Carta a un adúltero

Durante este tiempo he guardado silencio ante el próximo Sínodo y sobre las promesas del cardenal Kasper a los divorciados vueltos a “casar”, alentando las imaginaciones embotadas de pasiones, disfrazadas con minúsculos ropajes del espíritu que apenas tapan y dejan al desnudo la indecencia de lo que se intenta. Otros quehaceres eran mi objeto.

He visto entusiasmados a los sacristanes adúlteros en nueva y pública convivencia con la injusta y cómo se ufanan por ciertos blog los infieles públicos, sedicentes católicos: He visto a grupos de amancebados notorios, que venían, años ha, siendo bendecidos por obispos, contener la respiración ante la expectación gozosa, al fin, de lo que les sobrevendría. Vi, estos días, hacerse ilusiones casaderas a las barraganas curiales y episcopales porque, a fin de cuentas, el celibato es una cuestión sólo de disciplina, Bergoglio dixit; He visto a los más acérrimos enemigos de la Iglesia soltar una carcajada volteriana que sonaba venida desde lo más profundo Hades y a los menos extremistas esbozar una irónica y socarrona sonrisa.

He visto la decadencia y la corrupción de la santa doctrina por la boca de los purpurados y me hubiera gustado llorar, pero no he llorado; ya no quedan lágrimas para derramar luego de estas décadas transcurridas desde aquél segundo concilio en el vaticano.

Con cuántos el Señor me agració como inútil siervo Suyo para levantarles de la tentación de carne, reconsiderar su viciado amontonamiento, predicarles la castidad ¿Qué les diré ahora? ¿ anhelarán la llama de amor viva, el cauterio suave del Santo Espíritu en el alma que describe el místico o las tántricas “mil y una noches” ofrecidas po los que se cubren con birretes capitaneados por Kasper y apoyados por el porteño arribado a la más famosa colina de Roma?

Algunos me han mostrado su preocupación y dolor. Cierto que razón tienen; otros han ido más lejos recordando con añoranza que en estos tiempos ya no se tira al Tíber a los traidores con capelo, como en el pasado !Qué se le va a hacer! Son tiempos de mediocres y de cómplices susurros y silencios, no hay apenas caballeros, casi todos son serviles villanos. Finalmente, apareció alguien que, estando en lucha a  brazo partido con el adulterio que practica, no llegaba hasta la corrupción de pensar que lo que siempre fue un mortal pecado, ahora se pueda bendicir. Sé bien del infierno de este hijo de Dios en todos los ámbitos de su vida, y de la llaga supurando en el alma de su bendita esposa; su conversación me movió a compasión, pero mis palabras no resultaban tan eficaces como espada de dos filos, sino más bien torpes y deshilachadas. De pronto me recordé de una carta que había copiado hace años y remitido a muchos; y pensando que, Dios a través de la lectura de la misiva había obrado varias gracias, se la remití también a este desdichado. Mas luego pensé que, tal vez, pudiera hacer mucho bien no sólo a los adúlteros notorios, sino igualmente a los anónimos que con identidad escondida pudieran leernos.

He aquí dicha carta, cuyo autor fue el P. Fr. Mario José Petit de Murat O.P. Cierto que es algo larga, pero no siempre se cumple el refrán aquel: “lo bueno si breve dos veces bueno”. Aveces se requiere tiempo, sobre todo si se quiere entrar hasta las mismas entrañas.

CARTA A UN ADÚLTERO

Mi querido Luis:

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Enrique VIII: Gran adúltero

Te agradezco que hayas sido una vez más fiel a la sinceridad que es esencial a los lazos que nos une.

Permíteme que mientras muchedumbres te halagan velando tu inteligencia con mentiras, vuele hacia ti el único amigo que tienes en la tierra, que con lágrimas de fuego te ruegue una vez más por tu pobre alma.

Pues, ¿qué te ha hecho ella para que te inclines a precipitarla en una última miseria?

Puedes tener la seguridad de que la bofetada que crees dar a la sociedad en que vives al quejarte “del presente orden de cosas”, lo das en realidad a la Sabiduría eterna, al Señor Jesús, pues es Éste y no aquélla, quien viniendo para volver al hombre a su perfección primera, condenó tanto el divorcio como la poligamia y restableció la indisolubilidad del matrimonio.

Esto que hizo no fue una imposición arbitraria sino una exigencia de nuestra naturaleza normal. ¿Es que Aquél que la hizo no sabrá mejor que nosotros lo que a ella le conviene?

Recordemos la verdadera causa de lo que tú defiendes con argumentos sólo en apariencia seductores. El mismo Señor la señaló cuando instituyó dicha indisolubilidad, como había sido en un principio, esto es, cuando aún nuestra naturaleza no había caído.

Los fariseos defendieron lo que tú defiendes.

Entonces-preguntaron- ¿por qué Moisés permitió que diéramos libelo de re pudio?

Su respuesta fue: Por la dureza de vuestros corazones

Medita sin pasión, mi buen amigo, y aprendamos a conocernos.

 Fue la Sabiduría, no la sociedad actual, la que dijo: No adulterarás , y más aún:

 El que mirare a una mujer codiciándola, de cierto os digo que ya ha fornicado con ella en su corazón. Los que frente a esta liberación se aferraron a sus vicios terminaron crucificando al verdadero hombre y al verdadero Dios. Cuando dispusieron del hombre y de Dios no lo amaron sino que lo destruyeron.

 Porque sus obras eran malas, huyeron de la Luz. Quien no ama a Dios mata al hombre.

