Adversus haereses “valtortistas”

Ha motivado este breve trabajo -más de recopilación que propio- la furibunda y espasmódica reacción de toda una muchedumbre de sectarios “aparicionistas”, que creen más  en las supuestas revelaciones de falsarias y fantásticas videntes que a las Sagradas Escrituras y al Magisterio infalible de la Iglesia; cual si al mismo diablo se le echara agua bendita han respondido algunos al artículo de terceros que denunciaba las herejías e impiedades  contenidas en las primeras ediciones de las obras de María Valtorta, y que publicamos aquí  en su día..

De todo he tenido que escuchar: unos aseguraban que preferían la obra de Valtorta a la Biblia porque ésta les resultaba poco amena; otros creían, cual pérfidos hereje,s que en Cristo Jesús, vida nuestra, y en la Santísima y dulcísima Virgen María había concupiscencia por lo cualhabrían tenido que luchar internamente para vencer tentaciones sexuales, como cuantas las aberraciones contenidas en los textos valtortianos; Otros, impíos, me manifestaron que en nada les importaba que dichas obras hubieran estado prohibidas en el Índice, bajo pena de excomunión ipso facto  para los que las promovieran, vendieran, editaran y de pecado grave para quien las leyera, incluso una vez desaparecido dicho órgano del Santo Oficio. Casi todos estos renegados son neo donatistas, mezcla de nuevos cátaros y albigenses, guías de sí mismos y de otros ciegos, desobedientes a la autoridad auténtica de la Iglesia, de cuyo magisterio pasan para acoger en su lugar las enseñanzas de innumerables videntes bien entrenadas por sus gurúes; en apariencia engañosa más puros que ángeles, suelen ser también más soberbios que los mismos demonios; ayunan sin parar, se mortifican sin cesar, rezan a cañón y se creen ya salvados, como el fariseo que rezaba en  el templo  junto al publicano avergonzado.

Pero, como la mayoría de los componentes de estos cenáculos aparicionistas son víctimas de sus ciegos guías, y seguramente ignorantes de la Fe, quiero brindarles la verdadera doctrina católica, contra la herejía de Valtorta, para que, si aman la verdad, abracen el Magisterio y las Sagradas Escrituras, y dejen de leer novelas llenas de errores que, finalmente roban la fe católica sin la cual nadie puede salvarse; porque en el cielo, frente a lo que uno de estos líderes de cenáculos aparicionistas sólo hay católicos, diga lo que diga Valtorta, o las cientos de revelaciones privadas falsas que día sí y día también contaminan el entendimiento de los fieles católicos sencillos.

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Virgen María, preservada del fomes peccati antes y después del parto

 

 N. S. JESUCRISTO Y LA VIRGEN MARIA

CARECIERON DEL FOMES PECCATI

En este opúsculo abordaremos las siguientes cuestiones para el auxilio de los que están confundidos, no lo queden eternamente y se salven:

1º.- Qué es el fomes peccati o concupiscencia.

2º.- Porque Cristo no tenía capacidad alguna de ser tentado internamente, por lo que fue imposible que sufriera tentaciones sexuales de las que pudiera salir victorioso, y mucho menos fracasado.

3º.- Porque la Virgen María no tenía ninguna capacidad de ser tentada internamente, por lo que fue imposible que tuviera tentaciones sensuales de las cuales salir victoriosa mediante la lucha, y mucho menos fracasada.

4º.- Qué pena eclesiástica recae sobre quien lee un libro prohibido por el Santo Oficio, como el de Valtorta, y cuál es la gravedad del pecado de quien lee, promueve, vende, recomienda lo prohibido. La gravedad moral del pecado, incluso cuando el índice se ha suprimido-1966-,  según la Congregación de la Doctrina de la Fe, siendo Prefecto el card. Ratzinger.

La concupiscencia

Trataremos de la humanidad sin pecado del Señor, y de su Santísima Madre, y debo decir con todo dolor que muchos hoy en día, incluso dentro del cristianismo supuestamente «conservador», han errado al atribuir una naturaleza con tendencia a pecar del precioso Dios-Hombre, que las Santas Escrituras y el Magisterio de la Iglesia descartan de plano. El debate actual acerca de si Cristo pudo haber pecado (si tenía capacidad para pecar) o si pudo, al menos, tener el fomes peccati, es triste, pero muy difundido y nada original, puesto que muchos herejes en la antigüedad abrazaron dichos errores. Pero hay que tener claridad y precisión en este vital punto de nuestra fe, sin la cual nadie es salvo; y el que no la guardare sin mancha ni arruga hasta el fin se perderá para siempre.

Veamos algunas citas de las Sagradas Escrituras al efecto. Pero antes debemos precisar de qué estamos hablando cuando decimos con la Santa Iglesia que ni en Cristo Jesús, vida nuestra, ni en la  Santísima Virgen María pudo haber pecabilidad y/o inclinación al pecado o concupiscencia o técnicamente fomes peccati, según lo cual pudieran internamente tener tentaciones ora Cristo, ora su santísima Madre. Cristo y su Staº Madre gozaron y gozan de la impecabilidad y carecen del fomes peccati por títulos diferentes aunque relacionados y orientados el de Ella al de Él. Veamos primero qué es la concupiscencia desde un punto de vista de la Iglesia Católica y luego los tipos de impecabilidad.

La concupiscencia. Sigamos al gran erudito en Mariología R.P. J.B, Terrien, S.J

“..Quienquiera que entre dentro de sí mismo podrá comprobar un hecho tan humillante como doloroso: el imperio se escapa de las manos de aquel que debiera tener el cetro. La razón y la voluntad, reinas por derecho, con harta frecuencia se convierten en esclavas de las facultades inferiores. En todo caso, sus órdenes son más o menos discutidas, y su dirección, más o menos desacatada. ¿Qué hombre es tan dueño de su imaginación que pueda reprimir todos sus extravíos; tan señor de sus apetitos sensuales que no tenga que luchar contra sus atracciones violentas y que a menudo no tenga que avergonzarse de sus rebeldías? El desorden no consiste en que la parte sensible de nuestro ser apetezca los bienes sensibles, ni tampoco en que tengamos afecciones vivas y pasiones (porque hay pasiones buenas): antes, todo esto pertenece a la perfección del ser humano. El desorden consiste en que estas afecciones y pasiones, que deberían ser siervas, sacuden su natural dependencia, y en vez de esperar las órdenes de la razón para seguirlas, se las adelantan o las contradicen, y aun a veces arrastran a la razón hacia objetos y deleites que el deber prohíbe.

Y es tan grande nuestro mal, que ni la santidad, aún la consumada, basta para restablecer la subordinación perfecta que sería nuestra gloria y nuestra seguridad. Se puede, con el divino auxilio, resistir a estas deplorables inclinaciones, y hasta reconquistar el imperio perdido; pero la carne sigue siendo carne de pecado, un enemigo contra el que hemos de estar siempre alertas, si no queremos ser víctimas de sus seducciones y sus arrebatos. Nunca es San Pablo tan elocuente como cuando habla de estas luchas entre el espíritu y la carne: “según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero siento en mis miembros otra ley que combate contra la ley del espíritu…” Y en otro lugar: “la carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne  y estas cosas se oponen la una a la otra de manera que no podéis hacer lo que quisierais” (Rom, 7, 22).

La teología, para expresar con una sola palabra este desorden  interior, ha tomado del Apóstol los nombres de concupiscencia o codicia ¿Qué deben entenderse propiamente con estas denominaciones? La parte inferior de nosotros mismos, en cuanto escapa del dominio de la razón y en cuanto que es manantial de donde brotan y hoguera donde se encienden las afecciones desordenadas: inclinación hacia las cosas bajas, movimiento súbitos de cólera, aversión, odio, etc.

Las Sagradas Escrituras dan a la concupiscencia el nombre de pecado (Rom. 7, 20), no porque sus inclinaciones sean verdaderamente pecado cuando se las resiste, cuando se las reprueba, cuando se da el sentir, pero sin el consentir, sino, como dice el Concilio Ecuménico y dogmático de Trento, “porque-la concupiscencia- viene del pecado e inclina al pecado” (Conc. Trento, ses. 5ª, canon 5).Viene del pecado porque, si la imaginación no está por entero sometida al espíritu, las pasiones a la voluntad, la carne al alma, es porque, por la culpa original, perdimos el privilegio gratuito que suplía las imperfecciones de la naturaleza y ponía orden en todo nuestro ser. Lo que admiramos en el segundo Adán, Jesucristo, Señor Nuestro, habíalo dado Dios, como dote transmisible a sus hijos. Al primer Adán, padre del linaje humano: el espíritu sometido al gobierno de Dios por la gracia original, y las potencias inferiores sujetas al espíritu por el don sobrenatural de la integridad. La rebeldía del hombre contra Dios, su Señor y su Dueño, trajo como consecuencia la pérdida de la gracia para el alma y para el hombre todo entero el desorden del que se lamentaba el Apóstol.

