La responsabilidad de Pablo VI en el caos actual de la Iglesia

pppapas07082013

PABLO VI Y SU RESPONSABILIDADES EN EL CAOS ACTUAL DE LA IGLESIA
Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga

LA ACTUALIDAD DE TODO LO QUE SE DICE AQUÍ, ES IMPRESIONANTE, Y CLARAMENTE APLICABLE AL “PONTIFICADO” DE JOSEPH RATZINGER CON LA DIFERENCIA DE QUE YA NO CABEN DUDAS: LA “IGLESIA” QUE SE PRESENTA ANTE EL MUNDO COMO LA “CATÓLICA”, YA NO ES TAL, ES UNA NUEVA RELIGIÓN QUE NADA TIENE QUE VER CON LA ENSEÑADA POR NUESTRO SEÑOR ESUCRISTO.SE HA CUMPLIDO LO QUE SE DICE EN ESTE LIBRO:

SI LA MAYORÍA DE LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA SIGUE
AL APÓSTATA, ÉSTE SERÁ EL PEOR CASTIGO DEL MUNDO.

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Por el Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga

En una exposición, que, durante los tiempos del Concilio, hice yo en el Santo Oficio, delante del Cardenal Ottaviani, del entonces Mons. Parente, ahora ya Cardenal de la Iglesia, de Mons. Mazala y de otro Mons. de cuyo nombre no puedo acordarme, después de haber explicado el memorandum, que había yo presentado por escrito sobre la revolución que, con el pretexto del Concilio y del espíritu conciliar, se estaba gestando en la Iglesia de Dios, pedí permiso para exponer abiertamente todo lo que en mi corazón llevaba y que por vez primera en mi vida había hecho vacilar mi misma fe católica. Obtenido el permiso, hablé y hablé muy claro, exponiendo mis dudas sobre las ideas y la actitud de Paulo VI y sobre el mismo Concilio, que pretendía imponemos la nueva teología, la que había sido antes condenada por Pío XII.

El Modernismo, doctrina y partido denunciados y condenados por San Pío X, resurge y se impone en nuestros días con una pujanza y un poderío sin paralelo en la historia. El Congreso del Bruselas -hablo aquí de consecuencias recientes del Concilio- “The (World FUTURE Church”, la Iglesia futura del mundo, preparado por el IDOC, (es decir, la revista CONCILIUM y su equipo internacional de teólogos ampliamente conocidos, presididos por el Cardenal Suenens y el P. Schillebeeckx, Hans Küng, Congar y el supergrande Karl Rahner, S.J.), ha eliminado a su antojo los dogmas fundamentales o los ha silenciado, o los ha interpretado a su capricho. El Modernismo cobró carta de ciudadanía en la Iglesia Católica, durante los días turbulentos del Vaticano II.

Yo encuentro incomprensible e inaceptable este Concilio, que además de ser equívoco, tiene puntos, que han venido a revolucionar la doctrina de la Iglesia, en innegable contradicción con las definiciones de anteriores y recientes Concilios Ecuménicos y con documentos solemnes del Magisterio. Pregunto yo: esas definiciones y esos solemnes documentos anteriores ¿estuvieron o no estuvieron inspirados por el Espíritu Santo? Si lo estuvieron, ¿cómo es posible ahora ignorarlos y contradecirlos? La razón aducida por los “expertos” del Vaticano II es que esas definiciones y esos documentos tuvieron un valor circunstancial, incompatible con el progreso de la teología y del mundo que está a punto de nacer. El “aggiornamento” de la Iglesia a ese nuevo mundo pide que revisemos toda nuestra doctrina, todas nuestras creencias, toda nuestra moral, nuestra liturgia, nuestra disciplina y las leyes de la Iglesia. Con estas premisas, nada queda en pie y el mismo Concilio Vaticano II pasará a la historia como una pesadilla, cuando las circunstancias del mundo en constante evolución hayan cambiado. Entre el Vaticano II y el Vaticano I y el Tridentino no hay continuidad, no hay progreso, sino antagonismo y cambio completo de mentalidad, que, a mi humilde sentir, es un cambio de fe. Y si malo es ese Concilio Pastoral, peor es el postconcilio, que no sólo ha ignorado las definiciones dogmáticas de anteriores Concilios y los documentos todos del anterior Magisterio, sino ha superado y desconocido en la práctica lo que está escrito en los documentos del Vaticano II. Ahora bien, ¿quiénes son responsables de esta demolición interna de la Iglesia? ¿quiénes han callado las voces de la ortodoxia que buscaba, con la TRADICIÓN en la mano, defender la verdad revelada? ¿Por qué, si estaban y están tan seguros de sus reformas inauditas y demoledoras, no han permitido no digo ya la polémica, la discusión esclarecedora, sino el “salvífico diálogo”, que han buscado, con servilismo vergonzoso, con todos los enemigos de la fe católica? Es imposible negar la complicidad personal y colectiva de los pastores de la Iglesia y, especialmente, de aquel que es sucesor de Pedro.

Cuando, en los comienzos de esta autodemolición de la Iglesia, yo señalaba la cabeza como la causa principal de la tragedia, mis palabras escandalizaban; creían que había ya naufragado en mi fe. Pero poco a poco, sin embargo, las cosas han cambiado y es cada vez más clamoroso el grito de los que con un YO ACUSO valiente señalan el MONTINISMO como la raíz de la destrucción progresiva de la Iglesia. Los acontecimientos posteriores han forzado después no sólo a los observadores preparados, sino a las mismas masas de creyentes a examinar el caos más de cerca y con menos ingenuidad. La ruina de la Iglesia coincide tan exactamente con el Pontificado actual y sigue tan de cerca sus orientaciones reformistas y revolucionarias, que es ya imposible cerrar los ojos, para no darnos cuenta de que son los pastores, de que es, ante todo, Paulo VI el verdadero responsable de esta crisis sin precedente ni paralelo en la historia de la Iglesia. La conspiración judeo-masónica-comunista ha tenido tanto éxito, porque tenía en sus manos el poder.

Son diversas las hipótesis que se han dado para explicar el enigma de Paulo VI. Entre ellas, las principales son las siguientes:

  • – El Papa es un prisionero, al que rodean amenazantes poderosos enemigos, que le obligan a decir y hacer lo que ellos quieren. Hay quien añade que existe un chantage de los enemigos, que, conociendo las secretas debilidades personales del Pontífice, pueden descubrirlas, con gran desprestigio de la autoridad, si Paulo VI no secunda los planes que ellos tienen.

  • – El Papa está drogado, esporádica o habitualmente. Los diabólicos inventos de la química moderna hacen ciertamente posible esta hipótesis espantosa. Existen actualmente drogas capaces de nulificar la voluntad, de hacerla fluctuante y aún contradictoria, en las resoluciones de asuntos capitales. Esta nulificación de la voluntad puede ser intermitente, y puede ser, según las drogas y la dosis con que ellas se administran, constante, permanente. En el primer caso, hay una especie de dualidad en las acciones y en los dichos de la persona drogada, según que esté o no esté bajo el influjo de la droga; y, en el segundo caso, la persona es un juguete en manos de los que la han drogado.

  • – El Papa, después de haber sido legítimamente elegido, cayó en la herejía, tal vez en la apostasía. La prerrogativa de la infalibilidad, con la que Cristo enriqueció al Primado de Pedro, según la misma definición del Concilio Vaticano I, es una prerrogativa en favor de la Iglesia, no en favor de los individuos que habían de ocupar la Sede de Pedro; es una infalibilidad no personal, sino meramente didáctica y que no hace al Papa ni infalible en todos sus juicios, opiniones y personales doctrinas, ni tampoco impecable, como lo demuestra, por desgracia, la historia misma de la Iglesia. y esta infalibilidad meramente didáctica, solamente se da cuando se cumplen las cuatro condiciones, que señala la definición conciliar, según la doctrina de la Escritura y de la Tradición: a) que el Papa hable ex cathedra, con su autoridad suprema y universal; b) que hable en cosas de fe o de costumbres, ya que su ministerio abarca tan sólo estas materias; c) que defina, es decir, que nos diga que la verdad concreta por él enseñada se encuentra en el Depósito inmutable de la Divina Revelación. El Papa, al definir no inventa una verdad, no adapta el Evangelio al mundo, sino únicamente nos dice que esa verdad concreta fue revelada por Dios, se encuentra en el Depósito inmutable de la Divina Revelación; y, finalmente, que la obligación, que nos imponga el Papa para aceptar esa definición sea bajo pena de eterna condenación, según las palabras de Jesucristo: “Los que creyeren serán salvos; los que no creyeren se condenarán“. Negar, en estas circunstancias una verdad definida por el Magisterio supremo de Pedro es naufragar en la fe, es negar la doctrina de Cristo.

2 (1)En su Magisterio ordinario el Papa solamente es infalible cuando nos enseña verdades que han sido ya definidas o por otros Papas o por otros Concilios, o cuando nos enseña una doctrina, quam semper et ubique tenuit Ecclesia, que siempre y en todas partes enseñó la Iglesia.

No tendría sentido la célebre definición del Vaticano I, si el Papa, por el hecho de ser Papa, fuera personalmente infalible, no pudiera engañarse, ni pudiera caer incluso en la herejía. Es cierto que, en su oficio, cuenta siempre con la asistencia del Espíritu Santo, pero esta ordinaria asistencia presupone y exige la fiel correspondencia del Pontífice, que siempre es libre y puede estar sujeta a las fluctuaciones posibles del libre arbitrio. No es, pues, una herejía el decir que el Papa no es siempre infalible y que, por lo tanto, puede equivocarse, culpable o inculpablemente -esta es otra cuestión- y puede incluso caer en la herejía. Lo que sí podemos afirmar es que, en estos posibles y lamentables casos, el Papa no definirá ex cathedra un error(1)una herejía, porque esto equivaldría a que sucumbiese la “inerrancia” de la Iglesia.

En el lamentable caso de que el Papa cayese personalmente en la herejía, muchos autores piensan que automáticamente dejaría de ser Papa: non deponnendus, sed iam depositus. Otros, por el contrarío, piensan que el Papa, herético o apóstata, sigue siendo Papa. A su juicio sólo la muerte o la renuncia del Pontífice dejan vacante el Pontificado. Para sostener esta sentencia, se necesita establecer en tales casos una verdadera dualidad en la persona y en los actos y dichos del Pontífice herético, difícilmente comprensible: unas veces habla como católico y entonces es Papa; otras, en cambio, no habla como católico, sino como hereje, y entonces no es Papa. Su pontificado carecería de aquélla estabilidad y consistencia que parecen exigir las palabras de Cristo: “Tú eres piedra, roca inconmovible, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia“. “Y las puertas del Infierno no prevalecerán en contra de ella“. Lo que es en un edificio el fundamento eso es Pedro en la Iglesia: principio de unidad, de cohesión de todos los elementos que integran ese edificio, garantía de su consistencia y permanencia. ¿Cómo es posible que el que ha caído en la herejía siga siendo el fundamento de la Iglesia? ¿No sería esto atentar contra la inerrancia de la Iglesia?

Los que sostienen la tesis de que un Papa herético non est de positus, sed deponendus, no ha dejado de ser Papa, sino que debe ser depuesto, parecen anteponer las normas jurídicas sobre la misma Verdad Revelada. A mi modo de ver, las normas jurídicas -cualesquiera que sean- tienen un valor de medio, no de fin; mientras que la preservación de la Verdad Revelada es a no dudarlo el fin del Magisterio, del Primado y del Episcopado, porque la fe es la raíz de la justificación; porque sin fe es imposible agradar a Dios. Y no puede haber una fe verdadera, cuando no se funda en la Verdad Revelada, cuando no se acepta TODO lo que Dios nos ha revelado.

Por otra parte, los Pastores han sido instituidos por Cristo para apacentar las ovejas en la verdad, para conducirlas siempre por el camino seguro de la salvación. Cuando los pastores fallan, cuando incurren personalmente en el error, dejan de ser verdaderos pastores, ya que no pueden apacentar seguramente a las ovejas, ni llevarlas por el camino recto de la salvación.

