Doctrina católica sobre el Papa

 

Tiara Papal_

El Papa es el jefe supremo de la Iglesia Universal. Tiene potestad directa sobre los Obispos, sacerdotes y fieles. Ejerce la triple potestad, legislativa, ejecutiva y judicial en la Iglesia, que por voluntad de su Divino Fundador, es una institución MONARQUICA.

Asimismo tiene una cualidad, del que carece cualquier otro hombre en la tierra. Es INFALIBLE, cuando se dan ciertas y determinadas condiciones. Para que un pronunciamiento pontificio sea infalible el Papa debe:

1 – Hablar como supremo Doctor y Pastor de la Iglesia;

2 – Definir una doctrina;

3 – Que hace a la fe y a las costumbres;

4 – Obligar a todos a que la acepten.

El Papa, al ser Vicario de Nuestro Señor Jesucristo tiene como misión ser enteramente fiel a la doctrina de nuestro Divino Redentor, trasmitir el depósito de la Fe, lo que esta encerrado en la Tradición y las Escrituras. Pues es dogma de fe que la Revelación pública se cerró con la muerte del último Apóstol. Nada se puede agregar a este sagrado depósito, sino tan solo explicitarlo en el decurso de los siglos.

Por esto, cuando la Iglesia define un nuevo dogma, no inventa nada, sino tan solo precisa que esta verdad está contenida en la Tradición o las Escrituras.

El Romano Pontífice es el padre común de todos los fieles, los que deben rezar por El. La liturgia católica nos señala una oración admirable por el Vicario de Jesucristo: “roguemos por nuestro Pontífice Benedicto, para que Dios lo conserve, lo vivifique, lo haga feliz en la tierra y no lo deje caer en manos de sus enemigos”.

Cuando la resistencia es fidelidad

Pues el Papa puede caer en manos de sus enemigos, que son enemigos suyos en cuanto lo son de la Iglesia. Es decir, los comunistas, socialistas, masones y liberales de toda laya y pelambre, de los cuales está infestado lo ancho del mundo y, mucho tememos, también el Vaticano. El Papa también puede caer en las redes de su enemigo máximo, Satanás, equivocándose o incurriendo en pecado. Nunca enseñó la Iglesia que el Sumo Pontífice fuera omnisapiente o impecable, y sólo es infalible cuando se dan las circunstancias que se han señalado, o si reafirma una doctrina universalmente enseñada por la Iglesia en todo tiempo y lugar. Un error del Papa – más aún si recayera sobre una materia de fe o de moral – puede tener consecuencias terribles, pues los medios de comunicación, en manos de los enemigos de Dios, lo difunden como si fuera voz de la Iglesia. Es decir, se propaga una confusión sobre lo que hay que creer o hacer, lo que es correcto o lo errado.

Se llega a llamar bien al mal, y mal al bien. Pero aunque cayera en error, los fieles le deben guardar el respeto y la veneración debidos, PERO SIN SEGUIRLO EN EL ERROR. Algunos dicen: “prefiero equivocarme con el Papa, que estar en la verdad contra El”. Esta frase de falsa piedad circula mucho hoy en día. Pero si se medita un poco que Nuestro Señor Jesucristo dijo: “YO SOY LA VERDAD” (Juan 16,4), la sentencia de aparente piedad empieza a parecerse sospechosamente a ésta: “prefiero estar con el Papa que con Jesucristo”, lo que evidentemente hiere los oídos de cualquiera que tenga algo de amor de Dios. Papas que cometieron errores en materia de fe y de moral hubo en la historia, si bien en número muy reducido y en casos excepcionales, y, realmente, desde el Concilio de Trento (1545-1563) hasta el inicio del Vaticano II, los Romanos Pontífices fueron un monumento de tal solidez doctrinaria, aun en cuestiones donde no usaron su prerrogativa de infalibilidad, que se hizo SENTIMIENTO entre los fieles que, en el fondo, en estos asuntos el Papa era siempre infalible.

Pero la opinión de doctores de la Iglesia, de santos, de teólogos universalmente acreditados durante siglos, se opone frontalmente a ese sentimiento que hemos comentado en el párrafo anterior, y autoriza y RECOMIENDA la resistencia al Papa en algunos casos. Creemos que el “espíritu de obediencia” obliga a recurrir a éstos cuando se tratan temas tan espinosos y difíciles. No olvidemos que, al conferir el título de “Doctor de la Iglesia”, el Romano Pontífice da categoría de maestro de la doctrina al santo que lo ostenta. Con la canonización, la Iglesia propone al santo como modelo de virtudes, cuya conducta aconseja seguir para alcanzar la salvación eterna.