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Condena de la Obra de Valtorta por el Santo Oficio, estando al frente el Cardenal Ovttaviani

La concupiscencia procede del pecado e inclina, además al pecado ¿Cómo puede ser esto? Con sus atractivos, sus seducciones, sus resistencias y sus asechanzas. Por eso se llama frecuentemente foco, cebo del pecado, fomes peccati. Y adviértase que la parte sensible del hombre ha venido a ser concupiscencia, no por adición, si no por sustracción. Con razón se la ha comparado a un caballo fogoso que se ha desembarazado del freno que lo guiaba, dirigía su ardor ciego y contenía sus ímpetus.

Hasta aquí el R.P. J.B, Terrien, S.J. Veamos ahora las clases de impecabilidad:

CLASES DE IMPECABILIDAD

Pueden distinguirse tres clases de impecabilidad: metafísica, física y moral, según que el pecado sea metafísica, física o moralmente imposible con ella.

  1. a) LA IMPECABILIDAD METAFÍSICA O ABSOLUTA es propia y exclusiva de Dios. Repugna metafísicamente, en efecto, que Dios pueda pecar o tener inclinación al pecado, ya que es Él la santidad infinita y principio supremo de toda santidad. Esta misma impecabilidad corresponde a Cristo‑Hombre en virtud de la unión hipostática, ya que las acciones de la humanidad santísima se atribuyen a la persona del Verbo, y, por lo mismo, si la naturaleza humana de Cristo pecase o tuviese inclinación concupiscente, haría pecador al Verbo, lo que es metafísicamente imposible y repugna el sólo pensarlo. Quien niega esto arremete contra el dogma de la Unión Hipostática, que junto con la santísima Trinidad son los dos pilares de la Fe a los que se atan los demás dogmas.
  2. b) LA IMPECABILIDAD FÍSICA, llamada también intrínseca, es la que corresponde a los ángeles y a los bienaventurados, que gozan de la visión beatífica. La divina visión llena de tal manera el entendimiento del bienaventurado, y la divina bondad atrae de tal modo su corazón o voluntad, que no queda a la primera ningún resquicio por donde pueda infiltrarse un error, ni a la segunda la posibilidad del menor apetito desordenado. Ahora bien: todo pecado supone necesariamente un error en el entendimiento (considerando como bien real lo que sólo es un bien aparente) y un apetito desordenado en la voluntad (prefiriendo un bien efímero y creado, al Bien infinito e increado). Luego los ángeles buenos y los bienaventurados son física e intrínsecamente impecables no habiendo en ellos concupiscencia o apetito al desorden con el que tuvieren que luchar.
  3. c) LA IMPECABILIDAD MORAL, llamada también extrínseca, coincide con la llamada confirmación en gracia, en virtud de la cual, Dios, por un privilegio especial, asiste y sostiene a una determinada alma en el estado de gracia, impidiéndole caer de hecho en el pecado o tener inclinación a él o cuncupiscencia o fomes peccati, pero conservando el alma, radicalmente, la posibilidad del pecado si Dios suspendiera su acción impeditiva.

Esta última es la que tuvo la Santísima Virgen María durante los años de su vida terrestre. En virtud de un privilegio especial, exigido moralmente por su inmaculada concepción y, sobre todo, por su futura maternidad divina, Dios confirmó en gracia a la Santísima Virgen desde el instante mismo de su purísima concepción hasta la Asunción a los cielos (en el cual goza ya, no de la impecabilidad moral que ya no requiere, sino de la impecabilidad física). Esta confirmación no la hacía intrínsecamente impecable, pues carecía del fomes peccati por distinto título que los bienaventurados ‑que requieren para ello, como hemos dicho, la visión beatífica‑, pero sí extrínsecamente,o sea, en virtud de esa asistencia especial de Dios, que no le faltó un solo instante de su vida. Tal es el Magisterio Infalible Ordinario Universal de la Iglesia (el Magisterio Ordinario Universal es Infalible y consiste en: lo que todos los obispos unidos al papa, cada uno en su diócesis, han creído unánimemente, no ahora sólo, sino siempre),  y/o la sentencia común y completamente cierta en teología, cometiendo pecado grave quien la rechaza.

Cristo, vida nuestra, careció de concupiscencia en potencia y acto.

Pues bien, Cristo no puede ser tentado. Cristo es Dios, en Él hay una sola Persona: la divina; dos naturalezas: la humana y la divina, pero una sola Persona, lo que quiere decir que todas las operaciones de Cristo se han de referir a su Persona única.

“Cristo se vio libre de todo pecado, de hecho”. (Doctrina de fe divina católica, definida). “En virtud de la Unión Hipostática, la voluntad humana de Cristo estuvo siempre y en todo sometida a la voluntad divina. “Cristo no pudo pecar, ni hubo en Él capacidad alguna de pecar, ni inclinación concupiscente. Fue absolutamente impecable” (Teología del Dogma Católico, J. de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38)

Las mismas Sagradas Escrituras nos dicen que Cristo no puede ser tentado, porque la naturaleza humana de Cristo unida a la divina en una única Persona mediante la Unión Hipostática, expresan que Cristo es Dios y como dicen, entre otros, el Apóstol Santiago en su carta :

Ninguno, cuando se vea tentado, diga: Es Dios quien me tienta; porque Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie” (Sant. 1, 13).

Por eso la Iglesia ha dicho siempre que las tentaciones de Satanás a Cristo y otras narradas en los Evangelios no son interiores de Nuestro Señor, sino externas y extrínsecas a su naturaleza humana y que están escritas para ejemplo. Entiéndase bien lo que dice la Iglesia y desde San Agustín a San Francisco de Sales, pasando por Santo Tomás de Aquino: al decir externas no quiere decir que no sucedieran, sino que Cristo permitió el diálogo a Satanás sin que en Él hubiera fomes pecatti o concupiscencia o potencia de inclinación al mal de manera que pudiera ceder o no consentir. En ningún momento podía haber un instante de vacilación en Cristo que turbase su entendimiento sobre cuál era el verdadero bien y ello pudiese dilatar ni una millonésima de segundo la adhesión de su voluntad,  en una supuesta  lucha interior. Imaginar a Cristo o la Virgen María como sujetos capaces de fomes peccati es blasfemo además de herético.

En el Concilio Ecuménico de Éfeso del siglo IV se afirma que Jesús nunca cometió pecado. Y en el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla se condena a quien diga que Jesús tuvo pasiones desordenadas carnales o inclinación al pecado (concupiscencia o fomes peccati). Pero la herejía condenada en los citados concilios y hasta la profanación se han vuelto a repetir en la famosa película “La última tentación de Cristo”, y en algunas falsas revelaciones privadas. Esta postura es inaceptable, porque en Jesús hay equilibrio entre el mundo pasional y el racional (Doctor Angélico: Summa Theologicae). El desequilibrio se da en nosotros, por culpa del pecado original. Pero en Jesús no hubo pecado original, ni tampoco en su hermosísima Madre, como se confiesa en el dogma de su inmaculada concepción. Nació sin pecado, así lo dijo el ángel a María. En Jesús no podía haber tendencia interior al pecado a la que tuviera que resistir, como nos ocurre a nosotros si queremos salir victoriosos, y a los santos. Y las tentaciones del desierto o la de Getsemaní son tentaciones extrínsecas y externas, es decir, vienen no de fuerzas intrínsecas. Y Jesús las rechaza al punto, porque en su alma no había complicidad radical alguna con el mal (un ciego nunca podría ser tentado de lujuria por el sentido de la vista; valga la analogía para entender cómo Jesús no podría ser tentado internamente). El “Apártate, Satanás” tantas veces pronunciado por Jesús, es el reflejo de la ausencia de complicidad pecaminosa en su interior, es decir carece del fomes peccati y no puede ser tentado.

Porque en otro lugar dicen las Sagradas Escrituras:

“no tenemos un gran sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, [pero]* (choris amartias) aparte de pecado (Hebreos 4:15).

(*)  Nota — La palabra «pero» no aparece en el original griego, y su agregado cambia el sentido de lo que se quiere transmitir,  introduciendo la posibilidad de que en Cristo hubiera capacidad de pecado, aunque no lo hubiera pecado de facto. La expresión “sin pecado” (del griego choris amartias) es mejor traducida por “pecado aparte”, o “excluido el pecado” (Lacueva).

Esta Escritura establece claramente que hay una diferencia entre el hombre en su condición de pecado, y el Hombre Cristo Jesús, y esa diferencia es que Cristo (hablamos de su naturaleza humana), a diferencia de nosotros, es esencialmente sin pecado. Y es importante tener cuidado con la palabra “pero”, como acabo de decir, que ha sido agregada y que conduce a una noción equivocada y contraria a la verdad. Pues puede inducir a creer que, aunque Cristo fue en todos los puntos tentado así como nosotros, empero nunca pecó. Pero no dice eso la Escritura, no es ése el significado aquí. Pues no se trata aquí de caídas o de “pecados” aparte. Es decir, la Escritura no dice que él fue “pecados aparte”o “sin pecados”. Sino que dice “aparte del pecado”.

