Historia del colapso litúrgico (y IV de IV)

Victor Meirelles - Primera Misa en Brasil (Primeira Missa no Brasil).1860.Óleo en lienzo.268 × 356 cm.Museu Nacional de Belas Artes.Río d Janeiro,Brasil-2

Yo, como la inmensísima mayoría de obispos, sacerdotes y fieles, hemos obedecido ciegamente hasta el día de hoy con el grado de obediencia ignaciana que pide la sumisión de la voluntad. Nunca he podido adherir [a la reforma litúrgica] ni con el INTELECTO ni con el AFECTO. Nunca, nunca, lo que se dice nunca, pues NUNCA.

La batalla final: La “Sacrosanctum Concilium” (II)

De todos los esquemas preparatorios del Concilio, el único que no fue rechazado fue el de la Liturgia. El ala progresista no podía, en efecto, sino estar satisfecha de un texto cuyo autor principal era el P. Bugnini, secretario de la Comisión preparatoria de liturgia. Recordemos algunos miembros de esa Comisión: Dom Capelle, Dom Botte, el canónigo Martimort, el P. Hängii, entonces profesor en la Friburgo suiza y más tarde obispo de Basilea, el P. Gy y el P. Jounel. El presidente de esa Comisión era el anciano Cardenal Gaetano Cicognani, que se opuso con todas sus fuerzas a ese esquema que él juzgaba muy peligroso. El proyecto del esquema, para ser presentado en el aula conciliar, debía llevar la firma del Cardenal. El se oponía. Juan XXIII lo obligó a firmarlo.

Narra el P. Ralph Wiltgen que un experto de la Comisión preconciliar de liturgia afirmó que el anciano cardenal estaba al borde de las lágrimas, que agitaba el documento diciendo: “Vogliono farmi signare questo e non so cosa fare“. (“Quieren que firme esto y no sé qué hacer”). Luego puso el texto sobre su escritorio, tomo una pluma y lo firmó. Cuatro días más tarde, estaba muerto. Lo mismo que, en otro orden de cosas, le sucedió a nuestro gran maestro gregorianista el P. Miquel Altisent, Sch. P., la tarde de aquel 31 de enero de 1973, tras volver de Roma y tener un disgusto mortal en Barcelona (nunca mejor dicho). Este mes de agosto y en homenaje al P. Altisent dedicaré un capítulo “IN MEMORIAM” para relatar el hecho.

Pero sigamos con el esquema de la Sacrosanctum Concilium. El esquema preparatorio fue presentado en el aula conciliar el 22 de octubre de 1962. El Papa Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963 a las 19.49 h. El 4 de diciembre del mismo año 63, el nuevo Papa Pablo VI promulgó la Constitución Sacrosanctum Concilium. Había sido aprobada por 2151 votos a favor con únicamente 4 votos en contra.

¿Cuáles son las características de esta Constitución? Destaco 3 principales:

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Es una LEY-MARCO: es decir, enuncia solamente las grandes líneas de una doctrina litúrgica en las que se inspirarán sea el CONSILIUM AD EXSEQUENDAM LITURGIAM sea las Comisiones Litúrgicas Nacionales y Diocesanas para elaborar la nueva liturgia.

Inaugura una TRANSFORMACIÓN FUNDAMENTAL de la Liturgia: anuncia la revisión del ritual de la Misa, un nuevo rito de la concelebración, la revisión de todos los demás rituales sacramentales.

Constituye un COMPROMISO entre el tradicionalismo y el progresismo, pretendiendo equilibrar a uno con el otro. (De aquí la cuasi unanimidad de votos favorables) Pero con trampa. Para satisfacer a la mayoría conservadora se respetarán los principios fundamentales de la liturgia, pero sin ninguna aplicación práctica. Para la minoría progresista batalladora y actuante, se asegurará la evolución ulterior en sentido progresista. Esto en particular en lo referente a las cuestiones de las relaciones CULTO-PEDAGOGÍA y del empleo del LATÍN.

