La revolución de los fines del matrimonio

La inversión de los fines del matrimonio, propia de los modernistas ya desde antes del Concilio Vaticano II, vino a triunfar en este evento, que luego se materializó  jurídicamente en el nuevo Código de Juan Pablo II, a la vez que esta enseñanza se divulgaba en la Iglesia a través del nuevo Catecismo de la Iglesia obra también de Wojtyła. Este cambio respecto a la tradición supuso una revolución que disparó entre los católicos conservadores la práctica de la anticoncepción natural y en los más progresistas, incluso la artificial. Un artículo relacionados que hemos publicados puede leerlo aquí: La condenación de la anticoncepción natural

MODERNOS ERRORES CONTRA LOS FINES DEL MATRIMONIO

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[Fuente: Padre Ceriani/Rad. Cristiandad] ¿Qué hay que pensar de ciertas teorías modernas que pretenden un cambio de valores en los fines del matrimonio?

Ya sabemos cuál es la enseñanza de la Iglesia. Los modernistas, desde la década de 1920, procuran poner como fin primario del matrimonio el amor recíproco de los cónyuges, que alcanzaría su máximo exponente en su unión carnal.

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Padre Ceriani

Para estos ideólogos, la procreación, más que el fin primario, no es sino una consecuencia del amor entre los cónyuges, que es para ellos el verdadero fin primario y esencial.

La Iglesia ha rechazado explícitamente semejantes novedades, que llevan lógicamente a las mayores aberraciones.

La Iglesia ha enseñado la distinción de los dos fines, su jerarquización y la subordinación del secundario al primario. Esto consta por las enseñanzas de Pío XII en diferentes ocasiones y por la formal y terminante declaración del Santo Oficio en 1944.

Retomemos las frases más importantes de la alocución de Pío XII, publicada en la entrega anterior:

Se trata de una grave inversión del orden de los valores y de los fines puestos por el mismo Creador.

La verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida.

Los otros fines, aunque también los haga la Naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados.

Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1).

Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (S.C.S. Officii, 1 abril 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103).

No sólo la actividad común de la vida externa, sino también todo el enriquecimiento personal, el mismo enriquecimiento intelectual y espiritual, y hasta todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto por la voluntad de la naturaleza y del Creador al servicio de la descendencia.

Decid, pues, a la novia o la recién casada que viniere a hablaros de los valores personales, que tanto en la esfera del cuerpo o de los sentidos, como en la espiritual, son realmente genuinos, pero que el Creador los ha puesto en la escala de los valores, no en el primero, sino en el segundo grado.

Si la naturaleza hubiese mirado exclusivamente, o al menos en primer lugar, a un recíproco don y posesión de los cónyuges en el gozo, en la delectación, y si hubiese dispuesto aquel acto sólo para hacer feliz en el más alto grado posible su experiencia personal, y no para estimularles al servicio de la vida, entonces el Creador habría adoptado otro designio en la formación y constitución del acto natural.

Ahora bien, éste es, por el contrario y en suma, totalmente subordinado y ordenado a aquella única grande ley de la generatio et educatio prolis; es decir, al cumplimiento del fin primario de matrimonio como origen y fuente de la vida.

Algunos querrían alegar que la felicidad en el matrimonio está en razón directa del recíproco goce en las relaciones conyugales.

No: la felicidad del matrimonio está en cambio en razón directa del mutuo respeto entre los cónyuges aun en sus íntimas relaciones; no como si ellos juzgaran inmoral y rechazaran lo que la naturaleza ofrece y el Creador ha dado, sino porque este respeto y la mutua estima que él engendra es uno de los más eficaces elementos de un amor puro, y por eso mismo tanto más tierno.

Estas enseñanzas Nuestras no tienen nada que ver con el maniqueísmo y con el jansenismo, como algunos quieren hacer creer para justificarse a sí mismos. Son sólo una defensa del honor del matrimonio cristiano y de la dignidad personal de los cónyuges.

He aquí, ahora, el texto íntegro del Decreto del Santo Oficio a que alude el Pío XII:

“Sobre los fines del matrimonio y su relación y orden, han aparecido en estos últimos años algunos escritos que afirman o que el fin primario del matrimonio no es la procreación de los hijos o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son independientes del mismo.