La diferencia es fundamental. Nosotros, seres pecadores o con pecado por naturaleza, recibimos malas tentaciones desde adentro, esto es, en nuestra propia alma a causa de nuestra humanidad herida. Cristo, en cambio, no tuvo ninguna de esta clase de tentaciones. Esto era completamente incompatible con su santa Persona, que es divina. Por la unión hipostática, Cristo estaba humanamente exceptuado de cualquier inclinación a cualquier traza de mal, como ninguno lo fue desde la caída del hombre; como también estaba exenta la Virgen María por el título de su Maternidad Divina a la que fue llamada.

De esas santas tentaciones, con relación a Cristo, trata la epístola a los Hebreos, y no de las nuestras no santas.

La Epístola de Santiago distingue los dos tipos de tentaciones (las externas, que Cristo permitió, contra las cuales su alma no tuvo que luchar y las internas, que brotan de nuestras concupiscencias, y de las cuales Cristo estuvo excluido) como dice claramente en el capítulo 1, estableciendo dogmáticamente que no hubo concupiscencia.

Es útil comparar Santiago 1:2,12 (tentaciones de afuera, externas, a las que Cristo se sometió) con Santiago 1:13 a 19, donde está el otro tipo de tentaciones: las de adentro que provienen de nuestra naturaleza herida por el pecado original, de la cual es  la expresión más manifiesta la concupiscencia. Nosotros conocemos y experimentamos perfectamente bien estas últimas, pero Jesús jamás lo hizo. Satanás le tentó porque Él lo permitió como ejemplo y enseñanza para nosotros, pero estando exento de concupiscencia, no hubo ninguna duda interior, ni esfuerzo para resistir al mal, porque carecía de inclinación hacia él; no es así en nosotros. Y esto es justamente lo que quiere decir “pecado aparte” en la Carta del Apóstol. No sólo es que nunca pecó, sino que nunca pudo haber pecado. No había en la naturaleza de Cristo potencia para pecar, mientras que en la nuestra, incluida la de más grandes santos, excluida la Madre de Dios, hay potencia, y desgraciadamente acto, al menos de pecado venial.

En Hebreos 4:15: el sagrado escritor no asegura solamente que Cristo no cometió pecado, sino que además, fue “sin pecado”; en la esencia de Cristo, pues, no había posibilidad de pecar; luego si la concupiscencia es la inclinación al pecado que proviene del pecado, -como se dijo más arriba citando el concilio de Trento- contra la cual es necesario oponer una fuerza, en Cristo no hubo concupiscencia, ergo, como afirma la Iglesia no hubo interna tentación y todas las doctrinas que describen esas imposibles tentaciones son falsas e impías, y blasfemas.

“Él no conoció pecado” (2.ª Corintios 5:21), no tuvo ninguna tentación pecaminosa interior o cierta inclinación de su naturaleza humana al mal como residuo del pecado original porque careció de él y porque es a la Persona a la que corresponden las operaciones, siendo que la única habida en Cristo es la Persona divina del Verbo o Segunda persona de la Santísima Trinidad.

Unas palabras más antes de continuar con otras Escrituras sobre este solemne tema. Cristo, aunque era un hombre tan real como cualquier otro, participó de carne y de sangre en una condición diferente de la de todo otro hombre. Participó de la humanidad en virtud de la obra milagrosa del Espíritu Santo, enteramente aparte del pecado. “Tentado –dice la Escritura– en todo según nuestra semejanza, pecado aparte”. Ya demostramos que esto no dice solamente que no hubo pecados en él, sino que no hubo ningún pecado (en singular). Es decir, que no hubo ninguna tendencia, inclinación, concupiscencia,  ninguna lucha interna con el pecado en Cristo: todo en él era bueno y santo. Por tanto, es menester afirmar que Cristo era por naturaleza impecable, inmaculado, incapaz de cometer pecado, incapaz de concupiscencia y de tentación interna, porque ésta proviene del pecado e inclina al pecado, aunque no lo sea en sí, y en Cristo no hubo pecado actual ni original (nunca nos cansaremos de repetir esta definición extraída del Concilio de Trento); por lo tanto, sugerir que “lo Santo” que fue concebido por el milagro del Espíritu, fuera capaz de pecar o que pudo haber pecado, es blasfemo ¿Cómo va a ser capaz de fomes peccati, es decir, de tentación interna, aquella humanidad que, ni incluso en el santo sepulcro, fue separada de su divinidad? Locura de secta cátara- puros, patarinos, nuevos albigenses,  falsos devotos del Virgen Santísima es afirmar que en Cristo hubo fomes peccati y gran blasfemia contra Dios.

En el desierto, nuestro Amado Jesús, Vida Nuestra, Amor Inextinguible, Esposo Santo de nuestra alma, quiso ser puesto bajo la «prueba del ácido», y demostró ser «oro puro», por decirlo así. La prueba (o tentación) no fue hecha para ver si él fue capaz de no pecar, sino para demostrar que él no pudo haber pecado, que era incapaz de pecar, así como el oro puro puede ser expuesto a la acción de un cierto ácido, a modo de prueba, para confirmar que es verdaderamente oro, metal noble, y no otra cosa.

La diferencia es fundamental. Nosotros, incluso los más grandes santos- excluida la Virgen María –  seres débiles y pecadores e inclinados al pecado por nuestra naturaleza herida, a causa de heredar el pecado original, recibimos malas tentaciones desde adentro, esto es, a causa de nuestra humanidad caída, y con la ayuda de la gracia somos auxiliados para vencer en la lucha contra ellas. Cristo, en cambio, es el autor de la gracia, y no tuvo ninguna de esta clase de tentaciones. En su naturaleza humana el entendimiento está adherido a verdadero bien por su ciencia divina, en virtud de la unión hipostática,  y por la ciencia beatifica, puesto que Él en su humanidad veía constantemente la esencia divina y además, por la infusa; y por lo tanto su voluntad quiere el indubitable bien, su misma divinidad, ipso facto, porque ese bien verdadero es Dios mismo, es decir, Él mismo: “Quien me ve a Mí, ve al Padre” (cfr. Jn. 14,9). Mientras que en nosotros, a causa de nuestro entendimiento discursivo, potencia del alma herida,  puede juzgar un mal como bien aparente y nuestra voluntad quererlo o  ser dubitativa para dirigirse a uno u a otro fin, por haber perdido los dones que tenía en el Paraíso. Esto, propio de nuestra naturaleza herida,  era completamente incompatible con la santa Persona de nuestro Salvador. Igualmente, y para más inri,  por una concepción milagrosa, Cristo estaba humanamente exceptuado de cualquier posibilidad de inclinación al mal.

Cristo es Dios Y hombre; dos naturalezas en Él: humana y divina, pero en una sola Persona: la Divina. Es importante tener claro este punto, para evitar caer en herejía a izquierda o derecha. Todas las operaciones en Cristo son imputadas a Su única Persona Divina. Él es Dios. Los modernistas y liberales y muchos sectarios y aparicionistas que se llaman conservadores, entre otros, tienen la herética enseñanza de que en Jesús pudo haber pecado y/o de que tenía la naturaleza adámica, en el sentido de que tenía concupiscencia y e inclinación por el pecado, lo cual venció. Es una falsa doctrina, una de las herejías más graves,  pues no tienen en cuenta que la capacidad de pecar no es algo inherente a la naturaleza humana de Cristo. Incapacidad de pecar o impecabilidad y humanidad, no son incompatibles en cuanto a Cristo. Los racionalistas y muchos “conservadores” de herética piedad quieren hacer creer que esto es una incoherencia, pero la Fe de la Iglesia enseña otra cosa y quien no cree lo que la Iglesia dogmáticamente enseña está fuera de ella y no alcanzará la salvación eterna y arderá eternamente en los infiernos; esto es la Fe de la Esposa Inmaculada de Cristo, nos guste o no, lo entienda la loca de la casa o no, y  nadie está legitimado para ocultar tal Verdad.

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En Cristo hay dos naturalezas: humana y divina y una única Persona: la divina. Cristo no podía tener el fomes peccati, entre otras razones por la Unión Hipostática, por las operaciones en Cristo se asignan a la persona: a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es impío, blasfemo y herético decir que el verbo de Dios podía tener inclinación al pecado, pues eso es el fomes peccati.

En efecto, de esas santas tentaciones, con relación a Cristo, trata la epístola a los Hebreos, y no de las nuestras, que no son santas in radice, es decir, porque son las consecuencias del pecado adámico en su herencia, la carne nuestra, del que Cristo careció y por impecabilidad moral, también la Santísima e Inmaculada Madre de Dios.

La Epístola de Santiago, que no voy a copiar aquí para no cansarles más,  distingue los dos tipos de tentaciones (las externas,  que Cristo permitió a Satanás para nuestra enseñanza, y las internas, que brotan de nuestras concupiscencias, y de las cuales Cristo estuvo excluido) muy claramente se ve en el capítulo 1. Reléase a la luz del magisterio de la Iglesia, y no a la luz de la visión del gurú de turno.

