“poli malo poli bueno”

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La Prupesta de Müller frente a la de Kasper

Poli bueno – poli malo: aplicar una dura presión psicológica por un sujeto y ofrecer alivio y mejor trato por otro colega es un viejo clásico para destruir la resistencia. El efecto que se pretende es que el policía bueno obtiene un incremento de sus pretensiones como consecuencia de la reacción del reo a la conducta desviada del policía malo.

También entre la jerarquía post conciliar se aplica, por ejemplo: “Juan pablo II no es responsable de la crisis de la Iglesia, sino los malos obispos y cardenales que le desobedecieron”; luego, haga lo que hacía Juan pablo II y no lo de los malos cardenales y obispos; es decir, dedíquese a besar coranes, recibir el sello del demonio Shiva en la frente, a pedir perdón a los judíos, etc.  “Los padres del Concilio no erraron, el Concilio Vaticano II es bueno y en continuidad con la Tradición, el problema está en la interpretación que de él ha hecho la jerarquía postconciliar”; ergo, acepte el impío ecumenismo que aquél contiene, la libertad religiosa contra el Syllabus, la colegialidad episcopal jurisdiccional… Los ejemplos se pueden multiplicar ad nauseam, a poco que el lector piense.

Vengamos a la actualidad. El cardenal Walter Kasper es el “poli malo” (ver aquí). Ofrece dos vías para que los divorciados vueltos a casar accedan a la comunión Eucarística: Primera. La judicial, es decir, la nulidad matrimonial hasta ciertos límites entre los matrimonios ratos y consumados; en Estados Unidos se declaran nulos más de 50.000 matrimonios al año, por lo que se lo suele conocer como “el divorcio católico”.  Tan alto índice de nulidades no se podría aumentar mucho más, según parece pensar, por lo que sería necesaria una segunda vía pastoral y no judicial; la cual consistiría en dar la comunión a los arrepentidos de su primer fracaso matrimonial vueltos a casar, si asumen las responsabilidades de su segundo matrimonio y desean el sacramento de la Eucaristía.

Tan grotesca burla del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo ha hecho saltar algunas alarmas; aunque no muchas. Se hizo necesario, pues, aliviar algo al preso: los católicos. Entonces apareció el poli comprensivo y respetuoso. Incluso se le presentó por los segundoposconciliares como un bastión de la ortodoxia ¿Quién iba a ser el vengador de tanta iniquidad? El cardenal Müller se exhibió de “poli bueno”. Alguno, sorprendido, preguntará ¿Pero, no es el mismo Müller que en su ‘Teología Dogmática’ vacía de contenido el dogma de la Virginidad de la Madre de Dios y la Transustanciación?” En efecto, así es, un hereje de tomo y lomo, al menos material. “Pues, no me cuadra que éste pueda ser el paladín de la fe y moral católicas”, podría seguir afirmando ese mismo sujeto lleno de perplejidad. Pues,  ¿Qué quiere que le diga? A mí menos. En realidad, su remedio puede ser peor que la enfermedad.

Veamos las propuestas alternativas del poli bueno al poli malo. No les prometo que, al final, puedan distinguir con certeza quién sea el poli bueno y quién el malo. Será un buen ejercicio, para el lector, averiguarlo. Vayamos leyendo el planteamiento de Müller, en el que resaltaré los ejes de su pensamiento, comentándolo desde la doctrina católica; los textos del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe han sido tomados de Advvenire.

“[…] En teoría, todos conocemos los criterios, o condiciones clásicas para poder contraer matrimonio; de una manera especial que el carácter voluntario del consentimiento no esté viciado, que sea libre, que exista una madurez personal suficiente. Indudablemente estamos obligados a reflexionar y como pastores estamos preocupados por la situación antes mencionada de que muchos contrayentes son formalmente cristianos, porque han sido bautizados, pero no practican la fe cristiana; no sólo litúrgicamente, sino tampoco existencialmente. Benedicto XVI hizo referencias insistentes a reflexionar sobre el gran desafío de los no creyentes bautizados. En consecuencia, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha planteado la preocupación del Papa, poniendo a trabajar a un buen número de teólogos y otros colaboradores para resolver el problema de la relación entre la fe explícita e implícita.”

