Conspiración episcopal española

El Instituto Ipsos realizó una encuesta en el año 2011, que le había sido encargada por Paix Liturgique –una asociación francesa, entre 2.000 españoles y de cuyos datos, combinados con otros estudios estadísticos,  se extraen a bote pronto tres conclusiones:

  1. La acelerada descristianización de España sucedida en apenas una generación.
  2. La casi desaparición del culto dominical a Dios en nuestra Nación
  3. La existencia de una brasa menuda o rescoldo católico muy a pesar de los obispos, que en condiciones de normalidad podrían representar millón y medio de católicos asistiendo a la Misa católica, es decir la Tradicional. Una verdadera amenaza para los errores doctrinales del Concilio vaticano II,  del ‘magisterio’ postconciliar y la nueva misa protestantizada que han impuesto dictatorialmente.

Hablemos un poco de estas tres evidencias que, a falta de profetas, nos son dichas por la Burra de Balaán; es decir, por los números.

Volvamos la vista al año 1961, durante el cual se celebró el Congreso Eucarístico Internacional en Zaragoza, para contemplar una foto de la realidad por aquel entonces; he aquí, pues,  un retrato de España tomado por Juan XXIII, y sacado del álbum de su mensaje de clausura:

“vuestra y nuestra amadísima España, heraldo del Evangelio y paladín del catolicismo”, después de recordar “cuánto nos ha consolado en nuestras visitas a España el ver repletos los templos, rebosantes los seminarios, alegres y serenos vuestros hogares y familias”. Y exhortaba: “Que el Señor os conserve la unidad en la fe católica y que haga vuestra Patria cada vez más próspera, más feliz, más fiel a su misión histórica”.

¿Exageraba un poco, antes del Concilio V. II, aquel Roncalli que quiso reinar con el mismo nombre del antipapa Juan XXIII- Baltasar Cossa: grande en las cosas temporales nulo en las espirituales-? ¿era el suyo un halago o un obligado reconocimiento de la realidad de España?

No hay demasiados datos sobre las distintas creencias en los años 60’s de una España aún católica; sin embargo sí abundan respecto a los jóvenes, según los cuales la casi totalidad se confiesa católico.. 

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Fuente: CIS nº 1020. 1980. Encuesta sobre presupuestos mentales de la juventud española.

Composición bien distinta al año 2011 en la que la apostasía es ya muy explícita: más de uno de cada tres españoles ha dejado de considerarse católico.

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Fuente. Instituto Ipsos año 2011

En cuanto a la práctica religiosa, considerando, al efecto, la asistencia a la Misa dominical de los que se declaraban católicos en 1960, tomando todas las edades y cómo ha ido evolucionando hasta el año 2011, lo mostramos gráficamente para mejor comprensión. Los porcentajes están referidos no a la población española en general sino sólo a aquellos que aún dicen ser católicos. Resalta que la inmensa mayoría de los que se dicen católicos ha abandonado la práctica religiosa y con seguridad también, según otros estudios, la doctrina moral respecto al 6º,7º y 9º mandamientos.

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Fuentes: Ipsos 2011; CIS 1993; Religión y Sociedad en España; Díaz-Salazar_Salvador Ginés.

Respecto a los jóvenes (15 a 29 años) que se confiesan católicos – sin entrar en lo qué creen realmente y si su fe es o no es realmente la católica- la ausencia al culto dominical se puede describir como casi absoluta, por debajo del 10% de los que aún se consideran católicos, aunque dejamos este porcentaje para salvar los márgenes de errores estadísticos.

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Según datos del CIS nº 1020. 1980, tomados de una  Encuesta sobre presupuestos mentales de la juventud española, en el año 1960 el 68% de los jóvenes varones y el 75% de las mujeres jóvenes eran practicantes de la Misa dominical; tan sólo un 8% entre los hombres y un 2% entre las mujeres se consideraban no practicantes.