 De esta manera, sin quererlo, abofeteas al Señor, cumpliéndose las palabras de San Pablo, que dicen: El que peca, crucifica al Señor en su corazón.

En este preámbulo debo hacerte notar otro sentido implícito en tu frase que lamenta el estado de la sociedad actual: ¿cuál es tu estado, querido, tú que abominas en ella del resto venerable, hecho jirones, de una Doctrina que nos regenera, y en cambio la abrazas en lo que se disgrega y envilece?

Por otra parte, debo advertirte que lo que estás soñando (la poligamia) no es un progreso sino una retrogradación. La tienen los mahometanos y puedes estar seguro que el harén no les ha dado sombra de la felicidad que proporciona la altísima nobleza del matrimonio cristiano, al que sabe vivirlo.

Pasemos a considerar los frutos que recogerían en ese orden de cosas las criaturas, comenzando por ti.

En esos caminos hallarías lo opuesto a lo que la ilusión te ofrece y lo que tú recogerías al final de cuentas sería tu propio encanallecimiento. Me explico: lo primero que debes saber es que no somos inmutables, ni mucho menos, por el contrario, nuestro estado es el de una continua formación.

 ¿Quién podrá decir la tremenda, la terrible trascendencia de los actos humanos? ¿Quién expresará los abismos y las cimas que se pueden suceder en nosotros en un instante de segundo?

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El card. Kasper, como buen protestante, no quiere acabar como san Juan Bautista

 Cada una de nuestras acciones, según sea conforme a la razón o no, agrega a nuestra naturaleza una perfección real y una no menos real miseria, deformidad. De esta manera nos estamos plasmando a nosotros mismos hasta con la menor de nuestras acciones, completando la dignísima configuración que nos compete como hombres o destruyéndola para convertirnos en cosa abominable a Dios, a los Ángeles, a los hombres y a nosotros mismos.

 Aquí no para la responsabilidad de nuestros actos, pues sus consecuencias repercuten en la materia que nos rodea hasta donde no podamos imaginarlo. Bajo este aspecto, nuestras acciones, aún las más pequeñas, son comparables a una piedra arrojada a un estanque. Toca el agua en un punto, pero las ondas circulares y concéntricas se producen, llegan hasta las más distantes orillas. No podemos prever adónde irá a madurar, ya en el espacio, ya en el tiempo, la palabra buena o mala que hayamos echado al azar. ¿Cuánto más todo lo demás?

 Ahora bien, después de esta verdad pasemos a otra para luego aplicar ambas a tu caso particular. Todo amor está especificado por el bien que lo determina, de tal manera que si este bien excluye de su concepto la multitud, el amor será también esencialmente unitivo. Y el amor sexual es de este carácter, de tal manera que el amar sexualmente a una mujer implica exclusión sexual de otra mujer.

 Miremos tu caso a la luz de los dos principios aducidos. En el momento en que estés enamorado de la que parece que realiza tu ideal, no podrás soportar a la tuya propia, ni a tus hijos, a los cuales verías como una extensión de aquélla y como un testimonio viviente de tu equivocación; sus menores defectos te exasperarán, tu hogar te resultará una carga inaguantable que te impide dedicar tus bienes al nuevo objeto de tu pasión.

 Mas no pararía en esto. Como la mujer que deseas no existe, porque si tuviera el grado de cultura que le exiges no consentiría ser tu concubina –aquella incluye necesaria y fundamentalmente una moral elevada- y si consiente en serlo, señal que no tiene ninguna de las dotes que le pides, tenemos que una vez probada tu falsa diosa y saciado el apetito, comenzaría de parte de uno u otro la repugnancia de la desilusión y todo el humor que ésta engendraría se volcaría en tu hogar.

 A tu nuevo fracaso seguiría una nueva intentona, con lo cual te irías progresivamente brutalizando. Santo Tomás de Aquino dice que si bien el pecado espiritual -la herejía, la blasfemia- es más grave, el carnal es más infame. Así terminarías tu vida, que no hubiera resultado más que un prolongado crimen, con el alma emparedada con pellejos de mujeres, cargadas de ojos, que te penetrarían en todo sentido con el criterio imposible de sus reproches y de sus encantos profanados.

 Lo más probable es que, además, tus sucios años fueran carbonizados en tu vejez por la noticia de que algún amigo habría llevado a una casa de cita a una de tus hijas, en nombre de la cultura y el arte.

 Y por último, tu ataúd, aunque estuviera rodeado de buenos amigos que tomarían café y hablarían de política, estaría envuelto por el terrible silencio que acompaña a la muerte de un traidor.

 ¡Qué tristes y merecidas son las postrimerías del sensual! Termina solo, como centro de hedor que repugna a todos, aún a los mismos pecadores. Muchos casos he visto y conviene que te cuente uno. Conocí bastante a un hombre notablemente parecido a ti, tu misma mentalidad y hasta en el físico y maneras, no sé qué fuertes semejanzas. Ha dejado el tendal tras sí, en nombre de sus aspiraciones. Hoy, sus ojos opacos parecen mirar hacia adentro una estela de cadáveres que no terminan de morir, que viven en sus entrañas.

 Actualmente, ya se ha arrumbado, solo en una pensión, aborrecido de sus hijos y de su mujer, acosado por las concubinas, las cuales vuelven de tanto en tanto a cobrarle las “abnegaciones” que con él tuvieron; entre los medios amorosos que usan con este fin, no excluyen los escándalos públicos. Su espíritu ha derivado a un olímpico pesimismo de Dios. Fracasado, “todo el mundo es malo, mas él, inalterable, incontaminado, permanece bueno”.