  • 4ª – El Papa es un verdadero Papa; el Papa no ha incurrido personalmente en la herejía. Pero es un Papa débil, que no cumple sus deberes esenciales de reprimir las herejías, de aplicar las debidas sanciones de la Iglesia contra los destructores de la unidad, contra los que difunden el error, contra los que han causado la presente confusión doctrinal en la Iglesia de Cristo. Es el caso del Papa Honorio, que, por su gravísima omisión, en reprimir las herejías, por sus condescendencias ecuménicas con los monofisitas, o monotelitas, fue, al fin, después de su muerte, condenado como hereje por un Concilio.

  • 5ª – El Papa no es un verdadero Papa: su elección no fue válida. Porque, aunque canónicamente, hasta donde nosotros podemos saberlo, su elección haya sido legítima -y la aceptación universal en toda la Iglesia de su Pontificado así parece confirmarlo- sin embargo, si el sujeto no era “capax electionis“, no era capaz de ser legítimamente elegido, la elección, según los cánones legítima, es en realidad ilegítima. Dos cosas pueden invalidarin radice una elección aparentemente legítima: si el elegido no es un verdadero católico, si profesa públicamente(2) doctrinas anticatólicas; si el elegido es un excomulgado y su excomunión no ha sido levantada por aquel que tiene autoridad para hacerlo, suponiendo, claro está una completa retractación de sus errores; porque, sin esta sincera retractación, la excomunión no podría ser válidamente levantada.

Estas son, en resumen, las diversas hipótesis, que corren en el mundo, para explicar la incógnita terrible del actual Pontífice. Ellas demuestran, desde luego, la realidad aterradora de que, en el mundo, son muchos y muy preclaros varones los que miran arriba, los que señalan a Paulo VI como el verdadero responsable de ésta, que él mismo llamó “autodemolición” de la Iglesia. Varían las opiniones en la solución, pero no en el diagnóstico del mal que nos aqueja.

Citaremos ahora a algunos de los escritores que con más precisión y valentía han afrontado el problema, antes de exponer yo mis puntos personales de vista en tan espinoso y delicado problema. Empezaremos por copiar aquí la CARTA ABIERTA del sacerdote francés Noel Barbara a Paulo VI:

El objeto de este estudio sobre la Revolución en la Iglesia es normal, ya que el Señor instituyó a Pedro como Pastor Supremo, a quien dio la misión de confirmar nuestra fe. Es, pues, normal, en las presentes aflictivas circunstancias, el que nos dirijamos a él, para que, con su Magisterio, disipe todo equívoco y toda confusión, nos devuelva la confianza y confirme nuestra fe.

“YO RECONOZCO, SIN TITUBEAR, LA AUTORIDAD DEL SANTO PADRE. PERO AFIRMO, SIN EMBARGO, QUE CUALQUIER PAPA, EN EL EJERCICIO DE SU AUTORIDAD, PUEDE COMETER ABUSOS DE SU AUTORIDAD, Y SOSTENGO QUE EL PAPA PAULO VI COMETE UN ABUSO DE AUTORIDAD DE EXCEPCIONAL GRAVEDAD, CUANDO EDIFICA UN RITO NUEVO DE LA MISA, SOBRE UNA DEFINICIÓN DE LA MISA, QUE HA CESADO DE SER CATÓLICA”. (R. P. Th. Calmel, O.P.)

Beatísimo Padre:
Esta Carta Os está dirigida para expresaros los sentimientos de vuestros hijos, que ven en Vos al Sucesor de Pedro. Ellos Os presentan de rodillas su corazón despedazado; pero su fe y su buen sentido católico han sido de tal manera probados, que les es ya imposible callar. Tienen un inmenso deseo de obedeceros, pero para ello es necesario que su fe y sentido común no sean más triturados.
Por esta razón se permiten, siendo yo su intermediario, haceros unas preguntas, cuya respuesta les llenará de gozo, pues con ella podrán preservar su fe, su recta inteligencia y podrán también obedeceros, con tranquilidad de conciencia, en lo que ahora no pueden comprender.
Santísimo Padre, ¿HA HABIDO SIEMPRE, EN LA SANTA IGLESIA, UNA SOLA VERDAD, UN DOGMA INMUTABLE, UNA FE INTANGIBLE?
Vuestro admirable “CREDO” así nos lo ha reafirmado; pero, ¿cómo es compatible la adhesión a este CREDO con todos esos nuevos catecismos, que omiten afirmaciones esenciales y ponen en duda gran número de dogmas, que son ahí reestructurados? ¿No sois Vos el guardián y el defensor de nuestra fe? ¿Cómo podéis entonces tolerar la publicación y difusión de esos catecismos, que deforman la verdadera noción del mensaje de nuestra salud, tal como había sido siempre enseñado por los Evangelios y la Tradición? ¿Pueden admitirse dogmas contradictorios?
Santísimo Padre, ¿es todavía admisible Vuestro CREDO, cuando en la liturgia, así de la Misa como del ritual, se omite deliberadamente todo aspecto ascético de la vida cristiana, basado en la realidad del pecado original con todas las consecuencias que ese pecado tiene para la humanidad; omisión, que está en contradicción manifiesta con la doctrina del Evangelio y de la Tradición? ¿Por qué esa constante contradicción entre lo que Vos afimáis y lo que Vos autorizáis con Vuestra firma? ¿No ha sido anatematizado este proceder por el mismo Jesucristo?
Santísimo Padre, es todavía verdadero Vuestro CREDO, después de lo que ha afirmado Vuestro Legado, el Cardenal Willebrandt, en las reuniones luteranas y, en particular, en la de Evian, que parece haber sido aprobado por Vos mismo? ¿Puede ser verdadero, como lo ha afirmado él, con Vuestro consentimiento, ya que hablaba como Legado Vuestro, que hay una afinidad entre las orientaciones de Lutero y las del Concilio Vaticano II? Mirad que esta afirmación plantea un gravísimo problema teológico y de conciencia para nosotros.
Por favor, explicadnos lo que nosotros no podemos comprender.
Santísimo Padre, ¿debe todavía ser creído por todos los fieles católicos y afirmado y defendido hasta el sacrificio de la vida ese Vuestro CREDO, después que Vos habéis recibido y estrechado las manos, llenas de sangre, de los verdugos de millares, mejor dicho, de millones del comunismo, siempre perseguidor y asesino de los católicos, que quieren ser fieles a Vuestro CREDO y a la Iglesia de Roma, de la que sois el Pastor Supremo? ¿Debemos confesar Vuestro CREDO después de que Vos habéis impedido que cualquiera levante la voz en la Iglesia, para protestar y condenar a esos asesinos, como lo atestiguan los 540 obispos, que en el Concilio pidieron, sin ser oídos, esta condenación?
Dignaos explicarnos esta contradicción.
Santísimo Padre, hemos aplaudido la defensa de la moral conyugal, que habéis hecho en Vuestra encíclica “Humanae Vitae”; pero, los Episcopados de casi todos los países han podido contradecir esa encíclica, sin que Vos levantéis la voz. Mas todavía, estos Episcopados persiguen a los sacerdotes y fieles, que han intentado hacerse escuchar, para seguiros, y Vos habéis dejado hacer a esos Episcopados, si es que no los habéis secretamente inducido a ello; y estos sacerdotes son considerados en Roma como “contestatarios”.
¿Qué explicación podéis damos de estos hechos incomprensibles?
Santísimo Padre, todos Vuestros hijos sacerdotes, fieles al voto de su subdiaconado, han escuchado con alegría Vuestra encíclica “Sacerdotalis Coelibatus”, que afirma una vez más que la Iglesia de Occidente no puede abandonar la antigua tradición, que es la suya. Y los hogares cristianos también se sintieron de nuevo confortados y grandemente ayudados, para sobrellevar el yugo de su fidelidad conyugal, con el ejemplo de los mismos sacerdotes, fieles a su voto de castidad. ¿Cómo explicarles ahora que, en una carta a Vuestro Secretario de Estado, Vos, Vos mismo hayáis puesto a juicio el asunto del celibato sacerdotal, al examinar o insinuar la posibilidad de ordenar hombres casados, que puedan unir su vida conyugal con el ejercicio activo de su sacerdocio? ¿Cómo hacer comprender a los esposos así traicionados la indisolubilidad de su vínculo conyugal, cuando Vos mismo concedéis con tanta facilidad a los sacerdotes infieles la dispensa de sus sagrados compromisos?
Santísimo Padre, Vos habéis hecho un elogio extraordinario de la Misa de San Pío V, reconociendo que ella encierra preciosos documentos, que se remontan hasta los tiempos apostólicos; y, sin embargo, Vos mismo habéis autorizado reemplazarla; más todavía, o Vos habéis permitido indulgentemente a los Episcopados el imponer la nueva misa obligatoriamente a todos los sacerdotes, o sois Vos el que secretamente dio a los Episcopados esa consigna. Por eso la liturgia de cambios constantes, lo mismo en su estructura, que en sus numerosos y diferentes esquemas y sus innumerables prefacios, está sujeta al arbitrio de cada celebrante y provoca rápidamente la indiferencia y el abandono de los verdaderos creyentes.
Y ¿cómo podríamos recibir nosotros con agrado una “reforma”, en la que han participado seis pastores protestantes; y, al terminar el trabajo, Vos los habéis recibido y Os habéis fotografiado con ellos [3], en reconocimiento de su colaboración? Así los herejes han sido admitidos a reformar aquello que la Iglesia tiene de más sagrado y precioso, el tesoro que Jesús le había dejado y que no es otro, sino El mismo, en su Sagrada Pasión, continuada en el Altar?
¿Cómo puede ser esto concebible para aquel que tiene la verdadera fe? Os pedimos que Os dignéis explicárnoslo.
Santísimo Padre, Vos hicisteis el elogio del latín y del canto gregoriano y Vos encargasteis a los monjes benedictinos el guardar este tesoro de la Iglesia, ¿cómo es posible entonces que un mes tan sólo después hayáis podido autorizar a estos mismos monjes la supresión del latín y del canto gregoriano?
Santísimo Padre, Vos pedisteis por favor a los obispos que guardasen la costumbre de dar la Sagrada Comunión sobre la lengua; pero, Vos mismo, aduciendo profusos e inusitados raciocinios, acabáis al fin autorizando el distribuir la comunión en la mano. ¿Qué es lo que significa todo esto? Explicádnoslo.
Santísimo Padre, Vos Os habéis lamentado frecuentemente de que Vuestra autoridad sea cada día menos respetada en la Iglesia; pero, por favor, decidnos: ¿quién Os ha quitado Vuestra tiara, símbolo de Vuestra autoridad, para venderla, en pública subasta, con estupefacción de muchísimos Padres del Concilio, que no estaban comprometidos en la conspiración, presentes a Vuestra descoronación? [4] 
Santísimo Padre, Vos habéis deplorado -ya que no habéis debidamente sancionado- las “intercomuniones” de Holanda, de París (rue de Vaugirard) y de Medellín; pero ¿quién permitió que fuese concedida la Comunión Sacramental del Cuerpo de Cristo a Barbarino Olson, obstinado presbiteriano, y, durante el Congreso Eucarístico de Bogotá, a los ministros herejes?
¿Cómo explicar el que hayáis prácticamente reconocido el carácter episcopal de Michael Ramsey, Presidente del Anglicanismo, a quien Vos mismo, en público, le habéis puesto en su dedo Vuestro propio anillo y a quien pedisteis bendijese a la multitud, cuando, según la Bula “APOSTOLICAE CURAE” de León XIII, Bula confirmada por el mismo Pontífice como “irrevocable” (perpetuo ratam, firmam, irrevocabilem), “las ordenaciones conferidas según el rito anglicano son absolutamente inválidas y nulas?
En verdad, no entendemos esto y Os suplicamos Os dignéis explicamos lo que, con razón, a nosotros nos parece un escándalo.
Santísimo Padre, deploráis el ateismo y la creciente irreligiosidad; pero, ¿quién ha hecho desaparecer todos los Crucifijos de las oficinas y salas de Vuestra Secretaría de Estado, laicizando así el Vaticano?
¿Quién Os obligó a entrar y a inclinaros en religiosa postura en el lugar del culto masónico de la O.N.U., en Nueva York?
¿Quién ha creado dificultades sin número a los pocos gobiernos católicos y quién ha sostenido abiertamente la “contestación” y la revolución contra esos gobiernos, bien sea con el nombramiento de obispos de tendencias y de ideas marxistas, bien sea manifestando públicamente Vuestra simpatía a todos los rebeldes, ya sean éstos clérigos, ya laicos, ahora, cuando todas las sonrisas se dirigen a los gobiernos comunistas, a aquellos que se abren hacia el Este?
¿Queréis explicárnoslo?
¿Será esto debido a la “DECLARACIÓN SOBRE LA LIBERTAD RELIGIOSA” del Vaticano II? Pero, entonces, ¿qué debemos pensar de ese Concilio?
Santísimo Padre, Vos, sin cesar, afirmáis que la Iglesia atraviesa por una crisis difícil y dolorosa; pero, ¿quién es el que tiene como amigos a los que son los principales autores de esta crisis? ¿Quién nombró como moderadores del Concilio a los Cardenales Suenens, Dopfner y Lercaro? ¿Quién ha nombrado a todos los que Os rodean y que están haciendo el juego a los enemigos de la Iglesia? ¿Quién ha removido de los puestos importantes de la Curia a aquellos varones, que tanto trabajaron por la Iglesia y que eran sus verdaderos sostenes y defensores?
¿Quién ha pedido al Presidente de la más importante Conferencia Episcopal el que dejase esta Presidencia? (Se trata del Cardenal Siri, Presidente que fue de la Conferencia Episcopal Italiana).
¿Quién hizo todo lo posible, aunque esta maniobra no haya tenido ningún éxito, para impedir que el sólo Secretario del Concilio, que nunca fue Cardenal (Mons. Morcillo, Arzobispo de Madrid y Alcalá) fuese elegido Presidente de su Conferencia Episcopal?
¿Por qué Os lamentáis de esta crisis, a la que Os negáis poner el necesario remedio, cuando sois Vos el único que puede poner ese remedio?
Todos estos son misterios, que nosotros no podemos es clarecer. Por favor, ayudadnos a hacer luz sobre ellos. Os lo pedimos.
Santísimo Padre, Vos habéis afirmado Vuestra adhesión a la Tradición, a la Fe de la Iglesia, pero Vos estáis arruinando la Iglesia y la Tradición, al abrir Vuestros brazos a todos aquellos, que siempre en el pasado y hoy, con más decisión que nunca, combaten esta fe y esta Tradición: herejes, francmasones, comunistas y judíos. Y a todos aquellos, que, en la Iglesia, cometen el adulterio y el concubinato con estas doctrinas, mientras que cerráis esos mismos brazos a todos los fieles servidores de la Iglesia.
Santísimo Padre, -lo decimos con la más grande angustia- Vuestra conducta nos recuerda la de Salomón, que habiendo recibido la herencia de su padre David, no dudó en admitir en su intimidad a todas las mujeres extranjeras, con sus dioses y sus creencias. Y, como él -no podemos dejar de verlo- Vos arruinaréis el Reino del verdadero Israel, que es la Santa Iglesia.
Discípulos de Jesús, nosotros preferimos la verdad de los ACTOS a la verdad de las PALABRAS y, por eso, nos sentimos tentados a preguntaros: QUID DICIS DE TE IPSO? QUIS ES TU? ¿Que decís de Vos mismo? ¿Quién sois Vos?

