¿Misa Católica o misa nueva? 3ª(XIII de XVI):De S. Pío V a Pío XII: Desviaciones y reformas

Parte 3ª. LA FORMACIÓN DEL NOVUS ORDO MISSAE (N.O.M.),
LLAMADO “MISA DE PABLO VI”

DE SAN PÍO V A PÍO XII: DESVIACIONES Y REFORMAS.

Nuevas herejías del siglo XVI al siglo XIX:

jansenismo, galicanismo y quietismo.

Medio siglo después de la reforma de San Pío V, la unidad litúrgica se fisuró nuevamente. Los gérmenes del protestantismo causaron –especialmente en Francia–, la aparición de nuevos errores: el jansenismo, galicanismo y quietismo. Proponiendo una visión demasiado nacional o personalista del cristianismo, provocaban cierto rechazo de la romanidad, del rito romano y de la liturgia en general. Como buenos hijos del protestantismo, jansenistas y galicanos tendían a disminuir en el culto la expresión del Sacerdocio ministerial, de la Presencia y del Sacrificio propiciatorio78.

De esta manera “en el siglo XVIII la liturgia había dejado de ser una fuerza vital del catolicismo. La liturgia, tan admirablemente restaurada por San Pío V, había sufrido los asaltos repetidos del jansenismo y del quietismo. Los discípulos de Jansenio habían apartado a los fieles de la práctica de los sacramentos. El quietismo, que pretendía llegar a Dios directamente, había desviado a las almas de la liturgia, intermediaria querida por la Iglesia entre Dios y nosotros. Es la época en que el galicanismo triunfante componía sus liturgias diocesanas en las que el único punto de encuentro era el carácter antirromano. En Alemania, Febronio, Auxiliar de Tréveris, divulgaba estas ideas; en Italia, era el trabajo de Ricci, Obispo de Pistoya, condenado con su sínodo por Pío VI en la bula “Auctorem Fidei”, del 28 de agosto de 1794. Toda Europa se hundía pues en la “herejía antilitúrgica” cuando estalló la Revolución en Francia. El culto católico fue prohibido y reemplazado por el de la diosa Razón. El concordato de1801 devolvió la esperanza… pero ¡cuántas pruebas para  la liturgia! Al pueblo  ya no le gustaba;  el clero mismo no amaba esas ceremonias que verdaderamente ya no comprendía… tanto más  por cuanto la restauración del culto había restablecido la multiplicidad de las liturgias galicanas” 79.

Al llegar al siglo XIX una reforma era necesaria para devolverle a la liturgia, y especialmente al rito romano, su lugar central en la vida de la Iglesia. Dicha reforma fue iniciada por Dom Guéranger.

Don Guéranger y el “movimiento litúrgico”

Dom Prosper Guéranger (1805-1875), fundador de la Abadía de Solesmes, dedicó su existencia a la restauración de la liturgia romana. Su trabajo litúrgico tuvo una doble orientación:

1º Restablecer en el clero el conocimiento y amor a la liturgia romana. Con este fin, publicará a patir de 1840 las “Institutions liturgiques”, que contienen un ataque cerrado contra las liturgias neogalicanas y una maravillosa manifestación de la antigüedad y belleza de la liturgia romana.

2º. Asociar a los fieles a la celebración de la liturgia. Don Guéranger había comprendido la gran fecundidad para la vida espiritual de los fieles que lleva con sí la participación- que no hay que entenderla en el sentido de protagonismo del modernismo, como veremos- a la liturgia.

Publicará su famoso  “Año litúrgico” con el fin de hacer  descubrir las riquezas inagotables del culto de la Iglesia.

La obra de Don Guéranger fue un éxito. La fundación de Solesmes aseguró la continuación de su obra. Antes de morir tuvo el consuelo de comprobar que todas las diócesis francesas habían vuelto al rito romano y que la piedad  litúrgica ya reflorecía entre el clero  y los fieles.  Fue  el inicio  del “movimiento litúrgico”, esto es, del renuevo de fervor del clero y de los fieles por la liturgia.

