Carta abierta a un Obispo cubano

CARTA ABIERTA  A  MONSEÑOR  MANUEL HILARIO DE CÉSPEDES, OBISPO DE MATANZAS, Y  AL CLERO DE LA MISMA DIÓCESIS.

Monseñor:

Esta Carta, dirigida en primer lugar a Ud. y al clero de la Diócesis de Matanzas, nace de la necesidad imperiosa de dar respuesta a las acusaciones que se me hacen de ser cismático y de estar promoviendo y llevando a cabo la división en la Iglesia Católica.

Me propongo, igualmente, exponer mi posición teológica actual y las razones por las cuales he decidido abandonar la iglesia del Vaticano II con su Novus Ordo Missae (Nuevo Ordinario de la Misa), después de haber llegado a la conclusión de que tal iglesia es incompatible con el Catolicismo Romano y que, por tanto, es una nueva religión, con una nueva doctrina, un nuevo culto y una nueva disciplina, que ha sido la causa de la devastación doctrinal, litúrgica y disciplinaria que se produjo y se continúa produciendo en incontables almas.

Quiero también demostrar resumidamente cómo el Vaticano II introdujo cambios sustanciales en la Fe Católica y cómo esas “reformas” heréticas, dañinas y blasfemas no pueden proceder de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, ya que ésta, la Iglesia de Cristo, es infalible en sus doctrinas, su disciplina y en su el culto litúrgico.

Finalmente, explico por qué considero que es una obligación de todo católico, y en especial de los Sacerdotes, resistir estos cambios y luchar por disiparlos como los católicos han luchado en el pasado para erradicar el arrianismo, el nestorianismo, protestantismo y muchas herejías que han intentado apoderarse de la Iglesia Católica Romana.

PREVIA ACLARACIÓN

A lo largo de mi exposición uso el término “católicos tradicionales” o “fieles de la Tradición” y “Tradición Católica”. Permítanme hacer unas aclaraciones indispensables.

El término “Tradición” ha tenido, por supuesto, una multiplicidad de aplicaciones —pero de ellas tomo solamente todas las relacionadas con su sentido intrínseco de “lo que ha sido transmitido”, de “lo que fue recibido”. Su uso religioso está estrechamente relacionado con el de la Revelación. Lo que nuestro Señor y los Apóstoles enseñaron y ha llegado a nosotros a través de la palabra escrita —la Escritura— y de la transmisión oral, es llamado Tradición. La Tradición con una “T” mayúscula se refiere, por lo general, a esas enseñanzas y prácticas que se remontan a nuestro Señor y a los Apóstoles, mientras que la tradición con una “t” minúscula se refiere a las tradiciones establecidas en los tiempos post-apostólicos. Inmediatamente un elemento de confusión entra en escena, por lo que es a menudo difícil demarcar las líneas de separación entre las prácticas establecidas por los Apóstoles y las establecidas por sus sucesores, y entre lo que fue revelado (y por tanto obligatorio) y lo que fue aprobado pero no obligatorio. Finalmente, el adjetivo “tradicional” puede ser aplicado al principio de adherencia a lo que fue revelado y establecido por la Iglesia Apostólica y conservado intacto como una perla preciosa, tanto como a las prácticas establecidas en una fecha posterior que se compaginan con las establecidas por los Apóstoles. Finalmente, el adjetivo puede ser aplicado a aquellos patrones de un nivel cultural de acción y pensamiento que puede ser caracterizado como “verdaderamente Católico”. Así, por ejemplo, la verdadera Misa puede considerarse “Tradicional” (y, en verdad, es su corazón revelado); el santiguarse con el agua bendita una “tradición”, y el rezo del santo Rosario “tradicional”. Obviamente, sería absurdo proclamar ser un católico “no-tradicional”, y de ahí la confusión a la que hemos aludido.

Por esto, si nos preguntan a qué religión pertenecemos nuestra respuesta debe ser simplemente: ¨a la católica¨, sin apellidos, en lugar de decir ¨a la católica tradicional¨, pues esto, es una redundancia, ya que no existe el catolicismo no tradicional, o mejor dicho, de haberlo, es espurio, falso e impuro.

En cierto modo, cuando digo “católicos tradicionales” se trata de un pleonasmo, pues no veo qué cosa puede ser un católico que no sea tradicionalista. La Iglesia es una tradición. Nosotros, los católicos, somos una tradición. También se habla de “integrismo”; si se entiende por esa expresión el respeto a la integridad del dogma, del catecismo, de la moral cristiana, del Santo Sacrificio de la Misa, entonces, sí, somos integristas. Pero tampoco veo cómo un católico puede no ser integrista en este sentido.

No obstante, dada la gran cantidad de equívocos y confusiones entre los que no son católicos y sobre todo entre los fieles de la iglesia conciliar (que creyéndose católicos no lo son), sí convendría aclarar de vez en cuando, siempre que sea necesario, que ¨somos católicos, pero católicos tradicionales¨, en contraposición a los ¨católicos semi-tradicionales¨  o modernistas de la iglesia conciliar, que para el mundo son los verdaderos católicos, pues esa iglesia conciliar tiene todo lo que la Iglesia Católica siempre ha tenido: un papa, cardenales, obispos, sacerdotes, iglesias, seminarios, etc… y lo que es peor, están usurpando la Cátedra del Apóstol San Pedro: Roma.

Cualquier postura que proclame ser “tradicional” debe implicar el rechazo de los nuevos y post-conciliares ritos y doctrinas. En el orden práctico, esto quiere decir que uno debe tomar una firme postura respecto a tres cosas:

1) la Misa y los otros sacramentos;

2) el Vaticano II, y

3) los “papas” post-conciliares.

¿POR QUÉ NO SOMOS CISMÁTICOS?

Según el Diccionario de Teología Dogmática el Cisma: “es el delito de quien se separa de la Iglesia Católica para formar una secta particular so pretexto de que aquella yerra o aprueba desórdenes o abusos”.

Algunos acusan a los católicos tradicionales –que son los que insisten en mantener la totalidad de la fe Católica intacta y que por lo tanto rechazan la nueva religión de la Iglesia postconciliar– de estar en el “cisma”. Tal acusación es falsa venga de quien viniere, puesto que los católicos tradicionales no nos hemos separado de la Iglesia Católica sino de la falsa iglesia conciliar, de la nueva religión del Vaticano II.

 En realidad, el cismático es el que se aparta de la verdad y no el que insiste en ella. Y si es necesario que uno se separe de algo para salvar la verdad, ¡bienvenido el cisma! Pero en realidad, no es el Católico tradicional el que está en el cisma, sino aquéllos que son responsables de cambiar la fe Católica. Pero seamos claros y honestos. La nueva iglesia no es sólo cismática, sino que es también herética, como trataré de demostrar más adelante.

