Concelebración eucarística y ausencia de filosofía

Permítame el lector hacer un preámbulo o mejor dicho un merodeo,  para acercarme al común denominador del fenómeno de los blogs línea media que confunden a los católicos tradicionales con cierto alarde de erudición, antes de entrar en el tema. Lejos de mí juzgar las intenciones de los editores de esas bitácoras, pero el hecho cierto es que causan bastantes daños a los que han decidido permanecer fieles al magisterio de la Iglesia rechazando los errores del último Concilio y la misa protestantizada (según dice el amigo íntimo de Pablo VI, Jean Guitton, que fue la intención de Montini) y de “fabricación banal” (Ratzinger dixit, no yo; así que a confesión de parte…).

Menéndez Pelayo se quejaba diciendo: “¡No hay filósofos, y quizás no los habrá ya nunca!”(1) Castellani decía lo mismo con otras maneras: La filosofía greco-latino-cristiana dijo su última palabra con  Aquino. La filosofía antiescolástica-anticristana moderna dijo su última palabra en Jorge Guillermo Federico Hegel. Pero lo peor, entre nosotros, es que los que ponen el devenir antes que el ser, es decir, los neohegelianos, ostentan la temeridad de barnizar sus elucubraciones con aristotélicos brochazos toscos, y puesto que no tienen límite alguno para su osadía, con esa deficiencia se presentan en la blogosfera nada menos que como intrépidos teólogos ¿Qué puede surgir de una teología de los que, como Hegel, han eliminado el principio de contradicción- «“nada puede ser y no ser” a la vez, en el mismo sentido»-, sino el mismo caos? Quizá porque ese es el fruto habitual de bastantes de sus  fantasías mentales llevan como parte del nombre de su bitácora la palabra “caótica”. Lo que quiere decir que, de sus numerosos escritos, en general, se espera el desorden con ciertas pinceladas de erudición para engañar a los menos ilustrados.

Perplejidad que movería a la hilaridad-sino fuera tan grave el asunto al poner en juego la salud de las almas- produce el leer un reciente artículo de uno de estos blog sobre el Escapulario; en él, luego de una breve historia de la devoción concluye que San Pío X cambió la esencia del sacramental bla, bla, bla, cuando permitió sustituir el trozo de tela por una medalla bendecida. Pues bien, la incapacidad de distinguir esencia de substancia y a ésta de los accidentes los conduce a confundir lo más básico en la ontología, para afirmar semejante barbaridad ¿Por qué? Por el apresuramiento en exhibir el devenir hegeliano del que sus mentes están contaminadas. Había que demostrar como fuera, sin decirlo directamente –de lo contrario se caería su disfraz de “tradicionales”-, que si San Pío X permitió [no obligó, ni suprimió lo anterior] cambiar la materia de un sacramental [no es un sacramento, puesto que en estos no está permitido al Papa cambiar ni la materia, ni la forma y menos la substancia] no habría ninguna razón para criticar la legitimidad de la nueva misa introducida por Montini. O sea, lo que quieren decir es que, si San Pío X mudó un sacramental legítimamente, Montini cambió el rito de todos los sacramentos, los siete,  lícitamente también, luego no hay problema. Esa es su tesis respecto a la evolución litúrgica y también respecto a la modificación del entendimiento dogmático, pero siempre expuesta de forma indirecta y edulcurada. Reiterada osadía la suya, pues un tiempo atrás también intentaron justificar los cambios de Bugnini-Montini en los sacramentos, comparándolos con la modificación que San Pío X hizo de la ordenación del Breviario. En fin, a los modos de la materia del sacramental (Escapulario) es lo que ellos llaman esencial, alejándose del 3er principio de la inteligencia natural o sentido común del realismo moderado de Santo Tomás que dice: todo lo que existe como sujeto de existencia es uno y el mismo, bajo sus múltiples fenómenos, permanentes o sucesivos, siendo la substancia, pues, una simple determinación del ser. Como esto depende del principio de identidad, consecuencia del principio de contradicción que Hegel niega, estos tardíos hijos suyos –con careta de estagirita- se hacen un monumental lío. En realidad, estos neohegelianos con resabios de Suárez [quien no aceptaba del tomismo la distinción entre potencia y acto y, por lo tanto tampoco la distinción que hacía Santo Tomás entre ser y existir], no tienen ni un ligero baño de la Tradición católica; son pura línea media, para usar un frase que hoy se ha hecho convencional,  con cierto disfraz prudencial, única palabra que les encanta de la escolástica. Ciegos guiando a otros ciegos, con buena intención o sin ella no importa, lo determinante es el daño causado a los fieles: verdaderamente un mal fruto; entre los cuales que me temo haya algún que otro clérigo. Buenos amanuenses, eso sí, aunque los copistas de hoy están bien lejos del mérito, empeño y trabajo de los monjes del medievo que carecían de ordenadores.