Digamos pues que es UNA LEY MARCO, INAUGURANDO UNA TRANSFORMACIÓN FUNDAMENTAL, INSPIRÁNDOSE EN DOS DOCTRINAS CONTRADICTORIAS. Así se presenta la Constitución Litúrgica del 4 de diciembre del 63. Yo no sé definirla ni mejor ni más brevemente.

Así de esta manera, estaba realizado el deseo de Juan XXIII emitido en el Decreto “Rubricarum Instructum” según el cual: “los Padres del Concilio se habían pronunciado sobre los principios fundamentales concernientes a la reforma litúrgica”. Tienen razón pues, los ancianos redactores del manifiesto de Església Plural esta semana en su artículo “BENEDICTO XVI, RETORNO A TRENTO” en cuanto concierne a la voluntad de Juan XXIII y las expectativas depositadas en la celebración del Concilio. La Reforma del Misal del 62, que ahora vuelve a estar en vigor tras el Motu Proprio SUMMORUM PONTIFICUM, fue promulgada por Juan XXIII, pero los esquemas básicamente los heredó de los realizados en los últimos años del pontificado de Pio XII.

Con la Constitución SACROSANCTUM CONCILIUM se ponían al menos las bases, se dejaban las puertas abiertas de manera virtual, para poner en marcha la TRANSFORMACIÓN LITÚRGICA. Aceptada por una inmensa mayoría de obispos, desgraciadamente en buena parte carentes de una profunda ciencia litúrgica, va a servir para crear el CONSILIUM y llevar a cabo la aplicación práctica de la Constitución creando el NOVUS ORDO MISSAE del 1969.

 La batalla final: La elaboración y promulgación del NOVUS ORDO (y III)

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 Apenas cincuenta días después de la aprobación de la Sacrosanctum Concilium, el 25 de enero de 1964 (jornada final del Octavario para la Unidad de los Cristianos), Pablo VI publica el Motu Proprio “Sacram Liturgiam” que pone en práctica ciertas disposiciones de la Constitución y anuncia la creación de una Comisión especial encargada de poner en aplicación esta Constitución. El 29 de febrero de 1964, el Papa crea el CONSILIUM AD EXSEQUENDAM CONSTITUTIONEM DE SACRA LITURGIA; confía sus puestos a los elementos más avanzados del “Movimiento Litúrgico”, en particular la presidencia al cardenal Lercaro y la secretaría al Padre Bugnini, obsesionado con el carácter ecuménico que deberá tener la nueva Misa.

Este Consilium va a desposeer de casi todos sus poderes a la Sacra Congregación de Ritos. Pablo VI intervendrá personalmente el 20 de octubre del 64 y el 7 de enero del 65 para sostener al Consilium entonces en conflicto con la Congregación Romana. Apenas obtenido ese apoyo, el 19 de marzo el P. Annibal Bugnini declara en el OSSERVATORE ROMANO: “La oración de la Iglesia no debe ser un motivo de malestar espiritual para nadie. Es preciso apartar toda piedra que pueda constituir hasta la más leve sombra de un riesgo de estorbo o de disgusto para nuestros hermanos separados”. A partir de entonces y hasta 1969 va a funcionar como un auténtico tribunal de excepción.

Dom Botte nos explica en su libro “Le mouvement liturgique” (p. 156) la organización del Consilium: “El Consilium estaba constituido por dos grupos diferentes. Había en primer ligar una cuarentena de miembros propiamente dichos -la mayoría cardenales u obispos- que tenían voz deliberativa. Luego estaba el grupo de los consultores, encargado de preparar el trabajo. Las sesiones se realizaban la mayoría de las veces en el Palazzo Santa Marta, detrás de la Basílica de San Pedro, en la gran sala de la planta baja”. Y, ¿no adivináis quien es llamado junto a Monseñor Wagner y Bugnini a ser consultor del episcopado en materia litúrgica? Evidentemente el Padre Adalbert Franquesa. Varios expertos estaban agrupados y trabajaban juntos bajo la dirección de un relator. Dom Botte fue el encargado de la revisión del primer tomo del Pontifical, y a él le debemos, en gran parte por lo menos, la desaparición de la Prima Tonsura y las Ordenes Menores así como el nuevo Ritual de las Ordenaciones y el nuevo Rito de la Confirmación.

