Juramento anti modernista

 

JURAMENTO ANTIMODERNISTA

Motu Propio: “Sacrorum Antistitum”
Impuesto al clero en septiembre de 1910

por S.S. Pío X

Como todos ustedes saben el juramento antimodernista fue suprimido en 1967. No está mal ponernos un poco en contexto si el mundo virtual de los novusordistas y conciliares quiere adherirse al mismo de verdad, con todas las consecuencias, con todas las de la ley  y con todas las implicaciones,  y no sólo exhibirlo el juramento sin contexto,  como bandera de la blancura de un sepulcro que por dentro sólo tiene carnes pútridas, tal cual son estos auténticos cómplices de la herejía del modernismo que ha provocado la gran apostasía. De nada sirve publicarlo sin el contexto por aquellos que defienden a los que, habiendo lo jurado, se transformaron en perjuros. Es de hipócritas izar ahora esa bandera, cuando se defiende todo lo que traiciona su letra y su espíritu y a los papas conciliares que lo traicionaron: Todos, sin excepción. De nada sirve arroparse con el papel y a la vez perseguir y censurar a los que defienden lo que pretendió proteger el juramento.

Vamos a ver un juramento que todos los clérigos hacían hasta 1967. Por lo tanto, Juan XXIII, Pablo VI, Juan, Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI lo hicieron y lo traicionaron. Parece que el único que no lo hizo, porque fue ordenado en 1969, fue Bergoglio. Luego de leerlo, tendrán elementos objetivos para saber si los papas postconciliares cumplieron lo que juraon o no. Por eso antes debemos saber qué tipo de pecado comete el que jura en falso, y para ello acudimos al catecismo de San Pío X:

384.- ¿Qué pecado comete el que jura en falso? – Quien jura en falso comete pecado mortal, porque deshonra gravemente a Dios, verdad infinita, trayéndole por testigo de los falso.

400pEl juramento antimodernista tiene su origen en la lucha de San Pio X contra el modernismo y concretamente en el motu proprio Sacrorum Antistitum*. Un texto que a día de hoy sólo pueden encontrar en latín en la página de la Santa Sede según esa enfermedad que tienen algunas disposiciones de los Papas que las convierten en intraducibles para el gran público, aunque en este caso se explica porque entonces todo se publicaba en latín salvo poquísimas excepciones. En dicho documento se daban una serie de medidas encaminadas a la prevención y erradicación de la herejía modernista infiltrada en la Iglesia. Una herejía  que, a pesar de todas las condenas de los años anteriores (Decreto Lamentabili, encíclica Pascendi), seguía usando de subterfugios para infiltrarse en la Iglesia. El comienzo y el final que enmarcaban al Motu proprio eran así:

El comienzo del Motu proprio eran preclaros a este respecto:

“Nos parece que a ningún Obispo se le oculta que esa clase de hombres, los modernistas, cuya personalidad fue descrita en la encíclica Pascendi dominici gregis, no han dejado de maquinar para perturbar la paz de la Iglesia. Tampoco han cesado de atraerse adeptos, formando un grupo clandestino; sirviéndose de ello inyectan en las venas de la sociedad cristiana el virus de su doctrina, a base de editar libros y publicar artículos anónimos o con nombres supuestos. Al releer Nuestra carta citada y considerarla atentamente, se ve con claridad que esta deliberada astucia es obra de esos hombres que en ella describíamos, enemigos tanto más temibles cuanto que están más cercanos; abusan de su ministerio para ofrecer su alimento envenenado y sorprender a los incautos, dando una falsa doctrina en la que se encierra el compendio de todos los errores.

Ante esta peste que se extiende por esa parcela del campo del Señor, donde deberían esperarse los frutos que más alegría tendrían que darnos, corresponde a todos los Obispos trabajar en la defensa de la fe y vigilar con suma diligencia para que la integridad del divino depósito no sufra detrimento; y a Nos corresponde en el mayor grado cumplir con el mandato de nuestro Salvador Jesucristo, que le dijo a Pedro -cuyo principado ostentamos, aunque indignos de ello-: Confirma a tus hermanos. Por este motivo, es decir, para infundir nuevas fuerzas a las almas buenas, en esta batalla que estamos manteniendo, Nos ha parecido oportuno recordar literalmente las palabras y las prescripciones de Nuestro referido documento:

Os rogamos, pues, y os instamos para que en cosa de tanta importancia no falte vuestra vigilancia, vuestra diligencia, vuestra fortaleza, ni toleréis en ello lo más mínimo. Y lo que a vosotros os pedimos y de vosotros esperamos, lo pedimos y lo esperamos de todos los pastores de almas y de los que enseñan a los jóvenes clérigos, y de modo especial lo esperamos de los maestros superiores de las Ordenes Religiosas”.

