[2] Vaticano IIº. Giro de 180º: Introducción

V O L V E R   A L   Í N D I C E

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El Concilio Vaticano II fue uno de los más largos, desde el anuncio hasta la clausura.

Duró 5 años, 10 meses, y 34 días. Fue un Concilio de los más laboriosos: 168 Congregaciones generales; más de 6000 Intervenciones escritas y orales; 10 Sesiones públicas; 11 Comisiones y Secretariado; cientos de peritos. Además, han emanado 4 Constituciones, 9 Decretos, 3 Declaraciones.

Por esto, fue parangonado con una arada en el campo de la Iglesia. Pero a la clausura del Vaticano II, la Iglesia se abrió a una época de concesiones a la mundanidad. Sus frutos, entonces, fueron la desacralización, el democratismo, la socialización y la banalización de la Iglesia, que el Cardenal Ottaviani definió como un «impresionante alejamiento de la doctrina católica». ¿Como fue posible que tres Papas hubieran aceptado una doctrina claramente en contradicción con cuanto habían afirmado buenos 270 Pontífices?

Mons. Spadafora, el gran profesor de la Universidad de Letrán, y “perito” en la Sacra Escritura, ha afirmado: «El Vaticano II es un Concilio anómalo.»

La repentina inversión de la línea doctrinal católica, operada por una Alianza de Cardenales y obispos franceses y belgas, animados por los peritos Rahner, Küng, De Lubac, Chenu, Cóngar, y por los jesuítas del Pontificio Instituto Bíblico, ha hecho del Vaticano II un nefasto “conciliábulo” del Consejo de “peritos” neomodernistas, que han engañado a la masa desinformada de Padres conciliares. Pero ¿como han golpeado la doctrina de la Iglesia…? No hay verdad revelada que hayan dejado intacta, para comenzar con las dos Constituciones presentadas como expresiones esenciales propias del Concilio: la “Lumen Gentium” y la “Gaudium et spes”, con errores dogmáticos, como la expresión que el Cuerpo Místico de Jesucristo “subsiste” en la Iglesia Católica, lo que contradice la identidad expresada por San Pablo, esto es, el Cuerpo de Cristo, y contra el Magisterio perenne, infalible, de la Iglesia, contradiciendo también el dogma: “fuera de la Iglesia no hay salvación…”; para mencionar, después, los Documentos claramente erróneos: “Nostra aetatae” (sobre las religiones no cristianas) y “Dignitatis Humanae” (sobre la libertad religiosa); errores que están en el origen de manifestaciones heréticas y sincretistas, como la Jornada Ecuménica de Asís.

Pero entonces, ¿el Espíritu Santo no asistió a los Papas del Concilio…? Mons. Spadafora lo explica así: «La asistencia del Espíritu Santo presupone que, de parte del Papa hay una correspondencia sin reservas; si esta correspondencia falta, la asistencia del Espíritu Santo es puramente negativa, esto es, impide solo que el Vicario de Cristo imponga a la Iglesia, como un dogma infalible, el error.»

Después de lo dicho arriba, la Iglesia enferma del Concilio se esta desarrollando sobre todo en: la herejía mayor de la “Libertad religiosa, y en la herejía de la “Fraternidad” universal. Entonces, el postConcilio no es más que la consecuencia natural y necesaria del Concilio, el canasto de malos frutos de aquellos árboles contaminados que aseguraron la continuidad, la legalidad de la acción de los Papas Paulo VI y Juan Pablo II.

La conclusión, por lo tanto, debería ser clara: un retorno a un Vaticano III de un Papa reparador.

Pero el actual Papa, Benedicto XVI, a los participantes de la plenaria de la Congregación para el Clero, del 16 de marzo de 2009, repitió la necesidad de remitirse a la ininterrumpida Tradición eclesial, y de «fomentar en los sacerdotes, sobre todo de las jóvenes generaciones, una correcta recepción de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el bagaje doctrinal de la Iglesia.»

En la “Carta” del 10 de marzo de 2009, dijo:

«… debe recordarse que el Vaticano II lleva en si la historia doctrinal íntegra de la Iglesia. quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que vive el árbol.»