En estas elucubraciones, unos asignan un fin primario al matrimonio; otros, otro; por ejemplo: el complemento y perfección personal de los cónyuges por medio de la omnímoda comunión de vida y acción; el fomento y perfección del mutuo amor y unión de los cónyuges por medio de la entrega psíquica y somática de la propia persona, y otros muchos por el estilo.

En estos escritos, se atribuye a veces a palabras que ocurren en documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin primario y secundario), un sentido que no conviene a estas voces según el uso común de los teólogos.

Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbres; mirando de apartarlas, los Emmos. y Rvmos. Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda:

“Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes.”

, decretaron debía responderse:

Negativamente.

El día 30 de dicho mes y año, Su Santidad aprobó y mandó publicar ese Decreto”.

(Acta Apostolicæ Sedis 36 (1944) 103; cf. Denzinger 2295. El decreto lleva fecha del 1º de abril de 1944.)

Podría pensarse que la concepción personalista del matrimonio, que invierte los fines y antepone el bien de los esposos al bien de la prole, solamente tiene influencia en el plano meramente especulativo, lo cual ya es muy grave. Pero, leyendo el Nuevo Código de Derecho Canónico y la jurisprudencia postconciliar, se descubre que es sobre esta concepción que se basan la mayor parte de las causas de nulidad en el derecho eclesiástico conciliar.

Por lo tanto, es fácil comprender aquellos Caveatis !, Caveatis ! (¡Cuidado!, ¡Cuidado!) pronunciados por el Cardenal Browne.

En efecto, fue grande la emoción en medio del aula conciliar cuando todas las miradas convergieron en el General de la Orden de Predicadores, que prosiguió:

“Si aceptamos esta definición, nos oponemos a toda la Tradición de la Iglesia y vamos-a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia”.

Era el 29 de octubre de 1964, fecha en que los Padres del Concilio empezaron a discutir el artículo 21 de la Constitución Gaudium et spes (la Iglesia en el mundo moderno), consagrado al matrimonio y a la familia.

En dicho artículo se omitió voluntariamente el uso de las expresiones “fin primario” y “fin secundario”, y el cardenal Leger, arzobispo de Montreal, intervino ese mismo día para felicitar a los autores del esquema por haber omitido esta distinción de los fines.

Ante éstas y otras intervenciones, el Prefecto del Santo Oficio, el Cardenal Ottaviani, manifestó al día siguiente su estupefacción:

“Ayer se dijo en este Concilio que la posición adoptada hasta hoy en cuanto a los principios que rigen el Matrimonio era dudosa. ¿Significa esto que debe ponerse en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿Acaso el Espíritu Santo no ha estado con su Iglesia durante siglos pasados para iluminar las inteligencias en este punto de doctrina?”

La lucha sólo estaba empezando; pero se puede decir que el combate se desarrolló en medio de la indiferencia de la mayor parte de los Obispos, que parecían no darse cuenta del peligro.

Al final del debate, se llevó a cabo una nueva revisión del texto, que se distribuyó el 12 de noviembre, el cual podía ahora interpretarse de manera que dejaba la libertad a los esposos de usar los medios anticonceptivos artificiales para limitar el número de hijos, siempre y, cuando tuviesen en vista mantener el amor conyugal.

El conjunto del capítulo sobre el matrimonio fue aprobado de este modo.

En ese momento, el mismo Pablo VI se decidió a intervenir: recordó la condenación de los anticonceptivos artificiales, suprimió la palabra “también” en una frase que dejaba suponer que la procreación era solamente un fin secundario del matrimonio, mencionó como “los principales documentos sobre el tema de la regulación de los nacimientos” la Encíclica de Pío XI Casti connubii y el Discurso de Pío XII a las comadronas y recomendó a los esposos la práctica de la castidad conyugal.

El cardenal Leger protestó contra estas rectificaciones, pero Pablo VI le expresó que eran obligatorias.