Igual tendencia destructora nos encontramos en la abrupta caída en el número de confirmados, matrimonios religiosos, sacramento de la Confesión, etc. Si comparamos los datos de las vocaciones sacerdotales por el número de seminaristas en los seminarios diocesanos en cada año y lo trasladamos a un gráfico nos será a todos más evidente la enorme hecatombe sobrevenida sobre la Iglesia española.

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Tres hechos claves ocurren en las dos décadas que van desde 1960 a 1980 para explicar este insólito derrumbe. El primero afecta a toda Iglesia: la aplicación del Concilio y en primer lugar de las Constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes; a partir de esos documentos el futuro ya no coincidirá con el designio de Dios  sino que, según la perspectiva de cada uno en uso pleno de su libertad para el error será sustraído al entendimiento, para ser construido por la suma de voluntades que mayoritariamente se adhieran a un bien sólo aparente.

El segundo hecho significativo, que igualmente afecta a toda la Iglesia Romana, fue la imposición despótica de la nueva misa. Puesto que el Concilio exaltaba y ponía como centro de su acción al hombre, fue coherente con su doctrina la fabricación de una misa en la que, incluso desde lo escenográfico, se resaltara esa centralidad en el hombre, esquinando a Dios. 

INTENCIÓN DECLARADA DEL CONCILIO VATICANO II:El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio.  La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas -y son tanto mayores, cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro Sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- tenemos el culto del hombre“ (Pablo VI. Discurso de Clausura del Concilio Vaticano II, del 7 de Diciembre de 1965).

INTENCIÓN DECLARADA DE LA NUEVA MISA EN COHERENCIA CON EL CONCILIO:La Cena del Señor o Misa es la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor. Por lo tanto, para la asamblea local de la santa Iglesia vale en grado eminente la promesa de Cristo: ‘Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos’ (Mat. 18-20)” (Introducción General al Misal Romano, Nº 7, según su primera redacción herética).

Si se trataba de la religión del hombre, como había declarado Pablo VI en el discurso de clausura del concilio, resultaba coherente a su pensamiento que el presidente de la asamblea, antes sacerdote sacrificador, diera espaldas al sagrario o lo retirará, hiciera del memorial, antes Santo Sacrificio de la Misa, un showman de competición para mayor amenidad de los fieles en el cual iba aceleradamente convirtiéndose en un master de las ocurrencias absurdas de las modas del momento; requería, así mismo, una mayor democratización en el nuevo escenario en el que había sido sustituido el Altar por una mesa; lecturas, moniciones, preces y hasta la distribución de la comunión hechas por el hombre ordinario, centro del nuevo culto. Todo ello bajo el falso axioma de una mayor participación, cuyo presidente se convirtió en una especie de moderador de las infinitas ansias de protagonismo del nuevo hombre prometeico.

Si por sí solo el Concilio iba a empujar al abandono de la práctica religiosa, combinado con las medidas de su aplicación práctica, en esencia la fabricación de nueva misa, resultó un arma de destrucción masiva cuyos efectos fueron la pérdida de la fe en decenas de millones de almas y el abandono de la iglesias, como se demuestra en los gráficos estadísticos.

El proceso de descristianización que llevó casi un siglo en el resto de países occidentales se realizó en España en apenas una sola generación. Esto fue debido al tercer hecho clave que iba a afectar sólo a nuestra nación: La nueva Constitución española que iba a coincidir en los principios rectores establecido en la Gaudium et Spes y Lumen Gentium,  que venían siendo muy visibles en la nueva misa, y cuyos fundamentos ya los habían esparcido nuestros obispos.

