Las exageraciones del ‘sedevacantismo’

El siguiente texto lo publico a petición del autor del que me consta, especialmente, su ciencia litúrgica académica, y su personal sacrificio por ser fiel a la Santa Misa Católica de tradición apostólica y a la Fe y doctrinas católicas tal como se predicaron y creyeron hasta 1962, momento en el cual la confusión comenzó a tener “barra libre”. Preocupado por restaurar la unidad rota entre los católicos agrupados en torno a la Tradición de la Iglesia, atomizada en cada vez más numerosas ‘capillas’, trata en este artículo de iluminar los entendimientos de los fieles con el corazón roto, y a veces muy confusos, a causa de las exageraciones de un cierto sedevacantismo montaraz; postura (el sedevacantismo) que el autor considera legítima, siempre y cuando no se constituya en ‘dogmática’ y anatematizante de los demás católicos que no la comparten. En mi opinión, el artículo logra desenmascarar la falacia de ciertos argumentos de los sedevacantistas más radicales que niegan la validez de las consagraciones de obispos según el nuevo rito y de las reformas litúrgicas de Juan XXIII e incluso Pío XII, entre otros asuntos que aborda. En fin, ahí les dejo el texto de un sacerdote tradicional, con títulos académicos en Sagrada Liturgia, que servirá, no me cabe ninguna duda, para ilustrar algunos entendimientos sobre ciertos asuntos que dividen la Túnica Inconsútil de Cristo, vida nuestra.

EL SEDEVACANTISMO Y SUS EXAGERACIONES

Por Juan Antonio Iglesias Oliva, sacerdote

Una de las tendencias dentro del catolicismo tradicionalista es, como todo el mundo sabe, el sedevacantismo. Aunque no es ni con mucho la más amplia, sí le son características una serie de afirmaciones, algunas de ellas netamente erróneas, que pueden hacer vacilar e incluso caer en el error a los incautos que se aproximan, sin mayores prevenciones, a sus escritos. Es por ello por lo que hace tiempo que veo la necesidad de exponer de forma clara y compendiosa sus errores, a fin de evitar que los fieles católicos, incluso aquellos que no son sedevacantistas, acepten por ignorancia unos postulados que, si bien en algunos casos no serían en sí erróneos si se entendieran como opiniones teológicas particulares, cuando se pretenden presentar como la única verdad católica caen de lleno en el campo de lo inaceptable. Mi intención no es tratar en profundidad el problema del sedevacantismo en sí, mucho se ha escrito al respecto y rehúso entrar en una discusión bizantina que al final resulta totalmente estéril, sino aquellas afirmaciones que le suelen ser propias y que como católicos no podemos aceptar. Procuraré ir desgranándolas paulatinamente.

1. Juan XXIII era masón y hereje.

Sabido es que los sedevacantistas afirman que, o bien debido a una herejía personal previa o bien a haber caído en ella tras su elección, Juan Bautista Montini, llamado Pablo VI, no era verdadero Papa, como tampoco lo fueron ninguno de sus sucesores, razón por cual la Sede Apostólica estaría vacante desde aquel entonces. Algunos hacen remontar la vacante de la Sede hasta la muerte de Pío XII debido a que, según ellos, Juan XXIII era hereje modernista y masón. Ninguna prueba fehaciente se ha presentado a este último respecto más allá de muy vagos comentarios, interesadas suposiciones y poco creíbles habladurías. Por el contrario, tanto las Constituciones del Primer Sínodo Romano, promulgadas por el Papa Roncalli a mediados del año 1960, como los veinte esquemas que elaboró la Comisión Preparatoria del Vaticano II y que fueron presentados en el aula conciliar y sistemáticamente rechazados debido a la presión de los modernistas[1], así como el Magisterio continuo de este Papa, prueban bien a las claras lo erróneo de esas descalificaciones y la ortodoxia substancial de Juan XXIII. Carecía, es verdad, de la altura teológica de Pío XII y no se le puede negar un cierto resabio de liberalismo más práctico que teórico, junto a lo cual son de lamentar en él algunas amistades modernistas nada recomendables.

Con todo, habida cuenta de su pública y clara ortodoxia, ninguna de esas cosas bastan a hacer de Juan XXIII el monstruo de herejía que algunos pretenden. Me adscribo aquí al antiguo aforismo del Derecho romano: Quod non est in actis, non est in mundo, es decir, lo que no está en las actas, no existe en el mundo, o lo que es lo mismo, que las cosas hay que probarlas de manera fehaciente, no bastando en absoluto en estos asuntos ni aun la certeza moral y subjetiva, cuánto menos la duda infundada y la superchería. El día en que se presenten pruebas irrefutables de su supuesta adscripción a la masonería y escritos en los que con toda claridad defienda los postulados liberales, ese día les daré la razón. Mientras tanto lo retengo como el último Papa realmente católico aun con todos los peros que se le puedan poner, que habiendo sido él quien convocara el Vaticano II no son pocos.

2. No se pueden aceptar las reformas litúrgicas de Pío XII y Juan XXIII.

Entre 1951, con la publicación de la Vigilia Pascual restaurada[2], y 1962, con la nueva Edición Típica del Pontifical Romano, la Santa Sede, a impulsos de los Papas, emprendió una serie de reformas litúrgicas parciales que los sedevacantistas rechazan por lo general. Algunos llegan al extremo de rechazar como modernista el Misal de 1962 cual si no hubiera diferencia alguna entre éste y el de 1970. Mi tesis, y la de la mayor parte de los católicos tradicionalistas, es que a pesar de esas reformas el Rito Romano sigue siendo substancialmente el mismo y, por tanto, es perfectamente legítimo utilizar en el culto los libros litúrgicos en uso justo antes del comienzo del Vaticano II. A continuación expongo someramente el contenido de estas reformas preconciliares.