Entonces, según Benedicto XVI, el Vaticano II es creíble solo si se lo ve como una parte de la única e íntegra Tradición de la Iglesia y de su Fe.

También el portavoz de la Santa Sede, Padre Lombardi, el 15 de enero de 2010, dijo:

«Las conclusiones del Concilio Vaticano II y en particular el documento “Nostra Aetate” no están en discusión.» Luego, precisó que, como el Papa ha señalado muchas veces, la adhesión al magisterio del Concilio Vaticano II, del cual la Declaración “Nostra Aetate” es un documento esencial, es condición para la verdadera comunión eclesial.

Para nosotros, en su lugar, el Vaticano II está en contraste con la Tradición de la Iglesia. De hecho, el Vaticano II ha representado un “nuevo Pentecostés”, un “evento carismático” que ha rediseñado la Iglesia, liberándola de la Tradición.

¿El Vaticano II no fue, acaso, según los mismos Papas (Juan XXIII y Paulo VI) ejecutores y dirigentes, un “Concilio pastoral y no dogmático”? Entonces, su “pastoralidad” consiste, en último análisis, en la relación de la Iglesia con el mundo, y esto lo hace un Concilio distinto de los otros, a tal punto, carente de un carácter doctrinal “definitorio”. Extraño, por lo tanto, que la ausencia de intenciones definitorias contradiga la calificación “dogmática” de las dos Constituciones: la “Lumen gentinum” y la “Dei Verbum”, que fueron repropuestas como “Constituciones dogmáticas”, porque reproponen como verdades de fe, dogmas definidos en precedentes Concilios (pp. 5051). Pero, resulta evidente que también los otros documentos del Vaticano II no tienen carácter dogmático, por lo que sus doctrinas no guardan relación con definiciones precedentes, no son ni infalibles ni irreformables, por lo tanto no vinculantes: quien las negase, no por eso sería formalmente hereje. Quien las impusiese como infalibles e irreformables, lo haría contra el Concilio mismo.

Luego, se podría aceptar una índole dogmática solo cuando el Vaticano II propone nuevamente como verdades de fe, dogmas definidos ya en precedentes Concilios.

«Las doctrinas, en su lugar, que le son propias, no podrán, absolutamente, considerarse dogmáticas, por la razón que están privadas de la ineludible formalidad definitoria y, entonces, de la inherente “voluntas definiendi.» (p. 51) Por eso, los textos que presentan ambigüedades, pueden ser objeto de crítica, histórica y teológica.

Un ejemplo lo podemos tener con la “constitución pastoral”, la “Gaudium et Spes”, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, donde el término “pastoral” se convierte en un término humanístico de simpatía, de apertura, de comprensión hacia el hombre, su historia y “los aspectos de la vida hodierna y de la sociedad humana”, con particular atención a los “problemas que parecen hoy más urgentes”.

La “Gaudium et Spes”, por lo tanto, es un documento preñado de la cultura y de las instituciones (GS 53), del progreso económico y social (GS 66), del progreso técnico (GS 23), y del progreso humano (GS 37. 39. 53. 72). Como se ve, se trata de un “cristianismo nuevo” que ensancha los confines “a los cristianos anónimos” de Karl Rahner, a los de Schillebeeckx, y a los cristianos “maduros” de la sede conciliar.

Es claro, por lo tanto, que la “Gaudium et Spes” es un documento pastoral sin valor vinculante, lo que excluye todo intento difinitorio. Pero entonces, por qué los seguidores del progresismo quisieron hacerla un “dogma”, o cómo quisieron hacer un dogma absoluto también del Concilio, que había dejado bien en claro no querer afirmar ningún principio absoluto.

Y sin embargo, el resultado concreto del balance postconcilio fue reconocido por el mismo Benedicto XVI en su “Informe sobre la Fe”, donde está escrito:

«Es incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia Católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen cruelmente opuestos a las expectativas de todos, para comenzar con las de Juan XXIII y de Paulo VI (…). Se esperaba un salto hacia adelante, y en su lugar nos encontramos frente a un proceso progresivo de decadencia, que se ha venido desarrollando en gran medida bajo el signo de un llamado a un presunto “espíritu del Concilio”, y en tal modo lo ha desacreditado (…). La Iglesia del post Concilio es una gran obra, pero es una obra donde se ha perdido el proyecto y todo el mundo continúa construyendo según su gusto.»