Dejemos de momento este pensamiento caótico y también la anárquica teoría del elefante barroco de la mente de Wanderer que tan acostumbrados al esnobismo tiene a sus neoconservadores fieles y vayamos a otro, que es el fondo de este artículo, de quien escribe en un blog con el título de la más conocida obra de Dante y también con seudónimos de soldado y otros más. Seguir el pensamiento en los escritos de este rocambolesco blog y a la vez comentarista habitual de los caóticos citados y otros sitios tradicionales y segundovaticanistas es como ver un partido de tenis sentado en mitad del campo: la cabeza no deja de ir de un lado  al contrario y viceversa. El cuello sólo se relaja en el descanso, es decir, el lector sólo encuentra paz cuando el blog deja de publicar. En ocasiones hasta puede entusiasmar al discípulo desprevenido por sus buenas jugadas, que las tiene y no son pocas, aunque últimamente sean escasas- ya se sabe que hasta un reloj averiado da la hora correcta dos veces al día- para luego dejarle desolado por su súbita incoherencia, lógica entre los línea media y neoconservadores que ven los problemas pero no extraen las conclusiones. En fin, “Comedia” es un buen nombre para su blog, pero le sobra lo de “Divina”. Comedia a secas, va bien, con una pizca más de filosofía.

Pues, hete aquí, que en el tal blog para criticar la farragosa y surrealista teoría del elefante barroco de Wanderer, que ni Kafka la hubiera imaginado, nos propone un artículo de Mons. D. Manuel González García titulado Del engreimiento del Arte sobre el Altar. Me pareció bien y hasta me entusiasmó que el soldado intentara poner en su sitio semejante desfachatez que sólo puede ocurrírsele a alguien ora asfixiado por Parménides, ora por Heráclito; en cualquier caso, estando siempre el autor absolutamente en las antípodas de Santo Tomás de Aquino y yacente en el mismo barroquismo que tanto gusta criticar; en ocasiones gongorista y otras conceptualista. Pero al leer el artículo del obispo, mi espíritu se turbó ¿No tenía un ejemplo mejor que proponer la “Divina Comedia”? Lo que escribe en los años treinta Mons. D. Manuel González demuestra, nada más ni nada menos, que la herejía litúrgica tan bien descrita por Dom Guéranger había infeccionado ya a muchos obispos, lo que explica la revolución conciliar años más tarde en lo religioso-eclesiástico y la locura litúrgica que nos trajo. Se queja el obispo de la decadencia del rito de la concelebración, en cuyo asunto me centraré, ya que poner blanco sobre negro todas las falsas concepciones que esgrime en una mezcla de verdad y mentira, haría  muy largo el presente artículo. Dice el obispo:

« Un hecho transcendental en la historia de la Liturgia rompe en muy poco tiempo la gloriosa sumisión de doce siglos del Arte al Altar.  Ese hecho es la abolición del rito de la concelebración de la Misa por el Obispo con sus Sacerdotes.

