La homosexualidad y el sacerdocio

En la Instrucción (1) del Papa, Benedicto XVI, fechada el 4 de noviembre de 2005, se define a la homosexualidad como peligrosa contradicción con respecto a la vocación sacerdotal en la Iglesia Católica. Calificación necesaria, por oportuna, y respaldada con las cartas, homilías y numerosos documentos desde el tiempo de los Apóstoles y Padres de la Iglesia. Gracioso es que los mismos que antes multiplicaron la reproducción de noticias sobre la pederastia rechacen ahora la supuesta “intolerable intolerancia” de esta Instrucción adversa a la homosexualidad. (2)

Si nos ceñimos al meollo religioso la actitud de la Iglesia frente a la homosexualidad es muy sencilla de entender. Pero antes de explicarnos conviene señalar algunos engaños que nos colocó la llamada teología progresista. Que no es teología ni, aunque así nos empeñáramos en llamarla, tampoco sería de la Iglesia. Uno de sus más relevantes engaños es interpretar nuestra fe y entender su moral bajo la sola luz de la criatura; esa fijación concupiscente por hospedarnos en el Punto Omega teilhardiano. Asimismo la demagogia de los teólogos “de ideas avanzadas” (suponiendo avance resucitar postulados del s.XVIII) menosprecia nuestro destino eterno, en tanto que criaturas, y nos escamotea nuestra condición de redimidos por Jesucristo, en cuanto que católicos.

El “Arzobispo Primado” Karl Rodig de la secta “Iglesia católica ecuménica de Cristo” ha sido invitado a la misa inaugural y ha disertar en charlas del Sínodo de la familia 2014.¿Quién es Karl Rodig? es el jefe de una iglesia gay cristiana que fundó en 1998 llamada “La Iglesia Católica Apostólica Romana Reformada” que, luego de “recibir Iglesias de diferentes ritos católicos” en 2007, se decidió mediante el consenso, llamarse “La Iglesia Católica Ecuménica de Cristo”. Esta “iglesia” tiene como peculiar “carisma” el de hacer apología a la sodomía, de promover las uniones contranatura con “bendición” incluida. Este “arzobispo” ha tenido espacio para disertar y participar en actividades del Sínodo sabiéndose de su aberrante mezcla de cristianismo con homosexualidad.

Los jesuitas Rahner y Teilhard, junto al eterno frustrado Martini (q.e.p.d), como kamikazes desviaron su mira del Dios encarnado hacia el hombre endiosado, tal que inocente emanación sin mancha alguna de soberbia o egoísmo. (Esta afición a escaparse del dogma oculta sin duda complicaciones subconscientes de entre las que la homosexualidad no es la menor.) La pastoral de no pocos prelados (?) ante la homosexualidad, resbalando de la tolerancia a la misericordia y de ésta a la protección, es fruto natural de la nueva glorificación de la criatura, desprendida de y difundida por la Nueva Compañía de Jesús -«¡Jesús qué Compañía!»- y las cosechas marxistas previamente trabajadas por su prepósito general el P. Arrupe. Gran catástrofe, y a la vez venturoso destape, es que entre los papables que se barajaban para el cónclave que siguió a la renuncia de Benedicto XVI fuese elegido finalmente el candidato más populista, edición aumentada de las enseñanzas de los citados, el también jesuita Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.

Paso ahora a la reflexión central sobre esta incompatibilidad entre homosexualidad y sacerdocio católico. Si sorprendente es que un fiel seglar, p. ej., este que les escribe, defienda y confirme esa incompatibilidad, más lo es que en la Iglesia actual se permitan propuestas locas que quieran impugnarla pregonando un disparatado “derecho de los homosexuales al sacerdocio”. El hecho probado es que la homosexualidad es una atracción hacia el mismo sexo no originada en un enamoramiento transitivo sino en el deseo “homologador” del propio ego. Se trata de un egoísmo escondido, un buscarse a sí mismo en la idolatría del placer sexual como vía de autoafirmación, lo cual le inhabilita para el Sacramento del Orden. Ese amor de sí mismo, ese amor “in-vertido”, aparta al homosexual del sacerdocio porque es imposible unirlo a la persona de Cristo -in persona Christi- que es Quien ejerce los sacramentos. Muy especialmente el de la Eucaristía y el Santo Sacrificio.