Noel Barbara, Pretre.

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De la Argentina, en la revista “LA HOSTERÍA VOLANTE”, tomamos ahora el siguientesiguiente artículo del Dr. Carlos A. Dissandro:

“PONTIFICADO y PONTÍFICE”. Una breve quaestio theologica.

He explicado, en las breves páginas de Iglesia y Pontificado (ed. Montonera, Mar del Plata 1969) las coyunturas doctrinales, que reaparecen o se requieren en estos momentos dramáticos del mundo. Trataré de completar aquí la imagen de un Pontífice -para quien esto escribe “Falso Papa “- que parece cubrir con su presencia la historicidad mística del pontificado, aunque en realidad, la erosiona, esclaviza y degrada, y de este modo erosiona, esclaviza y degrada la entera Iglesia, Sacramentum Trinitatis.
Por el reexamen de las instancias doctrinales, que se refieren a la forma divina de la Iglesia, sabemos que el Pontificado es término necesario, para el concreto vínculo histórico entre el nivel celeste y el nivel terrestre. Sabemos que es una magistratura y jurisdicción personal, cuya continuidad es irrefragable; sabemos, finalmente, que la falencia personal del Pontífice (en un orden ético-religioso general) no implica la caducidad de su magistratura (en el caso de simonía, concubinato, cesaropapismo, etc.); pero que tratándose del vínculo con un nivel teológico, que anude fe y autoridad, podría ocurrir que el Pontífice se escindiera de la Iglesia, o, lo que es lo mismo, que el Pontificado quedara vacante, no sólo por muerte física, sino también por muerte teológica (herejía y cisma).
Esta clara posición nos distingue de los que defienden clamorosamente a Paulo VI, pero atacan las bases inviolables de su Pontificado (el Cardenal Suenens, por ejemplo, y muchísimos otros); y también de los que subvirtiendo el fundamento dogmático de formulación helénica de la Fe (Concilios de Nicea, Calcedonia y Efeso) pretenden salvar pontificado y pontífice, según un nominalismo teológico, que lo funda todo en una noción incompleta o falsa de autoridad (el cardenal Danielou, por ejemplo, y con él casi todos los grupos que se tienen por tradicionalistas, al menos aquí en la Argentina). Combatimos, pues, en este terreno doctrinal y práctico, el nefasto desfonde judaico del progresismo, y el no menos nefasto designio de una falsa tradición, que subvierte el vínculo entre FE y AUTORIDAD.
Conviene, pues, referirse concretamente a las principales posiciones, que se sostienen hoy en el mundo, y delinear provisoriamente nuestra propia concepción del problema. Los que nos acusan de orgullo, exageración, etc. podrán advertir los matices difíciles en todos estos planteos. Resaltará entonces, con mayor nitidez, que sin negar el tono temperamental, tan legítimo como cualquier otro, nos ubicamos en el plano de una quaestio disputata y elegimos conscientemente una solución, la más delicada y comprometida quizá, pero no por eso menos lúcida.
En primer lugar tendríamos que recordar las dos grandes posiciones:

  • 1ª La que acepta la legitimidad de la elección de Juan B. Montini, legitimidad que lo instaura como Paulo VI, sucesor legítimo de sus predecesores;

  • 2ª La que sostiene que es ab initio un falso Papa, ya que es el resultado de aquel cónclave írrito, por motivos que difieren, según diversas consideraciones.

La primera posición cuenta con una abrumadora mayoría y parece haber conciliado para siempre el consenso universal de la Iglesia. La segunda posición, sostenida por un número reducido de intérpretes, teólogos y canonistas, no está exenta, sin embargo, de matices sorprendentes, que no con viene desdeñar, porque interesan de cualquier modo a la quaestio disputata. Como se trata de una opinión, que puede examinarse más rápidamente, propongamos aquí su puntualización.
Podrían distinguirse tres causas, que, según los intérpretes, fundarían la nulidad de la elección del cardenal Montini, por tanto, la nulidad del pontificado de Paulo VI:

  • a) por las doctrinas heréticas, sostenidas por Montini, antes y después de su acceso al cardenalato; no habiendo abjurado de tales doctrinas, no podría ser legítima tal elección del cónclave;

  • b) por las condiciones bio-espirituales del elegido, pues para investir la suprema magistratura de la Iglesia se requiere un cierto nivel de normalidad en el sujeto elegido (por ejemplo, no podría ser electo un cardenal ciego, un impedido mental, un homosexual, etc.);

  • c) por el trámite formal de la elección, en la medida en que puede violarse la autenticidad y normalidad de las circunstancias conclavistas, para imponer a la Iglesia un falso Papa demoledor.

Ahora bien, las tres posibilidades esenciales, enunciadas esquemáticamente, en cuanto a la nulidad inicial de este Pontífice, requerirían una exhaustiva indagación, cosa hoy prácticamente imposible, con excepción, tal vez, del primer apartado: “Doctrinas heréticas del Cardenal Montini”, y se enfrentarían, por lo demás, con un consenso mantenido, sin variación, durante siete años. Sin embargo, en el vasto mundo enfervorizado, hay quienes sostienen con intrepidez y fundamentos tales interpretaciones, precisamente en homenaje a una total coherencia doctrinal y a una defensa lúcida de la FE y de la AUTORIDAD. Aquí en la Argentina sólo el mencionar este tema provoca aullidos, retorcimientos, rasgado de vestiduras seudodoctrinales, improperios e insultos. Pero, las cuestiones disputadas pertenecen al orden de la inteligencia de la fe y no al criterio de una gendarmería teológica, que esgrima la banderola de la AUTORIDAD, para impedir la vida verdadera de la Iglesia. La FE no es una venda; es un acto de posesión del MISTERIO TEANDRICO, con su margen de inteligibilidad claro-obscuro y total penumbra inaccesible. Moverse en esa entrañable dimensión, con un cierto fundamento, con una cierta coherencia y un cierto designio constructivo, tal ha sido la labor de los grandes siglos teológicos. Dejemos, pues, los aullidos y los improperios; enfrentémonos con decisión a estas coyunturas dramáticas en la vida de la FE y de la IGLESIA.

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Pasemos ahora a discriminar los matices en aquella posición, que sostiene la legitimidad de la elección de Montini al Pontificado y, por lo tanto, la legitimidad inicial de Paulo VI, 262º sucesor de Pedro en la Sede Romana.
Aquí distinguiríamos, a su vez, tres interpretaciones fundamentales, en las que, en realidad, están repartidas las tendencias más importantes en la Iglesia de hoy. En primer lugar, quienes unen de un modo absoluto y solidario legitimidad inicial y continuidad ininterrumpida de la jurisdicción pontificia en Montini, y no pueden concebir ni admitir posibilidad alguna de que cese tal jurisdicción, legítimamente asumida. Sólo la muerte, según estos autores, deja vacante el pontificado. Se unen a esta posición tradicionalistas (Danielou), progresistas (Suenens), con todos los matices imaginables.
En segundo lugar, los que distinguen actos legítimos e ilegítimos (o írritos) de Paulo VI: mantienen, pues, la legitimidad jurisdiccional de la persona, pero la invalidan en circunstancias concretas. Cuando éstas ocurren obraría, pues, no el Pontífice, sino Juan Bautista Montini. Convivirían entonces en un mismo sujeto actos legítimos (pontificios) y actos ilegítimos (montinianos). En esta interpretación podría valer la fórmula clásica: PAPA HAERETICUS EST DEPONENDUS.
En tercer lugar, los que reconociendo la legitimidad inicial de Paulo VI, sostienen que ha caducado o la ha perdido, con todas las prerrogativas de los sucesores de Pedro, incluso la infalibilidad, por causa de herejía formal, continuada y explícita. El pontificado, pues, estaría vacante desde un momento dado, y se cumpliría por lo mismo en el caso de Paulo VI la fórmula también clásica: PAPA HAERETICUS EST DEPOSITUS.. .