 Los años de verdadera amistad que nos unen me autorizan a darte un diagnóstico, el cual si no lo desprecias, te moverá fuertemente a buscar la salud. Tu alma padece una grave enfermedad, algo así como una tuberculosis difusa que tuviera la propiedad de disgregar con lentitud los tejidos, incluso los huesos: es la lujuria-sentimentalismo. Comprendo que hasta el momento no la hayas tenido por tal, porque en el norte y centro de la República es endémica; mas pon de pie a tu razón y juzga el ambiente que te rodea, verás un pueblo joven envejecido prematuramente, postrado con sus energías resueltas en babas, ninguna capacidad para aplicarse a las prácticas férreas de las tres disciplinas altas del espíritu: la Religión, la Filosofía y el Arte. Es desolador, cuando se viaja, no encontrar en los ranchos el menor conato de arte; ni un monigote, ni el más pequeño garabato que fuera el primer embrión de una escultura o una pintura genuinas. Mira que cuando las energías se derraman por el bajo vientre, la estulticia es corona de histrión en nuestra cabeza.

 Volviendo a la enfermedad, debo decirte que el sentimentalismo es la forma más perniciosa de la lujuria, porque trae los males que son propios de este vicio: egoísmo y mente embotada por las pasiones, disfrazadas con ropaje que pertenecen al espíritu. El prototipo de los sentimentales fue J.J. Rousseau: casi el mismo día que la contemplación de su propia bondad lo hacía caer en éxtasis, abandonó a su mujer y a sus siete hijos. Reflexiona sobre ti, amigo mío y no te costará ver que desde muy antiguo llevas tu alma hundida en la carne. No te cansas de robarle sus aspiraciones y energías para malverter las en la parte inferior de tu naturaleza. La obligas a buscar el cielo en el lodo; vistes al cerdo con ropas de ángel y, al final de cuentas, carne y humores de carne. Has puesto a la libre y señora al servicio de la esclava. Todo lo cual es estar en la segunda etapa del pecado, o sea la de la confusión, llamada de otra manera: idolatría.

 Te explicaré brevemente en qué consiste. Toda alma humana, por tendencia que brota de su esencia, aspira oscuramente a un bien infinito y de mil maneras lo pide: éste, en realidad, no puede ser otro que Dios.

 Ahora bien, el sensual, como no cree que pueda existir otro bien que la carne, piensa que lo que está pidiendo su alma es una mujer inconcebiblemente bella y buena. En cualquier adarme de belleza y bondad reales o falsas que esta pobrecita criatura muestre, no ve que eso sea todo lo que ella tiene, sino un signo exterior de algún tesoro interior e infinito. Este es el primer momento, el de la ilusión. Momento de confusión en el cual el entendimiento, presionado por la pasión, atribuye a tal mujer, haciendo pie en las exiguas perfecciones que de ellas aparecen, el grado en que estas perfecciones se realizan únicamente en Dios. Es idolatría, porque entonces la voluntad pone todas sus esperanzas de felicidad en esa criatura y la ama con amor de subordinación, debido sólo a Dios, porque sólo Dios puede saciarlo.

 Si la mujer es sensata y no hace caso a tales majaderías, este adorador de ficciones reaccionará de varias maneras, según los diversos temperamentos.

 Si accede, se lanzará a devorar con manos, bocas y sexos lo que de ella ha imaginado. Retorciendo el fin y las prácticas naturales, cae en odiosos desórdenes. Hurgará y hará lo imposible por prolongar lo breve y extender lo efímero. Mas los límites de la carne se levantan inflexibles, quedando él llagado y la amada destruida.

 Este corrosivo adorador, con su propio pecado será ministro del castigo. Al final de su experiencia se encontrará defraudado, con un despojo entre las manos, vacío, más hambriento que nunca; su alma oscurecida al comprobar que sólo gustó exiguo mendrugo de lo que buscaba.

 Lo peor -aunque tiene remedio, aún en esta vida, el cual es el arrepentimiento y el ejercicio intenso de la virtud contraria- es que habrá desarrollado un hábito extraviado que hará su alma monstruosa a los ojos de Dios, de los hombres, y de los suyos propios.

 Dicho hábito estriba en que la determinación que el pecador da libremente al apetito contraría a la tendencia que la voluntad tiene por naturaleza, de tal manera que establece en él una contradicción y una deformidad trágicas. El apetito espiritual, la voluntad, que en su esencia pide a Dios, en lo que de él dependió, al volcarla en las criaturas, la convirtió en aversión a Dios. No puede cambiar su esencia, mas en la última determinación que de él depende la extravió. Si no cura dicho hábito en esta vida, el infierno no será otra cosa que la actualización plena de esta contradicción.

 ¿Y la mujer?

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Las buenas relaciones de Kasper con los musulmanes¿se deberán a que quiere introducir algo parecido al harem dentro de nuestra Religión?

 Destruida por las manos y las bocas que creyeron amarla, yacerá desnuda de ficción: pobrecito despojo de piel, fibras y glándulas saqueadas, con sus pechos convertidos en vejigas fláccidas y marchitas; y su rostro gris, sin luz, manifestará la desgracia de su matriz ultrajada, rebajada de su noble condición de crisol inicial de nuevos hombres, a la de calcinado albañal de una fiebre infame.

