San Hermenegildo: un modelo de santo para hoy

Como testigo de la verdad y la seriedad de la fe, san Hermenegildo se levanta ante nosotros para recordarnos que hemos de vivirla en su integridad y con todas las consecuencias, dispuestos a dar la vida si fuera necesario por defenderla de cualquier intento de manipularla o atacarla. Él, que dio su vida por lo que hoy muchos considerarían una cuestión terminológica sin importancia, nos descubre que sólo merece la pena vivir por aquello por lo que estamos dispuestos a morir. Él, que se negó a recibir la comunión de las manos de un obispo hereje, nos emplaza a no asistir a la nueva misa de Pablo VI en la que se ofende la Fe católica. A Hermenegildo se le invita, cuando más dolorosa se le hacía la estancia en su celda, a recibir la comunión de manos de un obispo arriano; pero él no cayó esta vez en la sutileza y se negó en rotundo, increpando al ministro hereje; como también a nosotros se nos invita a participar de la iglesia conciliar neo arriana, impidiéndonos la asistencia a la Misa Católica mal llamada tridentina, sino es a cambio de reconocer la nueva misa herética.  La vida cristiana no puede definirse desde cualquier perspectiva ni construirse como un conjunto de opiniones más o menos cambiantes; es algo que nos viene dado por la revelación y la tradición de la Iglesia y constituye nuestro patrimonio más sagrado, que debemos defender contra los falsos pastores que están al frente de las diócesisi y de la misma Roma. Detrás de lo que muchos sólo ven fríos conceptos está la vida divina que fluye en la humanidad como gracia salvadora, algo por lo que los mártires han comprometido su vida hasta derramar su sangre.

Un príncipe que antepuso a la corona real y a la propia vida la fidelidad a la fe católica, debería ayudarnos con su ejemplo a dar prioridad a las cosas de Dios frente a los embates del modernismo triunfantes en el Concilio Vaticano II y a enfrentarnos a las herejías y errores, ya condenados,  como el ecumenismo, libertad religiosa y colegialidad episcopal.., aplicados por Montini, Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio; y tendría que servirnos de estímulo para aprender a ser amorosa y estrictamente fieles a la fe que profesamos y a la liturgia más que milenaria de la Misa tradicional.

He aquí, pues,  el fruto de la sangre de los mártires que hoy, más nunca, nos piden que los emulemos.

«El dominio visigótico se afianza y organiza en España durante el reinado de Leovigildo. Asociado primero a su hermano Liuva, quedó después como único soberano en el año 573. Catorce años ocupó el trono, realzando con pompa externa y enérgicas medidas la dignidad regia y viviendo en continua actividad bélica para asegurar y ensanchar las fronteras limítrofes con los suevos, francos y bizantinos. No faltaron tampoco rebeliones internas, castigadas con mano dura, no exenta en muchas ocasiones de crueldad.

Tan pronto como quedó único soberano asoció al gobierno del reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, destinados en su proyecto a que le sucedieran en el trono visigótico, al menos, alguno de los dos. Este sistema para prevenir la elección del sucesor y asegurar la monarquía en la propia familia constituía tiránico abuso del poder, en contra del principio germánico para la libre designación del monarca. Posiblemente a esta causa hubieron de atribuirse muchas de las conjuraciones abortadas durante su reinado, surgidas en el seno de la nobleza, que veía así menoscabados sus derechos al trono, y atizadas posiblemente por los reinos vecinos, deseosos de minar de cualquier forma la pujanza creciente de Leovigildo.

En segundas nupcias había contraído matrimonio con la viuda del rey Atanagildo, Godsuinta, de quien algún cronista nos dice que era tuerta de cuerpo y alma. Godsuinta, mujer elemental, tenía clavada en la entraña una trágica espada, pues una de sus hijas, habidas de su primer matrimonio, Gelesuinta, casada con el rey franco Luilperico de Rouen, había sido asesinada por orden de su esposo, quien la hizo matar en el mismo lecho conyugal, proporcionando con ello emotivo tema para que el poeta Venancio Fortunato compusiese en su loor una tierna elegía. La otra hija, Brunequilda, había matrimoniado con el rey franco Sigiberto de Reims y la unión había sido feliz y fecunda. Pero el hecho de que un católico como Luilperico hubiera dado muerte a su hija dejó en el alma de Godsuinta un poso tal de amargura y deseos de venganza contra todo lo católico, que tendría muy pronto trascendentales y sangrientas consecuencias.