Tres documentos episcopales habían ido cambiando el entendimiento de los españoles, incluso antes de ser sancionada la Constitución de 1978, para hacerlos más concordes con los nuevos aires liberales provenientes de la Roma surgida del Concilio: La Iglesia y el orden temporal a la luz del Concilio (1966) supuso el réquiem para la mentalidad católica de antes del Concilio;  Iglesia y comunidad política (1973) constituye la aplicación práctica de los principios de la Gaudium et Spes en España; sus principios rectores quedan explicitados tres años más tarde cuando el card.  Tarancón en la homilía ante el nuevo Rey, pronunciada en la iglesia de los Jerónimos, declara la independencia entre la Iglesia y el Estado– Obsérvese que aún no había muerto el Caudillo, aunque obviamente ya poco podía controlar dado el estado deteriorado de su salud, la traición de los tardo franquistas en la que los ministros del Opus Dei tienen grave responsabilidad y el asesinato de quien parecía ser el único capaz de dar una cierta continuidad al Régimen: Carrero Blanco. Orientaciones cristianas sobre participación política y social (1976), en el cual se renuncia a una efectiva orientación política a los fieles y se niega el apoyo explícito a cualquier partido católico; nada más hay que leer cualquier documento de la Conferencia Episcopal antes de las elecciones generales para darse cuenta del intento de los nuevos prometeos liberales de quedar bien con Dios y Satanás; cosa que es imposible. En este año se inician, también, las negociaciones para la revisión del Concordato; revisión exigida por la Roma conciliar para poner en sintonía con los principios de libertad religiosa para el error, proclamados en el Concilio, las relaciones con el moderno Estado español que surgía.

Para ese entonces, 1976, la combinación de los tres elementos previos a la nueva Constitución española, había reducido la asistencia a Misa a menos de la mitad de fieles del número que la frecuentaban tan sólo unos quince años antes, mientras que el abandono en los jóvenes era el doble de dicho porcentaje; el número de seminaristas mayores diocesanos se había reducido más de un 75%. Resultaba obvio ya en ese momento que, de no tonarse a unos caminos pastorales contrarios a los surgidos del Concilio, es decir, en la misma línea pre-conciliar con las correcciones necesarias a que hubiera lugar, el número de sacerdotes no podría ser reemplazado por las nuevas generaciones de seminaristas ordenados; tarde o temprano la asistencia a misa en muchas parroquias se vería reducida a un puñado de feligreses de edades muy avanzadas, que ni siquiera podrían ser atendidos por los sacerdotes, debido a  la escasez de vocaciones y la alta mortalidad de un clero muy envejecido.

  Dice el adagio que errar es humano perseverar en el error es diabólico. Pues insólitamente se persistió; se perseveró en los deslices teológicos con falsas doctrinas como aquella consigna de la “opción preferencial por los pobres”; y así mientras la iglesia española dirigía un mensaje marxistoide a los pobres prometiéndoles la felicidad en este mundo, éstos abandonaron los templos católicos y comenzaron a llenar los evangélicos, antes desnutridos y famélicos . Se continuó con la nueva misa, marginando a los sacerdotes que se habían aferrado al Misal de San Pío V o persiguiéndolos con suspensiones a divinis a todas luces arbitrarias e injustas; al punto que muchos buenos sacerdotes murieron literalmente de tristeza.

Sin embargo, a finales de la década de los 70s y principios de los 80s aún quedaba fuego católico entre bastantes sacerdotes, religiosos y seglares españoles como lo demuestran los llenos absolutos en las conferencias y homilías pronunciadas por  Monseñor Marcel Lefebvre en las cuatro ocasiones que visitó España entre 1979 y 1981. Aparentemente aquel débil fuego se redujo a cenizas con la llegada de Karol Józef Wojtyła al pontificado y la nula e injusta medida de excomunión contra el arzobispo que dictó Juan Pablo II; hecho que asustó definitivamente al núcleo resistente. A partir de Juan Pablo II los abusos litúrgicos y sacrilegios cometidos en las nuevas misas- en la práctica únicas celebradas dado el odio desatado a la Misa tridentina católica-, en España no se diferenciaron de las de nuestros liberales países vecinos. A medida que transcurría el pontificado de Karol Józef Wojtyła la asistencia a misa se iba reduciendo más y más y la crisis vocacional resultó ser antológica, como jamás se había conocido, e incluso se profundizó más que en su inmediato predecesor; un verdadero desastre de pontificado para la Iglesia, pero muy notable para su propia gloria.

