Virginitas: post partum (y V)

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Ha sido el propósito de este apologético opúsculo defender con toda clase de argumentos contra el infectado pensamiento modernista, en las antípodas  de la filosofía del realismo moderado, la perpetua Virginidad de la Madre de Dios, antes, en y después del parto.

Desgraciadamente, hemos encontrado las impías herejías en seminarios y teólogos, en universidades católicas y cardenales, en catecismos y obispos, en progresistas y en los tibios ‘línea media’ que, cual neo centauros, tienen el corazón tradicional pero liberal la cartera. Como si la locura se hubiera trocado colectiva, todo patán pone su entendimiento al servicio de una epiqueya para disculpar a los blasfemos, especialmente si éstos son jerarquía; o se dedican sesudamente a escribir prudenciales distinciones que no son más que cobardías rebozadas con una capa superficial de mala o incomprendida filosofía. Contra unos y otros impíos, a diestra y siniestra, a proa y a popa,  en la cubierta y en las bodegas no he querido dejar a ningún impío sin atizar. Pero ¡Oh, Dios mío! Son tantos, que me es imposible nombrarlos a todos. Por eso los he ido reuniendo, amable lector, en torno a las objeciones que ido respondiendo.

Concluimos, pues, respondiendo a estas cuatro últimas objeciones, las cuales no son sólo propias de los herejes manifiestos y notorios, sino que, por desgracia, forman parte del pensamiento de gentes piadosas pero algo ignorantes o engañadas, no sólo por otros, sino por sus propias elucubraciones, despreciando, en la práctica, la doctrina de la Iglesia.

OBJECIÓN: El bautismo nos quita el pecado original pero permanece en nosotros la concupiscencia, razón por la cual puede permanecer ésta en la que fue concebida sin pecado.

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A lo que respondemos. El bautismo no reserva sólo borra. La concupiscencia entra con el pecado, pero no son la misma cosa, por lo que se pueden separar. Viene tras el pecado, es decir, es el efecto de la privación de la gracia original; pues la integridad hubiera sido transmitida al hombre inocente si no hubiera caído. Sin embargo,  la Virgen María fue redimida de una manera mucho más sublime. En efecto, la virtud de la Sangre de Cristo la preservó del pecado, que por su genealogía hubiera debido contraer como los demás descendientes de Adán. Pero también porque fue exenta de nuestra natural inclinación al mal, como estupendamente explica la Bula Inefabilis de Pío IX sobre la Inmaculada Concepción de María. La concepción inmaculada es la causa de su integridad; de que no habite en ella el fomes peccati que es el efecto del pecado. La explicación más sencilla es la siguiente: La concupiscencia es la parte que heredamos por el pecado aún borrado, pero como la Santísima Virgen fue absolutamente preservada del pecado original, por esa misma razón está exenta de la inclinación al mal; ninguna parte de herencia tenía.

Hemos dicho que el pecado y la concupiscencia no son la misma  cosa. En efecto, los movimientos de la concupiscencia no son de suyo culpables, pero causan en el hombre la necesidad moral de caer algunas veces, al menos,  en pecados veniales. Es verdad que es posible evitar cada una de estas faltas consideradas aisladamente, pero la imposibilidad recae sobre el conjunto y continuamente. Podemos evitar esta o aquella distracción concreta e incluso muchas, pero no tener ninguna  a lo largo de la vida excede a nuestras fuerzas. Pues bien, en los demás santos es cosa de maravillarse el que no sean vencidos por los vicios, pero en la Virgen María la maravilla que admiramos es que no pueda ser ni atacada;« en Esta Tierra (María) ningún combate; antes la plenitud y la paz »(1).

Digámoslo con labios más certeros: «En particular, su cuerpo no tenía la posibilidad por la que el nuestro cede a los `primeros movimientos… El espíritu iba delante de todas las impresiones interiores que no se sustraen enteramente al gobierno de la razón, para así regularlas. Fue Madre sin haber experimentado los padecimientos comunes a todas las otras madres; nunca conoció por experiencia propia la tiranía de la concupiscencia; libre de toda rebeldía en su carne virginal, apaciguaba con su mirada y con su voz las turbaciones de los sentidos de aquellos que la veían y oían».

