Las doce mortificaciones (y 12):La abnegación de la voluntad. Grados de obediencia. Nobleza del libre albedrío.

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 Las doce mortificaciones (y 12):

La abnegación de la voluntad. Grados de obediencia.

Nobleza del libre albedrío.

La duodécima es la perfecta mortificación de la voluntad poniéndola plena y gustosamente en manos de Dios, para sufrir todo interior desamparo por amor de Dios.

Lo más noble que Dios ha dado al hombre es el libre albedrío. Sin él no hay pecado y sólo con él es posible la perfección. Lógicamente, ninguna cosa puede causar más daño al hombre que la propia voluntad.

Voluntad propia

Ella es, en efecto, el cimiento sobre el cual se amontona y descansa todo el desorden de los pecados. Si le diéramos la vuelta, se derribarían los muros de Jericó, es decir, acabamos con el pecado (Jos 6). Esto, sin embargo, no quiere decir que sea necesario el voto de obediencia para alcanzar la perfección.

Necesidad de la obediencia

Para llegar a la perfección, la obediencia es necesaria en el mismo sentido que se dijo hablando de la pobreza. Sin esta ayuda, algunos son incapaces de vencerse y morir a si mismos, porque su amor a Dios es muy escaso. Grande es todavía la resistencia que oponen a la mortificación y olvido de si mismos. Por lo cual, cuando un hombre de buena voluntad es así, necesita que medie la obediencia para ser inducido al abandono de sí mismo.

Otros, en cambio, han llegado ya a tal madurez que se dejan guiar amorosamente por el espíritu de Dios y su gracia, hasta morir del todo a la propia voluntad. Se abandonan a la voluntad de Dios y secundan deliciosamente sus signos. Estos no necesitan que nadie los tenga que mandar. Bajo la obediencia divina están prontos para abandonarse a sí mismos y seguir la voluntad del Señor en cuanto alcanzan a conocerla. Especialmente en estos tiempos en que casi todos los superiores de comunidades religiosas están más dados a las cosas externas que cuanto atañe a la vida interior. Y por eso sirven más de estorbo que de ayuda a los súbditos llamados a la vida espiritual. Por esto hay tanta negligencia e inmortificación entre ciertos religiosos. No ordenan sus planes como requiere la vida de perfección.

A pesar de todo, quede claro que los verdaderos religiosos necesitan tener su voluntad dispuesta a vivir bajo obediencia, si entendieren que esto sería más del agrado de Dios. Por consiguiente, debemos alabar y no despreciar a los que no hacen profesión de vida religiosa, con el fin de tener plena libertad de espíritu para unirse más y mejor con Dios de día y de noche en todos sus ejercicios espirituales. No por otra intención, que sería mantenerse sin compromiso para dar rienda suelta a las inclinaciones naturales y a los sentidos. Bien entendido, pues, que debe hacer buen uso de su libertad con toda diligencia y aceptar la obediencia de Dios en cualquiera de las formas que ahora diré.

Obediencia del voto

Primeramente la obediencia del voto que se hizo con la profesión. Hay muchos que, a juzgar por el exterior, cumplen el voto de obediencia, pero luego demuestran someterse involuntariamente. Más que cumplir la voluntad del superior, procuran que él mande conforme ellos quieren. Si no, se rebelan, murmuran y terminan por no hacerlo.

Les sería mucho mejor no haber prometido obediencia, ya que el voto se les ha convertido en lazo de condenación. Dice San Bernardo, a este propósito, que quien oculta o abiertamente procura que el Prelado le mande lo que le guste él mismo se engaña y en vano se precia de obediencia a los prelados. En tal caso, más que someterse al Prelado, hace que el Prelado sea súbdito suyo.

Obediencia de conformidad

Consiste en obedecer no sólo cumpliendo externamente lo mandado, sino en conformar la voluntad perfectamente con la de los superiores. El que obedece así no se manifiesta remiso ni escurre el hombro, ni se lamenta de ser demasiado grave o duro lo mandado, aun cuando es verdad que alguna vez le resultará contrario a la naturaleza y los sentidos. Adviertan, sin embargo, que esta obediencia es deficiente en la intención, aunque sea perfecta en la ejecución. Puede ocurrir que obedezcan por temor; para evitar la reprensión, la humillación, ser menos estimados o incurrir en la indignación de los superiores. O, por el contrario, obedecen para complacer a los superiores, para que éstos los aprecien, elogien, ensalcen y estimen. De suerte que no lo hacen puramente por Dios, sino que buscan algo humano en ello. De éstos dijo Dios: «En verdad os digo, ya recibieron su recompensa» (Mt 6,5). Por eso se esfuerza el enemigo en pervertir su intención, cuando no puede impedir las obras buenas. Para poder poseerle por la mala intención, como dice San Gregorio: «Si el corazón se emponzoña con el desorden de la mala intención, el enemigo astuto se hace dueño con firmeza de la mitad de la obra que se realice. El enemigo ve que produce frutos para él todo árbol cuya raíz de mala intención quedó viciada con el veneno de su diente».

