[7] Vaticano IIº. Giro de 180º: La nueva liturgia : La lengua latina

V O L V E R   A L   Í N D I C E

LA LENGUA LATINA

brevarioIsabel

El abandono de la lengua latina, como lengua de la Iglesia, ocurrió el 30 de noviembre de 1969, cuando comenzó – ¡obligatorio! – el uso del “Missale Romanum Novi Ordinis”; desde entonces dejó, prácticamente, de existir en todos los Ritos de la Liturgia, comenzando por el rito mismo de la Santa Misa. La encíclica “Mediator Dei” de Pío XII ya había hablado, denunciando las gravísimas consecuencias del abandono de la lengua latina en la Liturgia, pero el Vaticano II, con deliberado propósito, ignoró, sabiendo bien a donde se debía arribar.

Esto es lo que anota Pío XII en su “ Mediator Dei”:

«… es estrictamente reprobable el temerario atrevimiento de los que, a propósito, introducen nuevas costumbres litúrgicas.»

«Así, no sin gran dolor, sabemos que sucede no solo en cosas de poca, sino también de gravísima importancia. No falta, en realidad, quien usa la lengua vulgar en la celebración del Sacrificio Eucarístico; que transfieren a otras fechas, fiestas fijadas ya por ponderadas razones…»

«El uso de la lengua latina, como rige en la mayor parte de la Iglesia, es un claro y noble signo de unidad y un eficaz antídoto a toda corruptela de la pura doctrina…»

También en su “Alocución al Congreso Internacional de Liturgia Pastoral” había dicho:

«Por parte de la Iglesia, la liturgia actual exige una preocupación de progreso, pero también de conservación y de defensa… crea las nuevas ceremonias mismas, en el uso de la lengua vulgar, en el canto popular… Sería, no obstante, superfluo recordar, por una vez, que la Iglesia tuvo siempre razones para conservar firmemente, en el rito latino, la obligación incondicionada, para el Sacerdote Celebrante, de usar la lengua latina, como también de exigir, cuando el canto gregoriano acompaña el Santo Sacrificio, que esto se haga en la lengua de la Iglesia…»

Pero el Vaticano II fue de distinto parecer. El problema de la lengua latina fue decidido con el art. 36 de la “Comisión Litúrgica”, mediante cuatro parágrafos, los dos últimos de estos destruyeron lo que el primero había garantido, ¡empeñando la palabra solemne del Concilio! He aquí el contenido íntegro del capítulo 36:

1) “el uso de la lengua latina sea conservado en los ritos…”;

2) “… se puede conceder el uso de la lengua vulgar en algunas oraciones, en algunos cantos, … etc.

3) las formas y las medidas fueron dejadas a la discreción y decisión de las Autoridades eclesiásticas territoriales;

4) pero termina por anular, prácticamente, todo…!

El texto de la primera “Instructio, art. 57: Inter Oecum. Concilii”, declaraba que la Autoridad territorial competente podría introducir el vulgar en todas las partes de la Misa (con exclusión del Canon). Pero, para envilecer también el Canon se pensó otra “Instructio”, la “Tres abhinc annos” con el art. 28, en el cual se lee:

«la Autoridad territorial eclesiástica competente, observando cuanto prescribe el art. 36, par. 3º y 4º de la Constitución Litúrgica, puede establecer que la lengua hablada puede usarse también en el Canon de la Misa…»

Entonces, con el art. 57 de la “Inter Oecum. Conc.”, ¡la Autoridad territorial competente podría pedir al Papa la facultad de “violar” los límites señalados por el art. 36 de la Constitución Litúrgica! Una “violación” que, de facto, se consideraba “¡una correcta ejecución de la ley…!” La “tres abhinc annos”, saltó el vallado alegremente, como se expresara, en efecto, con un lenguaje de cuartel, Mons. Antonelli, el 20 de febrero de 1968:

«Con la lectura del Cánon en lengua italiana, decidida por la Conferencia Episcopal Italiana… el último baluarte de la Misa en latín… viene a derrumbarse.»

Así, mientras la lengua árabe es todavía el vehículo de la islamización que tiene unidos a los musulmanes en su fe y los empuja contra los cristianos de todos los países, al contrario, la supresión de la lengua latina en la Iglesia Católica ¡fue el “crimen perfecto” de Paulo VI con el que rompió la unión de todo el pueblo cristiano en su única verdadera Fe! Los modernistas, así, pudieron bendecir al Vaticano II porhaberobtenido esto, y de manera “¡que era una locura esperar!” (Manzoni)

Con este enésimo acto fraudulento, Paulo VI venía a “canonizar” la instancia herética del Conciliábulo de Pistoia, ¡condenado por Pío VI con la Bula “Auctorem fidei”, y por Pío XII con la “Mediator Dei…!”