Hasta Pío XII, los Papas habían sostenido en nombre de Dios que la católica era la única religión verdadera, que sin la Iglesia no había salvación ni para los individuos ni para los Estados, que la Iglesia estaba fundada en la integridad de la doctrina revelada, en la santidad de los sacramentos y en la sólida roca del Papado. Por esa razón, no faltaban fieles dispuestos a los últimos sacrificios por defender la doctrina y costumbres tradicionales en sociedades cada vez más descristianizadas, por sostener lo poco que quedaba de gobiernos católicos, por ser fieles al Papa en iglesias empujadas al cisma por presiones políticas, por sostenerse católicos en medios protestantes o islámicos, por preservar los pueblos del comunismo ateo.

Pero llega el Concilio Vaticano II y resulta que las actitudes de los fieles más esforzados y obedientes son exageradas y ridículas, porque la carne, el mundo y el demonio no eran tan malos como parecían y se obtenía más de ellos dialogando que peleando. Los modernistas resultaron ser “profetas”, los subversivos “reformadores”, los mundanos “apóstoles” del nuevo humanismo. En cambio, los que daban su vida por defender la integridad de la fe resultaron integristas, los misioneros proselitistas y los que ponían los principios doctrinales como fundamento de su acción resultaron fundamentalistas. Como no podía ocurrir de otro modo, al llevar adelante este cambio de política, fueron traicionados todos los fieles comprometidos en actitudes enteramente católicas, es decir, los mejores[1]. Aunque después, hay que reconocerlo, también serán traicionados los peores, porque los regímenes maquiavélicos utilizan y abandonan a todos los estúpidos que se toman en serio los argumentos doctrinales del último momento.

Pero la jerarquía conciliar, herida por el moderno escepticismo subjetivista, degrada la doctrina al rango de las construcciones humanas y pretende fundar su autoridad en la misteriosa presencia o asistencia de Cristo y del Espíritu Santo en la comunión vital de la Iglesia. Se “cambiaron los papeles” y ya no es la verdad  el fundamento de la unidad, sino la unidad el fundamento de la verdad. Lo que une es lo que se considera verdadero y, es falso lo que divide, porque – arguyen – allí donde hay dos o más vitalmente unidos en nombre de Cristo, allí y sólo allí se manifestaría la Verdad. Ahora, curioso, sólo es hereje el cismático y es cismático no el que no obedece sino el que no convive. Por eso estaría más en la “Verdad” el ecuménico rabino que se da besos y abrazos con Bergoglio que el aislado Mons. Lefebvre.

¿POR QUÉ ES CISMÁTICA LA NUEVA IGLESIA DEL VATICANO II?

El Arzobispo Marcel Lefébvre, en ocasión de su Suspensión a divinis por Pablo VI, escribió la siguiente reflexión el 29 de junio de 1976:

“ la iglesia conciliar es una iglesia cismática, porque rompe con lo que la Iglesia Católica  siempre fuera. Tiene sus nuevos dogmas, su nuevo sacerdocio, sus nuevas instituciones, su nuevo culto, todo condenado ya por la Iglesia en muchos documentos oficiales y definitivos.

“Esta iglesia conciliar es cismática, porque ha tomado como base para su actualización principios que se oponen a los de la Iglesia Católica, tales como un nuevo concepto de la Misa expresado en los números 5 del Prefacio (decreto) al Missale Romanum y 7 de su primer capítulo, los cuales confiere a la asamblea un rol sacerdotal que no puede ejercer; de igual manera el derecho natural — es decir,divino — de cada persona y de cada grupo de personas a la libertad religiosa.

“Este derecho a la libertad religiosa es blasfemo, porque atribuye a Dios propósitos que destruyen Su Majestad, Su Gloria, Su Reinado. Este derecho implica libertad de conciencia, libertad de pensamiento, y todas las libertades Masónicas.

“La Iglesia que afirma tales errores es por completo cismática y hereje. Esta Iglesia Conciliar no es, por lo tanto, Católica. En la medida en que el Papa, los obispos, sacerdotes o fieles se adhieran a esta nueva Iglesia, se separan ellos mismo de la Iglesia Católica.”

Dos años antes, en su Declaración del 21 de noviembre de 1974, Monseñor declaraba:

“Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe, a la Roma Eterna, maestra de sabiduría y de verdad.

“Pero en cambio nos negamos, como siempre hubimos de negarnos, a seguir a la Roma de tendencia neo modernista y neo protestante que se manifestó claramente en el concilio Vaticano II y después del concilio en todas las reformas que de él surgieron.”

Monseñor resumió los efectos devastadores de esas “reformas” en los siguientes puntos:

  1. DEMOLICIÓN DE LA IGLESIA.
  2. RUINA DEL SACERDOCIO.
  3. ANIQUILAMIENTO DEL SACRIFICIO Y DE LOS SACRAMENTOS.

Esta Declaración termina con estas palabras: “Al hacer esto estamos convencidos de que permanecemos fieles a la Iglesia católica y romana, a todos los sucesores de Pedro, y de que somos los fieles dispensadores de los misterios de Nuestro Señor Jesucristo”.

En “Carta Abierta a los católicos perplejos” Monseñor se lamenta de que:

“El Osservatore Romano, al publicar el texto, omitió este párrafo. Desde hace más de diez años, nuestros adversarios están interesados en separarnos de la Iglesia y dan a entender que no aceptamos la autoridad del Papa. Sería más práctico hacer de nosotros una secta y declararnos cismáticos. ¡Cuántas veces se pronunció la palabra cisma en relación con nosotros!”.

El 6 de julio de 1988, los Superiores de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X suscribieron una “Carta Abierta al Cardenal Gantín”, unos días después de las Consagraciones de los Cuatro Obispos y de haberse hecho pública la Declaración de “excomunión”. Citaré algunas reflexiones que aparecen en esta misiva:

“Quiera Ud. mismo juzgar sobre el valor de tal declaración que viene de una autoridad que en su ejercicio rompe con la de todos sus antecesores hasta el Papa Pío XII en el culto, enseñanza y gobierno de la Iglesia”.

“En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron; enseñando el Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus Encíclicas y Cartas Pastorales”.

“Quiera Ud. juzgar de qué lado se encuentra la ruptura”

“Jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de “Iglesia Conciliar” y se define por el Novus Ordo Missae, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad”

“Nosotros no tenemos ninguna parte (NULLAM PARTEM HABEMUS) con el panteón de las religiones de Asís. Nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro Dicasterio, no sería más que la prueba irrefutable”

“No pedimos nada mejor que ser declarados excomunione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace 25 años; excluidos de la comunión impía con los infieles”

Yo, por mi parte, repito: ¿de qué lado se encuentra la ruptura? ¿Quiénes son realmente los cismáticos?

