¿Montini, Beato? Nuevo montaje. Carta a los cardenales

Atentos a la batalla ´que ambos bandos modernistas mantienen en el Sínodo de la Familia, para ver cómo cuela mejor la tergiversación del Evangelio ante los católicos fieles, está pasando desapercibido un gesto grave: El nuevo intento de “beatificación” de Montini, el próximo día 19; Pablo VI. Digo nuevo intento, porque en su día tal impía osadía fue paralizada por la trilogía publicada por el Padre Luigi Villa (R.I.P.), donde revelaba ,con pruebas ,varios aspectos tenebrosos de la vida de Montini, que resultan ser un grave escándalo para los sencillos.

La trilogía fue remitida a todos los obispos de Italia y la mayoría de los sacerdotes, lo que logró detener el proceso ante el escándalo que hubiera producido seguir adelante. Desde entonces ha llovido mucho; además de la muerte del P. Luigi Villa (Vida del P. Villa), encomendado por San Pío de Pietrelcina para que investigase la masonería introducida dentro de la Iglesia, y confirmado por Pío XII, resultó que el espíritu de Montini alumbró el de Wojtyła, quien luego de escandalizar  a los católicos con sus actos ecuménicos sacrílegos en Asís y en todos los continentes, parió al Ratzinger filo judío, cuyo pasatiempo preferido era acudir a las sinagogas;  éste nos legó a Bergoglio, quien al parecer nada le importa, ni siquiera las mínimas formas,  para llevar a la mesa-ya no hay altares en el nuevo rito de la misa- al que concluyó un concilio lleno de errores y aprobó una liturgia protestantizante, cuya plegaria eucarística más oída- la IIª, también llamada de Hipólito- no hace referencia ni a la oblación ni a la Víctima .

Carta a los cardenales del Padre Luigi Villa

Eminencia Reverendísima,

PabloVI

Pabo VI con el Ephod del sumo sacerdotes judió

He leído en la prensa que el 11 de diciembre los Cardenales y los Obispos, superado el obstáculo de los teólogos, darán su “sí” para la beatificación de Pablo VI, no obstante jamás haber tenido, en vida, alguna fama de santidad, y haber sido, para muchos, el primer responsable de todos los problemas actuales de la Iglesia, por no decir, aún, que el resultado de su Pontificado ha sido verdaderamente catastrófico!

Séame, entonces, concedido lo que fue reportado, con letra grande, en el “Avvenire” del 19 de marzo de 1999, en la página 17, acerca de Mons. Montini: “Ruini traza el perfil del Papa (Pablo VI) que cambió la Iglesia”.

Certísimo!.. Nosotros lo habíamos demostrado con nuestra “Trilogía montiniana” (Ver aquí ,), jamás hallada ni falsa, ni poco fiable, por mis opositores, siempre limitados a burlas e insultos de plaza, sin jamás denunciar en público, el “cómo” y el “dónde”, el “por qué” nuestras argumentaciones y documentos serían contrarios a la verdad.

Ciertamente, decir la “Verdad” no es en absoluto una ofensa, ni siquiera a la persona de Pablo VI, ya entrado en la Historia, por lo cual toda su vida es objeto de estudio sin reticencias ni mistificaciones, sin ponerle la aureola sobre la cabeza, lo que significaría ponerla también en su “revolución” operada por la Masonería, a través de él, en nombre del Vaticano II.

***

Débese, entonces, presentar un esbozo de sus presuntas virtudes, necesarias para una beatificación. El cardenal Ruini, en su discurso de clausura del “Proceso diocesano”, dijo: «Su Fe resplandece a través de su persona, brilla en sus palabras. En 1967, inicia el Año de la Fe. En 1968, en el atrio de San Pedro, proclama el“Credo” del pueblo de Dios; una Fe basada en el “Credo de Nicea”». Ahora, en cuanto a esa presunta Fe, que el Cardenal calificó incluso de “apasionada”, lo desmiente el mismo Pablo VI en su famoso discurso sobre la autodemolición de la Iglesia, en el cual dijo: «La Iglesia se encuentra en una hora de interrogantes, de auto-crítica. Se diría incluso de autodemolición. Una Iglesia que, casi casi, se golpea ella misma. Todos esperan del Papa gestos clamorosos y decisivos. Pero el Papa no considera que deba seguir otra línea que no sea aquélla de la confianza en Jesucristo, que se preocupa de su Iglesia más que cualquier otro. Será Él quien calmará la tempestad».

