El talón de Aquiles de la ‘papolatría’

No es el objeto de este artículo suscitar gratuitamente la polémica; pero contiene suficientes ingredientes para que ‘papólatras’ juanpablistas y francisquistas, de un lado, y algunos sedevacantistas montaraces, de otro, se rasguen las vestiduras. La finalidad de este escrito es, bien al contrario, sostener en la fe católica prístina a los sencillos de corazón en medio de esta atroz crisis, cuya causa se remonta ‘constitucionalmente’ al desdichado Concilio Vaticano II, sacando conclusiones de otra gran tribulación de la Iglesia del siglo VIIº. Pero vayamos directos al asunto:

El sexto Concilio Ecuménico, III de Constantinopla, ocupando la Sede de Pedro el Papa Agatón, excomulga al papa Honorio I, que para entonces ya había fallecido, con el siguiente anatema: “Anathematizari praevidimus et Honorium… eo quod invenimus per scripta quae ab eo facta sunt ad Sergium, quia omnibus eius mentem secutus est et impia dogmata confirmavit”. (Llegamos a la conclusión de anatematizar también a Honorio (papa) […] porque encontramos que en los escritos que escribió a Sergio siguió en todo la mente de éste, yconfirmó sus impíos dogmas).

Más tarde, el Papa San León II, en carta dirigida al emperador Constantino Pogonato, al informarle quehabía aprobado las cartas del Concilio Ecuménico sexto, III de Constantinopla, le decía : “Excomulgamos asimismo a esos inventores de un nuevo dog­ma, Teodoro de Faran, Ciro de Alejandría, Sergio, Pablo, Pedro, intrusos más que obispos de la Iglesia de Constan­tinopla, e igualmente a Honorio (papa), quién en vez de purificar a esta Iglesia Apostólica, se esforzó, por una traición sa­crílega en destruir la fe inmaculada.

El mismo Papa S. León II en carta al rey hispano Ervigio, le dice: “Y con ellos Honorio (papa), quepermitió que la ley sin mancha de la tradición apostólica que recibió de sus predecesores, fuera ensuciada. Y a los obispos españoles les explica el significado :”…Con Honorio, al convertirse en autoridad apostólica no extinguió la llama de la enseñanza herética cuando comenzaba sino que le dio pábulo con su negligencia”. Es decirno insistió en las “dos operaciones”.

Expliquemos con brevedad cómo se había llegado a esta gravísima sanción de excomunión a un Papa legítimo. En aras de la brevedad pondré algún enlace para quien, desconociendo esta cuestión se entere; conocimiento necesario porque se pueden extraer algunas enseñanzas para ilustrarnos sobre cómo se debe resistir al ‘magisterio’ que ha renunciado a hablar ex cáthedra y por lo mismo, a usar el carisma de la infalibilidad y  que destruye hoy la fe inmaculada.

La herejía monotelista surgió de un loable intento prometeico por atraer a los herejes monofisitas a la comunión católica, pero por medios indebidos; no por las sendas de Dios; es decir, silenciando verdades dogmáticas de la fe católica o negándolas para conformar a los herejes monofisitas (todo parecido con el sedicente ‘magisterio’ y práctica del actual ecumenismo será fruto de la mente del lector). En efecto, afirmaban los herejes que sólo hay una Voluntad en el Verbo Encarnado y que las operaciones (actividades, energeiai) de Cristo no son de dos clases, la divina y la humana, sino que han de considerarse acciones teándricas (Divino-humanas) del único Cristo . Estas dos fórmulas: “una Voluntad” y “una operación teándrica” son características del Monotelismo, las cuales estaban dispuestos a suscribir también los monofisitas. En base a sostener esta herejía se gustaba ya la tan deseada restaurada unidad católica con los monofisitas. Tal intento de unidad al margen de la verdad, sin embargo, traía debajo del brazo una nueva herejía que subyugó a la mayoría de las sedes episcopales de oriente (4 de los 5 patriarcados eran orientales) y otro nuevo cisma. “La mayoría de los teólogos no percibieron esta herejía porque gastaban su energía en otra imaginaria’, dice la Enciclopedia Católica. Ciertamente el despiste de los teólogos se repite hasta el día de hoy. Fue un monje con fama de santidad, Sofronio, luego declarado santo, quien se enfrentó a los heresiarcas, al parecerle sospechosa la facilidad de la vuelta de tantos herejes a la unidad (recuerde que estamos hablando del siglo VIIº, no de ahora mismo, amable lector).  “Un mejor conocimiento de la teología monofisita nos permite percibir por qué Ciro, obispo al que apoyaba el patriarca Sergio, tuvo tanto éxito en unir a los monofisitas a la Iglesia: “fue porque su fórmula para la unidad incorporaba su herejía” abominable monotelista (Enc.Cat..). Lo cierto es que Sergio escribió una carta al papa Honorio y éste le respondió al Patriarca que estaba de acuerdo con silenciar las dos voluntades en Cristo” en aras de la paz y la anhelada unidad, contrario a la verdad católica de las dos voluntades que predicaba sólo San Sofronio – a su muerte San Máximo-, a quien el papa le impuso silencio. Más adelante, en la misma carta, el papa erraba más gravemente aún al escribir.”De donde reconocemos una Voluntad de nuestro Señor Jesucristo”; unidad que entendida física es una herejía, y que sólo se podría salvarse entendiéndola como unidad moral (véase las propiedades trascendentales del ente, al estudiar el unum) Después de que Sergio recibiera esta carta del papa y sustentándose en ella, elaboró una  “Ecthesis”, o exposición que fue editada por el emperador a finales del 638. En conformidad con las palabras del papa Honorio, ordena a todos los súbditos del emperador Heraclio que confiesen una Voluntad en el Señor y que eviten las expresiones de “dos operaciones” en Cristo. Para ese entonces Honorio ya había muerto. Esta carta, junto a otras, incluida la ‘Typo’, fueron examinadas por el Concilio Ecuménico para anatematizar a Honorio. Sea suficiente para lo que queremos mostrar: el talón de Aquiles de la papolatría. Pueden leer el caso Honorio en profundidad abriendo para su lectura o descargando este  archivo titulado “Un Papa Excomulgado”