1955:

Nuevo Ordo de la Semana Santa. Recoge la Vigilia Pascual restaurada en 1951 y aplica los mismos principios utilizados en ella a toda la Semana Santa. Así, en el Domingo de Ramos se simplifica la bendición de los ramos, dejando una sola oración donde antes había una antigua Missa sicca. De Lunes Santo a Jueves Santo no hay cambios dignos de mención, salvo la facultad concedida para que el Lavatorio de los pies se pueda efectuar al interior de la Misa, después de la Homilía. Por lo que respecta al Viernes Santo, aparte de la adición de una Oración al comienzo de la función vespertina y otras tres al final, el único cambio digno de señalar es la abolición de la Misa de presantificados en la última parte del Rito, dejando únicamente un rito de la Comunión. En la Vigilia Pascual se reforma el Lucernario aunque conservando los elementos tradicionales, se disminuye el número de Lecciones de doce a cuatro, se divide en dos partes la Letanía de los Santos y se añade una Renovación de las Promesas bautismales por parte de los fieles. La reforma de la Semana Santa hecha por Pío XII, sin perdernos en pequeños detalles, consiste substancialmente en eso, siendo muchos más los elementos que permanecieron intactos que los que fueron retocados.

Simplificación de las Rúbricas del Breviario y del Misal.

Se elimina el Rito semidoble, rebajando las fiestas que lo tenían a la categoría de Simple, y las que eran Simples a Conmemoración, sin Lección en Maitines. Se eliminan la mayor parte de las Octavas, dejando únicamente las que tenían Misa propia para cada día, es decir, Navidad, Pascua y Pentecostés. También se eliminan algunas Vigilias, las Oraciones del Tiempo, y se limita a tres el número de oraciones, contando las del día y las Conmemoraciones. En el Breviario se simplifica un tanto el Ordinario, eliminando de cada Hora algunos elementos devocionales, como el Pater y Ave al comienzo de cada una de ellas -en Maitines y Prima se añadía también un Credo-, o la Oración Sacrosanctae al final de Completas. Se eliminan las I Vísperas de todas las fiestas salvo los Dobles de I y II clase, y asimismo las Preces dominicales y feriales, dejando únicamente las de Laudes y Vísperas de las Ferias IV y VI de los tiempos penitenciales, desapareciendo también los Sufragios de los Santos y la Conmemoración de la Cruz en Pascua. Aparte de otros pormenores rubricales, fue en esto en lo que consistió fundamentalmente la Simplificación de Rúbricas de 1955.

1960: Nuevo Código de Rúbricas.

La disposición de las Rúbricas Generales del Breviario y del Misal era, a partir de 1955, harto complicada. En efecto, a las Rúbricas Generales promulgadas por León XIII en 1900 había que añadir las Additiones et Variationes publicadas por San Pío X y la Simplificación de Rúbricas hecha por Pío XII, pero no se había permitido publicar ni Breviarios ni Misales acomodados a esta última, habida cuenta de su carácter provisional. Por ello Juan XXIII mandó elaborar y promulgó un nuevo Código de Rúbricas para ambos libros, que fundamentalmente asume y amplía la Simplificación de Pío XII. Así, simplifica la gradación de las fiestas de modo que a partir de ahora los Dobles de I clase serán fiestas de I clase, los Dobles de II clase, fiestas de II clase, los Dobles mayores, menores y Semidobles serán fiestas de III clase, y quedarán como Conmemoraciones los Simples así como las que ya anteriormente eran también Conmemoraciones. El cambio que mayor atención merece es la nueva disposición de los Maitines. Se deseaba, como ya anteriormente había admitido San Pío X, aligerar un tanto la oración cotidiana sin desfigurar el Oficio. A este efecto se tomó para Maitines el esquema tradicional del Rito simple, es decir, un sólo Nocturno de 9 salmos -doce en el Breviario de San PíoV- y tres Lecciones, siendo hagiográfica la tercera, y se aplicó a todas las fiestas de III clase, que eran la inmensa mayoría. Lo mismo se hizo, quizás con no muy buen criterio, en los Domingos, eliminando por desgracia más Lecciones de lo que hubiera sido de desear. Aparte de otros numerosos detalles y teniendo presente la Simplificación de Rúbricas de 1955 en que se basa, el nuevo Código de Rúbricas de 1960 no contiene muchas más cosas dignas de especial mención.

1961-1962: Nueva Edición Típica del Pontificale Romanum.