[…] “¿Qué pasa cuando un matrimonio carece, incluso, de la fe implícita? Por supuesto, cuando ésta falta, aunque el matrimonio se celebró libre et recte, puede ser inválido. Esto sugiere que, además de los criterios tradicionales para la declaración de la nulidad del matrimonio, hay más a reflexionar sobre el caso en el que los cónyuges excluyen la sacramentalidad del matrimonio . Actualmente nos encontramos aún en una fase de estudio, de reflexión serena, pero (…), en nuestra Congregación estamos dedicando una gran cantidad de energías para dar una respuesta correcta al problema planteado por la fe implícita de las partes contratantes.

[…] La fe pertenece a  la esencia el sacramento. Por supuesto, es necesario aclarar la cuestión jurídica planteada por la invalidez de sacramento debido a una evidente falta de fe (…). El establecimiento de un criterio válido y universal a este respecto no es realmente una cuestión trivial …. “

Cierto que no es asunto trivial. Pero al margen de esto y a partir de aquí todo lo que dice se ampara en la capciosidad propia de los modernistas. Explicaré brevemente lo que quiere comunicarnos este “pájaro”. Müller trata de decir que, en realidad, hay otra vía más espaciosa, si cabe; es decir, puesto que la fe pertenece a la esencia del sacramento, si ésta no existía en el momento de contraer nupcias no habría sacramento, por lo tanto el matrimonio sería probablemente inválido; he aquí el gran coladero ¿mejor o peor que la propuesta del poli malo? Lo iremos viendo. Pero para que se vaya haciendo idea el lector, tal aserto podría llevar a declarar la invalidez del sacramento a millones de matrimonios  que, para usar sus mismas palabra, “no practican la fe cristiana; no sólo litúrgicamente, sino tampoco existencialmente”. Luego esos cónyuges no tendrían impedimento en contraer segundas nupcias por la Iglesia, declarado previamente la nulidad del contrato matrimonial de sus primeras nupcias.

¿Cuál es el fundamento de la proposición del poli bueno? Un error craso de teología sacramental, nada menos que del “paladín” de la fe. Su sofisma y, tal vez, desiderátum, podría explicarse, en palabras de Lawler, de la siguiente manera: “el opus operantis del sujeto es necesario para transformar el opus operatum en signo eficaz de la acción de Dios en Cristo, es decir, en un sacramento válido; de otro modo el sacramento ofrecido permanecería a nivel genérico como significativo de la acción salvífica de Dios en Cristo, pero no sería un signo concreto, eficaz, sacramental para este sujeto. (1). Con lo cual, Müller con Laweler, estarían negando algunas propiedades específicas del sacramento del matrimonio; a saber:

1º. Que a su vez es sacramento de una realidad de un pacto conyugal instituido por Dios “al principio”. “La decisión del hombre y la mujer de casarse según este proyecto divino, es decir, la decisión de comprometerse con su irrevocable consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicionada, implica realmente, aun de modo no plenamente consciente, una actitud de profunda obediencia a la voluntad de Dios respecto a este contrato, que no puede darse sin su gracia”.

2º. La fe es don habitual y como virtud teologal recibida en el bautismo, pertenece a la intimidad del alma y está más allá de la experiencia empírica; aunque, podemos reconocerla, en alguna medida, por sus manifestaciones externas. No obstante la persona no practicante que no acude a la iglesia y se manifiesta extraña a la doctrina católica, parece no dar señales de fe, como si ésta fuese inexistente; pero hay que  considerar que la petición de la celebración eclesial del matrimonio, si responde a una sincera voluntad de casarse, es propiamente un signo de fe. Porque los sacramentos no sólo suponen la fe, sino que, además la manifiestan y la nutren.