Además es útil comparar Santiago 1:2,12 (tentaciones de afuera, externas, de que Cristo participó, al igual que nosotros), con Santiago 1:13 a 19, donde está el otro tipo de tentaciones: las de adentro de la herida naturaleza. Nosotros conocemos y experimentamos perfectamente bien estas últimas, pero Jesús jamás lo hizo. Y esto es justamente lo que quiere decir “pecado aparte”. No sólo que nunca pecó, sino que nunca pudo haber pecado, contrariamente a lo que afirman los sectarios. Para quien no cree al magisterio de la Iglesia, prefiriendo creer a su particular vidente o su propio criterio, tampoco creerá si citamos 1 Corintios 15:47; Rom. 8,3, Luc 1-35 y su sentido a la luz de la exégesis católica aprobada por el magisterio infalible de la Iglesia.

Recordar que es dogma de Fe-quien lo niega sale fuera de la Iglesia- la libertad de Cristo y su impecabilidad, según la cual al no tener pecado carece de concupiscencia, porque ésta proviene e inclina al pecado. Dada la unanimidad existente en esta cuestión, las intervenciones del Magisterio son muy escasas, y se limitan a la afirmación de la ausencia de pecado en Cristo. Jesús, por haber ignorado todo pecado, “no tuvo necesidad de ofrecer la oblación en favor de sí mismo”; “fué concebido sin pecado, nació sin pecado, y murió sin pecado”. La ausencia de pecado en Cristo, se entiende a la luz de tres realidades fundamentales: la unión hipostática, la santidad de Cristo, y su misión de Redentor.

Ninguna cita de la Sagrada Escritura convencerá a los que les gusta más la palabra de la vidente que la Palabra de Dios, pues el mismo Cristo, Señor y Dios nuestro, lo advirtió: ” Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”

La Virgen María careció de todo fomes peccati en potencia y acto

Veamos lo que todos han creído siempre; Que la Virgen María careció del fomes peccati, o sea, que no pudo haber en ella ninguna concupiscencia, lo mostraremos guiados de las manos de unos de los más seguros teólogos católicos de la primera mitad del siglo XX, R.P. J.B, Terrien, S.J.:

La cuestión presente no versa sobre si la Bienaventurada Virgen María se dejo llevar voluntariamente de los movimientos desordenados del apetito sensible. Esto ni los sectarios lo niegan ¡de momento! A la Madre de Dios no le bastaba con el no consentir. Los santos Padres y doctores de la Iglesia con voz unánime, en contra de lo que afirman ciertas revelaciones privadas editadas y muy difundidas, afirman sin fisura que la Santísima Virgen María no supo por experiencia propia qué cosa sea movimiento desordenado, por débil que fuere. Como quiera que la concupiscencia lleva el nombre de pecado, aun cuando no sea el hombre culpable por sentir, sin consentir, sus movimientos desordenados; la tradición toda entera no habría dado los títulos de pura, purísima…, a Aquélla a quien la concupiscencia hubiera tocado de cualquier manera, con su contacto ignominioso.

El Oriente profesa expresamente este privilegio de la Madre de Dios. ” Por cuanto hablamos de Ti, pensar en el placer sensual, del cual tu virginidad no sintió nunca el más ligero deseo ni conoció el menor aguijón ¿Tan fuerte y tan victorioso era en Ti el imperio del espíritu sobre un cuerpo juntamente tan delicado y tan hermoso”; “esta Virgen es la fuente sellada donde ni el ojo de Dios ni el de los ángeles hallaron nunca el menor vestigio ni de turbación ni de cieno” ;” jardín cerrado al que no tuvo nunca acceso ningún pensamiento vicioso”: “En ella ninguna imaginación vana o que pudiera dañar el alma”; “un espíritu gobernado únicamente por Dios”; “todos los afectos enderezados hacia los bienes verdaderos dignos de amor”; cólera e indignación solamente contra el pecado y contra el demonio, su padre. He aquí lo que siempre fue María”. Estos son textos traídos todos de Doctores de Oriente, por ser, quizás, menos conocida su doctrina en relación a la ausencia del fomes peccati en la Virgen María, que la de los Doctores de Occidente.

Dos controversistas dieron ocasión en Occidente para testificar en forma más explícita su fe en ese privilegio (la ausencia del fomes peccati). Diremos ahora de la primera y más antigua. De la segunda hablaremos cuando llegue el momento de explicar hasta donde se extiende la integridad de la Santísima Virgen.

Durante el siglo XII, la fiesta de la Concepción dio lugar a muchas discusiones en la Iglesia latina. Esforzándose unos en propagarla; otros, y eran estos de los de más relieve, como San Bernardo, querían, o suprimirla, o, por lo menos, diferir su celebración hasta que la sede Apostólica la sancionase con su aprobación. En un cambio de cartas sobre este asunto entre un monje inglés del monasterio de San Albano, llamado Nicolás, y Pedro de Celle, campeón de San Bernardo, el segundo fue acusado por su antagonista (Nicolás) de negar que María careciera del fomes peccati. Pedro, indignado por la acusación lanzada contra él, protesta reiteradamente manifestando su fe en la integridad perfecta de María: ” Yo confieso-dice- y creo que María, por la operación preventiva de Dios, Deo Praeoerante, no sintió jamás el fuego de la concupiscencia” (Petr. Cellens; Epist. 171 Patrología Latina 202,619).

El Verbo de Dios, semejante al fuego que funde y purifica la plata, la purificó desde el principio. No quería que ella sintiese jamás la mordedura de los gusanos de nuestra común podredumbre; Ella, que habría de engendrar a Jesús; a Jesús, a quien la corrupción no tocó ni en el vientre de su Madre ni en sepulcro (Sermón 69 sobre la Assump. de la B.V.M. PL 202, 856). Y en otro lugar ” La virginidad de María, toda hermosa y toda pura, nunca conoció el aguijón de la carne ni sus incentivos (Sermón 28, In Annunt. Domini 7 PL 202,723). Si María tuvo que sostener acometidas, estas  no pasaron de ser exteriores, como en Jesucristo; porque ninguno de los dos tuvieron concupiscencia. “Huerto cerrado donde no se oyó nunca ni el soplo ni el silbido del corruptor de todo bien, y que no se abrió si no al rey de los siglos”. Así pensaba aquel gran monje, al que se le acusaba de ser poco favorable a la integridad de la Madre de Dios y que era, en realidad,  de la misma opinión que su acusador, Nicolás Albano, o sea, que la Virgen María no tuvo ninguna tentación con la que luchar interiormente para salir victoriosa, por la dote de la ausencia de concupiscencia. Y esto demuestra que toda la Iglesia estaba de acuerdo en reconocer esta prerrogativa como dote necesaria de la divina Maternidad; lo que es una doctrina infalible del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia. La opinión pertinaz contraria es impía, blasfema, más que temeraria, y herética.

Lucia Merli - Ritratto di Maria Valtorta

RetrAto de la autora de la obra, Valtorta, mandada al Ïndice de Libros Prohibidos

 

Esto mismo testifica también, por aquella misma época, el gran comentario de Ricardo de San Víctor sobre estas palabras del salmista: “Ved y ved las obras del Señor y los prodigios que ha hecho en la tierra aniquilando la guerra hasta las extremidades del mundo” (Sal. 45, 10) ¿ Cuál es, pregunta, esta tierra donde todas las guerras han sido por entero desterradas, si no aquella de la que el mismo profeta cantó: “la verdad se levantó de la tierra, y la justicia miró desde los cielos” (Sal. 4,12).

” En esta tierra, ningún combate; antes, la plenitud de la paz” (Ricardo de San Victor, de Emmann. L2c29PL 196663)

“Para los otros Santos es cosa grande el no poder ser vencidos de los vicios; la maravilla que se ve en la gloriosa Virgen  es no poder ser ni atacada. A los otros Santos les está mandado que no dejen que el pecado domine en su cuerpo mortal; a la Virgen sola le fue concedido singularmente que el pecado no habitase en su carne”. “No reine ya el pecado en vuestro cuerpo mortal”, escribe el Apóstol a los romanos (Rom. 6,12). Veis que el Apóstol ordena que el pecado no reine; pero ¿ordena también que el pecado no habite en la carne? Oíd lo que dice después: “ Si yo obro el mal que yo no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí” (Rom. 16,7,20).La exterminación total del pecado que sólo se obró en la Santísima Virgen la esperan los otros Santos para lo venidero, no ciertamente en este cuerpo mortal, sino en el mismo cuerpo revestido de inmortalidad. Lo sobrenaturalmente admirable de la Virgen Santísima, el don singular con que fue Ella, y ningún otro enriquecida, es que en Ella se den jutas tanto la corruptibilidad como la incorruptibilidad: corruptibilidad en las cosas que tocan al dolor y al trabajo, incorruptibilidad en las cosas que tocan al pecado.” (Ricard. A S. S. Víct.  Ibd. C. col. 664).