Así como el I Libro del Pontifical quedó intacto, el II y el III merecen atención. En el II se contiene todo lo relacionado con la Consagración de iglesias y altares, Bendiciones etc. La simplificación del Ordo para la Dedicación o Consagración de iglesias era una auténtica necesidad, pues se trataba de un rito desmesuradamente largo y prolijo, motivo por el cual muchas iglesias no están consagradas sino simplemente bendecidas, porque los Obispos procuraban evitar esta larguísima ceremonia. El nuevo Libro II está totalmente rehecho tomando como base, sí, los ritos tradicionales, pero introduciendo una gran cantidad de cambios. No se puede hablar de ritos nuevos por cuanto encontramos el esquema, oraciones y cantos de los tradicionales, pero sí de una profunda transformación. Algunos de los cambios introducidos son difícilmente justificables ni aun con la excusa de la simplificación. En cuanto al Libro III, si por un lado no refleja cambio alguno en los ritos que recoge, sí parece manifestar una Teología insuficiente en los que elimina, como la desaparición del rito para la Coronación de Reyes y Reinas. Aunque tal vez en aquella época este rito fuera escasamente utilizado, no puedo estar de acuerdo con que se sacara del Pontifical porque es precisamente él quien da cuenta de la visión política de la Iglesia y de la confesionalidad católica de los Estados al coronar a los Reyes y Reinas. Este es el único propio y verdadero error que me parece encontrar en esta nueva edición del Pontifical, por el sabor a liberalismo y las trágicas consecuencias que conlleva. Por lo demás, el contenido del libro es incuestionablemente ortodoxo.

Estas son, expuestas de manera sumaria, las reformas que se introdujeron en la Liturgia con anterioridad al Vaticano II. No se puede poner en duda su ortodoxia y a este respecto basta comparar los libros en uso en 1962 con los aprobados por Pablo VI tras el Vaticano II para darse cuenta de qué es una reforma católica y qué una reforma heterodoxa. Más aún, es infinitamente mayor la distancia que media entre los libros de Pablo VI y los de 1962, que la que hay entre éstos y los de tiempos de San Pío X. No estamos en modo alguno ante un Rito nuevo, como lo es el de Pablo VI, sino ante el mismo Rito simplificado, pero que sigue siendo substancialmente el mismo. Baste como prueba el hecho de que los redactores tanto de la Simplificación de 1955 como del nuevo Código de Rúbricas de 1960 tuvieron como límite insuperable, marcado así por los Papas, que se pudieran seguir utilizando los libros litúrgicos hasta entonces en vigor. Y así es en verdad, pues con el Breviario de San Pío X en la mano se puede perfectamente rezar el Oficio Divino acomodado a las Rúbricas de 1960, lo mismo que se puede celebrar la Santa Misa absolutamente sin ningún problema utilizando los Misales anteriores a esa fecha. Si eso es posible es porque se trata substancialmente de los mismos libros aun a pesar de las reformas. Y queda tanto más de manifiesto por el hecho, por todos reconocido, de que es imposible celebrar la Misa tradicional teniendo sobre el altar el Misal de Pablo VI, y mucho menos rezar el Breviario tradicional usando la Liturgia de las Horas. Aquí nos encontramos propia y verdaderamente ante dos ritos radicalmente diversos.

Comprendo que haya quienes prefieran atenerse a los libros litúrgicos en vigor antes de 1955, bien porque los consideren más tradicionales -y en algunos aspectos sí lo son-, bien porque vean reflejada en ellos la Tradición de un modo más nítido. Nada ilícito veo en ello. Lo que no es de recibo es el soberano desprecio y aun abierta condenación que muchos dedican a las disposiciones de Pío XII y Juan XXIII y de rechazo a quienes las aceptamos. No somos nosotros quienes hemos introducido esas reformas, ni siquiera el famoso Bugnini que colaboró en su preparación con todo lo censurable que de él se pueda decir, sino los Papas que las promulgaron. Porque es un argumento perverso el que me he encontrado en tantas ocasiones según el cual hay que rechazar las reformas preconciliares por ser la obra de Bugnini y otros liturgos modernistas. Cierto es que en la Comisión Pontificia establecida al efecto se contaban personas que posteriormente despuntaron por su modernismo, pero debe quedar claro que una vez que fueron aprobadas y promulgadas por Pío XII y Juan XXIII, que las estudiaron previamente, dejaron de ser la obra de Bugnini y de sus amigos para convertirse en ley universal de la Iglesia por mandato de los Sumos Pontífices, ¿o es que acaso las promulgó Bugnini con su propia autoridad? Paradójico resulta que quienes se empeñan en saltarse la autoridad de Pío XII y Juan XXIII me condenen a mí por obedecer lo que tan claramente mandaron aquellos Papas.

Y no vale invocar una supuesta epiqueya, según la cual rechazan las reformas aludidas sobre la base de que si hubiera un Papa verdadero -o verdaderamente católico- sin duda las aboliría. Esto es en todo equivalente a apelar de un Papa a su sucesor, o de éste a un futuro Concilio, siendo en todo evidente que fueron verdaderos Papas quienes las promulgaron, por lo que carece de todo sentido teorizar sobre lo que otro verdadero Papa pudiera hacer en el futuro. Acaso dejaría las cosas como están por respeto a sus antecesores. Y si algunos no reconocen como Papa a Juan XXIII tanto me da, el núcleo de esas reformas procede de Pío XII y me maravillo de que haya nadie que se atreva a saltarse la autoridad de este Papa, aun con todas las razones que puedan aportar. Son reformas ortodoxas que entraban plenamente dentro de lo que los Papas pueden hacer, es así que lo hicieron, luego hay que obedecerlas. Repito que puede haber motivos legítimos para acudir al Rito previo a 1955, lo que no es aceptable en modo alguno es negar legitimidad a algo que con toda claridad fue establecido por Papas verdaderos y católicos y condenar a quienes les obedecen.