Pero, por el honroso deseo de ser compasivos y buenos prójimos nos preguntamos cómo debemos acoger a aquellos que no se gustan en su rijosidad y coprofilia. Los que se ven atrapados en exclusivos círculos corporativos y que, superándose a ellos, quisieran ser sacerdotes católicos y para ello acomodan. Sinceramente, para esto son inútiles las recetas de ‘misericordina’ que Pedro, el Romano, -“sólo soy el Obispo de Roma” – nos propone repartir. Es como si a los estreptococos que enferman todo un organismo les ofreciéramos nuestra compasión y no la penicilina que los echa afuera a todos. (¡Ay! Los pobres estreptococos a los que se les conculcan sus “derechos esenciales de existir”.)

Por cierto, la palabra misericordia significa “poner el corazón con el que es miserable”; es decir, compadecerse de la miseria ajena. Pero, ¿compadecernos de una desgracia nos obliga a adoptarla? Cuando alguien se hunde en un pozo de arenas movedizas ¿la misericordia consiste en echarnos al pozo a morir con él? ¿La misericordina con el drogadicto es hacernos nosotros drogadictos? Señores, el Talmud ha infectado de pederastia – peste horrenda que solo se combate con fuego – a la Iglesia católica… después de apoderarse de su economía. Ahora viene el gran paso de emponzoñar lo más sagrado, su sacerdocio. ¿Son dignos de vestir el cárdeno recuerdo del martirio quienes declaran que los homosexuales tienen dones y virtudes que ofrecernos? No; claro que no. Porque una cosa es reconocer humildemente la debilidad de nuestra condición y, otra, reclutar como sacerdotes de la Iglesia a los afectados con la involución homosexual.

Jesucristo, el mejor de los jueces, pues sabe de toda conciencia, ya hará con cada vida lo que a Él le mueva, pero nosotros, la Iglesia, no podemos. Hemos de preservarla del mal y reservar para Dios todo honor y toda gloria. Esto no es crueldad con nadie, es profilaxis y salud. Es también, no lo orillemos, la consecuente y fatal boutade hija de un Concilio engañoso que después de medio siglo sigue todavía en entredicho. Lo que nos destaca que lo que sí es crueldad, a la par que loca blasfemia, es dejar a la Iglesia a merced de semejantes irrefrenables prosélitos del vicio y de la villanía, por muy obispos que se tengan. Por cierto, a esos obispos del ‘Sínodo del progreso’ ¿nadie les suspende a divinis…? Como mínimo eso, porque lo debido sería tirarles de cabeza al Tiber.

El apologeta de la sodomía y de promover las uniones contranatura con “bendición” incluida en eventos del Sínodo

He citado de pasada el proselitismo. Curiosa paradoja de este siglo resulta que se nos proponga renunciar al apostolado y que parezca justo, equitativo y saludable el proselitismo homosexual. ¡Qué progreso…! La ONU, el Presidente de los EE.UU., la señora Clinton, los mass media, el originalísimo “Obispo de Roma”, el Sínodo… ¡de la Familia! Hay que pellizcarse para saber que no es una pesadilla.

Empiezan a oírse voces sobre si tal vez debería instituirse en la Iglesia algo parecido al Santo Oficio con delegación directa del Papa –¿Cuál papa, oiga? ¿Quién? ¿Dónde está?- pues es de meridiana evidencia que la ambición de carrera, la ingeniería financiera, las sociedades secretas y la homosexualidad conforman en su cuerpo una pócima mortal.

El presente artículo ha sido publicado originalmente con el título La homosexualidad y el sacerdocio católico© aquí. La imágenes y el desvanecimiento de la palabra “papa” no están en el original

___________

(1)
Link vinculando al documento vaticano referido.

(2)
Link vinculando a un estudio científico, veraz y desapasionado de ideología acerca del problema de la homofilia.

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