El año 579 trajo jornadas jubilosas para el reino visigótico. En él se verificó el enlace matrimonial de la princesa Ingunde con el primogénito Hermenegildo. La esposa, hermana del rey de Austrasia, Childeberto II, era hija de Sigiberto I y Brunequilda, la feliz hija de Atanagildo y de Godsuinta. Esta, abuela de la desposada y nuevamente reina de los visigodos, hubo de ser la muñidora de este enlace entre su nieta y su hijastro, donde los móviles políticos jugaron, sin duda, papel muy importante.

Las perspectivas de felicidad y poderío para la joven pareja eran halagadoras, pues mientras los visigodos contarían entre los francos con un poderoso rey amigo, Ingunde era entronizada en un matrimonio que reinaría en la Península en el apogeo de una época de esplendor.

Los cálculos halagüeños resultaron fallidos, tal vez desde los primeros momentos. Ingunde era católica; los componentes de la familia y corte real eran arrianos. Entre ellos influía poderosamente Godsuinta, que albergaba contra los católicos un odio represado de madre vengativa. Intentó perseverantemente, primero con ternezas de abuela, después con amenazas de reina violenta, que Ingunde renunciase al catolicismo y recibiera el bautismo arriano. El Turonense nos relata los diálogos vivos entre las dos mujeres, en los que la nieta, inconmovible en su fe, sufrió las violencias de la airada abuela. La atmósfera palatina se tornaba cada día más tormentosa e irrespirable, sobre todo para Hermenegildo, ganado por el amor y las cualidades de su esposa. Para evitar escenas violentas que no pudieron menos de trascender desde la intimidad doméstica al pueblo, integrado en su mayoría por hispanorromanos católicos, se arbitró el recurso de instalar al nuevo matrimonio en Sevilla, territorio fronterizo con el de los bizantinos y que necesitaba un representante del rey digno de toda confianza y seguridad. Allí el matrimonio viviría en paz, no estorbarían las medidas persecutorias contra los católicos, proyectadas por Leovigildo, y con el tiempo se pondría fin a la firmeza religiosa de Ingunde, que debía ser casi una adolescente.

No es fácil precisar la calidad del mando que Hermenegildo desempeñaba en la Bética. Los autores coetáneos utilizan frases ambiguas que, glosadas con el contexto de los acontecimientos, insinúan que se trataba del gobierno de aquella región con categoría de representante real, no como soberano independiente. Cualquier grado de desmembración del reino visigodo pugnaba con el programa unificador de Leovigildo.

Coincidiendo con el alejamiento de Toledo de Hermenegildo, incrementa su padre la política religiosa de unificar en la religión arriana a todos sus súbditos para lograr la fusión de godos e hispanorromanos, pues la diferencia de religión era el mayor obstáculo opuesto a ella. Un concilio de obispos arrianos, celebrado en Toledo, facilitó el paso a la apostasía, reconociendo válido el bautismo recibido en el seno del catolicismo y exigiéndose tan sólo una fórmula trinitaria muy en consonancia con su error. Hubo defecciones en abundancia y hasta el obispo de Zaragoza, Vicente, se pasó al arrianismo, más que por razones teológicas, por cálculo y miedo.