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Podríamos ejemplificar todas estas opiniones, con oportunas consideraciones y discrepancias, sin agregar mayores luces a la problemática misma. Entre los que piensan que Paulo VI fue ab initio un Papa legítimo, están, como ya dijimos la casi totalidad de los tradicionalistas y la casi totalidad de los progresistas: están asidos a la cúspide de una autoridad equívoca, lo que permite el movimiento dialéctico de Paulo VI y su hábil conducción de heresiarca. La Iglesia está siendo destruida, mientras lloran los cardenales, los obispos y el propio Montini. ¿Quién la destruye? Mysterium iniquitatis, dicen los más audaces.
Entre los que sostienen esta opinión de que Montini fue válidamente elegido Papa y continúa siendo un verdadero Papa está el Padre De Pauw (Catholic Traditionalist Movement, en los Estados Unidos) y el Abbé Georges de Nantes (Contre-Reforme Catholique au XXe. Siecle, en Francia). El Padre De Pauw rechaza de plano y totalmente la “Nueva Misa”, pero exime a Paulo VI de la responsabilidad formal y explícita de su contexto herético. No admite que se discuta la continuidad válida del pontificado de Paulo VI, aunque admite que se señale la falsedad de sus supuestos actos pontificios. Habla, pues, de “our unaltered belief in the continuity of papal authority, y dice así: “Este concepto de la continuidad de la autoridad papal resulta para mí, al menos desde un punto de vista práctico, la condición que nos permite un mayor vigor espiritual y una mayor justificación para nuestro NO a la ‘Nueva Iglesia’, que todas las demás razones jurídicas, morales y dogmáticas, examinadas más adelante… Cf. Letter, Spring 1970, pág. 9).
Sostiene el P. De Pauw que la Iglesia es un barco, que ha sido asaltado y cuyo capitán, es decir Paulo VI, “Es prisionero de una tripulación amotinada, que da órdenes falsas en nombre del Papa” (Cf. Las declaraciones al St Louis Globe Democrat, june 10, 1970). Las órdenes que emite Roma, en múltiples y delicadas cuestiones, son, falsas; pero el Pontífice ha sido, es y será legítimo y verdadero Papa hasta la muerte. Deben ser resistidas sus órdenes, pero debe defenderse también la legitimidad de Paulo VI.
El Abbé Georges de Nantes subraya, como dijimos, la diferencia entre actos paulinos (por ejemplo (la Encíclica MYSTERIUM FIDEI) y actos montinianos (por ejemplo: REUNIÓN CON EL CONGRESO MUNDIAL DE LAS IGLESIAS EN GINEBRA). Adscrito, al parecer, a la fórmula PAPA HAERE TICUS NON EST DEPOSITUS, SED DEPONENDUS, defiende, en última instancia, la legitimidad actual de Paulo VI, que sigue siendo un verdadero Papa. Sin embargo parece inclinarse, cada vez con mayor fuerza, a sostener el carácter herético de Montini-Paulo VI, si nos atenemos a sus afirmaciones concluyentes en su estudio sobre “EL CATECISMO HOLANDÉS” (Contre-Reforme, Nº 35 -agosto de 1970).

El silencio en la Autoridad suprema de la Iglesia es en sí mismo una complicidad con la herejía y es un golpe de muerte a la fe… En vista de esta conjuración de la Herejía Modernista y los Poderes Supremos de la Iglesia, ¿qué podemos, qué debemos hacer?… O bien perder la fe, maldiciendo a Papas y Obispos de siglos pasados, que predicaron e impusieron como verdades divinas lo mismo que ahora es tenido como opiniones superadas y fábulas inconsistentes… O bien debemos asimos a esa santa e inmutable fe católica y mantenernos en la oposición firme a las novedades perniciosas del Modernismo, no ciertamente en nombre de nuestras miserables personas, sino en nombre de la Iglesia, y esto, no obstante el silencio criminal del Papa y de los Obispos. ¿Quiere esto decir que nosotros los condenamos por nuestro propio juicio? No; no somos nosotros los que los condenamos, sino la fe en nosotros, la fe de la Iglesia que se afirma y resiste, que no encuentra paso ni salida en nosotros, sino a través del Anatema. Esto que nuestra fe efectúa espontáneamente es necesario que la Iglesia del futuro decida hacerlo infaliblemente, cuando Ella quiera restaurar en el mundo la única e inmutable certeza de su Fe Católica“.
Es difícil conciliar el “silencio criminal del Papa y su supuesta legitimidad actual; pues este silencio se refiere a la substancia de la Fe, y no a un detalle accidental o complementario. No se comprende, entonces, cuál sería el límite impuesto por la doctrina, para que cesara este “crimen” y “la Iglesia recobrara su vida verdadera”.

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Desde un comienzo, en la intrincada cuestión doctrinal, hemos sostenido la fórmula PAPA HAERETICUS EST DEPOSITUS. Hemos convergido, sin saberlo al principio, con los que en Francia publican Trompettes de Jericho, y que hemos dado a conocer por diversas referencias. Las pruebas de la herejía formal y explícita de Paulo V son abundantes; pueden encontrarse fielmente probadas en los escritos del Abbé de Nantes y del P. Pauw; en Trompettes de Jericho en Das Zeiehen Mariens, etc. Sostenemos, pues, la legitimidad de la elección de Paulo VI, el cual fue Papa legítimo hasta la signatura del concilio herético Vaticano II, que, aunque pastoral, introdujo por su nominalismo teológico la herejía modernista implícita. De aquí arranca todo el drama histórico de la Iglesia, si no todo el drama místico.
En efecto, al morir Juan XXIII el concilio estaba automáticamente clausurado. De Juan XXIII podemos decir que toleró y fomentó la herejía, aunque no la signó y confirmó (al menos así parece). Paulo VI, legítimamente electo, reabrió el concilio y con su nominalismo herético modernista, y con esa seudo-ley en la mano (que llamamos herejía implícita) procedió a desatar la herejía explícita, conducida por su autoridad personal, caduca en realidad desde ese mismo momento. Los ejemplos de herejías explícitas de Montini-Paulo VI son tan numerosos y graves, que convencen a cualquiera que honestamente considere la situación actual, sobre todo después de la abolición de la Misa Católica (es decir, después de la abolición de la Eucaristía, que defendió en un supuesto documento tradicionalista) .
Todo ello es, en la Iglesia, simplemente írrito. Paulo VI ha cesado de ser Pontífice y es, desde la fecha de la signatura del Vaticano II hasta ahora, UN FALSO PAPA Y, POR TANTO, TODOS SUS ACTOS, RESOLUCIONES, DOCUMENTOS, CARECEN DE VALIDEZ JURISDICCIONAL, CANÓNICA, RELIGIOSA, ECLESIÁSTICA, o como quiera decirse: PAPA HAERETICUS EST DEPOSITUS. La Iglesia está sometida al poder de un tirano, que inviste los poderes de la Monarquía Teológica, para subvertir LA FE Y DESTRUIR LA IGLESIA.
Coinciden substancialmente en esta posición, como ya he dicho, Les Trompettes de Jericho (Francia), las que, al establecer la herejía y el cisma de Paulo VI, consideran así mismo vacante el pontificado, con oportunas y definitivas reflexiones, confirmadas ahora por la parodia de la “Nueva Misa”.
He expuesto con entera objetividad el conjunto, ciertamente denso y difícil de una problemática, que no por dolorosa deja de pertenecer a lo más entrañable de la FE; he puntualizado las diversas posiciones y matices, propuestas hoy en el mundo. Señalo además, con entera franqueza, cuál ha sido y es mi posición, que, por modesta que sea mi persona, no cesa de tener significación y valor doctrinal, DE DOCTRINA SE TRATA, NO DE PERSONAS.
Desde luego lo que afrontamos es tremendo, y más tremendo aun lo que se deduce de las diversas opiniones enumeradas y puntualizadas. Sin embargo, estimo que al establecer con fundamentos la posibilidad de la “vacancia del pontificado” y al señalar como probables esos fundamentos, explícitos en la coyuntura del actual pontífice, nos colocamos en la línea de mayor claridad histórica. En efecto, más allá de la catástrofe, que parece avecinarse, se discierne también la salida, en la medida en que habrá de hacerse consciente en la Iglesia la reconstrucción ulterior de la autoridad doctrinal de un Pontífice legítimo y realmente “católico”. Otras soluciones serán siempre contrarias a la verdadera Tradición.

Carlos A. Disandro.

El Abbé de Nantes, en su CONTRE-REFORME CATHOLIQUE, noviembre de 1970, cita diversas opiniones sobre este tema candente, que hace ya tiempo conmueve al mundo católico, ante la incógnita indescifrable de Paulo VI. Empieza con un artículo de M. Feuillet: “LAS PRERROGATIVAS DE PEDRO Y DE SUS SUCESORES, SEGÚN EL EVANGELIO”, que fue publicado en I’Homme Nouveau el 4 de octubre:

Lo que hace particularmente precioso el texto de San Mateo (XVI, 13-23) es que está compuesto de dos escenas violentamente antagónicas: Simón Pedro, Roca de la Iglesia (13-20) y Simón Pedro, piedra de escándalo, es decir, obstáculo en el camino que conduce a Dios (21-23).
Así, pues, este pasaje subraya el privilegio personal de Pedro y desvía con la más grande energía toda exaltación inconsiderada de la persona de Pedro o de sus sucesores, de aquello que se llama papolatría. (Culto indebido a la persona del Papa). Decisivamente descarta el error tan frecuente que confunde la infalibilidad (didáctica) con la impecabilidad. Pedro, en tanto que esclarecido por el Padre profesa la fe en Cristo, el Hijo de Dios Vivo, es la roca sobre la cual Cristo quiso edificar su Iglesia. Pero, el mismo Pedro, hecha la abstracción de la asistencia divina, no es sino un pobre hombre, como todos los hombres; lejos de ser una roca, puede ser una piedra de escándalo y tener los pensamientos de Satanás: “Apártate de mí, Satanás, tu eres para mí un escándalo (es decir, una piedra de escándalo, un obstáculo), porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

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pablo-viEl historiador austriaco Herald Zimmermann ha estudiado las deposiciones de papas de la Edad Media (Papstabet- zungen des mitelalters, Wien 1968), obra que ha sido conocida en Francis por un amplio comentario de Robert Folz en ERASMUS (1970, col. 508-511).

Zimmermann examina una serie de hechos, que aparentemente contradicen la sentencia “PRIMA SEDES A NEMINE IUDICATUR (Nadie puede juzgar a la Sede Primera), formulada después del pontificado de San Simmaco [6] in embargo, a pesar de este principio, ha habido deposiciones de Pontífices: Juan II, León VIII, Bonifacio V… La presentación de estos hechos históricos es seguida de un análisis sistemático de principios y de métodos, que justificaron la destitución de estos papas, durante la época estudiada… entre mediados del siglo séptimo y el advenimiento de Gregorio VII

PRINCIPIOS: Entre los motivos indicados para intentar la deposición de un Papa, el más grave era la inculpación de herejía. Examinada por vez primera por Isidoro de Sevilla, la posibilidad de una semejante inculpación había sido, según los Falsos Decretales, formulada por el mismo Papa Simmaco, que haciendo alusión a su propio proceso y a varios procesos de sus predecesores, declara que “las ovejas confiadas a un pastor, no tienen derecho a censurarle, salvo cuando ellas piensan que él las desvía de la recta fe“. Acusación temible ésta: esta acusación fue lanzada en 963 contra Juan XII y en 998 contra Juan Philagothos, acusados los dos de apostasía. Otro motivo es la simonía, bien sea expresamente nombrada, como en el caso del proceso de Formose o en la deposición de tres papas en 1046; bien sea calificada de adulterio (espiritual): tal sería el sentido del adulterio de que fue reprochado, por ejemplo León III en 799… Todavía más frecuente que la simonía aparece el reproche de “invasión”, entendiendo por esta palabra la usurpación de la Sede Apostólica, que puede darse por algún tiempo. Constantino II fue así condenado por haber tenido acceso al pontificado, siendo un laico, ya que las condiciones de su ordenación eran irregulares; Formose por haber violado la regla que prohibía las traslaciones de una Sede a otra. Otro motivo todavía era el perjurio que podía entenderse sea de la traición de un Papa con relación a otro (León VIII con relación a Juan XII), sea el renegar o cambiar de opinión, como fue el caso de Bonifacio X, que había pertenecido al partido de la Reforma, antes de su elección.