Durante esos doce siglos la Santa Madre Iglesia  había tenido tanto afán en conservar y mostrar la unidad jerárquica diocesana por medio  de la celebración de los Santos Misterios, en mantener en contacto constante a sus ovejas con sus Pastores en el acto esencial de su culto, la Santa Misa, y por la irradiación de él en la manifestación y desarrollo de la vida divina que antes de desprenderse del rito de la concelebración de una misma misa por el Obispo con  su Presbiterio (tan a propósito para representar, recordar y hacer efectiva y fecunda aquella unidad)  permitía, cuando la multiplicación de los fieles lo exigía, a sus Obispos, tres, cuatro y cinco misas en cada Domingo siempre en unión de sus Sacerdotes….»

UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS, DICEN

LUEGO DOS IMÁGENES VALDRÁN MÁS QUE DOS MIL,

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3 sacerdotes cada uno celebrando una Misa solo, igual a 3 acciones sacramentales, 3 actualizaciones del sacrificio del Calvario, 3 frutos generales, 3 frutos especiales y 3 frutos especialísimos.

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34 sacerdotes más un obispo no es igual a 35 misas, sino a una sola misa, una sola actualización del Sacrificio del Calvario, un solo fruto general, un solo fruto especial y un solo fruto especialísimo. Eso si es válida, porque parece una liturgia de los kikos, no aprobada por la Iglesia, en la cual muchos de sus sacerdotes  no pueden tener la misma intención de la Iglesia si no creen  que el Santo Sacrificio de la Misa es propiciatorio, como ocurre entre muchísimos de ellos. 

1.Contra el desconocimiento histórico que manifiesta este escrito:

Lo primero que hay que decir con San Jerónimo es que «Muchos han caído en error porque no conocen la historia» y, en efecto, el obispo no parece estar seguro de ella, porque más adelante él mismo dice: “Dejo a los historiadores y expositores de Liturgia y del Derecho, la enumeración de las causas  de la desaparición del rito de la concelebración”; luego parece indicar que nada puede decir sobre historia, liturgia, derecho y según Castellani y Menéndez Pelayo tampoco de filosofía; entonces ¿habla por hablar o para escucharse? El obispo parece entender, aún con la carencia de conocimientos fidedignos sobre el pasado litúrgico, que era una práctica universal muy antigua. Si así lo fuera y por solo tal motivo se quisiera volver a ella no dejaría de caer su postura en el arqueologismo, condenado por la Iglesia. Pero lo cierto es que nunca fue una práctica universal por las siguientes razones concluyentes, en palabras del P. Hanssens:

1º. La concelebración sacramental (2), la única realmente sacrificial, aparece sólo con certeza en el siglo VIII, en Roma; es la del Papa con los cardenales presbíteros, descrita en el Ordo Romanus I, desaparece en el Siglo XII y salvo raras excepciones ya sólo aparecerá en el rito de ordenación.

2º. En los ritos orientales católicos aparece muy tardíamente, no antes del siglo XVIII, y es por autorización del Papa Benedicto XIV; hoy en día, sus mayores oponentes son los griegos ortodoxos.

3º. La concelebración sacramental era prácticamente inimaginable en los primeros siglos, incluso por la simple razón de la ausencia de un texto fijo en las iglesias.

2.Contra el desinterés del escrito por la intención de la Iglesia.

La intención de la Iglesia es la multiplicación de las Misas para la mayor abundancia de los frutos de la Redención. Pero como la Misa concelebrada es una sola misa,  cómo veremos más abajo, conduce a una disminución de los frutos y de los efectos salvíficos para las almas. La conclusión es obvia: la Misa concelebrada es menos eficaz para la salus animarum, la cual es la suprema lex de la Iglesia. En las mismas condiciones, son más fructíferas 50 misas privadas que una concelebrada por el mismo número de sacerdotes, incluido su obispo.

3. Contra la subordinación de la naturaleza sacramental y sacrificial de la Misa a los ministros esgrimidos en el escrito.