¿En qué situación estamos hoy?

Sólo un exiguo 13% de los que se confiesan católicos asisten a misa una vez por semana; la media de edad es bastante superior a los 60 años; los jóvenes apenas representan un 10% de los asistentes, es decir de ese 13% general; parece evidente que si persisten de forma diabólica en su ‘pastoral’, durante los próximos años se tendrán que cerrar o vender incluso los templos más céntricos o cercanos a las sedes episcopales, que son los que suelen estar más llenos.

Sólo entre el año 2000 y 2010 más de un 10% dejaron de confesarse católicos. En el año 2011, según el grafico que hemos insertado en segundo lugar del presente artículo, el 37% ya no se considera católico. Del resto que sí dice ser católico, el 87%, es decir casi 9 de cada 10, no cumple con el precepto dominical. No entramos en si la ‘fe’ de ese 67% es o no católica; todo hace suponer que ni lo es en ellos, ni en la mayoría  de ese 13% que, al menos, han aceptado las doctrinas heréticas germinadas en el Concilio Vaticano II, según las cuales las demás religiones son caminos de salvación. 

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Fuente: Instituto Ipsos 2011

El 7 de julio de 2007 algunos se levantaron esperanzados ante la Carta Apostólica Summorum Pontificum de Benedicto XVI, que decía oficialmente lo que mons. Lefebvre mantuvo hasta su muerte y por lo cual fue perseguido; a saber, que la Misa Tradicional nunca fue abrogada. Lo que dicho sea de paso, si tuvo razón en esto, lo que reconoce la carta Apostólica, parece sensato pensar que también la tuvo en la condenación de las doctrinas heréticas del Concilio Vaticano II; si en esto se le dio la razón, aunque tarde, cabe pensar que también la Iglesia, algún día, confirmará esta fidelidad de mons. Lefebvre a la Iglesia Eterna, condenará el conciliábulo Vaticano II, abrogará la nueva misa y descanonizará a los perseguidores de la verdad que nunca fueron infaliblemente canonizados.

Pues bien, dejando de un lado la legítima crítica al documento Summorum Pontificum por su limitado reconocimiento de los derechos, la equiparación de la Misa Católica a la nueva misa fabricada que hace relegando al Rito católico milenario a una expresión extraordinaria y por la falta de medidas que hicieran, eficazmente, aplicables sus disposiciones, lo cierto es que mostró que bajo las cenizas a las que había sido reducido el catolicismo en España por la acción perseverante en el error de los obispos, había algún rescoldo que con un soplo caritativo episcopal podría reavivar la llama de la fe.

Es aquí donde la encuesta realizada por el Instituto Ipsos en 2011 en España  por encargo  de Paix Liturgique, muestra, por un lado, la iniquidad de la mayoría de los obispos y por otro, el sentido de la fe católica y el anhelo por la vuelta a la Misa Católica clásica, tradicional, gregoriana o tridentina, como prefieran llamarla, de un porcentaje nada despreciable de los que aún se consideran católicos.

Respecto a la mezquindad de los obispos españoles que en vez de pan a sus fieles dan escorpiones, lo demuestra la Burra de Balaan, es decir, los resultados de la propia encuesta. Es obvio que los obispos españoles sobresalieron cum laude, incluso sobre sus hermanos episcopales pertenecientes a naciones más secularizadas que la nuestra, en esconder y silenciar, las intenciones del Papa. Ningún obispo, ni la Conferencia Episcopal española, s.e.u.o, divulgó la existencia de esa Carta Apostólica durante varios años; ni con un simple folleto en tamaño A4; y eso a pesar de que acostumbran a empachar a los fieles con trípticos y carteles de las más estúpidas iniciativas que se les ocurran en sus laboratorios, más conocidos como Comisiones Pastorales de esto o aquello. Lo que indica que nada querían saber sobre las intenciones del Papa, a pesar de sus hipócritas oraciones por las mismas que cada mes redacta la Convención o Directorio nacional del episcopado español, sito en un antro de la calle Añastros, de Madrid. Huelga decir que si los obispos no informaron a los fieles, nada podían saber éstos de la existencia de unos derechos a asistir a la Misa Tradicional. Por eso no es de extrañar que, cuatro años más tarde de la citada Carta Apostólica y habiendo entrado ya en vigor la Instrucción Universae Ecclesiae para su aplicación, tan sólo un 18% de todos los que se confiesan católicos hayan oído – ni leído ni visto- hablar de la existencia del Summorum Pontificum; y en general con negativas críticas de los sacerdotes hacia él.