Tampoco es de recibo contraponer la autoridad de San Pío X a la de Pío XII y Juan XXIII, como si aquel hubiera sido más Papa que éstos, magnificando la obra del primero. Pues sepan quienes tanto defienden la obra del Papa Sarto que fue él quien introdujo en la Liturgia la reforma más profunda que se le ha realizado desde San Gregorio Magno. En efecto, en 1911 San Pío X abolió la distribución tradicional del Salterio semanal en el Breviario para introducir otra totalmente nueva. La distribución de los salmos es en el Breviario lo mismo que el Canon en la Misa, lo que da al rito su carácter inmutable, su personalidad, porque estrictamente hablando rezo son sólo los Salmos. La tradicional fue preparada fundamentalmente por San Jerónimo en el s. IV, retocada por San Gregorio Magno dos siglos después, y de nuevo en mínimos detalles por San Pío V. El Breviario del Cardenal Quiñones fue precisamente abolido por no respetar la distribución tradicional de los salmos, y en el proyecto de reforma patrocinado en el s. XVIII por Benedicto XIV se discutió todo menos la distribución del Salterio, que a nadie se le ocurrió modificar. Los únicos que se atrevieron a poner las manos sobre elemento tan antiguo y venerable fueron los galicanos y jansenistas que en aquel mismo siglo y sin permiso de nadie publicaron Breviarios nuevos y de tendencias heterodoxas, todos ellos con nuevas distribuciones del Salterio, como vemos por el Breviario de París, de Mons. De Ventimille.

Pues ese elemento que nadie había tocado en quinientos años y que sólo había recibido muy leves retoques en el milenio anterior, ese fue el que San Pío X abolió para promulgar uno totalmente nuevo. ¿Acaso era San Pío X jansenista o galicano? Tanto como Pío XII modernista. Porque además, San Pío X dice bien claro en la Bula Divino Afflatu con la que promulgó el nuevo Salterio, que con él no hacía más que dar el primer paso de una reforma más amplia de toda la Liturgia, cosa que en el Decreto de aprobación de la Edición Típica del Breviario de 1914 detalla con toda claridad la Sagrada Congregación de Ritos, refiriéndose prácticamente a una reforma de todos los elementos del Breviario. Por tanto la que era provisional, como acusan los sedevacantistas a las reformas de Pío XII y Juan XXIII, no era ésta, sino la de San Pío X que tanto defienden, aunque sólo sea porque el mismo San Pío X lo dijo. Nada de ello se pudo hacer por el piadoso tránsito del gran Papa antimodernista y el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Pero si los sedevacantistas conceden autoridad a San Pío X para eliminar uno de los elementos substanciales de la Liturgia, ¿con qué derecho niegan a Pío XII y a Juan XXIII autoridad para reformar otros que no son tan substanciales? Y si el mismo San Pío X anuncia que se ha de realizar una reforma más profunda en la Liturgia, ¿quiénes son los sedevacantistas para decir que esa reforma anunciada no es la que de hecho hicieron Pío XII y Juan XXIII? Mayor coherencia demostrarían los sedevacantistas si en lugar de defender los libros litúrgicos reformados por San Pío X, defendieran los que estaban en vigor antes de San Pío X, que no habían recibido grandes reformas desde Trento. Pero aquí nos encontramos con el hecho curioso de que, tal vez por reverencia a la autoridad de San Pío X, su tradicionalismo no remonta más allá de este Papa. O quizás por interés, puesto que si acudieran a los verdaderos libros de la Tradición Romana, que son los de época de León XIII, tendrían que rezar los Domingos Maitines de dieciocho salmos, doce en las Ferias, ocho salmos en Laudes y el Salmo 118 en las Horas menores todos los días, así como cuatro en Completas. Por no hablar del Calendario, según el cual un Doble menor prevalecía sobre los Domingos ordinarios, que eran Semidobles, o lo que es lo mismo, que si San Francisco de Asís caía en Domingo, por poner un ejemplo, se celebraba del Santo.

Tal es la Tradición como llegó a los comienzos del s. XX, lo demás, incluida la obra de San Pío X, son reformas. Y una de dos, o aceptamos todas las que se hicieron hasta el Vaticano II, que es el que representa la verdadera ruptura, o no aceptamos ninguna, lo que no es legítimo es decir: esta sí, aquella no, eso no es competencia de ningún particular sino únicamente de los Romanos Pontífices. Y si es la autoridad de San Pío X la que les fuerza a no ir más allá de las reformas decretadas por él, ¿con qué derecho censurarán a aquellos que aceptamos las reformas de Pío XII y Juan XXIII por respeto a estos Pontífices? Pues aunque la obra de Juan XXIII pudiera admitir más de un reparo debido a la convocatoria del Vaticano II, yo jamás me atrevería a desobedecer a la autoridad de un Papa como Pío XII, de quien procede, como ya he dicho, lo más substancial de las reformas que los sedevacantistas rechazan.