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Dom Prosper Gueranger

La renovación litúrgica de San Pío X (1903-1914)

En 1903 sube a la Sede de San Pedro aquel que iba a dar al “movimiento litúrgico” un impulso definitivo: San Pío X. Dotado de una inmensa experiencia pastoral, este Santo Papa había sufrido terriblemente por la decadencia de la vida litúrgica. Pero sabe que una corriente de renovación está desenvolviéndose, y está decidido a hacer cualquier cosa para que brinde frutos. Es por ello que el 22 de noviembre de 1903 escribe su célebre Motu proprio “Tra le sollecitudini”, por el cual restaura el canto litúrgico. En este documento inserta la frase capital, que va a jugar un papel determinante en la evolución del movimiento litúrgico: “Siendo, en verdad, nuestro vivísimo deseo que el verdadero espíritu cristiano vuelva a florecer en todo y que en todos los fieles se mantenga, lo primero es proveer a la santidad y digndad del templo, donde los fieles se juntan precisamente para adquirir ese espíritu en su primer e insustituible manantial, que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”.

San Pío X no era un veleidoso. Iba a realizar enérgicamente su programa de renovación litúrgica:

– Los decretos “Sacra Tridentina” del 20 de diciembre de 1905 y ‘Quam singulari ‘ del 8 de agosto de 1810 invitan a la comunión frecuente y la comunión de los niños.

– En la Carta al Cardenal Respighi, del 14 de junio de 1905, pide que el catecismo sea completado con una instrucción sobre las fiestas litúrgicas.

– La bula “Divino afflatu”, del 1º de noviembre de 1911, promulga una reforma del breviario.

– En 1912, se constituye una comisión de reforma del misal. Pero –es interesante notarlo–, ante las tendencias destructoras ya manifestadas por algunos expertos, se tendrá que disolver dicha comisión.

Para San Pío X –como para Don Guéranger– la liturgia es esencialmente teocéntrica: es culto antes de ser enseñanza de los fieles. Sin embargo, este gran pastor subrayó un aspecto importante, pero secundario de la liturgia: es educadora del verdadero espíritu cristiano.

El movimiento litúrgico “a la deriva”: 1914-1958

Lanzado por Don Guéranger y apoyado por San Pío X, se podía esperar mucho del “movimiento litúrgico”. Sin embargo, en 1947 Pío XII lo acusa de llevar “ramas podridas”80. Algunos de sus responsables defendían tesis radicalmente opuestas a las de Don Guéranger. El movimiento litúrgico se había ido “a la deriva”; de este desvío nacerá la Misa nueva. Recorramos brevemente su historia.

A. Éxitos y frutos. El movimiento litúrgico se inició en Francia en el siglo XIX gracias a Don Guéranger. La Abadía benedictina de Solesmes, por él fundada, siguió sus huellas y contribuyó considerablemente a difundir el espíritu litúrgico. Pero la expulsión de los religiosos durante la IIIª República trasladó el centro del movimiento litúrgico a Bélgica.

Después de la guerra de 1914, muchos sacerdotes piadosos se empeñaron en asociar a los fieles al culto litúrgico. Se pudo observar:

– Una amplia difusión de los misales traducidos en idioma vernáculo (por ejemplo el misal de Don Gaspar Lefebvre).

-El interés por empapar la piedad personal del ciclo y oraciones litúrgicas.

– La restauración del canto gregoriano en las parroquias.

– La multiplicación de las misas “alternadas”, en que el pueblo canta los cantos comunes (Kyrie,Gloria, etc.) turnándose con el coro.

– La aparición de la misa rezada dialogada, en que todo el pueblo responde al sacerdote, y no sólo el acólito.

– El fomento de la comunión frecuente de los fieles durante la Misa.