JURAMENTO ANTIMODERNISTA

Todos los sacerdotes a partir de 1910 juraban de la siguiente manera al recibir las órdenes sagradas. Al traicionar el contenido de este juramento queda manifiesto que son herejes y con su herejía pública son suspendidos ipso facto de todo oficio eclesiástico conforme al Canon 188.4, el cual fue tomado de la Bula Cum ex apostolatus de Pablo IV y San Pío V, como refieren las distintas ediciones del CIC 1917:

Contra lo que afirman los defensores de los herejes usurpadores de la Sede Romana, el Código de Derecho Canónico no solamente conservó las condenas de la Cum ex apostolatus (Pablo IV y San Pío V) sino que además son la fuente oficial del Código. En la reproducción facsímil de un ejemplar del CIC 1917 aparece entre las referencias la famosa Bula.

Contra los que afirman que el Código de Derecho Canónico de 1917 abrogó la Bula de Pío IV, vemos que no solamente conservó las condenas de la dicha Bula:  “Cum ex apostolatus” (Pablo IV y San Pío V) sino que además son la fuente oficial del Código. En esta reproducción facsímil de un ejemplar del CIC 1917 aparece la famosa Bula que detalla  que un hereje no puede ser electo Papa.

“Yo…, abrazo y acepto firmemente todas y cada una de las cosas que han sido definidas, afirmadas y declaradas por el Magisterio inerrante de la Iglesia, principalmente aquellos puntos de doctrina que directamente se oponen a los errores de la época presente. y en primer lugar: profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser ciertamente conocido y, por tanto, también demostrado, como la causa por sus efectos, por la luz natural de la razón mediante las cosas que han sido hechas, es decir, por las obras visibles de la creación. En segundo lugar: admito y reconozco como signos certísimos del origen divino de la religión cristiana los argumentos externos de la revelación, esto es, hechos divinos, y en primer término, los milagros y las profecías, y sostengo que son sobremanera acomodados a la inteligencia de todas las épocas y de los hombres, aun los de este tiempo. En tercer lugar: creo igualmente con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, fue próxima y directamente instituida por el mismo verdadero e histórico Cristo, mientras vivía entre nosotros, y que fue edificada sobre Pedro, príncipe de la jerarquía apostólica, y sus sucesores para siempre. Cuarto: acepto sinceramente la doctrina de la fe transmitida hasta nosotros desde los Apóstoles por medio de los Padres ortodoxos siempre en el mismo sentido y en la misma sentencia; y por tanto, de todo punto rechazo la invención herética de la evolución de los dogmas, que pasarían de un sentido a otro diverso del que primero mantuvo la Iglesia; igualmente condeno todo error, por el que al depósito divino, entregado a la Esposa de Cristo y que por ella ha de ser fielmente custodiado, sustituye un invento filosófico o una creación de la conciencia humana, lentamente formada por el esfuerzo de los hombres y que en adelante ha de perfeccionarse por progreso indefinido. Quinto: Sostengo con toda certeza y sinceramente profeso que la fe no es un sentimiento ciego de la religión que brota de los escondrijos de la subconsciencia, bajo presión del corazón y la inclinación de la voluntad formada moralmente, sino un verdadero asentimiento del entendimiento a la verdad recibida por fuera por oído, por el que creemos ser verdaderas las cosas que han sido dichas, atestiguadas y reveladas por el Dios personal, creador y Señor nuestro, y lo creemos por la autoridad de Dios, sumamente veraz

 También me someto con la debida reverencia y de todo corazón me adhiero alas condenaciones, declaraciones y prescripciones todas que se contienen en la Carta Encíclica Pascendi y en el Decreto Lamentabili, particularmente en lo relativo a la que llaman historia de los dogmas.

Asimismo repruebo el error de los que afirman que la fe propuesta por la Iglesia puede repugnar a la historia, y que los dogmas católicos en el sentido en que ahora son entendidos, no pueden conciliarse con los auténticos orígenes de la religión cristiana.