El “MODERNISMO”, con Paulo VI, llegó al poder, no obstante que la Tradición y el Derecho Canónico estaban contra la reforma litúrgica. En realidad, la “Constitución Litúrgica” contenía obligaciones y compromisos solemnes:

1) El uso de la lengua latina en los Ritos Latinos permanece la norma, no la excepción (Art. 36, parágrafo 1º);

2) El art. 54, párrafo 2º, quiere que los sacerdotes tengan que “proveer” (“provideatur”) que los fieles sepan cantar y recitar, también en lengua latina, las partes del “Ordinario”.

3) El art. 114 exige, también a los Obispos, conservar el patrimonio de la música sacra tradicional, y mantener floreciente las “scholae cantorum” para la ejecución de la música de la Tradición.

4) El art. 116 obliga “a dar preeminencia” al canto gregoriano.

Entonces, cada ley ejecutiva de la Conferencia Episcopal tuvo que ser interpretada – ¡bajo obligación “sub gravi”! – por cada Autoridad a todos los niveles; una obligación que habían asumido bajo “juramento”, indicada por Paulo VI en fecha 4 de diciembre de 1963, cuando firmó la “Constitución Litúrgica”, anotando: “In Spiritu Sancto approbamus”  “omnia et singula, quae in hac Constituziones edicta sunt”. Entonces, fueron ilegítimas las disposiciones arbitrarias de la Conferencia Episcopal, como la del uso del vulgar en la Misa, simplemente porque tal facultad era negada por el texto del par. 3 del art. 36:

«corresponde a la autoridad eclesiástica territorial competente… decidir acerca de la “admisión” (¡entonces, no acerca de la obligación!) y la “extensión” (sino solo como concesión, no obligación de adoptarla!) de la lengua vulgar.»

Para hacer más manifiesto el abuso de poder por parte del Episcopado del Vaticano II, estaría el Canon 9 de la Sesión XXIIª del Concilio de Trento que dice:

«Si quis dixerit lingua tantum vulgari celebrari debet… anathema sit!».

Ahora, esta “excomunión” no fue nunca abrogada, ni lo podrá ser, por cuanto el uso de la lengua latina, por parte del sacerdote celebrante, es obligatorio para evitar un peligro seguro de corrupción de la doctrina sobre el misterio del Sacrificio Eucarístico1.

Es cierto, ahora, que el texto del Ofertorio de las tres Preces Eucarísticas de los Canones, agregadas al Canon Romano Antiguo, está infectado de fórmulas que se pueden llamar “heréticas”.

Por ejemplo: la fórmula, en lengua italiana, de la Consagración de la especie del vino en el Cáliz – donde la traducción está a doble título se lee: “Qui pro vobis, et pro multis, effundetur” (tiempo futuro simple, forma pasiva = a: “será derramada”) la CEI, en su lugar, hizo traducir: “Y la Sangre… derramada (participio pasado) por vosotros y por todos”.

Ahora, esta traducción de la CEI del “pro multis effundetur” en “derramada… por todos”, es una ofensa a la inteligencia de los sacerdotes – ¡que deberían saber también el “latín!” – pero, sobretodo, es una ofensa a Cristo que, “pridie quam pateretur” (es decir, cuando instituyó el Sacrificio de la Misa no podría decir: “¡Tomad y bebed”, por lo que el participio pasado no tendría razón de ser!).

¿Quid dicendum, entonces)… ¿Cómo no plantearse el gravísimo problema de conciencia que generó?

El Papa Inocencio XI, condenando 65 proposiciones contenidas como otros tantos “errores” de moral laxa, estableció también el principio – vinculante en conciencia “sub gravi!” – que no es lícito seguir una opinión solamente probable, sino que es necesario seguir la sentencia más segura cuando se trata de la validez de los Sacramentos. Ahora, ¡la Misa contiene el problema dogmático de la Consagración! Como no plantearse la cuestión de la “traducción” del latín al italiano (y a otras lenguas vulgares) cuando el art. 40 de la Instructio “Inter Oecum. Concilii dice claramente:

«La traducciones de los textos litúrgicos ¡se hagan del texto Litúrgico Latino…!»

