LAS 24 TESIS TOMISTAS:19ª: El origen de nuestras ideas

ORIGEN DE NUESTRAS IDEAS

La  Biología y la Psicología de Santo Tomas (TESIS XIII a XXI)

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TESIS XIX. — ” Cognitionem ergo acoipimus a rébus sensibilibus. Cuín autem sensibüe non sit intelligibüe in actu, praeter intellectum formáliter intelli-gentem, admitiendo, est in anima virtus aioti-va quae species intélligibiles a phantasmatibus abstrahit.”

“Recibimos, .pues, nuestro conocimiento de las cosas sensibles. Mas como lo sensible no es inteligible en acto, hay que admitir en el alma, además del entendimiento formalmente inteligente, una virtud activa que abstraiga de los fantasmas las especies inteligibles”.

Es un resumen del problema referente al origen de las ideas. La tesis afirma: Iº Que nuestro conocimiento parte del mundo sensible; 2º Que no bastando los sentidos para explicar el origen de nuestras ideas, hay que admitir un entendimiento agente; 3º Que las especies inteligibles se forman mediante la abstracción.

I. — El factor sensible

La presente cuestión está íntimamente ligada con la de la unión del alma con el cuerpo, de la cual viene a ser una consecuencia. Para los filósofos que niegan la transcendencia o espiritualidad del alma, nuestras ideas no tienen otra causa que los sentidos: es la teoría del materialismo, el sensualismo, el empirismo, el positivismo bajo diversas formas. Para quienes el hombre es una inteligencia servida por órganos, o, hablando más en general, los que niegan la unión substancial de los dos elementos, nuestras ideas no han tenido nada que ver con el cuerpo, bien sea porque, innatas o infusas, las hayamos recibido junto con la inteligencia, o porque ésta las haya creado de sí misma, o porque veamos todas las cosas en la esencia divina: innatismo, subjetivismo transcendental, ontologismo, etc. Finalmente, para los que enseñan que el hombre no es sólo cuerpo ni sólo alma, sino un compuesto substancial de entrambos, dicho se está que la causa total de nuestras ideas no han de ser ni los sentidos por sí solos, ni tampoco el espíritu a solas, sino conjuntamente los sentidos y el espíritu: aquéllos como instrumento, y éste como factor principal. Tal es el sistema aristotélico-tomista resumido en nuestra tesis.

Hay que comenzar estableciendo que nuestro conocimiento viene de los objetos exteriores por mediación de los sentidos, cuya prueba se funda en dos hechos experimentales. Primer dato: siempre que tratamos de comprender alguna cosa, recurrimos a la formación de imágenes por vía de ensayo o a modo de ejemplos; y cuando queremos transmitir nuestros conceptos a los demás, nos valemos también de ejemplos que les sirvan de imágenes para mejor comprender la verdad propuesta. “De ahí proviene la necesidad en que se encuentra la mente de recurrir a las imágenes, con el fin de representarse las ideas más sutiles. Siempre la imagen tiene que estar como apuntalando a la idea que es objeto de la consideración intelectual. Concepto e imagen forman una pareja estrechamente unida”.

Otro dato de la experiencia: cuando alguna lesión orgánica impide el ejercicio normal de la imaginación, como sucede en los casos muy frecuentes de alienación mental, o cuando se encuentra atada la memoria, por ejemplo, durante la letargía, el trabajo intelectual será suspendido.

Estos hechos experimentales nos dan pie para sacar la conclusión de que nuestros conocimientos intelectuales tienen por punto de partida al fenómeno concreto, y para establecer como ley del espíritu la necesidad de recurrir a las imágenes, puesto que de ellas le vienen las ideas. “Sin imágenes, no hay conceptos; ésa es la ley del conocimiento humano. Ley muy natural, porque lo contenido en el concepto es una abstracción de la experiencia, y si en cuanto abstracción se opone a la experiencia, no cesa de recurrir a ella hasta justificarse plenamente”.

La prueba tomista se apoya, además, en la razón de ser de la unión entre el alma y el cuerpo. No cabe duda de que esta unión ha de aprovechar a la parte más noble, quiérese decir, que el cuerpo debe servir al alma para su perfeccionamiento en el ser o en la operación. Pero como el alma no necesita del cuerpo para su ser, que recibe directamente de Dios, lo necesitará únicamente para la operación, para el conocimiento que se efectúa por medio de las ideas. En definitiva, el alma tiene necesidad del cuerpo para adquirir las ideas, porque si las adquiriésemos independientemente de los sentidos, no tendría razón de ser la unión del alma con el cuerpo.

II. — La participación del espíritu

Por otra parte, no bastan por sí solos los sentidos. En los tres actos del entendimiento humano, la aprehensión, el juicio y el raciocinio, hemos señalado un punto de vista abstracto, necesario, universal, que prueba la transcendencia de nuestro espíritu, demostrando que la idea en que está contenido ese punto de vista transcendental debe tener por factor principal a una inteligencia del mismo orden.