La aniquilación total del pecado y de su herencia, el fomes peccati, la esperan los demás santos no en su cuerpo mortal, sino en su cuerpo revestido de inmortalidad: «si yo obro el mal que no quiero, no soy yo quien lo obra sino el pecado que habita en mí» (Rm 7,20). Mas lo singular de la  Virgen María es que ella fue adornada con la incorruptibilidad en las cosas que tocan al pecado y a su apetito, mientras mantuvo la corruptibilidad sólo en el dolor y el trabajo.

De lo que hemos dicho, que es doctrina común a todos los maestro de Teología, debemos tener por seguro que quedan condenadas todas aquellas obras que bajo una falsa piedad mariana presentan a la Purísima Virgen María luchando con las tentaciones. Desgraciadamente ya no está en vigor el Índice de Libros Prohibidos, suprimido por Pablo VI, donde irían a parar ¡qué duda cabe! estas obras blasfemas que envenenan las almas de los inocentes que las leen, algunas de las cuales ya hemos citado en los diversos artículos sobre la Virginidad de la Madre de Dios.

OBJECIÓN: Parece que fuera más ventajoso y glorioso para la Virgen María haber tenido que luchar con la concupiscencia y haberla vencido, como narra el “Poema del  Hombre-Dios” de la ‘vidente’ Valtorta, aunque esta obra estuviera en el Índice.

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Contra esto respondemos con Santo Tomás de Aquino:« La flaqueza de la carne es, en verdad, ocasión de adquirir la virtud perfecta, pero no causa sin la que sea imposible obtenerla. No era necesario que la Virgen tuviera todas las ocasiones posibles de perfección. La abundancia de la gracia bastaba para hacerla excelentemente perfecta»(3).

«El espíritu manifiesta su fuerza que opone a las rebeldías de la concupiscencia; pero la manifiesta también y más gloriosamente cuando la carne está de todo comprimida por su virtud, que la carne no puede ni recalcitrar contra él» (4) Por lo tanto, como en María el espíritu había alcanzado su mayor grado de fuerza en una persona humana, gozó del privilegio de no tener nunca que reprimir una insurrección de la concupiscencia.  El mismo principio declara San Agustín en un sermón contra los pelagianos.

Por otra parte, la objeción es algo absurda si se acepta el dogma de la Concepción Inmaculada y se atiene el fiel al magisterio de la Iglesia y no las ‘revelaciones’ de supuestas videntes. Porque, como hemos dicho, el fomes peccati no tiene otra causa que la pérdida de la justicia original, la cual sometía las fuerzas inferiores al espíritu y el cuerpo al alma. Así en la Madre de Dios, al estar exenta del pecado original, no podía haber desordenes de la sensualidad. Porque si bien no le eximió del trabajo, del sufrimiento y de la muerte, tales no son males morales sino físicos. Mientras que la concupiscencia participa del mal moral, ni la muerte ni los padecimientos participan. El mismo Señor nuestro, Jesucristo, tomó las flaquezas humanas pero repudió el pecado y toda sombra de concupiscencia. En las Sagradas Escrituras es denostada la concupiscencia con el nombre de pecado (en el sentido explicado) pero los padecimientos son propuestos como medio de la Redención del mundo y como seguro instrumento de participar en la Redención. La conformidad de la Madre de Dios con el Hijo pedía que participase de los sufrimientos de Cristo, pero nunca de nuestras flaquezas morales. Para lo primero no se la eximió de la muerte ni del sufrimiento, para lo segundo fue preservada del pecado de origen, de todo pecado actual,  y como causa de éste y efecto de aquél, de la concupiscencia.