Nos llena de estupor también el modo en el que fue traducido, y luego impuesto por las Conferencias Episcopales el recitar en vulgar, durante la Consagración de las sacras especies, también el texto de la fórmula consagratoria, que, en lugar de “… Corpus meum, quod pro vobis tradetur” (= a: per voi traicionado, o entregado), fue traducido: “mi Cuerpo, por vosotros ofrecido” (participio pasado, que indica solo un recuerdo, un “memorial”, pero que es desmentido por el “pridie quam pateretur”, por lo cual el participio pasado no tendría sentido!)

Peor entonces en la fórmula de consagración del Cáliz:

En lugar de: “Sanguinis mei… qui pro vobis et pro multis effundetur, fue traducida: “Este es el Cáliz de mi Sangre”… luego, se repite de nuevo la palabra: Sangre, pero no está en el texto latino correspondiente. “Es la Sangre… derramada” (participio pasado, en lugar del tiempo futuro: será derramada: “effundetur”), “por vosotros y por todos” en lugar de “por vosotros y por muchos” (del correspondiente texto latino, ¡reconfirmado también por la Constitución Apostólica de Paulo VI!)

También aquí, entonces, podemos hacer uso del derecho que confiere el mismo Vaticano II, en el cap. 2 de la “Declaratio de libertate religiosa”, según la cual:

«… en materia religiosa, nadie sea forzado a actuar contra su conciencia, ni sea impedido, dentro de los límites debidos, de actuar en conformidad con esa conciencia… privada o públicamente, en forma individual o asociada…»

Por lo tanto, quien es fiel a la Tradición, “in rebus maximi momento”, según la ley litúrgica preconciliar, está ciertamente dentro de los “debidos límites”, más y mejor que quien está, al contrario, ¡dentro de la otra línea postconciliar!

***

El análisis de esta triste situación litúrgica nos lleva a considerar también el contraste inconciliable entre la “Mediator Dei” y la “Constitución Litúrgica del Vaticano II”.

Pero téngase en cuenta: cuando se afirma que la celebración de la Liturgia debe ser comunitaria, se insinúa que el desarrollo de la Liturgia, en lugar de ser atribución exclusiva del ministro del orden jerárquico, (como se lee en el Can. 109 y Can. 968, par. 1 A, Codex Iuris Canonici, a saber que solo el hombre – ¡y no la mujer! – ¡puede ser constituido mediante la sagrada ordenación!), se vuelve, en su lugar, responsabilidad de toda la comunidad de los fieles: hombres y mujeres, o sea de todo “el pueblo de Dios!”

Esto, lamentablemente, se lee en el art. 14 de la “Instructio Generalis Misalis Romani”, Novi Ordinis, donde se afirma expresamente que:

«La celebración de la Misa, por su naturaleza tiene índole comunitaria… en cuanto, mediante los diálogos entre el celebrante y la asamblea, y con las aclamaciones, que no son solamente signos externos de la celebración común… (o “concelebración” ?!), se ve favorecida y se lleva a cabo una comunión entre el sacerdote y el pueblo…», el texto latino de ese art. 14 hace incapié, más claramente, en este concepto comunitario (“¡herético!”).

«Cum Missae celebratio, natura sua, indolem “communitariam” habeat, dialogis inter celebrantem et coetum fidelium, nec non acclamationibus, magna vis inhaeret: etenim non sunt tantum signa externa celebrationis communis, sed communionem inter sacerdotes et populum fovent et efficiunt.» (!!)

No se diga aquí, que esta doctrina no es del Vaticano II, o sea de la “Constitución Litúrgica Conciliar”, porque la “Institutio Generalis” es el órgano ejecutivo de los textos conciliares, y, entonces, esta “Institutio Generalis” ha confirmado ¡y agravado la “mens” del Vértice Apostólico! Además, se debe también presumir que en tal sentido heterodoxo se entiende también el art. 27 de la Constitución Litúrgica que dice:

«Quoties ritus, iuxta propriam cuiusque naturam, secumferunt celebrationem communem cum frequentia et actuosa participatione fidelium… inculcetur hanc, in quantum fieri potest, praeferendam esse eorundem – (rituum) – celebrationi singulari, et quasi privatae…».