Es claro para todo el que admite la espiritualidad del alma, que el fenómeno empírico y las imágenes sensibles son incapaces de obrar directamente sobre nuestro espíritu; a la inteligencia corresponde, más bien, obrar sobre ellos, no precisamente haciéndoles pasar desde el cerebro al espíritu, sino transformándoles por algún procedimiento que les vuelva inteligibles, lo cual supone dotada al alma de una actividad enérgica y capaz de separar lo universal, abstraer lo concreto y cambiar lo sensible. Ahora bien; como quiera que la inteligencia humana es pasiva y dependiente de los objetos, no es ella la medida de las cosas, sino éstas las que dan la pauta a nuestro entendimiento, hasta el extremo de que nuestros conocimientos tienen que ajustarse y conformarse a su objeto para ser verdaderos. Y henos aquí forzados a distinguir en la parte intelectual de nuestra alma dos virtudes distintas: una, pasiva, que suponga ya su objeto y se adapte a él, a la que pertenece el acto cognoscitivo; y otra, activa, que eleve y transforme el objeto de la imaginación: aquélla es formalmente inteligente, porque realiza el acto del conocimiento intelectual; ésta es virtualmente inteligente, porque si no produce el acto mismo de la intelección, lo prepara, formando la idea o especie inteligible, que es el principio de ese acto; la primera se llama entendimiento posible, porque puede llegar a ser todas las cosas mediante la representación inmaterial de todos los objetos; la segunda se llama entendimiento activo, o agente, porque su oficio, meramente activo, consiste en extraer el universal de las condiciones materiales en que está envuelto.

Careciendo de verdadera intuición sobre nuestro interior, nada tiene de extraño que la experiencia y la conciencia no nos den fe de la existencia de ese entendimiento agente; sin embargo, proporcionan a nuestro raciocinio un punto de apoyo, al darnos conciencia de que siempre nos estamos volviendo hacia las imágenes, aun para las concepciones más intelectuales.

Véase lo que ha llamado más la atención de los filósofos no afiliados a la Escuela.” Sin inclinarnos decididamente por ninguna de estas teorías — escribía P. Janet, — confesaremos, no obstante, que la teoría aristotélica del entendimiento agente es la que nos parece más sencilla, más conjetural y más aproximada a los hechos”.

III. — Abstracción e iluminación

El oficio y tarea del entendimiento “agente es abstraer e iluminar. El universal existe en los singulares, como la naturaleza humana en el individuo humano. Del mismo modo que ante la presencia de una fruta — observa Santo Tomás, — la vista se fija en el color y el gusto en el sabor, sin atender a otros detalles, así en los fenómenos imaginativos, el entendimiento no mira a otra cosa que a la esencia del objeto, en sí misma, menospreciando las condiciones particulares que reviste en el individuo. Alcanzar así la naturaleza sola, destacándola aisladamente en medio de los principios individuales que la determinan, tal es la obra del entendimiento agente. Por medio de ese acto poderoso, la naturaleza queda separada de las envolturas concretas y despojada de las condiciones singulares; ha entrado ya en el reino de lo abstracto, de lo universal, de lo ideal; la especie inteligible está formada.

Esta teoría de la abstracción merece todo elogio, cuando se la interpreta debidamente. Oigamos el testimonio de M. Vacant: ” Permítaseme confesarlo. Durante muchos años no he comprendido al santo Doctor. Yo no atinaba a ver en esa abstracción más que una simple disociación de los elementos proporcionados por los sentidos. Hádaseme imposible de explicar ese oficio atribuido a las imágenes sensibles y a la inteligencia en la formación de los conceptos; pero, después que me he dado cuenta del carácter absoluto, universal y necesario del conocimiento intelectual, me ha parecido que la enseñanza del Doctor Angélico expresaba en forma sencillísima una operación que estamos renovando sin cesar de un modo consciente”.

Una vez producida la idea mediante el trabajo del entendimiento activo, se hace necesaria otra representación más perfecta, más viva, más actual: el verbo mental. La especie inteligible no es más que el objeto impreso en el alma, mientras que el verbo es el objeto hablado, expresado; por eso a la idea le damos el nombre de especie impresa, y al verbo el de especie expresa. De donde vienen a resultar cuatro cosas realmente distintas, cada vez que comprendemos algo: la facultad intelectiva; la especie impresa que representa el objeto en su estado habitual; el acto peculiar del entendimiento, y, por último, el verbo mental, término de ese acto. Ahí concluye la manifestación del objeto, al hacerse la luz. Sin embargo, la influencia del entendimiento activo llega hasta el último momento, porque, según Santo Tomás, a él toca aclarar los primeros principios con la luz de las especies inteligibles, y el entendimiento pasivo no podría conocer actualmente a su objeto sin la ayuda de aquél. “Es el entendimiento agente como un sol encendido en la cúspide de nuestra alma para verter su luz sobre las dos laderas: ilumina la vertiente que mira al mundo sensible con su acción sobre los fenómenos obscuros de la imaginación; y con su influencia en el entendimiento pasivo, llena de luz la otra vertiente que hace cara a las riberas de la eternidad”.

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Un comentario en “LAS 24 TESIS TOMISTAS:19ª: El origen de nuestras ideas

  1. Un Santo y Doctor genial, Santo Tomás. Un regalo de Dios.

    Lástima y gran desgracia que ya no queden verdaderos tomistas En los seminarios dan ajenjo para la mente de los seminaristas; y los obispos de hoy, a imitación de Bergoglio, son ignorantes; apenas encontraremos cinco sabios entre los cuatro mil y pico.

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