Las doce mortificaciones (6):De cómo debemos ahorrarnos toda preocupación innecesaria y de la administración de las cosas externas.

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Las doce mortificaciones (6):

De cómo debemos ahorrarnos toda preocupación innecesaria y de la administración de las cosas externas.

La sexta es la perfecta mortificación de las cosas externas, que no son estrictamente necesarias, ya sea por necesidad espiritual o en virtud de obediencia. Podemos comprender aquí la verdadera diferencia entre la vida activa y la contemplativa. En la primera se procede como criados fieles de Dios; en la otra se vive íntima amistad con el Señor.

Algunos, al convertirse, eligen obedecer a Dios, a la Santa Iglesia y a sus superiores; se ejercitan en las virtudes, buenas costumbres, fiel observancia de los estatutos y ordenanzas, buscando en todo honrar a Dios y no a sí mismos. Creen que la máxima perfección consiste en los ejercicios propios de la vida activa: oraciones vocales, meditación de los propios pecados, de la muerte, del juicio. La Pasión del Señor tan sólo para moverse a compasión. Pero son incapaces de penetrar en los ejercicios de la vida contemplativa. La razón es porque en la vida activa se sienten más satisfechos y les parece ser más meritoria. Por eso en su conciencia ocupan un primer plano las obras que ellos hacen y no Dios, por quien se hacen. Están divididos en su corazón, distraídos e inestables; porque viven todavía en ellos las pasiones naturales, que fácilmente les impacientan, mientras no lleguen a la vida contemplativa. Sólo ésta amortigua todas las pasiones naturales, es decir: el desorden de la alegría, tristeza, complacencia, vanagloria, impaciencia, esperanzas vanas, excesiva timidez, etc. Se privan a sí mismos de la paz y del conocimiento del hombre interior, porque no andan bien recogidos ni están unidos plenamente a Dios. Sólo entonces descubrirán los íntimos, ocultos y amables caminos del Señor.

Voz de Jesús al alma

Entenderán la voz de Jesús en el alma: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

Cómo se consigue la vida interior

Por consiguiente, el que quiera vida interior necesita desearla vivamente y pedirla a Dios, aplicándose a ella con toda diligencia. De Nuestro Señor vienen la gracia y auxilios para las prácticas externas y para los ejercicios amorosos del hombre interior, en la medida que cada uno se dispone, haciendo lo posible de su parte.

Prácticas externas y deseos de vida interior

Así, pues, si quieres ser hombre de vida interior, es necesario que purifiques tu corazón hasta vaciarlo de todo lo que no sea Dios. Y que todas las obras exteriores y ocupaciones hechas por causa razonable o en virtud de obediencia aprendas a hacerlas sin dispersión ni ansiedad, con la mente y corazón puestos en el Señor. Es muy de alabar todo lo que se hace en oculto; pero en esas mismas obras hay que evitar la dispersión y ansiedad del corazón, que entibian la devoción y exponen al hombre a muchas tentaciones y asechanzas del enemigo. La naturaleza y la sensualidad se complacen más en sí mismas, en sus vanidades y caprichos. El entendimiento se oscurece, el alma y todo ejercicio resulta desabrido.

Modo de superar las tentaciones

Si quieres, pues, vencer las tentaciones del demonio, de la carne y del mundo, todas tus fragilidades e imperfecciones y tus naturales pasiones, esfuérzate en todo tiempo por mantener el ánimo introvertido y tu deseo en Dios. Procura poner más actos interiores de amor que prácticas exteriores de virtud. Porque una ocupación, que viene a disipar el corazón, con la costumbre termina por crear cierto desasosiego e intemperancia, aunque se trate de cosas buenas. Llega a tal punto la divagación de la mente que resulta imposible frenarla en el tiempo de la oración. Impide que las potencias inferiores del alma consigan recogerse con cierto sosiego. Nadie es capaz de llegar a este recogimiento, si no tiene el corazón libre de toda criatura hasta el punto de sentirse atraído por Dios Nuestro Señor y gustar de menospreciarse por amor de Dios. Porque el amor puro crea un espíritu puro, simple y libre de todas las cosas; levanta sin dificultad el vuelo hasta Dios. Donde está el amor allí va la memoria y el corazón; allí hay capacidad para recogernos en intimidad con Dios y a la vez para ejercitarse divinamente en las obras exteriores.

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