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Fuente: Instituto Ipsos 2011

Según la misma encuesta el porcentaje de los que ha oído hablar, casi siempre negativamente por boca de los párrocos,  del Summorum Pontificum sube al 30% si lo contrastamos con el número de los que van a misa al menos una vez al mes. Según mi propia experiencia de ‘patear’ parroquias, curas y seglares ‘comprometidos’ en la época, jamás encontré a un sacerdote ni a ningún seglar cabecilla de algún movimiento que lo hubiera leído y ni siquiera tenido en sus manos para ojear. La mezquina actitud del episcopado español no tiene disculpa. No es tan solo que no informaran a los fieles de su diócesis sobre las intenciones de Benedicto XVI, es que ni siquiera a sus párrocos ni a sus vicarios pastorales ni a presidentes de asociaciones católicas. A nadie; fue un tema tabú. 

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Fuente: Instituto Ipsos 2011

Sin embargo, preguntados los encuestados si asistirían a la Misa Tradicional si la hubiera en su parroquia, un 6% de todos los que se confiesan católicos contestó que sí asistiría una vez a la semana y un 7% que iría al menos una vez al mes. Según mi apreciación personal este porcentaje del 6% coincidiría aproximadamente con el segmento que en los 60s se denominaba, a los efectos de estadística religiosa, como católicos fervientes, es decir, los que van casi diariamente a Misa. Si me percepción resultara correcta, el resultado sería que los católicos de misa diaria irían una vez a la semana, al menos, a la Misa Tradicional, si la hubiera en su parroquia; mientras que  el resto asistiría de vez en cuando. 

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Fuente: Instituto Ipsos 2011

Pero si nos referimos al segmento de los católicos practicantes y no a todos los que se consideran católicos, a cuyos efectos sumamos a los que van a misa una vez a la semana los que van a Misa una vez al mes, las respuesta de los encuestados asciende al 27% que responden que sí irían a Misa una vez a la semana y al 23% que responden que sí irían a Misa una vez al mes.

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El resumen de los dos gráficos anteriores, para mayor claridad, se cifra en lo siguiente: Si no hubiera oposición de los obispos y párrocos a la Misa Tradicional, promoviéndola ya no como la única legítima católica, sino como una opción más y se reconociera de facto el derecho de los fieles a asistir a ella en cualquier parroquia , lo que supone que los obispos cumplan con la obligación de enseñar a los seminaristas a celebrarla, según les ordena la citada Carta Apostólica,  un millón y medio de fieles españoles (1.500.000), según la traslación de los porcentajes de la encuesta a cifras de población, irían a la Misa tradicional. Redondeando, unos 800.000 semanalmente y 700.000 una vez al mes, al menos. No cabe duda que la asistencia iría aumentando a medida que los fieles conocieran sus derechos y las razones del Santo sacrificio de la Misa y que los obispos la promocionasen ¡He aquí el problema con que se encuentran los obispos! En general enemigos de la Santa Misa tradicional se ven obligados a perseguirla porque les sobrepasaría y con el tiempo, qué duda cabe, la misa nueva desaparecería.

Soy consciente de la seriedad de lo que estoy afirmando: que los obispos españoles son el más grave obstáculo para la asistencia de los fieles a la Misa católica y los más eficaces enemigos de la misma y por lo tanto, causa eficiente coadyuvante de la descristianización de España. He aquí la demostración sencilla de esta afirmación.