San Bruno, obispo de Segui, se opuso al Papa Pascual II que había cedido al emperador Enrique V en la cuestión de las investiduras, y le escribió; “Yo os estimo como a mi Padre y señor (…). Debo amaros; pero debo amar más aun a Aquél que os creó a Vos y a mí (…). Yo no alabo el pacto (firmado por el Papa) tan horrendo, tan violento, hecho con tanta traición, y tan contrario a toda piedad y religión. En el sínodo provincial de 1112, con la asistencia y aprobación de San Hugo de Grenoble y San Godofredo de Amiens, se envió a Pascual II una carta, donde se lee: “si como absolutamente no lo creemos, escogierais otra vía y os negarais a confirmar las decisiones de nuestra paternidad, válganos Dios, pues así nos estaréis apartando de vuestra obediencia”.

San Norberto de Magdeburgo, fundador de los monjes canónigos premostratenses, ante el peligro que el Papa Inocencio II cediera al emperador Lotario III, en las investiduras, dijo: “Padre ¿qué vais a hacer? ¿A quién entregáis las ovejas que Dios os ha confiado, con riesgo de verlas devorar? Vos habéis recibido una Iglesia libre, ¿vais a reducirla a la esclavitud? La Silla de Pedro exige la conducta de Pedro. He prometido por Cristo, la obediencia a Pedro y a Vos. Pero si dais derecho a esta petición, yo os hago oposición a la faz de toda la Iglesia. Vitoria, el gran teólogo dominico del siglo XVI, escribe: “Si el Papa, con sus órdenes y sus actos, destruye la Iglesia, se le puede resistir e impedir la ejecución de sus mandatos”.

Suárez afirma: “Si (el Papa) dictara una orden contraria a las buenas costumbres, no se le ha de obedecer; si tentara hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será licito resistirle, si atacara por la fuerza, por la fuerza podrá ser repelido. Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, expresó: “habiendo peligro próximo para la fe, los prelados deben ser argüidos, inclusive públicamente, por los súbditos. Así, San Pablo, que era súbdito de San Pedro le arguyó públicamente”. (Gálatas, 2,14).

San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, sostuvo: “así como es lícito resistir al Pontífice que agrede al cuerpo, así también es lícito resistir al que agrede las almas, o que perturba el orden civil, o sobre todo, a aquél que tratase de destruir a la Iglesia. Es lícito resistirle no haciendo lo que manda e impidiendo la ejecución de su voluntad”. (De Romano Pontífice, Libro II, c.29).

En vida del mismo Santo, quien fue consultor del Papa y gran defensor de la supremacía pontificia, la República de Venecia tuvo dificultades con la Santa Sede. Se reunieron entonces los teólogos de dicha República y emitieron varias proposiciones. De éstas:

Proposición 10: La obediencia al Papa no es absoluta. Esta no se extiende a los actos donde sería pecado obedecerle.

Proposición 15: Cuando el Soberano Pontífice fulmina una sentencia de excomunión que es injusta o nula no se debe recibirla, sin apartarse, sin embargo, del respeto debido a la Santa Sede.

Estas proposiciones fueron sometidas al examen del gran teólogo cardenal Belarmino, el que luego fue declarado Doctor de la Iglesia por Pío XI. He aquí la respuesta del Santo:

“No hay nada que decir contra la proposición diez, pues ésta expresamente en la Sagrada Escritura.

“Los teólogos de Venecia no tenían necesidad de fatigarse en probar la proposición quince, pues nadie la niega.

De lo visto más arriba se concluye que en el caso hipotético que algún Papa manifestara doctrinas contrarias al Magisterio de la Iglesia, el cristiano que las resistiera no sería en forma alguna un rebelde o desobediente si no un hijo fiel al Papa y a la Iglesia. Porque el Papa, en cierta forma siempre es el mismo, desde San Pedro hasta la consumación de los siglos; y su doctrina es la del Príncipe de los Apóstoles, “pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestara una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe”. (Concilio Vaticano I).

Fuente: Apostolado Eucarístico

 

 

 

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