Primera comunión del santo Cura de Ars

 Era el año 1795, cuando en Francia tenía lugar una cruenta persecución contra la Iglesia Católica. El 30 de Mayo se había promulgado un decreto que disponía “que nadie podría desempeñar el ministerio de culto alguno, si no se hacía acto de sumisión a las leyes de la República”.

   Por tal motivo,  los sacerdotes y fieles, que se negaban a jurar semejantes leyes masónicas, se vieron obligados como los primeros cristianos, a acudir a Misas clandestinas, en casas particulares. Sin embargo y como es de entender, el ministerio pastoral de los sacerdotes proscritos no era continuo ni con la frecuencia que muchos de aquellos católicos deseaban. De hecho, muchos de aquellos sacerdotes de Cristo tuvieron que esconder la sotana y ocupar tareas manuales, tales como la carpintería, el campo, la albañilería…lo que fuese con tal de permanecer en medio de aquellos fieles, ovejas que se veían cercadas por lobos.

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Los sacerdotes y fieles que se negaban a jurar las leyes masónicas y a seguir a las autoridades,  se vieron obligados a acudir a Misas clandestinas en casas particulares como los primeros cristianos. Al igual ocurre hoy, donde en casi ningún templo dejan celebrar la verdadera Misa católica

Estos hombres, envejecidos antes de tiempo y en cuyos rostros se plasmaba la persecución y la tragedia, soportadas por amor a las almas, ¡con cuánta veneración eran contemplados en el altar por el el adolescente Juan María Vianney!.

   Un día, uno de aquellos celosos pastores, el Padre Groboz, fue de noche a casa de los padres del futuro Cura de Ars; en traje civil, para no levantar sospechas, llegó al piadoso hogar de los Vianney, donde bendijo a cada uno de los niños. Al llegar a Juan María le preguntó:

¿Cuántos años tienes?

Once años.

-¿Desde cuánto que no te has confesado?

-Todavía no lo he hecho.

-Pues bien -continuó el sacerdote- hagámoslo enseguida.

   Juan María se quedó a la vera de aquel pastor de almas y tuvo con él su primera confesión. Años más tarde, el Santo Cura de Ars recordaría aquella confesión perfectamente, ya que conservaba hasta el detalle de que se hizo “en casa, al pie de nuestro reloj”.

   El Padre Groboz, convencido de las buenas disposiciones de aquél jovencito tan piadoso, convenció a sus padres para que recibiese la formación necesaria para recibir su Primera Comunión, tan atrasada a causa de la persecución religiosa.

   Dos monjas exclaustradas, las Hermanas Combes y Deville, fueron las encargadas de instruir a Juan María y a otros quince niños, que siempre tuvieron por santo al hijo de los Vianney. Durante los dos años que duró la enseñanza catequética, Juan María fue creciendo en el amor a Dios y a Nuestra Señora, amores que desde niño le habían inculcado sus padres y que él reforzaba con el rezo cotidiano del Santo Rosario y con un Avemaría al oír dar la hora: tenía una continua presencia de Dios y eso, lo libró de muchos peligros en un época en que todo lo que sonase a “católico”, era digno de burlas y desprecios.

   Llegó 1799; en Francia, tras la caída de Robespierre, los ataques se multiplicaron: los sacerdotes morían a centenares, deportados a Guayana e internados en los pontones de Rochefort, de Re o de Olerón. El Papa Pío VI, con ochenta y dos años, era preso por los franceses revolucionarios y recluidos en Valence-sur-Rhône. El calendario republicano había venido a sustituir las fiestas religiosas por otras paganas y sin sentido…

  En la primavera de aquél trágico año, en medio de la desolación y el horror, no dejaron de brillar la Fe y la Esperanza en los corazones de los católicos franceses; en una sala de la casa del Conde de Pingeón de Ecully, se celebró una Misa clandestina, disimulada entre carros de heno, que cargaban y descargaban para simular que estaban trabajando. En el momento de la Comunión, Juan María Vianney, de trece años, se acercó al improvisado comulgatorio y se arrodilló para saciar su hambre de Cristo.

   Su hermana Margarita, que estaba presente, declararía años más tarde: “Yo me hallaba presente; mi hermano estaba tan contento que no quería salir del lugar donde había tenido la dicha de comulgar por vez primera”. 

   Quizás por todo aquello, por recibir con tanta ansia a Nuestro Señor Sacramentado, bajo la amenaza de ser descubiertos por los revolucionarios y ser asesinados sin titubeos, podemos entender aquellas palabras cuando ya era párroco de Ars:

“Cuando se comulga, se siente algo extraordinario…un gozo…una suavidad…un bienestar que corre por todo el cuerpo…y lo conmueve. No podemos menos de decir con San Juan: ¡Es el Señor!…¡Oh Dios mío! ¡Qué alegría para un cristiano, cuando al levantarse de la Sagrada Mesa se lleva consigo todo el Cielo en el corazón!”

“En tiempos venideros han de apostatar algunos de la fe,
dando oídos a espíritus falaces y a doctrinas de demonios,
que con hipocresía hablaran mentiras…
” 

(I Tim., 4. 1-2).

“... vendrá tiempo en que no podrán sufrir la sana doctrina,
sino que, teniendo una comezón extremada de oír,
recurrirán a una caterva de maestros siguiendo
sus propias concupiscencias. Cerraran sus oídos
a la verdad, y los aplicaran a las fábulas…
” 

  (II Timoteo, 4, 3-4)

Artículo relacionado con la misma época de los juramentados franceses, en que los fieles no tenían sacerdotes dado que la mayoría había juramentado.

Artículo relacionado con el tema durante los primeros siglos en que el 97% de los obispos habían caído en la herejía arriana

 

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