3º. Santo Tomás atribuye la eficacia de los sacramentos a la fe de la Iglesia, en cuanto que ella une el signo sacramental a la fuente de su fuerza santificadora: la Pasión de Cristo(2). Aunque entre los que participan en la celebración del sacramento puede ocurrir que en algunos la fe sea deficiente, sin embargo, nunca sucede que el sacramento válido se convierta en un signo vacío, porque en la Iglesia siempre hay muchos fieles con fe informada por la caridad, la cual, por obra del Espíritu Santo, penetra y se difunde a todos los miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo.

4º. Si a causa de su fe defectuosa e insuficiente pertenecen al misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia como miembros muertos, privados de la gracia santificante y de la caridad, la inserción de su unión conyugal en el Misterio de Cristo no les hace partícipes de la vida sobrenatural que de él brota, pero tal unión significa el misterio y participa de él, del mismo modo que ellos continúan siendo miembros del Cuerpo místico, aunque permanezca inactiva su fe o sea una fe muerta a causa del pecado grave. Su pertenencia a Cristo se convierte en una continua llamada a la conversión y, cuando ésta tenga lugar y se reconcilien con Dios por medio del sacramento de la penitencia, se producirá también la reviviscencia del sacramento del matrimonio.

5º. A favor de la ortodoxia tradicional tenemos, entre otras,  la enseñanza claramente repetida y renovada de los Romanos Pontífices Pío IX, León XIII y Pío XI, según la cual, entre cristianos no puede existir un verdadero matrimonio que no sea al mismo tiempo sacramento (3). Si a los católicos imperfectamente preparados en relación a  la fe no les fuese concedida la celebración religiosa del matrimonio, a causa de una supuesta invalidez por imperfección en la fe,  quedaría para ellos cerrada toda posibilidad de casarse verdaderamente, y serían privados del derecho natural al pacto conyugal establecido por Dios desde “el principio”. De ahí a una secta sólo hay un pequeño paso.

En resumen, la imperfección de la fe de los cristianos que se unen en matrimonio no impide que éste sea sacramento de la fe; fe supuesta, expresada y hecha activa. Como condición mínima necesaria exigible y específica de este sacramente es tener intención de hacer lo que hace la Iglesia. Sólo si la intención general de los contrayentes es contraria a las propiedades naturales de pacto conyugal establecidos por Dios al “principio” podría dudarse de la validez del contrato conyugal. La propuesta del poli bueno, pues, consiste en introducir la posibilidad de declarar inválidos sacramentalmente millones de pactos conyugales, abre la puerta de par en par al subjetivismo, convierte al matrimonio sacramental en un derecho de pocos: los puros, que siempre podrán alegar, en el futuro, que en el momento de las nupcias su fe no era todo lo perfecta que fuese menester, y destruye la concepción del sacramento.

Pero sigamos con las declaraciones del poli bueno:

[…] Reconozco las dificultades, desde un punto de vista jurídico y práctico, para determinar el elemento esencial del  bonum coniugum, previsto hasta ahora, principalmente en lo referente a la hipótesis de la incapacidad (cf. CIC, can. 1095). El bien de los cónyuges también es relevante en el contexto de la simulación del consentimiento. Ciertamente, en los casos sometidos a su juicio, será la investigación del hecho lo que determinará los posibles méritos de esta causa de nulidad,  coexistente 0 prevalente con los tres capítulos del «beni» agostiniani:  procreatividad , exclusividad y perpetuidad . No se debe, por tanto, prescindir de la consideración de que puede haber casos en los que, debido a la falta de fe, el bien de los cónyuges se vería comprometido y que esté excluido del acuerdo en sí mismo; Por ejemplo, en el caso de la subversión por parte de uno de ellos, debido a una concepción errónea del vínculo nupcial, el principio de igualdad, o en el caso de denegación de la unión dual que distingue el vínculo matrimonial, en relación con la posible exclusión de la fidelidad mutua o del uso de la cópula cumplida humano modo .

Para facilitar y acelerar el procedimiento de anulación fue evocada la posibilidad de dejar la responsabilidad y autoridad al obispo del lugar o a una persona designada por él, de parte del poli malo.