Monseñor Wagner, director del Instituto Litúrgico de Tréveris, fue el relator del grupo encargado de la reforma de la Misa cuyos miembros más activos fueron: el profesor Fischer, Mons. Schnitzler, el P. Jungmann, el P. Louis Bouyer, el P. Gy, Dom Vaggagini y Dom Botte. Como vimos dos capítulos atrás, hasta la promulgación del Novus Ordo Missae en el 69, hubo dos decretos, el del 64 que entra en vigor el 7 de marzo del 65 y la Instrucción “Tres abhinc annos” del 4 de mayo del 67. Ambos van radicalizando cada vez la transformación. Y llegó el 24 de octubre del 67: el cardenal Lercaro y Annibal Bugnini habían logrado en 3 años poner a punto una nueva Liturgia de la Misa, conforme en todos los puntos a las “desiderata” del Movimiento Litúrgico-ecuménico. Se la bautizó como “MISSA NORMATIVA” y fue presentada a los Obispos reunidos en Roma para el Sínodo.

 Triste mañana de otoño en la Capilla Sixtina. Por una “delicada atención”, los productores antes de someter su invento al voto del Sínodo, habían querido ejecutar ante ellos una representación general. Antes de empezar se explicó a los 183 prelados presentes que se tenían que imaginar haciendo el papel de feligreses asistiendo a la Nueva Misa activa, consciente, comunitaria, simplificada. Seis seminaristas harían la schola cantorum, un lector leería las dos lecturas (más la del evangelio reservada al presbítero o diácono). El P. Annibal Bugnini se esforzó por celebrar y también pronunció la homilía.

La Misa Normativa MODIFICABA (más bien pulverizaba) TODO, ABSOLUTAMENTE TODO: El Confíteor, el Kyrie, el Gloria, el Ofertorio. Pasaba por alto la intercesión de los Santos, el recuerdo de las almas del Purgatorio, todo lo que expresaba la Ofrenda personal del sacerdote en cuanto hombre. Proponía 4 cánones de recambio. Corregía las palabras de la Consagración. Y por supuesto, reemplazaba el latín por el idioma nacional. Los Obispos rechazaron esta misa en la votación del 27 de octubre. A la pregunta: “La estructura general de la misa llamada normativa, tal como ha sido descrita en el informe y la respuesta, ¿tiene el acuerdo de los Padres? Resultado: Placet, 71. Non Placet, 43. Placet juxta modum, 62; Abstenciones, 4.

El relativo fracaso de la Misa Normativa no desanimó al Consilium. El cardenal Lercaro fue entonces reemplazado por el cardenal Béno Gut (que al decir de Dom Botte “no era una luz”). Entonces PABLO VI pondría su autoridad en la balanza. En efecto el 3 de abril de 1969 el Papa proclamaba la Constitución Apostólica MISSALE ROMANUM por la cual reformaba el rito de la Misa e introducía con cuña la MISSA NORMATIVA apenas retocada. El 6 de abril, la Sagrada Congregación de Ritos promulgaba el nuevo orden de la Misa (Novus Ordo Missae), con su “Institutio Generalis”. El nuevo Misal debía entrar en vigor el 30 de noviembre del 69. El Consilium podía desaparecer. El 8 de mayo de 1969, Pablo VI, por la Constitución Apostólica “SACRA RITUUM CONGREGATIO” sustituyó la antigua Congregación de Ritos por dos nuevas congregaciones denominadas una “Para la causa de los Santos” y la otra “Para el Culto Divino”, heredando esta última las competencias del antiguo dicasterio y absorbiendo al Consilium. El prefecto de la Congregación sería el cardenal Gut y nuestro amigo Bugnini, el secretario (es decir el instrumento ciego de esta reforma).