Condeno y rechazo también la sentencia de aquellos que dicen que el cristiano erudito se reviste de doble personalidad, una de creyente y otra de historiador, como si fuera lícito al historiador sostenerlo que contradice a la fe del creyente, o sentar premisas de las que se siga que los dogmas son falsos y dudosos, con tal de que éstos no se nieguen directamente. Repruebo igualmente el método de juzgar e interpretar la Sagrada Escritura que, sin tener en cuenta la tradición de la Iglesia, la analogía de la fe y las normas de la Sede Apostólica, sigue los delirios de los racionalistas y abraza no menos libre que temerariamente la crítica del texto como regla única y suprema. Rechazo además la sentencia de aquellos que sostienen que quien enseña la historia de la teología o escribe sobre esas materias, tiene que dejar antes a un lado la opini6n preconcebida, ora sobre el origen sobrenatural de la tradición católica, ora sobre la promesa divina de una ayuda para la conservación perenne de cada una de las verdades reveladas, y que además los escritos de cada uno de los Padres han de interpretarse por los solos principios de la ciencia, excluida toda autoridad sagrada, y con aquella libertad de juicio con que suelen investigarse cualesquiera monumentos profanos. De manera general, finalmente, me profeso totalmente ajeno al error por el que los modernistas sostienen que en la sagrada tradición no hay nada divino, o lo que es mucho peor, lo admiten en sentido panteístico, de suerte que ya no quede sino el hecho escueto y sencillo, que ha de ponerse al nivel de los hechos comunes de la historia, a saber: unos hombres que por su industria, ingenio y diligencia, continúan en las edades siguientes la escuela comenzada por Cristo y sus Apóstoles. Por tanto, mantengo firmísimamente la fe de los Padres y la mantendré hasta el postrer aliento de mi vida sobre el carisma cierto de la verdad, que está, estuvo y estará siempre en la sucesión del episcopado .desde los Apóstoles (16); no para que se mantenga lo que mejor y más apto pueda parecer conforme a la cultura de cada época, sino para que nunca se crea de otro modo, nunca de otro modo se entienda la verdad absoluta e inmutable predicada desde el principio por los Apóstoles (17).

Todo esto prometo que lo he de guardar íntegra y sinceramente y custodiar inviolablemente sin apartarme nunca de ello, ni enseñando ni de otro modo cualquiera de palabra o por escrito. Así lo prometo, así lo juro, así me ayude Dios, etc.”

Luego continuaba el Motu proprio:

Hemos creído conveniente prescribir y recordar todo esto, mandando que se observe religiosamente; Nos vemos movidos a ello por la gravedad del mal que aumenta día a día, y al que hay que salir al paso con toda energía. Ya no tenemos que vernos, como en un primer momento, con adversarios disfrazados de ovejas, sino con enemigos abiertos y descarados, dentro mismo de casa, que, puestos de acuerdo con los principales adversarios de la Iglesia, tienen el propósito de destruir la fe. Se trata de hombres cuya arrogancia frente a la sabiduría del cielo se renueva todos los días, y se adjudican el derecho de rectificarla, como si se estuviese corrompiendo; quieren renovarla, como si la vejez la hubiese consumido; darle nuevo impulso y adaptarla a los gustos del mundo, al progreso, a los caprichos, como si se opusiese no a la ligereza de unos pocos sino al bien de la sociedad.

Nunca serán demasiadas la vigilancia y la firmeza, con que se opongan a estas acometidas contra la doctrina evangélica y contra la tradición eclesiástica, quienes tienen la responsabilidad de custodiar fielmente su sagrado depósito.

Hacemos públicas estas advertencias y estos saludables mandatos, por medio de este Motu proprio y con conciencia de lo que hacemos; habrán de ser observados por todos los Ordinarios del mundo católico y por los Superiores Generales de las Ordenes Religiosas y de los Institutos eclesiásticos; queremos y mandamos que se ratifique todo esto con Nuestra firma y autoridad, sin que obste nada en contra.

