Un papa excomulgado [II de III]

UN PAPA EXCOMULGADO

[II de III]

Por su negligencia en combatir la herejía.

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En este noble esfuerzo llegaron a utilizar el testimo­nio del abad romano Juan, quien, alegaban, había sido el verdadero redactor de la carta que luego firmó el Papa Honorio, para que aclarara las cosas en el sentido antes indicado, asegurando que, al aceptar el Papa la existencia de una sola voluntad, se había referido a una sola volun­tad moral y no a una sola voluntad física. San Máximo, que como antes expresamos, al morir San Sofronio surgió como caudillo de la ortodoxia en Oriente, utilizaba con el fin antes indicado argumentos similares, diciendo que el Papa Honorio al escribir en su carta “también confesa­mos una sola voluntad en Cristo Nuestro Señor”, había querido decir, no lo que pudiera entenderse literalmente, sino que “nunca la naturaleza humana, concebida virginalmente, fue arrastrada por la voluntad de la carne” con lo que “trataba el Papa de salvar la unidad moral de las dos voluntades”.

A su vez, el Papa Juan IV cuando escribió al empe­rador tratando de atraerlo a la ortodoxia, le decía que lo escrito por Honorio en su carta debía interpretarse en el sentido de que “no existían dos voluntades en Cristo dis­tintas que pudieran chocar entre sí” y que, por lo tanto, era improcedente que atribuyeran a Honorio la herejía para apoyarse en él. A todos estos argumentos, repetidos con posterioridad por muchos, contestaban los herejes que lo correcto era atenerse al texto mismo de las cartas de Honorio, y no a interpretaciones que calificaban de fan­tásticas y desde luego falsas. Y que dicho texto confesaba expresamente en Cristo una sola voluntad y que, además, en las cartas, el Papa elogiaba y apoyaba la conducta del patriarca Sergio, caudillo de la herejía, lo cual confirmaba la expresa adhesión del Sumo Pontífice a esas ideas, pues si hubiera discrepado con ellas, habría desautorizado la actividad de Sergio y no la de Sofronio, como implícitamente lo hizo en sus cartas.

Como podrá verse, la argumentación de los herejes para apoyar sus doctrinas en la gran autoridad de Honorio I como Papa y Jefe de la Iglesia, era de tal fuer­za, que estaba causando estragos en las filas de la Santa Iglesia. Comprendiéndolo así el Santo Concilio Ecuméni­co Sexto, Cuarto de Constantinopla, resolvió a cortar por lo sano y, al mismo tiempo que condenaba el monotelismo y definía claramente el dogma de las dos voluntades en Cristo, reconociendo que el Papa Honorio había aceptado las doctrinas de Sergio, lo excomulgó conjuntamente con los patriarcas dirigentes de la herejía, con lo cual ya no pudo ésta, para propagarse y prevalecer, seguir apoyán­dose en la autoridad de dicho Papa.

Esta terrible y enérgica resolución del Santo Concilio, tuvo por consecuencia salvar a la Santa Iglesia de la herejía que la venía desgarrando desde hacía medio siglo. En esta ocasión, Cristo Nuestro Seriar, había salvado a la Iglesia de un colapso por medios extraordinarios, mediante la santa rebelión de simples monjes, como San Sofronio, contra la alta jerarquía eclesiástica claudicante y contra las componendas del Papa Honorio con los herejes. Pero había de salvarla muchos años después por los medios normales y ordinarios, es decir, mediante la asistencia del Espíritu Santo a los Papas que lo sucedieran y al Santo Concilio Ecuménico de Constantinopla que, haciendo suya la bandera de la ortodoxia enarbolada por los monjes, logró un triunfo definitivo, salvando una vez más a la Santa Iglesia de las asechanzas del demonio, en este caso disfrazado con piel de oveja y escondido en un des-medido y supuesto celo por la unidad de los cristianos, unidad por la que hay que luchar siempre con vigor y per­severancia pero con medios lícitos, y nunca a costa de rea­lizar transacciones que constituyan una adulteración de la Divina Revelación, que jamás podrá ser modificada por los hombres, por más alta que sea su jerarquía eclesiás­tica.