Müller introduce el subjetivismo de hecho, aunque teóricamente lo rechace. Me explico: el poli bueno propone la extensión de las causas de nulidad juzgando del fuero interno de, al menos, uno de los cónyuges en el momento del contrato matrimonial. Cabe preguntarse, pues, qué cónyuge alegará, v.g., la intención de la cópula contra natura habida en él cuando se celebró el contrato; la respuesta es obvia: aquél que más requiere de la nulidad. Luego el juez va a juzgar sobre el fuero interno, algo tan extraño a la práctica de la Iglesia. Liga, casi necesariamente, la fe sin caridad, es decir, la fe en el pecador,  por ejemplo el uso de la cópula a modo no humano, con la inexistencia de fe. Por este mismo argumento los pecadores no deberían formar parte de la Iglesia, cuya afirmación sería una herejía.

Pongamos un ejemplo. Juan se casó con Azucena; ambos tenían una fe no muy formada, iban de vez en cuando a Misa: el día de la Virgen del Carmen y alguna que otra solemnidad y poco más,  pero los dos deseaban hacerlo por la Iglesia y querían la procreatividad , exclusividad y perpetuidad. Luego de 10 años y tres hijos en común, Juan se enamora de su compañera de trabajo, Marta. Cuando parece que ese adulterio no tiene ninguna salida, Juan lee al poli bueno y dice: ¡Eureka!. Luego se presenta ante el juez eclesiástico correspondiente y pide la nulidad de su matrimonio con Azucena alegando que su fe en el momento de su matrimonio era imperfecta y la prueba de ello es que él estaba en el error que podría cumplir con el débito conyugal contra natura o a modo humano. Tres meses y un día más tarde de haberse incoado el expediente, el juez sentencia la nulidad de su primer matrimonio debido a la imperfección de la fe, probada mediante testimonios de las preferencias en las prácticas del débito conyugal de una de las partes, formas innombrables, pero con fuerza suficiente para la declaración de la nulidad solicitada. Entrado el verano Juan se casa por la Iglesia, esta vez, con Marta. Ya puede comulgar. Ahora bien, cuando Juan se enamore de la vecina de enfrente, Aurora ¿Alegará ante el juez la misma razón para obtener la nulidad o preferirá, para no ser monótono, el argumento de que en el momento de su matrimonio con Marta, estaba en el error respecto a la unión dual, cuando él prefería una cama redonda en la que, por supuesto, también entre las otras concubinas estuviese Marta? ¿Considerará el juez esta subversión, siguiendo la doctrina del poli bueno, como irrefutable prueba de imperfección o falta de fe, para volver a declarar la nulidad de su segundo “matrimonio”? Basándose en que el bien de los cónyuges se ha visto comprometido, Juan podría casarse por tercera vez y seguir comulgando.

Lo que obvia Müller es que en este asunto estamos considerando el caso de los bautizados que verdaderamente quieren casarse por la Iglesia, constituyendo por tanto una comunidad de vida verdaderamente conyugal, con independencia de la perfección de su fe [nadie tiene la máxima perfección de esta virtud], algo no empírico, ni mensurable. Si su donación recíproca no corresponde a los elementos específicos que caracterizan el matrimonio “del principio”- resumidos en el bien conyugal agustiniano-,  si no es un don total, sino parcial, entonces no se unirían en matrimonio, ni siquiera en la hipótesis de que no fueran bautizados, darían lugar a otro género de asociación entre hombre y mujer, limitada y provisional, en cualquier caso no conyugal.

Con estas consideraciones, ciertamente no tengo la intención de sugerir una relación automática fácil entre la falta de fe y la nulidad de la unión matrimonial, sino más bien tratar de poner de relieve cómo tal deficiencia puede, aunque no necesariamente, también perjudicar los bienes del matrimonio, ya que la referencia a la orden natural, querido por Dios es, inherente a la alianza conyugal (cf. Gn 2,24).