Sabido es cuán vigilante cuidado procuró el canciller Gerson en no decir cosa exagerada acerca de las prerrogativas de la santísima Virgen. Pues véase cómo habla de esta prerrogativa de que vamos tratando (ausencia de concupiscencia): “ La conversación de nuestra Bienaventurada era ya en los cielos; ya poseía como en esbozo de las cualidades del cuerpo glorioso, gracias a la perfección de sus virtudes y al dominio que su espíritu ejercía sobre el alma y sobre las facultades orgánicas… En particular, su cuerpo no tenía la posibilidad por la que el nuestro cede a los primeros movimientos… El espíritu iba delante de todas las impresiones interiores que no se sustraen absolutamente al gobierno de la razón, para así regularlas. Fue madre sin haber experimentado ninguno de los padecimientos comunes a todas las otras madres; nunca, jamás conoció por experiencia propia la tiranía de la concupiscencia; libre de toda rebeldía en su carne virginal, apaciguaba con su mirada y con su voz las turbaciones de los sentidos de aquellos que la veían y oían” ( Gerson. Trat. 4 super Magnificat t.4. (Edit. Ant.; pag. 285).

Este privilegio de la integridad perfecta, que niegan ciertas falsas revelaciones privadas al describir a la Madre de Dios luchando contra las tentaciones, no fue un hecho aislado en la vida de la santísima Virgen. Va unido, indiscutiblemente, con las otras prerrogativas: con la Concepción Inmaculada como un efecto en su causa; con la impecancia absoluta como una causa en su efecto; y mediante la Concepción Inmaculada y la impecancia absoluta, con la Maternidad divina.

Decimos, en primer lugar, que va unido con la Concepción Inmaculada como un efecto en su causa ¿De dónde si no, proviene la concupiscencia y, en general, la insumisión de nuestras facultades inferiores, imaginación, apetito sensible, respecto de la razón? La respuesta es bien conocida: del pecado de origen. La concupiscencia entra en nosotros como parte de la herencia que nos corresponde por el pecado. Es llana, pues, la consecuencia: Como la Santísima Virgen fue absolutamente preservada del pecado original, por el caso mismo debió ser plenamente exenta de la concupiscencia y de sus anejos: las tentaciones internas provenientes de la sensibilidad, entre otras.

En vano se argüiría, para eludir la conclusión, que el bautismo nos libra del pecado de origen y, sin embargo, nos deja la concupiscencia como campo de combate y de victoria; de donde parece que podría inferirse que la exención del pecado no implica la exención de la concupiscencia.

Cierto que la concupiscencia permanece en los bautizados; pero esto no destruye la conclusión que hemos deducido respecto de la Santísima Virgen. He aquí la razón convincente: El Bautismo no es para nosotros un obstáculo que impida la invasión del pecado. No reserva, sólo borra. Por tanto, la concupiscencia entra con el pecado; pero no es necesario que salga en el instante mismo en que Dios nos libra del pecado, pues es separable de él. Muy distinto era el caso de María. El privilegio de preservación que cerró la entrada de su alma al pecado la cerró también a la concupiscencia, porque ésta viene en pos del pecado, como efecto que es de la privación de la gracia original, de la misma manera que la integridad hubiera acompañado en el hombre inocente a la gracia original y con ella hubiese sido transmitida. Con esto se entenderá bien todo el alcance de la Bula Ineffabilis, mediante la cual el dogma de la Concepción Inmaculado fue proclamado por Pío IX. Dícese en dicho documento que María fue redimida de una manera más sublime, no solamente porque la virtud de la Sangre de Jesucristo la preservó del pecado que, en virtud de su origen hubiera debido contraer, como los demás hijos de Adán, sino también porque fue exenta totalmente de nuestra nativa propensión al mal, triste fruto del pecado, del que fue preservada.

Que este privilegio de la inmunidad vaya íntimamente unido con el de la impecabilidad de María como causa con su efecto, parecerá cosa indudable a quien haya meditado la doctrina. En efecto, aunque los movimientos de la concupiscencia, no son de suyo culpables, causan en quien los padece una necesidad moral de caer alguna veces en faltas veniales (es doctrina infalible proclamada que el hombre no puede evitar siempre el pecado); faltas, que si no son plenamente deliberadas, por lo menos lo son semideliberadas ¿Por qué? Pues porque como el apetito inferior, por su naturaleza, tiende hacia los bienes sensibles que los sentidos y la imaginación le proponen, sin pasar por la censura de la razón, forzoso es que nazcan en el alma movimientos más o menos desordenados. Por otra parte, aunque la voluntad tienda hacia Dios, no puede ejercer una vigilancia sobre sí misma, un esfuerzo de atención tan constante que nunca se deje conmover ni sorprender, hasta el punto de no dar algún consentimiento, por lo menos imperfecto.

Cierto que siempre es posible evitar cada una de estas faltas aisladamente, pues si así no fuera no serían faltas morales. La imposibilidad recae sobre el conjunto y la continuidad. Y así podemos, por ejemplo, si nos hacemos violencia, evitar muchas distracciones, pero no tener ninguna es cosa que excede a nuestras fuerzas ¿ Quién no ve la diferencia que hay entre el esfuerzo de algún instante y el esfuerzo perseverante que ha de durar toda la vida? (S. Thomas; de Veritat q.24 a.12 ). Por consiguiente, si quiso Dios conservar a su Madre pura, limpia de toda mancha y de toda imperfección, debió preservarla de las seducciones y de los asaltos de la concupiscencia. En Ella, pues, por singular privilegio de la divina misericordia, no se dio ni el consentir, obvio, ni el sentir la concupiscencia.

Hemos dicho, por último, que este privilegio se relaciona, por medio de la Concepción Inmaculada y por medio de la impecancia, con la Maternidad divina. Y es cosa evidente, porque María fue preservada del pecado original precisamente porque Dios la destinaba para la dignidad de Madre Suya.

En lo que va dicho, todos los maestros de Teología están de acuerdo, son unánimes, y sólo se separan algunos heréticos que ponen a la Madre de Dios con capacidad de ser tentada. Y de acuerdo están también, cuando tratan de María, ya como Madre de Dios; no sólo impedía la divina Providencia que la concupiscencia pasase de la potencia al acto, sino que, desde que María fue Madre de Dios, ni aún la potencia de sentir los efectos de la concupiscencia existió en Ella; la nube bienhechora que le trajo al Verbo apagó para siempre el fuego del mal. Estando de acuerdo todos en que María careció siempre de concupiscencia, el desacuerdo entre los doctores se refiere a la explicación accidental de la misma durante el tiempo que precedió a la Concepción del hijo de Dios.

Los miembros más antiguos de la Escolástica, es decir, en general, aquellos que todavía no se atrevían a confesar la Concepción Inmaculada de María, establecían una diferencia entre las dos épocas. En la primera santificación (antes de la Maternidad), el estímulo del pecado, el fomes peccati, quedó solamente amortiguado; en la segunda apagado; en otros términos: la primera santificación suprimió los actos de la concupiscencia (no hubo ninguno); la segunda suprimió de raíz la concupiscencia misma. Mientras María no fue Madre de Dios pudo experimentar los atractivos y las tendencias contrarias a la regla de la recta razón, aunque de hecho la protección divina, cerniéndose siempre sobre Ella, siempre la preservase de tales tendencias y atracciones. Mas, una vez que concibió al verbo Encarnado, la imaginación, el apetito sensible, todas las fuerzas inferiores del ser fueron totalmente restablecidas en el orden primordial por el don de la integridad. “Y esto es– dice el Doctor Angélico- lo que está indicado en el texto de Ezequiel: He aquí que la gloria del Dios de Israel entraba por la puerta oriental, es decir, por la Bienaventurada Virgen; y la tierra, es decir, la carne virginal de maría, resplandecía con su majestad, es decir, con la majestad de Cristo” (S. Thom. 3p. q.27 a.3. in corp.).Así opinan con el Ángel de las Escuelas y san Buenaventura, la mayor parte de los antiguos doctores: San Alberto Magno, Ricardo San Víctor, Pedro de Tarantasia, San Benardino de Sena, y muchos otros.

Según fue preponderando en las escuelas la doctrina de la Concepción sin mancha de la Virgen María, fue cesando también la distinción que hacían estos doctores entre los dos estados de ausencia de concupiscencia (ausencia en acto y luego ausencia en potencia y acto). En la primera santificación de la Virgen María, la concupiscencia quedó no sólo adormecida, sino totalmente apagada por una gracia verdaderamente maravillosa. No era sólo un enemigo tan bien encadenado que no podía hacer daño, sino un enemigo reducido a la impotencia y a la muerte. Tal es, en particular, el sentir de Suárez, que si no nos engañamos ha venido a ser común entre todos los teólogos católicos.