¡Fue un verdadero “tsunami” viscoso y abrumador! Y no es difícil probar, ahora, que el Vaticano II no estuvo en el surco de la Tradición, ¡sino fue una casi total ruptura con su pasado!

Fue el mismo Paulo VI quien admitió, con su discurso a la audiencia general del 15 de julio de 1970, esta situación desastrosa de la Iglesia:

«La hora presente… ¡es ora de tempestad! El Concilio no nos ha dado, hasta ahora, en muchos sectores, la tranquilidad deseada, sino más bien ha suscitado turbaciones…»

Frente a este hecho desconcertante, recuerdo el pasaje evangélico de Juan, en el capítulo XI, 51:

«… hoc autem a semetipso non dixit … sed como esset Pontifex anni illius … proferavit.»

Un Papa del Concilio, entonces, ha confesado (¿a su pesar?) la dura realidad humillantísima para toda la Iglesia. Y esta “confesión” de Paulo VI me ha dado el empuje para este trabajo históricoteológico sobre el Vaticano II, para el que usaré la técnica indicada por el Divino Maestro en el pasaje de San Lucas:

«De ore judico … serve nequam…! (Lc. XIX, 22)

Por lo tanto, para establecer la comparación entre la doctrina del Vaticano II y las de las definiciones infalibles de los Concilios Ecuménicos y de los Papas de la Tradición de veinte siglos, me serviré del “Enchiridión Symbolorum, Definitionum, et Declarationum de rebus fidei et morum”, el Denzinger. Desafortunadamente, el Vaticano II se ha propuesto “reformar todo” en la Iglesia, bajo la etiqueta capciosa de “fines pastorales”, incluida la exposición de la Doctrina dogmática, como expresa claramente Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio del 11 de octubre de 1962:

«Es necesario (?) que esta doctrina … cierta e inmutable … ¡sea profundizada y presentada de manera … que responda a las exigencia de nuestro tiempo!»

Entonces, ¡no según las exigencias intrínsecas de la Voluntad de Dios revelante, sino según las exigencias del hombre de nuestro tiempo…! Ahora, ¡esto es una verdadera inversión del orden sobrenatural …! En efecto, ¡era un plan del Modernismo, que quería adaptar la Ley Divina (= la Revelación) a la voluntad del hombre!

Y así, los “hechos” fueron desastrosos, abiertos a todas las herejías, sin que la Jerarquía católica hubiera opuesto alguna resistencia. Los Catecismos del tipo del holandés, respondieron propiamente a las exigencias de los tiempos modernos, suprimiendo, en realidad, todo lo sobrenatural.

El fin pastoral, entonces, no sirvió sino para producir confusión entre los términos “dogmáticos” y “pastorales”. El mismo Papa Juan XXIII no supo dar un ejemplo práctico de como se podía presentar la doctrina cierta e inmutable de una manera distinta de aquella tradicional de veinte siglos, ¡sin cambiar radicalmente el sentido…!

Hay que preguntarse: ¿cómo nunca la asamblea de los Padres conciliares demostró siquiera darse cuenta de la insidia de aquella extraña idea de cambiar la forma de exponer la doctrina, que ya desde medio siglo, y más, era la obsesión y el programa máximo del Modernismo? Y ¿cómo nunca se alarmaron de las palabras de desafío que Juan XXIII había dirigido contra los “profetas de desventuras”, que anuncian eventos siempre infaustos, casi como si se refiriesen al fin del mundo…?

¿Era, entonces, un gesto del “nuevo Pentecostés” que haría florecer la Iglesia al extenderse maternalmente hacia los campos de la actividad humana…?

Pronto se vio: la profecía del Papa Juan no hizo florecer la Iglesia, sino, más bien, ¡fue el inicio de una catástrofe! Frente a la evidencia de los hechos, será el mismo Paulo VI quien dirá, en el discurso del 7 de diciembre de 1968, en el Seminario Lombardo:

«La Iglesia se encuentra en una hora de inquietud y de autocrítica… incluso … ¡de autodemolición!»