La reacción tradicionalista

Como siempre les pasa a cierto tipo de reformadores, en sus trabajos habían ido un poco lejos y un poco “demasiado rápido”, lo que produjo una reacción tradicionalista. Y no protagonizada por cualquiera sino por las dos más altas instancias del Colegio Cardenalicio: los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci. El 3 de septiembre de 1969, Ottaviani y Bacci escribieron a Pablo VI su célebre Carta Abierta acompañándola de su “BREVE EXAMEN CRITICO DEL NOVUS ORDO MISSAE” que os pido leáis tratando de descubrir si, después de casi 40 años de haberla elaborado, aquello que intuyeron y anunciaron pasaría creéis sinceramente que se ha cumplido en algún aspecto. Lo dejo a vuestra conciencia.

El Papa Benedicto XVI también se ha hecho esa pregunta. ¿O acaso os pensáis que la promulgación del Motu Proprio SUMMORUM PONTIFICUM es una improvisación de un hoy para mañana? A partir de esa fecha, muchos fieles captaron por fin a donde los llevaban y muchos reaccionaron de una u otra manera. Desenmascarado por esta carta abierta, Bugnini anunció el 18 de noviembre una nueva redacción de la INSTITUTIO GENERALIS para “una mejor comprensión pastoral y catequística”(que manía, ¡por Dios!), una nueva redacción que siguió siendo tan mala como la primera y que dejó sin cambiar el rito mismo. Por su lado, el 19 y el 26 de noviembre, Pablo VI se encargó de tranquilizar a los fieles en las Audiencias Generales en el AULA NERVI. Ya el 20 de octubre la Congregación para el Culto Divino había publicado la Instrucción “DE CONSTITUTIONE MISSALE ROMANUM GRADATIM AD EFFECTUM DEDUCENDA” por la cual la introducción del NOVUS ORDO era diferida al primer Domingo de Adviento de aquel año, el 28 de noviembre de 1971, dejando a las CONFERENCIAS EPISCOPALES la libertad de fijar una fecha ulterior.

Varios episcopados europeos aprovecharon esta ocasión para declarar prohibida la Misa anterior. ¿Hizo tal cosa el Papa Pablo VI? El actual Papa Benedicto XVI dice en el Motu Proprio SUMMORUM PONTIFICUM que “nunca fue abrogada”. Pero al menos Pablo VI reclamó la “sumisión incondicional en nombre de su voluntad” a toda la Iglesia. (ver CONSISTORIO del 24 de mayo de 1976 -link solo en latín o italiano).

Yo, como la inmensísima mayoría de obispos, sacerdotes y fieles, hemos obedecido ciegamente hasta el día de hoy con el grado de obediencia ignaciana que pide la sumisión de la voluntad. Nunca he podido adherir ni con el INTELECTO ni con el AFECTO. Nunca, nunca, lo que se dice nunca, pues NUNCA. (Desde que empecé el FIADOR, he tenido que esperar 2 meses y medio para decirlo ) y me siento orgulloso de poderlo afirmar hoy con santa libertad de espíritu. A continuación paso a daros el enlace y someter a vuestra reflexión la entrevista que fue realizada el Cardenal Alfonso Mª Stickler y que finalmente he encontrado traducida al castellano: “El Concilio, el Novus Ordo Missae y las innovaciones litúrgicas sin fin”.[Publicada por nosotros como “Recuerdos de un Perito del Concilio Vaticano II” Nota de PCD].

Conclusión general del estudio sobre el movimiento litúrgico

Se cumple este año un siglo 1907-2007 que los modernistas fueron QUEBRADOS por San Pio X con su encíclica PASCENDI. y el decreto LAMENTABILI.

Ellos comprendieron que no podían penetrar en la Iglesia por la teología, por una exposición clara de sus doctrinas. Utilizaron entonces la noción marxista de PRAXIS, entendiendo que la Iglesia podía volverse modernista por la acción, y muy especialmente por LA ACCIÓN SAGRADA por excelencia que es la Liturgia.

Las revoluciones como las enfermedades, utilizan la fuerza viva de un organismo, la copan poco a poco y, finalmente, la usan para la destrucción del cuerpo a abatir. El Movimiento Litúrgico de Dom Guéranger, de San Pio X, y de los monasterios belgas, de Montserrat y Silos y de tantos otros de principios del siglo XX, era una fuerza admirable en la Iglesia, un medio prodigioso de rejuvenecimiento espiritual, que produjo maravillosos frutos. El Movimiento Litúrgico estaba llamado a ser el mejor instrumento para la revolución modernista. Les fue fácil a todos los “revolucionarios” esconderse en el interior de esa gran carcasa, como si de un caballo de Troya se tratase.