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Detalle de la mano de Pablo VI en una escultura en el vaticano, con la estrella judía

Pero esta declaración suya suena a traición a su deber como Vicario de Cristo, el cual, para la defensa de la Fe, se sirvió siempre de sus sucesores, comenzando por San Pedro, Su primer Vicario en la tierra. Luego, ese decidido rechazo de Pablo VI a defender él mismo la Fe, fue un abierto rechazo a hacer aquello que era, en cambio, su principal deber. Por lo tanto, su política de “no intervención”, fue una abdicación a su deber de intervenir por oficio propio en esa auto-destrucción de la Iglesia, que ÉL mismo conducía. Un rechazo, entonces, que constituye un auténtico
“pecado de omisión”.

¿Cómo pensar, entonces, en querer llevar a los altares para la veneración de los fieles a un Papa que tan gravemente ha incumplido su principal deber cual es, de hecho, la defensa del “depositum fidei”?.

Pablo VI abdicó a aquéllo, no cumpliendo su tarea como “Cabeza” de la Iglesia católica para ponerse al“servicio” de la Humanidad y conciliar todas las creencias y todos los cultos en una única religión universal. Pero soñando con convertirse en el gran unificador de los pueblos, sacrificaba a la Iglesia católica, la Tradición, las Instituciones, los fieles mismos, para formar ese Movimiento de animación espiritual de la “Democracia Universal” que debe esclavizar la Iglesia al mundo.

Pablo VI, de este modo, no distinguiendo más la Iglesia de Cristo, que es “una y no dos o más”, fue el primer Papa que evocó a las comunidades religiosas cismáticas y heréticas, en su Discurso de apertura de la Tercera Sesión, el 14 de septiembre de 1964, diciendo:

«Oh Iglesias lejanas y tan cercanas a Nos!.. Oh Iglesias objeto de Nuestro sincero pensamiento! Oh Iglesias de Nuestra incesante nostalgia! Iglesias de Nuestras lágrimas!»… y anunció, luego, en muchas ocasiones, el mutuo perdón por las recíprocas culpas.

Posteriormente, Su incesante propaganda ecuménica, fue sólo para conducir al reconocimiento de las otras comunidades cristianas y no a la verdadera comunidad de salvación. Una prueba de ello es Su visita al“Consejo Ecuménico de las Iglesias”, el 10 de junio de 1969, donde fue recibido por alrededor de 234 comunidades religiosas. Aquí, Pablo VI asumió el lenguaje y participó aún de ese cisma general con esta afirmación: «la fraternidad cristiana… entre las Iglesias que forman parte del “Consejo Ecuménico y la Iglesia católica (COE)»… ignorando que no puede haber fraternidad entre la Iglesia católica y los“disidentes”. En cambio, fue Él mismo quien planteó la cuestión, diciendo: «La Iglesia católica debe hacerse miembro del “Consejo Ecuménico”». Y luego dijo: «en tan gran fraternidad, Nos no creemos que la cuestión de la participación católica en el “Consejo Ecuménico” esté madura a tal punto que sea pueda y se deba dar una respuesta positiva. La cuestión permanece aún en el campo de las hipótesis… graves implicaciones… camino largo y difícil».

Pero fue un discurso “globo-sonda”, porque, en el fondo, estaba ya Su “sí”; lo probó al decir: «El espíritu de un sano ecumenismo, que anima a los unos y a los otros… reclama, como primera condición de todo fructuoso contacto entre diferentes confesiones, que cada uno profese lealmente la propia fe»; y aquí, Pablo VI invitó a reconocer los valores positivos cristiano-evangélicos, que se encuentran en las otras confesiones y a abrirse a todas las posibilidades de colaboración… como en el campo de la caridad y de la búsqueda de la paz entre los pueblos. A la pregunta, finalmente, de si hay salvación en una o en otra de las 234 “iglesias”, miembros del “COE”, mientras la doctrina de la Iglesia católica había respondido siempre negativamente, Pablo VI, al contrario, responde afirmativamente! Esta “mens” Suya se la ve, luego, siempre cuando acoge a hebreos, musulmanes, bonzos, budistas… y buscándolos durante los “viajes apostólicos”,para el “diálogo”.

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Nueva York, 1965. Paulo VI mientras pronuncia su histórico discurso , por escándaloso a los oídos católicos, frente a la Asamblea General de la ONU.