Al ver que no podían eliminarlas, intentaron suavizarlas: donde se condenaban los “anticonceptivos artificiales”, se habló de “prácticas ilícitas contrarias a la generación humana”, sobrentendiendo que pueda haberlas que sean lícitas; y se suprimieron las referencias al documento de Pío XII.

El esquema final ofrece gran disparidad de interpretaciones.

Así, en un pasaje del artículo 48 ya no existe la tradicional distinción entre fin primario y fin secundario:

“Por su índole natural, la institución del matrimonio y del amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia”.

Este texto está retomado casi exactamente en el número 50:

“El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole”.

La cuestión se agrava en el artículo 49, que considera el amor conyugal fuera de su primera finalidad, que es la transmisión de la vida:

“Este amor, por ser específicamente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal (…) Este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud”.

Como complemento, el artículo 50 tiene un pasaje muy ambiguo:

“Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres (…) De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado [non posthabitis, en el original] los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia. En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes”.

Cabe preguntarse: la prole, “los hijos”, ¿constituye solamente “el don más excelente del matrimonio” o es el fin primario establecido por el Creador para la institución matrimonial?

Al no existir más la distinción entre fin primario y fin secundario, y, por consiguiente, al haber nivelado y desjerarquizado los fines, ¿qué sentido tiene decir non posthabitis sin dejar de lado los demás fines del matrimonio”? ¿Cuál es el fin que no debe posponer los demás?

Recordemos que Pío XII había enseñado que “Los otros fines, aunque también queridos por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados”.

Como consecuencia de la ambigüedad antecedente, se explica de un modo muy confuso este deber que tienen los esposos de transmitir la vida:

“Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión, y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia”.

¿Cuál es la misión que deben cumplir los esposos y sobré qué deben formarse un juicio recto, si en primer lugar se pone el propio bien personal y no el bien de los hijos?

“Todo enriquecimiento personal (…) ha sido puesto (…) al servicio de la descendencia”, enseñó Pío XII. Y agregó: “solamente por motivos graves los esposos pueden substraerse al deber, que la naturaleza y el Creador les impone”.

wswswsLas consecuencias de esta doctrina conciliar fueron graves. La nivelación y desjerarquización de los fines del matrimonio permitió a muchos obispos cambiar la enseñanza de la Iglesia. En efecto, si el perfeccionamiento de los esposos y la transmisión de la vida son dos fines igualmente importantes, puede aparecer el llamado “conflicto de deberes” y se puede recurrir de manera indiscriminada a la anticoncepción.

Pero si, como siempre ha enseñado la Iglesia, la transmisión de la vida es el fin primario del matrimonio, al que se subordina el perfeccionamiento de los esposos, la anticoncepción indiscriminada queda totalmente excluida.

Cuando hablamos aquí de anticoncepción, se entiende, evidentemente, la realizada por métodos naturales, porque la anticoncepción artificial está absolutamente prohibida, porque no sólo atenta contra el fin primario del matrimonio, sino que también desnaturaliza el acto procreador.

Ya veremos en otra entrega, Dios mediante, qué hay que pensar sobre la anticoncepción indiscriminada y la utilización de los períodos infecundos de la mujer como método anticonceptivo.

Durante el Concilio se perfilaba, pues, un nuevo concepto del matrimonio, todavía no muy claro, pues no se da una definición, sino de una imprecisión voluntaria.

Poco tiempo después llegó el nuevo Código de Derecho Canónico, publicado por Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, Esta nueva legislación pretende ser, según las palabras mismas de Juan Pablo IIun gran esfuerzo por traducir a lenguaje canónico la doctrina eclesiológica conciliar.

¿Podía pasar desapercibido en esta legislación el nuevo concepto de matrimonio? Evidentemente que no. Por eso, el nuevo Código de Derecho Canónico constituye una auténtica revolución, en el sentido estricto de la palabra, un cambio radical.