OBJECIÓN: La Virgen María posee una arrobadora hermosura en su alma y en su cuerpo, con lo cual, si bien aceptamos que en ella no hubo ni el fomes peccati, no podía evitar ser causa de la concupiscencia de los que la miraban, pudiendo ser causa de escándalo.

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Contra esta objeción, decimos con Santo Tomás, al hablar de la primera santificación de la Madre de Dios: «según la persuasión común, no tuvo por efecto el prevenir en Ella todo movimiento por poco desordenado que fuese, sin el impedir que su hermosura, más que humana, fuese para alguien incentivo de pecado» (5).   Lo mismo afirma S. Buenaventura. Y no sólo ellos, sino muchos otros como Alejandro de Hales, que dice directamente: « La Bienaventurada Virgen, con sólo su aspecto, apagaba en quien en Ella ponían sus ojos toda impresión de concupiscencia» (6). Sobre su presencia purificadora: «Tu vida entera fue un ejemplo admirable, y tal era el esplendor de tus virtudes que tu sola presencia bastaba para apartar de los pecadores los pensamientos perversos» (7). Este artículo se haría interminable si se trajesen todos los testimonios de los escolásticos en favor de la hermosura purificadora de la Virgen María en todo aquel que la contemplaba.

Mas no sólo fueron los escolásticos, sino que mucho antes los griegos creyeron de la misma manera. El monje Santiago nos muestra así a la Virgen María al presentarse en el Templo con Jesús: «La tierra que pisa es purificada por sus pasos, y de su castísimo cuerpo emana un perfume de virtud con que el aire queda embalsamado».  « Pero ¿ qué mucho es que Aquella que fue llena del resplandor del Padre brillase con tan puros esplendores, que Aquella  que llevó en su seno a la Luz eterna recibiese de ella esta perfección hasta en su propio cuerpo? No es posible dudarlo: el fuego del amor divino que ardía en María se reflejaba en todo su exterior de suerte que, poseyendo la pureza de los ángeles, tenía también un rostro angelical»(8). Este privilegio de la Virgen María declarado por Ricardo de San Víctor en el siglo XII no era novedad alguna ya que era ostensible a fines del siglo IV, entre otros muchos en San Ambrosio (340-397): «Tan grande era su gracia, que no sólo por ella conservó la flor de su virginidad, sino que, además, a quien se le llegaba le inspiraba el amor de la castidad. Visitó a San Juan Bautista, y no es maravilla que éste quedara puro en su cuerpo, pues la Madre de Dios lo embalsamó, por espacio de tres meses, con el óleo de su presencia y con el aroma de su propia integridad» (9).

¿Cuál era la causa de que su arrebatadora hermosura externa gozara de esta prerrogativa? La hermosura inmaculada de su alma que no podía sino reflejarse en su cuerpo. La inefable hermosura de Dios estaba reflejada en el alma de María que traspasaba el cuerpo de Ésta, así como el sol ilumina a nube ligera que lo oculta y vela a nuestra mirada. De tales fuentes no podía nacer más que una influencia purificadora y santificadora. Si la carne de nuestro Señor y Salvador es, además de una carne viva, una carne vivificante, medio de vida para nuestros cuerpos y almas Virtus de illo exibat et sanabat omnes (Lc. 6, 10), no nos debe parecer extraño que la carne de María, tan íntimamente unida con Cristo Jesús, participase en cierta manera de este privilegio glorioso. No nos olvidemos que la carne de María era, como su alma, inmaculada. En ella no había concupiscencia, era una carne virginal, una carne angelizada como dice Tertuliano (160 -220)  ¿podría, pues, avivar en los otros lo que en ella estaba absolutamente extinguido? Ciertamente no.

Si la hermosura de María arrebataba los corazones, era para llevarlos a Dios. Entre todos, nadie vivió en tanta intimidad con la Virgen María, salvo nuestro Señor Jesucristo, como el justo San José, quien se constituye en el más claro argumento en favor de esta prerrogativa de la Madre de Dios y en el que imitó en mayor grado que todos los santos la pureza angelical de la Virgen María. Porque Ella todo lo envolvía en una atmósfera de modestia y de pudor, de recogimiento y de castidad virginal  ni el más leve pensamiento del mal podía deslizarse y llegar al alma de San José, sobre cuya cuestión hablaremos en la siguiente y última respuesta a las objeciones.