  1. Jamás promovieron el conocimiento ni del Sommurun Pontificum ni de la Instrucción Universae Eclesiae entre los vicarios, párrocos, abades, priores y seglares sedicentes comprometidos; menos a los sencillos fieles.
  2. Han permitido a sus clérigos y teologillos todo tipo de ataques a la Misa tradicional bajo los más peregrinos argumentos, sin censurarles jamás. El más divulgado teologuillo, entre todos los españoles, es el P. Iraburu, quien bajo la falacia provocada por su alocada imaginación secundovaticanista, y siendo él un defensor a ultranza de la libertad religiosa condenada por el Syllabus, justificador de ósculos coránicos y censor de las críticas al aquelarre de Asís, ve filolefebvristas en todo el que asiste a Misa tradicional. Pero Lefebvre tuvo razón en su lucha, como Juana de Arco; lo que reconoció y demostró la Carta Apostólica de Benedicto XVI; mientras este sedicente teólogo conciliar deberá rendir cuentas porque calló cuando vendían a Cristo; si los tontos que se imaginan listos no hubiesen sido útiles y serviles al poder no se hubiera llegado a esta situación.
  3. Sólo 4 obispos españoles han hecho un gesto testimonial de celebrar la Misa Tridentina una o dos veces. Ninguno con frecuencia. Del resto, más de sesenta, ni están ni se les espera.
  4. Los obispos tienen la obligación, según la citada Carta Apostólica, de formar a los seminaristas para que sean aptos para poder celebrar la Misa por el Rito romano tradicional; ninguno, s.e.u.o., cumple con esa obligación.
  5. A pesar de haber coetus fidelium en todas las diócesis españolas, la mayoría de ellas no tienen ni siquiera una Misa tridentina al mes, por la falta de acogimiento del obispo a estos fieles. He aquí la prueba visitando este vínculo.
  6. Varios de ellos manifestaron pronto su odio diábolico a la Misa tridentina. Internet está llenó de golpes hacia ella con mano de hierro en suave guante.
  7. En las pocas diócesis donde existe alguna Misa tradicional mediada por el obispo, éste limitó abusivamente los derechos de los fieles pasándose por el “arco del triunfo” una Ley Universal de la Iglesia a la cual están obligados a obedecer y hacer cumplir. En este sentido constan en mi poder:
  • Una carta original de un obispo de una diócesis del norte de España, que pasa por conservador o línea media, dirigida a un coetus fidelium bajo su jurisdicción en la que les limita a uno solo  los sacerdotes que estarían autorizados a celebrar la Misa tradicional en toda su diócesis; de esta manera viola, desobedece, infringe la Ley Universal que da el derecho de celebrar la Misa con el Misal de San Pío V sin requerir permiso alguno del dictatorzuelo conciliar episcopal de turno. En la misma reduce el derecho de los fieles a la asistencia a la Misa católica a un solo día al mes. Y de palabra, no por escrito, les niega la recepción del resto de los sacramentos en el rito tradicional. Y advierte en la conversación que si asisten personas vinculadas a la ‘extrema derecha’ retirará el permiso de asistencia a Misa, incluso, el de ese solo día al mes.
  • Consta en mi poder una carta de un Vicario General, brazo derecho del obispo, dirigida a un párroco de su diócesis con amenazas e impidiendo el derecho del sacerdote a celebrar la Misa Tradicional todos los días, limitando el uso del rito antiguo a una sola vez al mes, para lo cual requerirá igualmente de la autorización del obispo; una persecución urdida en los pasillos episcopales y dominada por un odio diabólico,  se desató sobre los fieles católicos y sacerdotes que reclamaban el culto católico con el afán  de arrasar con todo vestigio del Santo Sacrificio de la Misa.
  • Constan en mi poder originales de cartas dirigidas a vicarios pastorales de diócesis y a párrocos solicitando la aplicación del Summorum Pontificum y las más peregrinas respuestas de éstos para negar tales derechos a los fieles. Verbalmente tuve que escuchar de varios párrocos calificativos a la Misa tradicional soeces e irreproducibles en un sitio digno.
  • Consta en mi poder original de la conclusión de un Consejo General de Vicarios de una determinada diócesis reunidos con su obispo al objeto de tratar la solicitud de un coetus fidelium al amparo del motu proprio, en la cual se viola el derecho de los fieles a asistir al rito católico y el de los sacerdotes a celebrarlo, excepto quien designe el obispo. Esta actitud de los obispos sí es un verdadero ‘Alzamiento contra la legalidad’; una verdadera sublevación, lo más silenciosa posible, contra la Ley universal de la Iglesia. Lo menos que se puede decir de los obispos españoles, en general, es lo que Cristo, vida nuestra, dijo: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que cerráis el reino de los cielos a los hombres, porque no vosotros entráis ni dejáis entrar a otros!.