Fue un verdadero desarme en plena batalla, introducido por el Papa Juan en su discurso del 11 de octubre de 1962:

«Siempre la Iglesia se ha opuesto a los errores; también a menudo los ha condenado con la máxima severidad… ahora, sin embargo, la Esposa de Cristo… prefiere usar la medicina de la misericordia, más bien que la de la severidad!!»

Y así, el “plan masónico modernista” se podría realizar, a través de un Papa (¡también masón!). ¡Un “plan” que desmantelaba y abatía todos los muros, desguarnecía todas las defensas, desarmaba a todos los combatientes y liberaba de toda propaganda derrotista!

«¡O infelix astutia!» (San Agustín), cual fue el deshonor que rodea al Vaticano II, porque no lo ha impedido, sino más bien lo hizo suyo…! La negativa del Vaticano II de empeñar el carisma de la infalibilidad, contiene la verdadera explicación de todas las funestas ambigüedades que se encuentran entre sus páginas, e incluso “herejías” verdaderas y propias.

El fin de este, mi estudio, es, por lo tanto, fijar la idea sobre varios aspectos del tema tratado, a la luz de la doctrina infalible del Magisterio solemne de la Iglesia.

Mi actuar, en este sentido, de acusación contra el Vaticano II, entonces, es el de desacreditar la tentación incondicionada de ceder a los “errores”, ya penetrados en el ánimo de la mayoría, que condicionan la vida espiritual de los pocos fieles en todos los niveles de la Iglesia.

Por lo tanto, se debe poder discutir libremente sobre la ortodoxia o no del Vaticano II, y analizar los textos de un “Concilio pastoral” que imponen, en su lugar, como dogmático y, entonces, como única referencia magisterial de ahora en adelante.

Necesarias son, por lo tanto precisiones sobre el sentido de los términos, y no solo revisiones y rectificaciones.

Del Vaticano II surgió, en efecto, una “lengua nueva” para comunicarse mejor con el mundo moderno.

El “jesuíta yankee”, John O’Malley, ha escrito un libro: “Cosa è successo nel Vaticano II” (Que sucedió en el Vaticano II), en el cual hace “inadecuadas” las notables contraposiciones liberalesconservadoras, para comprender los conflictos que tuvieron lugar en el Vaticano II. En su libro, en efecto, habla de “una red de interconexiones verdaderamente notables” que enreda a los documentos del Vaticano II.

Esta “red” corresponde a un nuevo vocabulario. Los documentos de la asamblea conciliar presentan una novedad lingüística que se aplica a diversas cuestiones: baste pensar en palabras como “diálogo”, “colegialidad”, “desarrollo”, “hermanos y hermanas”, “conciencia”… El lenguaje se destaca como una gran novedad, porque describe y prescribe acciones nuevas por parte de la Iglesia”.

Karl Rahner calificó al Concilio como el momento del nacimiento de la “Iglesia mundial”, después de la “Iglesia Judaica” y los dos milenios “helenísticos”.

L’Osservatore Romano del 25 de enero de 2010, ha liquidado el valor permanente del Vaticano II, afirmando que este Concilio “es historizado, no mitificado”. Dato, sin embargo, que proclama que el catolicismo no puede ser vivido sin referencia al Vaticano II; cualquier posición hermenéutica que explore la continuidad con el magisterio precedente, deberá sopesarla con la misma autoridad pontificia, para poder estar de acuerdo, luego, con el aforismo: «¡un Papa lo establece y otro lo deroga!»

Se sabe que en la Iglesia antigua, era habitual reaccionar ante a las crisis doctrinales con los Concilios, como una reflexión colectiva de la Fe. Al punto en que se encuentra hoy la Iglesia de Roma, la alternativa entre una crisis autodestructiva o un cambio de reforma, ya esta en vista de los intelectuales más famosos de nuestros tiempos, recordando, sin embargo, que las rupturas positivas fueron los esfuerzos de la Iglesia para abrirse a una mayor inteligencia del “depósito de la Fe” ¡y para una mayor fidelidad al espíritu del Fundador!

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«Si un Angel del Cielo viniese a anunciar un Evangelio distinto del que os he anunciado, ¡sea anatema! No es que exista otro Evangelio, pero hay herejes que pretenden alterar la verdad.»

(San Pablo  Carta a los Hebreos)

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