[4] Vaticano IIº. Giro de 180º: Calificación teológica del Concilio

V O L V E R   A L   Í N D I C E

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Ya habíamos dicho que el Vaticano II, en sus “Decretos”, no fue cubierto con el carisma de la infalibilidad, porque no quiso el uso efectivo de las definiciones dogmáticas, usando las formas definitorias, esto es, usando las definiciónes y reforzándolas con las sanciones de anatemas contra aquellos que fueran contrarios a las doctrinas definidas.

Entonces, ninguna de las doctrinas y Decretos del Vaticano II, están cubiertos con el carisma de la infalibilidad, porque el Vaticano II se ha limitado a exponer la Doctrina católica en “forma pastoral”. Se lo supo por lo que dijeron el Papa Juan XXIII y el Papa Paulo VI, en sus discursos de apertura del Vaticano II (11 de octubre de 1962, el Papa Juan y 29 de setiembre de 1963 Paulo VI).

La orientación de todo el Vaticano II, en efecto, fue toda una línea de “pastoralidad”, desconocida del todo en el Magisterio de 20 siglos de Tradición, simplemente porque la recta razón dice que “Dios es siempre Dios”, y “el hombre es siempre el hombre”, siempre idéntico en su naturaleza de criatura racional, siempre en búsqueda de sus necesidades fundamentales, sean estas de orden natural como de orden espiritual.

El mismo Paulo VI, en su encíclica “Misterium Fidei” del 3 de setiembre de 1965, tres meses antes del fin del Concilio, hizo propia, literalmente, la Doctrina del “Juramento antimodernista”, impuesto por San Pío X a todo el clero. Paulo VI así se expresó:

«¿Quien podría tolerar que las fórmulas dogmáticas de los Concilios ecuménicos, para los misterios de la Ssma. Trinidad y de la Encarnación … sean juzgadas no más adecuadas a los hombres de nuestro tiempo, y otros con ligereza las sustituyan?»

Es evidente, por lo tanto, que estas palabras de Paulo VI acusan directamente la propia dirección absurda señalada por el Papa Juan XXIII como “objetivo principal” del Vaticano II, con las palabras siguientes:

«… es necesario que esta doctrina… sea profundizada y presentada de manera que responda a las exigencias de nuestro tiempo.»

Son expresiones, estas, que dan por sobreentendido ¡que tampoco las fórmulas dogmáticas están ahora adaptadas a los hombres de nuestro tiempo!

Pero entonces, ¿por qué Paulo VI, en su discurso de reapertura del Concilio (29 de setiembre de 1963), hizo propias aquellas instancias y directivas que el Papa Juan XXIII había impreso en el Vaticano II, llevándolo, luego, hacia la catástrofe que todavía hoy sufrimos?

El Vaticano II, entonces, no fue un Concilio dogmático, por lo que es inexplicable cómo entonces a cuatro otras Constituciones les fue dado el título de dogmáticas, cuando ni esas ni otros documentos del Concilio definieron nuevos dogmas, ni tampoco condenaron errores.

Por lo tanto, es necesario conocer la calificación teológica que tuvo el Vaticano II.

Como todos los otros Concilios ecuménicos que lo han precedido, no hay duda que el Vaticano II es ecuménico, porque:

  1. a) fue legítimamente convocado, presidido y firmado (en sus documentos y decretos) por dos Pontífices;
  2. b) porque la Asamblea de Padres estaba formada por el Episcopado mundial.

No obstante ello, el Vaticano II (en sus Decretos) … no está cubierto por el carisma de la infalibilidad, porque este no quiso, y, de hecho, no puso en marcha las condiciones taxativas, necesarias para la infalibilidad, es decir:

  1. a) la intención de definir como verdades de fe, las enseñadas por él mismo, como doctrina propia (respecto a las ya definidas por otros Concilios Ecuménicos u otros Pontífices);
  2. b) el uso efectivo de las definiciones dogmáticas que fueran formal y manifiestamente tales frente a toda la Iglesia de los fieles. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano I (v. Denzinger, 3011), y como recuerda expresamente, con la misma fórmula, también el Can. 1323, § 1º del Derecho Canónico:

«Fide divina et catholica ea omnia credenda sunt, quae verbo Dei scripto vel tradito continentur, et ab Ecclesia, sive sollemni judicio, sive ordinario et universali magisterio, tamquam divinitus revelata, credenda propunutur.»