* Hasta qué punto deben hacerse obras por obediencia

Así, pues, se deben practicar las obras de obediencia para alcanzar la mayor misericordia, complacencia, gracia, familiaridad y secreto amor de Dios. Y cuando hubiere hecho todo lo que esté de su parte, buscará que los superiores le desprecien y olviden; asimismo de los compañeros. Esto es verdadera señal de que todo lo hace únicamente por amor de Dios.

Obediencia de unión

El tercer grado es la obediencia de unión, que equivale a decir: en todo pormenor y motivación de su voluntad está de acuerdo con la voluntad del que manda o desea. No ya sólo porque practica lo mandado o complace al superior.

Esta obediencia se da solamente en relación con Dios. Es propia de los más distinguidos, los más familiares o íntimos amigos. Su voluntad se abandona y une tan perfectamente a la de Dios en todas las circunstancias, que se identifica con la divina. Cualquier cosa que Dios permite les suceda confiesan que les acaece por disposición del amor y misericordia de Dios. Lo aceptan con el mayor afecto, aunque fuere lo más turbulento, desgraciado, aflictivo y doloroso.

Grados de santo abandono

Además, conviene tener en cuenta que en este santo abandono de la voluntad se dan muchos grados. Hay quienes están dispuestos a recibir cualquier cosa que Dios permitiere sobrevenirles en sus bienes, con tal que les deje disfrutar de la gracia interior, amor sensible y consuelo espiritual. Este solaz interior les capacita para sufrir fácilmente cualquier contrariedad. Son todavía soldados débiles en el amor de Dios. Omitimos, por brevedad, describir otros grados. Sepas tan sólo que el grado supremo de abandono en la deliciosísima voluntad del Señor consiste en que la libertad muera del todo por amor de Dios a cualquier sentimiento de gusto propio. Nuestra libertad debe seguir pronta y perfectamente el plan de Dios, como la sombra sigue al cuerpo, en todo lo que nos pueda suceder aquí o en la eternidad.

Libertad suprema de la criatura racional

Esta es la máxima libertad a que puede aspirar la criatura racional: gozarse solamente en la voluntad de Dios. Por ella, el hombre viene a ser eterno. Nada le inmuta de cuanto pueda acaecerle. Sólo Dios. Por amor de Dios, en cambio, estaría dispuesto con mucho gusto a todos los tormentos del Infierno. Los repetidos actos de amor de Dios le han dispuesto incluso a recibir del Señor alegremente todo el abandono interior o privación de gracia sensible, devoción, amor, dulzura. Con igual disposición acepta la copiosa avenida de los dones que Dios le envíe para poderse unir a la voluntad de Dios con entera placidez. Está realmente tan encendido en el fuego del amor divino, que desea de lo íntimo de su corazón pasar por la vida privado de todo amor y gracia sensibles. Únicamente anhela el amor esencial en total abandono interior y angustia del corazón que puedan sobrevenirle. No pide a Dios ningún consuelo, aunque pudiera tenerlo, de orden espiritual, porque sobre todas las cosas desea imitar a Jesucristo en su abandono. Es el estado más perfecto (Mt 26,38; Lc 22,44).

Así, Jesucristo, al concluir la obra de mayor perfección, se sintió abandonado de Dios: desde la oración en el huerto de los olivos hasta la muerte. Ausencia total del amor, gracia y dulzura sensibles. Quedóle únicamente el amor esencial. Parecía más enemigo que amigo de Dios. Con ello su pena y mérito fueron mayores y su amor esencial más probado. Es la obra más excelente de virtud que mostró Cristo en la tierra; lo más sublime que el hombre puede desear. Por eso, son demasiado irreflexivos los que se muestran delicados, apenados y tristes cuando Dios deja de serles sensible. Sufrirlo alegremente por amor de Dios es señal de amor puro y es el único camino que conduce a la perfección.

Feliz el alma que de este modo muere a si misma. ¡Qué desnuda queda de afectos peregrinos! ¡Qué tranquila de corazón! Limpia de toda mancha, libre de penas. Todo temor ausente. Engalanada con todas las virtudes. Esclarecido el entendimiento y elevado el espíritu. ¡Unida a Dios y eternamente glorificada!

Lo dicho hasta aquí baste para lo primero que me propuse: demostrar la necesidad de mortificación en todo lo que ofrezca algún impedimento para ir a Dios y poder unirnos con El.

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