(nota: Cuando D. Guerenger o San Pío X habñan de participación se refieren a esto descrito, y no que que los laicos lean la Epístola y que las mujeres pongan su pie en el presbiterio)

Todas esas iniciativas, unidas a un gran celo para formar a los fieles, contribuyeron eficazmente a desarrollar el sentido litúrgico del pueblo.

B. La contaminación: Dom Lambert Beauduin. En 1920, Dom Gaspar Lefebvre definía el apostolado litúrgico de esta manera: “Restaurar la sociedad cristiana en Cristo haciéndole: 1º) Glorificar a Dios con el ejercicio, digno y consciente, del culto que se le debe; 2º) Santificarse a sí misma con la participación activa a la liturgia, fuente primera e indispensable del verdadero espíritu cristiano”. Pero insensiblemente se van a invertir los dos fines de la liturgia. El principal autor de esta desviación fue Don Lambert Beauduin (1873-1960). Gran pionero del movimiento litúrgico, Don Lambert va a resaltar cada vez más el aspecto didáctico de la liturgia, en detrimento de su aspecto propiamente cultual. Para él, la liturgia es educadora antes de ser adoración y alabanza de Dios. Tal noción de la Misa se acerca a la visión luterana. Además, su gran interés por la conversión de los ortodoxos lo va a llevar a extrañas concesiones doctrinales. Su revista, Irenikon, predica un ecumenismo nuevo, que relativiza el dogma católico. Don Lambert se pone en contacto con los anglicanos, deseando una unión con los católicos que no sea una absorción. Sueña con una liturgia que podría unir los católicos con las otras confesiones cristianas. Por colmo, en el monasterio de Amay-sur-Meuse, fundado por él, algunos monjes católicos pasan al cisma griego.

C. La encíclica Mortalium Animos (1928). Roma tenía que reaccionar. El 6 de enero de 1928, en la encíclica Mortalium Animos, Pío XI recordaba cuál es el verdadero ecumenismo (llevar a las almas al único redil: la Iglesia católica) y condenaba el ecumenismo moderno que busca relativizar la fe católica para acercarse mejor a los hermanos separados: “la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron” (nº 16). El ejercicio de la caridad no puede hacerse callando y perjudicando la fe: “Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? (…) Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe” (nº13). La verdad revelada no puede “rendirse y entrar en transacciones con el error” (nº 11). Tampoco se puede fomentar y presenciar reuniones y asambleas interreligiosas –”multicolores” (nº 9)– ya que tales encuentros suponen “la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables” (nº 3).

Aunque no se lo nombraba explícitamente, Don Lambert comprendió que su “pastoral” y doctrina eran el objeto de las condenas. Dejó su abadía, pero siguió teniendo mucha influencia sobre el clero joven.

D. Las desviaciones litúrgicas en Alemania. Animados de celo verdadero –pero indiscreto– por la liturgia, varios clérigos de Alemania van a seguir, cada uno a su manera, las desviaciones de Don Lambert. Dom Herwegen va a preconizar un arqueologismo excesivo, al rechazar la liturgia recibida y fomentar el retorno a los ritos antiguos. Acusa a la Edad Media y a la Contrarreforma el haber insistido demasiado sobre la piedad y oración personal, en detrimento de la piedad litúrgica. De esta manera pone los funda- mentos de la piedad colectivista, condenada por Pío XII, que implica el desprecio por la oración privada y personal. Dom Odo Casel sigue sus huellas, insistiendo sobre el carácter comunitario de la liturgia. Dom Pius Parsch va a fomentar el uso del idioma vernáculo, mientras Romano Guardini publica libros sobre la liturgia, caracterizados por su imprecisión doctrinal.

Después de exitosos inicios, el movimiento litúrgico cae en una especie de fenómeno de moda, del que cada cual se apodera para transmitir ideas personales. Se tiende a olvidar su carácter esencial de adoración para destacar su aspecto educador, pastoral y comunitario. Cada vez más se considera la Misa, no como un sacrificio, sino como una asamblea de fieles a la que debe influenciar la liturgia. Mientras Dom Lambert quiere hacer de la liturgia una herramienta ecumenista de unión entre las confesiones cristia- nas, el movimiento litúrgico alemán insiste sobre el carácter colectivista de la liturgia. Estas tendencias seguirán ampliándose durante y después de la segunda guerra mundial.