El Vaticano II promulgó doctrinas que fueron previamente condenadas por la Iglesia:

  1. Las enseñanzas cismáticas del Vaticano II concernientes a la unidad de la Iglesia, a saber que la Iglesia de Cristo no está exclusivamente identificada con la Iglesia Católica, sino que meramente subsiste en ella (subsistit in).

Esta doctrina herética está contenida principalmente en Lumen Gentium, y su significado herético es confirmado en declaraciones de Pablo VI y sus sucesores, particularmente en el Nuevo Código de Derecho Canónico de 1983, y la Declaración Concerniente a la Iglesia y la Comunión de 1992, y en el Directorio Ecuménico.

A la Iglesia no se la concibe ya como la Iglesia única y verdadera de Cristo (conforme se ha enseñado siempre), puesto que se osa escribir que la “Iglesia de Cristo” (…) «subsiste en la Iglesia católica», igual que subsisten «fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad», a título de «dones propios de la Iglesia de Cristo» (Lumen Gentium § 8; también: Dignitatis Humanae § 1; Unitatis Redintegratio § 3); lo que equivale a sostener, contra el dogma de la fe, que las almas se salvan también fuera de la Iglesia católica –la cual, pues, no constituye ya el único “medio de salvación”– y que también las comunidades heréticas y cismáticas son “medios de salvación” (UR § 3), a despecho de sus “defectos”, porque «el Espíritu de Cristo no rehuyó servirse de ellas como de medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad que se confió a la Iglesia católica» (UR § 3 cit.). A la Iglesia católica se le deja aún “la plenitud total de los medios salvíficos”, puesto que es «auxilio general de la salvación [generale auxilium salutis]» (ivi). Pero al proceder así se la rebaja de medio único de salvación, a mero “auxilio general” (expresión oscura), que posee “la plenitud total de los medios salvíficos” (aunque sólo la “plenitud” de ellos, no la unicidad de los mismos, como antes). Lo que significa que, in mente Concilii, hay medios menos plenos de salvación, por decirlo así, pero que, con eso y todo, la confieren (salvación que no puede ser menos plena de suyo, dado que es imposible concebir una salvación a medias); medios que se hallan también, según parece, en los denominados “hermanos separados”, visto que éstos gozan asimismo de la asistencia del Espíritu Santo, no a título de individuos, sino cabalmente en cuanto comunidades herejes y cismáticas. Tenemos que habérnoslas con un error teológico manifiesto, puesto que las comunidades “separadas” son tales precisamente porque rechazaron la asistencia del Espíritu Santo a fin de correr tras los propios errores que las condujeron a la separación. Esta nueva doctrina del concilio resulta ser, además, inconsistente en el plano lógico, porque no se comprende cómo unos medios de salvación “defectuosos” y, por ende, menos plenos que los de la Iglesia católica, pueden conferir la misma salvación brindada por esta última: a medios desiguales deberían corresponder resultados desiguales, no idéntico resultado.

Esta doctrina es contraria a la enseñanza de la Iglesia Católica, contenida principalmente en la Satis Cognitum de León XIII, la Mortalium Animos de Pio XI, la Mystici Corporis de Pio XI y las condenas a la ” Branch Theory ” (la teoría de la bifurcación de la Iglesia) que hiciera el Santo Oficio bajo Pio IX.

  1. Las enseñanzas del Vaticano II concernientes al ecumenismo son abiertamente cismáticas, ya que afirman que las religiones acatólicas son caminos de salvación. Esta doctrina directamente contradice la enseñanza de la Iglesia de que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación, llamada por Pío IX como el “dogma católico más conocido”. Además, las prácticas ecuménicas que han resultado de esta doctrina cismática son directamente contrarias a la doctrina expuesta en la Encíclica Mortalium Animos de Pío XI.
  1.  La enseñanza del Vaticano II sobre la libertad religiosa, contenida en Dignitatis Humanae, la cual casi palabra por palabra afirma la misma doctrina que fue condenada por Pio VII en Post Tam Diuturnas, por Gregorio XVI en Mirari Vos, por Pío IX en Quanta Cura y en el Syllabus, y por León XIII en Libertas Praestantissimum. La enseñanza del Vaticano II sobre la libertad religiosa también contradice  la doctrina sobre la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad expresada magníficamente en Quas Primas de Pio XI, y la constante actitud y práctica de la Iglesia en relación a la sociedad civil.La proposición «la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad [nisi vi ipsius veritatis], que penetra suave y fuertemente en las almas» (Dignitatis Humanae 1), profesada por el concilio para justificar la libertad religiosa, es absolutamente falsa en relación con las verdades del catolicismo, puesto que ellas, en cuanto verdades divinitus reveladas, sobrepujan la capacidad de nuestra inteligencia y no puede creerse en ellas sin la ayuda de la gracia (por eso se he enseñado siempre que “la fe es un don de Dios”). Además, dicha aserción niega de hecho las consecuencias del pecado original sobre la inteligencia y la voluntad, heridas y debilitadas por aquél y, por ende, propensas al error y fascinadas por el engaño.
  1. La enseñanza del Vaticano II concernientes a la colegialidad, que intenta alterar la constitución monárquica de la Iglesia Católica, con la cuál ella fue dotada por el Divino Salvador. La doctrina del Vaticano II, confirmada por el Nuevo Código de Derecho Canónico de 1983, declara que el sujeto de la autoridad suprema de la Iglesia es el colegio de los obispos juntamente con el Papa, siendo esto contrario a la doctrina definida por los Concilio de Florencia y del Vaticano I.
  1. Los cambios litúrgicos introducidos después del Vaticano IIsuponen una ruptura, sobre todo el Novus Ordo Missae promulgado por Pablo VI que ha de ser rechazado por todo aquel que se considere católico porque:

a) contiene una definición cismática de la misa que no es la que la Iglesia definió en la Sesión XXII del Santo Concilio de Trento. La definición de la misa brindada por el famoso artículo 7º de la Institutio Novi Missalis Romani (1969), todavía vigente: «La cena del Señor o misa es la santa asamblea o reunión del pueblo de Dios que se congrega bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor»; una definición que suscitó en su día, por su evidente cuño herético, es decir, protestante, las protestas, tan angustiadas como inútiles, de muchos fieles y sacerdotes, así como la conocidísima toma de posición de los cardenales Ottaviani y Bacci. Compárese con la ortodoxa, contenida en el catecismo de san Pío X: « ¿Qué es la santa misa? La santa misa es el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y vino en memoria del sacrificio de la cruz. ¿Es el sacrificio de la Misa el mismo que el de la cruz? El sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo que el de la cruz».

b) porque fue compuesto con el propósito expreso de hacer una liturgia ecuménica, agradable a los protestantes, despojándola de las verdades católicas concernientes al sacerdocio, el Santo Sacrificio de la Misa, y a la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía

c) fue compuesto con la ayuda de seis pastores protestantes, lo cual muestra el espíritu cismático en el cual fue concebido y formulado

d) sus autores suprimieron de la Misa, las oraciones y lecturas que serían ofensivas a los herejes

e) a través de sus omisiones, su simbolismo y sus gestos, promueve enseñanzas heréticas y errores concernientes al sacerdocio, al Santo Sacrificio de la Misa, y a la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía;

f)  es muy probablemente inválido a causa de un defecto de intención que causa en el que lo celebra, debido, al menos en la lengua vernácula, a una alteración blasfema de las palabras de Cristo en la fórmula de consagración. (En la Biblia y en la Misa Tradicional se dice: ¨pro multis¨ es decir: por muchos, pero en la Nueva Misa de Pablo VI se dice ¨pro omnibus¨ es decir: por todos).