La persecución, fomentada e instigada por la reina, “cabeza responsable de las medidas tomadas”, fue copiosa en destierros, expropiaciones, castigos corporales y encarcelamientos. Pero también con ella se puso de manifiesto el temple de algunos prelados, tales como Masona de Mérida, paladín de la resistencia católica, que no se intimidó ante las amenazas; depuesto de su sede, fue en ella impuesto el arriano Sunna, que ha pasado a la historia de los prelados emeritenses como “feísimo, de rostro, de fiera catadura, mirada torva, aspecto repugnante y descompasados ademanes…” Masona entabló con el intruso una disputa pública, en la que le fue fácil quedar victorioso, pero no impidió que le arrebataran la basílica de Santa Eulalia, destinada al culto herético, como también lo fueron la de Santa María de Toledo y otros numerosos templos del reino. Hubo intentos de asesinato para el prelado enérgico, y el monarca le amenazó con el destierro, recibido con ironía por la víctima: “Me ofreces el destierro. Ten sabido que no temo las amenazas. No me intimida el exilio. Y por ello te ruego que, si conoces algún lugar donde no esté Dios, me envíes allí desterrado”. “Imbécil, ¿en qué lugar no está Dios?”, le increpó el rey. “Si sabes que Dios está en todas partes —respondió Masona—, ¿por qué me amenazas con el destierro? A cualquier sitio que me envíes sé que no me faltará la ayuda de Dios. Y esto lo tengo tan seguro que, cuanto más duramente tú me aflijas, tanto más me auxiliará su misericordia y me consolará su clemencia.” Como en Mérida, también se vieron precisados a abandonar sus diócesis los prelados Leandro de Sevilla, Fulgencio de Ecija, Frominio de Agde. San Isidoro resume la persecución diciéndonos que Leovigildo, rebosando fanatismo arriano, persiguió a los católicos, desterrando obispos, adueñándose de los bienes eclesiásticos, aboliendo los derechos de la Iglesia. Con ello consiguió que muchos, atemorizados por los castigos, pasaran a la herejía y que otros apostataran atraídos por el dinero y los favores reales.

Instalado Hermenegildo en Sevilla como gobernador de la Bética, rodeado de una corte adicta, vio renacer la paz doméstica. Ingunde pudo profesar libremente su catolicismo y gozar de las primicias maternales con el nacimiento de un hijo, a quien se puso de nombre Atanagildo.

Coincide la llegada de Hermenegildo con el pontificado de San Leandro, el primogénito de aquellos cuatro santos hermanos que, oriundos de Cartagena, pasaron al territorio visigótico, donde desde las cátedras episcopales o desde el claustro se constituyeron en lumbreras y ejemplos de la época.

Merced al continuado trato del príncipe con el obispo y a las reiteradas insinuaciones de Ingunde, Hermenegildo fue penetrando en la auténtica revelación cristiana y conociendo la falsedad de la secta arriana, tan ajena a la doctrina cristiana, pues negaba dogmas tan fundamentales como la divinidad de Jesucristo y la naturaleza de la Santísima Trinidad. Trabajado por la gracia de Dios, abjuró del arrianismo y pasó a formar parte de la grey católica, tomando en el bautismo el nombre de Juan.

Es interesante subrayar el apostolado eficaz ejercido por las reinas católicas durante la Edad Media europea. La borgoñona Clotilde influye en la conversión del rey franco Clodoveo, su esposo; la merovingia Berta, casada con Etelberto de Kent, es el puente abierto para el catolicismo en el sur de Inglaterra, como en el norte Etelberta, esposa de Edwin, introduce al monje Paulino de York, quien, ante el movimiento de conversiones que siguieron a la del rey, tiene que recurrir al bautismo de masas verificado en los ríos de Nortumbria. Y así Teodolinda entre los lombardos y Olga entre los súbditos del príncipe Igor en las tierras rusas. En España cupo a Ingunde la misión de preparar la entrada oficial del catolicismo en el reino visigótico. Pero a costa de tremendos sacrificios, dolores, lutos y lágrimas.