 

(TRADICIÓN DIGITAL) El Pontífice ordenaba en este documento una serie de medidas para toda la Iglesia extendidas en varios puntos al final de las cuales añadía la exigencia del referido juramento a los eclesiásticos en determinadas circunstancias pensando en principio en el profesorado, pero que acababa extendiéndose prácticamente a toda persona con cargo jerárquico en la Iglesia ya desde que asumía las sagradas órdenes mayores, cosa que obligaba a prestar el juramento. A la firma del juramento le debía acompañar la de la profesión de fe y su incumplimiento acarreaba la denuncia ante el Santo Oficio. La profesión de fe y el documento impreso con el juramento debían de de ser expuestos en un tablón de anuncios especial en las Curias episcopales y en las oficinas de todas las Congregaciones Romanas.

Por tanto el juramento estaba dentro de un contexto decididamente combativo acompañado de muchas más medidas en orden a hacer efectiva la lucha que se planteaba contra la infiltración modernista. La primera de dichas medidas, por ejemplo, enfocaba el planteamiento de los estudios eclesiásticos y decía así:

»I – Por lo que se refiere a los estudios, queremos y mandamos taxativamente que como fundamento de los estudios sagrados se ponga la filosofía escolástica.

»Ciertamente que si hay alguna cosa tratada con excesivas sutilezas o enseñada superficialmente por los doctores escolásticos; si algo no concuerda con las doctrinas comprobadas posteriormente, o que incluso de algún modo no es probable, está lejos de Nuestra intención el proponer que hoy día se siga. Es importante notar que, al prescribir que se siga la filosofía escolástica. Nos referimos principalmente a la que enseñó Santo Tomás de Aquino: todo lo que Nuestro Predecesor decretó acerca de la misma, queremos que siga en vigor y, por si fuera necesario, lo repetimos y lo confirmamos, y mandamos que se observe estrictamente por todos. Los Obispos deberán, en el caso de que esto se hubiese descuidado en los Seminarios, urgir y exigir que de ahora en adelante se observe. Igual mandamos a los Superiores de las Ordenes Religiosas. A los profesores advertimos que tengan por seguro que, abandonar al de Aquino, especialmente en metafísica, da lugar a graves daños. Un pequeño error en los comienzos, dice el mismo Santo Tomás, se hace grande al final.

papas-conciliares

La encarnación del modernismo

Ya con este primer punto, que ponía delante de todos el magisterio de León XIII en la Aeterni Patris, que marcaría el renacer del tomismo y lo que se debía entender por filosofía perenne en la Iglesia,me gustaría preguntarme por qué todos aquellos novusordistas que ponen de moda tal juramento, no se empeñan igualmente en poner de moda el resto de medidas de dicho Motu proprio. Por ejemplo, esta primera tan sencillita, que consiste en poner como fundamento de todo estudio de teología la filosofía escolástica en lugar de otras filosofías, antiguas o modernas, o, peor aún, de la ausencia de filosofía alguna o de un fundamento filosófico ubicado en la filosofía perenne de la Iglesia, que aquí es llamada escolástica o principalmente la que enseñó Santo Tomás de Aquino, cosa que el Pontífice recalca con esa cita del comienzo del De Ente et Essentia, el primer opúsculo filosófico de Santo Tomás. Podrían ir más lejos y colgar la adhesión a las 24 Tesis tomistas, aunque el grado de adhesión temo que sea tan simbólico y similar al que a estas dieron los críticos seguidores de Suárez.

Pero podemos ir igualmente al último apartado de Sacrorum Antistitum sobre la predicación y en concreto sobre la exigencia de los frutos sobrenaturales en la predicación. Son todo cosas que no se dicen, quizás porque es más bonito poner un juramento aislado y descontextualizado a modo de panacea que contemplar el conjunto de medidas que acompañan a dicho juramento y hacen efectiva la lucha contra el modernismo en la propia vida eclesial. Esto me hace pensar que el juramento es en estas personas algo más simbólico que otra cosa. Seguramente un símbolo de su “ortodoxia”.

¿Pero puede decirse realmente que una persona es ortodoxa por usar a modo de bandera del juramento antimodernista?

No voy a entrar al fuero interno de cada uno, pero sí a una reflexión sobre lo curioso que resulta que esta iniciativa haya salido del mundo neocón (novusordistas y cómplices del conciliábulo vaticano II y del magisterio herético posterior, como en la infocatolica de Iraburu o Religión liberal o en libertad, que tanto monta monta tanto) y sea repetida sistemáticamente a modo de mantra de una afirmación de su “ortodoxia”, que no es otra cosa que complicidad con los herejes

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Un comentario en “Juramento anti modernista

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