El “juicio solemne” sobre una doctrina atinente a la fe, puede ser ejercitado por los Concilios ecuménicos, o también por los sumos Pontífices por si mismos. El parágrafo 3º, del mismísimo Canon 1323, advierte, sin embargo, que:

«Declarata, seu definita dogmatice … res nulla intelligitur … nisi id manifeste constiterit …»

Debe resultar claro a todos, por lo tanto, que el Concilio Vaticano I quiso definir dogmáticamente y que “de facto” en sus Decretos, Declaraciones, Constituciones, ha usado las fórmulas definitorias, muniéndolas de las sanciones de los anatemas, contra aquellos que enseñaran doctrinas contrarias a las definidas.

Estas condiciones se implementaron en todos los Concilios ecuménicos precedentes.

Estas condiciones, sin embargo, ¡estuvieron ausentes en el Vaticano II!

Luego, ninguna de las Doctrinas y Decretos, que sean exclusivamente propias del Vaticano II, está cubierta con el carisma de la infalibilidad.

De “suyo”, en otras palabras, el Vaticano II no tiene nada que haya sido propuesto con Magisterio infalible, por medio de Definiciones dogmáticas, que no se encuentran en absoluto en ninguno de sus Decretos.

El Vaticano II se ha limitado a exponer la Doctrina Católica, en forma simplemente pastoral, y en los dos Discursos de apertura (11 oct. 1962  Papa Juan XXIII; 29 set. 1963  Paulo VI), respectivamente en los números 55+, y 57+ y 152+ de la Edición Dehoniana de ‘Documentos conciliares’, hizo entender que renunciaba a las definiciones dogmáticas, como está claro en la proposición de Paulo VI, en el nº 152+:

«Nobis prorsus videtur, advenisse nunc tempues, quo, circa Ecclesiam Christi, Veritas magis, magisque “explorari”, “digeri”, “èxprimi” debeat – (N.B. inserto “debeat”: ¡increíble!) – fortasse non illis enuntiationibus, quas “definitiones dogmáticas” vocant, … sed “potius” – ¡de preferencia!) – “declarationibus” adhibitis, quibus Ecclesia… clariore et graviore Magisterio, sibi declarat quid de seipsa sentiat…»

En esta declaración papal, dirigida a la Asamblea conciliar, es absolutamente claro que, para Paulo VI, las definiciones dogmáticas pierden en “claridad” y en “autonomía” de Magisterio frente a las simples Declaraciones pastorales. La frase increíble, explica tantas cosas que turbaron a la Iglesia, en los Textos conciliares, propiamente dichos, del Vaticano II:

1) Explica la ausencia completa de “definiciones dogmáticas”, en las varias Constituciones, Declaraciones, Decretos, del Vaticano II …

2) Explica ciertas funestas “ilusiones”, “equívocos”, “temeridad” de “juicios”, de “previsiones presuntuosas”, de directivas plenas de riesgo fatal y del sonido manifiesto de la moneda falsa, en todo propias de la compleja instancia herética modernista, que infectó el discurso de apertura del Papa Juan, el día 11 de octubre de 1962, como las siguientes:

  1. a) (nº 37+) «Iluminada por la luz de este Concilio, la Iglesia… se engrandecerá de riquezas espirituales con oportunos “aggiornamentos”…»
  2. b) (nº 40+ y 41+)… «Me hieren, a veces, el oído, sugestiones de personas, sin embargo ardientes de celo… pero no provistas de “sobreabundante sentido de discreción y mesura”. En los tiempos modernos, ellos no ven sino prevaricación y ruina: van diciendo que nuestra era, en comparación con las pasadas, se está empeorando…»
  3. c) (nº 41+) «Nos parece que deberíamos disentir con esos llamados “profetas de desgracias”, que anuncian sucesos siempre infaustos…»