He aquí un lenguaje anfibológico- Doble sentido, vicio de la palabra, cláusula o manera de hablar a la que puede darse más de una interpretación– propio de los modernistas. Él sabe la forma de expresar las cosas para evitar el escándalo; por eso dice: “no tengo la intención de sugerir una relación automática fácil entre la falta de fe y la nulidad de la unión matrimonial”; luego,  lo que realmente dice es: “pero sí tengo la intención de sugerir que hay una relación entre la falta de fe y la nulidad del vínculo matrimonial, aunque esta relación no sea tan sencilla de ver”. Más adelante observa “tal deficiencia [de la fe]  puede, aunque no necesariamente, perjudicar los bienes del matrimonio”; lo cual se debe leer en buen castellano: “tal deficiencia perjudica el bien del matrimonio, aunque no en todos los casos, pero bien podría ser en la inmensa mayoría de ellos. Lo que “pastoralmente” y judicialmente pasará a aplicarse del siguiente modo: “tal deficiencia perjudica siempre el bien del matrimonio, salvo extrañas y casi insólitas excepciones”. Ergo, he aquí una puerta bien ancha para conceder nulidades matrimoniales. De esta manera, sin renunciar al principio del matrimonio indisoluble nos beneficiamos, en la práctica,  del divorcio.

Como, al parecer, ningún juez, sino sólo lo propios cónyuges pueden saber o creer saber lo que pensaban y creían en el momento de su contrato, tendríamos la siguiente consecuencia: los cónyuges, en la práctica, podrían decretar la nulidad de su matrimonio que se ratificó sic et simpliciter por el juez, sin mucha profundidad, por lo que a éste le queda sólo la aceleración del procedimiento,  para que sea considerado tal “divorcio” eficaz.

En la proposición del poli bueno existen muchos riesgos, además de los que hemos señalado:

¿Cómo podría medir un juez el grado de la fe en el momento de la celebración del matrimonio? Intentarlo introduciría el riesgo de juicios sin fundamento sobre el fuero interno.

También existiría el riesgo de suscitar dudas en  otros matrimonios válidos que, al haber crecido en la fe, descubren que ahora ésta es más perfecta que en el instante de su matrimonio. Lo cual sería un daño para la Iglesia e inquietaría la conciencia de los católicos.

Tal argumento daría lugar a sentenciar, falsamente, que el matrimonio de los herejes y cismáticos no es válido, porque no tienen ni siquiera la fe muerta, sino que, en especial los herejes, la han destruido formalmente, al atentar contra su objeto formal. Pero esto sería herético, pues la Iglesia católica sostiene que el bautismo de los herejes es válido y también la sacramentalidad del matrimonio; todo lo cual sería ir contra toda la Tradición de la Iglesia.

Y, finalmente, si tal consideración contra la Tradición saliese victoriosa en el próximo Sínodo, considerado el estado de fe en el presente siglo, daría pie a tal número de arbitrarias sentencias de nulidades como jamás se habría visto ni soñado.

Y lo que es peor, se habría hundido la teología sacramental del matrimonio con sus especificaciones, que le distinguen de los demás sacramentos.

La propuesta del poli malo es apoyada, según parece, por Bergoglio quien la ha calificado como una “teología hecha de rodillas”. La propuesta del poli bueno está fundada en las declaraciones de Ratzinger en enero de 2013, entre otras suyas; el cual no dudaría en calificar la teología de Müller, supongo, como una “teología hecha desde la fe y la razón”.

¿Qué es peor, el roto o el remiendo? Queda a la reflexión del amable lector si los calificativos “bueno” y “malo” aplicados a los dos polis son los adecuados o, quizá, le parezca que el malo es el bueno y el bueno el malo.

O, tal vez, sólo vea el lector  una simple lucha de poder en la cumbre, entre dos polis muy malos que representan dos facciones. Si ésta es su percepción, amable lector, coincide enteramente con la mía que se queda en la Teología tradicional.

 Sofronio

  1. Cfr M.G. Lawler, Faith, Contract and Sacrament in Christian Marriage: A Theological Approach, «Theological Studies», 52 (1991), 719-721.
  2. (In Sent., IV, d. 1, q. 1, a. 4, s. 3)
  3. Cfr Pío IX, Aloc. Acerbissimum, 27.9.1852: Pii IX Acta, p. I, vol. I, pp. 392-393; León XIII, Enc. Arcanum, 10.2.1980: Dz. Sch. 3145-3146; Pío XI, Enc. Casti connubü, 31.12.1930: Dz. Sch. 3713. A tal enseñanza se había adaptado el CIC de 1917, can. 1012 § 2.