Veamos, al fin,  como describe San Ambrosio la hermosura de la Virgen María, de cuyas letras deberían aprender muchos “artistas” modernos para extirpar de las imágenes de la Madre de Dios toda irreverencia: «Nada sombrío ni duro en la mirada, nada inmoderado en las palabras o en el tono de la voz; nada libre en las acciones; nada chocante en los gestos; nada muelle ni afeminado en los andares: tanto era el exterior de esta Virgen, imagen de su alma, y la figura misma de sus virtudes. Porque una casa buena debe conocerse desde el vestíbulo, y ya, desde la entrada ha de mostrar que nada es tenebroso ni desordenado…De manera que ninguna guardiana mejor para hacerse respetar que Ella misma; y en su porte tenía un algo tan más arriba, que al nadar no tanto parecía que se apoyaba en la tierra, cuanto que con cada paso subía un nuevo grado por la escala de la perfección» (10)

Leamos a J. B. Terrien, S.J, desde otra perspectiva: «Una triste experiencia enseña que no es lo más peligroso en la hermosura humana la perfección de las facciones, sino yo no sé qué seducción, cuya causa ha de buscarse en el desorden de nuestra naturaleza. Cuanto la naturaleza está más purificada de los atractivos engañadores, menos fuerza tiene para perder a las almas. Ni el Paraíso terrestre ni el Cielo, después de la resurrección, conocen esta clase de tentación, porque de uno y otro lugar está desterrada la concupiscencia. Luego no debemos olvidar que la carne de la Virgen era inmaculada, como su alma; ergo, no podía provocar la seducción involuntaria al pecado en los que la miraban».

OBJECIÓN: Pero si aceptamos que ni siquiera podía ser la Virgen María causa de concupiscencia en los otros, sino purificadora de la inclinación cuanto mayor intimidad había, como con San José, entonces es necesario concluir que no hubo verdadero matrimonio entre ambos.

Sagrada Familia de Nazareth

Negamos la conclusión de la objeción. Dios había decretado en sus designios eternos acerca de su Hijo que tanto Él como su Madre estarían a cubierto de suposiciones injuriosas. Para este propósito no era necesario acudir a medios extraordinarios, puesto que Dios prefiere ordinariamente los sencillos  y porque revelando la virginidad de María hubiera manifestado antes del tiempo la grandeza de Jesús. Eran convenientes tres cosas: Obscuridad para Jesús, reputación sin ninguna mancha para su Madre y asistencia amorosa y abnegada para ambos. Frente a las extraordinarias representaciones de los apócrifos, Dios decretó que estos tres fines se alcanzarían mediante el velo de un matrimonio puro y santo por la unión de un Esposo virgen, San José, con una Madre Virgen, María.

Nupcias celestiales desconocidas hasta entonces en la Tierra que, no obstante, encierran todas las notas de una auténtica y verdadera unión conyugal. Bossuet siguiendo al Doctor de la Iglesia, San Agustín, se ocupó de este asunto de una forma sublime. Tanto el de Hipona como Bossuet concuerdan en reconocer en la unión de San José y la Madre de Dios los tres vínculos que constituyen la `perfección del matrimonio: «Este sabio Obispo (dice Bossuet de San Agustín) advierte, ante todo, que en el matrimonio hay tres vínculos: primeramente el contrato sagrado  por el que aquellos a quienes une, se entregan enteramente el uno al otro y viceversa; en segundo lugar, se da el amor conyugal, por el cual se ofrecen mutuamente el corazón, ya que no puede dividirse ni arder en otras llamas; por último se da el vínculo de los hijos, que son la tercera ligadura, porque, viniendo el amor de los padres a reunirse, en cierto modo, en los que son fruto común de su matrimonio, queda el amor ligado con una atadura más fuerte. San Agustín descubre estas tres cosas en el matrimonio de San José, y nos muestra que todo concurría a guardar la virginidad».(11).