E. El grito de alarma de Mons. Gröber en Alemania. En 1943, un obispo alemán, Mons. Gröber, se decide a denunciar a sus colegas obispos las desviaciones litúrgicas, que así describe:

– Tendencia al arqueologismo o a despreciar los ritos tradicionales para volver a supuestos e imaginados ritos antiguos.
– Insistencia excesiva sobre el sacerdocio general de los fieles en detrimento del sacerdocio ministerial del sacerdote.
– Insistencia sobre el aspecto “comida” de la Misa.
– Desprecio de las rúbricas litúrgicas, innovaciones indebidas.
– Insistencia sobre el aspecto “pastoral” de la liturgia; disminución de su aspecto esencial de culto y adoración.
– Oposición entre la oración personal y la oración litúrgica, llevando al desprecio la primera.
– Generalización del uso de la lengua vernácula, aun en la Misa.

 Desgraciadamente, la mayoría de los obispos alemanes habían adherido a las ideas nuevas. Minimizaron las advertencias de Mons. Gröber para tranquilizar al Vaticano. Pío XII reaccionará de todas maneras en 1947, pero los errores seguirán difundiéndose.

F. La posguerra en Francia: acentuación de la deriva. Durante la guerra se funda el Centro de Pastoral Litúrgica (C.P.L.), profundamente marcado por la influencia de Don Lambert Beauduin. Tres tendencias principales se encuentran y reúnen en el movimiento:

– La tendencia ecumenista. El R. P. Duployé O.P. confesará: “Hemos establecido contactos con los representantes de diversas iglesias cristianas (…) Dom Beauduin nos ha enseñado para siempre a no separar ecumenismo y liturgia” 81. El C.P.L. se ocupará principalmente de los protestantes, dejando de lado los ortodoxos.

– La obsesión de la pastoral litúrgica. El C.P.L. se interesa, ante todo, en la pastoral litúrgica, esto es, en la educación y al apostolado antes que en la alabanza divina.

– El desprecio de la teología. Tal menosprecio era la consecuencia lógica del ecumenismo –para acercarse a los protestantes es necesario relativizar el dogma católico– y de la obsesión pastoral – lo importante no es la doctrina sino la acción–. Conciente del peligro, el Cardenal Suhard, Arzobispo de París de 1940 a 1949, pedirá que intervenga un teólogo. Se nombrará al R. P. Tomás de Aquino O.P., que pronto renunciará, en 1944, al comprobar que a sus colegas no les interesa en absoluto la doctrina.

Sin la brújula de la teología, el movimiento se encaminaba a hacia el desastre. Hemos visto cómo Pío XI insistía sobre el lugar esencial de la fe y la doctrina en la formación de los ritos. La doctrina es la referencia, el criterio principal del desarrollo de los ritos. Descuidar la doctrina llevaba necesariamente al caos: paulatinamente se iba a considerar la Misa como una asamblea, una instrucción, una comida, la renovación de la Cena, etc. Dom Lambert podrá decir que “es por la participación en una comida, una verdadera comida en la que se rompe el pan y se pasa una copa de vino, que la obra de la Cruz se hace nuestra” 82. No se negará el aspecto sacrificial, sino que se lo relegará al segundo plano. La liturgia de la Palabra eclipsará poco a poco el Sacrificio. El humo de Lutero había penetrado en el santuario…

Pío XII condena las desviaciones: la encíclica Mediator Dei (1947)