 En fin, amigo mío, terminando este punto te diré que mucho más que esos pretendidos renacimientos, te valiera la elegía que en hora buena cantó tu amigo sobre la bestia cuando se resolvió matarla en sí misma.

 Aunque creo que tienes bastante con lo dicho para aborrecer lo que premeditas, pasemos, sin embargo, a considerar otras consecuencias con el finque veas un poco la terrible trascendencia y extensión de nuestros actos.

 Antes de continuar es necesario que te haga conocer la verdad que el talento de Oscar Wilde, quizás sin saberlo, descubrió en el abismo de su pecado -parece que de allí extrajera la esencia misma de la tragedia humana, de toda tragedia humana- cuando dice, en una balada magnífica: “El hombre mata lo que ama”.

 ¿Cuál será nuestra reacción ante esta verdad intolerable? ¿Cómo podemos soportar semejante contradicción? ¿Es que acaso el amor no quiere el bien de lo amado?

 Sí, mas también es verdad que el hombre mata diariamente, minuciosamente, lo que ama. Yo diría, para dar precisión a la sentencia, el hombre en pecado mata todo lo que ama.

 Ya traté de demostrarte cómo te destruirías a ti mismo y a las mujeres que hicieras objeto de esa pasión desordenada, tan sin razón llamada amor. Ahora debo demostrarte que no corre otra suerte tu esposa, con tu pecado de infidelidad. Trataré de explicarlo: si Dios ha dado a Noemí la alta dignidad -tan ignorada en nuestros tiempos animales- de una alma racional para que llene un caso de perfección dentro de la armonía del Universo, ella como criatura libre puede cumplirlo o sustraerse a la ordenación divina. Ese fin, es el que le da razón de ser. Ella tiene que colmar su modo de verdad, de bondad y belleza (por el momento moral; después de la Resurrección de los cuerpos, también física), y es tan privativo de ella que no debe llenar el de Pedro, Juan o Isabel sino el suyo y no otro. Ser Noemí en la plenitud de las notas esenciales e individuales que a ella le pertenecen.

 La racionalidad femenina es receptiva de la masculina: Ella bebe en profundidad la expresión de éste cuando está animada de grandes verdades.

 Claro está que para poder cumplir tan feliz influencia tendrías que estar en tu lugar. Es decir, haber alcanzado la augusta estatura reservada al varón. Que en ti se desborde la sabiduría, la prudencia, el amor; que seas justo, benigno, abnegado, manso, fuerte y casto; y todo florecerá a tu alrededor y las criaturas correrán veloces y estremecidas hacia el lugar de tu alma: porque las criaturas todas, encabezadas por tu mujer, ansían el hombre que debías ser, mediante el cual debe llegar la verdadera vida hasta ellas.

 Esto mismo dice San Pablo en la Epístola de este Domingo: Porque el gran deseo de la criatura espera la manifestación de los hijos de Dios. Pues está sujeta a la vanidad, no de su agrado, sino por aquél que la sometió con la falsa esperanza de la ilusión, de la cual será librada cuando de la servidumbre de la corrupción pase a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

 Es falso, querido, que esa tutela convertiría a Noemí en una triste sombra de ti, en un muñeco.

 Muchas veces he visto una hermosa lechuga o tomate en la mano de un buen hortelano, que al mostrármelo me daba a comer, con satisfacción, el fruto de sus trabajos. No eran un pobre reflejo de él; todo lo contrario: su habilidad había consistido en saber estimular el máximo desarrollo de las notas distintivas de la lechuga o tomate, en hacerle alcanzar la perfección propia de la lechuga o del tomate y no otra.

 Ahora veamos la porción que recibirían tus hijos.

 Al llegar aquí rememoro tragedias lentas, escondidas, de hijos, sobre todo de hijas, criadas en el mortífero regazo de la división de sus padres y no puedo menos de rogarte con el alma cargada de angustias que huyas de la infidelidad como del más execrable de los crímenes.

 ¿Así enceguecen las pasiones desbordadas, Señor, que no ven estos grandes hombres, estos pobres hermanos míos en el pecado, lo que los pequeños compañeros de los niños ven y lloran?

 ¡Ah, desdichados edificadores de inmundos paraísos que a la postre os resultan nada más que inmundos infiernos; desdichados visionarios de horizontes insólitos que sólo existen en vuestras imaginaciones! ¿No veis lo que ve y llora la infantil luz de la mañana, la tierna hierba compañera del niño, el diminuto, bruñido y vehemente insecto que discurre veloz por la hierba y sonríe a su pequeño amigo cuando lo visita?

 ¡Ah, los ojos muertos, los rostros espectrales, muertes de los niños de padres adúlteros, de los niños minuciosamente despedazados por las infidelidades, las disputas y las enemistades de sus padres!

 Sus vidas se deslizan silenciosas, vecinas del sepulcro. Buscan el consuelo de su terrible abandono en los vicios solitarios.

 Los progenitores, viendo al hijo y más aún a la hija triste, gris, anémica, se preguntan con zozobra: “¿Qué tendrá? Le damos comida en abundancia, no le falta nada. Vengan médicos, tónicos, inyecciones que remedien a mi querido niño”.

 Y a pesar de todas sus solicitudes carnales, aquél empeora y más de una vez termina extinguido por la tisis.

 Otro remedio necesitan. Es una sonrisa y un alba que bese la intimidad más profunda de sus almas. Es el que estéis unidos por amor como en ellos lo estáis físicamente.