8. No consta que algún obispo español, conducido por el pepero card. Rouco, haya refrenado las feroces críticas vertidas por la mayoría de los sacerdotes a la Misa Tradicional y a la Carta Apostólica, que ni siquiera llegaron a leer. Fue suficiente que alguien les hablara de la posibilidad que daba el motu proprio para que, de inmediato, surgiera de lo más profundo de sus vísceras una pasión indecente.

Si el adagio lex orandi lex credendi es rigurosamente exacto, un millón y medio de fieles asistiendo a Misa Tradicional en España y semejante porcentaje en otras naciones concluiría, más temprano que tarde, en la condenación del conciliábulo y sus doctrinas heréticas ya anatematizadas en el pasado por la Iglesia: la libertad religiosa para el error, el ecumenismo según el cual fuera de la Iglesia Católica hay salvación y el antropocentrismo teológico según el cual el hombre sustituye la posición jurídica de Dios. Esto no lo pueden permitir los obispos de la iglesia conciliar; sería tirar piedras sobre el propio tejado de su casa construida sobre arena. He aquí la eterna guerra entre el pusillus grex que sigue al Cordero y la gran maquinaria al servicio de la Nueva Religión.

Ante tanto abuso episcopal para impedir el derecho que los fieles católicos tienen a escuchar la Santa Misa según el rito más que milenario de la Iglesia, no cabe la sumisa obediencia a sus instrucciones y decretos singulares o medidas de presión al afecto; eso sólo colaboraría a descristianizar más nuestra nación; comprobada la realidad, la única medida que con urgencia se debe tomar es la del Código de Derecho Canónico que en su  art. 34 § 2 establece que sobre  “Lo ordenado en las instrucciones… carece de valor alguno aquello que es incompatible con la Ley” . Con mucha más razón si consideramos que ellos no han cumplido ni piensan hacerlo , y mucho menos en la era bergogliana, con  lo que establece el art. 12 § 1   “Las leyes universales obligan en todo el mundo a todos aquellos para quienes han sido dadas”

Una estrategia de sumisión a los caprichos episcopales contra la Ley universal de la Iglesia es, ciertamente, suicida; disculpable sólo en el principio si se quiere. La correcta estrategia es envolverse en el manto de San Atanasio protegido por los anatemas, que cual mil candados y cadenas protegen la Misa Tradicional mediante la bula “Quo Primum Tempore ” de san Pío V y que recaen uno tras otros contra la cabeza episcopal de quien ose negar el derecho a celebrar la santa Misa tridentina. Mientras no haya sacerdotes y fieles dispuestos a ser desagradables a estos sediciosos obispos, me temo que Nuestro Señor no derramará las gracias para salir de esta crisis. En España la Misa Tradicional es absolutamente testimonial, bien distinto que en Francia, cuando la situación podría ser mucho mejor que entre los galos si se hubiera obedecido a Dios antes que a la conspiración del liberalismo episcopal.

Sofronio

NOTA: Los gráficos han sido realizados por el autor a partir de las fuentes de datos citadas

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