Pero antes de Pablo VI, ningún Papa había declinado la Fe en el plural; Pablo VI, en cambio, decía que las“confesiones” se rinden homenaje mutuamente.

Durante su viaje a Uganda, Pablo VI habló de los “Mártires ugandeses”; fue, sí, a visitar estos “Mártires católicos”, pero confundidos, indiscriminadamente, con los musulmanes, con los protestantes; según Él, murieron en “espíritu ecuménico”, unidos por encima de los conflictos dogmáticos. También en su viaje a Bombay (donde los Hinduístas Le regalaron un pequeño ídolo, y los budistas Le ofrecieron un Buda!), Pablo VI no mostró ningún discernimiento entre las religiones humanas y la católica.

Y se podría continuar ampliamente sobre este tema de la Fe. Bastará mencionar, aquí, ese escandaloso gesto Suyo al entregar, con una disculpa por escrito, el “glorioso estandarte de Lepanto” a los Turcos, casi como excusándose de que no hubiesen sido dejados en libertad para ocupar toda la Europa católica y entregarla al Islam.

En cuanto a su “Credo del pueblo de Dios”, que el cardenal Ruini comparó con el “Credo de Nicea”, y que presentó como el non plus ultra de la “Fe” de Pablo VI, hay que decir, en cambio, que el llamado “Credo” recitado en público en el atrio de San Pedro, antes de formularlo, Pablo VI había hecho previamente “dos precisiones”: la primera, que Él quería dar un “firme testimonio de la verdad divina confiada a la Iglesia (y esto es laudable!), pero con la segunda precisión ponía todo en discusión, porque excluía, expresamente, que su “Credo” fuese “una definición dogmática”. De hecho, dijo:

«Nos vamos a hacer una profesión de Fe, a pronunciar un “Credo” que, sin ser una definición dogmática, (…) con algún desarrollo requerido por las condiciones espirituales de nuestro tiempo».

Ahora, esta expresión Suya, eliminaba de nuestro “Credo” católico, la firma de infalibilidad, de ser, ésta,“Verdad revelada”, de fe divina y de fe católica, atestiguada por la Sagrada Escritura y la Tradición.

En San Pedro se lee: «Inde oritur unitas sacerdotii», o sea el Papa debe ser el vínculo de la “Caridad”, y, por tanto, de la unión. En cambio, Pablo VI honraba y prefería “Aquéllos que están lejos” más que a los cercanos en la Fe, mostrando, hacia éstos, una fría amistad, admiraba el lenguaje, los ritos religiosos y las tradiciones de los “otros”, mientras perseguía a los pertenecientes a la antigua tradición católica. Las puertas de su casa estaban siempre abiertas para los teólogos aventureros, para los agitadores, para los que esparcían escándalos y herejías, no disimulando nunca, en cambio, su animosidad hacia los tradicionalistas e integristas que defendían lo que Él quería destruir. No los excomulgó porque no había motivos canónicos, pero tomaba, sin embargo, precauciones para no tener personalmente contacto directo. Lo cual es más que una excomunión, porque es “anulación”, y “supresión dialéctica” del adversario que, como el que suscribe, no se ha plegado jamás a las locuras, a los caprichos, a las distorsiones, a las extravagancias de tanto clero progresista, de obediencia servil, en llevar a término, como dijo el cardenal Garrone, “la derrota del otro partido”.

De los muchos hechos de su falsa “Caridad”, pueden leerse no pocos en mis tres libros sobre Pablo VI, respecto de su sectarismo que tenía todo el sabor del cisma. Sí, porque el cisma, siendo la separación de la Iglesia católica de una porción de los fieles, da el derecho a definirlo como un “pecado-delito” contra la Caridad, que es amor, guiado por la Fe y la Esperanza; y que implica, necesariamente, el odio contra el Reino de Dios, la Iglesia, para debilitarla y para arrancarle las almas, mediante, en efecto, escisiones y herejías! Por esto, Pablo VI no habría podido jamás lanzar ese grito:

«CHARITAS CHRISTI URGET NOS!».

***

Después de lo que he escrito sobre Pablo VI estoy obligado a poner en evidencia el profundo misterio de la“mens” de Pablo VI modernista a través de “hechos” y “dichos”, porque estos constituyen la razón de mi reacción espiritual que tanto me hace sufrir.

Dígnese, Eminencia, tomar en consideración mi trabajo, expresión de mi respeto y de mi plegaria.

                                                                                      Pbro. Luigi Villa
Firma del P. Luigi Villa

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