En resumen, sobre la libertad religiosa, sobre el Sacrificio de la Misa, sobre la naturaleza de la Iglesia y la salvación de las almas, la doctrina del Vaticano II es nueva, tanto en la formulación como en el contenido. De igual modo, sobre muchos otros puntos, los “Pontífices” del Vaticano II tienen una enseñanza que una conciencia católica no puede admitir.

El Magisterio Ordinario de la Iglesia Católica ejercitado repetida y enfáticamente por los papas, obispos y un Concilio general, y las prácticas normales en la Iglesia Católica  no pueden enseñar a los fieles el error que ha sido repetida e infaliblemente condenado por la Iglesia en el pasado.

LA NUEVA RELIGIÓN DEL VATICANO II

Esta nueva religión es la herejía del Modernismo, la cual San Pio X calificó como la “síntesis de todas las herejías” en su  solemne condena de ésta en 1907 (Enc. Pascendi y Decreto Lamentabili). El Santo Pontífice también dio aviso de que incluso entonces los modernistas ya habían infiltrado a la Iglesia con propósito expreso de cambiarla desde el interior. Él advirtió que si alguna vez llegaran a tener éxito en su complot por cambiar la Fe según los principios del modernismo, entonces resultaría la destrucción de la Iglesia, si eso fuese posible.

Se trata de una alteración profunda y sustancial de nuestra Fe que fue consumada por Juan XXIII y Pablo VI, y ha sido aumentada y continuada por Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco Bergoglio, alias Décimejorge.

Esta nueva religión Antropoteísta, la Religión del Vaticano II, fue solemnemente proclamada por Montini en el Discurso de Clausura del CV II el 7 de diciembre de 1965:

“El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura, y, en cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La  Religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado son la Religión – porque tal es – del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del Samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas – y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra –ha absorbido la atención de nuestro Sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro humanismo: también nosotros – y más que nadie – tenemos el culto del hombre”.

La Nueva Religión se va perfilando y en el mismo Discurso Montini asegura:

Toda esta riqueza doctrinal se orienta a una única cosa: servir al hombre”

Y para rematar esta antropolatría, declara Montini:

“Nuestro humanismo se hace cristianismo, nuestro cristianismo se hace teocéntrico; tanto que podemos afirmar también: para conocer a Dios es necesario conocer al hombre”

Así queda proclamado el Nuevo Evangelio del Hombre y su culto antropoteísta. Tenemos así la Nueva Religión humanista del Vaticano II, que desplazó el culto de Dios por el culto del hombre. Esta nueva y falsa Religión lleva a cabo la perversión de la Fe, de la Doctrina, lo cual viene a constituir la Gran Tribulación anunciada en el Apocalipsis y de la cual dice el Angélico Doctor:

“Será entonces la Gran Tribulación, la cual será una perversión de la doctrina cristiana por la falsa doctrina. Y si no fuesen abreviados esos días, esto es, la manifestación de la doctrina, por el refuerzo de la verdadera doctrina, nadie se salvaría, puesto que todos se convertirían a la falsa doctrina”

 Con la proclamación solemne de la Nueva Religión del Hombre, el Vaticano II cuajó el proyecto que había sido el sueño de los enemigos de la Iglesia durante 150 años atrás: convertir la fe católica en una religión menos dogmática, es decir humanitaria – uno de cuyos objetivos sería atraer a todas las religiones y a todas las personas en una iglesia sin rasgos sobresalientes que sería una amalgama de todas las religiones. La gran influencia y el vasto tamaño de la Iglesia Católica, hizo que los enemigos de la Iglesia planificaran cambiarla desde su interior, para convertirla de esa forma en el vehículo para propagar el credo de la “deificación del hombre”.

Desde el Vaticano II, hemos visto que las instituciones católicas, a pesar de permanecer con el mismo nombre y apariencia externa, han experimentado profundos cambios interiores. Encontramos en estas instituciones una religión completamente diferente a la que había antes del Vaticano II. Mientras las mismas catedrales, las mismas iglesias, seminarios, universidades y órdenes religiosas todavía existen, la religión en ellos es enteramente diferente.

Los católicos tradicionales, por tanto, rechazamos el Vaticano II como un falso concilio, es decir, como un conciliábulo. El Vaticano II habiendo contradicho tantas enseñanzas de siempre de la Iglesia Católica, ha sido declarado por las autoridades de la nueva iglesia conciliar como “la suprema forma del magisterio ordinario”, y de ahí que obligue a las conciencias de los católicos post-conciliares. Ahora bien, se argüirá que hay muchas declaraciones ortodoxas en el Vaticano II. La insinuación está concedida. Pero lo mismo se puede decir de los escritos de Lutero —e, incluso, de Satán citando las Escrituras al Señor cuando le tentaba. La presencia de ocasionales declaraciones ortodoxas en escritos heréticos nunca ha llevado a la Iglesia Católica Romana a que dé su aprobación a tales producciones. Sería como si un médico mezclara veneno con una buena medicina. Y de ahí, que la única actitud “tradicional” que uno puede tomar respecto a estos documentos es el rechazo total. Las mismas aplicaciones deben hacerse respecto a los diversos catecismos y a otros documentos doctrinales producidos después del Vaticano II.

A manera de conclusión de esta parte:

La nueva iglesia del Vaticano II o pseudoiglesia es la que ha realizado la ruptura, el cisma con su propio pasado y lo que es peor, con la doctrina católica. La iglesia conciliar no puede ser reconocida como la Iglesia Católica, puesto que no brillan en ella las notas distintivas de la verdadera y única Iglesia de Cristo. Si queremos seguir siendo católicos y morir en la Fe Católica, fuera de la cual no hay salvación, hemos de rechazar las doctrinas heréticas del Vaticano II, resistir a las autoridades que lo aplican, negarnos a seguir la nueva religión y a participar en el rito bastardo (como lo llamaba Mons. Lefevbre), el Novus Ordo Missae, que ya no expresa más la fe católica y que conduce progresivamente a la pérdida de ésta.

