Historia del colapso litúrgico (I de IV)

Lex orandi, lex credendi

Emile-Jean-Horace Vernet, titulada La primera Misa en Cabilia

Por Dom Gregori María

Por las cosas que os voy a relatar semanalmente en esta columna vais a comprender que ya no soy un niño aunque me sigo mirando al espejo y sigo encontrando aquel joven seminarista y luego sacerdote que con ilusión e ingenuidad cantaba su Primera Misa, Missa Nova decimos en catalán, hace ya casi medio siglo.

Parece ser que ha llegado la hora de explicar la orientación de mi colaboración en el experimento que nace, el presente diario digital. Para ello nada mejor que comprender en primer lugar qué es un fiador. Muchos de vosotros, los más jóvenes, es muy posible que jamás hayáis visto uno. Era el fiador un adminículo muy peculiar y propio de los roquetes, sobrepellices y albas en toda España. Mientras los italianos, como de otra parte los franceses, preferían los cuellos rectangulares o las cintas a modo de lazo para abrochar dichas prendas, preferíamos en estas latitudes unos cordoncillos acabados en borla con un pasador movible para “fiar” es decir apretar o ensanchar los cuellos a voluntad y comodidad del clérigo en cuestión. Era de una cierta distinción poseerlos de varios colores, según el propio del tiempo, aunque un poco reprobables, por ostentosos, los elaborados con hilos de oro o plata. En Cataluña siempre ingeniosa en su léxico pues ahí reside la peculiaridad de nuestro humor un tanto negro y ácido, eran llamados popularmente “escanyavicaris”, es decir algo así como “ahoga-coadjutores”. Ciertamente un uso demasiado extremado del fiador en cuestión podía llevar a un colapso de la respiración como es de lógica.

Con esta imagen peculiar a modo de título quisiera explicar regularmente la historia de un colapso: el colapso litúrgico; y con él, el colapso en la espiritualidad y en la fe, no sólo del clero sino de todo el pueblo cristiano. Trataré, y no será fácil el empeño, de esbozar como el llamado “movimiento litúrgico” nacido hace más de un siglo, bendecido y aprobado por todos los Papas desde San Pío X hasta los mismos umbrales del Concilio, pasando especialmente por Pío XII, fue evolucionando desde posiciones renovadoras que enriquecieron la espiritualidad y el amor al sacerdocio de muchas generaciones hasta el colapso litúrgico y espiritual que desgraciadamente hoy vivimos. No creo recoger con esta opinión un juicio aislado.

En la autobiografía que el entonces Cardenal Ratzinger publicó no hace muchos años lanza opiniones muy parecidas a las que pienso relatar de modo vivencial y en primera persona en los próximos meses. Y digo meses, porque deseo que esto vaya para largo, y este es mi augurio para este nuevo espacio de opinión y reflexión que encomiendo al Señor con mi más profunda felicitación inicial por el esfuerzo de convergencia y de unión que esto supone para un clero desanimado, desorientado sino descorazonado como el nuestro. Mi seudónimo es un homenaje a todos los monjes benedictinos desde nuestros autores-maestros Dom Prosper Guéranger y tantos otros pasando por el Abad Sunyol y tantos otros, que nos ayudaron a amar más a Cristo manifestado, vivido y celebrado en la Sagrada Liturgia. El objetivo final es recuperar esa idea clara que ha presidido desde los albores de la Iglesia toda su historia: cualquier cambio o mutación en la Liturgia no sólo influye sino que afecta radicalmente la trasmisión de la Fe a través de los siglos alas generaciones futuras, o como decían los Padres de la Iglesia: Lex orandi, lex credendi.

¡Ahorradle el disgusto a Tena!

Si, y lo repito, tratad de ahorrarle el disgusto a Mons. Pere Tena Garriga, al referirle el hilo conductor de los próximas 3 o 4 entregas de esta columna porque su salud no las va a resistir. Porque voy a hacer un intento en dar respuesta a la pregunta que él mismo honestamente debería haberse hecho hace muchísimos años, en vez de lamentarse continuamente por los abusos y excentricidades, por las arbitrariedades y desmanes litúrgicos de los que él es responsable causal en una buena parte aunque quizás no quiera tener conciencia de ello. Basta pues de reprimendas y broncas a los que, como un engendro, han surgido a consecuencia de todas las “herejías litúrgicas” consolidadas en los últimos decenios. No hay que LAMENTARSE POR LAS CONSECUENCIAS, HAY QUE IR A LAS CAUSAS. Hoy en nuestra diócesis, como por otro lado es común y generalizado en toda la Iglesia, no existirían liturgias a la carta, fruto de la espontánea improvisación y “genio” de los “numerosos actores participantes” y creadores ad hoc de la celebración litúrgica del momento. Refería esto Mons. Tena hace 7 años, celebrando los 35 años de la conclusión del Concilio Vaticano II, lamentándose que hoy en día prevalezca más “la liturgia a la carta que un menú preestablecido” y que esa realidad era consecuencia del individualismo engendrado a partir de la cultura del 68. Si ese juicio de valor hubiera sido pronunciado por cualquier otra persona hubiera sido en cierto modo tolerable. Pero no de los labios de Mons. Pere Tena. Nadie como él conoce las auténticas causas que están llevando al colapso de la liturgia, porque no voy a decir desde temprana hora, pero si desde un muy importantísimo momento, él asintió y colaboró, mejor dicho fue protagonista y autor, de aquel periodo desviado del Movimiento Litúrgico que a partir de la década de los 50 asumiría las riendas del devenir litúrgico no sólo de nuestro país sino de la Iglesia entera.

