto de su Santidad, ya había afirmado en  varios escritos que el Papa no estaba revestido de potestad alguna para introducir tal cambio radical en la liturgia -. Esta carta de Meridán fue firmada, también, por otras ilustres personalidades como Alexis Curvers, Marcel De Corte, Henri Rambaud,, Eric de Saventhem, Jacques Trémolet de Villers, Louis Salleron, etc.

Tampoco eran irrelevantes las razones ni los autores del llamado “Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae” entre los que, junto a seglares, ya se encontraban algunos pastores y cuyo documento fue avalado por una carta introductoria de los Cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci; fue presentado al papa Pablo VI el 25 de septiembre de 1969, en la que, entre otras denuncias graves, los prelados decían: “El nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio”. Unos pocos vigilantes permanecían en sus puestos, eso sí, ahora alertando no ya sólo sobre el enemigo de fuera, extra muros, sino y sobretodo, sobre los que ya estaban dentro y en posiciones de mando; pero los canes seguían sin habla.

Faltaban aún trece meses para que Mons. Lefebvre abriera el curso de ‘espiritualidad’ en Écòne y algo más para la aprobación por Mons. François Charriere de la FSSPX “ad experimentum” por seis años; por lo tanto, ninguna influencia de esta institución podía haber en los pioneros, si bien compartían inquietudes y perplejidades.

Que la borrica de Balaán habló, consta en las Sagradas Escrituras; véase Núm. 22,28 y ss.; pues, en efecto, si los asnos son capaces de articular fonemas comprensibles para el entendimiento humano, si Dios quiere, más fácil nos resultará aceptar que puedan hacer lo mismo, incluso, los animales racionales que ni siquiera comparten nuestros fundamentos teológicos, si así le place al Señor. Para castigar nuestra cobardía y avergonzarnos, los ochenta firmantes de otra carta que al mismo Papa y sobre el mismo tema de la reforma litúrgica le fue enviada con fecha de octubre de 1971 por el Primado de Inglaterra, Mons. John C. Heenan, que también la avalaba; está vez apoyando la conservación de la Misa con argumentos culturales.

Quien conoce, cuenta: “Se sabe que terminada la lectura echó una mirada a los nombres de sus remitentes, más de ochenta representantes de la cultura del siglo XX. Uno de los primeros era el de la creadora de Hercules Poirot, y al verlo Pablo VI exclamó: “¡Oh, Agatha Christie-!”. Fue suficiente. Sin seguir sobre el resto, asintió y dio curso al indulto. Sin embargo, el entonces Prefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Mons. Bugnini, encargado de comunicar la respuesta Pontificia sospechoso de pertenecer a la masonería, anexó a ésta una nota personal sugiriendo que dicho permiso a la Misa Tradicional se mantuviera en la mayor reserva.”

Pero conviene que recordemos este breve texto en su totalidad:

“Si algún decreto insensato llegase a ordenar la destrucción total o parcial de las basílicas o las catedrales, obviamente serían las personas beneficiadas por la cultura -cualesquiera fuesen sus creencias personales-, quienes se alzarían horrorizadas en oposición a una posibilidad tal. Ahora el hecho es que las basílicas y catedrales fueron construidas para celebrar un rito que, hasta hace unos meses, constituía una tradición viva. Nos estamos refiriendo a la Misa Romana Tradicional. Aún así, de acuerdo a las últimas informaciones provenientes de Roma, existe un plan para hacer desaparecer dicha Misa hacia fines del año en curso. Uno de los axiomas de la publicidad contemporánea, tanto religiosa como secular, es que el hombre moderno en general, y los intelectuales en particular, se han vuelto intolerantes a toda forma de tradición y están ansiosos por suprimirlas y poner alguna otra cosa en su lugar. Pero, como muchas otras afirmaciones de nuestras máquinas publicitarias, este axioma es falso. Hoy, como en los tiempos pasados, la gente culta está a la vanguardia, allí donde es necesario el reconocimiento del valor de la tradición, y son los primeros en dar la voz de alarma cuando ella es amenazada. No estamos considerando en este momento la experiencia religiosa o espiritual de millones de individuos. El rito en cuestión, en su magnífico texto latino, los ha inspirado una pléyade de logros artísticos invalorables, no sólo obras místicas sino la de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos países y épocas. De este modo pues, el Rito pertenece a la cultura universal, tanto como a los hombres de Iglesia y a los cristianos formales. En la civilización materialista y tecnocrática de hoy con su creciente amenaza para la mente y el espíritu en su expresión creativa original -la palabra- parece especialmente inhumano privar al hombre de formas verbales que han alcanzado su más excelsa manifestación. Los firmantes de este pedido, que es completamente ecuménico y apolítico, proceden de cada una de las ramas de la cultura europea y de otras partes, quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la apabullante responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la Misa Tradicional, incluso aunque esta subsistencia tuviera lugar junto con otras formas litúrgicas”.