Los católicos tradicionales no somos cismáticos, puesto que en ningún momento nos hemos separado de la Iglesia Católica para fundar una secta particular que profese una Fe distinta de la Católica y mucho menos decimos que esa Iglesia, fuera de la cual no hay salvación por voluntad del Hijo de Dios, sea defectible y pueda enseñar el error. No somos nosotros los que defendemos doctrinas condenadas por el Magisterio de la Iglesia.

Ya he demostrado por qué no puedo aceptar que se me diga cismático, ahora quiero que se me demuestre que ustedes, los que siguen la nueva iglesia del Vaticano II, son católicos romanos.

SANTA DESOBEDIENCIA

“La Iglesia se está destruyendo a sí misma por vía de la obediencia… El golpe maestro de Satanás es defender los principios de la revolución introducidos en la Iglesia y por la autoridad de la misma Iglesia… él ha conseguido que se condene a quienes conservan la fe católica por aquéllos mismos que debieran defenderla y propagarla”.   Arzobispo Lefebvre.

En este apartado quiero responder a los que dicen que los católicos tradicionalistas somos unos desobedientes y unos rebeldes ante la “autoridad”. Incluso, se ha dicho que somos como “protestantes” y que de alguna manera imitamos las mismas actitudes que en su momento tuvo el gran heresiarca que fue Lutero.

Sin ningún ánimo de parecer irónico, esto no deja de causarme risa cada vez que lo escucho precisamente de aquellos que llaman a los luteranos “nuestros hermanos separados” y se molestan sobremanera cuando se les tilda de herejes, cismáticos y apóstatas. ¡Ah!, es que ellos no son cismáticos, pero los católicos tradicionales sí. Recuerdo que en el seminario donde pasé ocho años se nos hablaba de Lutero como si fuera un santo. En las clases de Historia de la Iglesia, el profesor de esa materia nos habló con más pasión de Lutero que de San Pío X. A este último lo tildó de “conservador de corta inteligencia” y de “obsesionado con el Modernismo”. Este sacerdote se reía burlonamente del juramento Antimodernista que él mismo había hecho en su juventud. Dios lo haya perdonado.

Hoy comprendo por qué la nueva iglesia del Vaticano II se siente más cerca, y con razón, del protestantismo que de aquellos que defienden la Tradición Católica.

Los católicos tradicionales somos acusados de ser protestantes porque desobedecemos a las “autoridades” modernistas. Pero tales acusaciones son falsas. Los Católicos tradicionales no “eligen y escogen” lo que desean creer, sino que nos adherimos de todo corazón a lo que la Iglesia siempre ha enseñado y hecho. Creemos que se debe obedecer al Papa, mientras sea el Vicario de Cristo en la Tierra y una “persona jerárquica” con Nuestro Señor. Sabemos que cuando Pedro habla ex cátedra, es infalible porque es Cristo quien habla por medio de él. Somos acérrimos papistas y lo que estamos haciendo es nada menos que negarnos a desobedecer a Pedro. En tal situación estamos obligados a desobedecer a aquéllos que hablan falsamente en nombre de Pedro. Obedecer a los “papas” herejes y modernistas es declarar que son “una persona jerárquica” con Nuestro Señor y por tanto que Cristo enseña cosas falsas. Dios nos libre de esta blasfemia.

La Fe Católica nos enseña que la Iglesia es infalible. Para los modernistas, sin embargo, la Iglesia se equivocó desde Constantino hasta el Vaticano II, y ahora finalmente halló su verdadera “Tradición”. Por el contrario, para algunos que se dicen tradicionalistas, la Iglesia estaba en la verdad hasta el Vaticano II, y desde entonces sigue siendo la Iglesia Católica pero se equivoca. El problema es que la Iglesia no puede equivocarse. Es lo que decimos en el acto de fe: “Dios mío, creo firmemente todas las verdades que habéis revelado y que nos enseñáis por medio de la Iglesia, porque Vos no podéis engañaros ni engañarnos”. No es posible atribuir a la Iglesia y a un auténtico Vicario de Cristo los errores que comprobamos cada día a nivel dogmático, moral, práctico y disciplinario; ya que atribuirlos a la Iglesia, es atribuirlos a Cristo, que dice en el Evangelio: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”.

Por otra parte, la Iglesia no puede convertirse en un peligro para la fe y la moral de los fieles; ella no puede darnos veneno. Además, más allá de la infalibilidad del Magisterio Solemne o Extraordinario que se expresa mediante un Concilio Ecuménico presidido por el Papa o un Legado suyo, o bien por el Papa solo cuando habla ex cathedra, no hay que olvidar la infalibilidad del Magisterio ordinario universal: cada vez que la Iglesia a través de los Obispos dispersos por el mundo en comunión con el Papa, dicen que algo es revelado por Dios, debe creerse, ya que la Revelación divina es el objeto de la fe y corresponde a la Iglesia el decirnos lo que es revelado. Además, contamos con la garantía (es una certeza teológica) de que la Liturgia, los Sacramentos y la Disciplina que la Iglesia nos impone, sin ser dogmas de fe, no pueden llevarnos al error o al pecado. Si comprobamos que la liturgia, los Sacramentos, la disciplina, desde el Vaticano II no son conformes a lo que la Iglesia siempre ha hecho y querido, todo eso no puede venir de la Iglesia Católica. La Iglesia no puede errar en la promulgación de leyes litúrgicas y disciplinarias (Misa, Sacramentos, Código de derecho canónico…), en la canonización de un Santo (lo cual plantea el problema, por ejemplo, de la “canonización” del fundador del “Opus Dei”, Escrivá de Balaguer, por Juan Pablo II, y el de la “canonización” del propio Juan Pablo II), en la aprobación definitiva de una orden religiosa. Pío VI incluso condenó a los jansenistas que, en el conciliábulo de Pistoya, enseñaron que el Papa podría promulgar para la Iglesia universal leyes litúrgicas o disciplinarias nocivas para la fe.

Añadamos que la sumisión al Papa es un dogma de fe: “estar sometido al Romano Pontífice es necesario para la salvación a toda criatura humana”, enseñó en 1300 Bonifacio VIII mediante su Bula Unam Sanctam. “La Iglesia Católica es la sociedad o reunión de todos los bautizados que, viviendo en la tierra, profesan la misma fe y la misma ley de Jesucristo, participan a los mismos sacramentos y obedecen a los pastores legítimos, principalmente al Romano Pontífice”, enseña de manera similar el Catecismo de San Pío X en su definición de Iglesia Católica. ¿Es posible ser más claro? Es que, y esto es una constante en la historia, los disidentes han querido a menudo permanecer en la Iglesia sin obedecer al Papa. Es el caso particularmente de los jansenistas, que se valieron de mil subterfugios y pretextos para no aceptar lo que la Iglesia dijo al condenarlos. El drama es que muchos de aquellos que hoy quieren permanecer fieles a la verdadera fe, en lugar de separarse de una “autoridad” que no puede ser tal, prefieren recurrir a aquellos subterfugios para desobedecer.

