Las doce mortificaciones (11): Paciencia en las adversidades. Utilidad de las tribulaciones.

Job

Santo Job

Las doce mortificaciones (11):

Paciencia en las adversidades. Utilidad de las tribulaciones.

La undécima es la perfecta mortificación de toda inquietud e impaciencia del corazón ante cualquier adversidad externa: difamación, mofa, maledicencia, calumnia, pérdida de bienes temporales, amigos y parientes; incluso persecuciones que pueden ocurrir por permisión divina. Aquí debemos tener en cuenta que Nuestro Señor prueba con muchas tribulaciones exteriores a los que quieren entregarse a la mortificación de sí mismos, para ver si perseveran en su propósito, como dijo el ángel a Tobías: «Porque eras grato a Dios, fue necesario que la tentación de la adversidad exterior te probara» (Tob 12,12, Edic. Vulgata). Por la misma razón fue probado Job, prototipo del hombre justo. Despojado de todas las cosas y mientras le contradecían sus amigos y aun su mujer. Más aún: herido por el diablo, desde la planta del pie hasta la cabeza, siempre se mantuvo ecuánime y paciente en su corazón. Ni siquiera faltó en sus palabras, sino que dijo: «Yahvé dio, Yahvé quitó: sea bendito el nombre de Yahvé» (Job 1,21). Del mismo modo Jesucristo, después de haberle maltratado tanto los judíos, durante la captura, los golpes, el escarnio, la declaración de los testigos falsos, la flagelación y la crucifixión, pendiente en la cruz, con paz en el alma y gran bondad, entre lágrimas y en alta voz oraba por sus enemigos diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Más penas y afrentas hubiera Él padecido por amor de su Padre y la salvación de los hombres. Por eso Nuestro Señor se complace en manifestar su confianza dando mucho que sufrir a los que dispone para alcanzar los mayores méritos. ¡Oh si supiéramos con cuánto amor Dios envía las aflicciones! Las pediríamos con mucho afecto y las recibiríamos muy agradecidos de cualquier modo que vinieren.

La adversidad es un don de Dios

Porque las tribulaciones son don preciosísimo, que Dios regala a sus íntimos amigos, para enriquecer sus almas y hacerlas verdaderamente semejantes a El. Jamás hubo escultor alguno que trabajase con tanto esmero y preocupación para conseguir la perfecta adecuación de rasgos entre la estatua y el modelo como lo hace Dios con el alma. El Señor, Todopoderoso, previó con su inmensa sabiduría desde toda la eternidad y predispuso sobre sus amigos particulares cómo, mediante tales aflicciones, los modelaría a semejanza perfectísima de Jesucristo. A este propósito comenta San Agustín sobre los Salmos: «Tan pronto como el hombre cristiano comience a disponerse con perfección para progresar en las virtudes y mortificación de sí mismo, empezará a sufrir la maledicencia de sus adversarios. Quien no lo ha padecido todavía, podemos decir que no ha hecho progresos. Si alguno no las padece, ni siquiera intente progresar».

Grados de paciencia

Hay que distinguir tres grados de paciencia. Ante todo está el reprimirse para no tomar venganza por si mismo, ni siquiera desearla. Este grado es muy imperfecto, porque frecuentemente permanece amargado el corazón, y de ahí proceden las murmuraciones, comentarios, maledicencia, envidia, malas sospechas y cosas semejantes. Son señales de un corazón todavía no mortificado y de amor desordenado a si mismo; porque toda aflicción excesiva, tristeza e inquietud proceden de un amor desordenado. Como dice San Gregorio: «Quien no tolera con ecuanimidad los males y persecución que otros le infligen, él mismo demuestra por su impaciencia que está lejos de la plenitud del bien, o sea, de la gracia y las virtudes».

Se da un grado intermedio cuando alguno no solamente reprime sus deseos de venganza, sino que también limpia y purifica su corazón de toda envidia y enojo. Por sí mismo él no busca, quizá, el libre sufrimiento; pero, cuando le llega, lo acepta humildemente reconociendo que es digno de padecer eso y mucho más. Comprendiendo poco a poco la abundancia de gracia que mediante esto se adquiere, dispone su voluntad para sufrir con paciencia cualquier adversidad en adelante. De este modo comienza la misma paciencia a serle muy meritoria.

El grado superior es la paciencia afectiva, la cual, para conformarse a la pasión del Señor y a todas las cosas que entonces tuvieron lugar, acepta con gran deseo las contrariedades que pudieren sobrevenirle, y gusta de padecer siempre muchas cosas, diciendo con el profeta David: «El oprobio me ha roto el corazón» (Sal 68,21).

Tales personas rezuman amabilidad y dulzura divina en abundancia. Las potencias del alma se sosiegan y esta bondad anega al alma en divina embriaguez hasta el punto de no sentir ninguna afrenta exterior, detrimento o pena. Porque consideran toda persecución como una ayuda para acercarse al Amado y aman todas las persecuciones como verdaderas ayudas para la vida eterna. ¡Dichosa el alma que ha llegado hasta aquí, porque va a descansar eternamente en los brazos de Cristo!

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