Ciñámonos al sagrado contrato que es la esencia del matrimonio, para el resto remitimos al lector a  la obra citada de Bossuet. El contrato matrimonial fue válido y legítimo.

Fue válido el matrimonio entre San José Y la Virgen María porque la validez del contrato matrimonial no depende de los actos que da derecho a ejecutar sino de la entrega libre y voluntaria que mutuamente los contrayentes se hacen de sí mismos. Porque, en efecto, son dos cosas distintas la posesión del derecho y el ejercicio del mismo, como en casi todos los contratos, por otra parte. Puedo, por ejemplo en un tema mercantil, tener el derecho al desahucio de mi moroso inquilino, pero no tengo obligación de ejercerlo y si no lo ejerciese el contrato celebrado sería igualmente válido.

Fue legítimo el matrimonio entre San José y la Virgen María por tres razones al menos: 1º. Porque las partes contratantes coincidían en el mismo designio inmutable de una unión virginal. 2º Porque es justo a causa de ser inspirado por Dios; por lo cual, dado que no hay ningún texto en la Ley antigua contra el mismo, el contrato es legítimo; pero, aunque lo hubiera, que no lo hay, igualmente tendría legitimidad porque el Autor de la Ley, Dios, puede levantar las prohibiciones que Él hubiera puesto; ergo, nada impedía que San José y la Virgen María contrajesen legítimamente matrimonio. 3º Porque Dios salía fiador de su mutua fidelidad en el cumplimiento de las obligaciones contraídas para con Él.

Pero añadamos una razón más a la legitimidad del matrimonio: «La unión de los Esposos, aun mediando este pacto, no sería inútil ni ilusoria, porque aún quedaría como efecto del matrimonio la comunidad de vida, la asistencia recíproca, y aun una salvaguarda de la castidad de los esposos, como quiere que cada uno de ellos tenía derecho estricto a conservar la virginidad del otro» (12) . Por esta razón, ni siquiera es necesario alegar, para esclarecer la legitimidad de esta unión en que las partes contratantes estaban ligadas con Dios con un voto de continencia perpetua, la teoría probablemente cierta: «según la cual los esposos podrían anexionar, al contrato por el que mutuamente se entregan, un compromiso también muto de justicia, en virtud del cual no se exigiría uno del otro aquello que, atendida la naturaleza del matrimonio, sólo sería ejercicio de un derecho» (13)

De esta manera fue el sagrado, válido y legítimo matrimonio de San José y la Virgen María: «dos virginidades que se unen bajo la bendición de Dios para conservarse eternamente la una a la otra por medio de una casta correspondencia de púdicos deseos» (14); ambas virginidades fecundas, pero cada una en su orden: La virginidad de María, según la carne, porque su misma pureza hizo descender al Espíritu Santo sobre Ella para llenarla con un germen celestial; la virginidad de San José, según el espíritu, porque bajo su sombra, bajo su protección paternal, dentro de su dominio, el fruto virginal brotó y se desarrolló (Terrien).

COROLARIO. Pero ¿Cómo no mencionar aquí la sólida probabilidad de la doctrina de tantos santos y graves teólogos que atribuyen a San José la confirmación en gracia por toda su vida y la exención, no de la raíz, de la concupiscencia, pero sí de todos los movimientos y actos de la concupiscencia en ejercicio? ¡Sería demasiado para aquél que fue el esposo de la Reina de las Vírgenes y que hizo las veces de padre del Verbo Encarnado! Consúltese a Suárez en Los Misterios de la Vida de Cristo y verá corroborado  esta doctrina a través de los siglos, excepto el presente, donde nos rigen los impíos y herejes.

