La fe de Jorge Mario Bergoglio

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Francisco dice que él no cree en el Dios Católico porque Dios no es Católico. Aún es más, dice que Dios no existe. Que existen las Tres Santísimas Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero que Dios no existe.

Sin embargo, la creencia en las Tres Personas no sería necesaria para la salvación. A los judíos les bastaría con Y-WH, a los musulmanes con Allah, a los hinduistas con Brahma, y a los ocultistas con Lucifer. Por lo visto, todos menos los católicos tendrían un dios tutelar propio.

El Padre sería un híbrido entre el Y-HWH talmúdico de nuestros hermanos mayores y el Gran Arquitecto del Universo de nuestros hermanos menores. El Hijo sería un simple iluminado, un tipo ilustre en sentido Teilhardiano, tal y como lo describe Josef Ratzinger en su trilogía sobre Jesús de Nazaret. Y el Espíritu Santo sería algo así como el “élan”, el impulso vital de la Humanidad deviniendo en sí misma a través de la Historia.

A los ateos no les haría falta nada para alcanzar el estado celestial. El Cielo y el Infierno no existirían como lugares. Sólo serían estados de la mente/cerebro homínida. El Infierno existiría sólo como simple posibilidad porque estaría vacío. Y el Limbo y el Purgatorio no existirían ni tan siquiera como simples estados mentales de la mente/cerebro homínida. Algo así como lo que predican Eduard Punset Casals, José Antonio Marina Torres, los Grandes Orientes, los Ritos Escoceses Antiguos y Aceptados, las logias irregulares y el resto de ilustres divulgadores y cenáculos más o menos discretos. Oh, qué casualidad.

Así, mientras un niño esté bien cuidado, es indiferente la religión en la que sea educado. Y para educarlo, más que una familia, hará falta toda la tribu. O séase, que hará falta la intervención obligatoria del Estado en la Educación. Un Estado que, por el bien de todos, tal y como pidió Josef Ratzinger en Caritas in veritate, tiene que devenir en Único y Universal. A todo esto, la familia ni siquiera tendrá por qué ser tradicional. Aún es más, tendrá que dejar de ser tradicional. Tendrá que devenir en periférica y disolverse, dejando sólo al ciudadano frente al Estado Omnipotente. En eso consiste el Nuevo Orden Mundial.

Lo verdaderamente preocupante es el paro de los jóvenes y la soledad de los ancianos. No hace falta estar hablando siempre del divorcio, el aborto, la eutanasia y el matrimonio homonexual porque ¿quién es nadie para juzgar…? No juzgues y no serás juzgado. Lo que hace falta de verdad es acoger a todos tal y como son, sin proselitismos, porque el proselitismo es una solemne tontería. Y eso, además, sin seguridades doctrinales, que son un terrible pecado de soberbia, propio de neopelagianos auto-referenciales, cuenta-rosarios con cara de funeral.

En todo esto, Francisco no ha hecho otra cosa que seguir el magisterio que San Karol Józef Wojtyla impartió a través del Espíritu de Asís por medio de los sucesivos encuentros inter-religiosos, el beso al Corán, las visitas a mezquitas y sinagogas, las oraciones ante los muros de Las Lamentaciones, Auschwitz-Birkenau y el Yad-Vashem, las reuniones con la encarnación del Dalai-Lama y las visitas a los sumos brujos vudú en Benín. Excepto en lo del Corán, San Wojtyla Magno fue devotamente seguido en todo por su fiel lugarteniente y sucesor, Josef Ratzinger. Quien, a su vez, excepto en lo de los brujos vudú en Benín, ha sido devota y fielmente seguido en todo por su sucesor Francisco.

Así pues, no resulta extraño que Francisco se haga bendecir por evangélicos, luteranos, carismáticos, pentecostales, greco-ortodoxos, y pida para él las oraciones de judíos, musulmanes… y ateos. A fin de cuentas, a San Karol Józef Wojtyla le ahumaron chamanes mexicanos, bebió brevajes polinesios contra la sífilis, y le pusieron boñiga de vaca en la frente. Y nada de eso le impidió llegar a los altares. Todo lo contrario.

Así pues, tampoco resulta tan extraño que a Francisco le parezca lo más normal del mundo que los fieles rechacen el concepto de pecado mortal, la moral sexual natural y de la Iglesia, que no se confiesen y que agarren con la mano el Cuerpo de Cristo para consumirlo de pie apenas una hora después de haberse embaulado el desayuno…

Tampoco es de extrañar que Francisco quiera “acoger” a todo tipo de pecadores públicos sin necesidad de que se arrepientan de sus pecados, ni de que tengan ningún propósito firme de enmienda. Y que, mientras tanto, ordene disolver a los Franciscanos de la Inmaculada por oficiar un rito válido jamás abrogado. Precisamente el mismo rito milenario al que Francisco asistió de forma asidua desde su más tierna infancia, y de forma exclusiva durante sus años de formación como seminarista.

No sé qué fe profesa Francisco. Evidentemente, no es la Fe Católica. Decir lo contrario no sólo es absurdo, es ridículo, digno de toda lástima. Quizá indicio de un desarreglo psiquiátrico que requiera la administración urgente de neurolépticos. Para los más violentos, Modecate. Para los que sufran episodios agudos, Haloperidol. Para el resto, Leponex.

Y para los hipócritas que, estando sanos, no quieran reconocer públicamente la verdad, unas vacaciones en Santa Marta vestidos de sotana. Con diferencia, ésa es la medicina más fuerte y efectiva. Sólo apóstatas y demonios pueden resistirse a ella. Los primeros son los siervos y los segundos son los amos de este mundo. Un mundo al que los católicos no debemos servir ni con el voto útil de la falsa prudencia humana, ni con el silencio cómplice.

Francisco es un apóstata (al menos, materialiter). Y ya lo era cuando fue elegido Papa. Ni entonces, ni ahora ha cambiado de forma de pensar. ¿Puede un apóstata (materialiter) ser elegido y ejercer (materialiter) de forma licita la potestad papal mientras apostata (materialiter) de forma continuada, una vez tras otra? ¿Hay que obedecerle (materialiter) en todas y cada una de sus apostasías (materialiter)?

Desde el Sacrosanto Concilio Vaticano II, convocado para liberar la Conciencia del Hombre Moderno, la respuesta está clara. El que obedece, no se equivoca (¡menuda libertad de conciencia!). La verdad ha dejado de ser la adecuación del intelecto a la cosa (ius naturalismo) para transformarse en la obediencia ciega a la autoridad constituida (ius positivismo).

La lógica sigue siento inapelable: Si se obedece (materialiter) a un apóstata en sus apostasías (materialiter), o bien se apostata (materialiter) con él, o bien se cae en la esquizofrenia. O quizá ambas cosas a la vez.

Por una vez, hagamos caso a Francisco. Hagamos lío. Y para hacer lío, nada mejor que decir la verdad: Francisco es un apóstata (materialiter). Es el lobo disfrazado de pastor rechoncho, torpe y dicharachero. Lo sepa o no, su amo es el Demonio. Y la oveja que le siga, se asará eternamente en las parrillas de Perico Botero.

Y ahora, si me disculpan, esta oveja se marcha al desierto. Lejos de Francisco el Apóstata (materialiter) y de todos aquellos que justifican, minimizan o silencian sus apostasías (materialiter). De tanto escucharles, se me están chamuscando las lanas, digo los bigotes.

VISTO EN Cougar

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