En primer lugar, ¡las “ilusiones” funestas! La espantosa realidad del desastre en el que la Iglesia se encuentra hoy, precipitada “de facto” (no obstante aquellas ilusiones) y que todos lloran: la explícita y muy amarga constatación y confesión, que hace de ellas Paulo VI, en el discurso del 7 de diciembre de 1968 (al Seminario Lombardo) y el 15 de julio de 1970, a los fieles, en la acostumbrada audiencia general, nos deja atónitos, por la manifiesta despreocupación con que fue “despreciado” el sentido de discreción y de mesura, que la Iglesia tuvo siempre presente, en la Tradición en su máxima expresión, en la experiencia de las personas, animadas de celo y de bien clara conciencia de los males, que, en todo tiempo, la afligieron y que obligaron, por ello, a tener bien abiertos los ojos, más que a cerrarlos por un optimismo mal entendido.

Aquellas “ilusiones” funestas del Papa Juan, sin embargo, fueron precedidas por otras no menos funestas “extravagancias” de lenguaje y de “expresión”, usadas luego como otras tantas “palabras de orden”, de efecto demagógico, astutamente explotadas e instrumentalizadas en sentido netamente modernista, por los novadores emboscados, como la «necesidad de saber distinguir los “signos de los tiempos” (de la “Constitución apostólica” por indicación del Concilio ecuménico en el nº 4+) que luego puntualmente alcanzaron su máxima aplicación en el discurso de apertura (11 de octubre de 1962) en la expresión paradojal (en el nº 55+), de sabor demasiado abiertamente modernista, en si misma:

«Es necesario, que esta doctrina … cierta e inmutable … sea profundizada (prevestigetur) … y presentada (exponatur) de manera que responda … a las exigencias … de nuestro tiempo …»

Como decir, por lo tanto, ¡“es necesario que esta doctrina inmutable ‘mute’,” siguiendo las indicaciones de los “signos de los tiempos”! Manifiesta controversia de términos y contradicción interna de propósitos; en realidad, la expresión “de manera que responda a las exigencias de los tiempos … (“exigencia”, que, qué coincidencia, el Papa Juan no dijo en que consistía, concretamente), desplaza (no sin escándalo, invirtiendo manifiestamente la jerarquía de los valores) todo el punto de gravitación del mensaje revelado, el cual no puede ser en absoluto las “exigencias” del hombre, sino solamente las exigencias de Dios revelante, ¡que sabía ciertamente hablar de manera de ser comprendido por los hombres de todos los tiempos!

La orientación de todo el Vaticano II en la dirección indicada por esas palabras del Papa Juan, no solamente es del todo desconocida por el Magisterio de veinte siglos de Tradición (presentar la doctrina, según las exigencias de nuestro tiempo) sino es también intrínsecamente absurda, e inconcebible para la recta razón, en cuando “Dios es siempre Dios”, y “el hombre es siempre el hombre”, siempre idéntico en su naturaleza de creatura racional, destinataria del mensaje revelado, y en sus necesidades fundamentales, tanto de orden natural como de orden espiritual.

El problema de presentar la doctrina, de manera que responda a las exigencias de un cierto tiempo, de un cierto período histórico, de un cierto grado y calidad de cultura, no existe y no puede existir para la Iglesia Católica, si es verdadero que el mismo Paulo VI, en su Encíclica “Mysterium fidei” del 3 de setiembre de 1965, tres meses antes de la finalización del Concilio (7 de diciembre de 1965) dijo, haciendo propia literalmente la Doctrina del juramento antimodernista, impuesto por San Pío X a todo el clero, según el cual:

«… omnia et singula, quae ab inerrante Magisterio, definita, adserta, et declarata sunt… (sunt etiam) … intelligentiae aetatum omnium, atque hominum etiam huius temporis, maxime accomodatta.» (Denz 3539)