Por nuestra parte, no vemos cómo, una vez establecido el Dogma de la Concepción Inmaculada de la santísima Virgen María, pueda ponerse en tela de juicio esta doctrina por modernistas y/o videntes que con apariencia conservadoras se guían por el sentimiento, como la ideología modernista de la cual dicen separarse sin conseguirlo, siendo que son parte de la misma,  si bien con empaques distintos. Porque si María no contrajo el pecado común de nuestra naturaleza y si, por consiguiente, no fue privada, como nosotros, de la justicia original  ¿Por qué no había de recibir desde el principio lo que es natural cortejo de la justicia original, es decir, el don de la integridad que en el primer hombre establecía la más concertada subordinación del hombre exterior al hombre interior, de la carne al espíritu? Por otra parte, si Dios, queriendo preparase una Madre hermoseada con inmaculada pureza, preservó a María de todos esos movimientos desordenados que son nuestras tentaciones y nuestra prueba- aunque no sean pecado sin consentimiento- ¿No podía la suave conducta de su providencia hacer que fuese suprimida la causa misma de aquellos movimientos? Así vemos cómo Dios infunde a sus hijos de adopción las virtudes sobrenaturales, principios inmanentes y permanentes de los actos que responden al nuevo ser, aunque estos mismos actos pudieran muy bien producirse mediante auxilios de gracia extrínsecos y transitorios.

Cosa singular: los antiguos doctores, que generalmente ponían al privilegio de María restricciones que los posteriores no admiten, parece que le reconocen una integridad más perfecta desde el momento en que fue Madre de Dios. En efecto, si preguntamos a Suárez y a otros teólogos que siguen su opinión cómo se ha de entender la extinción de la concupiscencia, responden alegando estas dos causas: primera, la gracia sobreabundante y las virtudes heroicas que desde el principio fueron infundidas en el alma de María; segunda la protección especialísima y constante de Dios, con la que estaba como circuncidada y envuelta. Ahora bien, esto es lo mismo que Santo Tomás y san Buenaventura llamaban concupiscencia adormecida.

Según estos doctores, una vez extinguida  la concupiscencia, ya no serían necesarios los socorros exteriores ni la gracia excitante o preveniente para impedir que produzca sus frutos.  Las facultades sensibles estarían totalmente sometidos al imperio de la razón; tan sometidas que no podrían obrar sin su dirección y consentimiento.

Esta es, repetimos, la doctrina del Ángel de las Escuelas; éste también el sentir del Doctor Seráfico. “En la primera santificación de la Virgen- escribió éste-, el fomes del pecado quedó como adormecido; en la segunda extinguido y destruido. Este fomes tiene su principio en la carne sube al alma. Ahora bien, en su primera santificación, la Bienaventurada Virgen recibió una perfección de gracia bastante para que refluyese sobre los sentidos y contuviese el estímulo del pecado hasta el punto de paralizar todos sus efectos (ergo, no hubo concupiscencia), Pero en la segunda santificación, cuando el Espíritu Santo descendió, no sólo sobre el alma, sino también sobre la carne de María para obrar en ella y formar de ella el cuerpo inmaculado de Cristo, hizo a esta carne inmaculada, porque extirpó de ella el aguijón del mal, toda concupiscencia (S. Bonv. In 3 seni. D.8 p.1 1q.2  incorp. Et ad 4). Por tanto, la extinción de la concupiscencia supone, además de la sobreabundancia de gracia, una adaptación singular de la facultades inferiores al gobierno del espíritu; adaptación que no procede de la naturaleza, sino de un principio interior puramente gratuito, ex abundantia gratiae, como dicen los antiguos doctores.

No ahondaremos más en la explicación de la subordinación de la carne al espíritu tan absoluta y tan sorprendente. Bástenos saber que será privilegio de los gloriosos habitantes del Cielo, después de la resurrección de la carne, pues no creemos que entonces, para que el alma sea señora totalmente de sus potencias sensibles, necesite ninguna asistencia exterior. Y ¿Cómo, siendo posible en el cielo esta subordinación total, había de ser imposible en la tierra, en la Madre de Dios?

Por consiguiente, para concluir, si queremos abrazar la sentencia más verosímil, es preciso tomar los elementos de ella de cada una de las opiniones que dejamos expuestas. Con Suárez y sus seguidores, diremos que la concupiscencia estuvo apagada en María desde el primer instante de la existencia mortal y con santo Tomás y los antiguos doctores, añadiremos que la extinción de la concupiscencia no dejo subsistir los principios de la misma, y que, por tanto, los dones interiores bastan para explicar el don de la integridad, sin que sea menester acudir a la asistencia de socorros exteriores.

Para los Santos es cosa ardua llegar, a fuerza de luchas y de victorias, a reprimir las rebeldías de la sensualidad. Para María no hubo sino victoria, nunca lucha, porque la rebeldía era imposible. Como su divino Hijo, pudo ser tentada con “tentación” sólo externa, pero con tentación interna jamás (al igual que alguien que carece de olfato desde su nacimiento puede ser “tentado” externamente, y en vano, con el mejor de los perfumes, sin que tenga que luchar nada para despreciarlo) porque dentro de Ella no había lugar para el cómplice del tentador.

Podríamos, pues, ahora aclarar algunas objeciones a lo que la Iglesia y su Magisterio Ordinario Universal ha creído siempre ¿Pero, será necesario hacerlo cuando esta doctrina es infalible?

Terminemos con alguna precisión sobre el preciosísimo, delicado e insigne Vaso de Devoción que es el alma inmaculada de la Madre de Dios, por si alguno aún estuviere confuso.

La Inmaculada Concepción es la aurora de María  y solemos aplicarle a la Virgen María las palabras del Cantar de los Cantares (Cant. 10): Quae est ista quae progreditur quasi aurora consurgens. Cantemos, pues, la belleza de María desde su Concepción.
Belleza de la Santidad de María en su concepción, a la luz de San Benardino de Siena
Dios comunica normalmente la santidad a los hombres por medio del bautismo. Otro grado superior, de comunicación consiste en que el Espíritu Santo santifique directamente a un alma, elevándola a un grado de santidad superior al concedido por los sacramentos y confirmándola en gracia. En este grado superior, que es la forma de comunicar la gracia a la virginal y dulcísima Madre de Dios,  podemos distinguir dos operaciones distintas:

  1. Por la una conoce y santifica al privilegiado: Antes de que te formara en las maternas entrañas te conocí; antes que tú salieses del seno materno te consagré (Jer 1,5). Aun cuando parece referirse a la consagración como profeta, los autores antiguos lo tomaron en el mismo sentido que todos los santos, hasta el conc. Vaticano Segundo,  y es el capitulo antes del Himno que la oración de Iglesia ha cantado en Laudes de Sancta María en Sábado, desde tiempos remotísimos, aplicados siempre a la Santísima y dulcísima Virgen María. De todos modos la doctrina es la misma.
  2. Por la otra operación, no sólo se santifica, sino que se llena del Espíritu Santo, como aconteció a Juan el Bautista, y a los Apóstoles el día dePentecostés, cuando quedaron confirmados en gracia y defendidos contra toda culpa grave, ya que no contra las veniales e imperfecciones.Por encima de esta gracia en dos operaciones, existe otra más perfecta, la de preservar el alma de María, para que no conozca siquiera la sombra de inclinación al pecado.

Pues, en efecto, convenía que así fuera en atención a la dignidad necesaria, en la que había de compartir con el Padre el derecho de llamar Hijo a Cristo, a la que Éste había de llamar Madre y a aquella en la que el Espíritu Santo había de obrar el misterio de la Encarnación. Conozcamos más sobre la hermosura del Alma de María para comprender mejor,  no solo la virginidad carnal, sino también la de los sentidos, los cuales estaban sellados, consagrados por la abundancia de la gracia.

Belleza del alma de María debida a las luces que la inundaron

María desde su primer momento fue iluminada por Dios, de modo que el mismo instante penetró el misterio de las cosas y lo que era digno de amor y odio. Las luces de su alma fueron superiores a las de cualquier santo. Desde el primer momento gozó del libre albedrío y cooperó con él a la santidad. Sí así lo han creído los Santos Padres de San Juan Bautista, mucho más ha de creerse de María.

Belleza del alma de María por la caridad que la adornaba.

Correspondiente al conocimiento que tenía de Dios, así fue su amor. Allí sí que se verificó lo de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo su espíritu.

Esta caridad la hizo desear y pedir la redención y encarnación del Verbo. Ella sola ejerció más solicitud que todos los patriarcas y profetas. Sin embargo, nunca supuso que pudiera ser ella la Madre, porque a ninguna otra criatura se le dio, como a Ella, el conocer la nada de todo cuanto no sea Dios.

Belleza del alma de María por la sumisión de la carne.

Los justos dominan la concupiscencia en proporción a su unión con Dios. En los casos de mayor unión, como el éxtasis, es imposible que la sientan. María alcanzó la más plena unión, por lo que no tuvo concupiscencia, ni podía sentirla. Así como Cristo no tuvo el ‘fomes peccati’ por ser Dios, María no lo tuvo porque fue aherrojado por la gracia sobreabundante en atención a los méritos de Cristo.