Como se ve, es una forma sibilina, ambígüa, precisamente como la quería el masón Mons. Bugnini en su escrito del 23 de marzo de 1968, en el cual había dicho, precisamente:

«El mismo modo de explicarse, a veces fluido y casi incierto, en ciertos casos, (…) fue elegido voluntariamente por la Comisión Conciliar, que retocó el texto de la Constitución para dejar, en la fase de aplicación, las más amplias posibilidades…»

Ahora, la expresión de “celebración comunitaria” es del todo desconocida en la encíclica “Mediator Dei” de Pío XII, ¡como es del todo desconocida en todos los textos preconciliares hasta el Vaticano II! Si, se habla de “Misa dialogada”, pero esto no significa en absoluto “Misa comunitaria”, ni menos “¡Celebración comunitaria!” Ser admitidos al “diálogo” con los ministros del rito, no significa que los fieles tengan “derecho”, ni que sin ellos sea inconcebible, porque, en la Misa, el protagonista es solo el Cristo, por intermedio del sacerdote que lo representa “in persona Christi”, ¡por divina institución de Cristo mismo!

Y aquí, vemos el significado de aquel desafortunado texto del art. 27 de la Constitución Litúrgica, según la norma del Can. 18 del Código de Derecho Canónico, que prescribe el criterio de interpretación de las leyes eclesiásticas, que es la “propria verborum significatio in textu et in contextu considerata”.

Por lo tanto, de usted vueltas y contravueltas, y el significado de aquella “celebrationem comunem”, usada por el art. 27, ¡no es otro que “concelebración”! Lo que es la afirmación de un principio herético, contrario a la doctrina contenida en la Sesión XXIIIª del Tridentino, en el capítulo IV, sobre Jerarquía eclesiástica y la sacra ordenación, que atribuye solo al clero el ejercicio de los divinos ministerios y, entonces, también de la celebración de los ritos litúrgicos.

En su lugar, en el tejido del art. 27, del Vaticano II hay un inciso diría que “capcioso”, según el cual los elementos que “scunferunt” (= comportan) una “celebración común” serían dos: 1º  la “frequentia fidelium”, o sea una reunión numerosa; 2º  la “actuosa participatio fidelium”, o sea una “participación activa de los fieles”.

Ahora, estos dos elementos, que pueden determinar (“¡de hecho” si no “de derecho”!) una “concelebración” de los fieles con el sacerdote, constituye ciertamente ¡una aberración paradojal del mismo Vaticano II contra la doctrina dogmática de la Tradición! Sobre este punto, en efecto, ¡tenemos una categórica condena del Magisterio solemne de Pío XII con la “Mediator Dei”!

Es cierto, también antes del Vaticano II, el pueblo “dialogaba” y cantaba” con el celebrante, ya fuera durante la Misa como durante las Vísperas Dominicales, en las partes que era permitido también al pueblo. Pero nunca se afirmó que esto fuera una “celebración comunitaria”, o “celebrazionem communem”.

El sacerdote celebraba “coram populo”, si, pero no “in comune” con el pueblo. Es triste, por lo tanto, que un Vaticano II haya caído en un “sofisma” tan grueso, en posición del todo contraria a la “Mediator Dei”, en la cual se lee:

«La Misa dialogada (en el texto latino: “id genus sacrum, alternis vocis celebrantun”) no puede sustituirse a la Misa solemne, aunque sea celebrada en presencia del solo ministro.»

Y la “condena” es aún más clara y circunstanciada en un “paso” precedente:

«Algunos, acercándose a los errores ya condenados… enseñan que… el Sacrificio Eucarístico es una verdadera y precisa “concelebración”… y que “es mejor” que el sacerdote “concelebre” junto con el pueblo presente, más bien que, en ausencia de este, ofrezca privadamente el sacrificio…»

Entonces, el art. 27 de la “Constitución Litúrgica Conciliar” repite los conceptos ya condenados solemnemente por la “Mediator Dei”; no solo, sino a sabiendas de afirmar un principio condenado por la Tradición, si se expresa, de manera conciente, también con estas otras expresiones:

«… inculcetur hanc (celebrationem comunem)… esse praeferendam celebrationi singulari, et quasi privatae…! quod valet praesertim proMissae celebratione… salva semper natura publica et sociali… cuiusvis Missae…»

Por esta enormidad, introducida fraudulentamente en la reforma litúrgica, estará bien que nos extendamos, aquí, en la parte de la “Mediator Dei” que trata expresamente este argumento, de naturaleza dogmática, para poner de relieve más precisamente ¡los “errores modernistas propios del Vaticano II!