Ni San Pedro ni los demás apóstoles tenían potestad para falsificar las enseñanzas de Cristo, ni mucho menos sus sucesores los Papas y los obispos. El Papa Honorio. I transigió con los herejes, que según el lenguaje nuevo lla­maríamos ahora “hermanos separados”, con el noble fin no sólo de lograr la unidad de la Santa Iglesia, sino de evitar, al lograrla, que la invasión musulmana conquistara tierras cristianas. Pero con sus transacciones lesivas a la ortodoxia favoreció un cisma de mayores proporciones, cu­yas consecuencias fatales fueron debilitar tanto al Impe­rio Bizantino que los mahometanos pudieron fácilmente conquistar sus extensas provincias africanas, que se perdieron así para la cristianidad, verdadera catástrofe que Dios permitió, según lo afirmaron muchos en esos tiem­pos, como castigo divino por la claudicación del Papa, del emperador, del patriarca de Constantinopla, de varios con-cilios y de la casi totalidad del episcopado de Oriente.

Que sirva esto de ejemplo a todos aquellos que, indu­cidos por los agentes de la Sinagoga de Satanás en el clero, o por otros instrumentos del demonio pretenden, en la ac­tualidad, con el pretexto de lograr la ansiada unidad de los cristianos, destruir la ortodoxia y desquiciar el bloque sólido y monolítico que mantiene la Iglesia Católica.

El emperador bizantino, Constantino IV, aunque tam­bién se inclinaba a la herejía monotelita, ante la espan­tosa catástrofe e indudablemente inspirado por Dios, propuso al Papa Domno la celebración de un concilio para po­ner fin al doloroso conflicto. Pero muerto éste, repitió la invitación al nuevo Papa electo, Agatón (678-681), quién, inspirado por Dios, la recibió como idea salvadora, proce­diendo junto con el emperador y el patriarca hereje de Constantinopla, a hacer los preparativos para suavizar as-perezas. Dispuso la celebración de varios concilios regio­nales y se llevaron a cabo diálogos constructivos (distin­tos, desde luego, de los que ahora quiere imponer la Sina­goga de Satanás a la Santa Iglesia) y todo quedó Cristo para la celebración de un Concilio Ecuménico.

El Papa Agatón cedió en cosas secundarias que no afectaban a la ortodoxia, como aceptar que el Santo Con-cilio Ecuménico se celebrara precisamente en Constantino­pla, sede de la herejía, y en la diócesis del patriarca ca­beza de la misma, pero, en cambio, se mantuvo firme en lo relativo al dogma y a la ortodoxia, que es lo que procede hacerse siempre en estos casos.

En uno de los concilios previos, celebrado en Roma (680), tomó el Papa Agatón —como caudillo natural de la Santa Iglesia y de su ortodoxia, asistido por el Espíritu Santo— todas las precauciones adecuadas para salvar los principios básicos de la fe, haciendo que quienes estaban en la buena doctrina se unificaran y redactaran una fór­mula de fe precisa, definitiva, que no diera motivo en el futuro a dudas o controversias, y en la cual se reconocía con toda claridad el dogma de las dos voluntades y dos operaciones en Cristo, la divina y la humana, que no pue­den oponerse ni contradecirse, estando sujeta en todo la humana a la divina.

Continuaron después los diálogos con los jerarcas ecle­siásticos herejes, para atraerlos a la ortodoxia, pero no un diálogo como el que pretenden imponer ahora ciertos clérigos al servicio del judaísmo para que se claudique de principios básicos de la fe, principios enseñados por las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia, fuen­tes ambas de la Divina Revelación. Los proyectos de la Sinagoga son tan perversos y tan audaces a este respecto, que no dudamos que algún día se afirme lícito el diálogo con el mismo demonio.