El canon 1055, que define el matrimonio, se caracteriza por la falta de distinción entre los fines del matrimonio, por su desjerarquización y por la ausencia de subordinación del segundo al primero, con el agravante de que aquél que era tenido por secundario aparece nombrado en primer término:

“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, está ordenada por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole”

Resulta interesante leer los comentarios sobre este punto de la Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.):

“La finalidad de la alianza matrimonial viene indicada en el mismo párrafo: ordenada al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Supone un cambio, casi radical, en relación con la doctrina mantenida hasta el Concilio Vaticano II. El canon anterior establecía una clasificación jerárquica de los fines del matrimonio, distinguiendo entre fin primario y fines secundarios. Esta clasificación fue reformada en el documento conciliar (…) cuando se negó afirmar y establecer una categoría jerárquica de dichos fines…”

Para concluir, releamos este texto de Monseñor Marcel Lefebvre, tomado de su libro Carta Abierta a los Catolicos Perplejos:

En el caso del matrimonio, el problema se ha planteado igual. El matrimonio siempre se ha definido por su fin primario: la procreación; y por su fin secundario: el amor conyugal.

Pues bien, en el Concilio, quisieron cambiar esta definición y decir que ya no había un fin primario, sino que los dos fines que acabo de mencionar valen igual.

El que propuso este cambio fue el cardenal Suenens y aún me acuerdo cómo el cardenal Brown, superior general de los dominicos, se levantó para decir: «Caveatis, caveatis!: [¡Cuidado, cuidado!] Si aceptamos esta definición, vamos a ir contra toda la Tradición de la Iglesia y a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia».

Entonces citó varios textos para apoyar su advertencia y se suscitó una gran emoción en la basílica de San Pedro. El Santo Padre le pidió al cardenal Suenens que moderara los términos que había empleado e incluso que los cambiara.

Pero de todos modos, la Constitución pastoral Gaudium et Spes no deja de tener un párrafo ambiguo, en el que se pone el acento en la procreación «sin subestimar por eso los otros fines del matrimonio».

El verbo latino posthabere se puede traducir: «sin colocar en segundo lugar los otros fines del matrimonio», que significa ponerlos a todos al mismo nivel.

Así es como quieren entender hoy el matrimonio, y todo lo que se dice de él tiene que ver con la falsa noción que expresaba el cardenal Suenens.

Según ella, el amor conyugal —que no ha tardado en llamarse simplemente y de manera mucho más cruda “sexualidad”— es el primero de los fines del matrimonio.

Consecuencia: en nombre de la sexualidad todo está permitido: anticoncepción, control de natalidad y, finalmente, el aborto.

Una mala definición basta para provocar un desorden total.

La Iglesia, en su liturgia tradicional, le hace rezar al sacerdote: «Señor, asistid con vuestra bondad a las instituciones que habéis establecido para la propagación del género humano…»

La Iglesia había escogido el trozo de la Epístola de San Pablo a los Efesios que precisa las obligaciones de los esposos y explica que sus mutuas relaciones son una imagen de las relaciones que unen a Cristo con su Iglesia.

Pero ahora, con mucha frecuencia, se invita a futuros esposos a que compongan su Misa, sin obligarlos a elegir una epístola de la Sagrada Escritura. Así que, en lugar de ese texto, pueden poner cualquier otro, o un pasaje del Evangelio que no tenga ninguna relación con el sacramento que van a recibir.

El sacerdote, en su sermón, procura no hablar de las obligaciones de los esposos, para no presentar una imagen poco atrayente de la Iglesia y, a veces, por no chocar a los divorciados que están en la ceremonia.

ESTUDIOS DOCTRINALES:

EL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL

image126El Código de Derecho Canónico dice expresamente que “El matrimonio lo produce el consentimiento entre personas hábiles según derecho, legítimamente manifestado; consentimiento que por ninguna potestad humana puede suplirse” (canon 1081 § 1.).

El matrimonio es un contrato; por lo tanto, el consentimiento de las partes es absolutamente necesario por derecho natural.

Los contrayentes, con su consentimiento, son los que realizan el matrimonio; son sus ministros.

Pío XI, en su Encíclica Casti connubii, enseña:

“Quede asentado, en primer lugar, como fundamento firme e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina; que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de la misma, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges.

Esta es la doctrina de la Sagrada Escritura, ésta la constante tradición de la Iglesia universal, ésta la definición solemne del santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras del texto sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios.