 Esto tiene que ser consecuencia de aquello. Las faltas contra ese amor debido no recaen sobre el niño como una simple privación, sino como una destrucción activa. No será un huérfano, será una víctima. Así como dicha unión lo formó, las desavenencias lo destrozan; éstas, hasta las más insignificantes y disimuladas repercuten en el vástago con una intensidad trágica que los padres de este siglo carnal, inhumano, no sospechan.

 Sé de una muchacha que, muriendo tuberculosa, próxima a la agonía reveló ala madre la causa secreta de su muerte: “Mamá, tengo que pedirte un favor muy grande -le dijo sonriéndole-: que no peleen más tú y papá”.

 Y el padre era un lujurioso.

 Otro hijo, más duro, en un poema que recordaba su infancia escribió esta línea: “Mis mayores eran manchas oscuras que estorbaban la luz”.

 ¿Es que acaso no es evidente que el hijo es la consumación del hombre y su mujer en la unidad y que no puede desarrollarse, continuar formándose -formación que dura veinte años- más que por el ejercicio constante de la unión conyugal?

 De otra manera se comete una terrible contradicción.

 Uniéndose lo comienzan a formar y cuando está a medio hacer, separándose rompen la corriente vital que le dio origen y caen, de hecho, en deshacer de manera trágica y criminal lo comenzado.

 El hijo necesita no del amor del padre por un lado y del de la madre por el otro sino -atiéndelo bien- del amor mutuo del padre y de la madre proyectándose sobre él como único amor. Que sean una sola cosa por el amor, porque en él son una sola cosa. Tiene que ser -y serlo totalmente- el fruto de un amor conyugal, uno solo y único, del padre y de la madre.

 Que el marido y la mujer sean anteriormente y en cierta manera una sola naturaleza por amor para que, con toda verdad, generen una sola cosa. El hijo es el verbo, la palabra viviente que nombra esa unión de amor

 Porque el hijo del hombre tiene cuerpo y alma, para darle origen no se deben unir tan sólo los cuerpos sino también y principalmente, las almas. Así como los cuerpos, las almas del hombre y su mujer están hechas para complementarse mutuamente en la generación y formar una sola naturaleza en ese sentido. La unión debe estar en el agente antes de estar en el efecto, que en este caso, es el hijo.

 El hijo del hombre tiene alma y cuerpo. Este se forma en la matriz de la madre; mas, aquélla, por ser racional, no puede formarse, en lo que depende de los padres -que es mucho hasta los veinte años- más que en esa otra matriz racional y espiritual: la del amor conyugal.

 Aquí debo recordarte otro principio: la causa debe ser proporcionada al efecto. Por tanto, a un efecto indudablemente grande, como lo es un hijo con alma racional, debe corresponderle una causa no menos grande: el matrimonio verdadero.

 Por todas estas profundísimas razones, la unión del hombre con su mujer es indisoluble y el amor sexual debe estar determinado por la vocación del hijo y no por el sólo deleite carnal:

 No separe el hombre lo que Dios ha unido.

En otras palabras: la dignidad de la unión sexual humana, que no puede ser otra que la matrimonial, tiene su causa y medida en la dignidad del hijo que engendra.

 Sobre los padres que de alguna manera quisieran separarse, no se tendría que formular otra que la siguiente sentencia:

-Traed vuestros hijos.

-Ahora bien, deshacedlos: tomad de ellos, de sus almas y de sus cuerpos, cada uno de vosotros lo que a cada uno pertenece; vuélvanlo a meter en sus entrañas y luego podéis hacer lo que queráis.

 No terminaré aquí. A modo de suplemento te haré una aclaración detallada de los párrafos principales de tu carta.

 Mi fayor placer en esta vida consiste en no dejarle costilla sana al enemigo del hombre, el cual con tantos encandilamientos y enredos está cavando un foso debajo de tus pies.

 1.-”…todas las cosas que considero malas son bajo el punto de vista de la moral corriente”.

 Estas palabras suenan lo mismo que si dijeras: “He resuelto morar en una casa llena de osamentas e inmundicias”.

 Acerca de esta moral dijo Isaías profeta: Tienen el mal por bien y el bien por mal (otra manera de definir la confusión).

 Y el Señor: ¡Ay de vosotros, Escribas y Fariseos, hipócritas, que sois semejantes a sepulcros blanqueados, que parecen por de fuera hermosos a los hombres. Y dentro están llenos de huesos de muertos y de toda carroña!

 2- Refiriéndote a tu casamiento, terminas: “Y achaco parte de esa culpa, a tus teorías cristianas que en parte me contagiaste”.

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Renoir: El harem ¿quieren llevar estos estos cardenales a que las esposas católicas legítimas sean sólo carne que se repudia?

 No flageles al inocente. Si hubieras sido verdadero cristiano no hubieras procedido con la precipitación que lo hiciste. Aquél fue uno de tantos lazos que te tendió el sensualismo que padeces. Viste en Maruja una diosa que eclipsó la que hasta ese momento habías tenido -me consta por tus cartas de ese tiempo-; más luego que la usaste, viste que no era más que una mujer.

 Lo único bueno que hiciste en esa ocasión fue el haberle hecho a tu vez, a dicha lujuria, la zancadilla: casarte. Lo cual, siendo ordenación del sexo a su fin, hubiera bastado para elevarte a amores más nobles y sanos que los de la carne.

 Ahora, vencido por tus humores antiguos, lo lamentas. Mas, te ruego, no te entregues tan incondicionalmente al enemigo que apremia a la fiebre de tus entrañas, para que cercando a la razón, como los judíos asediaron a Pilatos, termine por decretar la muerte definitiva de tu condición de hombre, para convertirte en bestia moradora de babas oscuras.