El Santo Concilio Ecuménico Sexto, Cuarto de Cons­tantinopla, se reunió en el palacio del propio emperador, en la sala imperial llamada Trulo, razón por la cual a tra­vés de la historia se lo conoce, como Concilio Trulano Pri­mero. En él se ratificó, después de enconadas discusiones, el dogma de las dos voluntades y las dos operaciones en Cristo; luego se procedió a la condenación de la herejía monotelita y de las principales cabezas de ella, que fueron excomulgadas. El Papa Honorio I fue incluido entre los herejes, condenado y excomulgado. En cambio, humildes frailes como el propio San Sofronio y San Máximo, que desobedecieron las órdenes de dicho Papa y en santa rebe­lión lucharon contra ellas, encabezando en los momentos más críticos la lucha en defensa de la ortodoxia, fueron con posterioridad canonizados por la Santa Iglesia como santos, aunque, durante su vida, algunos sufrieron terri­bles condenaciones, excomuniones y hasta violencia física por parte de muy altos dignatarios eclesiásticos[11] que acaudillaban la herejía.

Tales dignatarios eclesiásticos, haciendo sentir el pe-so de su jerarquía y su autoridad religiosa, diciéndose portavoces de la Santa Iglesia y de la verdadera doctrina de Cristo, acusaban de insubordinación, rebeldía, desga­rramiento de la unidad de la Iglesia y hasta de herejía a los defensores de la ortodoxia, a esos santos del catolicis­mo que comprendieron que, a pesar de que la obediencia al Papa, a sus segundos en jerarquía (entonces los pa­triarcas), a los concilios y, en general, a la Jerarquía de la Iglesia, es un principio establecido por Cristo, que debe sostenerse a toda costa, como regla general no puede tener aplicación en los casos en que el Papa, los concilios y la jerarquía eclesiástica dejando de cumplir la misión para la que fueron investidos, y traicionando a Cristo Nuestro Señor, se aparten de la verdadera doctrina del Divino Maestro o la falsifiquen, ya que la potestad que dio Cristo a los Papas y a los prelados, de atar y desatar, se la dio para que enseñaran su divina doctrina y no para que enseñaran doctrinas falsas. Para enseñar falsas doctrinas y tratar de imponerlas, carecen de toda autoridad el Papa, los concilios y las jerarquías de la Iglesia, sobre clérigos y seglares.

El hecho histórico innegable, que la Santa Iglesia ha-ya canonizado como santos a los que, con dichos y con hechos, han sostenido este básico principio, confirma la veracidad de esta tesis, reafirmada también con hechos históricos igualmente innegables, de que estos santos, re­beldes contra la traición o la herejía de los jerarcas ecle­siásticos, han sido quienes han salvado a la Santa Iglesia del desastre en diversas ocasiones.

El texto en latín de la condenación del Papa, que obra en las actas del Santo Concilio, es literalmente el siguien­te: “Anathematizari praevidimus et Honorium… eo quod invenimus per scripta quae ab eo facta sunt ad Sergium, quia omnibus eius mentem secutus est et impia dogmata confirmavit”. (Llegamos a la conclusión de anatematizar también a Honorio […] porque encontramos que en los escritos que escribió a Sergio siguió en todo la mente de éste, y confirmó sus impíos dogmas). En otras palabras, al afirmar el Concilio Ecuménico que el Papa Honorio I era excomulgado por seguir las doctrinas del heresiarca Sergio, lo excomulgaba claramente por herejía, por esa misma herejía de Sergio, que era a su vez condenada por el mencionado sínodo universal.

En esos días falleció el Papa Agatón y fue electo pa­ra sucederle San León II, quien solicitó del emperador en la forma acostumbrada la confirmación de su nombra-miento y la autorización para ser consagrado, hecho lo cual revisó las actas del Concilio Ecuménico y les dio su aprobación. En lo relativo a la excomunión de Honorio, la confirmó también, dando como razón “que había per­mitido que fuese manchada esta Sede Apostólica y la Fe inmaculada, con una traición profana” (“hanc apostoli­cam Sedem profana proditione inmaculatam fidem macu­lari permisit”).

Igualmente el Papa San León, en carta dirigida al emperador Constantino Pogonato, al informarle que había aprobado las cartas del Concilio Ecuménico le decía : “Ex-comulgamos asimismo a esos inventores de un nuevo dog­ma, Teodoro de Faran, Ciro de Alejandría, Sergio, Pablo, Pedro, intrusos más que obispos de la Iglesia de Constan­tinopla, e igualmente a Honorio, quién en vez de purificar a esta Iglesia Apostólica, se esforzó, por una traición sa­crílega en destruir la fe inmaculada” [12].