Pero la incoherencia de éstos no es sólo con relación a las reformas de los libros litúrgicos, sino que abarca otros elementos que aceptan, seamos sinceros, por pura comodidad. Pregúntese uno, si no, qué puede haberles movido a aceptar la mitigación del Ayuno eucarístico decretada por Pío XII en 1957. Sí, leen bien, la aceptan. Es decir, que rechazan las reformas litúrgicas de 1955, que son obligatorias, pero no la del Ayuno eucarístico de dos años después, que era potestativa por cuanto Pío XII concedía permiso para comulgar sin guardar el Ayuno tradicional pero no mandaba que no se guardase, al contrario, recomendaba que se siguiera observando. Claro, es muchísimo mas cómodo guardar sólo tres horas de Ayuno que observarlo desde las 12 de la noche del día anterior sin beber ni agua, lo cual es muy tradicional, sí, pero también muy incómodo. Bien podrían haber rechazado la mitigación de 1957, aunque sólo fuera por vergüenza, y haber aceptado sólo la de 1953, que se parecía más al Ayuno eucarístico tradicional. Pero no, en esto no importa si Bugnini estaba o no estaba de por medio, o si eran modernistas los peritos que se lo propusieron a Pío XII, lo aceptan sin rechistar y se quedan tan anchos. Como lo del Salterio de San Pío X, lo cómodo a todos nos conviene. Cuando utilicen los libros litúrgicos de época de León XIII y observen el Ayuno eucarístico tradicional me tomaré en serio su tradicionalismo e incluso admitiré que digan que son más tradicionalistas que yo.

3. La Consagración de Obispos por el Rito de 1968 es inválida.

Me limito aquí a transcribir lo que expuse en otro artículo publicado hace pocos meses[3], a lo que añadiré al final algunas consideraciones. Decía yo entonces:

Por lo que hace al Sacramento del Orden, cumple estudiar sobremanera el rito de la Consagración episcopal publicado en 1968, pues en la ordenación presbiteral y diaconal no hay duda sobre la validez, habiéndose conservado substancialmente las fórmulas tradicionales, al menos por lo que toca a la substancia del Sacramento. Ello es que en cuanto al episcopado recibido según dicho ritual, ha habido no pocas controversias, llegando algunos a negar con toda seguridad la validez del Sacramento. Pero se equivocan de medio a medio y yerran en materia fundamental, pues al afirmar que el episcopado ha desaparecido en la Iglesia Latina por defecto de forma en el Sacramento, niegan también que la Iglesia sea Apostólica, lo cual es contrario a lo que profesamos en el Credo.

Fue error de Pablo VI el haber desterrado la Oración de Consagración que se encontraba en el Pontificale Romanum y que, a poco que hubiera estudiado el asunto, hubiera visto que se encuentra ya en los más antiguos testigos de la Liturgia romana, señaladamente en los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano, para dar preferencia a la que se encontraba en la llamada Tradición Apostólica de Hipólito, de la que no se sabe si alguna vez estuvo de hecho en uso en Roma. Y lo que les ha llevado a error a quienes niegan la validez del nuevo rito ha sido la inexactitud que contiene la Constitución Apostólica Pontificalis Romani Recognitio de Pablo VI, que afirma que las palabras sustanciales para conferir el episcopado son las siguientes:

Et nunc effunde super hunc electum eam virtutem, quae a te est, Spiritum principalem, quem dedisti dilecto Filio tuo Iesu Christo, quem ipse donavit sanctis Apostolis, qui constituerunt Ecclesiam per singula loca ut sanctuarium tuum, in gloriam et laudem indeficientem nominis tui.

Que en la traducción oficial castellana reza así:

Infunde ahora sobre este tu elegido la fuerza que de ti procede: el Espíritu de gobierno que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los santos Apóstoles, quienes establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada lugar para gloria y alabanza incesante de tu nombre.

No voy a hacer un detallado estudio de esta fórmula, reconociendo que, si se administrara el episcopado pronunciando sólo esas palabras, la validez me parecería, cuando menos, dudosa, pues no se refiere con toda exactitud ni claridad a la colación de ese Orden. Pero como el Señor Jesucristo no puede permitir que la Iglesia de Dios quede sin Obispos, si miramos las palabras que siguen en la Oración de Consagración a la fórmula aludida, encontraremos lo siguiente;

Da, cordium cognitor Pater, huic servo tuo, quem elegisti ad Episcopatum, ut pascat gregem sanctum tuum, et summum sacerdotium tibi exhibeat sine reprehensione, serviens tibi nocte et die, ut incessanter vultum tuum propitium reddat et offerat dona sanctae Ecclesiae tuae; da ut virtute Spiritus summi sacerdotii habeat potestatem dimittendi peccata secundum mandatum suum; ut distribuat munera secundum praeceptum tuum et solvat omne vinculum secundum potestatem quam dedisti Apostolis.

Que en castellano reza así:

Padre santo, tú que conoces los corazones, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen pastor de tu santa grey y ejercite ante ti el sumo sacerdocio sirviéndote sin tacha día y noche; que atraiga tu favor sobre tu pueblo y ofrezca los dones de tu santa Iglesia; que por la fuerza del Espíritu, que recibe como sumo sacerdote y según tu mandato, tenga el poder de perdonar pecados; que distribuya los ministerios y los oficios según tu voluntad, y desate todo vínculo conforme al poder que diste a los Apóstoles.

Quien no vea en esa fórmula una oración absolutamente clara y válida para conferir el episcopado, es que no tiene idea alguna de Teología sacramental, pues con toda claridad se especifica la colación del sumo sacerdocio que el elegido recibe por la fuerza del Espíritu Santo y por el mandato de Dios Padre, y el poder de desatar todo vínculo conforme al poder dado a los Apóstoles. Se objetará que esto se hace en forma de deprecación y no imperativa, y respondo diciendo que, en ese caso, también sería inválida la ordenación presbiteral, cuya forma substancial es también deprecativa.