 Cuando te conocí, me apenó mucho el verte tan hundido en la mujer, todo volcado en ella. Tu conversión me hizo concebir la esperanza de tu salud.¿Mas cuál no sería mi retorno cuando me comunicaste que apenas dejada una mujer ya habías volcado tu alma en otra?

 El peor síntoma de tu enfermedad se mostró aquella vez que dejaste de comulgar porque no “sentías nada”.

 ¿Por ventura, querido, hasta ese punto estás metido en la carne, que lo que no desciende hasta la sensibilidad -contacto animal- no existe para ti?

 ¡Ah, da duros mandobles a esa psicología blanduzca de tango, levanta tu vista por encima de ese mar de humores y de glándulas, y descubre las dilatadas y felices regiones del alma y del espíritu!

 3- “No había que evitar el hijo, pues eso era el poético florecimiento de la carne”.

 Me quedo bobo ante estas palabras. ¿Qué es esto que a vosotros, los hijos del siglo de las luces, se os tenga que estar recordando a cada paso la existencia de la razón?

 ¿No es, acaso, la razón la que, a las claras, dice que la unión sexual no tiene otro fin que el hijo? Y si no queréis el hijo, ¿qué deseáis al juntaros a vuestras mujeres? ¿Tal vez el deleite?

 ¡Ah, cómo pudiendo ser hombres, os convertís en monstruos de insensatez que no podéis encontrar vuestro lugar más que debajo de las bestias; porque éstas, si es verdad que no buscan otra cosa que el deleite, sin embargo no contrarían el fin!

 No, hermano, termina con tanta confusión: el deleite es ingrediente de la unión sexual, mas su fin no puede ser otro que el hijo. Todo en aquella está esencialmente determinado por ese fin.

 No creas que puedes violentar la naturaleza impunemente. Onán, el primer hombre que no quiso fecundizar a la mujer, murió y no sucede otra cosa a los onanistas. ¡Muerte lenta, de nervios resquebrajados! ¿No comprendes que todos los preliminares de la cópula y la fricción de ésta, no tienen otra finalidad que la de excitar los nervios todos, tanto en el hombre como en la mujer, para que el organismo entero concurra, de alguna manera, a la formación del nuevo organismo? Así se enciende en el uno una intensísima sed de dar el semen fecundizador y en el otro de recibirlo. ¿Y qué trastorno espantoso no sufrirá uno y otro, sobre todo la mujer, cuando quiebran este proceso y queda frustrado?

 El esfuerzo tremendo del espasmo del hombre, que así no alcanza su único término proporcionado: el incendio del útero de la mujer; ¿cómo se calmarán y saciarán mutuamente? Ambos términos han sido medidos, compensados y equilibrados entre sí con admirable sabiduría, y sucederá aquí lo que pasa a algunas máquinas de invención humana, las cuales hechas para trabajar en determinada materia, cuando no encuentran la resistencia de ella, se destrozan; por ejemplo, la de los grandes transatlánticos: si todas sus hélices, en un momento dado, giraran en el aire y no en el agua, se romperían.

 No se cura la fiebre de la lujuria alimentándola, que si te ahoga cuando aprieta con el deseo, más te estrangulará desarrollándola con esos coitos, que en realidad no son más que masturbaciones.

 Oh, esa procesión de matrices agrietadas y estériles, de rostros secados por la esterilidad, que no miran más que la inutilidad de vidas estancadas en el estúpido sumidero de un placer sin gozo!; ¡oh, sucesión de destinos varados, que pudiendo ser una apasionada ruta trazada en un mar de ondas vivientes, selo convierte en una fermentación mínima y corrosiva, en un poco de resaca en la playa!

 El onanismo se resuelve en ambos cónyuges, sobre todo en la mujer, en multitud de graves enfermedades, en neurastenias y tristezas mortales. Siempre he visto un vacío interpuesto entre los rostros de los esposos que lo practican; sus ojos contemplan regiones de vida, otros ojos, otras almas amigas culpablemente evitadas.

 4- “Sueño con esa compañera que algunas veces estuvo cerca de mi vida”.

 ¿Qué, más de una vez te has encontrado con una mujer “bella, culta, amante del arte y con tal capacidad y serenidad en el discernimiento, que te hace enmudecer al vislumbrar los maravillosos encantos” que en su compañía le extraerías a la vida?

 ¿Hablas en serio mi querido amigo? ¿Tan desarmado te encuentras ante la pasión que crees verdaderamente todas las boberías que te pinta? No dudes, mi pequeño hijo, que todo eso no es más que imaginerías brotadas de tu sensualismo. Una vez más te digo: porque ahora eres carnal, crees que son atributos que existen en la mujer y que en ella puedes gustar.

 Demás está decirte que la mujer que imaginas no existe. ¿Cómo se van a dar juntas dotes tan raras? Antes de entrar en Religión he estado, casi habitualmente, en ambientes intelectuales y, con toda seguridad, te puedo dar testimonio de que nunca he encontrado una mujer como la que pintas. Mas, suponiendo que existiera, tu actitud desembocaría en absurdo. ¿Es bella? ¿Es culta? Pues bien, ¿por qué tendrías que reducirla a ser tu concubina? ¿Qué tiene que ver la belleza y la cultura con el sexo? ¿Es que acaso ésta y aquélla se encuentran en las glándulas?