No tiene pues derecho a escandalizarse porque a la mayoría de sacerdotes en nuestra diócesis el Misal les parezca un corsé inaguantable y hagan constantes e improvisadas mutaciones de las oraciones, ni si a partir del esquema de una plegaria eucarística cualquiera (normalmente la II) se vaya improvisando el canon, porque “ya no hay canon”… Ni si un buen número de parroquias, no contentas con haber montado tantos altares de marmolina en el post-concilio ahora los hayan ya repudiado sustituyéndolos por una mesita de madera en el plano de la nave, con los bancos o sillas de manera circular a su alrededor. No debe indignarse porque el ofertorio haya desaparecido como tal: que la mayoría de los curas pasen el cáliz y la patenas de barro ya llenas de pan “cualquiera” y de vino desde el extremo de la mesa hasta el centro para dar comienzo así a sus “relatos”. Porque la eucaristía se ha transformado en un “relato” y nada más… Eso sí, después de mucha lectura y mucho guitarreo (o disgustoso canturreo), homilías muchas veces “participadas” por las intervenciones del cada vez menos concurrido público, micrófono inalámbrico en mano.

Así llegamos a los apretones de manos, a una distribución de la comunión con “suca-suca” (moja-moja) por unos laicos cada vez más envejecidos y decrépitos que distribuyen el “pan” como quien distribuye gomas de borrar en el colegio. Acabada la “comunión” ellos mismos “a peu dret” (a pié de calle) amontonan los restos de una patena a otra y, pim-pam, lo llevan en una carrerilla al sagrario, le pegan una vuelta de llave y sanseacabó. Una oración, normalmente inventada, un cantito y una lavado al cáliz con “chorro vivo” en el grifo de la sacristía. Y él sabe que es así…Y lo sabemos todos. En unos sitios de manera más acentuada que en otros. Pero la tendencia es inevitable y, quiero reconocerlo con honestidad, muy consecuente y razonable con las premisas que la fundan. Aquí, en Francia y Alemania, en Camerún y Brasil, en Holanda y en Madrid. ¿Que quizás se ha ido poniendo coto a los desmanes con múltiples decretos correctores de admonición? También es verdad. Pero nunca de sanción. De ahí las innumerables y estériles broncas que Mons. Tena durante su ejercicio como auxiliar pegaba al visitar las parroquias de su demarcación. Pero eso y nada, nada.

Porque esas realidades son consecuencia de unas causas. Causas que Farnés, Bellavista, Tena conocen como las conocen los monjes de Montserrat y las conocía el P. Aldazabal, Dios lo haya perdonado y lo tenga en su gloria. Quizás no las conozcan en profundidad los sacerdotes menores de 55 años para los cuales el Movimiento Litúrgico es únicamente aquel movimiento que preparó la Reforma Litúrgica Conciliar. Y no es así. El Movimiento Litúrgico, que empezara con tan buen pié bajo la sabia mano de Dom Prosper Guéranger, restaurador de Solesmes y la Congregación Benedictina de Francia a mediados del siglo XIX, impulsado maravillosamente por San Pío X a inicios del XX, sufrió una desviación. Y en los próximos capítulos veremos como esa desviación llegada a nuestro país a finales de los 40 con veinte o treinta años de retraso con respecto a Francia, Bélgica y Alemania fue letal. Creció con la década de los 50 y acabó colocándose como hegemónica en el proceso de reforma litúrgica conciliar de manera escandalosa.

No recomiendo leer los capítulos que seguirán a mentes susceptibles de escándalo. Yo no soy un “escandalizado” ni a estas alturas de la vida me escandalizo por nada o por nadie. Por eso afirmo: quien no quiera llegar a las consecuencias que no conozca las causas, porque si las conoce y conoce lo que ellas han engendrado no podrá sino poner las premisas que engendren una nueva página en la historia litúrgica de la Iglesia. En la Historia nunca se va hacia atrás aparentemente y no existe el “restauracionismo” como en el 85 advertía Tena calificándolo de imposible en aquel libro publicado por Saurí como resumen del Sínodo de los Obispos de aquel año. ¡Sempre endavant! (siempre adelante), pero muchas veces sin poder controlar ya el rumbo cuando la carta de navegación estaba errada.

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