[6] Vaticano IIº. Giro de 180º: La nueva liturgia : Altar en forma de mesa

V O L V E R   A L   Í N D I C E

EL ALTAR EN FORMA DE “MESA”

kiko-francesco

Las consecuencias de arrasar con la liturgia, han sido entre otras, el surgimiento de poderosas sectas que no creen que la Misa sea un Sacrificio Propiciatorio, como los poderosos neocatecumenales o “kikos”, un movimiento conciliar herético al borde de la apostasía.

 

La “Mediator Dei” de Pío XII ¡ya lo había condenado!

«Is rector aberret itinere, qi piriscam altri velit “mensae” formam restituere» (= ¡Aquellos que quieren restaurar los altares a la forma de la antigua “mesa” van por mal camino!)

¡Fue otro fraude, entonces! En realidad, el altar “versus populum” fue introducido por el Card. Lercaro, precisamente por un “fraude”, como se puede probar por la circular del 30 de junio de 1965, nº 3061, de la Ciudad del Vaticano a los Obispos. De hecho, el altar tomó de inmediato la forma de “mesa”, en lugar de la forma de ara sacrificial, que tuvo, al contrario, ¡por tradición más que milenaria!

A esa nueva forma se la podría también llamar “herética”, después que el Concilio Tridentino, en su XXIIª Sesión, con el Canon I, había golpeado con anatema a quien quisiera sostener que la Misa no es más que una “cena”:

«Si quis dixerit, in Missa no offerri Deo verum et proprium Sacrificium, aut quod “oferri” non sit aliud quam nobis Christum ad manducandum dare, anathema sit!»

Luego de cuatro siglos del Tridentino, por lo tanto, ¡fue un gesto escandaloso el del Vaticano II! Es cierto, la Constitución Litúrgica no osó mencionar, “espresis verbis”, la herejía de la “Misacena”, ni dijo abiertamente que el altar debía tomar la antigua forma de mesa y ser dado vuelta al pueblo, pero nadie dio señales de vida cuando el Card. Lercano, abusivamente, en su Circular escribió:

«el 7 de marzo de 1965 hubo un movimiento general para celebrar “versus populum”…» y añadió esta explicación “arbitraria”:

«… se ha constatado, en efecto, que esta forma (altare “versus populum”) es la más conveniente (?!) del punto de vista pastoral…!»

Es claro, entonces, que el Vaticano II ignoró, en la Constitución Litúrgica, el problema del altar “versus populum”, aceptando ¡la elección… pastoral del Card. Lercaro y de su “equipo” revolucionario…!

Pero el autor de esa “ocurrencia”, tal vez, sintió también remordimientos, porque más tarde escribió:

«Tenemos, de todas maneras, que subrayar, que la celebración de toda la Misa “versus populum”… no es absolutamente indispensable… para una “Pastoral” eficaz. Toda la Liturgia de la Palabra… en la cual se realiza, de manera más amplia, la participación activa de los fieles, por medio del “diálogo” (?!) y del “canto”, tiene ya su desarrollo… hecho, hoy, más inteligible también por el uso de la lengua hablada por el pueblo… hacia la Asamblea… Es ciertamente aconsejable que, también la Liturgia Eucarística… sea celebrada “versus populum”!»

El Vaticano II, entonces, ¡había dado “carta blanca” al Card. Lercaro, como lo había hecho con Mons. Bugnini! Y lo hizo en términos expeditivos, como aparece en el art. 128 de la Constitución Litúrgica:

«… revisemos cuanto antes… los Cánones y las disposiciones eclesiásticas, acerca del complejo de las cosas (?) externas, atinentes al culto sacro y especialmente cuanto se refiere a la construcción digna y apropiada de los edificios sacros… la forma (?!) y la erección de los altares, la nobleza y la seguridad del tabernáculo eucarístico.»

¡Sorprendente…! ¿quizá se podría poner en duda la nobleza y la seguridad de los tabernáculos marmóreos, la joyería de obras de arte y de fe de la Tradición…? Una nobleza, que lamentablemente fue pisoteada, ridiculizada, arrojada fuera de las iglesias, propiamente por el fanatismo y la estupidez de tantos órganos ejecutivos del Vaticano II , de las siete Instrucciones de la Constitución Litúrgica…” todas fantasías delirantes de los “falsos profetas” de una “Pastoralidad” de la cual, durante veinte siglos, la Iglesia no había siquiera conocido el nombre…!

Desgraciadamente, los altares “versus populum” llovieron en las iglesias y en las Catedrales aún antes que aparecieran los nuevos Cánones, aún antes que apareciera una Legislación Canónica, aún antes que la “Instructio Oecumen Concilii les hubiese puesto al menos el nombre: “altari versus populum”, donde se menciona solo al celebrante que “que debe poder girar fácilmente en torno al altar” (¿para qué?) “y celebrar vuelto hacia el pueblo”.