PROCEDIMIENTOS. Zirnmermann demuestra que no fue siempre observada la exigencia de “libellus acusatorius“: la larga lista de faltas en contra de Juan XII que, según Liutprand de Crémone, un cardenal presentó delante el concilio presidido por Otón I en 963, y ocurrió sin duda alguna. Lo que parecía mejor es que un eclesiástico de alta jerarquía presentara, como “probator” o “testis legitimus”, la acusación; cuando no se presentaba (por ejemplo, en Roma en 800 o en Montoue en 1064), se concluía que la acusación era una calumnia y el acusado era restituido a su antigua dignidad. Siempre era exigida una investigación previa: el acusado era citado para defenderse a sí mismo; de no acudir a la cita, se le juzgaba como contumaz. La complejidad de tales procesos hizo que el poder secular se encontrase inmiscuido poco a poco en todos los procesos… Pero, si la participación del emperador en estos negocios era considerable y si de hecho los procesos de deposición eran frecuentemente motivadas por consideraciones políticas o por rencillas personales, no quedaba sino la instancia suprema, que debía sentenciar, que era la del concilio: ninguna condenación fue pronunciada, fuera de una asamblea eclesiástica. Las fuentes históricas, sin embargo, demuestran las enormes dificultades, que en ocasiones llegaban a provocar un cisma, cuando era puesta en duda la legitimidad de un Papa. En todo caso, el concilio debía ser con prioridad romano, pero como la condenación de un Papa interesaba a toda la Iglesia, el asunto podía algunas veces tomar un carácter universal. Etienne III hizo así ratificar la condenación de Constantino II por los obispos francos. El proceso de rehabilitación de Formoce comenzó en Roma y terminó en Ravena con la participación de los obispos lombardos. Por el contrario, fuertes quejas se elevaron en Francia, en 1046, contra la intervención de Enrique III en los asuntos romanos, porque no había sido consultado el Episcopado de las Galias.

SENTENCIA.- Se puede entrever muchas veces lo que pasaba en un concilio convocado para juzgar al Papa. El inculpado podía justificarse con un juramento purgatorio: León III aceptó esta solución, que fue también ofrecida, aunque en vano, a Juan XII. Cuando la falta era evidente, se prefería, con frecuencia, que el interesado la reconociese y demandase perdón: en ese caso la sentencia de la asamblea no hacía sino confirmar lo que el mismo Papa había declarado. Las penas con que se castigaba al culpable eran la destitución, acompañada de la degradación al estado laical. A estas medidas se añadía, a veces, la excomunión. Las mutilaciones (de las cuales Juan Philagotos fue en 998 la última víctima) tenían como razón esencial de ser el imposibilitar toda posterior restauración del pontífice.

Lo que, finalmente, aparece claro, en lo que escribe Zimmermann, es que “Los hombres que juzgaban a tal o cual Papa, por herejía o usurpación, estaban, como todos convencidos de que nadie puede juzgar a la Sede Primera y que al proceder así pretendían tan sólo salvar a la Iglesia de un seudopontífice“.

Está, pues, sólidamente testificado por la historia que la deposición de un Papa notoriamente herético, apóstata, simoniaco (¿o drogado?) puede ser legítimamente pedida y aún exigida. También es cierto que un procedimiento o un proceso es absolutamente necesario y que éste debe ser conducido por una asamblea eclesiástica y, con prioridad, en su mayoría romana. El subsecuente desenvolvimiento dogmático me parece que tan sólo ha precisado que una tal asamblea no pretende colocarse por encima del Papa, ni estar capacitada, a despecho de él, para zanjar un punto cualquiera de doctrina. Una asamblea semejante sólo pretendería constreñir al Papa en persona a declararse, abiertamente y sin ambages, o fiel católico o hereje, cismático, apóstata. El Papa, al pronunciar sus personales opiniones o creencias, dictaría para sí su propia sentencia y la asamblea no sería entonces sino la receptora del testimonio del Pontífice y la ejecutora de la sentencia, que él mismo con su confesión había ya pronunciado.

¿A dónde hemos llegado en este otoño de 1970? Hemos llegado a la triste realidad que el Papa no acepta ya ninguna regla, ninguna autoridad de tradición o de derecho; revoluciona los ritos, deja que la moral sea conculcada y sus enseñanzas menospreciadas; respalda a los herejes más notorios de estos tiempos; persigue una quimérica política, político-religiosa, después de que esta táctica había sido, hace ya mucho tiempo, condenada por la Iglesia, y levanta sus brazos al cielo, como única respuesta, a la acusación de herejía, formulada contra él. Respuesta indigna, insuficiente e inmoral.

Ha llegado, pues, el tiempo de:

  • 1) enseñar a todo el pueblo católico que un Papa no es siempre infalible, ni mucho menos, impecable;

  • 2) de explicar a los más preparados los errores y faltas públicas de Paulo VI, que están comprometiendo la misma existencia de la Iglesia, la unidad de la fe y la salvación eterna de las almas;

  • 3) de recordar al clero romano y, sobre todo, a los cardenales, las prerrogativas que tienen, para poder amonestar y aun coaccionar, y detener, de esta manera, los desbordamientos doctrinales y pastorales de Paulo VI;

  • 4) de animar a los más sólidos defensores de la fe, para que amenacen al Papa con la convocación de una asamblea eclesiástica, legítimamente reunida y constituida, para exigirle que responda a las acusaciones formuladas en contra. de él;

  • 5) Si ningún cardenal -uno al menos-, si ningún sacerdote o miniistro do Dios de alta jerarquía se atreviese a presentarse ante esta asamblea, para sostener estas acusaciones, como PROBATOR ET TESTIS LEGITIMUS, el Abbé de Nantes, que, durante seis años, ha dicho, y publicado que éste es UN PAPA HEREJE, se presentaría, aunque indigno, para sostener su acusación de herejía y apostasía práctica contra Paulo VI, a fin de que el clero romano exija al Papa que responda a estas acusaciones, de una manera clara y definitiva, bajo penas de destitución y excomunión.

Provocar la destitución de un Papa “incapaz e indigno”, según los términos que el mismo Paulo VI ha empleado recientemente para calificarse a sí mismo, es servir a la Iglesia y honrar, sobre todo, al mismo Papado.

Brasil. La herejía del Papa provocará un cisma. (La Croix, 4 de noviembre).

Estamos en camino de presenciar los primeros signos de la aparición de; un cisma. Un grupo de jóvenes y adultos, que formaron parte de una Congregación Mariana y que se reúnen ahora con el sigla T.F.P. (Tradición, Familia y Propiedad) ha rechazado el nuevo “ORDO” de la Misa y ha declarado que dicho “Ordo” es inaceptable para los católicos. Han ido más lejos todavía. Por medio de Dom Castro Mayer, obispo de Campos, en el Estado de Río de Janeiro, han distribuido un texto en el que demuestran, apoyándose en los Padres de la Iglesia, que un Papa que ha incurrido en la herejía, no merece ya la obediencia de los fieles y cesa de ser Papa. Acusan después a Paulo VI de haber prescrito las “herejías” contenidas en el nuevo “Ordo” de la Misa [7]. “Yo creo -dice el comentarista de la Croix- que si viene un cisma, será de parte de los integristas”.

Italia. Un teólogo Mgr. Spadafora acusa de hereje al cardenal Willebrands. (La Croix, 4 nov.)

El semanario de extrema derecha LO SPECCHIO ha publicado, en su número del 25 de octubre, un violento ataque de un Prelado, profesor de exégesis, Mgr. Sapadafora contra el cardenal Willebrands, Presidente del Secretariado por la Unidad de los Cristianos. Comentando la intervención del cardenal en la Asamblea Luterana Mundial juzga que su discurso “ofende a la Iglesia Católica, a la verdad histórica y es objetivamente herético“. “Una cosa es cierta, escribe, sólo un hereje puede rendir homenaje a Lutero [8], (xxx) en nombre de un evangelio definido como herético por el Magisterio infalible de Trento”.

Habla ahora el Abbé Georges de Nantes. ¿ES PAULO UN APÓSTATA?

¡Dios mío, Dios mío, dadme el valor que necesito para llegar hasta el fin, y dad a Vuestra Iglesia Santos Doctores y Pontífices para comprender la necesidad y tener la decisión requerida a fin de llevar a cabo la destitución del Papa Paulo!

¿Por qué la destitución del Papa es el único y urgente remedio de la crisis actual? Porque los buenos católicos -los hay en todos los grados de Jerarquía, como también entre los simples fieles, están en peligro de ser dominados por dos tentaciones a las cuales deben resistir. ACEPTAR TODO: el desorden y la corrupción del culto, de la fe, de las costumbres, todo aquello que manda o autoriza una jerarquía, al parecer unánime, de la cual la cabeza y jefe es el Papa, por la cual son fuertemente impulsados y constreñidos… O REHUSAR TODO, en bloque, porque todo es verdaderamente inadmisible, muy triste, impúdico y perverso, pero abandonando una Iglesia, que los provoca a la rebelión y que parece desear que la abandonen. Estas dos soluciones fáciles, muy fáciles, son pecados. Por ningún motivo debemos abandonar la Iglesia de Jesucristo. No debemos adherimos ni a la Reforma modernista, ni a la Revolución integrista. Entonces, ¿cuál es la solución? la solución está en rehusar la “Reforma”, pero permaneciendo en la Iglesia. Pero, no parece que haya medio de disociar la Iglesia, de la “reforma”, ya que parece ser Ella la que nos la impone, sino señalando la persona misma del actual Pontífice, ya que él y solamente él es la unión de los dos mundos: el del orden y el del desorden, el de la Tradición y el de la subversión, el de la obra de Cristo y el de las maquinaciones de Belial. Sólo Paulo VI puede hacer subsistir en su persona estos dos espíritus, contrarios y antagónicos, para imponemos uno en nombre del otro. No se quiere desobedecer a un cura progresista, que invoca no su propia fe, sino la fe de la Iglesia, que representa o se supone representar al obispo; pero hay obligación de denunciar al cura hereje o apóstata a su obispo. Pero, si el obispo defiende a su subordinado hereje, se debe resistir al obispo prevaricador, invocando la fe y la disciplina de la Iglesia Romana, que encarna en el Papa; y apelar a Roma. Pero, si es vana toda apelación a Roma, si el Papa menosprecia nuestra inquietud y nuestra justa indignación, si su voluntad absoluta, obstinada y aterradora sostiene la “demolición” de la Iglesia y a los asesinos de la fe, entonces la voluntad del Papa, del Vicario de Cristo estaría en contra de la verdad. Como si Dios estuviera en contra del mismo Dios. Nuestra fe habría terminado.

“La única manera de salir de esta duda espantosa, la sola posibilidad para descifrar el enigma está en señalar la persona del Papa. Su voluntad es la voluntad de un Papa apóstata, al menos aparentemente. Que él defina su posición, de una manera precisa y decisiva, y entonces y sólo entonces saldremos de esta situación angustiosa y gravísima. Porque si el Papa es indigno, si queda comprobado que de un modo o de otro él respalda la subversión, entonces nuestra condenación quedará justificada; nuestra fe, que descansa en la “inerrancia” de la Iglesia, que tiene todas las energías para confundir a los apóstatas que pretenden perderla, recobrará al fin su certeza inconmovible.

“Porque escrito está: ‘Auferte malum ex vobis ipsis‘ (arrancad el mal de entre vosotros) (1 Cor. V, 13) Y ‘Episcopatum eius accipiat alter‘ (que otro reciba su episcopado). (Act. 1, 20).

SI EL PAPA ES HEREJE, NO ES NECESARIO
ABANDONAR LA IGLESIA, QUE NO ES SU OBRA, LA OBRA
DE NINGÚN HOMBRE. ES NECESARIO REMOVERLO

“Flagrante delito de Paulo VI. Toda acusación contra Paulo VI empezará, desde luego, sobre un delito público, innegable, permanente: este Papa no sólo no ha sancionado, sino que rehúsa obstinadamente el combatir la herejía, el cisma, el sacrilegio descaradamente cometido, perpetrado, profesado por numerosos y considerables miembros de la jerarquía. Simultáneamente, él permite que él o sus subordinados directos sean tratados como herejes, sin hacer otra cosa que levantar los brazos al cielo, buscando solamente que sus acusadores abandonen desesperados una Iglesia, que los pone en trance angustioso. Ninguno de los principios modernos de la nueva teología, que él invoca o podría invocar, le puede excusar de sustraerse a los deberes esenciales de su autoridad soberana. El hecho de que Paulo VI jamás pronuncie el “anatema” sobre las más monstruosas herejías, que no haya puesto el “entre dicho” sobre los templos donde se celebran misas inválidas o sacrílegas, el que no haya excomulgado a los sacerdotes y laicos, que han participado en esos cultos “ecuménicos” y en las “intercomuniones” escandalosas, basta para justificar la acusación de traición contra el actual Papa. No puede haber una fe inmutable, un culto seguro, una verdadera justicia en la Iglesia, cuando el Romano Pontífice rehúsa ejercitar su triple Magistratura, que abarca a todo Prelado en el ejercicio de su cargo. Que tal “huelguista” siga ocupando la Sede Apostólica es un desorden, que la Iglesia tiene el derecho y la obligación de remediar. La Sede de Pedro no está vacante; lo peor es que está ocupada por un individuo que rehúsa cumplir sus funciones. El remedio a esta inadmisible inercia del poder es la intimidación por el clero romano a Paulo VI de que actúe como Papa o de ser declarado por la Iglesia un Papa inactivo y depuesto.