LA BARCATerrible precedente de excomunión sentado por un Santo Concilio Ecuménico, con la aprobación del Sumo Pontífice, canonizado santo, para aquellos Papas que, en lo sucesivo, siguiendo los pasos de Honorio I, “se esfuercen, por una traición sacrílega, en destruir la fe inmaculada”, según las palabras textuales del Papa San León, quien no solamente condenó tales hechos en Honorio, sino también su Iglesia, destinada a enseñar la doctrina de Cristo y preservarla de falsificaciones. Si los obispos sucesores de los apóstoles, o si los Papas sucesores de Pedro, faltan a sus obligaciones de enseñar y mantener pura la Doctrina de Cristo, traicionan al Divino Maestro y pierden la razón de su investidura como tales. La traición a la Iglesia o la simple negligencia frente a ataques o falsificaciones de la Doctrina de Cristo, es decir, de la Divina Revelación, si en un seglar es de graves consecuencias, en un obispo, por su autoridad eclesiástica, puede causar a la Iglesia y a los fieles mayor daño y, en un Papa, puede causar daños catastróficos a toda la Santa Iglesia y a todos sus fieles.

Así lo comprendieron tanto el Santo Concilio Ecuménico VI de Constantinopla, como el Papa San León II, y por ello quisieron dejar sentado un precedente claro, del castigo que espera a los Papas que traicionen a la fe in­maculada o la perjudiquen con su simple negligencia en combatir la herejía. Y se quiso dar tanta autoridad y fuerza a este precedente que, durante siglos, diversos Pa­pas confirmaron la excomunión de Honorio y la Santa Iglesia la siguió repitiendo en distintas ocasiones[13] para recordar a Papas, a obispos y cristianos, el grave pecado que comete un Papa, si con su simple negligencia fomenta los avances de la herejía.

Fue tanto el celo de la Santa Iglesia en perseverar el recuerdo de todo esto, que se insertó en el “Liber Diur­nus” los siguientes términos: “Excomulgamos a Honorio debido a que, por su negligencia, fomentó el crecimiento de las falsas afirmaciones de los herejes”. En esta forma dejó sentado la Santa Iglesia que la tradición o la simple negligencia de un Papa en combatir la herejía, justifican su excomunión, y, por lo tanto, su derrocamiento como Papa, ya que si tal Papa ha sido excomulgado y arrojado del seno de la Santa Iglesia, no puede seguir siendo Papa.

El decreto del Santo Concilio Ecuménico VI de Cons­tantinopla, aprobado en el sentido acabado de mencionar, por el Papa entonces reinante, San León II, dieron a esta definición doctrinal el carácter de infalible, porque ese Santo Concilio no fue convocado como el actual Concilio Vaticano II, como simplemente pastoral, sino que fue con­vocado expresamente para definir dogma, y poner fin así a una desgarradora herejía. Además la excomunión de Honorio I, por las razones dichas, fue confirmada por varios Papas, como antes dijimos. Negar validez a esta tesis sería tanto como negar la infalibilidad del Papa San León, de los Papas que confirmaron la mencionada exco­munión, y del Santo Concilio Ecuménico VI de Constan­tinopla, aprobado en el sentido dicho por el referido Papa. Sería, en una palabra, negar la infalibilidad pontificia re-conocida y definida en el Santo Concilio Vaticano I.

Desgraciadamente la excomunión del Papa Honorio I por un Concilio Ecuménico y por el Papa San León, fue usada sofisticadamente con posterioridad por los enemi­gos del Papa y también por los enemigos de la infalibili­dad pontificia, en el Concilio Vaticano I. Pero ambos usos carecen por completo de justificación. Utilizar la traición y los errores de Honorio y su excomunión, para atacar el Primado de Pedro y de sus sucesores es absurdo, ya que Cristo Nuestro Señor conociendo lo que sucedería en el futuro, quiso visiblemente prevenirnos a todos contra es­tas situaciones, permitiendo que el apóstol San Pedro lo traicionara negándolo tres veces antes de cantar el gallo, y dejándolo después de su arrepentimiento y reparación de su falta, como cabeza de su Iglesia”[14]. Esto demuestra que Cristo Nuestro Señor quiso, expresamente, enseñarnos que los Papas tendrían caídas y fallas personales pero que, a pesar de ello, deseaba mantener el Primado de Pe­dro y de sus sucesores. Es, pues, absurdo utilizar lo ocu­rrido con Honorio I, como argumento para negar la Je­fatura Suprema del Papado sobre la Santa Iglesia.