La persecución contra los católicos desencadenada por Leovigildo, en vez de fomentar la unión nacional sirvió para ahondar más profundamente las grietas de la separación. En el siglo que los visigodos llevaban dominando en España la tranquilidad política interior estaba muy lejos de haberse logrado. Los nativos hispanorromanos no se habían acostumbrado a considerar al pueblo invasor como compatriotas, sino como dominadores; ellos se habían reservado los altos cargos de la administración y del ejército. Los ásperos nombres germánicos son los únicos que aparecen en los documentos oficiales de la época. Hay durante este reinado grandes focos de malestar interno, exteriorizados con las frecuentes sublevaciones, que Leovigildo se ve obligado a reprimir duramente, sin conseguir del todo acabar con los rescoldos vivos. Los vascones, los cántabros, el litoral de Levante, los pobladores de la Oróspeda constituyen serios motivos de sobresalto para el monarca. Son antes que ninguna otra las regiones béticas, Sevilla y Córdoba, recientemente arrebatadas a los bizantinos, las que albergan núcleos de disidentes, dispuestos siempre a manifestar su insumisión. Es el mismo problema que siglo y medio después van a reactualizar los visigodos contra la invasión árabe. La conversión de Hermenegildo produjo dos efectos encontrados: en la corte toledana enfureció al monarca, aguijoneado por la irreprimible cólera anticatólica de Godsuinta y su círculo de fanáticos arrianos; creemos que el recrudecimiento de la persecución, hasta entonces larvada, se debió al deseo de atajar las consecuencias de tan inesperada noticia y de hacer abortar por la fuerza el movimiento hacia el catolicismo que de hecho pudiera seguirse. En la Bética, por el contrario, los resistentes se agruparon en torno al gobernador de la provincia, en quien adivinaban al defensor de sus ideales religiosos y políticos. El duelo estaba entablado desde el primer momento trágicamente. Los pueblos limítrofes, suevos, bizantinos y francos, católicos todos, midieron la magnitud de los acontecimientos que se avecinaban y se pusieron alerta para sacar de ellos el mejor partido.

Hermenegildo, tajamar de estas dos tendencias tan irreconciliables, hubo de pasar horas amargas solicitado por sus deberes de fidelidad al monarca, su padre, que le había asociado al reino, y por su responsabilidad católica como gobernador y correinante sobre su pueblo integrado en su mayoría por católicos, injustamente vejados en la libre profesión de sus creencias por imposiciones arrianas que les obligaban a la apostasía. La solución viable en tamaño aprieto hubo de irse madurando lentamente, al ritmo de los acontecimientos.

Posiblemente en los primeros momentos se produjo una situación violenta entre el padre y el hijo. Tal vez Leovigildo impuso la vuelta al arrianismo abandonado y la presentación de Hermenegildo en Toledo. Ambos mandatos fueron soslayados por este, decidido a mantenerse en su actitud. Mientras estas cosas se ventilaban, hemos de suponer un movido ajetreo diplomático con las cortes vecinas, a quienes se les pidió, o tal vez ofrecieron espontáneamente, ayudas militares en el caso de que Leovigildo intentase reducir por la fuerza la resistencia de su hijo. De hecho, San Leandro se trasladó a Bizancio para interesar en la empresa al emperador Mauricio, regresando con seguridades de auxilio castrense. Entretanto, se sumaban al partido bético otras ciudades de la Lusitania, situada fuera del gobierno de Hermenegildo; llegaron promesas y alientos de parte de los suevos, y quizá también de los francos. El príncipe sevillano se sintió animado, midió sus fuerzas y se proclamó rey. Algunas monedas e inscripciones, venidas hasta nosotros, testimonian la proclamación de este título aplicado a Hermenegildo. Hoy nos es difícil asegurar si lo que pretendía era crear un reino simultáneo al de su padre o suplantar a éste en el gobierno de los visigodos.

Leovigildo se decidió a poner fin a las insumisiones. Con fortuna militar dominó la resistencia de Mérida y Cáceres, cortó el paso a los suevos, dispuestos a prestar ayuda a los andaluces, y sobornó, mediante subida cantidad de dinero, al general bizantino, que desde Cartagena había de ayudar a Hermenegildo. Este quedó solo, sin más contingentes militares que los de su provincia, que cada día iba perdiendo territorios, conquistados por el ejército paterno. Hermenegildo se apresta a la defensa; pone a su mujer y a su hijo en territorio de los imperiales y con sus tropas se ampara en las fortalezas y castillos. Uno tras otro son conquistados por los toledanos; la feroz resistencia de los sitiados no impidió que el castillo de Osset, en las mismas puertas de Sevilla, cayera en manos de los atacantes. Cae la ciudad y su caudillo pudo escapar a Córdoba, perseguido por el ejército de Leovigildo. Viendo definitivamente perdida su causa, Hermenegildo se acoge al asilo de una iglesia. Era el año 584. Interviene entonces —según se dice— su hermano Recaredo para ofrecerle, en nombre del padre, la conservación de la vida si se entrega. Así lo hizo el refugiado, que quedó desde este momento prisionero del padre. Se habla de traslado a Sevilla y de encarcelamiento en Valencia. Se dice también que el rey franco, su cuñado, intentó ayudarle invadiendo la Galia Narbonense, y se sospecha que Hermenegildo pudo huir de la cárcel, con proyecto de unirse a las fuerzas francas, siendo nuevamente apresado y encarcelado en Tarragona.