El Obispo, tristemente, invierte el orden debido. Se debe partir de una sola verdad fundamental: La de naturaleza sacramental de la acción efectuada en la Misa. Ahora bien, en ella distinguimos dos aspectos: 1) El carácter ministerial del sacerdocio del presbítero por el que obra Cristo y 2) El carácter ritual de la acción que se efectúa. Hay que decir, pues,  que  el orden apropiado consiste en la subordinación del ministro al acto sacramental, pues sólo en él se realiza a sí mismo. En efecto, visto correctamente, podemos decir junto con la doctrina de la Iglesia que hay una primacía de lo sacramental sobre el número de los ministros. La acción sacramental es, por lo tanto, sólo una.

4.Contra la subordinación de la exhibición de la unidad jerárquica a los frutos de la Misa.

Pareciera que en este escrito su autor estuviese más preocupado de la demostración de la unidad en torno al obispo, que de los frutos de la Misa y su multiplicación. Por una parte, la unidad no se muestra sólo y ni es la mejor forma de hacerlo mediante la concelebración. La unidad se manifiesta en la adhesión a la verdad; sino no se da la fidelidad a verdad, la unidad de los sacerdotes con el obispo en el presbiterio es sólo una ilusión: un bonito escaparate donde exhibir los modelos. Nunca se deben subordinar el fruto general, por toda la Iglesia; ni el fruto especial  en favor de las personas por las que se celebra la Santa Misa; y el fruto especialísimo, por el mismo celebrante, a la escenificación de una propiedad, la unidad, que está ya expresada de modo más perfecto en el Canon; al menos en el de la Misa Tradicional. Huelga decir que tanto el fruto general, como el especial y el especialísimo se reducen cuantas más misas concelebradas haya.

5. Contra el arqueologismo del escrito.

Es bastante significativo que la práctica de la concelebración se haya introducido en nombre de un fundamento arqueológico que jamás ha existido para facilitar el ecumenismo,  el antropocentrismo y la democracia o participación litúrgica: el  ansia protagonista del hombre frente a  Dios; en la liturgia. tanto la decadencia y hasta los sacrilegios sigue los mismos pasos de los herejes en la doctrina: fundamentan sus heterodoxias siempre en una vuelta a los orígenes prístinos. La decadencia del movimiento litúrgico, una vez fallecidos Dom Prosper Louis Pascal Guéranger y luego San Pío X, no se hizo esperar. Liturgistas conocidos, imbuidos de ideas ecuménicas, antropocéntricas y didácticas,  como Dom Botte, Dom Beauduin,O.S.B. y Mons. Martimort, etc.,  fueron motores de esta maniobra, agravando aún más su error inicial al no querer hacer la distinción entre concelebración simplemente ceremonial y concelebración sacrificial.

¿En la  misa concelebrada hay una o varias misas?

El Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei ordenó el error de los que opinan que toda la asamblea, sacerdotes y fieles, concelebran la Misa. Pero los errores se siguieron renovando.  El Pontífice tuvo que volver a precisar, el 2 de noviembre de 1954, puesto que  algunos afirmaban que «la celebración de una sola misa en la que asisten piadosamente cien sacerdotes es lo mismo que cien misas celebradas por cien sacerdotes». A esto el Sumo Pontífice respondía que «de ningún modo es así. En lo referente a la oblación del sacrificio eucarístico, hay tantas acciones de Cristo Sumo Sacerdote como sacerdotes que celebran y no tantas como sacerdotes que escuchan piadosamente la misa episcopal o de otro sacerdote que celebra». Un sacerdote sólo celebra cuando hace las acciones y pronuncia las palabras litúrgicas, y de otro modo sólo simula.

Como se ve existe, pues, en principio, una diferencia entre la Misa concelebrada donde varios sacerdotes pronuncian las palabras de la consagración y otra en la que un solo sacerdote las dice mientras  los demás  participan de  las mismas ceremonias sin pronunciar las palabras litúrgicas. Por eso hay una diferencia esencial entre la concelebración simplemente ceremonial-la segunda- y la sacramental -la primera- [véase nota nº 2]. Únicamente trataremos aquí de la sacramental, pues la concelebración simplemente ceremonial no plantea ningún problema, ya que en ella los sacerdotes que asisten no pronuncian las palabras de la consagración, luego es evidente que sólo hay una Misa.