Pío XII (1939-1958) reaccionó con la encíclica Mediator Dei, del 20 de noviembre de 1947. Lejos de condenar el conjunto del movimiento litúrgico venido de Don Guéranger, Pío XII lo apoyaba: “a fines del siglo anterior y principios del presente se despertó un interés singular por los estudios litúrgicos (…) Las augustas ceremonias del Sacrificio Eucarístico han sido mejor conocidas, comprendidas, estimadas; la participación en los Sacramentos ha sido más extensa y frecuente; las plegarias litúrgicas han sido saboreadas con mayor suavidad; el culto eucarístico ha sido considerado, como de veras lo es, centro y fuente de la verdadera piedad cristiana” (nº 4-5). Pero denunciaba con firmeza las desviaciones introducidas: “no pocos, a impulsos de su afán de novedades, se alejan de la senda de la sana doctrina y prudencia; de hecho, con la intención y el deseo de renovar la Liturgia, introducen criterios que, en teoría o en la práctica, comprometen esta causa santísima y aun a veces la contaminan con errores que atañen a la Fe Católica y doctrina ascética” (nº8). El Papa hablaba de las “ramas Podridas de un árbol sano (…) hay que cortarlas para que la savia vital sólo logre nutrir frutos suaves y excelentes” (nº 174). Las consignas eran claras:

– CONDENA EL ESPÍRITU DE NOVEDADES: “hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas” (nº 58). “Ante todo, velad para que todos, con la reverencia y fe debidas, se atengan a cuantos decretos ha publicado el Concilio de Trento, los Romanos Pontífices, la Sagrada Congregación de Ritos, y cumplan las normas que los libros litúrgicos han determinado respecto a la acción externa del culto oficial” (nº 185).

– CONDENA EL FALSO “ARQUEOLOGISMO” : “La Liturgia de los tiempos pasados merece nuestra veneración, sin duda ninguna; pero una costumbre antigua no ha de ser considerada precisamente por su antigüedad como lo mejor y más a propósito, tanto en sí misma cuanto en relación con los tiempos sucesivos y las situaciones nuevas. También son dignos de estima y respeto los ritos litúrgicos más recientes, porque han surgido bajo el influjo del Espíritu Santo” (nº 60). Propone el siguiente ejemplo, que no perdió su actualidad:  “se sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma primitiva de mesa” (nº 61).

– REAFIRMA LA DIFERENCIA ESENCIAL ENTRE EL SACERDOCIO MINISTERIAL DEL SACERDOTE Y EL SACERDOCIO DE LOS FIELES:

A- Sólo el sacerdote es ministro propio del sacrificio: “Sólo a los Apóstoles y a los que han recibido debidamente de ellos y sus sucesores la imposición de las manos les está conferida la potestad sacerdotal (…) Este sacerdocio no se transmite ni por herencia ni por descendencia carnal; no nace de la comunidad cristiana, ni por delegación del pueblo; (…) el Sacramento del Orden distingue a los sacerdotes de todos los demás cristianos no dotados de este carisma; y es que sólo ellos, por vocación sobrenatural, han entrado en el augusto ministerio que los consagra al servicio del altar y hace de ellos instrumentos divinos, por los cuales se comunica la vida sobrenatural al Cuerpo Místico de Jesucristo” (nº 40).

B. Los fieles no gozan de la potestad sacerdotal: “Empero, por el hecho de que los fieles cristianos participen en el Sacrificio Eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal (…) hay en la actualidad, Venerables Hermanos, quienes colindando con errores ya condenados, enseñan que en el Nuevo Testamento, por Sacerdocio sólo se entiende el que atañe a todos los bautizados; y que la orden que Jesucristo dio a los Apóstoles en su última Cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de los fieles y que sólo más adelante se llegó al Sacerdocio Jerárquico. Por lo cual creen que el pueblo tiene verdadero poder sacerdotal y que los sacerdotes obran solamente en virtud de una delegación de la comunidad. (…) No hay para qué explicar cuánto se oponen esos capciosos errores a las verdades que ya hemos dejado establecidas” (nº 81-83).