Ahora, todo esto no puede ser más que la trágica confirmación, por parte de los novadores, de su querer poner en primer plano la idea herética que la Misa no es más que un “banquete”, una “cena” y no más la memoria y renovación del Sacrificio de la Cruz, de modo incruento. Y la confirmación de esto se la tiene con la “Istitutio Generalis Missalis Romani”, en el artículo 7:

«Cena dominica, sive Missa, est sacra synaxis, seu congregatio populi Dei in unum convenientis, sacerdotale praeside, ad memoriales Domini celebrationem…»

Resulta claro, entonces, que el sujeto, aquí es solo la “coena dominica”, pura y simplemente sine adiecto…! En efecto, a los dos términos, “Coena dominica” y “Missa” les es dado el mismísimo valor que la filosofía escolásticatomística atribuye a los términos “ens” y “verum” y “bonum”: ens et verum… convertuntur! ens et bonum… convertuntur!

Así, también la “cena dominica” et “Missa”… convertuntur!

Ahora, esta definición de la Misa, de la cual se hizo “unum idemque” con la “cena domínica”, y “unum idemque” con la “congregario populi” ad celebrandum “memoriale Domini”, reclama inmediatamente la condena del Canon I de la Sesión XXIIª del Concilio de Trento:

«Si quis dixerit in Missa non offerri Deo verum et proprium Sacrificium, aut quod “offerri” no si aliud quam nobis Christum ad manducandum dari, anathema sit!»

Inútil, por lo tanto, hacer saltos mortales para tratar de explicar que, por “dominica coena”, se entendía “la última cena” de Jesús con sus Apóstoles, porque la “cena de aquella Pascua no fue sino la circunstancia”, ¡al fin de la cual Jesús instituyó la Eucaristía!

Incluso si se quisiera entender que la Misa es solo un “sacrum convivium, in quo Christus sumitur”, ¡se caería entonces en la herejía, condenada con anatema del Concilio de Trento! Para mejor poner en evidencia la gravedad de dicha herejía, contenida en el art. 7 de la “Institutio Generalis Missalis Romani, con la definición: “Coena dominica, seu Missa, léase la doctrina dogmática, enseñada por Pío XII en la Alocución a los participantes del Congreso Internacional de Liturgia Pastoral (el 22 de setiembre de 1956):

«Aún cuando la consagración (¡que es el elemento central del Sacrificio Eucarístico! se desarrolla sin fasto y en la simplicidad, esta (la “consagración”) permanece el punto central de toda la Liturgia del Sacrificio, el punto central de la “actio Christi”… cuius personam gerit sacerdos celebrans!»

Entonces, es claro que la Misa no es una “cena”, la “Coena Domini”, sino la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, ¡como siempre había enseñado la Iglesia antes del Vaticano II!

Ahora, el primer principio de la lógica (“sine qua non!”) es el principio de identidad y de contradicción (¡que es lo mismo!), que enseña: “idem non potest esse et no esse, simul”. Entonces, no pueden tener razón dos Papas, de los cuales uno (Pío XII) definió un punto de doctrina, y el otro (Paulo VI) lo definió en sentido contrario con el mismo argumento y bajo el mismo aspecto.

Por lo tanto, la Doctrina se enseña también – ¡y mejor! – con los hechos, los ejemplos prácticos. Fue el método divino de Jesús, que, antes, “coepit facere” y luego “docere” (verbis).

Ahora, la introducción fraudulenta del altar “versus populum” es un “hecho” que ha subvertido todo un “orden”, contrario, que “preexistía por más de un milenio”, o sea “versus absidem”, que era colocado hacia Oriente, símbolo de Cristo, “lux vera que iluminat omnem hominem venientem in hunc mundum… !” Pero ahora, como nunca en las “Instrucciones” de la Constitución Litúrgica, en el art. 55 de la “Euch. Mysterium”, se dice que “es más acorde a la naturaleza de la sacra celebración que Cristo no esté eucarísticamente presente en el tabernáculo, sobre el altar en que es celebrada la Misa… desde el inicio de la misma…”¿haciendo apelación a las razones del signo…?

Pero, el altar “versus populum”¿ no impide precisamente la razón del signo del “sol oriens”, que es Cristo, obligando al celebrante a volver la espalda hacia aquel “signo de luz” para mostrar al pueblo la “facies hominis”?

Y este altar “versus populum” ¿no es, quizás, un afirmar lo que enseñó el Conciliábulo de Pistoia, esto es, que en las iglesias no debe haber un solo y único altar, cayendo, así, bajo la condena de la “Auctorem fidei” de Pío VI…?

Sin embargo, así fueron dejados inutilizables no solo los gloriosos altares mayores de mármol, sino también todos los altares laterales, insinuando, con esto, que a los Santos ya no se les debe tributar ningún culto, ni siquiera el de “dulia”, ¡desafiando, sin embargo, también aquí, la condena de herejía del Concilio de Trento!