Se objetará también que Pablo VI señala como forma substancial las palabras anteriores y no éstas, respondo diciendo que en el Rito publicado por él y tal como de hecho se practica se ve bien claro que es toda la Oración de Consagración la que consagra al Obispo, que toda ella se recita en la misma posición por parte del Obispo consagrante y con la intención de consagrar un Obispo, como queda claro por la postura que adopta el elegido, que está arrodillado durante toda la oración y con el libro de los Evangelios impuesto sobre sus espaldas también durante toda ella. Si las palabras que Pablo VI señala fueran insuficientes para conferir el episcopado, las que siguen y forman parte de la Oración son tan claras que sólo la ignorancia o la mala fe pueden llevar a dudar y mucho menos a negar la validez. Esto es tan verdad que Tanquerey, autor el más seguro que se pueda encontrar, al tratar en una de sus obras sobre el Sacramento del Orden, y en particular del Episcopado, trae como ejemplo de oración válida para consagrar un Obispo unas palabras tomadas de las Constituciones Apostólicas que copian casi a la letra las que acabo de señalar. Y por ello y por todo lo dicho afirmo, sin sombra alguna de duda, que la Oración de Consagración de Obispos que se contiene en el ritual publicado por Pablo VI en 1968 es a todas luces válida para conferir el Episcopado.

Parece sin embargo que el Papa Pablo VI se equivocó aquí al señalar la forma substancial del episcopado, dando la impresión las palabras que le siguen de ser la verdadera forma del Sacramento. Ejemplo es claro de lo que ocurre cuando el Papa se sale de la Tradición pues, en efecto, no erró en las fórmulas relativas al Presbiterado y el Diaconado, que son las de la Tradición, como no erró Pío XII en éstas y en las del Episcopado, pero sí en la de Consagración de Obispos, pues se trataba de introducir una fórmula ajena a la Tradición de la Iglesia y, por tanto, no tenía la asistencia del Espíritu de Dios para señalar su substancia quedando a sus propias fuerzas, pero no hasta el punto de que el mismo Espíritu permitiera que promulgara una Oración que invalidara la recepción del Espiscopado y, con ello, se perdiera la apostolicidad de la Iglesia. Es lo mismo que sucede en todas las fórmulas, oraciones, etc. en los libros y ritos publicados por Pablo VI y que se salen de la Tradición, por salirse de ella no les cubre la asistencia del Espíritu de Dios, salvo en aquello que es vital para la pervivencia de la Iglesia.

Poco más es necesario añadir, salvo algunas reflexiones. La primera es recordar lo que ya todos sabemos, es decir, que hasta el año 2005 nadie puso en tela de juicio la validez del Episcopado recibido según el nuevo Ritual. Ni el Cardenal Ottaviani, que con gran valentía salió en defensa de la Misa tradicional en 1969, ni el Cardenal Siri, que en 1974 consagró a su nuevo Obispo auxiliar utilizando el nuevo Rito, ni Mons. Lefebvre, que autorizó a que colaboraran con la Hermandad de San Pío X a sacerdotes ordenados por Obispos consagrados según ese mismo Rito, ni Dietrich Von Hildebrand, Michael Davies, Romano Amerio, Klaus Gamber, Jean Maridan ni en suma, nadie, negó y ni siquiera dudó de la validez del nuevo Rito. ¿Por qué, pues, lo sedevacantistas a partir de ese año no ya dudaron de esa validez sino que además afirmaron su invalidez sin lugar a dudas? Por pura conveniencia con sus posturas teológicas, es decir, por interés. Pues en efecto, en 2005 fue elegido al Sumo Pontificado el Cardenal Joseph Ratzinger, que habiendo sido consagrado Obispo en 1977 lo había sido siguiendo el Rito de Pablo VI. Ahora bien, si conseguían demostrar que Benedicto XVI no era Obispo debido en este caso a un defecto de forma en su Consagración episcopal, era necesario negar al mismo tiempo que fuera Papa y no habría más remedio que, tras tantos años de lucha, darles la razón en su postura sedevacantista. Ese y no otro es el motivo que les llevó a conclusión tan estrafalaria y ajena por completo al sentir hasta entonces unánime de la Tradición, el deseo de tener razón a cualquier precio.

Porque, además, a la hora de juzgar la validez de la nueva Oración de Consagración de Obispos incurren en una contradicción bastante gruesa. En efecto, para negar que sea válida se basan únicamente en la insuficiencia del período que Pablo VI señala como substancial, el que he citado más arriba y comienza por las palabras Et nunc effunde. Pero si, como ellos afirman, Pablo VI no era verdadero Papa, no le correspondía no sólo introducir una Oración nueva, pero tampoco señalar qué parte de ella es la substancial, porque eso corresponde únicamente a un verdadero Papa. Y aquí está la flagrante contradicción, en que para negar la validez de esa Oración señalan como insuficiente para la colación del episcopado la parte que Pablo VI señaló como substancial, para lo cual reconocen a Pablo VI una autoridad que ellos mismos niegan a priori que tuviera. Dicho de otro modo: si Pablo VI era verdadero Papa concedo que se equivocó al señalar la parte substancial de la Oración, como he dicho más arriba, pero si no lo era es absolutamente indiferente que señalara una parte u otra como substancial porque eso no entraba en sus atribuciones y, por tanto, aceptando que no fuera Papa, es absolutamente necesario estudiar la Oración completa y no sólo la parte que Pablo VI, falso Papa según ellos, señala como substancial. Pero habiendo dicho el mismo Pablo VI en la Constitución Apostólica Pontificalis Romani Recognitio que la forma del episcopado es toda la Oración de Consagración, cosa que por fuerza me tienen que conceder si es que Pablo VI no era Papa por no corresponderle determinar su parte substancial, y habiendo demostrado yo que en tal Oración hay al menos un período en que con toda claridad se significa la gracia que se está administrando, tendrán que concluir conmigo que se han equivocado de medio a medio, y que la Oración del nuevo Ritual es indudablemente válida.