Reconozco que aquellos que como yo dudan que los “papas” post-Conciliares y los obispos en unión con ellos sean Católicos, no tienen problemas para rechazar su autoridad. Sin embargo, para aquéllos que creen que estos hombres son verdaderos papas o verdaderos Vicarios de Cristo, el problema viene a ser más difícil.

Sea como fuere, quiero demostrar aquí que, independientemente de que los papas y obispos de la iglesia conciliar sean la jerarquía de la verdadera Iglesia Católica, es decir, si son autoridades legítimas o no (eso es otro tema), la virtud católica de la obediencia no implica un ciego seguimiento y aceptación irracional de todo lo que venga de las autoridades de la Iglesia.

Esto deseo aclararlo porque para la mayoría de los nacidos después del Vaticano II, como yo, se ha hecho necesario seguir las direcciones impuestas por los “pontífices” post-Conciliares y aceptar los cambios en la doctrina, en el culto y en el gobierno que han sido iniciados desde entonces, en el nombre de la “obediencia”.  La obediencia no está por encima de la Fe. Es por lo tanto de la mayor importancia que los católicos comprendan la naturaleza de sus obligaciones respecto a esta virtud.

Conforme al gran teólogo francés Tanquerey,

 “La obediencia es una virtud moral y sobrenatural que nos inclina a someter nuestra voluntad a los que son nuestros legítimos superiores, hasta donde ellos sean los representantes de Dios… Es evidente que no es obligatorio ni permisible obedecer a un superior que diera una orden manifiestamente opuesta a las leyes divinas o eclesiásticas. En este caso, nosotros deberíamos repetir las palabras de San Pedro: ‘Nosotros debemos obedecer a Dios antes que al hombre’ (Hch 5,29)” (Teología Dogmática).

Permítanme considerar la triple negación de Pedro. Ésta ocurrió justo antes de la Crucifixión de Nuestro Señor, pero un tiempo después de que Cristo le hubiera establecido como cabeza de la Iglesia. Nadie ha sugerido nunca que sigamos el ejemplo del Apóstol en esto. E incluso después de la Resurrección y del Descenso del Espíritu Santo, la Escritura nos da todavía otro ejemplo donde no se nos fuerza a estar absolutamente de acuerdo con la opinión de Pedro. En el capítulo 2º de la Epístola a los Gálatas nosotros leemos cómo San Pablo reprende a Pedro sobre la cuestión de la circuncisión a los Gentiles. Respecto a este episodio San Cipriano decía: “Ni Pedro a quien el Señor puso el primero, y sobre el cual edificó Su Iglesia, actúo insolentemente ni arrogantemente cuando Pablo discutió después con él acerca de la circuncisión; él no dijo que él tenía la primacía y que fuera obedecido…” (Epístolas LXXI, n. 3). San Agustín, citando este pasaje de S. Cipriano añade: “El Apóstol Pedro, en quien la primacía de los Apóstoles es preeminente por una singular gracia, cuando actuó respecto a la circuncisión de manera diferente de lo que requería la verdad, fue corregido por el Apóstol Pablo”. Y de este modo vemos por la Escritura que nosotros no debemos seguir a aquéllos que tienen la autoridad de Pedro ni ciegamente ni de manera absoluta.

Desde el Vaticano II los fieles se han encontrado a sí mismos en la difícil postura de escoger entre la enseñanza y disciplina de la Iglesia de todos los tiempos y las disposiciones de la jerarquía post-conciliar. Cuando tal conflicto sucede, los fieles tienen la constante enseñanza de la Iglesia que garantiza su adherencia a lo antiguo. Para demostrar que tal es el caso, permítannos considerar las palabras de San Vicente de Lerins (+ 434). Según la declaración sumaria de la Enciclopedia Católica (1908), él enseñó que:

 “Cuando alguna nueva doctrina surge en una parte de la Iglesia, debe entonces uno adherirse firmemente a la fe de la Iglesia Universal, y suponiendo que la nueva doctrina sea de tal naturaleza como para que contamine a casi la totalidad de aquélla, como lo hizo el Arrianismo, entonces debe uno ceñirse a la antigüedad; si incluso se encuentra algún error, se debe preparar un concilio general y, a falta de éste, por el consentimiento de aquéllos que en los diversos tiempos y lugares permanecen firmes en la fe Católica…”

Él continúa:

 “Es un verdadero y genuino Católico quien ama la verdad de Dios, la Iglesia y el Cuerpo de Cristo; quien no prefiere nada antes que la religión de Dios y la fe Católica, ni cualquier autoridad, ni amor, ni gracia, ni elocuencia, ni filosofía humanas, sino que, despreciando todo esto, se mantiene fijo y estable en la fe; quien conozca que la Iglesia Católica detenta la universalidad desde antiguo, quien determine que sea ella exclusivamente defendida y creída; no más que quien se dé cuenta de que es introducido luego, por cualquier hombre, algo nuevo y no oído, o que sea, además, contrario a todos los santos, y que sepa que eso pertenece, no a la religión, sino a la tentación.” (XIV, Hæres.)

No supondría uno que esta actitud fuera señalada por el mismo Papa San Gregorio el Grande, que enseñaba en su Moralium (lib. y, c. 10):

 “Que se sepa que el mal nunca debe hacerse por vía de la obediencia, por muy bueno que parezca algunas veces, lo cual si se llegara a dar, debe dejarse fuera de la obediencia”.

La filosofía escolástica enseña que “la verdadera obediencia es una decisión virtuosa del espíritu, la ejecución de un derecho ordenado con juicio”. Alan Lille, un reconocido teólogo escolástico del siglo XII expuso en este pasaje:

“Vosotros debéis tener cuidado para que no pequéis al obedecer. Que se advierta a los compañeros que la obediencia tendría que ser con rectitud, que lo que sea mandado sea recto. Por esta razón se dice: ‘que la ejecución de un derecho se mande con juicio’. En segundo lugar, que lo que se determine sea honesto. Como se dice: ‘una decisión virtuosa’. En tercer lugar, se debe proceder con juicio; por esta razón se añade: ‘con juicio’. Que la obediencia que es sin juicio es por lo tanto vana. Que lo que es sin honestidad, es retrógrado; en cuanto a quien obedece honestamente pero por un exceso de obediencia, muestra un orgullo espiritual. Si, en realidad, la obediencia es sin rectitud, sin ‘ley o principio… nosotros sabemos que el mal nunca se haría por medio de la obediencia…”[2]