Por lo tanto: ¿que suerte corrió el tabernáculo…?

En su Alocución del 22 de setiembre de 1956, Pío XII escribió:

«Nos preocupa… una tendencia, de la cual Nos queremos reclamar vuestra atención: aquella de una menor estima por la presencia y la acción de Cristo en el tabernáculo.»

«… y si disminuye la importancia de Aquel que lo cumple. Ahora, la persona del Señor debe ocupar el centro del culto, porque es esa la que unifica las relaciones entre el altar y el tabernáculo, y confiere su propio significado.»

«Es originariamente en virtud del sacrificio del altar que el Señor se hace presente en la Eucaristía, y El no habita en el tabernáculo si no como “memoria sacrificii et passionis suae”.» «Separar el tabernáculo del altar, equivale a separar dos cosas que, en fuerza de su origen y naturaleza, deben estar unidas…»

Como se ve, ¡la Doctrina de la Iglesia de siempre era bien clara y grave en su motivación y preocupación pastoral a causa de la separación del tabernáculo del altar!

Paulo VI, al contrario, en la Constitución Litúrgica, no hizo recordar siquiera esta doctrina, como tampoco la condena de Pío XII, en la “Mediator Dei”, a quien quisiera restituir al altar la antigua forma de “mesa”, cual es, hoy, el altar “versus populum”, ignorando u omitiendo aquello que había dicho ya en la “Mediator Dei” como en la Alocución del 22 de setiembre de 1956; es decir:

«… si revisamos los cánones y las disposiciones eclesiásticas que interesan el complejo de las cosas externas atinentes al culto sacro… la forma y la erección de las otras… la nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo.»

Y entonces, ¿por qué Paulo VI y el Vaticano II han silenciado también esto? Con el art. 129 de la Constitución Litúrgica, además de dejar amplia libertad discrecional a los órganos ejecutivos postconciliares, con el párrafo 1º fue agregado que «aquellas normas que resultaran menos correspondientes a la reforma litúrgica, sean corregidas… o abolidas (¡a secas!); lo que significa haber dado carta blanca a los órganos ejecutivos para hacer estrago total de la antigua liturgia!

Y así, en ejecución de aquella fórmula, el Card. Lercaro no se dio prisa para decidir la suerte del tabernáculo. Lo hizo, en sordina, con los artículo 90 y 91 de la primera Instructio de la Constitución Litúrgica, enseñando que:

«Al construir nuevas Iglesias, o al restaurar o adaptar las ya existentes, se hagan cargo diligentemente de su idoneidad para permitir la celebración de las acciones sacras, según su verdadera naturaleza.»

Una disposición, esta, que descalifica los veinte siglos de la Iglesia, porque las Basílicas, los Santuarios, las Iglesias parroquiales, las Capillas, etc. no habrían sido construidas de manera idónea para permitir la celebración de las Acciones Sacras según su verdadera naturaleza…! El art. 91, luego, va más lejos:

«Es bueno que el altar mayor sea separado de la pared… ¡para poder girar entorno… y celebrar… vuelto al pueblo!»

¡Finalmente…!, roto aquí el “nudo Gordiano”, he aquí el “crimen perfecto”, que puede hacer recordar la astucia diabólica de la que habla Giosuè Carducci en su oda: “La Chiesa di Polenta” (La Iglesia de Polenta) estrofa 15ª, donde se lee “… detrás del Bautisterio, un cervatillo pequeño, cornudo diablo miraba y subsanaba…!”

Pero el Card. Lercaro no se turbó por esto. La solución del problema “tabernáculo” vendrá tres años después con el art. 52 de la “Eucarísticum Mysterium”, donde se dice:

«La Santísima Eucaristía… no puede ser custodiada, continua y habitualmente, si no en un solo altar, en un lugar de la Iglesia misma.»

Como se ve, aparece evidente la oposición entre la expresión “un solo altar” y la segunda expresión: en un lugar de la Iglesia misma”, porque el “único lugar” no significa necesariamente un altar (lateral, ¡o en una capilla!) ya que la palabra “lugar” significa un “lugar” cualquiera, (¡también un “confesionario”, un púlpito, etc.!)

Por lo tanto, también aquí, es grave que, antes de la firma del Card. Lercaro y del Card. Larraona, se leyese esta Declaración:

«Praesentem Instructionem… Summus Pont. Paulus VI, in audentia… 13 aprilis 1967… approbavit… et auctoritate sua… confirmavit… et pubblici fieri… jussit…»

Después de que desaparecieran de los altares mayores los tabernáculos, en lugar del “Señor expulsado”, aparece la “Carta del Señor”: el Misal, o la Biblia (¡a la moda protestante!), mientras el Santísimo, que debía ocupar el puesto central del culto, terminó en un escondrijo, en un ángulo más o menos oscuro.

Y esto sería

«para asegurar al pueblo cristiano el tesoro abundante de gracias que la Sacra Liturgia encierra!!!»

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