C. El sacerdocio de los fieles consiste en unirse interiormente a la oblación y ofrecerse como víctimas (nº 92 y 97): La verdadera participación de los fieles consiste en “inmolarse como víctimas” y tener “un ardiente deseo de configurarse estrechamente con Jesucristo que ha sufrido crudelísimos dolores (…), ofreciéndose con y por Jesucristo, Sumo Sacerdote, como una hostia espiritual”.

– REAFIRMA LA IMPORTANCIA DEL LATÍN COMO LENGUA LITÚRGICA: “hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres (…) No  sin gran dolor venimos a saber, Venerables Hermanos, que así sucede en cosas no sólo de poca, sino también de gravísima importancia; efectivamente, no faltan quienes usen la lengua vulgar en la celebración del Sacrificio Eucarístico (…) El empleo de la lengua latina corriente en una gran parte de la Iglesia es una señal manifiesta y esbelta de unidad, un antídoto eficaz contra toda corrupción de la doctrina genuina” (nº 58-59).
– REAFIRMA LA IMPORTANCIA DEL CANTO GREGORIANO POR LOS FIELES: (nº 190).

– CONDENA LA MISA-ASAMBLEA: “Algunos reprueban absolutamente las Misas que se ofrecen en privado sin la asistencia del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo modo de celebrar (…) más aún, algunos llegan a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio para que éste alcance su valor y eficacia. En estos casos se alega erróneamente el carácter social del Sacrificio Eucarístico” (nº 94-95).

– REAFIRMA EL CARÁCTER SACRIFICIAL DE LA MISA (nº 67, ya citado).

– CONDENA LA MISA-CONVITE DE LA COMUNIDAD FRATERNA:yerran aún más los que, para probar que es enteramente necesario que los fieles, junto con el sacerdote, reciban el manjar eucarístico, afirman capciosamente que aquí no se trata sólo de un Sacrificio, sino del Sacrificio y del Convite de la comunidad fraterna, y hacen de la Sagrada Comunión, recibida en común, como el punto culminante de toda la ceremonia” (nº 113).

– CONDENA LAS EXPERIMENTACIONES: “no se permita a nadie, aunque sea sacerdote, que use los recintos sagrados a su antojo como para hacer nuevos ensayos” (nº 108).

En varios otros documentos, Pío XII condenará el relativismo ecumenista, especialmente en la Encíclica Humani Generis (12 de agosto de 1950) y en el decreto del Santo Oficio De motione oecumenica (20 de diciembre de 1949). Este documento recordaba verdades muy oportunas, tanto hace 60 años como en el día de hoy: 1º) la Iglesia católica es la “única verdadera Iglesia de Cristo”; 2º) lo esencial en la historia de la Reforma de Lutero fue “el abandono de la fe católica”; 3º) en el trato con los protestantes “la doctrina católica debe ser propuesta total e integralmente; no se debe silenciar o disimular con términos ambiguos lo que enseña la verdad católica sobre la verdadera naturaleza y etapas de la justificación, la constitución de la Iglesia, el primado de jurisdicción del Pontífice Romano, la única y verdadera unión con el retorno de los cristianos separados a la única verdadera Iglesia de Cristo.” 4º) En las reuniones con los no católicos, “los obispos vigilarán que no se fomente un peligroso indiferentismo, con el falso pretexto de que hay que considerar mucho más lo que nos une y no lo que nos separa, sobre todo en las personas me- nos formadas en las cuestiones teológicas y cuya práctica religiosa es menos profunda. Se debe evitar que, por cierto espíritu, llamado hoy ‘irénico’, la doctrina católica, sean los dogmas o las verdades conexas, sea asimilada o acomodada de cierta manera a las doctrinas de los disidentes, con un estudio comparado y un vano deseo de asimilación progresiva de las diversas profesiones de fe, de manera que la pureza de la doctrina católica sea alterada, o su genuino y seguro significado oscurecido”.