Veamos en primer lugar lo que dice el magisterio: «En este modo de celebrar (la concelebración), varios sacerdotes, en virtud de un mismo sacerdocio y ocupando el lugar del Sumo Sacerdote, obran juntos por una sola voluntad y una sola voz, y hacen y ofrecen por un único acto sacramental, un único sacrificio, y juntos participan de él» (3). Es decir, ofrecen una una sola Misa, aunque sean 5.000.

El principio sacramental es el siguiente, según las palabras de Pío XII en 1956: « La multiplicidad de concelebrantes no estorba a la unidad del sacramento que siempre es una acción de Cristo: «En realidad, la acción del sacerdote que consagra es la misma de Cristo, que obra por su ministro. En el caso de una concelebración en el sentido estricto de la palabra [concelebración sacramental, nota nº 2] , Cristo, en lugar de obrar por medio de un solo ministro, lo hace por varios».

En resumen, como Cristo actúa por sus sacerdotes que usan el rito único de la Iglesia, la acción sacramental es también única. La Misa según la concelebración sacramental es, pues, una sola y única Misa, sea cual sea el número de celebrantes, dos o mil.

Argumentos teológicos de Santo Tomás de Aquino

El Aquinate nos da una serie de razones, la primera: «La intención se requiere para cumplir los sacramentos. Por consiguiente, como todos tienen la intención de hacer una consagración, no hay más que una consagración»(4). A la pregunta ¿Cómo se realiza esa unidad? , responde  «Si cada uno de los sacerdotes obrase por su propia virtud, uno solo de ellos bastaría para celebrar y los demás estarían de más. Pero como el sacerdote no consagra en su propio nombre sino en lugar y en nombre de Cristo (in persona Christi), y que muchos son “uno en Cristo” (Gal 3.28), poco importa que este sacramento sea consagrado por uno solo o por varios: lo que es necesario es que sea observado el rito de la Iglesia» (5). Aquí “este sacramento” es “una única consagración”, porque “este” en singular localiza un sólo sacramento y no a varios sacramentos que se significaría por “estos sacramentos”.

Santo Tomás de Aquino nos ilumina diciendo  que ocurriría lo mismo si el bautismo fuera concelebrado: «Ambos (ministros concelebrantes), en cuanto de ellos depende, bautizarían. Sin embargo, no darían dos sacramentos diferentes (aliud et aliud sacramentum): sino que Cristo, que es quien únicamente bautiza interiormente, conferiría por ambos un único sacramento (unum sacramentum per utrumque conferret». (7). De sentido común la aplicación de los principios filosóficos de Santo Tomás a la teología. Que es, precisamente, la gran carencia que denunciamos en tantos blogs.

Así ocurre también cuando hablamos de otras consagraciones u otros sacramentos. Por ejemplo, en la consagración episcopal, confirmado por Pío XII (6)  e incluso reconocido por un representante de la decadencia del movimiento litúrgico «Por ambas partes nos hallamos ante un acto sacramental colectivo que consiste en un gesto cuyo sentido lo da el que preside la oración. Los obispos tienen la intención de comunicar al Espíritu Santo y la manifiestan por un gesto común, lo mismo que los sacerdotes que rodean al obispo y manifiestan esta intención por su presencia alrededor del obispo y por el gesto que hacen con él; pero hay que decir que esta oblación es única. Así como no hay varias consagraciones episcopales sincronizadas sino una sola, hecha por el cuerpo episcopal, lo mismo que no hay más que una sola consagración eucarística hecha por todo el cuerpo sacerdotal, y no varias misas sincronizadas»(8).