Antes de la “Mediator Dei” ¿quién se ocupaba de liturgia en la jerarquía católica? Nadie. ¿Qué vigilancia se usaba para descubrir esa forma particularmente sutil de modernismo práctico? Ninguna. Es así como, desde los años 20, y sobre todo durante y después de la II Guerra Mundial, el Movimiento Litúrgico se convirtió en lo que acabó convirtiendo. Dom Beauduin le dio primero una excesiva primacía al aspecto PEDAGÓGICO y APOSTÓLICO de la Liturgia, concibió luego la idea de hacerla servir al MOVIMIENTO ECUMÉNICO al que se dedicó con cuerpo y alma.

También lo hizo más tarde Dom Franquesa trasladado al CENTRO ECUMÉNICO de Tantur en JERUSALÉN. Dom Pius Parsch unió el Movimiento a la renovación bíblica. Dom Casel lo hizo vehículo de un arqueologismo furioso y de una concepción muy personal del “culto cristiano” (KULTMISTERIUM). Esos primeros revolucionarios fueron ampliamente superados por la generación de neo-liturgos de los diversos C. P. L.

Después de la II Guerra Mundial, el Movimiento se había convertido en una fuerza que ya nada ni nadie detendría. Protegidos en las altas esferas por eminentes prelados, los neoliturgos coparon poco a poco la Comisión de reforma de la Liturgia fundada por Pio XII, influenciando las reformas elaboradas por esta Comisión, al final del pontificado del Pastor Angélico y del Papa Bueno (Pio XII y Juan XXIII).

Ya dueños de la Comisión preconciliar de liturgia, los neoliturgos hicieron aceptar a los Padres del Concilio un documento contradictorio y lleno de ambigüedad (pero ORTODOXO), la Constitución SACROSANCTUM CONCILIUM. El cardenal Lercaro y el P. Bugnini, miembros muy activos del Movimiento en Italia, bajo el pontificado de Pablo VI, dirigieron los trabajos del CONSILIUM, que desembocaron en la promulgación del NOVUS ORDO.

No voy a ser yo, quién va a dar una calificación al NOVUS ORDO MISSAE. Lo van a hacer las palabras de Mons. Dwyer, entonces arzobispo de Birminghan, en la conferencia de Prensa que realizó el 23 de octubre de 1967, (“Documentation catholique” 1967 col. 2072) en la que confesaba: “La reforma litúrgica es, en un sentido muy profundo, LA CLAVE DEL AGGIORNAMENTO. No se equivoquen en esto, es ahí donde comienza la REVOLUCIÓN” (sic).

Ya en 1965, en el discurso dirigido a los fieles del 13 de enero de 1965, Pablo VI no había ocultado sus intenciones: “Vosotros probáis con eso que comprendéis cómo LA NUEVA PEDAGOGÍA RELIGIOSA, que la presente renovación litúrgica quiere instaurar, se inserta para tomar el lugar del MOTOR CENTRAL en el GRAN MOVIMIENTO inscrito en los PRINCIPIOS CONSTITUCIONALES DE LA IGLESIA DE DIOS”.

Pueda este estudio, en el que he utilizado multitud de textos documentales y referencias, hacer comprender mejor a todos la gravedad de la TRANSFORMACIÓN LITÚRGICA que después ha sido la base del colapso litúrgico que a partir de SEPTIEMBRE relataré y describiré con nuevas entregas a modo de capítulos.

Pero no os soliviantéis ni os preocupéis, nuestra íntegra FIDELIDAD a los principios del impulsor del VERDADERO MOVIMIENTO LITÚRGICO, Dom Prosper Guéranguer y sus continuadores, son ya las prendas de la VICTORIA.

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Un comentario en “Historia del colapso litúrgico (y IV de IV)

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