Recepción de las condenas: sumisión aparente y esperanza

Ante las condenas del Papa, los innovadores aparentaron la sumisión, aplicando a la letra la táctica modernista descrita por San Pío X: “Castíguelos, si gusta, la autoridad; ellos se apoyan en la conciencia del deber, y por íntima experiencia saben que se les debe alabanzas y no reprensiones. Ya se les alcanza que ni el progreso se hace sin luchas ni hay luchas sin víctimas: sean ellos, pues, las víctimas, a ejemplo de los profetas y Cristo. Ni porque se les trate mal odian a la autoridad; confiesan voluntariamente que ella cumple su deber. Sólo se quejan de que no se les oiga, porque así se retrasa el “progreso” de las almas; llegará, no obstante, la hora de destruir esas tardanzas, pues las leyes de la evolución pueden refrenarse, pero no del todo aniquilarse. Continúan ellos por el camino emprendido; lo continúan, aun después de reprendidos y condenados, encubriendo su increíble audacia con la máscara de una aparente humildad. Doblan fingidamente sus cervices, pero con sus hechos y con sus planes prosiguen más atrevidos lo que emprendieron. Y obran así a ciencia y conciencia, ora porque creen que la autoridad debe ser estimulada y no destruida, ora porque les es necesario continuar en la Iglesia, a fin de cambiar insensiblemente la conciencia colectiva” 83.

El testimonio de un sacerdote que frecuentó asiduamente estos ámbitos en el posguerra es llamativo:”A veces se notaba una atmósfera de suficiencia y vanidad intelectual –por lo menos la viva consciencia de pertenecer a un elite; para ciertos jóvenes religiosos era un medio para lucir y asegurarse cierta elevación” 84. Soberbia y afán de novedades: tales eran, para San Pío X, las defectos llevando al modernismo: “arrástralos el vano deseo de que el mundo hable de ellos, lo cual piensan no lograr si dicen solamente las cosas que siempre y por todos se dijeron” 85.

Mientras Pío XII seguía en vida, los innovadores sabían que no podían actuar directamente. Pero la muerte del Pastor Angélico los llenó de esperanza: “Me encontraba a Chèvretogne, el nuevo “Amay”, invitado para predicar el retiro a los monjes –cuenta el P. Bouyer–. La muerte de Pío XII nos fue anunciada inopinadamente (…) Esa noche, en la celda a la que había regresado el viejo Dom Lambert Beauduin, al final de su recorrido terrestre, tuvimos con él una conversación (…): “Si eligieran a Roncalli – dijo–, todo sería salvado: sería capaz de convocar un concilio y consagrar el ecumenismo (…) tengo fe; tenemos una oportunidad; la mayoría de los Cardenales no saben lo que tienen que hacer. Son capaces de votar por él‘” 86. El 28 de oct. de 1958 se elegía a Angelo Giuseppe Roncalli como sucesor de San Pedro, con el nombre de Juan XXIII. Dom Lambert no se había equivocado: de hecho, el nuevo Papa iba a convocar un Concilio, cuyas funestas consecuencias iban a superar ampliamente los deseos innovadores del anciano benedictino.

NOTAS:

78 Por ejemplo con el rezo del Canon de la Misa en voz alta, el reemplazo de fórmulas tradicionales con fórmulas nuevas, sacadas de la Sagrada Escritura, la disminución del culto a la Santísima Virgen, etc.
79 Didier Bonneterre, El Movimiento litúrgico, cap. 1º.
80 Pío XII, Mediator Dei, nº 174.
81 Les origines du C.P.L., 1943-1949, Salvador (1968), p. 308.
82 Les origines du C.P.L., 1943-1949, Salvador (1968), p. 152.
83 San Pío X, encíclica Pascendi Dominici Gregis, del 8 de septiembre de 1907, nº 26.
84 Citado en La Messe a-t-elle une histoire, p. 121.
85 San Pío X, encíclica Pascendi Dominici Gregis, del 8 de septiembre de 1907, nº 44.
86 Un homme d‘Eglise, ediciones Castermann, p. 180.

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