En la prisión fue nuevamente trabajado para que abjurase del catolicismo y abrazase otra vez la religión arriana, pero la desgracia no aminoró la firmeza de su fe católica, siendo asesinado en el propio calabozo por Sisberto, al negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, en el 585.

El mártir Hermenegildo, engañado por sus confidentes, burlado por sus aliados, desafortunado en sus campanas, no tuvo, de los historiadores contemporáneos, si se exceptúa a San Gregorio Magno, ni una frase escrita en su favor. Nosotros, a muchos siglos de los acontecimientos, sin más testimonios que los que nos facilitan sus incriminadores, vemos en su levantamiento y resistencia una actitud noble y de moralidad plena en su calidad de gobernador de un pueblo católico, injustamente vejado por imposiciones reales, ordenadas directamente a fomentar la apostasía. Hay circunstancias en la vida en que la fidelidad a la religión exige saltar por encima de la carne y de la sangre y posponer a ella el bienestar y la propia vida.

El mérito de su sangre martirial tuvo en seguida un triunfo impensado. En el año 586 fallecía Leovigildo recomendando a Recaredo la conversión a la religión católica. De hecho, éste abrazó inmediatamente el catolicismo, y el 8 de mayo del 589, cuatro años tan sólo transcurridos desde el martirio de Hermenegildo, el pueblo visigodo abjuraba solemnemente el arrianismo, abrazándose con la religión católica y dando, con ello, unidad a cuantos en el reino vivían. Fue, sin duda, aquella fecha una de las más solemnes de toda nuestra historia nacional, emotivamente glosada por San Leandro en la homilía pronunciada en tal ocasión en la basílica de Toledo: “Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia; los que antes nos atribulaban con su dureza ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo espiritual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra”.

Aquella conversión nacional fue el fruto inmediato de la sangre de Hermenegildo, asesinado en una lóbrega cárcel, y de las penalidades de su mujer, Ingunde, fallecida en el norte de Africa bizantina cuando era conducida a Constantinopla.

Al cumplirse el milenario del martirio, el papa Sixto V, a petición de Felipe II, canonizaba a San Hermenegildo, el 14 de abril de 1585.»( Hasta aquí hemos usado un texto de Juan Francisco Rivera, en adelante usaremos el de la archidiócesis)

GENEALOGÍA DE SAN HERMENEGILDO

Más sobre el  martirio.

No faltan quienes han querido ver en la actitud irreductible de defensa de su fe y en los enfrentamientos con su padre, una conducta de rebeldía y apetencias de poder por parte de Hermenegildo. Pero la verdadera realidad histórica lo que plasma es una enorme fortaleza de espíritu en el joven príncipe para no doblegar su fe a los planteamientos políticos del irrefrenable deseo, por parte de Leovigildo, de conseguir la hegemonía goda (por tanto arriana) frente a la influencia de la población hispano–romana (católica).

Y una clara muestra la tenemos, tanto en los numerosos momentos en los que rehuyó la lucha para combatir a su padre, como en sus muestras de cariño y respeto al rey Leovigildo. En efecto, si damos por auténticas las cartas publicadas por algunos autores (Troncoso y Croisset entre otros), quedaría demostrado con creces lo que hemos apuntado anteriormente, pues la correspondencia epistolar que ambos mantuvieron evidencia la elocuente agresividad y el tono amenazante de Leovigildo, mientras la amargura y el pesar se adueñan de Hermenegildo, quien lleno de ternura y respeto, no tiene más remedio que acorazarse de energía y valor en la fe para contestar al rey.