He aquí el texto sobre la “participación de los fieles en el Sacrificio Eucarístico”:

«Es necesario, Venerables Hermanos, explicar claramente a vuestra grey como el hecho que los fieles tomen parte en el Sacrificio Eucarístico no significa, no obstante, que ellos gocen de poderes sacerdotales. Hay, en realidad, en nuestros días, algunos que, acercándose a los errores ya condenados, enseñan que en el Nuevo Testamento, se conoce solamente un sacerdocio, que compete a todos los bautizados, y que el precepto dado por Jesús a los Apóstoles en la Ultima Cena de hacer lo que El había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de los cristianos, y solo a continuación al sacerdocio jerárquico. Sostengamos, por lo tanto, que el pueblo goza de una verdadera potestad sacerdotal, mientras el sacerdote actúa exclusivamente por delegación de la comunidad. Ellos creen, en consecuencia, que el Sacrificio Eucarístico es una verdadera y propia “concelebración”, y que es mejor que los sacerdotes “concelebren” junto con el pueblo presente, más bien que, en ausencia de este, ofrezcan privadamente el Sacrificio…»

«Es inútil explicar cuanto estos capciosos errores están en contraste con la verdad demostrada más arriba, cuando hemos hablado del lugar que compete al sacerdote en el Cuerpo Místico de Jesús. Recordemos solamente que el sacerdote hace las veces de pueblo porque representa la persona de N. S. Jesucristo, en cuanto El es Cabeza de todos los miembros, y se ofrece a Si mismo por ellos. Por lo tanto, va al altar como ministro de Cristo, a El inferior, pero superior al pueblo. El pueblo, en cambio, no representando por ningún motivo la persona del Divino Redentor, ni siendo mediador entre si y Dios, no puede de ninguna manera gozar de poderes sacerdotales…»

Y más adelante:

«Cuando se dice que el pueblo ofrece junto con el sacerdote, no se afirma que los miembros de la Iglesia… no de otro modo que el sacerdote mismo, cumplen el rito litúrgico visible – el que pertenece al solo ministro de Dios a quien le es delegado – pero que une sus votos de alabanza, de impetración, de expiación, y su agradecimiento a las intenciones del sacerdote, del mismo Sumo Sacerdote, a fin de que sean presentados a Dios Padre, en la misma oblación de la víctima, también con el rito externo del sacerdote.»

Obsérvese, ahora, cuanto está en contraste esta doctrina de la Iglesia anterior al Vaticano II con el 1º artículo de la “Institutio generalis Missalis Romani”, que afirma ese principio:

«Celebratio Missae, ut actio Christi et Populi Dei hierarchice ordinati… centrum est totius vitae christianae…»

A parte del hecho que la doctrina tradicional es confirmada por el Cánon 109 del Derecho Canónico, con las palabras.

«Qui in ecclesiasticam hierarchiam cooptantur, non ex populi, vel potestatis saecularis consensu, aut vocatione adleguntur; sed in gradibus potestatis ordinis constituuntur sacra ordinatione.., etc.»,uno se asombra al encontrarse frente a una definición así arbitraria y temeraria, condenada por Pío XII en la “Mediator Dei”, ¡como si fuera una acción promiscua de Cristo y de todo el “pueblo de Dios”, ordenado jerárquicamente…! Es una verdadera aberración, la que nos lleva a otra más grave, como la del art. 7 de la “Institutio Generalis”, y la del art.14. Léese el art. 7:

«Coena dominica, sive Missa, est sacra synaxis, seu congregatio populi Dei, in unum convenientis…»

Es una auténtica definición herética que nos trae a la mente las palabras de San Ambrosio respecto al delito de Herodes:

«Quanta, in uno facìnore… sunt crimina! (del Oficio: 29 de agosto, decapitación de San Juan Bautista!)

El art. 14, luego, más descaradamente entonces, pretende enseñar que:

«Missae celebratio… natura sua (?!) indolem habet communitariam» (!!)

Y para que no se me tache de juicio temerario, pongamos en comparación la “Institutio Generalis” con la doctrina del Magisterio infalible del Tridentino y de Pío XII.

En el art. 7º, la disposición lógica de los términos:

«Coena Dominica, sive “Missa” est sacra Sinaxis, seu Congregatio Populi Dei»; es claro que los “conceptos”, como en la filosofía escolástica, “convertuntur”: «Coena est Missa: Missa est Coena: Missa est Congregatio Populi: Congregatio Populi Dei est Missa…»

¡La enormidad de estas “identificaciones” es más que evidente! El término “cena”, puesto en primer plano, es precisamente el concepto herético condenado por el Canon 1º de la XXIIª Sesión del Tridentino:

«Si quis dixerit… quod offerri non sit aliud, quam nobis Christum ad manducandum dari… anathema sit!»