4. Los sedevacantistas disfrutan de un grado de infalibilidad en todo equivalente al del Papa.

En efecto, este es el gran problema del sedevacantismo, aunque lo es también de otras posturas tradicionalistas. Yo no tengo inconveniente alguno en conceder que el sedevacantismo pueda ser una opinión teológica aceptable, pero los sedevacantistas por lo general no se conforman con eso sino que suelen pretender que la suya es la única postura admisible en el seno de la Tradición. ¿Quién les concedió a ellos autoridad para decidir de manera infalible en semejante materia? Y si reconocen que no son infalibles, como por fuerza tienen que reconocer so pena de poner de manifiesto una soberana insensatez, ¿con qué derecho pretenden imponer a los demás unas conclusiones teológicas en las que pueden estar equivocados? Reléanse, por favor, los escritos de los sedevacantistas, y se verá con claridad meridiana esta continua pretensión, es decir, la de que ellos y sólo ellos tienen siempre la razón o, lo que es lo mismo, que son infalibles. Pero ¿quién es el Padre X o el Obispo Z para decidir por sí mismos e imponer a los demás lo que hoy haya de ser tenido como católico, más allá de lo que dejaron establecido los Papas preconciliares? ¿Quién les concedió autoridad para actuar con una infalibilidad digna del Romano Pontífice? ¿Cómo es que quienes ni siquiera gozan de la jurisdicción ordinaria del más humilde de los Párrocos pretenden usurpar la autoridad del Papa? ¿Qué Obispo residencial o qué Papa aprobó por medio de legítimas dimisorias o de mandato pontificio sus respectivas ordenaciones? Y si carecen ni siquiera de esa aprobación, ¿cómo se atreven a hablar en nombre de una Iglesia que jamás ha aprobado explícitamente su ministerio?

La situación de la Iglesia es hoy más compleja que en cualquier otro momento de su historia y lo no que se puede admitir son actitudes de soberbia y prepotencia por parte de aquellos que deberían ejercer su ministerio desde la más profunda humildad, aunque sólo fuera porque aquella misma Iglesia a la que pretenden representar jamás ha aprobado de forma explícita ese ministerio. Pero el diablo se mete por todas partes y una de sus obras maestras en los tiempos actuales es la terrible división que reina en el campo del tradicionalismo. Cada cual se cree con autoridad para hablar de manera vinculante como si estuviera sentado en la silla de San Pedro, para imponer a los demás sus puntos de vista sin derecho a apelación y para excomulgar a quienes piensan de modo diverso en cosas sobre las que nunca jamás se ha pronunciado oficialmente la Autoridad Suprema de la Iglesia. ¿Puede haber pretensión más injusta e insensata?

Por mi parte seguiré considerando hermanos a los sedevacantistas aunque ellos no me acepten como tal. No seré yo quien ponga barreras donde la Iglesia no las ha establecido, ni quien excomulgue con una autoridad que no poseo, ni quien imponga a los demás unas ideas que no por ser las mías están a cubierto del error, ni quien pretenda una infalibildad que no le corresponde. Me basta con defender mis posiciones de los ataques tan injustos como gratuitos que reciben. Las cosas deberían ser más sencillas en la Tradición, aunque sólo fuera por ponernos de acuerdo de una vez en que lo que rechazamos todos es todo lo hecho a partir de 1962, en que todos alzamos la misma bandera de la Tradición, tenemos la misma Fe, la misma Moral, los mismos Sacramentos, la misma Liturgia al menos en su substancia, y formamos parte de la única Iglesia católica. Porque sea que nos decidamos por la resistencia ante Papas legítimos pero teológicamente equivocados, sea que neguemos que de hecho fueran Papas, el resultado en la práctica es exactamente el mismo. Y bien podría ser que la Iglesia jamás llegue a pronunciarse oficialmente al respecto, como no se ha pronunciado sobre cuál de los Papas en el Cisma de Occidente era el verdadero, ni cuál de las escuelas teológicas tiene razón en la controversia De auxiliis. Pero difícil es hacer comprender esto a aquellos cuyo deseo parece ser, por encima de todo, el de ser diferentes de los demás y más exclusivos que nadie.

5. Los sedevacantistas tienen derecho a faltar al respeto a todo el que no piense como ellos.

Esta es otra de las características que suele acompañar al sedevacantismo, es decir, la absoluta falta de respeto hacia quienes no comparten sus posturas. No quisiera caer en la injusticia de juzgarlos a todos por el mismo rasero, sedevacantistas hay y habrá que respeten a los demás. Pero no nos llamemos a engaño, basta revisar algunos Blogs para encontrar en ellos junto al sedevacantismo el apasionamiento, y junto al apasionamiento el odio. Porque apasionamiento es y no otra cosa aquella incapacidad absoluta para entablar una discusión serena y constructiva, aquella cerrazón en la interpretación de unos hechos que jamás la Iglesia ha hecho oficialmente suya, aquel dogmatismo ilegítimo en temas sobre los cuales no tienen autoridad alguna para dogmatizar, aquel deseo malsano de tener siempre la razón anatematizando a quienes no piensan como ellos. Y el resultado es, Dios les perdone, el puro odio, tanto más lamentable cuanto anida en los corazones de bautizados. ¿Qué otra cosa sino odio puede ser la que lleva a esas intolerables descalificaciones, a esos insultos destemplados, a esos ataques del todo carentes aun del más mínimo grado de caridad?