 Concluyamos coincidiendo con lo que dice Terrien en su obra La madre de Dios y de los Hombres: «De todo lo que precede se deduce que es poco llamar a San José padre putativo y aun padre adoptivo de Nuestro Señor. La cosa es clara por lo que hace al primer título, porque tal título no dice más que Jesús pasaba por hijo de San José. El segundo título, aunque algo añade al primero, no basta tampoco para expresar lo que San José fue respecto de Jesucristo. Un hijo adoptivo por su  nacimiento es extraño a aquellos que lo adoptan, más Jesucristo fue formado por el Espíritu Santo en las castísimas entrañas de la esposa de San José; por consiguiente, es nacido de este felicísimo matrimonio; porque si el Espíritu de Dios hizo esta maravilla, fue por razón de la unión virginal que existía entre los dos santos esposos. La unión conyugal de los padres adoptivos no está ordenada por su naturaleza a la formación del hijo sobre quien recae la adopción; al contrario, cuando se trata del matrimonio de San José con la santísima Virgen María, tal matrimonio tenía por fin especialísimo, según los designios de Dios, el nacimiento y educación del Hombre-Dios. En esto estaba su razón de ser. Por lo tanto, por estos dos títulos es algo más que un padre adoptivo; mucho más, incomparablemente más que un padre putativo. Tiene San José de la paternidad todo lo que es compatible con la virginidad, es decir, el amor paternal, la solicitud paternal, la autoridad paternal, y, por consiguiente, Jesucristo es en verdad el fruto común de este matrimonio virginal». « proles non dicitur bonum matrimonii solum in quantum per matrimonium generatur, sed in quantum in matrimonio suscipitur et educatur; et  sic bonum illius matrimonii fuit proles illa, et non primo modo. Nec tamen de adulterio natus, nec filius adoptivus qui in matrimonio educatur, est bonum matrimonii; quia matrimonium non ordenatur ad educationem illorum, sicut hoc matrimonium fuit hoc ordinatum specialter quod proles illa susciperetur in eo et educaretur  » (15),

Así lo requería el misterio de la Encarnación del Verbo: Jesucristo, vida nuestra, nació de Mujer porque es Hombre; nació de una Virgen porque es Dios.

Amable lector, defiende y publica sin miedo a los cuatro vientos los privilegios de la Madre de Dios, que te ha entregado por Madre, Virgen única y siempre, sin par, entre todas la más dulce.

  1. Ricardo de San Víctor; de Emmann. L. 2.c. 29PL 196,663. Cita por Terrien en la ‘Madre de Dios y de los Hombres’.Edc. Fax,1948. pag. 69.
  2. Tract. 4 super Magnificat. Cita Ibídem.
  3. Tomás 3 p; q 27 a. 3 ad 2.
  4. Tomás 3 p; q 5 a. 2 ad 3.
  5. Tomás en 3 D. 3q. 1 a 2 sol. 1 ad 4.
  6. Alejandro de Hal. 3 p. q. m. 2, a. 5. Cita por Terrien en la ‘Madre de Dios y de los Hombres’.Edc. Fax,1948. Pag 94.
  7. Jordan. Contempl. de B.V.M.P. 9 cont. 10 n. 1. Cita Ibídem, pag. 95.
  8. Ricardo de San Víctor. In Cant. C.26 PL 196, 483. . Cita Ibíd.
  9. Ambrosio. L. de Instutut Vir. C7 n.50 PL 16,319. Cita Ibid.
  10. Ambrosio. De Virgin. L.2.c-2 §2 n.7 y PL 16,209. Cita Ibid pag. 97.
  11. Bossuet, primer paneg. De San José, primer punto; S. August, e Julian L.5 c.1 n.46 PL 44,810. Cita Ibid pag. 132.
  12. Terrien; en la ‘Madre de Dios y de los Hombres’.Edc. Fax,1948. pag. 134.
  13. Bossuet, primer paneg. De San José, primer punto; S. August, e Julian L.5 c.1 n.46 PL 44,810. Cita Ibid pag. 134
  14. Tomás d. Aq. 4D. 30q. 2ª. 2 ad 4.
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