Por ende, careció incluso de aquellos pecados veniales que se introducen furtivamente por algún movimiento desordenado, ni tuvo vacilación o lucha (concupiscencia) para vencerlos porque fue preservada de pecado, hecha impecable moralmente, según hemos explicado al principio.

Sigamos ahora la impresionante y muy ortodoxa Teología del Dogma Católico, J. de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38 ( con Imprimatur, Nihil Obstat y elogiada, entre otros, por Mons Laise, obispo de San Luis que impidió que en su diócesis de diera la comunión en la mano).

Sería interminable traer a colación todas las citas de los textos de Teología Dogmática en los que bebieron y aprendieron todos los sacerdotes, obispos y papas hasta el Concilio Vaticano II. Sea suficiente, para abreviar, la cita de uno de los más estrictamente católicos en el que estudiaron miles de seminaristas. Sirva como botón de muestra, pues, lo que sigue en breve y apretada síntesis extraída de la citada obra de J. de Abarzuza:

“Como todo católico debe saber, no sólo es herejía decir que María tuvo tentaciones de la carne o de impureza, sino que además es impío y blasfemo. Niega la integridad (la virginidad no sólo se refiere a la carne) de la virginidad de María, la Madre de Dios; en este  caso niega la virginitas sensus, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual. La Virgen María careció del fomes peccati, es decir, por su Inmaculada Concepción ordenada a la Maternidad divina, no tenía inclinación al pecado, lo cual es consecuencia del pecado original que los demás heredamos y cuya inclinación sigue persistiendo aún después del bautismo; excepto Cristo por ser Hijo de Dios y como hemos dicho, Aquélla que estaba ordenada desde toda la eternidad a concebir virginalmente al  Verbo de Dios en su seno, todos los demás hombre padecemos el fomes peccati“. El tremendo error e impiedad de  negar en la Inmaculada una Virginitas in sensu, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual es una herejía en contra de lo manifestado por el Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia, que es infalible, según dogma declarado en la Pastor Aeternus del Concilio Vaticano Primero.”

Quizá ahora podamos entender mejor los tesoros contenidos en el Dogma de la Inmaculada: declaración dogmática de Pío IX:

…..Para honor de la santa e individua Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles.

Por lo cual, si algunos ‑lo que Dios no permita‑ presumieren sentir en su corazón de modo distinto a como por Nos ha sido definido, sepan y tengan por cierto que están condenados por su propio juicio, que han naufragado en la fe y que se han separado de la unidad de la Iglesia‘ (D 1641).

 

En fin, pregúntese el lector, si es que a estas alturas sigue confundido ¿Eva, que nos perdió, fue creada en gracia y justicia original, y María, que cooperó a nuestra salvación, fue concebida con concupiscencia, es decir, sin la gracia y justicia original? Imposible. La Santísima Virgen María fue, por especial privilegio de Dios, enteramente inmune durante toda su vida de todo pecado actual, incluso levísimo. (De fe implícitamente definida, quien lo niega peca gravemente)

La Santísima Virgen María fue enteramente libre del ‘fomes peccati‘, o sea de la inclinación al pecado o concupiscencia, desde el primer instante de su concepción inmaculada (proposición teológicamente cierta; que quiere decir que, quien la niega peca mortalmente y si muere sin arrepentimiento se condena eternamente.)

La razón teológica no puede ser más clara y sencilla. El fomes peccati o inclinación al pecado es una consecuencia del pecado original, que inficionó a todo el género humano (cf D 592), excepto a la Virgen Santísima (Concilio de Trento D 833 y Dogma de la Inmaculada en 1854). Pero como la Virgen María fue enteramente preservada del pecado original, síguese que estuvo enteramente exenta del fomes, que es su consecuencia natural.

Y no se diga que también el dolor y la muerte son consecuencias del pecado original, y, sin embargo, María sufrió dolores inmensos y pasó por la muerte corporal como su divino Hijo. Porque el caso del dolor y de la muerte es muy distinto del fomes o inclinación al pecado; pero no siendo objeto de estas letras señalar la razón por la cual se conservó la muerte y no el fomes peccatti, seguiremos adelante con la explicación.

  1. La Santísima Virgen María no sólo no pecó jamás de hecho, sino que fue confirmada en gracia desde el primer instante de su inmaculada concepción y era, por consiguiente, impecable; es decir, incapaz de pecar, no por su propia naturaleza, sino por el sostenimiento permanente que Dios mediante su gracia le ofreció durante toda su vida mortal y que hemos llamado impecabilidad moral (Completamente cierta en teología, por lo que peca mortalmente quien la niega).

III. La Santísima Virgen María en el primer instante de su concepción inmaculada fue enriquecida con una plenitud inmensa de gracia, superior a la de todos los ángeles y bienaventurados juntos; luego si los ángeles y santos en el cielo gozan de la impecabilidad física, la Madre de Dios en cuanto viadora debía gozar de una impecabilidad moral, hasta obtener la física con su muerte y asunción a los cielos (Completamente cierta en teología; ya hemos dicho las consecuencias de negarlo)

La Encíclica “Fulgens corona”, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre». Deduzca el lector las consecuencias de este estupendo párrafo de aquel verdadero papa.

ANEXO:

SOBRE LAS CENSURAS QUE RACAEN A LOS QUE LEEN, RECOMIENDAN, VENDEN Y DIVULGAN LIBROS PROHIBIDOS POR EL SANTO OFICIO, AUN DESPUÉS DE SUPRIMIDO EL “ÍNDICE”

Puesto que esta recopilación ha sido motivada por la pertinaz obcecación de algunos en seguir leyendo y difundiendo las ediciones de las obras de Valtorta condenadas por el Santo Oficio, y que achaca el fomes peccati impíamente a Jesucristo, vida nuestra y a Su gloriosa y dulcísima Madre, se hace necesario un comentario sobre las terribles censuras eclesiásticas que recaen sobre tales personas, conforme al Código de Derecho Canónico y la responsabilidad y gravedad moral y graduación de tales pecados,  incluso habiendo desaparecido el Indice en  1966; y decir algo, también, sobre la posterior (1993) obtención insólita de un imprimatur digital para una obra de Valtorta en internet, que es evidentemente inválida, concedida por un obispo favorable a la comunión de los divorciados vueltos a casar.

Los libros de Valtorta fueron puestos con toda seguridad en el Indice de libros prohibidos, publicado el 6 de enero de 1960 en L’Osservatore Romano. Es decir, antes del Concilio. Tampoco fueron aprobados en la época del buen papa Pío XII. He aquí la copia de la censura del Santo Oficio a las dos obras del Valtorta “ El Poema de Jesús” y el “Poema del Hombre-Dios”, hecha el 16 de diciembre de 1959, siendo Prefecto el Cardenal Octtaviani.

Veamos las censuras del C.I.C. de 1917 (La Obra de Valtorta estaba afectado por este derecho, hasta el nuevo C.D.C de 25 de enero de 1983 para los modernistas, y siempre para los verdaderos católicos que aseguran que lo que era pecado de herejía ayer no puede dejar de serlo hoy)

Código de Derecho Canónico 439. 4. Alcance de la prohibición. He aquí lo que establece el Código de Derecho Canónico:

«La prohibición de los libros implica que, sin la debida licencia, no se les puede editar, ni leer, ni conservar, ni vender, ni traducir a otra lengua, ni en forma alguna comunicar a otros.

Un libro de cualquier manera prohibido no se le puede volver a publicar, a menos que, hechas las correcciones, otorgue la licencia el que lo había prohibido o su superior o sucesor» (cn.1398).

Código de Derecho Canónico 4405. Gravedad. La prohibición obliga, de suyo, gravemente. Admite, sin embargo, parvedad de materia. Y así:

  1. Es pecado grave retener en su poder más de un mes un libro prohibido por la Iglesia, o leer en él lo que ha motivado su prohibición (aunque sea muy breve) o unas cuantas páginas de lo demás.
  2. Sería leve la lectura de unas cuantas líneas, los títulos de los capítulos, etc.
  1. 6. Penas eclesiásticas. La Iglesia castiga con la pena de excomunión a los que editan, defienden, leen o retienen libros prohibidos.He aquí las palabras mismas del Código:

«Incurren ipso facto ( es decir, sin necesidad de declaración de la autoridad) en excomunión reservada de un modo especial a la Sede Apostólica, una vez que la obra es del dominio público, los editores de libros de apóstatas, herejes o cismáticos, en los que se defiende la apostasía, la herejía o el cisma, y asimismo los que defienden dichos libros u otros prohibidos nominalmente por letras apostólicas o los que a sabiendas y sin la licencia necesaria los leen o los retienen en su poder.

Los autores y los editores que, sin la debida licencia, hacen imprimir libros de las Sagradas Escrituras o sus anotaciones o comentarios, incurren ipso facto en excomunión no reservada» (cn.2318).