Para Leovigildo, lo primero es el poder y la grandeza temporal; para Hermenegildo, antes que nada, incluido su padre, está su Dios y Señor, en cuyas manos y designios pone todo su ser. Se manifiesta, por tanto, su vocación martirial en estos testimonios y no hay más que leerlos para constatar lo dicho.

Según la trascripción de Croisset, Leovigildo escribe:

«Hijo mío, más quisiera hablarte que escribirte; porque si te tuviera a la vista ¿qué podrías negar a lo que te pidiese como padre y te mandase como rey? Te traería a la memoria las muchas y grandes señales que te he dado del tierno amor que te profeso, de las que sin duda te has olvidado desde que ascendiste al trono, donde te coloqué yo mucho antes que pudieses tú pensar en ocuparle. Esperaba tener en ti un compañero que me ayudase a conservar el florido imperio de los godos en el estado en que se ve hoy por mis victorias; pero nunca soñé pudiese llegar el caso de encontrar en la persona de un hijo mío un enemigo más peligroso que todos los que he vencido. No te contentas con que yo haya partido contigo mi corona; quieres reinar solo y, a este fin, abandonando la religión de tus abuelos, has abrazado la de los romanos que son los mayores enemigos del estado. No ignoras que la nación de los godos comenzó a florecer desde que comenzó a ser arriana. También sabes que ninguna cosa enajena tanto los ánimos y los corazones como la diversidad de religión, y consiguientemente que nada pudiste hacer más ofensivo para el mío como declararte católico. Acuérdate, pues, hijo mío, que soy tu padre y que soy tu rey: como padre te aconsejo, y como rey te mando, que vuelvas prontamente sobre ti y, restituyéndote, sin perder tiempo, a tu primera religión, merezcas con tu pronto rendimiento mi clemencia. No haciéndolo así, te declaro que me obligarás a tomar las armas, y en tal caso jamás tienes que esperar misericordia».

Señala Troncoso que ante aquella misiva cargada de autoritarismo e intransigencia, la respuesta del futuro mártir y santo no dio lugar a la componenda o el equívoco:

«Agradecido, señor, como el que más a vuestros beneficios, confieso que han excedido a mis merecimientos. Nunca la negra alevosía manchó mi corazón; siempre he correspondido y estoy dispuesto a corresponder a vuestra bondad cual cumple a un hijo cuya primera gloria fue siempre el respeto y reverencia hacia el autor de sus días. Sé muy bien lo que os debo a vos como padre y como monarca de quien soy el más humilde vasallo, pero tampoco ignoro lo que debo a mi Dios y Señor: suya es mi alma, suyo todo mi ser; y antes que faltar a lo que mi conciencia me obliga, antes que abandonar la religión católica, que libre y espontáneamente he abrazado con pleno convencimiento de su veracidad, dispuesto estoy a perderlo todo, el cetro, la corona, y aún la vida misma».

A la vista de la firmeza de Hermenegildo, el intolerante Leovigildo cambia de táctica, pero no de intenciones, y hace embajador de su mensaje a su propio hijo segundo: Recaredo, todavía abrazado al arrianismo y baluarte de la política paterna. Tras el abrazo fraternal, las palabras del rey, puestas en boca del hermano, no hacen más que acentuar en Hermenegildo la certeza de su llamada al martirio cuando se encontraba huido y refugiado en una iglesia de Córdoba. Así lo corroboran sus emocionadas palabras, recogidas asimismo por Troncoso:

«No se trata ya en este momento, le dice Recaredo en nombre de su padre, de un asunto de religión: se trata únicamente de una manifestación filial de rendimiento al que te diera el ser. No receles en arrojarte a los pies de quien para perdonarte sólo espera pronuncies una palabra de humilde sumisión. Con los brazos abiertos te ofrece su seno y el olvido de lo pasado; no malogres pues la ocasión de hacer tu propia felicidad».

Es muy probable, por tanto, que entre las palabras del padre-rey y el beso del hermano, Hermenegildo tuviera ya la certeza de la experiencia de Jesús en Getsemaní y la hiciera suya. Por eso no dudó en salir en compañía del hermano al encuentro con su padre, quizá intuyendo la traición que le esperaba y el sacrificio al que se sometía.

