San Atanasio y la crisis actual en la Iglesia (IV): La Ilustración

sobre la infección en la ilustración nos narra  el obispo: “Pues, no se puede negar ni ocultar que muchos miembros de este Clero ya se habían entregado en los penúltimos tiempos, -es decir antes de producirse los últimos cambios-, tanto masívamente en muchas de sus más nobles Instituciones, como personalmente en muchos de sus individuos y de un modo cada vez creciente, a una progresiva laxitud; que por ende condujo ya en aquélla época, a que entrasen y saliesen hastiados de las catedrales, construidas por el entusiasmo y la fe de sus mayores.

SAN ATANASIO Y LA CRISIS DE NUESTRO TIEMPO

IV

LA ILUSTRACIÓN

RUDOLF GRABER, Obispo de Regensburg

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LA ILUSTRACIÓN

La Ilustración es otro paso en la realización del diabólico plan. En el homenaje a Hans Lilje, con motivo de su 65º aniversario (el 20 de agosto de 1964), “Despido del cristianismo, 17 respuestas de publicistas y teólogos a una provocación contemporánea“, hay una aportación de Hans Jürgen Baden, titulada “La segunda Ilustración(33). El autor evangélico opina, como alguno de nuestros contemporáneos, que ahora hemos entrado en un segundo período de la Ilustración y que han vuelto los típicos síntomas de la Ilustración de hace 250 años (34). También esto es de sobras conocido. Pero vale la pena releer en el “Athanasius” de Görres, como éste describe al Clero en la última fase de la Ilustración, poco antes de la Revolución Francesa y nos preguntamos si -dejando aparte el estilo- lo que Görres denigró entonces, no lo encontramos actualmente por doquier.

Pues, no se puede negar ni ocultar que muchos miembros de este Clero ya se habían entregado en los penúltimos tiempos, -es decir antes de producirse los últimos cambios-, tanto masivamente en muchas de sus más nobles Instituciones, como personalmente en muchos de sus individuos y de un modo cada vez creciente, a una progresiva laxitud; que por ende condujo ya en aquélla época, a que entrasen y saliesen hastiados de las catedrales, construidas por el entusiasmo y la fe de sus mayores, y que en las imágenes, con que su mano artífice adornó el interior de las mismas, no viesen otra cosa que trastos viejos; sin apenas sospechar o tener nociones del rico tesoro, del cual debían ser custodios y transmisores. Junto a la generación que se iba y que, con la seriedad de otros tiempos, trataba de conservar rigurosamente los últimos vestigios de antiguas y vivas tradiciones, se levantó una gene ración nueva que, despreciando aquélla, consideraba dicha seriedad como oscura superstición monacal y la severidad como inútil auto mortificación declarando ambas cosas como pasadas de moda y buscando puntos de entendimiento con las ideas de la época. Como brillante ejemplo aparecía ante sus ojos el protestantismo; al cual sólo bastaba aproximarse para rejuvenecer lo anticuado en rápida transformación. Se decidió poner manos a la obra, lo que no obstante, debía hacerse en principio con toda moderación y respeto y sin detrimento de lo fundamental. En primer lugar se procedió a la Dogmática, que contenía muchas cosas cuyo entendimiento en la creciente mediocridad de los tiempos, se iba perdiendo paulatinamente; ahora se declaró como completamente incomprensible, repudiándolo como tal, del ámbito de lo único digno de saber. El Misterio, que en su quieta luminosidad requería para su apreciación y cognisción de una mirada profética espiritual y en su hondura de una profundidad espiritual, lo suficientemente completa para captarlo, sólo halló miradas atónitas, y su profundidad fue colmada por la sabiduría del mundo: por ello, su luz espiritual se iba apagando ante el brillo de lo físico y, dado que se sustraía totalmente las fuerzas de captación de la época, ya tampoco lo quiso conservar en sus signos externos. La antigua doctrina había convertido su plenitud interior en muchos principios que representaban baluartes avanzados contra el mundo; pero ahora, ya que con la vida interna del núcleo iban enfriándose también las extremidades, se abandonaron igualmente éstas, eliminándolas y desechándolas como inútiles y superfluas. Así, una vez vaciada la alta fortaleza desde el centro y abandonadas las avanzadas exteriores, la doctrina quedó relegada a las necesidades cotidianas y al campo de la vida material, quedando totalmente secularizada en su simplicista limitación. Con respecto a la disciplina se procedió por los mismos medios. También aquí se había perdido completamente el sentido y significado de la ascesis, y el convencimiento de su ineludible necesidad para el sacerdote había desaparecido por completo. Por ello, la antigua disciplina se consideró de una dureza imperdonable contra la naturaleza; por esta razón, como todo lo que se exagera, no podía conducir jamás a la meta sino más bien a la rebelión de los así maltratados, apartándolos de su camino. De esta manera, por doquier se sentían incitados a contribuir a la liberación de los oprimidos; las tensas riendas de la castidad y moral se fueron aflojando en todas partes y en algunas, incluso parcial mente soltadas, a la vez que se iba eliminando y sustituyendo en el servicio externo, la antigua y amplia toga por las clámides (clergis) más cómodas. Todo ello iba pasando, muy pronto, de la práctica individual a las instituciones; las reglas de las Órdenes religiosas y las tradiciones de todos los estamentos se fueron suavizando por doquier y en todas partes iba imponiéndose la laxa observancia frente a la estricta, incluso en los Seminarios, en los que los seminaristas se iban educando conforme a tales principios(35).

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