Puesto que, en último análisis, toda autoridad viene de Dios, toda obediencia, en último análisis, se otorga a Dios. Como Sto. Tomás de Aquino enseña: “A veces sucede que las órdenes promulgadas por los prelados van contra Dios. Por lo tanto no en todas las cosas tienen que ser obedecidos los prelados. Por lo que aquéllos que están por debajo de ellos, tienen que hacerlo solamente en aquellas materias en las que estén sujetos a sus superiores, y en las que aquellos mismos superiores no se opongan a la orden de un Poder superior a ellos mismos.” (Summa II-II, q. 104, art. 5). En otra parte enseña que la obediencia a los superiores sólo obliga cuando “ellos promulguen aquellas cosas que los Apóstoles nos dejaron” (De Veritate, q. 14, art. 10). Él explica: “Nadie debería someterse a un poder más inferior salvo en cuanto que preserve el orden establecido por un poder superior a él mismo; pero si el poder más inferior se aparta del orden del poder más superior, entonces no es justo para nadie someterse a ese poder más inferior, por ejemplo, si un procónsul ordenara que se hiciera algo, cuando el emperador (sobre lo mismo) ordenó lo contrario” (Summa, II-II, q. 69, art. 3).

El servicio irracional no es aceptable a Dios, como el Apóstol nos dice al mandar un “culto racional” (Rom 12,l)[3].

Ahora bien, sería irracional esperar que la enseñanza de la Iglesia fuera diferente de ésta, porque en la obediencia, como afirma el Doctor Angélico “no sólo se requiere prontitud, sino también discernimiento” (Comentario a la Epístola de Tito, 3,1). La ciega obediencia es tan extraña al Magisterio como la fe ciega.

El Papa Benedicto XIV en su tratado sobre la Virtud Heroica declara claramente:

 “No se obedece a un superior cuando manda algo contrario a la ley divina. Ni se obedece a un abad cuando manda algo contrario a la regla. Una ciega obediencia excluye la prudencia de la carne y la del espíritu, como Suárez ha demostrado extensamente.”

Estos principios están bien resumidos por un autor moderno, el Padre Vincent McNabb. Escribiendo en la primera parte del pasado siglo, él constato:

 “Un superior o la ley debe autorizar y controlar toda autoridad creada sea ésta individual o colectiva… de esto se sigue el importante principio, que podemos enunciar de esta manera: NINGUNA AUTORIDAD TIENE EL DERECHO A MANDAR A MENOS QUE AL MANDAR OBEDEZCA EL MISMO. En otras palabras, la autoridad sólo debe merecer obediencia cuando sus actos u órdenes sean un acto de obediencia.”[4]

En la actualidad, a los católicos se les plantea un terrible dilema. Si ellos obedecen a los “papas” post-Conciliares, ellos apostatan de la fe Católica tal como ella ha existido desde el tiempo de Cristo y de los Apóstoles.

Debe estar claro que los Católicos deben dar su asentimiento intelectual a todo el Magisterio Ordinario. El Vaticano II ha sido repetidamente declarado como “la suprema forma del Magisterio Ordinario”. Las Encíclicas y otras declaraciones que tratan de la fe y la moral (lo que incluye los cambios litúrgicos y de la forma de los Sacramentos) que se promulgan, bajo el amparo de la autoridad papal (los “papas” cuando hablan en su función de papas”) también requieren nuestro asentimiento intelectual. Hablar de asentimiento intelectual es hablar de obediencia, que para que sea virtud se necesita que nuestra voluntad actúe en conformidad con nuestra inteligencia. La obediencia ciega es pecado, pues de lo contrario nadie sería tan virtuoso como mi perro.

Ahora bien, estos documentos (el Vaticano II, Encíclicas, etc.) enseñan claramente doctrinas contrarias a lo que siempre seha enseñado magisterialmente antes del fallecimiento del Papa Pío XII. Siendo esto así, el católico debería aceptar el hecho de que también el Espíritu Santo enseñó el error en el pasado, está enseñando el error en el presente, o que es libre para cambiar Su espíritu respecto de la verdad (respecto a materias que tratan de fe y de moral).

Si los “papas” post-Conciliares son responsables de enseñar incluso el error con la supuesta autoridad Apostólica, solo caben 2 posibilidades:

a)    o que el mismo Cristo enseñó el error (quod absit) cundo le prometió a Pedro que las puertas del infierno no prevalecerían,

b)    o los “papas” post-Conciliares son unos usurpadores (cual partida de herejes modernistas) y por lo tanto que carecen de autoridad.

Los católicos que toman su fe seriamente han reconocido este dilema desde hace ya mucho tiempo. Ellos han propuesto varias soluciones, apuntando y manteniendo siempre “la obediencia a la autoridad papal” (nuestra salvación depende de ello) y no apostatando de la fe:

  1. Algunos han declarado que pueden escoger de los documentos del Vaticano II y de otras declaraciones papales  aquellas cosas que están “en conformidad con la tradición” y rechazar las innovaciones. Pero tales violan el requisito Católico de dar asentimiento intelectual y obediencia a aquellos que reconozcan como legítimos pastores de la Iglesia.
  2. Otros, reconociendo que no se puede enseñar el error bajo la autoridad de Cristo, han declarado claramente que los “papas” post-Conciliares no tienen autoridad. Algunos sostienen que la Sede Apostólica está vacante (por eso se les llama ordinariamente sedevacantistas). Tal postura no es anti-papal, sino más bien acérrimamente pro-papal. Es por su gran respeto a la autoridad papal que ellos rechazan de inmediato que se use la cátedra papal para enseñar el error con obstinación.
  3. Otros, reconociendo que los “papas” post-Conciliares están actualmente sentados en la Cátedra de Pedro, se adhieren a la teoría materialiter/formaliter que declara que ellos son materialmente papas, pero no formalmente; de que a pesar de estar sentados en la Cátedra de Pedro, ellos no tienen autoridad, pero que si de pronto se volvieran Católicos y enseñaran la verdadera doctrina, ellos tendrían autoridad.

Permítaseme concluir con una nota doctrinal. La obediencia es una virtud moral. La Fe, la Esperanza y la Caridad son virtudes teologales. Como tales, ellas son de más alto valor que la obediencia. Es, por supuesto, lógico entonces que la obediencia no es un fin en sí misma, sino un medio en vista a un fin. El propósito de la obediencia es “animarnos” a obedecer la Fe y no a otra vía en la dirección opuesta. Dar nuestra obediencia al error o a una falsa fe es apostasía.

Ningún gobierno puede ejercer legítimamente su autoridad si no muestra suficientemente que sus disposiciones se enmarcan en el orden sapiencial que constituye tal sociedad. Las disposiciones del gobierno eclesiástico, en particular, son vivas o válidas en la medida en que están informadas por la doctrina revelada. El Concilio Vaticano I señala claramente cómo el magisterio del Papa debe estar subordinado a la revelación [5] y su gobierno a la doctrina del magisterio[6], por eso se dice que la “primordial salud” de toda conducta cristiana consiste en ajustarse a la regla de la recta doctrina: Prima salus est rectae fidei regulam custodire [7]. En la medida en que se aparten de esta regla, todo mandato y toda obediencia son cosas muertas.