La expresión: “presentada de manera que responda a las exigencia de nuestro tiempo” no tendría sentido alguno si el Papa Juan hubiese estado convencido (precisamente como en el caso tomado en consideración y condenado por Paulo VI en sus palabras citadas en la “Mysterium fidei”) que las fórmulas dogmáticas de los Concilios Ecuménicos, etc. … “ya no están más adaptadas a los hombres de nuestro tiempo…”, es evidente, incontrovertiblemente, también la increíble insistencia en reiterar esa obsesión (“presentar la doctrina, de manera que responda a las exigencias de nuestro tiempo”), que se lee entre líneas en aquel mismo número 55+ (citamos):

«Será necesario (?) atribuir mucha importancia a esta forma (esto es a la forma nueva de presentar la doctrina) y, si es necesario, requerirá insistir pacientemente en su elaboración y encontrar una forma de presentar las cosas, como más correspondan con el Magisterio… cuyo carácter es preeminentemente pastoral…»

¿Como lo hacemos? Paulo VI, en la “Mysterium fidei”, condena enérgicamente como temeraria también la simple idea de sustituir las otras fórmulas, por las dogmáticas de los Concilios, y también el pretexto (inconsciente, por lo tanto), que aquellas fórmulas “sean juzgadas como no más adaptadas a los hombres de nuestro tiempo …»

Sin embargo, si no estamos errados, en su discurso de reapertura del Concilio, en fecha 29 de setiembre de 1963, Paulo VI, en la parte dedicada al Homenaje a la Memoria del Papa Juan, haciendo expresa referencia a su discurso de apertura del Concilio, el día 11 de octubre de 1962, y elogiando incondicionalmente todo el tenor y los propósitos que el Papa Juan señalaba en aquel discurso, proseguía agravando todas las paradojas colosales que se leen en el mismo, en el ya citado nº 55 de la Dehoniana ¡¡¡y que Paolo VI condenó en la “Mysterium” como hemos referido!!!

Paulo VI, repetimos, agravándolas, ha hecho propias todas aquellas directrices de aplicación que el Papa Juan imprimió al Vaticano II, orientándolo hacia la catástrofe que hoy tenemos ante nuestros ojos entonces incrédulos.

La meditada, lenta, atenta lectura (con los ojos bien abiertos, por la consternación que esta suscita inmediatamente) se detiene con infinito estupor, en el contenido verdaderamente inaudito por el lenguaje controvertido y manifiesta confusión contradictoria, entre los términos que no son seguramente opuestos entre si, sino, en su lugar, son “unum idemque”, en su significado doctrinal y su idéntico objeto de docencia (o sea de Magisterio, precisamente de la Iglesia) que otro no hay y no podría haber que la Verdad revelada, “confusión”, digo, y en vano, ostentada “contraposición” entre los términos “enseñanza dogmática” y “enseñanza pastoral”, ¡casi que se podría hacer una pastoral de fábula, en lugar de Dogmas de la Revelación! Se centra en el contenido de varias expresiones que se leen en el curso de todo el nº 139+ de la Dehoniana, como las siguientes:

«… (Tú Papa Juan) has llamado a los hermanos, sucesores de los Apóstoles… a sentirse unidos con el Papa… a fin de que el sacro depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma más eficáz.» (¿más eficáz que “cuándo” y “cómo”? ¡falta una respuesta!)

«… Pero tú, señalando así el objetivo más alto del Concilio (es decir: custodiar el depósito de la doctrina cristiana ¡y enseñarlo en forma más eficáz!) le has antepuesto otro objetivo más “urgente” (?) y de ahora en más “saludable” (?) … el objetivo pastoral (?).»

¿Qué pudo significar este juego de palabras entre “objetivo principal” del Concilio y “objetivo Pastoral? ¿Entre objetivo “el más alto” (como se lee en la citada expresión) y objetivo “más urgente” y ahora “más saludable” que va antepuesto al de “objetivo más alto”, llamando “pastoral” a este último?