Tres puntos principales de acusación de orden pastoral: simonía, usurpación, perjurio. La religión pura, yo me atrevería a llamarla abstracta, de Paulo VI no está en tela de juicio. Su religión, en todo el dominio de la fe, en los misterios trascendentes y del culto privado, es la misma que la nuestra. A pesar de sus turiferarios, no parece que Paulo VI tenga una verdadera piedad, o, en todo caso, él la esconde muy bien. Por que lo cierto, lo demostrable es que, en todo lo que se refiere a esta religión pura, en la vida cotidiana y universal de la Iglesia, él la encubre en una mortal indiferencia. Sus calenturientas preocupaciones, su pasión, sus proyectos grandiosos van por otro lado. Así, en este dominio, se le ve pronunciar discursos muy tradicionales, aunque inexpresivos, se le oyen lamentaciones de un tenor totalmente integrista, aun promulgar encíclicas de buena doctrina… si se le demanda o se le constriñe. Aunque inmediatamente después él autorizará y elogiará lo contrario, llegando hasta mentir para salvar el Partido de la Reforma, que está en peligro; como lo hizo, a propósito del latín y de la Misa en noviembre de 1969. Esta característica, para nosotros la más grave, es para él la menos importante. ¿Misa Católica o Cena Protestante? El celebra la Misa Católica -él cree, sin duda, rectamente- pero se asocia a las falsas misas, que se celebran por su negligencia, con su responsabilidad, con su complicidad en Holanda y, algunas veces hasta en la misma Roma, su diócesis. Así toda la liturgia se encuentra sistemáticamente modificada por la sustitución de Dios por el hombre, sin que él ponga atención aparentemente, sino a acrecentar su gloria de Reformador Universal. Del mismo modo, le vemos absolutamente indiferente ante la subversión de la fe, que va, por lo tanto, en contra de sus convicciones íntimas, cuando las novedades se introducen revestidas con el ropaje del “aggiornamento” y con las ambigüedades del Concilio. Las almas se pierden… él no parece preocuparse; sólo cree en el infierno teórica, no prácticamente.

Este descuido sobre lo ESENCIAL podría substanciar, en el vocabulario antiguo, tres puntos principales de acusación:

LA SIMONÍA: porque es el precio que tiene que pagar para conservar su popularidad en todos los medios progresistas y hasta entre los grupos enemigos de la Iglesia. Por ejemplo, cuando él se atreve a proclamar delante de la O.N.U. la libertad religiosa como un dogma universalmente reconocido, antes que el Concilio la discutiese todavía como una novedad inconcebible. En ese día, la fe del Papa sirvió de moneda de cambio, para su admisión en esa asamblea judeo-masónica de Manhattan: este fue en verdad un contrato simoniaco.

LA USURPACIÓN O INACCIÓN: porque el dominio inviolable de la religión se encuentra invadido, devastado de día en día más gravemente por las preocupaciones del diplomático, por las razones políticas, totalmente humanas, hasta el punto de que se ha cambiado el PATER NOSTER y las PALABRAS DE LA CONSAGRACIÓN eucarística, para complacer a los herejes y a los cismáticos y todo lo demás…

PERJURIO: porque lo mismo los cardenales que lo eligieron, el clero y el pueblo romano que lo aclamó, la Iglesia entera, que lo recibió como Papa legítimo, han escuchado de él, en privado y en público, sus protestas y sus juramentos de fidelidad a la disciplina constante y a la fe tradicional de la Iglesia, promesas jamás cumplidas. Todos sabemos que el Papa Paulo, en la introducción de su CREDO, había declarado que él pondría todas las energías en la defensa de esa fe católica, que él proclamaba ante la faz del mundo, y no solamente no la ha defendido, sino, en cientos de veces, prácticamente ha negada lo que había dicho, ha pasado sobre sí mismo.

Este ADULTERIO, para usar la antigua imagen bíblica, según la cual toda traición a la fe divina es un adulterio y una prostitución a los ídolos. Este adulterio se siente en la vida cotidiana de la Iglesia, en especial en Roma. Son los herejes de dentro y de fuera los que pasan, mientras los católicos fieles quedan afuera; son los budistas de Vietnam del Norte los que tienen conciliábulos secretos con las altas jerarquías del Vaticano, no los cristianos del Sur. Que, por lo que toca a los judíos, su poder es inmensamente superior al nuestro. Los terroristas asesinos son recibidos por el Papa con gran benevolencia, mientras se cierran las puertas a los defensores suplicantes de la Misa de San Pío V y del verdadero Catecismo. Este pontificado ha sido y es el reino del Extranjero y de lo extranjero y la exclusión de los hijos legítimos, que no sólo han sido olvidados, sino detestados.

La principal acusación es LA APOSTASÍA. La razón de todo este desorden, y, para tomar el tema central de la enseñanza profética, la idolatría que provoca este adulterio espiritual, no ha de buscarse en la religión pura, especulativa, de Paulo VI, sino en su religión aplicada: su Mesianismo político, su MASDU. Aparte de su fe y de su devoción íntima, que hipotéticamente suponemos en él, en el dominio más tangible de la vida temporal de la humanidad moderna, el Papa se ha construido una ideología, una “mística” extraordinariamente estructurada, poderosa, devoradora. Es un proyecto de renovación total de la condición humana, como un estado de salvación nuevo y definitivo, como una liberación, cien veces más real y radical que la Redención de Cristo realizada por la Iglesia en dos mil años. “Paulus extra muros” (Paulo fuera de los muros), como con fuerza innegable lo ha llamado el P. Congar, se ha ido poco a poco encerrando más y más en este sueño, en esta UTOPÍA, fuera de los muros de la antigua cristiandad. A esta Torre de Babel, que él coloca en Manhattan, en Jerusalén o en Pekín, él lo sacrifica todo, todo, todo, de una manera implacable, salvo las veces en que el Espíritu Santo ha intervenido decisivamente. La fe, la moral, el culto católico deben adaptarse a esta “mística” humanitaria, cosmopolita, futurista, como medios a su fin, de la misma manera que la Iglesia debe ponerse al servicio de este mundo, cuyo desenvolvimiento material y cultural procurará a los hombres la PAZ, que es el bien supremo.

Es evidente que no se puede admitir que el Papa, el Vicario de Cristo, esté completamente absorbido, devorado, por una quimérica POLÍTICA, a la que sacrifica todos sus pensamientos, todos sus discursos, todas sus decisiones mayores, abandonando por meses y por años la RELIGIÓN de Dios, de la que él es en la tierra el representante supremo y absoluto. Porque hemos llegado ya al momento en que esta “mística” política parece haber sustituido ya a la otra, la “mística de la Verdad Eterna”; hemos llegado ya al momento en que esta herejía desaloja y profana apasionadamente todo el lugar vital y soberano, que corresponde a la FE DIVINA. He aquí compendiada, he aquí demostrada en breve la APOSTASÍA DEL PAPA PAULO VI.

Cuando mañana se haga el proceso de herejía de Paulo VI, su mensaje en el XXV aniversario de la O.N.U., que reitera y agrava hasta la blasfemia los errores de su discurso a la O.N.U., de sus encíclicas ECCLESIAM SUAM y POPULORUM PROGRESSIO, constituirá una acusación suficiente. Si es verdadero y sincero el CREDO de Paulo VI, la Iglesia no podrá menos de pronunciar el anatema. Para mí, -quiero estar libre de la Maldición Divina- ese Mensaje Masdu es una obra del Anticristo.

¿Os asombra mi audacia? Es porque no os habéis dado cuenta del peligro tremendo que tenemos de que todos los miembros de la Iglesia (todos no, porque no podría ser; pero casi todos, como la experiencia del pasado y la misma experiencia que estamos viviendo lo demuestran) pueden seguir a su cabeza en esta “MARCHA HACIA MAO”, con la mirada fija en una quimera. Si la mayoría de los miembros de la Iglesia sigue al apóstata, éste sería el peor castigo del mundo“.

MI OPINIÓN SOBRE ESTAS OPINIONES.

Desde luego, las citas, que he presentado a mis lectores de varios y preclaros varones de diversas partes del mundo, nos están demostrando apodícticamente -como ya lo he indicado varias veces, en páginas anteriores de este libro- que la crisis de la Iglesia es en todas partes gravísima, que la confusión es cada día más espantosa, que a medida que pasa el tiempo y los acontecimientos se suceden, todos los diagnósticos coinciden en señalar el mal y las fuerzas de ese mal y que son principalmente las desviaciones y el manifiesto viraje de la Jerarquía y del ambiguo Concilio Vaticano II, que quisieron planear una NUEVA PASTORAL, sin apoyarse firmemente en los dogmas inmutables de nuestra fe católica. Los dos últimos pontífices han interrumpido indiscutiblemente la unísona armonía de la TRADICIÓN y DEL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Por eso yo siempre he pensado y dicho que, mientras nos empeñemos en salvar a Juan XXIII, Paulo VI y su Concilio Pastoral, estamos en un callejón sin salida. No es la primera vez que es necesario encerrar en un paréntesis los errores de papas o seudo-papas y de concilios, que no se apoyaron en la doctrina revelada, para salvar con esos paréntesis la INERRANCIA de la Iglesia y su misma estabilidad.

¡Comprendo y preveo y estoy ya viendo que, por amor propio, por compromisos, por temores humanos -no divinos- los aludidos quieran defenderse con la misma Verdad Revelada, que ellos, antes y sin escrúpulo alguno, han conculcado, para proclamar, establecer y llevar adelante su Reforma. El chantaje de la obediencia está en juego. “Somos la Iglesia” -dicen los actuales innovadores- “somos los únicos y auténticos sucesores de los apóstoles”, “somos los representantes de Dios”; “tenemos la asistencia divina”; “SOMOS INFALIBLES”; “somos la autoridad”; “tenemos el poder para destruir a los opositores”. Pero se olvidan de que, a pesar de esas prerrogativas que tienen y que nosotros no negamos, está encima la FE, la autoridad de Dios, la INERRANCIA de la Iglesia; se olvidan de que la doctrina de la Iglesia, es inmutable; se olvidan de que el desenvolvimiento legitimo de la Iglesia, que Jesucristo mismo quiso y nos anunció, no puede ser desconocido ni eliminado, aunque sea con el pretexto de volver a la pureza y sinceridad de la primitiva Iglesia; se olvidan de que entre católicos no es posible admitir ese pretendido cambio de mentalidad, que ahora nos piden, para ajustamos a la nueva Iglesia ecuménica y postconciliar, porque -ya lo he dicho muchas veces- ese cambio de mentalidad es un cambio de fe.

El más somero estudio sobre las reformas pastorales del Vaticano II y las novedosas enseñanzas de las encíclicas “MATER ET MAGISTRA” y “PACEM IN TERRIS” de Juan XXIII y de las en cíclicas “ECCLESIAM SUAM” y “POPULORUM PROGRESSIO” de Paulo VI nos demostraría que las enseñanzas y condenaciones solemnes de Pío IX (con su SYLLABUS), de León XIII, de San Pío X con su Encíclica PASCENDI y su condenación de los errores mo dernistas) Y de Pío XII (especialmente en la HUMANI GENERIS y laMEDIATOR DEI), Y las solemnes definiciones del Concilio Ecuménico Tridentino y del Concilio Ecuménico Vaticano I, han sido -para usar su terminologia- definitivamente “superadas” por la Iglesia postconciliar.

