Las doce mortificaciones (3): Tres modos de mortificar la sensualidad

Caravaggio_San Francisco meditando_Museo Capuchinos
Las doce mortificaciones (3):

Tres modos de mortificar la sensualidad

La tercera mortificación versa sobre las inclinaciones de la propia sensualidad. Por sensualidad se entiende lo que se expone a continuación.

El placer de los sentidos

En primer lugar, el placer de los sentidos, que se acrecienta con el deseo de manjares y bebidas finas, vestidos y lechos de lujo, etc. Bien entendido que no se prohíbe usar de todo esto, cuando se hace por exigencias de estado o condicionamiento social o porque así lo requiere la naturaleza o una enfermedad. Lo único reprochable está en usar de ello por mera complacencia de los sentidos, conforme nos amonesta San Pablo: «No os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rom 13,14). El placer puede también consistir en pensamientos lascivos, afectos, palabras, obras, gestos y múltiples conversaciones con otras personas, motivadas por el amor sensual.

Apetitos sensitivos

Viene luego la sensualidad del apetito que busca gloria y honras humanas, ostentación, alabanzas, favores y amistades. Asimismo el deseo de disfrutar de todas las cosas que entran por los sentidos, mirando cosas bellas, oyendo novedades y cosas semejantes.

Curiosidad en el decoro

Lo tercero puede ser una sensual curiosidad y arreglo exquisito de la casa, habitaciones, muebles, trajes, vestidos de gala. Del mismo modo otras muchas cosas que pueden sobrevenir o poseerse con afición sensitiva haciendo descansar en ello el corazón. Hay que evitar estos y toda otra clase de gustos sensibles, como la jarana, cotilleo, comodidades y regalos, buscados únicamente por el gozo sensitivo. Porque esto impide progresar en la virtud, e incluso motiva el retroceso. Se van tornando más difíciles las prácticas de piedad y toda devoción resulta insípida, según dice el Apóstol: «El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios» (1 Cor 2,14). Tales personas parecen tener a veces devoción y amor de Dios; sin embargo, esto es ficción y engaño o un gusto meramente natural de devoción y amor, como podemos observar que hay hombres alegres y amables por temperamento, los cuales con cualquier cosa fácilmente se encienden en amor y deseo. Y aunque la bondad del Espíritu Santo alguna vez les regale, con gracias de devoción, lágrimas, amor sensible, o algo parecido, no aciertan a usarlas provechosamente para su santificación; y lo que es peor, les perjudican. Esto es así mientras no hayan muerto a la sensualidad, porque el principio de aprovechamiento en la vida espiritual supone la mortificación de todos los pecados veniales.

Principio de aprovechamiento. Diferencia de pecados veniales. Los pecados por fragilidad

Adviértase aquí la gran diferencia que existe entre cometer pecados veniales por afición desordenada y caer por flaqueza u ocasión. Ciertamente que, por debilidad de nuestra naturaleza, es imposible evitar todos los pecados veniales. Pero si podemos, en cambio, mortificar la afición a ellos. Así, pues, faltan solamente por ocasión o fragilidad natural aquellos que, estando libres y a solas consigo mismos, antes o después de la caída, no desean nada que sea pecado, ni siquiera la mera satisfacción de los sentidos. Por ejemplo, conversaciones o compañías de pasatiempo, comer y beber bien, complacerse en sí mismos o en otros, vanagloria y cosas semejantes. En cambio, llegada la ocasión, por su debilidad natural, al instante caen en pecados veniales. Pero, tan pronto como vuelven sobre si mismos, se duelen de esto y sienten perfecta aversión y disgusto de todo aquello que les pudo alejar de Dios. Este pecado venial es de poca importancia y Dios le perdona tan pronto como el pecador se siente compungido.

Pecados de afición

Pecan voluntariamente aquellos que, antes y después de haber faltado, hallándose libres de toda ocasión de pecado, desean tener oportunidades no por el pecado en sí mismo, sino por el gusto que de ello redunda, como ocurre, por ejemplo, cuando se tiene afición a ciertos compañeros por la broma, conversación y juego; el gusto especial en el comer, beber, oir novedades, vestir llamativamente u otras mil maneras parecidas. A éstos nunca les serán perdonados los pecados veniales, aunque los confiesen muchas veces, mientras no mortifiquen su afición. Algunas veces parece que tienen dolor de ellos; sin embargo, no procede sinceramente del fondo del alma, ni es suficiente para desarraigar por completo las aficiones del corazón. Estas personas nunca progresarán en la virtud, porque todas sus obras están mezcladas de muchas imperfecciones y abusan de toda gracia y devoción que reciben del Señor, convirtiéndolas en ocasión de pecado (Jn 12,10).

Por tanto, es necesario morir a la sensualidad, sintiendo una perfecta aversión a todo aquello a que se adhirieron los sentidos con desordenado afecto. Es la única manera de salvar el cúmulo de virtudes, penitencia, misericordia y obras buenas. Del mismo modo que Caifás profetizó de Cristo diciendo: «Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Jn 11,50). ¡Oh si conociésemos la muchedumbre de los que obran grandes cosas inútilmente o casi sin provecho! Quedaríamos realmente muy sorprendidos, porque con frecuencia a los ojos de Dios es podredumbre lo que parece maravilloso al juicio de los hombres.

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