Las doce mortificaciones (1): El menosprecio de las cosas temporales y de los tres grados de pobreza

Enrique Herp, conocido como el místico de Flandes, acertó a estructurar el método de la oración contemplativa, recogiendo las enseñanzas de los primeros catorce siglos de cristianismo en su “Directorio de Contemplativos”. Esta breve pero condensada obra comienza con el tratado de las doce mortificaciones ,”Doce puertas del paraíso de nuestro corazón”, que tanto recomenzaba el gran maestro y Doctor de Ávila. En doce artículos consecutivos ofrecemos a nuestro lectores este breve tratado, puerta necesaria para acceder a la vida activa y ascender luego a la contemplativa. Usamos a tal fin, la obra traducida por Teodoo H. Martin y editada porEdiciones Sígueme, Salamanca 1991.

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Las doce mortificaciones (1)

El menosprecio de las cosas temporales y de los tres grados de pobreza

Ante todo está la mortificación de toda afición a las cosas temporales. Aquí se podría preguntar si es necesario, para vivir en estado de perfección, hacer voto de pobreza voluntaria y renunciar a todas las cosas temporales, pues se lee en el Evangelio que dijo Nuestro Señor: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dalo a los pobres; luego ven y sígueme» (Mt 19,21).

Los votos religiosos

A esto responde Santo Tomás de Aquino diciendo que la perfección no consiste esencialmente en la pobreza o en los tres votos, sino en el seguimiento de Cristo, conformándonos a El por la vida virtuosa. La pobreza voluntaria y los demás votos son instrumentos, ayudas y ejercicios para mejor y más rápidamente llegar a la perfección.

Razón de la pobreza

La pobreza, pues, quita los impedimentos que vienen de las cosas temporales; por ejemplo, la solicitud y deseo de poseerlas. Asimismo se cierra la puerta a la soberbia, que nace de las riquezas, como la polilla del paño. Con todo, se puede conseguir la perfección sin estos tres votos: Abrahán fue perfecto estando casado y con riquezas. De igual modo los obispos se hallan en estado más perfecto que cualquier otro religioso y, sin embargo, tienen bienes propios. Esto mismo se puede entender de los otros votos. De aquí se deducen dos cosas.

En qué consiste la verdadera pobreza

La primera es que vive con perfección la pobreza voluntaria quien es capaz de renunciar con paz interior a todos sus bienes dejándolos al beneplácito del Señor, lo mismo si se los quita que si se los conserva, y quiere solamente disfrutarlos por necesidad y para la mayor honra y agrado de Dios, en cuanto él puede entender, y teniendo en cuenta además su estado, condición, naturaleza y otros puntos necesarios a este respecto; pero si supiese que daba más gusto a Dios vendiendo todas las cosas y dándolo a los pobres estaría dispuesto a ello. Tal hombre vive con perfección la pobreza voluntaria, porque Dios no se complace tanto en vernos privados de las cosas exteriores cuanto en la voluntad desnuda de afectos y libre de ocupaciones. En esto consiste esencialmente la verdadera pobreza. A ella se refiere San Pablo cuando dice: «Como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos» (2 Cor 6,10). Esto tiene lugar cuando estamos libres de todas las cosas temporales de manera tal que, si nos viéramos desposeídos, permitiéndolo Dios para probarnos, estaríamos asimismo dispuestos a conformar libremente nuestra voluntad con la divina. Nada extraño, claro es, que nuestra natural condición sentiría cierta contrariedad en un momento dado, porque somos hombres; pero no habría culpa alguna ante Dios, siempre que la voluntad deliberada no consintiera en ello, antes bien mantenga la paz diciendo con el Santo Job: «Yahvé dio, Yahvé quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahvé!» (1,21).

Esta es la pobreza esencial que deben anhelar y apetecer todos los llamados a la perfección, y mediante esto podrán ofrecer siempre mejor a Dios su corazón con sosiego, sin perturbación y transparente. Estos hombres, aunque poseyesen un reino, serían siempre pobres voluntarios. Y, aunque a veces sientan en sus potencias sensitivas cierto gozo en la prosperidad y tristeza en lo adverso, en nada disminuye su perfección mientras que con voluntad deliberada se abandonen libremente al divino beneplácito y no pierdan la paz en el fondo del alma.

En segundo lugar se ha de notar a este propósito que quienes prometieron pobreza voluntaria, junto con los otros votos, no por eso han llegado a la santidad, sino que se han obligado a tender a la perfección con todas sus fuerzas. Cabe distinguir tres grados de pobreza voluntaria.

Pobreza de la profesión

En primer lugar, pobreza de la profesión, que consiste en no tener nada propio. Es muy imperfecta si se reduce únicamente a la posesión de bienes materiales, porque hay muchos en realidad que desean con más ansias lo que no poseen, y. gr., superfluidad en el comer y beber, curiosidad en el vestir, y cosas semejantes. Por lo cual, la pobreza afectiva es lo principal del voto y de la virtud. Parecen pobres a los ojos de los hombres, pero no proceden como pobres de espíritu, o sea, con libertad de corazón, ante Dios.

Canon

En conclusión, toma esto por norma: cualquier cosa que usen, aunque fuere por necesidad, trajes, abrigos o cosas parecidas, si lo poseen con afición desordenada de manera que si los superiores les privaran de ello lo llevarían a mal y aun llegarían a murmurar, entonces ciertamente viven con propiedad a los ojos de Dios y tendrán que rendir estrecha cuenta ante El.

Pobreza de uso

El segundo grado es la pobreza en el uso de los bienes temporales, es decir, la de aquellas personas que sólo desean lo estrictamente necesario y se lamentan de usar lo superfluo, llamativo o cosas preciosas. Merecen alabanza porque han desprendido su corazón de todo aquello que no les es necesario, pero pueden faltar si desean con avidez lo que juzgan necesario. Porque, por muy necesaria que parezca alguna cosa, y aun habiéndosenos concedido usarla, nos está absolutamente prohibido poner en ella el corazón.

Pobreza afectiva

El tercer grado es la pobreza de afecto, que tiene lugar cuando el fiel siervo de Dios cuida de mantener su corazón en completa desnudez de manera que ni en las personas ni en las cosas haya nada capaz de atraerlo. Más aún: acepta con cierta repugnancia las mismas cosas necesarias; tan sólo las admite como ayuda y uso necesario al propio natural para lanzarse mejor con libre y desnudo afecto a los brazos desnudos del amor crucificado, Jesucristo.

Por tanto, son realmente pobres de espíritu (Mt 5,3) los que poseen las cosas temporales con esta libertad de corazón, como si no las poseyeran. En cambio, quienes hicieron voto de pobreza y luego ponen su afecto en las cosas son propietarios a los ojos de Dios.

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