Ratzinger y Bergoglio: ¿Hermenéutica o simple herejía?

Desde que fue elegido Jorge Bergoglio como Papa de la Iglesia Conciliar del Vaticano II, en varios sectores “tradicionalistas”, especialmente los relacionados con la llamada “postura prudencial” de Monseñor Marcel Lefebvre se han dejado correr comentarios añorando los años de pontificado de Joseph Ratzinger.
Se lo ha llamado “defensor de la Fe”, “Papa de la Restauración”, e incluso “último Papa Católico”. Es cierto que, desde el aspecto estético y exotérico, Ratzinger/Benedicto XVI era mucho más presentable que Bergoglio, quien no es sino una reformulación, tercermundista de Wojtyla/Juan Pablo II. Su apego al ritualismo, lejos de corresponder a la adhesión a la fe católica, no era sino la tesis modernista de la fe subjetiva condenada por San Pío X. En efecto, para Ratzinger, los fieles y sacerdotes podían sentir una inclinación especial hacia la Misa de San Pío V, esa “inclinación”, ese “gusto” no significa que la misma exprese la fe católica, sino que se trata de una cuestión ritualística. Uno puede elegir libremente su litúrgia como una corbata: las personas más serias utilizarán colores obscuros y otros corbatas brillantes y de colores. Ambas liturgias (la Misa Católica de San Pío V y el Novus Ordo Missae de Montini/Paulo VI) pasan a ser en el esquema relativista de Ratzinger “expresiones de la misma fe”. Ahora ¿Cuál es esa fe? La fe modernista, la fe que expresa el Concilio Vaticano II y que se cristaliza en el Novus Ordo Missae. Así, se comprende porqué el nombre de “Forma Extraordinaria”, a la que las comunidades Ecclesia Dei y otros grupos de línea Media incorporaron a su lenguaje.

Otra de las fórmulas ratzingerianas ha sido la llamada “hermenéutica de la continuidad”: según él, las proposiciones son neutrales y solo cobran sentido en la medida que son recibidas por alguien, quien, por medio de un proceso de interpretación, le otorga un significado. Así, con el Concilio Vaticano II imperó, hasta su gobierno la “hermenéutica de la ruptura”, es decir, el Concilio fue visto como un nuevo comienzo y se abandonó la “herencia” bimilenaria; antes bien, Ratzinger sostiene que el mismo debe ser interpretado en continuidad con la tradición católica. Una forma de aplicar en lo concreto ésta hermenéutica fue la “liberación” de la Misa Tridentina indultada de Roncalli/Juan XXIII.

La reciente noticia, muy circulada por los ambientes “tradicionalistas”, de que Bergoglio intervino a la congregación modernista Franciscanos de la Inmaculada y les prohibió la utilización de la “forma extraordinaria” (es decir la Misa Indultada de Roncalli/Juan XXIII) sirvió únicamente para que éstos “tradicionalistas” volvieran a la carga con sus añoranzas de los años de Ratzinger “quien trajo paz a la Iglesia“. Ésta frase, y otras tantas vertidas en declaraciones, comentarios, folletos, revistas y sitios web, lejos de ser una expresión católica y de defensa de la Fe que Cristo nos entregó, nos trae a la memoria a aquella otra que los sinodales de Pistoya vertieron en su momento, ensuciando la memoria de Clemente IX (Dz 1513), ahora, en cambio, lo que se ensucia, lo que se mancha es a la Iglesia Católica, sometiéndola a los dictados y pareceres de un heresiarca.

¿Somos testigos de un cambio de hermenéutica? Eso es algo que los “tradicionalistas” y los “conservadores” que sostienen que en la Iglesia Conciliar subsiste la Iglesia Católica gustarían creer. Hoy gobierna la Iglesia Conciliar del Vaticano II Bergoglio, en clave de ruptura, mañana la gobernará otro, quizás en clave de continuidad. Bergoglio está consiguiendo, con su carisma y dominio de los medios de comunicación, aquello que Ratzinger, el teólogo, el académico, el profesor, jamás pudo: lavar el rostro de la Iglesia Conciliar, re-conciliar la Fe del Vaticano II con la opinión pública: los escándalos sexuales, la cuestión de género, las turbias finanzas del Banco Vaticano, etc. Con ésto estamos observando el triunfo del sueño de Ratzinger de un “movimiento de Oxford” en la Iglesia Conciliar, cuyas consecuencias han sido la erección de una Iglesia Alta, ritualista en convivencia más o menos pacífica con una Iglesia Baja evangelística y fiel al Novus Ordo. Algunos quieren ver en Ratzinger a un Newman, cuando en realidad fue un Edward Bouverie Pusey (destacado miembro ritualista del movimiento de Oxford que aseguró, a pesar de apoyar a Newman y predicar para recuperar la confesión auricular, que moriría en el seno de la iglesia anglicana. En efecto, en ella murió sin dar el paso a la verdadera Iglesia, la católica, por el error de pensar que ambas formaban parte de la única Iglesia de Cristo. Mismo error, por cierto, que los actuales conciliares)

Bergoglio y Ratzinger comparten la misma fe: una fe modernista, una fe herética, condenada por la Iglesia Católica pero que, por medio del Golpe Maestro de Satanás, se infiltró y coptó a la jerarquía eclesiástica, que apostató en masa con el Concilio Vaticano II. Bergoglio no es, sino el fiel hijo del Concilio del que Ratzinger fue perito y alentador y como tal, su fin es la consolidación del modelo modernista liberal y eclesiológico anglicano. Ambos son enemigos de la Iglesia Católica Romana, la Iglesia de Jesucristos Nuestro Señor.

Visto en Sursum Corda
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