La conclusión es de sentido común, que es el menos común de los sentidos: «Unas palabras sobre la concelebración. Imaginemos que varias personas se uniesen para bautizar simultáneamente a un niño. Los bautizantes serían varios pero la acción bautismal una sola, plures baptizantes, una baptizatio. Al concelebrar, habrá igualmente varios consagrantes, plures ex aequo consecrantes, pero una sola acción consagratoria, una consecratio»(9)

Frente a lo que nos ofrece el artículo de este monseñor traído por el blog La Divina Comedia, a nosotros sólo nos confirma hasta qué punto estaba impregnado ya el clero de los años treinta del pasado siglo de los errores que sólo en tres décadas más iban a triunfar en un Concilio y luego en una reforma litúrgica de la Misa que se alejaba definitivamente de la teología del santo Sacrificio de la Misa tal como había sido definido en el gran Concilio Ecuménico de Trento para siempre. Pero también para nosotros,  que cada día pecamos, es muy necesario  un remedio cada jornada: la renovación sacramental del Sacrificio del Calvario. Lo que repite hasta la saciedad Santo Tomás de Aquino: «En las misas se multiplica la oblación del sacrificio y, por consiguiente, se renueva también el efecto del sacrificio» y la liturgia de la Iglesia: «Cada vez que se celebra este sacrificio en memoria de tu Pasión, se realiza la obra de nuestra redención». Ergo cuantas más misas mejor; pero cuantas más concelebraciones menos misas y por lo tanto peor, Sr. Obispo.

Respecto a la concepción estética del Obispo no diré nada, salvo lo que al inicio de este artículo ya escribí por boca de D. Marcelino Menéndez Pelayo¡No hay filósofos, y quizás no los habrá ya nunca!”. Si cuando esto escribió el gran erudito montañés, que murió en 1912, no había ya filósofos, menos dos décadas más tarde, cuando el autor del artículo paseaba su capa episcopal por las tierras de Andalucía; es decir, Mons. D. Manuel González García no lo era. Alguien podrá preguntarse ¿Qué tiene que ver el arte con la filosofía? Pues tiene mucho que ver, porque la consideración del ser, en cuanto tal, muestra tan vastísima amplitud y tan rica simplicidad que, de inmediato, se manifiesta como Unidad, Verdad y Bien. Y puesto que, en principio, las bellas artes tienen por misión presentar al hombre lo verdadero bajo su resplandor más puro a fin de cautivar su inteligencia y de elevarlo hacia el Creador, la Verdad misma, comenzamos a hablar de filosofía. Pero ya no hay filósofos con quien echar una parlotada; D. Manuel no lo era, ergo es muy probable que esté absolutamente errado; y para mí que lo está; pero tampoco yo lo soy, ya que únicamente soy un solitario aprendiz que, para no alargar más este artículo, zanja la cuestión aquí, eso sí, alertando sobre el peligro de lecturas neohegelianas muy habilidosas para conducir a los fieles a la evolución dogmática y litúrgica que rompe con la Iglesia católica, venga de donde venga.

 Sofronio

NOTAS

(1) Ideas Es­téticas, tomo 4, I

(2)Se pueden distinguir exteriormente dos modos de Misa concelebrada:

– El primero es el del obispo, rodeado por su clero, celebrando los Santos Misterios él solo, porque pronuncia solo las palabras de la liturgia. En la liturgia tradicional, es el caso de la Misa Pontifical y de la Misa solemne. Se denomina concelebración simplemente ceremonial.

– La segunda forma de concelebración es la de todos los sacerdotes que concelebran pronunciando las palabras de la consagración. En la liturgia tradicional, sucede así en la Misa de ordenación y de consagración episcopal Es lo que denominamos concelebración sacramental.

 (3) Decreto General Ecclesiae semper del 7 de marzo de 1965.

(4) IV Sent. d. 13, cuest. 1, ait. 2, sol. 2, ad 1.

(5) III, cuest. 82, art. 2, ad 2.

(6) Discurso del 22 de septiembre de 1956.

(7) III, cuest. 67, art. 6

(8) Dom Bernardo Botte, O.S.B

(9) Card. Journet

(10) III, cuest. 79, art. 7, ad 3

(11) Secreta del 9º Domingo después de Pentecostés

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