 Toda la actividad carnal-sexual pertenece al sentido del tacto, el cual, entre las potencias de que dispone el hombre, es el más bajo, por cuanto que se encuentra hasta en ostras y los protozoarios. La cultura y la percepción de la belleza son propias de la más alta: la inteligencia.

 Das un salto mortal en este razonamiento: es bella, culta y buena; por tanto tiene que ser mi concubina. No sólo no hay conexión entre el antecedente y el consecuente, sino contrariedad; es decir, éste destruye a aquél. Ciertamente, no habría medio más eficaz para reducir a ruinas su belleza, su cultura y su bondad, que convertirla en concubina.

 Pero te repito: no existe.

 La mentalidad sentimental te prepara en realidad para ser víctima. Te encontrarás en el camino con mujeres, las cuales, ardiendo también ellas en bajas exigencias, sabrán hacerte caras, entornar los ojos húmedos y brillantes, cargados de insinuaciones, decir palabras desvaídas, reír con carcajadas que harán trepidar sus pechos, muy bien modelados, no por la naturaleza, sino por moldes comprados; con todo lo cual te moverán -porque estás dispuesto a interpretarlo así- a suponer en ellas tantos tesoros que no advertirás las miserias y enredos que te harán padecer. Y no faltarán las peores: aquéllas que con un poco de inteligencia sabrán cubrir su fiebre con una capa de dignidad, de nobleza; que se mostrarán inaccesibles hasta conseguir con ésas y otras artes felinas tenerte incondicionalmente rendido; luego te usarán, dejarán y jugarán contigo, como quieran.

 Un último examen de tus palabras arroja, como resultado, dos cosas: una idea falsa de la cultura y un deseo real, mal vertido, de tu alma.

 Primero. Parecería que aquélla no pasara de ser para ti más que uno de tantos artificios, ingredientes y adornos con los cuales se condimenta para presentar apariencia y nada más que apariencia, variada, múltiple, infinita, a los sensuales.

 Llamamos cultura a aquel conjunto de cualidades que perfeccionan interiormente a nuestras propias facultades colmándolas del bien que por naturaleza les conviene. Para alcanzar ésto, lo que menos hace falta es robar una mujer al orden del Universo y adulterar con ella.

 ¿Qué parodia de cultura tan odiosa sería esa, mezclada con lo que la contradice: con el calor y las blanduras que la falsifican, emponzoñan y matan?

 No, amigo mío. Para alcanzar esa cima, lo que se necesita es una cabeza bien regada por la humildad y la sed de perfección, una voluntad dispuesta a los mayores esfuerzos y una actitud en la vida, la diametralmente opuesta a la que te propones, pues está dicho:

 La sabiduría no morará en cuerpo sometido al pecado (Sab. 1-4).

 Finalmente, así templado, correr a las verdaderas fuentes de la cultura: la cátedra del sacerdote docto, la del verdadero filósofo y la del artista sin dolo. Estas son graduales e iluminantes; descienden de arriba hacia abajo hasta llegar a nuestros ojos oscuros, hasta nuestros oídos cargados de fragores de muerte, hasta nuestra inteligencia humillada por los errores que la han transitado como a prostíbulo en encrucijada de muchos caminos. Llega hasta nosotros y nos besa, nos roza y nos sonríe y si tenemos sed, bebemos: es la Buena Nueva, es la Vida. Reflorece el gozo en nuestros huesos desahuciados hasta desbordarse en nuestros ojos y nuestra boca ¡Aleluya!

 La segunda conclusión que se extrae de tus palabras es que hay en tu alma un real deseo de cultura mal vertido por el desorden sensual.

 Es tu alma la que está sedienta de que le des la perfección total que significa la cultura: quiere anegarse en las portentosas luces y virtudes que el hombre puede recibir de Dios, en el noble orden de la filosofía y en las altas delicias que proporcionan las Bellas Artes.

 5- Al describirme tu mujer ideal, además de lo que ya queda tratado, dices:”Ella satisface físicamente mis sentimientos estéticos”.

 No dudes que son otros los sentimientos que quieres satisfacer con ella. Brevemente: la diferencia radical que hay entre el gozo de lo bello y el deleite del apetito es que aquél es desinteresado.

 Admiro a la Venus de Milo; sin embargo nunca he lamentado el hecho que su materia no sea más que piedra. Más aún, mi gozo procede de verla así, realizada en las ondas del mármol, en esa posición, en aquella majestuosa quietud, en esos pliegues de sus ropas y no otros; con ese feliz accidente de sus brazos, el cual liberta a sus manos de una ocupación posiblemente en contradicción con la prestancia del todo. Si cambiara su color por el de la carne, si se moviera a impulsos de un alma como tantas, si trocara su expresión de algo eterno que anida en el alma de toda mujer (como de todo hombre: dignidad de ser racionales) y es plenitud en ella, por otras, quizá de alarde de su hermosura, ya no sería esa belleza, la cual se debe a la venturosa conjunción de estos elementos y no otros.

 He contemplado paisajes exquisitos, formas que se levantaban como ágiles llamaradas, danzantes y finas; mas nunca deploré el que no tuvieran pechos que manosear o sexo que hurgar.

 En cambio, el deseo de apetito carnal es esencialmente egoísta. Este es el síntoma infalible para saber de dónde procede.

 – “Y por sobre todas las cosas, el envión, el estímulo, el encauzamiento que ella traería a mi existencia”. Observa aquí la miseria a que te reduce el sensualismo: a pedir a la mujer lo que ella, la tuya, tendría que recibir de ti.