Ante esta realidad tangible, el problema que se plantea es de tal magnitud, que necesariamente tiene que ser llevado a la cumbre del nuevo Magisterio hasta poner en duda su misma autenticidad. Dios no cambia y su Verdad Revelada tampoco cambia. Si los dos últimos pontífices [9] y su concilio pastoral han revolucionado toda la Iglesia, tenemos razón para dudar de su legitimidad. Sobre los órganos del Magisterio está el Depósito sagrado e intocable de la Divina Revelación. Por eso dudamos de las reformas de este concilio y de estos dos últimos Papas. Y esta duda no significa una rebeldía contra la autoridad, sino contra los abusos de la autoridad, porque, no lo olvidemos, la obediencia a cualquier autoridad humana sólo es digna, cristiana, meritoria, cuando los hombres que ejercen esa autoridad no rebasan los límites que la razón y la fe les señalan, cuando no atacan los derechos divinos. El principio es claro e irreformable: “DEBEMOS OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES”.

Yo soy el Papa; yo soy el obispo“. Si, pero no por eso eres Dios, no por eso eres impecable, nipersonalmente infalible. El hecho jurídico de tu elección, que, supongamos, fue legitima, no te autoriza para que tú hagas de la Iglesia lo que quieras; para que modifiques con un “motu proprio” o con unadeclaración conciliar o con cualquier otro documento que tú firmes lo que anteriormente habían definido o enseñado los órganos también auténticos y legítimos del Magisterio de la Iglesia. Si hay discrepancia, tenemos ya razón para dudar de ti y de tus novedosas enseñanzas.

De las diversas opiniones, que hemos citado más arriba sobre el Papa Montini, creo que las únicas que merecen estudio son la que niega la legitimidad de la elección [10] de Juan Bautista Montini y la que, aceptando esta legitimidad, sostiene ahora que Paulo VI ha incurrido en la herejía y apostasía y es, por su omisión permanente en el cumplimiento de sus altísimos deberes, un pontífice, que ha dejado de ser el fundamento inconmovible, la roca firmísima sobre la cual levantó Cristo el edificio de su Iglesia.

Para mí la ulterior discusión, supuesta la herejía comprobada del pontífice, sobre si ya está automátícamente depuesto o si se necesita una deposición jurídica, pronunciada por el clero de Roma, entre los cuales estánex iure los cardenales, es de importancia secundaria, a lo menos en el orden práctico, ya que sería difícil lograr una acción eficaz, en cualquiera de las dos hipótesis, para hacer que dejase el cargo, que indebidamente detenta. Personalmente, yo me inclino por la primera sentencia, la que sostiene que una vez que el Papa ha caído en la herejía, automáticamente dejó de ser ya PEDRO, la roca inconmovible, el principio de unidad, de cohesión y de estabilidad, sobre el cual está edificada la Iglesia de Cristo. No sólo la muerte física, sino también esta muerte teológica de la herejía, hace que la Sede de Roma quede vacante, sin que por eso perezca ni la Iglesia, ni el Papado. Y, como ya lo indiqué, la sede vacante puede prolongarse por meses aún por años sin que esta vacancia altere la existencia, ni la estabilidad de la verdadera y única Iglesia, fundada por Jesucristo.

De no ser así tendríamos que admitir esa posición insegura que, en este asunto, como en el problema vital del nuevo “ORDO'” de la Misa, han adoptado muchos jefes de la resistencia: la nueva misa es inaceptable, es equívoca; pero sigue siendo católica, válida y lícita. El actual Pontífice es hereje, es apóstata, pero, sin embargo, es verdadero Papa, al que debemos completa obediencia. ¿En qué quedamos? ¿Podemos asociar la afirmación y la negación? ¿podemos admitir que un Papa hereje siga siendo el Maestro Supremo de la Iglesia? Yo no puedo admitir como católico una postura equívoca, que se preste lo mismo a la interpretación de la herejía, que a la doctrina de la verdad católica. Para mí el papa hereje ha perdido toda autoridad. Probadas las premisas, no tengamos miedo a la consecuencia que de ellas fluye con claridad meridiana.

Hablando todavía en tesis, no en hipótesis, es posible (la historia de la Iglesia lo comprueba) que un papa no sea papa, porque su elección no fue válida, estaba viciada in radice. Yo creo que esta es la primera investigación que debe hacerse para explicar la personalidad enigmática del Papa Montini. ¿Fue Juan Bautista Montini un papa legítimamente elegido o no lo fue? Si su elección no fue válida, es evidente que cae por tierra todo el enigma de su persona, de su actividad reformadora, que ha llegado, hasta convertir casi a la Iglesia, nuestra Iglesia es una nueva secta protestante o en una religión dialéctica en constante evolución. En esta hipótesis, hay que encerrar en un paréntesis su pontificado y su concilio, como un período de castigo para la humanidad. Volveríamos a encontrar la posición monolítica de nuestra fe católica.

Pero, para investigar la legitimidad de la elección de Juan Bautista Montini, no nos basta que aparentemente se cumplieron todos los requisitos canónicos para una elección papal; si, por otros motivos, encontramos que sus nexos, sus doctrinas, su actividad no tan secreta y discreta, como él pensaba que era, nos descubren signos contradictorios y denuciadores, creo que se impone un estudio exhaustivo sobre su persona, antes de pasar adelante, en otras hipótesis posibles.

Mas antes, todavía conviene presentar otro incidente revelador, que en el estudio propuesto, puede ser muy significativo. Copio de la Revista española ¿QUE PASA? (Año VII, núm. 363. 12 de diciembre 1970):

“El insigne y ‘desgraciadamente’ octogenario Cardenal Ottaviani no esconde su amargura:

En IL MESSAGERO de Roma, correspondiente al pasado jueves 26 de noviembre, a tres columnas y en primera y segunda plana, se publica una sensacional entrevista con S.E. el Cardenal Ottaviani. Una gran fotografía del venerable Príncipe de la Iglesia ilumina la información.

Después del ‘Motu propio’ del Papa del día 24 de noviembre, en virtud del cual, desde el próximo enero, todos los cardenales de ochenta años para arriba no podrán participar en la elección del Pontífice. Suman éstos, en la actualidad, veinticinco; de entre ellos el santo Cardenal Ottaviani, que cumplió ochenta años precisamente el día 29 de octubre de 1970.

DECLARACIONES DEL CARDENAL ALFREDO OTTAVIANI

-¿Qué piensa, Eminencia, de esta decisión de Paulo VI?

-Por encima de mi opinión personal, que podría considerarse interesada por mi edad, quisiera expresar el sentir de canonistas y prelados, y hasta de ilustres personalidades bien enteradas de los problemas actuales de la Iglesia. A todos, sin duda, impresionó el modo insólito y expeditivo de esta grave perturbación en la alta jerarquía eclesiástica, mutación radical a todas luces, realizada sin previas consultas a competentes y peritos, siquiera para respetar un poco las formas.

-¿Por qué Vuestra Eminencia dice ‘insólito’. ¿Por ventura porque nadie esperaba tamaña decisión y zozobra?

-Es insólito que, con un ‘Motu Propio’, sin previo asesoramiento, se tachen las páginas de la Constitución ‘Vacante Sede Apostólica‘ y las del ‘Código del Derecho Canónico que disciplinan la posición de los cardenales, sea en la colaboración que deben al Pontífice para el gobierno universal de la Iglesia, sea en su importantísimo ministerio de máximos electores del Jefe de la Iglesia Universal. Este ‘Motu proprio‘ es, pues, un acto de abolición de una tradición plurisecular y rechaza la praxis, que respetaron todos los Concilios Ecuménicos. Referente al límite de edad -prosiguió el Eminentísimo, con dominio y serenidad, sin señal alguna de turbación- si se respetara la vejez, nosotros sembraríamos semilla, cuyos frutos vosotros mismos cosecharíais. Pero aquí, añade rápido, el respeto está puesto al margen… Es precisamente esta motivación de años, que el ‘Motu Proprío’ alega, para justificar disposición tan grave. De hecho, en el transcurso de los siglos, siempre se estimó inmutable el principio que precisamente los entrados en años son firme garantía para la Iglesia, sus mejores consejeros, ricos de experiencia, prudencia y doctrina. Si en algún caso faltaran estas prendas, era suficiente examinar las circunstancias de ésta o esa otra persona, tal vez ya no idónea, por enfermedad o perturbación mental -examen que deberían hacer diestros peritos. En las Sagradas Escrituras, continuó el Eminentísimo, con una lucidez que pasma, se menciona a menudo elseniorato y los seniores, para comprobar cuán constructiva, en el gobierno de las cosas sagradas y en la pastoral recta y eficaz, es la contribución y garantía de la edad avanzada. Además, de esto, no olvidemos tan pronto las glorias de Pontífices, que, en edad avanzada, ilustraron la Iglesia con sabiduría y santidad. Y, por último, cuando los cardenales llegamos a los ochenta, tenemos en nuestro haber un ‘curriculum vitae‘, al servicio de la Iglesia, pletórico de méritos, experiencias y doctrinas, de cuyas ventajas y aprovechamiento no puede la Iglesia privarse, so pretexto de admitir únicamente la colaboración de los más jóvenes y con menor pericia.

-Eminencia, esta separación de los Cardenales octogenarios, ¿no puede, por ventura, en el día de mañana, afectar también a la persona del Pontífice?

-Ciertamente, por analogía, hay que aplicar el mismo criterio cuando del Sumo Pontífice se trate, octogenario, o cuyos actos merezcan ser discutidos por la edad.

-Para terminar, Eminencia. Personalmente, ¿cómo tomó Ud. esta decisión del Papa?

-Mire Ud. Mucho me halagaba cada vez que Paulo VI, de viva voz o por escrito, me calificaba ‘il mío maestro‘. Pero ahora, este acto de apartarme totalmente está en abierta contradicción con las palabras de su carta autógrafa del 29 de octubre pasado, felicitándome por mis ochenta años, con frases cariñosas y plácemes halagüeños por mis largos, fieles, diarios servicios a la Iglesia”

DECLARACIONES DEL CARDENAL TISSERANT.

Según “La Croix” del 27 de noviembre de 1970, el Cardenal Eugenio Tisserant de 86 años de edad, pero con plena lucidez mental y excelente salud física, contestó a las preguntas de la Televisión Italiana (Primera Cadena).

Raras veces una entrevista había alcanzado tal importancia y tenido tan interesante información. En el espacio de tres minutos, los teleespectadores han podido informarse de que la salud del Papa estaba en extremo crítica (“ha sido preciso sostenerlo al salir de la audiencia del miércoles”); que, en cambio la salud del Cardenal es excelente; que Cristo había fundado la Iglesia” bajo la forma de un Estado Monárquico; que esa colegialidad, con que nos remachan los oídos era viento: “Tanto más se habla de ella, cuanto menos se la practica”.

A propósito de la decisión de Paulo VI de reservar la elección del Papa a los cardenales de edad inferior a los 80 años, el Cardenal contestó que no conocía los motivos de ella (a pesar de estar claramente expresados en el documento pontificio); que, sin duda, el Papa había querido complacer a los jóvenes, ya que “todo el mundo desea ahora que desaparezcan los viejos”.

El miércoles por la tarde, el Profesor Alessandrini desmintió categóricamente las palabras del Cardenal, respecto a la salud del Papa.

ALGUNOS COMENTARIOS DEL P. RAYMUNDO DULAC.

“La decisión que quita bruscamente a toda una categoría de cardenales el DERECHO de voto, en la elección papal, en que consistía lo más claro de su función, es una decisión enorme. Esta manda y realiza sudecapitamiento, en el sentido más exacto de la palabra: se les deja el sombrero, más se les corta la cabeza. Es lo que los antiguos romanos hubiesen llamado una diminutio capitis: un aminoramiento, una amputación de la capacidad civil y, desde luego, de la personalidad.