No son pocos los simples que al leer la larga lista de variopintos firmantes y el fundamento estético de la misiva, pasan a despreciarla sin más, haciendo, así, alarde de una supina ignorancia sobre la filosofía cristiana, en especial de la metafísica. Porque, en efecto, la belleza no se distingue de la bondad, a parte rei, pues no se puede decir de una cosa que es bella si no es buena, aunque la decimos ‘bella’ por nuestro modo de concebir la bondad, que produce una complacencia y satisfacción en nosotros. Podría decirse, con ciertos autores, que la belleza es la bondad de lo verdadero o también un esplendor de la verdad. Pues bien, si se medita sobre la belleza observamos que, incluye ésta, además, entre el objeto bello y el espíritu que lo percibe, ya pertenezca aquél al orden sensible y material ya al inteligible y espiritual, una relación. Así, pues, aunque debe rechazarse la opinión de los que reducen la belleza a un fenómeno subjetivo, negando todo valor objetivo, debe admitirse que en el concepto integral de belleza hay una proporción, relación o complemento entre el espíritu y aquélla. Ahora bien, como la belleza que existe en un objeto fuera de Dios o distinto de Dios es relativa, por una parte, y por otra sabemos que la facultad de lo bello en el hombre es compleja porque además de la razón, facultad fundamental para la percepción de la belleza, exige la imaginación, siendo ambas diferentes en cada sujeto, se entiende bien que los firmantes del manifiesto resalten ese esplendor de la verdad en el que encuentran complacencia, sin que por ello, muchos de los que lo suscriben no lo consideren para sí mismos bien apetecible sine qua nom. En fin, que para cualquier ser humano que no haya perdido la facultad de percibir y juzgar, resulta obvia la belleza del rito milenario, más si la compara con la fealdad del nuevo.

He aquí, pues, la lista de los 80 intelectuales que firmaron el  llamado “Manifiesto ‘de Agatha Christie”:

Harold Acton, Vladimir Ashkenazy, John Bayler, Lennox Berkeley, Maurice Bowra, Agatha Christie, Kenneth Clark, Nevill Coghill, Cyril Connolly, Colin Davis, Hugh Delargy, +Robert Exeter, Miles Fitzalan-Howard, Constantine Fitzgibbon, William Glock, Magdalen Gofflin, Robert Graves, Graham Greene, Ian Greenless, Joseph Grimond, Harman Grisewood, Colin Hardie, Rupert Hart-Davis, Barbara Hepworth, Auberon Herbert, John Jolliffe, David Jones, Osbert Lancaster, F.R. Leavis, Cecil Day Lewis, Compton Mackenzie, George Malcolm, Max Mallowan, Alfred Marnau, Yehudi Menuhin, Nancy Mitford, Raymond Mortimer, Malcolm Muggeridge, Iris Murdoch, John Murray, Sean O´Faolain, E.J. Oliver, Oxford and Asquith, William Plomer, Kathleen Raine, William Rees-Mogg, Ralph Richardson, +John Ripon, Charles Russell, Rivers Scott, Joan Sutherland, Philip Toynbee, Martin Turnell, Bernard Wall, Patrick Wall, E.I Watkin, R.C. Zaehner, Jorge Luis Borges, Giorgio De Chirico, Elena Croce, W.H. Auden, Bresson e Dreyer, Augusto Del Noce, Julien Green, Jacques Maritain, Eugenio Montale, Cristina Campo, François Mauriac, Salvatore Quasimodo, Evelyn Waugh, Maria Zambrano, Elémire Zolla, Gabriel Marcel, Salvador De Madariaga, Gianfranco Contini, Giacomo Devoto, Giovanni Macchia, Massimo Pallottino, Ettore Paratore, Giorgio Bassani, Mario Luzi, Guido Piovene, Andrés Segovia, Harold Acton.

“La insigne novelista y sus 79 compañeros obtuvieron un éxito relativo, ya que el indulto se aplicaría a unos poquísimos lugares de culto. Pero al menos obtuvieron unas migajas, porque cuando intelectuales como Jean Guitón, o Jacques Maritain, pidieron al Papa Pablo VI, poco después, que se mantuviera en el Credo de lengua vernácula el Consustancial del Concilio de Nicea, no consiguieron nada; absolutamente nada”.

Este amplio movimiento de resistencia se desarrolló entre 1964 y 1975, bastante antes del así llamado“caso Lefebvre”, estallado el 29 de junio de 1976, cuando el arzobispo francés confirió el subdiaconado y el sacerdocio a 26 de sus seminaristas, incurriendo así en la “suspensión a divinis”, a todas luces ilegitima. Los católicos crearon a partir de entonces capillas en graneros, garajes, lonjas, casas- siguiendo el modelo de los alejandrinos que se enfrentaron al arrianismo siguiendo a San Atanasio, atendidos por buenos sacerdotes cuya columna vertebral era el seminario de Écòne; pero esa es otra historia, cuyas semillas esparcidas, gracias a Dios, han dado fruto más allá de las angostas fronteras de la Fraternidad.

Pues bien, si a los pioneros les corresponde siempre abrir brecha, teniendo los citados y muchos más que nos sería imposible nombrar aquí, imputado tal mérito por gracia de Dios, cierto es que esperan de los que detrás venimos, no sólo la defensa de lo legítimamente conquistado, sino la expansión  y definitiva consolidación de lo genuinamente católico. Porque, como dice el gran liturgista Klaus Gamber, “es necesario que el rito más que milenario de la Misa vuelva a ser la norma de la fe y el signo de la unidad de los católicos en todo el mundo; un polo inamovible en unos tiempos tan desorientados y en perpetuo cambio”. Porque como más arriba cito, ya decía ‘profeticamente‘ Louis Salleron que, el siguiente paso es ”el establecimiento de la nueva religión que conduce a la revolución permanente, que es el espíritu de la reforma litúrgica”. Y ahora ya estamos en esa permanente revolución le digo, querido lector,por  si todavía no  había usted percibido de tal situación.

(1) Card. Ratzinger; La reforma de la Liturgia Romana; introducción titulada ‘Klaus Gamber, la Intrepidez de un Verdadero Testigo’ “Lo que ocurrió tras el Concilio es algo totalmente distinto, en lugar de una liturgia fruto de un desarrollo continuo  se ha introducido una liturgiafabricada”

(2)Semanario Carrefour.  Louis Salleron, la Nueva Misa , New Editions Latina, en diciembre de 1970, la Nueva Misa en lo que (seguido de: Solesmes y la Misa ), Caminos / DMM, noviembre de 1975, segunda edición (ampliada) de la Nueva Misa , septiembre 1976

(3) Nouvelles Editions Latines, 1974).

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