 ¿Qué extraña especie de indigencia es ésta que te hace mendigo de menesterosos y débiles?

 La verdad es que envión y estímulo deben dar a nuestra existencia los principios que están por encima de nuestra cabeza, no los que se hallan al costado y un poco debajo. Porque la mujer es para con la actividad del hombre causa en oblicuo, hacia la tierra, es

 decir, esas relaciones no tienen otro fin que el de plasmar, en su compañía, en la carne y en la sangre, formando nuevos hombres, lo que ya posee el espíritu del hombre.

 Y encauzamiento: únicamente el hombre a sí mismo se lo puede dar. Que encauzándose, encauza a muchas cosas que de él dependen, entre éstas a su mujer.

 Sé hombre, al fin, querido. En vez de estarte derramando sobre la tierra, ciñe virilmente tus lomos, ponte de pie, sé constructor de ti mismo en Dios.

 6- “Además esa compañera ideal tendría que estar templada en un espíritu de sacrificios y renunciamientos que significan a veces, lo más caro que hay en una existencia: la familia, las relaciones, los hijos, el hogar, etc.”

 ¡Oh, me parece que basta revelarte el corazón de estas palabras para que veas todo el engaño en que estás! ¿No repugnan, acaso, a ti mismo? ¿No ves cómo el sensualismo, si le das cauce, te convertiría en un Moloch insaciable que no pararía de exigir víctimas?: tu mujer, tus hijos y aún aquella y aquellas mismas que dirías amar.

Aquí tú te encargas de ratificar lo que quedó dicho en la primera parte de esta carta, acerca de la lujuria sentimental, que ella entraña un abominable egoísmo.

 Noto que felizmente tú mismo te retraes al ver el crimen que él exige, lo expresas con la última frase de este párrafo: “Mi verdadero amor a la mujer no le consentiría tanto renunciamiento”.

 7- “Quiero a mis hijos como bien animal que soy”.

 Busca tu cabeza, querido, sálvala, pues noto una vez más que no juzgas rectamente. A un amor que es propiamente humano, el amor a los hijos, lo llamas amor animal, a lo que es exacerbación de lo animal lo tienes por espiritual. (La inclinación que el instinto pone en éstos hacia sus crías, no se puede llamar amor, más que en un sentido muy imperfecto, rudimentario)

 8- “Por otro lado mi mujer es una santa y hacendosa ama de casa”.

 Por tanto: ámala mucho, te ruego; respétala, no ofendas ni desprecies su alma y sus entrañas.

 Una mujer de las condiciones que reconoces en tu esposa, es en estos días de valor incalculable. A la mayoría, la mentalidad actual las ha convertido engatas exigentes, absurdas, que, mostrándose para los ojos empañados por la pasión encantadoras durante el noviazgo, luego resultan un saco de miserias sedientas de diversiones, ineptas como esposas, madres y dueñas de casa, convierten el hogar en infierno inhabitable.

 No sigas la obcecación de la mayoría, que no aprecian un bien cuando lo poseen, cometiendo torpezas continuas hasta el punto de perderlo, y, cuando no lo tienen, lo valoran y lo lloran.

 9- “Este rincón de mi existencia será intocable como lo será ese otro rincón que sueño”.

 No dudes que perderás todo. Ambas cosas, como ya te lo he explicado anteriormente, son contrarias, incompatibles y se destruyen mutuamente.

 Buscando la felicidad de manera tan arbitraria y odiosa, lo único que conseguirías es quedarte con las manos vacías, en medio del aborrecimiento de unas y burlas de otras.

 10- He guardado para el final, dos de tus frases que muestran cómo tu alma, lo que busca verdaderamente es a Aquél a quien rehúyes y desechas.

 Dices tú: “Me sentiría feliz si pudiera hacer todas las cosas buenas que yo sé que hay en la vida…Uno sabe que son cosas malas y sin embargo las ejecuta”.

 San Pablo describe esto mismo con su maravillosa elocuencia: la división contradictoria a que hemos llevado nuestra naturaleza con el pecado. Tal división es la raíz de todo lo que nuestra vida tiene de dramático y de trágico.

 Sé que no mora en mí, esto es en mi carne, lo bueno. Porque el querer lo bueno, está en mí.

 Mas no hallo cómo cumplirlo. Porque lo bueno que quiero, esto no lo hago; mas lo malo que no quiero, esto hago.

 …Así, queriendo hacer yo el bien, hallo que el mal reside en mí.

 Porque yo me deleito en Dios según el hombre interior.

  Mas hallo otra inclinación en mis miembros, lo cual contradice la ley de mi voluntad y me hace esclavo de mi pecado que está en mis miembros.

 ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?

 Luego responde por él, por ti y por todos nosotros, con las siguientes palabras:

  La Gracia de Dios por Jesucristo, Nuestro Señor.

 Y resume la manera de dar curso a esa gracia en nosotros para que realmente seamos regenerados:

 Si viviereis según la carne, moriréis, mas si por el espíritu hiciereis morir la lucha de la carne, viviréis.

 Porque todos los que son movidos por el espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios.

 Más abajo, pronuncias estas palabras, que en realidad expresan pura ansiedad, que no debes dejar frustrada: “Quisiera renacer”.

 Oye lo que te responde el Señor, el Amor:

  En verdad, en verdad te digo que quien no renaciere de nuevo no entrará en el reino de Dios (San Juan III, 3).

 P. Fr. Mario José Petit de Murat O.P.

 http://es.scribd.com/doc/45517567/Petit-de-Murat

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