En efecto, al llegar a presencia de su padre no debió de sorprenderse demasiado cuando Leovigildo había ordenado ya que le despojaran de todas sus dignidades regias y le ingresaran en una lóbrega prisión de Córdoba, ciudad a la que había llegado en 584 huyendo de Sevilla y en la que había logrado anteriormente refugio en una iglesia. Tampoco debió de causarle sorpresa su traslado a Tarragona para tenerlo lejos del ámbito de su influencia y asegurar su cautiverio. Aquí, en Tarragona, soportaría la última trampa de su padre, la última tentación que le proponía liberarse del tormento y de la muerte.

Como siempre en el quehacer del Enemigo, el mal se presenta disfrazado de bien: a Hermenegildo se le invita, cuando más dolorosa se le hacía la estancia en su celda, a recibir la comunión de manos de un obispo arriano; pero él no cayó esta vez en la sutileza y se negó en rotundo, increpando al ministro hereje. No necesitaba más ni mayores argumentos Leovigildo para dar la orden parricida. Y el día 13 de abril del año 585 la espada o el hacha (no hay certeza del arma utilizada) cercenaba la cabeza de Hermenegildo y la adornaba con los atributos del martirio y de la gloria en Jesucristo, el Rey del tiempo y de la historia.

La juventud recién nacida de tan sólo unos veinte años de vida se transformaba así en santidad imperecedera por la fuerza de la fe en el modelo de Cristo, muerto y resucitado. Había muerto Hermenegildo pero había nacido san Hermenegildo, un nuevo ejemplo de cristiano auténtico, digno de imitación por todos.

De igual modo, para su tiempo, lo que aparentemente era el fracaso final de Hermenegildo con su muerte, se transmutaba en triunfo, pues al año siguiente –586– Leovigildo moría en olor de conversión, aunque fuese secreta, y su hermano Recaredo declaraba oficialmente la suya. Poco después, el propio Recaredo convocaba el III Concilio de Toledo y declaraba en él al catolicismo como religión de todas las tierras hispanas. Acababan de ponerse los cimientos definitivos para el desarrollo, hasta hoy, de una España católica [ Que ha sido enterrada por el Conclio Vaticano II y los papas, junto con la demonocracia del felón borbón]

La sangre joven derramada por la Verdad de Cristo, Dios y hombre verdadero, glorificado en igualdad con el Padre y el Espíritu Santo, separaba ¡por fin! la cizaña del arrianismo de la Verdad sembrada en los corazones visigodos hace más de catorce siglos. [Hoy desgraciadamente traída de nuevo por los lobos que rigen nuestras diócesis, sínodos y dicasterios]

Un modelo para nuestro tiempo

Como testigo de la verdad y la seriedad de la fe, san Hermenegildo se levanta ante nosotros para recordarnos que hemos de vivirla en su integridad y con todas las consecuencias, dispuestos a dar la vida si fuera necesario por defenderla de cualquier intento de manipularla o atacarla. Él, que dio su vida por lo que hoy muchos considerarían una cuestión terminológica sin importancia, nos descubre que sólo merece la pena vivir por aquello por lo que estamos dispuestos a morir. La vida cristiana no puede definirse desde cualquier perspectiva ni construirse como un conjunto de opiniones más o menos cambiantes; es algo que nos viene dado por la revelación y la tradición de la Iglesia y constituye nuestro patrimonio más sagrado. Detrás de lo que muchos sólo ven fríos conceptos está la vida divina que fluye en la humanidad como gracia salvadora, algo por lo que los mártires han comprometido su vida hasta derramar su sangre.

Conversión de Recaredo

Conversión de Recaredo

Un príncipe que antepuso a la corona real y a la propia vida la fidelidad a la fe católica, debería ayudarnos con su ejemplo a dar prioridad a las cosas de Dios frente a los embates del modernismo triunfantes en el Concilio Vaticano II y a enfrentarnos a las herejías y errores, ya condenados,  como el ecumenismo, libertad religiosa y colegialidad episcopal.., aplicados por Montini, Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio; y tendría que servirnos de estímulo para aprender a ser amorosa y estrictamente fieles a la fe que profesamos y a la liturgia más que milenaria de la Misa tradicional.

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