Por Amor de la Verdad no podemos obedecer a la religión impostora y sincretista del Vaticano II, porque entonces estaríamos desobedeciendo a la Esposa Inmaculada de Cristo Señor Nuestro, la Santa Iglesia Católica, única Arca de salvación, que por medio de su magisterio infalible nos ha enseñado doctrinas que punto por punto son negadas por el Vaticano II y por los “papas” posconciliares, encargados de poner por obra la “abominación desoladora en el lugar santo”.

Por tanto, es la nuestra una “desobediencia aparente” pero una obediencia real.

CONCLUSIÓN

Debo confesar que también yo tuve una venda en los ojos y lo que es peor, en ocasiones me la coloqué yo mismo, impulsado a la negación de lo que se me mostraba como evidente. Yo mismo caí en una auto-ceguera ante lo que yo sabía que era verdadero, pero que el temor me impedía confrontar como verdad. La Verdad siempre compromete y el compromiso con ella trae no pocas dificultades.

Pero la peor ceguera es la de la jerarquía modernista y liberal. Tal ceguera sólo se explica como el cumplimiento de la profecía de San Pablo que habla de los apóstatas de los últimos tiempos. Dios mismo, dice San Pablo, “les enviará poderes de engaño a fin de que ellos crean la mentira” (II Tes. 2, 10-11). ¿Qué castigo más terrible puede haber que una jerarquía desorientada? Si damos crédito a Sor Lucía, eso es precisamente lo que Nuestra Señora ha anunciado en la tercera parte del Secreto de Fátima: la Iglesia y su jerarquía sufrirán una “desorientación diabólica”y, siempre según Sor Lucía, esta crisis corresponde a lo que el Apocalipsis nos dice sobre el combate de la Mujer contra el Dragón. Ahora bien, la Santísima Virgen nos asegura que al final de esta lucha “su Corazón Inmaculado triunfará”.

La Santísima Virgen saldrá victoriosa. Ella vencerá la gran apostasía, fruto del liberalismo que venció en el Vaticano II. ¡Una razón para no quedarnos de brazos cruzados! Debemos luchar más que nunca por el Reino Social de Nuestro Señor Jesucristo. En este combate, no estamos solos; tenemos con nosotros a todos los Papas hasta Pío XII inclusive. Todos ellos combatieron el liberalismo para res-guardar la Iglesia. Dios no ha permitido que lo lograran, ¡pero eso no es una razón para rendir las armas! Es necesario resistir.

Sé que para muchos de ustedes es duro escuchar las reflexiones que hago en esta Carta, como fue duro para mí tener que aceptar las diferencias esenciales y profundas entre el Catolicismo Romano y la nueva iglesia del Vaticano II. Gracias a Dios, la elección de Bergoglio ha venido a esclarecer mucho más la situación, puesto que se produce cada vez más un alejamiento brusco, grotesco y brutal respecto de la Roma Eterna.

Para otros, todo esto es falta de cordura; una verdadera locura. Para los que no pueden refutar nuestros argumentos por falta de entelequia, incluso de materia gris, o de conocimiento de la fe católica, sólo caben los argumentos ad hominem, es decir, eluden presentar razones adecuadas para refutar nuestra posición teológica y, en su lugar, atacan y desacreditan falazmente (llegando a calumniar) a los que la defendemos, llegando incluso a tildarnos públicamente de locos, esquizofrénicos, paranoicos etc.

Sólo teniendo una mirada apocalíptica sobre la crisis sin precedentes que atraviesa la Iglesia y el mundo a partir del Vaticano II, he podido tener una respuesta acertada ante la apostasía de Roma Modernista y Meretriz. Esta Roma ya no es la Roma Eterna, “maestra de sabiduría y de verdad”, porque rompió con la Tradición Sacrosanta de la Iglesia en franca escisión o ruptura, lo cual es, sin eufemismos, un verdadero cisma por el que Roma, cual Babilonia (ciudad de la confusión y el caos religioso), tal como Nuestra Señora de la Sallette lo profetizó anunciando el eclipse de la Iglesia, perdería la Fe y sería la Sede del Anticristo.

Esa mirada, basada en el único libro profético del Nuevo Testamento, es la que me permite hoy rechazar como cismática la nueva iglesia del Vaticano II que lleva en su mano “un cáliz de abominaciones” y “fornica con los poderosos de este mundo” pervirtiendo la doctrina cristiana y arrastrando a numerosas almas al infierno. Es la segunda bestia que sale del abismo infernal de la tierra, con la apariencia de Cordero, pero que habla y actúa como el Dragón (la viperina lengua de la serpiente seductora con su larga cola) y que por esto tiene nombre específico o propio: Pseudoprofeta.

Que Nuestra Señora me ayude a perseverar en la Fe Católica hasta el final:

Padre Darovis Caballero Sosa

1 de julio de 2014

En la Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

[1] Entiéndase: no juzgo el secreto de los corazones sino los hechos exteriores, pero creo que si se escribiera un libro sobre las traiciones de la jerarquía conciliar, llevaría muchos capítulos y no bastaría un solo tomo. Sólo el silencio del Vaticano II sobre la inmensa multitud de mártires del comunismo le va a valer un juicio severísimo por parte de Nuestro Señor. Los uniatas traicionados por el ecumenismo; los indecibles sufrimientos de los católicos chinos por su fidelidad al Papa traicionados por el nuevo «dialoguismo» romano; la traición de todos los movimientos políticos de corte católico, como el de Franco en España, que podrían haber dado frutos para la Iglesia si hubieran sido asistidos por los obispos en lugar de ser atacados. El abandono y hasta la persecución de los mejores sacerdotes y religiosos, de los mejores intelectuales, de todo lo que todavía seguía siendo católico. ¡qué enorme daño a la Iglesia, que enorme responsabilidad ante Dios!

[2]Alan Lille, The Art of Preaching (“El Arte de Predicar”), Spencer, Mass.: Publicaciones Cistercienses, 1978.

[3]Idung de Prufening, Cistercienses y Cluniacenses, Kalamazoo, Mich.: Publicaciones Cistercienses, 1977.

[4] The Game (‘El Juego”), vol. II, Adviento, 1918. (Londres).

[5] Constitución dogmática Pastor aeternus, 18 de julio de 1870, c. 4 (DS 3070) : “Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe”.

[6] Ibid. (DS 3071) : “Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno”.

[7] Papa San Hormisdas, Libellus fidei, 11 de agosto de 515 (DS 363), citado en el referido capítulo de Pastor aeternus.

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