Y para los que, queriendo hacer mofa de la Santa madre Iglesia, dicen que el Índice fue abolido en 1966 y que, por lo tanto, ya no impera lo dispuestos en el Código de Derecho Canónico de 1917 respecto a las penas, les recordamos lo siguiente:

Cuando fue abolido el Índice en el año 1966, muchos pensaron que las obras listadas ya se podían leer. Con respecto al “Poema del Hombre Dios”, el Cardenal Ratzinger señaló lo siguiente en famosa carta,

“Después de la disolución del Índice, cuando algunas personas pensaron que ya se podía publicar y distribuir la obra, ‘L’Osservatore Romano’ (15 de junio, 1966) se les recordó nuevamente a la gente, tal como fue publicado en el ‘Acta Apostolicae Sedis’ (1966), que el Índice retiene su fuerza moral a pesar de su disolución. Una decisión en contra de distribuir y recomendar una obra, que no fue condenada ligeramente, puede ser reversado solamente después de cambios profundos que neutralicen el daño que tal publicación pueda causar a los fieles.”

Es decir, a pesar de la desaparición del Índice, la gravedad del pecado sigue existiendo, para quien edita, vende, divulga, lee…

Todavía el 17 de abril de 1993, el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación de la Fe, según consta en el Prot. N. 144/58i dice que no debe ser considerada de origen sobrenatural: “Las “visiones” y “dictados” referidos en el trabajo, El Poema del Hombre-Dios, son simplemente la forma literaria utilizada por el autor para narrar en su propia forma la vida de Jesús. No pueden ser consideradas de origen sobrenatural”. Con lo cual, La Congregación de la Doctrina de la Fe se ha pronunciado expresamente- caso no muy frecuente- diciendo que no es una revelación privada auténtica.

Según testimonio de la gran cadena católica EWTN, “en el año 1993, el Obispo Boland de Birmingham, Alabama escribió a la Congregación para la Doctrina de la Fe acerca del “Poema” de parte de una persona que tenía una inquietud. El Cardenal Ratzinger respondió por medio de una carta y el Obispo luego citó al Cardenal en su respuesta a la persona, quien lo compartió con nosotros. La respuesta notó que, a causa del interés continuo en los libros, la Congregación de la Doctrina de la Fe solicitó a la Conferencia de Obispos de Italia que pidieran al editor (quien, como ya notamos nunca ha respetado las decisiones de Roma) que incluyeran una renuncia en los volúmenes que “claramente afirmara en la primera página que las dichas ‘visiones’ y los dichos ‘dictados’ a que se refieren son simplemente las formas literarias usadas por la autora para narrar de su forma la vida de Jesús. Su origen no se puede considerar sobrenatural.” Si esto se ha hecho o no, yo no sé, porque no me dedico a leer ni a difundir las obras que ha prohibido la santa Madre Iglesia.
Luego vino el imprimatur de la jerarquía ecuménica a favor de la unidad de todas las religiones porque es más lo que nos une que lo que nos separan, según dicen estos traidores:
El 17/3/1993 Mons. Sooser Pakiam, de Malayalam, India, concedió un imprimatur; en febrero de 2012 dio el Nihil Obstat y el Imprimatur nada menos que a una web – sí; si; leen ustedes bien, a una web- dedicada a publicarlo la cual pueden modificar los administradores a su gusto, como todo el que tenga un simple blog gratuito sabe)

¡Ya le manda hacer tal ridículo! Esto indica la seriedad de estos necios, cuyos imprimátur ya no sirven de nada; ya no son criterios de la fe o costumbres católicas. Mañana darán su imprimatur a un mensaje de texto mandado por móvil ¿De qué sirve el imprimatur de un obispo que esté de acuerdo con el matrimonio entre homosexuales, la comunión de los divorciados vueltos a casar, y que dice que el budismo, por ejemplo, es un camino de salvación, cayendo en herejía? ¿Qué fe católica puede poseer ese obispo? Ninguna. Pues, en fin, el imprimatur sirve para confirmar o que es un recurso literario usado por la autora como dijo el Card. Ratzinger, o un fruto de su mente obsesionada, que son la mayoría, o de origen preternatural, ya que el diablo anda siempre buscando a quien devorar.

Estos obispos han demostrado que no confirman en la fe católica; luego no se les puede hacer caso. Son capaces de dar el imprimatur al Manifiesto comunista de Engels y Marx y hasta de alabarlo, ahora que está el ‘amigo de los pobres’ en santa Marta con el Defensor de la Fe, Müller, amigo de los teólogos de la Liberación.

Amable lector, si usted ha sido atrapado en una novela de Valtorta o cualquier otra “revelación” no aprobada por la Iglesia sobre la vida de Jesús o de la Santísima Virgen, coja la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, ore y medite con ellas y salga del camino que recorrieron en el pasado todos los sectarios condenados por la Iglesia: cátaros (puros) Albigenses, patarinos, libeláticos, donatistas, priscilianistas, origenistas, maniqueos, adopcionistas, eleazaristas, vadenses, begardos, …jansenistas, y mil grupos y sectas más que decían amar a la Santisima Madre de Dios, cuando, en realidad, hablaban impiedad de la Inmaculada;  todos, como dice el sentido común del verdadero y sencillo fiel católico, se manifestaban a los demás como más puros que los mismos ángeles pero más soberbios que demonios. Porque se escucharon a sí mismos o a ciegos que se erigieron en guías de ciegos, en lugar de al Magisterio Infalible de la Santa Iglesia, se perdieron eternamente los que no se arrepintieron.

“Os exhorto, hermanos, que observéis a los que están causando las disensiones y los escándalos, contrarios a la enseñanza que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos; porque los tales no sirven a nuestro Señor Cristo, sino al propio vientre, y con palabras melosas y bendiciones embaucan los corazones de los sencillos”. Rom. XVI, 17-18

Virgen María, vencedora de todas las herejías, ruega por nosotros

Sofronio

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4 comentarios en “Adversus haereses “valtortistas”

  1. Pingback: Qué pensar de María Valtorta | Mater Inmaculata

  2. Quisiera hacer una pregunta, pero no sobre La Virgen María sino sobre Eva y Adán.
    Según este estudio teológico, el fomes peccati o inclinación al pecado es una consecuencia del pecado original. Pero Eva y Adán no tenían pecado original, sin embargo fueron tentados externa e internamente y terminaron pecando. Me da la impresión que para estar totalmente preservado de inclinación al pecado (como en el caso de la Sma. Virgen) se necesita algo más que el carecer de pecado original. Aunque esto sería evidentemente condición necesaria, me pregunto si seria suficiente.

    • Gracias por plantear tan interesante cuestión.

      En mi modesta y falible opinión:

      No debemos confundir impecabilidad con carencia de fomes peccati</em&gt;. Aquélla incluye a éste, pero es superior y requiere de más dotes. Dicho de otra manera, nuestros primeros padres carecían del fomes peccati pero no eran impecables. Veamos: El fomes peccati es una cierta inclinación al mal. Si bien no es pecado en sí mismo, tiende a él. Nuestros primeros padres no tenían esa inclinación con la cual les resultara más fácil el acto del pecado, pero poseían la capacidad de la pecabilidad, al igual que tenían la capacidad de adherirse al bien, incluso enmayor grado; la diferencia estriba en la carencia de tendencia, inclinación, concupiscencia, sobrepeso, al pecado que poseían como una dote más. Razón por la cual, entre otras, fue tan grave su desobediencia.

      Una imagen gráfica que puede ayudarle, podría ser esta:

      El hombre luego del pecado original, se asemeja a una persona en un terrero inclinado. Existe una tendencia a ir hacia abajo, a seguir la inclinación del terreno; resulta más fácil por efecto de la fuerza de la gravedad caminar hacia abajo. Podrá remontar los pasos en el sentido contrario a la inclinación del terreno, pero requerirá más energías (gracias, virtudes infusas, dones del Espíritu).

      El hombre adámico, se asemeja a una persona e un terreno llano. No existe ninguna inclinación o fuerza que le empuje a ir en dirección al punto en que se le ha prohibido ir. En principio es el mismo esfuerzo ir a la derecha que a la izquierda Pero que no exista ninguna fuerza que le incline a ir, por ejemplo a la izquierda, no quiere decir que no puede ir allí.

      Espero haberle ayudado con mi humilde reflexión y la analogía

      • Gracias por la respuesta y la imagen gráfica. Lo voy a meditar. Supongo que a Adán y Eva les faltó el “sostenimiento de la gracia”, gracia de la cual esta llena la Sma. Virgen.
        Porque como ustedes dicen en el punto 1 es “… impecable; es decir, incapaz de pecar, no por su propia naturaleza, sino por el sostenimiento permanente que Dios mediante su gracia le ofreció durante toda su vida mortal y que hemos llamado impecabilidad moral”
        Además, la Sma. Virgen no fue impecable porque careciese de libre albedrío (en la anunciación se vé que tiene libre albedrío)

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