Mas aunque el matrimonio sea de institución divina por su misma naturaleza, con todo, la voluntad humana tiene también en él su parte, y por cierto nobilísima, porque todo matrimonio, en cuanto que es unión conyugal entre un determinado hombre y una determinada mujer, no se realiza sin el libre consentimiento de ambos esposos, y este acto libre de la voluntad, por el cual una y otra parte entrega y acepta el derecho propio del matrimonio [Cf. C.I.C. c. 1081, §2],
es tan necesario para la constitución del verdadero matrimonio, que ninguna potestad humana lo puede suplir
[Cf. C.I.C. c. 1081, §1].

Es cierto que esta libertad no da más atribuciones a los cónyuges que la de determinarse o no a contraer matrimonio y a contraerlo precisamente con tal o cual persona; pero está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio, de tal suerte que si alguien ha contraído ya matrimonio se halla sujeto a sus leyes y propiedades esenciales.

Y así el Angélico Doctor, tratando de la fidelidad y de la prole, dice: “Estas nacen en el matrimonio en virtud del mismo pacto conyugal, de tal manera que si se llegase a expresar en el consentimiento, causa del matrimonio, algo que les fuera contrario, no habría verdadero matrimonio” [Suma TeológicaIII Suplem., q. 49, a. 3].

Por obra, pues, del matrimonio, se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable.

Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la vida doméstica.

De donde se desprende que la autoridad tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones torpes que se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas, y, como quiera que se trata de un asunto que fluye de la naturaleza misma del hombre, no es menor la certidumbre con que consta lo que claramente advirtió Nuestro Predecesor, de s. m., León XIII
[Enc. Rerum novarum]: No hay duda de que, al elegir el género de vida, está en el arbitrio y voluntad propia una de estas dos cosas: o seguir el consejo de guardar virginidad dado por Jesucristo, u obligarse con el vínculo matrimonial. Ninguna ley humana puede privar a un hombre del derecho natural y originario de casarse, ni circunscribir en manera alguna la razón principal de las nupcias, establecida por Dios desde el principio: “Creced y multiplicaos”.

Hállase, por lo tanto, constituido el sagrado consorcio del legítimo matrimonio por la voluntad divina a la vez que por la humana: de Dios provienen la institución, los fines, las leyes, los bienes del matrimonio; del hombre, con la ayuda y cooperación de Dios, depende la existencia de cualquier matrimonio particular —por la generosa donación de la propia persona a otra, por toda la vida—, con los deberes y con los bienes establecidos por Dios.”

Queda claro, pues, que “todo matrimonio, en cuanto que es unión conyugal entre un determinado hombre y una determinada mujer, no se realiza sin el libre consentimiento de ambos esposos”.

Por esa razón, enseña Pío XI que “por obra del matrimonio se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable.”

El consentimiento de los cónyuges es, pues, la causa eficiente del matrimonio; y de dicho contrato resulta el vínculo permanente.

Por eso el Código de Derecho Canónico expresa que “Para que pueda haber consentimiento matrimonial es necesario que los contrayentes no ignoren, por lo menos, que el matrimonio es una sociedad permanente entre varón y mujer para engendrar hijos” (canon 1082, § 1.).

Ahora bien, ¿en qué consiste el consentimiento matrimonial?

El Código de Derecho Canónico responde: “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual ambas partes dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole” (canon 1081 § 2.).

El canon expone las condiciones que, por derecho natural, debe tener este consentimiento:

1ª) Un acto de la voluntad.

2ª) Mutuo y recíproco.

3ª) Consistente en la entrega y aceptación, también mutuas y recíprocas.

4ª) Del derecho perpetuo y exclusivo.

5ª) Sobre los cuerpos de los contrayentes.

6ª) En orden a engendrar hijos.

Este consentimiento, aunque de suyo supone conocimiento por parte de la inteligencia, es un acto de la voluntad; y debe ser interno, y también exteriormente manifestado.

Si el consentimiento reúne todas estas condiciones y se manifiesta exteriormente, es naturalmente válido.

Si carece de alguna de las condiciones que por derecho natural se requieren, el consentimiento es naturalmente inválido e ineficaz en absoluto.