Señalamos aquí, frente a los galicanos y protestantes, que la carta del Papa Honorio  no define o condena y no obliga a la Iglesia a aceptar su enseñanza, es imposible pensar que era una manifestación “ex cáthedra” y por lo tanto Honorio no es formalmente hereje, pero con la mayoría de los teólogos, cuya posición resume bien la gran Enciclopedia católica, es seguro que “Está claro que ningún católico debe defender al papa Honorio. Fue un hereje, no intencionadamente, pero sí de hecho (hereje material, señalan otros teólogos católicos); y ha de considerársele como condenado en el sentido en el que fueron condenados Orígenes y Teodoro de Mopsuestia”. Frente a frikis, juanpablistas y francisquistas, afirmamos que el papa puede caer en el error y favorecer la herejía, en cuyo caso el deber del católico es resistirle para guardar la fe católica pura e inmaculada, si no quiere caer en el mismo anatema que la Iglesia lanzará un día. Frente a sedevacantistas intratables, no todos lo son, el caso del Papa Honorio debiera enseñarles que la infalibilidad está asociada al Vicario de Cristo en la tierra sólo cuando éste habla ex cáthedra, como dice el Vaticano I.

 De esta forma nos dejaron los Papas un precedente del castigo que deben esperar los sucesores de san Pedro que traicionan la fe inmaculada o la perjudican con su negligencia en su deber de combatir la herejía. Y se quiso dar tanta autoridad y fuerza a este precedente que, durante siglos, diversos Vicarios de Cristo confirmaron la excomunión de Honorio y la Santa Iglesia la siguió repitiendo en distintas ocasiones para recordar a los sucesivos obispos de Roma, a obispos y cristianos, el grave pecado que comete un Papa, si con su simple negligencia fomenta los avances de la herejía.

Pero muchos papólatras segundovaticanistas, coincidentes con los sedevacantistas extremistas, cegados por prejuicios, niegan la realidad arguyendo dos ficciones: o bien que las actas de dicho Concilio fueron manipuladas por los cismáticos orientales, o bien que las cartas habidas entre el Patriarca Sergio y el Papa Honorio, documentos estudiados en el Concilio para anatematizar a ambos, eran falsos. Pretenden con esta argucia sostener su posición, según la cual el papa es infalible siempre, sin distinguir las notas que Pastor Aeternus introduce para que los católicos podamos discernir cuándo el papa habla o no ex cáthedra, y que la mayoría de los serios teólogos enseñan en cualquier manual de Teología Fundamental pre conciliar.

Sembrar la sospecha de que las actas del Concilio hayan sido manipulas por los orientales, para sostener los propios prejuicios, es una gravísima acusación teñida de ignorancia o de culpa, ya que extendería esa duda sobre todos los demás Concilios Ecuménicos celebrados en el Oriente, lo que no se puede consentir porque atacaría la propia Revelación mediata.