“Pero, no debemos olvidar que la ley, que creaba el derecho para los cardenales de elegir al Papa, había sido promulgada en el año 1059; que en el transcurso, muy accidentado de estos mil años de historia, esta ley nunca había sido discutida; que el ‘impedimento’ de la edad avanzada nunca había impedido la creación de un cardenal, ni el mantenimiento de un Papa llegado a los 80 años; que es contrario al espíritu católico y a la tradición romana el deshacer, sin razones gravísimas, una ley consagrada por una tan larga costumbre; que una mudanza de esta clase, tan brusca, tan personal del Papa, en 1970, y tan sospechosa, va a acelerar, para la muchedumbre, aquel sentimiento de inseguridad, de inestabilidad, de desarraigo que ya ha contribuido a desacralizar las cosas de la Iglesia y relajar las mismas costumbres.

“Olvidemos lo inhumano, lo vano, lo ruin en esa consideración de la edad en el hombre que la ordenación sacerdotal había retirado de la humanidad mortal, para todo lo que atañe a los poderes de este orden y las dignidades que pueden serle anexas.

“Después de este golpe, sumado, desde hace cinco años, a tantos otros que naturalizan y laicizan a los clérigos, ¿con qué corazón se seguirá diciendo a los jóvenes ordenados: “Tu es sacerdos in aetemum secundum ordinem Melchisedec? ¿Sacerdote para la eternidad? y ¿de qué orden? No de la carnal tribu levítica, sino del orden de aquel personaje asombroso, único, desencarnado, sin edad: Melquisedec, cuyo misterio nos descubre la Epístola a los Hebreos (VII, 5). “. ..Sin padre, sin madre, sin antepasados, que no tiene ni principio de día ni fin de su vida, semejante en esto, al Hijo de Dios, sacerdote para siempre…” .

“Acabado todo esto, el sacerdote no es ahora otra cosa que un FUNCIONARIO ‘jubilado’ un día, como los demás, por el límite de su edad. El ‘Príncipe de la Iglesia ‘jubilado’ con pensión vitalicia, como un guardia suizo.

“Si Paulo VI, de un plumazo, ha nulificado una legislación milenaria, es importante saber, y cuanto antes, si este su ‘Motu Proprio‘ no fue, en realidad un ‘Motu alieno‘.

“Este acto inaudito es un acto de poder PERSONAL de un Pontífice, que no deja, para los demás, de protegerse con la cortina de la colegialidad. Pero, nosotros tenemos la seguridad que este acto no ha sido un acto libre. Si se llega aprobar, no habrá necesidad alguna de anular ese acto; en Derecho será un acto nulo y sin valor alguno. ..

“He aquí que el Señor de los ejércitos quitará a Jerusalén y a Judá el hombre fuerte y el guerrero, el juez, el profeta, el adivino y el anciano, el jefe de cincuenta, el hombre de rostro venerable y de consejo… y les dará mozos por príncipes y afeminados los dominarán” (Is. 11, 1-4). El que pueda comprender, que comprenda.

Este es Paulo VI; contradicción viviente, que por un lado afirma y por otro lado niega; que, sin guardar muchas veces ni si quiera las apariencias destruye con los hechos lo que había construido con las palabras. Recuerde el lector lo que en el breve al cardenal Lercaro, que también andaba ya frisando en los ochenta, escribió el pontífice, augurando una larga supervivencia en servicio de la Iglesia, y lea después el ‘Motu proprio’, en el que despoja de sus legítimos derechos a los cardenales octogenarios, por razón de la edad, no por razón de incapacidad. La dialéctica paulina es incomprensible, es sencillamente destructora.

Si aplicamos esta dialéctica, si normamos nuestro criterio por los principios de ese ‘Motu proprio‘, tenemos que concluir que Juan XXIII, el octogenario pontífice, fue un Papa inepto y su con cilio no fue un verdadero concilio, porque, según el Papa Montini, a los ochenta años, la razón no funciona; ni el individuo puede ya recibir las luces del Espíritu Santo.

HABLA EL CARDENAL SIRI, ARZOBISPO DE GÉNOVA.

Creo de suma importancia, para descifrar el enigma del actual pontífice, citar las valerosas declaraciones del Cardenal Siri. El no habla directamente de Paulo VI, pero creo que lo que dice se puede aplicar al Papa Montini:

l.- LA OPINIÓN SUSTITUYE A LA VERDAD

La primera y fundamental doctrina del poder de este mundo es la afirmación: la verdad no existe. Ya decía San Agustín que la diferencia entre la ciudad del mundo y la ciudad de Dios se finca en que la primera tiene mil opiniones, y la segunda, una sola verdad. La diferencia capital entre las dos ciudades, no versa, por tanto, sobre el contenido, sino sobre la misma existencia de la verdad. Basta recordar el dramático diálogo entre Jesús y Pilatos.

Lo más grave es que hay una técnica para sustituir la verdad por la opinión. Esa técnica existe y es socorridísima: basta dar una ojeada a la actual producción religiosa, literaria, filosófica. Se trata de expresar opiniones tan cautelosamente formuladas, que es imposible saber cuál es la tesis del autor; o mejor aún: se yuxtaponen unas a otras, como si fueran mutuamente compatibles, doctrinas que son entre sí contradictorias.

Fijémonos en el slogan de la muerte de Dios. Si se dijese negación, todos comprenderían. Mas aquí nos encontramos frente a una operación sutilmente sofisticada, que quiere dar falazmente la impresión de salvar así la idea más aquilatada y químicamente pura de Dios… por su ‘identificación’ con la más profunda realidad del hombre.

Los mismos términos equívocos de ‘conservador’ y ‘progresista’ esconden la técnica del relativismo, que conduce toda cuestión doctrinal a los esquemas de derecha e izquierda, con lo que todo se relativiza, todo se torna cuestión de opinión e instrumento de poder. La relativización de la verdad y de la doctrina es el verdadero objetivo de tales exposiciones arbitrarias de los actuales problemas de la Iglesia.

¿No es ese absurdo e injustísimo justo medio, que incluso obispos y cardenales preconizan entre nosotros, como si el ideal estuviera en plantarnos a medio camino, entre la verdad y el error?

2.- ¿RESURGE LA ‘GNOSIS’?

Para cualificar los errores en curso se habla de un nuevo modernismo y también de la protestantización de la Iglesia. Pero el Arzobispo de Génova prefiere recurrir a la ‘gnosis‘.

Recuérdese que la ‘gnosis‘, con su atractivo de ciencia y alta especulación, con su afán de comprender el misterio y naturalizar la fe, constituye en el siglo II, el mayor peligro quizá de toda la historia de la Iglesia. Creo -nos viene a decir el Eminentísimo Arzobispo de Génova- que se puede legítimamente calificar de ‘gnosis‘ ese conglomerado de errores, que hoy circulan por ahí, vistos en su sistematización. Mas… ¿son muchos los que saben lo que dicen? Esto es lo terrible: ¡que no saben lo que dicen!

Se procede no por motivos racionales, sino por el prurito de conformarse al mundo. Pero el poder mundano tiene su propia filosofía; y los teólogos de moda traducen al lenguaje teológico las opiniones del día, no porque acepten una doctrina como tal, sino porque aceptan las doctrinas, que lisonjean a los poderes de este mundo.

La gravedad del momento presente es ésta: que no se trata ya más de la oposición o contraste entre la verdad y el error, sino entre la verdad y la no verdad, entre el orden de la verdad y la dictadura de la opinión. Los hombres se creen libres por que así figura en los textos jurídicos, cuando esa misma engañosa creencia es prueba de su servidumbre.

¿Estará también la Iglesia bajo la dictadura de la opinión? La Iglesia, no; pero muchos que están en la Iglesia, sí. La Iglesia no podría ser violentada en su libertad, sin que el Espíritu Santo suscite poderosas reacciones…

La polvareda levantada en torno al Concilio no fue querida por Juan XXIII, quien por ello sufrió profundamente; de esto soy testigo personal. La verdadera grandeza cristiana de Juan XXIII consistió en el modo sereno y cristiano con que, midiendo plenamente la imponente gravedad de los problemas, aceptó humildemente su cruz hasta la muerte.

3.- LO MÁS URGENTE.

La obra más urgente es restaurar en la Iglesia la distinción entre la verdad y el error. Hemos llegado a tal extremo que todo ejercicio de la autoridad eclesiástica se considera como abuso frente a la libertad. ¡Como si la autoridad fuese la negación de la libertad! Mil poderes ilegítimos coartan muy gravemente y muy sistemáticamente la conciencia y la libertad de las personas en el plano inmediato, mientras que en el plano más profundo las apartan de la verdad, expresada en las fuentes de la Revelación y en el Magisterio. “Yo espero que las justas y autorizadas distinciones llegarán. La pastoral no es el arte del compromiso y la cesión: es el arte de la salvación de las almas en la verdad“.

Esa verdad, que se oscurece tantas veces en las abusivas deformaciones de la liturgia. Hoy se descubren peligrosas pérdidas en lo esencial. Lo sagrado no es solamente el rito: es la presencia, en el rito, de la realidad significada. Cuando se mitiza el rito, se pierde el sentido de la sustancia que contiene. Nada, por consiguiente, de extraño que la Eucaristía se convierta para algunos en una simple fiesta de la unidad humana, en la cual Dios es nada más que un espectador. “Aquí estamos no ya en la herejía, sino en la apostasía“.

Es cierto. “La presente situación de la Iglesia es una de las más graves de la historia, porque, esta vez, la impugnación no le viene de la persecución de fuera, sino de la perversión interior. Esto es muy grave. Pero,las puertas del infierno no prevalecerán“.

JUAN BAUTISTA MONTINI – PABLO VI

_________________________________________________

  • * Tomado de: “LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA“, Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, Editores Asociados, S. de R. L., 2º Ed., págs. 322 a 340. Todo lo que se dice aquí, a pesar de tener una antigüedad de más de 30 años, es de suma actualidad en vista de los actos llevados a cabo por Juan Pablo II y toda la Jerarquía de la Iglesia Conciliar. Han avanzado mucho desde que fueron escritas estas líneas.

  • (1) En la actualidad, entre muchos otros, tenemos, en el “Pontificado” de JP2, el clarísimo caso de la “canonización” de José Mª Escrivá de Balaguer. Los que viendo el problema de la herejía manifiesta de JP2 (y ahora, la de Benedicto XVI), se niegan a dejar de considerarlo el Vicario de Cristo, han inventado y dado una serie de vueltas para, pese a todo, no aceptar esta “canonización”. Basta leer en los diarios las palabras empleadas por JP2 para las mismas (caso de las últimas realizadas en España), para dar con todas estas teorías por tierra.

  • (2) Este puede ser este el caso de tanto de JP2 y como de Benedicto VI que se sumaría a los dudosos cónclaves en el que fueron electos.

  • [3] Con pastores protestantes novus Ordo

  • [4] Entrega tiara

  • [5] Aquí salteamos todas las consideraciones sobre un Papa “drogado”, formuladas por el Abbé Dulac.

  • [6] San Símmaco, Papa. (498-514) Nació en Córcega y subió al pontificado en 498. Discutida su elección durante mucho tiempo y negada su legitimidad por el emperador Anastasio, Teodorico, rey de Italia, se declaró por su validez y expulsó al antipapa Lorenzo. Uno de los primeros actos de su pontificado fue la convocación de un concilio en Roma (marzo de 499); en él se determinó que sería pontífice legítimo el que obtuviese la mayor parte de los sufragios del clero romano y que un Papa no podía ser juzgado. Entretanto, el emperador Atanasio publicó un libelo acusando a Símaco de maniqueísmo, a pesar de que el pontífice había desterrado a muchos de éstos al África. San Enodio de Pavía se encargó de refutar este libelo difamatorio contra el Papa.

  • [7] Ya Sabemos que la TFP no hizo nada más, como tampoco lo hicieron Mons. De Castro Mayer ni Mons. Lefebvre

  • [8] JP2, lo hizo varias veces y Benedicto XVI, ¡lo hizo en el centro del luteranismo mundial! Diciendo allí estar preocupado por la disminución de los luteranos. VER

  • [9] Esto se aplica también a JP2, y a Benedicto XVI, que han llevado esta revolución a límites inconcebibles e impensables en el momento en que se publicó este libro.

  • [10] Con respecto a la elección de JP1 y de JP2, veamos en este mismo sitio: “JURE SACRO” (Telegrama de impugnación enviado a los Cónclaves que eligieron a JP1 y a JP2).

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