¿Qué es este poner en competencia, de tiempo y de urgencia, dos aspectos de un mismo problema? En la enseñanza de los dogmas de manera pastoral, la Iglesia los ha considerado inseparables en veinte siglos, pero en la práctica lo ha resuelto de la manera más precisa, por medio de las definiciones dogmáticas y enseñado siempre de la manera más adaptada al diverso grado de entendimiento de los fieles (según su cultura y según su edad) con la enseñanza catequística y con la sacra predicación, que ha hecho Santos en gran número, también entre los niños, mientras es bien cierto que el Vaticano II, con sus ideas confusas, con sus ambigüedades, con los errores que se escaparon dentro de sus propias líneas y con la babel inmensa de documentos, con la cadena de fraudes consumados (o sea con el triunfo de la mentira como medio para imponer la obediencia, con la continua, insistente y contumaz falta a la palabra dada, que además no sirve sino a comprometer irremediablemente, no solo el prestigio de la autoridad de la Iglesia, sino también la confianza que el Vaticano II pretende en vano, en el contexto de todas las paradojas, en las que de manera casi tan sorprendente y desconcertante incurrió) … no podrá ya ser capaz, ni de llevar Santos a los altares, ni menos convertir a los hermanos separados, hasta tanto los misioneros, los Pastores de almas, no vuelvan pura y simplemente a la doctrina y a los métodos de enseñanza del tiempo preconciliar.

El tenor del discurso del 29 de setiembre de 1963, con la apariencia de querer decir cosas inéditas, nuevas, originales, nunca pensadas antes en la Iglesia, urgentes, destacadas, respecto a toda la tradición, ¡no ha hecho, en realidad, sino derribar puertas abiertas! Porque la Iglesia no había esperado el Vaticano II para cumplir bien sus deberes – ¡transmitir en lenguaje profano! – de Maestra del dogma, con la pastoral práctica, teniendo por objeto enunciar, con definiciones bien precisas, el dogma mismo y su “explicación” por medio de la simplicidad más grande posible, a niños y adultos. Ha derribado puertas abiertas, repetimos, y al mismo tiempo, con la confusión de conceptos, generada por aquellas expresiones, que hizo turbio y nublado lo que, en el preconcilio refulgió durante siglos, en la claridad cristalina de las admirables definiciones de los Papas (piénsese, como ejemplo clásico e insigne, en las de San León Magno) y Concilios Ecuménicos (como los de Trento y el Vaticano I, hace más de un siglo: ¡1870!). No menos clara, en el fino análisis, hasta en los más pequeños matices, y en las refutaciones, en la correspondiente condena de la multiforme y compleja herejía modernista, que se encuentra en la inmortal encíclica de San Pío X, la “Pascendi” (que no sin un motivo manifiesto de interesada premeditación, por la vergüenza insuperable que aquel baluarte colosal de la Fe católica representó y representa frente a las intenciones ocultas de subversión general, que luego fue consumada por el Vaticano II) que fue del todo ignorada y ni siquiera citada en ningún texto dogmático, en ningún decreto, en ninguna Declaración, de los dieciséis documentos oficiales de este Concilio. Esta ausencia total de toda referencia a la “Pascendi” (¡estamos bien seguros y convencidos!) basta por si misma no solo para proyectar densas sombras y para hacer “suspectum de haeresi” a todo el Vaticano II (debido a la omisión tan inverosímil de consultar, de tener presentes estos datos, el juicio solemne de condena, pronunciada contra ellos, referida a los problemas y a los errores de los tiempos modernos, desnudados y desenmascarados, aun en sus pliegues más íntimos, por el Magisterio infalible de un Papa, que es la “Pascendi”) sino también para formular de la manera más fácil y clara, la primera, la más grande acusación contra el mismísimo Vaticano II, en un proceso canónico regular que temprano o tarde, los mismos fieles de la Iglesia Católica promoverán, con recurso ad summun Pontificen pro tempore invitado en la ocasión a empeñar, en el juicio, el carisma de la infalibilidad, que no fue empeñado en ninguna fase ni Documento del Vaticano II (por lo tanto, “no infalible” sino acusado “de haeresi”, para suprema desventura de la Iglesia, ¡después de veinte siglos de Concilios Ecuménicos infalibles!)

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Yves-Marie-Joseph Congar.

 

 

 

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Marie Dominique Chenu.

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