Dicho lo anterior, queremos creer, cómo lo ha sostenido la Santa Madre Iglesia, que las cartas entre el papa Honorio y el Patriarca Sergio, por cuyo contenido  anatematizó al papa Honorio un Concilio Ecuménico aprobado por San León II son auténticas, no sólo porque es un hecho dogmático sancionado por la Iglesia, causa suficiente que ningún católico tiene libertad de negar sin pecado, sino también por las siguientes razones:

I.-Sobre la autenticidad de las cartas estudiadas por el Concilio no hay ninguna duda, ya que durante la sesión duodécima, del doce de marzo de 681, se presentó un paquete que Macario –a éste, que se apoyaba en la carta de Honorio para pregonar el monotelismo, le anatematizó también el Concilio- había enviado al emperador, el cual aún no había abierto. Dicho paquete contenía la carta de Sergio a Ciro y al papa Honorio, la carta falsificada –esta sí-de Mennas al Papa Virgilio, y la carta del Papa Honorio a Sergio. En efecto, el Concilio  detectó la falsificación de la carta de Mennas a Virgilio, pero examinada cuidadosamente la carta de Honorio a Sergio la consideró autentica. Quien para defender su prejuicio diga lo contrario, estaría afirmando que un Concilio, Ecuménico por la sanción del Papa y por lo tanto infalible, se engañó y nos engañó.

II.-Así, pues, en adelante el papa Honorio fue incluido en la lista de herejes anatematizados por el Sínodo Trullano (nombre por el que se conoce al sexto Concilio Ecuménico) y también por el séptimo  (año 787) e igualmente por el octavo (año 869) Concilios Ecuménicos. No aceptar esto es equivalente a negar la infalibilidad de estos tres Concilios ecuménicos y la de los papas que como tal los formalizaron y aprobaron.

III.-Fue tanto el celo de la Santa Iglesia en preservar el recuerdo de todo esto, que se insertaron en el “Liber Diur­nus” los siguientes términos: “Excomulgamos a Honorio debido a que, por su negligencia, fomentó el crecimiento de las falsas afirmaciones de los herejes”. Seguir el criterio de negar la autenticidad de las cartas entre Honorio y Sergio es equivalente a decir, por lo tanto, que los formularios eclesiásticos que durante cuatro siglos usó la cancillería del Papa, cuyos modelos más antiguos están tomados del Papa San Gelasio y San León Magno, contenían errores por haber introducido en el siglo séptimo la fórmula LXXXIV (en la edición de Holstenius, que fue reimpresa en Roma en 1658), que  contenía nada menos que la mismísima profesión de fe del recién electo Papa, el cual reconocía el Sexto Concilio Ecuménico  y sus anatemas contra el Papa Honorio I por su favorecimiento del monotelismo. Es decir, los que niegan la autenticidad de las cartas entre Honorio y Sergio para sostener obstinadamente que el papa es siempre infalible, hable o no ex cáthedra, afirman, lo quieran o no, lo sepan o no, que la profesión de fe de todos los papas desde el siglo VIIIº Al XIº era errada y por lo tanto, eran falibles ¡Nada más y nada menos! “Desvestir a un santo para vestir a otro”, suele decirse.

IV.-En el juramento que se tomaba a todos los nuevos papas desde el siglo VIIIº a XIº se empleaban las siguientes palabras: “Junto con Honorio, que dio pábulo a sus malvadas afirmaciones” (Liber diurnus, II, 9). Negar la autenticidad de las cartas es equivalente a decir que durante cuatro siglos los papas juraban en vano.

V.-La condena del papa Honorio fue conservada en las lecturas del Breviario, en el día 28 de junio (S. León II),  hasta el siglo XVIIIº. Es decir, los católicos siguiendo a los papas, han creído, sin dudar, y rezado en el Oficio Divino, que Honorio fue condenado porque “fomentó el crecimiento de las falsas afirmaciones de los herejes”; en efecto, fue materialmente hereje, aunque no formal, como falsamente concluyen los galicanos y protestantes. Paradójicamente juanpablistas y francisquistas junto al sedevacantista montaraz niegan la infalibilidad de, aproximadamente, un centenar de papas y de la Iglesia durante más de un milenio, mientras defienden un “infabilismo absolutista” y acatólico ¡Si eso no es una contradicción, que me digan qué lo sería!. Para entender mejor al sedevacantismo arisco: lo que estarían afirmando es que el Papa es infalible hasta cuando cuenta un chiste, menos estos más de cien papas y la oración litúrgica de la Iglesia que durante esos pontificados rezaron centenares de miles de sacerdotes.

Los segundovaticanistas, es decir, juanpablistas y francisquistas, etc., en cambio están dispuestos a afirmar que el papa es infalible, aunque se le ocurriera decir que la materia de la Eucaristía puede sustituirse por Coca Cola, si esta bebida gaseosa gusta al Presidente de la asamblea más que el vino.