Damos algunas explicaciones complementarias a cada una de las condiciones enumeradas por el Código:

1ª) Un acto de la voluntad.

De tal modo que no bastaría la simple manifestación externa, si la voluntad no consintiera interiormente. Sin este consentimiento interior, sincero y auténtico, el matrimonio sería, por derecho natural, absolutamente nulo e inválido.

2ª) Mutuo y recíproco.

Puesto que, tratándose de un contrato bilateral, sería nulo e inválido si una sola de las partes, pero no ambas, cumpliera las condiciones para realizarlo.

3ª) Consistente en la entrega y aceptación, también mutuas y recíprocas.

No bastaría que una de las dos partes diera a la otra él derecho sobre el propio cuerpo si esta otra no lo acepta, y viceversa.

4ª) Del derecho perpetuo y exclusivo.

El derecho, en el sentido estricto y riguroso de la palabra; de suerte que se cometería unainjusticia,
si se negara, sin causa razonable que lo justifique, el ejercicio de este derecho al cónyuge que lo pida legítimamente.

No debe confundirse, sin embargo, el derecho radical —que es esencial al matrimonio— con el uso efectivo del mismo, al que pueden renunciar los cónyuges de común acuerdo.

Perpetuo, como consecuencia de la intrínseca indisolubilidad
del vínculo matrimonial una vez contraído legítimamente.

Exclusivo, en virtud de la unidad del matrimonio, que es una de sus propiedades esenciales.

5ª) Sobre los cuerpos de los contrayentes.

Estas palabras expresan el objeto esencial del contrato matrimonial, según aquellas palabras de San Pablo: “La mujer no tiene potestad sobre su cuerpo, sino el marido; e igualmente el marido no tiene potestad sobre su cuerpo, sino la mujer” (I Cor. 7,4).

Esta es la razón por la que, si uno de los cónyuges abusa a solas de su propio cuerpo o lo entrega a otra persona distinta de su legítimo cónyuge, no sólo peca contra la castidad, sino también contra lajusticia, puesto que hace uso de lo que no le pertenece a él, sino a su legítimo cónyuge.

Ni siquiera un cónyuge puede autorizar al otro para estos actos, ya que el derecho exclusivo sobre el propio cónyuge es irrenunciable por la misma naturaleza del contrato matrimonial.

6ª) En orden a engendrar hijos.

Las palabras en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole indican lo que constituye el fin primario del matrimonio; y ellas expresan, además, con admirable precisión y exactitud las cosas que son lícitas o ilícitas entre los cónyuges, que pueden reducirse a este solo principio fundamental: Son lícitos todos aquellos actos que de suyo son aptos para engendrar prole; y son ilícitos e inmorales todos los que, de suyo, no son aptos para ese fin (actos solitarios, onanismo, actos contra natura, etc.).

Para completar este tema, es necesario saber que el Nuevo Código de Derecho Canónico, del año 1983, ha cambiado el objeto del consentimiento matrimonial, constitutivo esencial del matrimonio.

En efecto, el canon 1057 § 2., dice: “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio”.

Recordemos lo enseñado por la doctrina católica, y ya transcrito dicho más arriba: “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual ambas partes dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole” (canon 1081 § 2.).

Por lo tanto, según el nuevo concepto del matrimonio, el objeto del consentimiento matrimonial ya no es, como lo enseña la doctrina tradicional, “el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo
[del cónyuge]
en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole”, es decir, la procreación, fin primario del matrimonio, sino la persona misma de los esposos.

Los comentaristas de la B.A.C., sin ningún pudor, dicen: “Así se supera la restricción operada por el Código anterior, cuando parecía limitar el objeto del consentimiento matrimonial (…) con una finalidad específica”, es decir, la generación.

Para esta nueva concepción del matrimonio, lo que cuenta esencialmente, lo que constituye el objeto central del matrimonio, es el “consorcio de toda la vida”, mientras que en la doctrina tradicional este elemento, aunque pertenece normalmente al matrimonio, es secundario.

Todo esto implica la noción personalista del matrimonio, e influye en la designación, jerarquización y orden de los fines del mismo. Dos temas importantes que, Dios mediante, trataremos en otras entregas.

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