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7 comentarios en ““poli malo poli bueno”

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  4. Sofronio no se enoje. Lo que trato es de establecer cuál es su forma de pensamiento, sus creencias, y estudiarlas. A veces es fácil criticar pero más difícil presentar una posición personal coherente en materia de religión. Parecería según contestaciones anteriores en “El galimatías de la infalibilidad I” a mis preguntas que según Uds. dentro de la Iglesia católica habría algo así como dos iglesias: una la de Uds., la auténtica según Uds., caracterizadas por una Misa Tridentina, teniendo a los papas pos conciliares como herejes y a aquellos que concurren a la Misa del Nuevo Orden también como herejes, sería ésta entonces una falsa iglesia; luego, estaría la Iglesia de Uds. con la Fraternidad San Pío X sin cardenales y sin papas. ¿Cree Ud. posible que la Iglesia de la Misa del Nuevo Orden reconozca que está es herejía, se rectifique y, luego, vuelvan a tener Uds. a tener los cardenales de la Iglesia del Nuevo Orden para volver a tener papa? ¿Por qué entonces habla de períodos de la historia de la Iglesia católica en la que pasó a ser un puñado y, luego, recuperó el número de fieles si no están Uds. en condiciones de elegir al sucesor de Pedro? Tengo otras preguntas, se las formularé a su tiempo. Gracias.

    • Alberto Ramón Althaus:

      No se preocupe;no me enojo: Sin embargo, sí le advierto que no usa usted bien su tiempo tratando de comprender cuáles son mis creencias. No merezco su atención de ese modo; mejor haría que, según mi consejo, ese tiempo lo dedique a tratar de comprender por qué el Concilio Vaticano II y el magisterio postconciliar se separan absolutamente de Mirari vos, de Gregorio XVI, Quanta cura y el Syllabus, de Pio IX, Immortale Dei y Libertas, de León XIII, Pascendi, de Pio X (con el juramento antimodernista), Quas primas y Mortalium animos, de Pio XI, Humani generis, de Pio XII, por ejemplo. Mis creencias son muy sencillas; creo lo que la Santa Iglesia Católica ha profesado siempre y si alguien predica otra doctrina distinta no lo escucho. Mi excasa razón para aprender la realidad se basa en el realismo moderado de Santo Tomás y nunca en Descartes, Kant o Hegel.

      Sobre lo que pasará en el futuro, sólo debo decir que no soy profeta: Bastante tengo con ser fiel a la verdad; llamo al pan pan y al vino vino; cuando alguien niega el dogma o lo vacía de contenido lo llamo hereje; cuando alguien niega una cuestión de razón, fundamentada en el dogma digo que ha caído en el error. Nunca me guío por lo que yo piense, sino por lo que la Iglesia ha definido: El magisterio ordinario de la Iglesia Universal, además del extraordinario, es infalible. Pero cuánto se dice de la Iglesia universal al respecto no se habla de una generación, como por ejemplo ésta, sino lo que todas han creído a lo largo del tiempo. Es obvio, para quien no niegue la luz, que Pablo VI, Benedicto, Francisco son los anti- San Pío X. No hay continuidad entre aquellos y éste.

      Plantea usted el aspecto desde una cuestión numérica: Podría contestarle con San Atanasio, pero no quiero hacerlo largo, así que permítame no copiarle aquí lo que dice.