VI.-Que Baronio, siguiendo a Pighius, dijera que el Concilio condenó a Honorio (no lo podía negar sin caer él mismo en herejía) pero que presumía que un patriarca de Constantinopla, Theodorus, depuesto de su sede por el Emperador y luego restituido hubiera sustituido ‘Theodorus’ por ‘Honorius’ en las Actas, no deja de ser un ‘agravio’, aunque hecho por un celo algo pueril, a la inteligencia de los papas y de la Iglesia que ha mantenido lo contrario durante siglos. Se parece mucho a la exégesis acomodaticia que San Jerónimo hace del conflicto de Antioquía donde San Pablo censura el proceder peligroso de San Pedro: “Cefas vino a Antioquía le resistí cara a cara por ser digno de reprensión..”  (Gal. 2, 11-15); exégesis tan disparatada la de San Jerónimo que el mismo San Agustín tuvo que salir a contradecir tan abultado dislate, a pesar de ser un gran admirador suyo. “ el mismo Doctor de Hipona reprende a San Jerónimo, que explicaba este encuentro como una maniobra táctica convenida de antemano entre los dos apóstoles con el fin de aclarar la verdad; teniéndole que decir (San Agustín a San Jerónimo) que Dios no necesita de nuestras ficciones” (com. de Straubinger al vers.). El mejor escribano echa un borrón; también San Jerónimo y con más razón Baromio. Y hasta los mismos galicanos Bossuet, Dupin, Richer; y más tarde el card. De la Luzerne, o el mismo  Maret y Graty y otros muchos más, que junto con los protestantes defendían, erróneamente, que Honorio había caído en herejía formal, ni cuestionaron la legitimidad de las actas, ni que tal caída comprometía, en general, la habitual ortodoxia de la Sede romana. Para defender, pues, la infalibilidad del papa tal como consta en el Concilio Vaticano I, es decir cuando habla ex cáthedra, dogma que hay que creer, Dios no necesita de nuestras ficciones, inventivas, ni de imaginaciones alegóricas o conspirativas.

Los principales defensores de la infalibilidad papal, tales como Melchor Cano en el siglo dieciséis y Tomasino en el diecisiete, Pietro Ballerini en el dieciocho, el cardenal Perrone en el diecinueve, han sido cuidadosos al advertir que Honorio no definió ex cátedra, por lo que no es hereje formal. Aunque algunos siguieron a Pighius y Baronio, la mayoría no negaron la autenticidad de las cartas.

Ni Pennachi  en el Concilio Vaticano I, ni sus predecesores  Turrecremata, Bellarmino, Assemani o Grisar negaron la autenticidad de las cartas de Honorio, sino que se centraron en explicar que el Concilio no podía definir hasta que se confirmara por el Papa León II, quien cambió la calificación de hereje por la ya citada más arriba.

Esta crisis nos enseña que, a pesar de las traiciones, incluso de papas, la promesa de Cristo de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia se cumple siempre. Porque “los obispos herejes usaban astutas armas de lucha: las cartas del Papa Honorio I. afirmando que su doctrina era la ortodoxa ya que había sido apoyada por el Sumo Pontífice, cabeza máxima de la Iglesia y sucesor de Pedro; y porque al mismo tiempo aducían a su favor la gran autoridad eclesiástica de los grandes patriarcas que, como hemos dicho, eran, en tales tiempos, los segundos del Papa en jerarquía” Estas terribles armas espirituales convencían a clé­rigos y a seglares poco eruditos, y celosos de sumisión ciega a la jerarquía eclesiástica, así sostuviera ésta las peores herejías. Esto es muy necesario tomarlo en cuen­ta para poder comprender por qué el Santo Concilio Sex­to Ecuménico, Cuarto de Constantinopla, tuvo que verse en el penoso y  lamentable extremo de tener que excomul­gar  por una traición sa­crílega en destruir la fe inmaculada al Papa Honorio I y a los patriarcas cau­dillos de la sedición. Era preciso quitar a los herejes la poderosa arma que esgrimían, relativa al apoyo que les había dado el Papa” (Enc. Catol.). Y Cristo se la quitó, para que no prevaleciera la herejía, cumpliendo su promesa. La crisis se zanjó luego de unos 50 años, de lo que no se deduce que la actual esté a punto de terminarse, como algún  idiota pueda deducir aplicando una ‘regla de tres’; los caminos de Dios son inescrutables, pero Él es siempre fiel a su Promesa.

Ergo, el papa puede errar cuando no habla ex cáthedra. Honorio no fue por eso declarado antipapa, siendo, sin embargo, otros aspectos de su pontificado laudables. Cópiense las actitudes católicas de San Sofronio y San Máximo y resístase al papa cuando favorece la herejía. Que la sede esté vacante es legítimo sostenerlo como opinión, pero sólo le cabe a la Iglesia sancionar ese Hecho Dogmático y no a cada cual, cuando Dios quiera, porque su promesa siempre se cumple. Elevar cada cual lo opinable a dogma es  tratar de dividir la Túnica Inconsútil de Nuestro Señor.  No resistir a la traición de obispos e incluso de papas a la fe inmaculada, no es legítimo como católico y es colaboracionismo con la herejía y traición a Cristo, vida nuestra.

Por Sofronio

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