Con razón dice Santo Tomás que la res sacramentide la Eucaristía es la unidad de la Iglesia, y bien sabemos que la unidad se fundamenta en la caridad. Así me parece legítimo dudar si quienes no perseveran en la caridad, quienes se separan de sus hermanos hiriéndolos además con el odio que rezuman sus almas, están realmente en la comunión de la Iglesia. Y para no aburrir más al amable lector, le invito, como prueba de la bronca y la camorra en la que el sedevacantismo está instalado, a que una vez vea publicado este artículo revise los ataques de que no su contenido, sino quien lo ha redactado, va a ser objeto en días sucesivos. No habrá caridad, ni piedad ni nada que se le parezca, verá aflorar en decenas de comentarios el apasionamiento y el odio a los que me acabo de referir, se harán presentes también los más desagradables insultos, con lo cual lo único que harán, mal que les pese, será darme la razón. No lo podrán evitar, porque como dice el viejo proverbio castellano, antes pierde el zorro el rabo que las costumbres.

Para terminar quiero romper una lanza en favor de aquellos sedevacantistas que no participan de las actitudes que he señalado, y que espero sean muchos más de lo que acaso imaginamos. No quisiera que les pudiera herir cuanto digo aquí, acaso generalizando en exceso, pero ellos mismos habrán de comprender la verdad de mis asertos habida cuenta de las actitudes de tantos particulares y grupos. A ellos los llamo, como ya he dicho, hermanos, reconozco y admiro su lucha infatigable por la Iglesia de Dios y su Tradición, y rezo para que esa Tradición, unida en lo fundamental aun con interpretaciones diversas en aspectos puntuales no cerrados aún por la Iglesia, pueda algún día presentar un frente común contra el liberalismo y el modernismo que devoran a la Iglesia, y que son en verdad nuestros únicos enemigos. Mientras tanto, seguiré administrando los Sacramentos a cualquier fiel sedevacantista que me los solicite, lo mismo que no tendré inconveniente alguno en solicitarlos yo mismo a sus sacerdotes en caso de serme necesario. Tal vez esa unidad sólo sea posible cuando en la Sede de San Pedro se siente, para gloria de Dios y salvación de las almas, un digno y verdadero Romano Pontífice. Unamos todos nuestras oraciones a Cristo Rey, estemos en el campo en que estemos, para que por intercesión de la Virgen Santísima, Madre de la Divina Gracia, conceda a la Iglesia por fin la unidad y el triunfo sobre sus enemigos, unidad y triunfo que bien podemos intuir que habrá de firmarse sobre nuestra sangre derramada. Quiera el Señor concedernos la gracia de la perseverancia final y la palma del martirio.


[1] El único esquema que sobrevivió a aquella criba sin piedad fue el dedicado a la Liturgia, el cual hay que reconocer que era más insuficiente que heterodoxo, pensado más para abrir el camino a la reforma radical que después siguió, por medio de expresiones ambiguas, que para poner a los Padres conciliares en guardia contra un futuro que ni siquiera pudieron imaginar. Como nos recuerda Ralph Wiltgen en El Rhin desemboca en el Tíber, el Cardenal Amleto Cicognani se mostró muy reacio a la hora de aprobarlo y murió a los pocos días de estampar su firma.

[2] No tomo en consideración la nueva traducción latina del Salterio, promulgada por Pío XII en 1945, pues no la considero un reforma propiamente tal.

[3] Vid. La Pasión mística del Cuerpo sacramental de Cristo, publicada originalmente bajo pseudónimo por el Blog Ecce christianus.

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2 comentarios en “Las exageraciones del ‘sedevacantismo’

  1. Creo que el autor no generaliza, sino que distingue entre distintos grupos sedevacantistas, aún sin nombrarlos.
    Bueno que Bergoglio sea un especialista en desprecios e insultos a todo lo que suene a Tradicional es cierto, pero no vamos a emularle ¿no le parece? Él solito se desnuda.

  2. No voy a extenderme en una refutación de esta nota, pero si quiero contestar una afirmación que considero difamatoria.,
    Aquí se acusa al sedevacantismo de falto de caridad y de insultar. No niego que algunos sitios que promueven el sedevacantismo tienen ese tenor…pero el autor aquí parece hacer una generalización. Si tanto se preocupa por la caridad y el respeto: por qué generaliza de esta manera??.
    Yo le puedo citar excelentes sitios sedevacantistas, llenos de verdad y piedad católica, tales como : Revista Integrismo o “Como Ovejas sin Pastor”…
    En la jornada de hoy, tuve la oportunidad de leer un “compendio de insultos”, que ha realizado el blog “moimunan”, insultos que Francisco ha emitido en contra de los tradicionalistas….especialmente en contra de los que aun están “una cum”con él. Los desprecia, tal como lo despreció Pablo VI al abbe de Nantes…
    Por cierto, “moimunan”, también es un sitio sedevacantista absolutamente correcto y respetuoso.
    Saludos en Cristo.

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