      Si yo interpreto algo por mi cuenta, nunca lo hago de forma dogmátaca y siempre señalo que es una opinión personal y que por lo tanto puede estar equivocado, como la siguiente: No hay ninguna solución ordinaria para la actual apostasía que viene de Roma. La Historia puede orientarnos algo, pero nunca se produjo en la Iglesia que los guardianes de la Fe fuesen los que la destruían- esta parte no es opinión, es simple y honesta observación de la realidad-: por lo cual, estando en medio de la creciente apostasía (obvio) creo que sólo lo solucionará un auxilio extraordinario,es decir, la Parusía (mi opinión es que estamos cerca, sin ser yo de los que elucubren sobre fechas ni nada parecido); acuérdese de las palabras de Nuestro Señor Jesucristo, a quien el concilio ha destronado, ” creéis que cuando vuelva el Hijo del Hombre hallará fe sobre la tierra”. El Katejon, es una opinión mía, ya hace tiempo que ha sido retirado ¿ Quién es el que lo retenía? Hay muchas maneras de definir el tema: La Infalibilidad de la autoridad eclesial; es decir, los papas han querido expresamente dejar de usar de esa asistencia prometida desde la misma convocatoria del Concilio. La infalibilidad es un don del Espíritu Santo a quien, en definitiva, han expulsado, retirado, de su magisterio desde hace y 50 años, con el discurso inaugural de Juan XXIII; lo que al principio fue casi imperceptible se ha ido manifestando más a medida que van pasando los años y los papas, que ya no confirman en la fe, cual siempre fue su oficio, sino el error.

      Lejos de mí juzgar los corazones de los hombres y mujeres de la nueva religión del novus ordo, entre los cuales no me cabe duda hay gente sincera, quizá por la edad, aferrados a su rosario y sufriendo el espectáculo que cada domingo les ofrece el showmaster espiritual (palabras de Ratzinger) de su párroco, o mejor dicho presidente de la Sinaxis o Cena, ya que no creen, la mayoría, en el sacrificio propiciatorio de la Misa. Lo que sí afirmo es que esa religión no es ya la Religión Católica y a medida que van corriendo los años se hace más y más evidente; lleva inexorablemente a las almas al relativismo, al naturalismo y finalmente, salvo una gracia de Dios grande, a la perdición eterna. Del ecumenismo conciliar sólo puede venir el relativismo sobre la verdad cuyo final del camino es la apostasía.

      De la libertad religiosa para el error sólo puede venir la expulsión del reinado de Cristo sobre las naciones, las sociedades y las familias y finalmente de las almas. Hoy, las poquísimas familias numerosas que aún son fieles a Cristo Jesús se sienten derrotadas frente a sus hijos a partir de cuando éstos llegan a los 11 o 12 años; al contrario de antaño: Mientras no han llegado a esa edad están controlados por los padres que rezan en familia el rosario, enseñan la doctrina cristiana, oran y dan gracias por los alimentos, etc.. Pero cuando llegan a esa edad los padres se encuentran solos frente a una comunidad educativa de colegios religiosos – a los cuales lógicamente los mandan- que ya no predican la Cruz de Cristo, sino que les enseñan educación sexual y una religión sin dogma; solos frente a todas las alternativas de ocio que educan en el éxito, placer, vanidad; solos frente a un estado laico- por obra y gracia del Concilio Vaticano II, al menos en España, Colombia,- que no protege el bien común; solos frente a los medios de comunicación que presenta al mal ocupando el lugar que le corresponde al bien o como una opción más; solos frente al cura de la parroquia que ni enseña lo que debe, ni en la mayoría de las ocasiones la verdad, dedicados a vender misericordina en frascos y a granel, etc. Todo por obra y gracia de la Libertad Religiosa para el error proclamada por el Concilio Vaticano II, sobre el que recaen todas las condenas de la Iglesia Católica que puede usted encontrar leyendo y estudiando las encíclicas, entre muchísimos más documentos, que más arriba le he citado. No use de su tiempo, se lo sugiero, estudiando lo que yo piense; no vale la pena; úselo en estudiar las Sagradas Escrituras y el Magisterio infalible de papas y de los Concilios hasta 1962.Luego de ese año, los muros de contención para que impedían que los hijos se extraviaran demasiado fueron derruidos por el CV2. Los padres se quedaron sin ayuda de obispos, de papas, de parracos, de colegios, del estado, etc. Ven Señor Jesús, Ven pronto.

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