Y en lo que se refiere al uso del caso del Papa Ho­norio para atacar la infalibilidad pontificia, es evidente que, aún en el caso de que —como lo afirmó el Santo Concilio Ecuménico citado– Honorio hubiese seguido las doctrinas heréticas de Sergio y hubiese incurrido en he­rejía, el texto de las cartas que sirvieron para probarlo demuestra que en ellas el Papa no hizo definición dogmática ex-cátedra, sino que se trató de un simple error per­sonal, que por lo mismo no afecta la infalibilidad papal, opinión esta que han sostenido insignes teólogos de la Santa Iglesia.[15]

Continuará…>

NOTAS:

[10] Escritos de la época dicen que el asesino no pudo consumar el asesinato, porque quedó ciego repentinamente.

[11] Para que los lectores puedan comprender la alta jerarquía eclesiástica de los jefes de esta herejía, aclaramos que los patriar­cas ocupaban en esa época, el segundo grado en jerarquía después del Papa, teniendo facultades hasta de ordenar obispos en su juris­dicción, estando desde luego por encima de dichos obispos y hasta de los metropolitanos (equivalentes en muchos aspectos a los actua­les arzobispos, pero con el carácter de verdaderos primados y con facultades para consagrar los obispos de su jurisdicción). En los tiempos de la herejía monotelista, la Iglesia se dividía en cinco patriarcados con jurisdicción y funciones efectivas; el de Roma, primero en jerarquía, ocupado por el Papa, a su vez obispo de Ro­ma; el de Constantinopla, segundo en jerarquía; el de Alejandría, tercero en jerarquía y que había sido el segundo antes de que Cons­tantinopla lo substituyese en ese rango; el de Antioquía, cuarto en jerarquía, y el de Jerusalén. En esos cinco patriarcados de la Iglesia la herejía era acaudillada por el segundo, el tercero y el cuarto en jerarquía después del Papa y, para colmo de males, este último se doblegó ante los herejes, en la forma ya narrada. Mucho fue el valor y la energía de esos santos que se atrevieron a rebe­larse contra la más alta jerarquía de la Iglesia, para salvar la ortodoxia.

[12] Papa San León II, Carta dirigida al Emperador Constantino Pogonato. Las terribles palabras del Papa San León, expre­sando que Honorio “se esforzó, por una traición sacrílega, en des­truir la Fe inmaculada”, sirven de base a muchos para asegurar que el Papa San León también excomulgó COMO HEREJE a Ho­norio I, además de excomulgarlo COMO FAUTOR DE HEREJES, y por su SIMPLE NEGLIGENCIA en combatir a la herejía; en cambio otros han sostenido, sobre todo los modernos, desde el Con-cilio Vaticano I, que el Papa San León II, ratificó la excomunión lanzada contra Honorio por el Concilio, SOLAMENTE por haber sido FAUTOR DE LA HEREJÍA y por su NEGLIGENCIA EN COMBATIRLA. Nosotros, obrando con extrema cautela en este caso, nos adherimos a esta segunda opinión.

[13] Kirsch-Hergenrötter, Kichergeschichte, t. I, edición 1930, págs. 687 y sigs. Ver especialmente notas 159 y 160.

[14] Entre la traición de Judas y la de San Pedro, hay una distancia enorme. Por ello San Pedro pudo conservar su jerarquía apostólica, mientras Judas la perdió definitivamente.

[15] En su Historia de la Iglesia Católica, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1950, t. I, pág. 811, Bernardino Llorca defiende otra opinión, que podrá leer el lector en Apéndice, que creemos asi­mismo aceptable.

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