El concepto “cena”, en realidad, no contiene el concepto de “sacrificio” de la víctima; más bien lo excluye, porque el “Sacrificio latréutico” destruye totalmente la víctima, sin que pueda gustar la carne el mismo oferente. Por lo tanto, el término “cena” indica solo y nada más que “cena”, y no “sacrificium verum et propropium!”

La definición, entonces, de “MisaCenaReunión del pueblo de Dios”, es otra negación de la definición dogmática contenida en el Catecismo doctrinal de San Pío X:

«La Misa es el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, que, bajo las apariencias de pan y de vino, se ofrece a Dios, en memoria y renovación (= representación) del Sacrificio de la Cruz…»

Ahora, “el elemento central del Sacrificio Eucarístico es aquel en el cual Cristo interviene como ‘seipsum offerens’”, como lo afirma claramente el Concilio de Trento2.

2 Cfr. Tridentino, Ses. XIIª, Cap. 2.

Y “esto sucede con la consagración” (¡no, entonces, con la “comunión”cena!), en la cual, en el acto mismo de la “transubstanciación”, operada por el Señor ( Cfr. Tridentino, Ses. XIIIª, Cap. 4 y 3), el Sacerdote celebrante es “personam Christi gerens”. Y esto también cuando la consagración se realiza sin fasto, en la simplicidad. Porque “esta (la consagración) sigue siendo el punto central de toda la Liturgia del Sacrificio”; el punto central de la “actio Christi, cuius personam gerit sacerdos celebrans”. Y esto es exactamente lo opuesto de lo enseñado en el art. 1º de la “Institutio Generalis”, donde se lee que “celebratio Missae”, ut actio Christi et “Populi Dei …!”

Nos encontramos ante – ¡digan lo que digan! – un increíble derrumbe de los dogmas de la Fe, al cual nos ha arrojado la Reforma Litúrgica del Vaticano II, gestada por el masón Mons. Annibale Bugnini!

Cito, por lo tanto, la interpretación oficial de la Constitución Litúrgica, hecha por el Card. Lercaro en la cuarta Instrucción: la “Eucarísticum Mysterium”, en su artículo 17º:

«… en las celebraciones litúrgicas deben ser evitadas la división y la dispersión de la comunidad. Por eso, se debe cuidar que en la misma iglesia no se lleven a cabo al mismo tiempo dos celebraciones litúrgicas, que atraigan la atención del pueblo a cosas distintas. Esto sea dicho, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía…» «Por lo tanto, cuando se celebra la santa Misa para el pueblo, se debe tener cuidado de impedir la “dispersión”, que deriva, generalmente, en la celebración contemporánea de más Misas en la misma iglesia. El mismo cuidado se ponga, por cuanto es posible, también en los otros días…!»

Son palabras de auténticos desvaríos conciliares…! Pío XII, siempre en la “Mediator Dei”, lo tenía que decir:

«… se debe observar que están fuera de la verdad y del camino de la recta razón aquellos que, llevados de falsas opiniones, atribuyen a todas estas circunstancias tal valor, para no dudar de afirmar que, omitiéndolas, la acción sacra no puede alcanzar el objetivo prefijado.

«¡No pocos fieles, en realidad, son incapaces de usar el “Misal Romano”, aunque esté en lengua vulgar, ni todos son idóneos para comprender rectamente, como conviene, los ritos y las ceremonias litúrgicas!

«La inteligencia, el carácter y la índole de los hombres son cosas varias y disímiles, y no todos pueden igualmente ser impresionados y guiados por la oración, los cantos, o las acciones sacras realizadas en común. Las necesidades, además, y las disposiciones de ánimo no son iguales en todos, ¡ni se mantienen iguales en cada uno!

«¿Quien podrá decir, por lo tanto, empujado por tales preconceptos, que tantos cristianos no pueden participar del Sacrificio Eucarístico y aprovechar de sus beneficios? Estos pueden ciertamente hacerlo de otra manera que algunos encuentran más fácil, como, por ejemplo, meditando píamente los misterios de Cristo, o cumpliendo ejercicios de piedad, y haciendo otras oraciones que, por diferentes en la forma de los ritos sacros, a ellos, sin embargo, corresponden a su naturaleza!»

¡Que gran sapiencia “pastoral”, psicológica, penetrando la más íntimas fibras del ánimo humano en estas palabras de Pío XII!

Desdichadamente, en cambio, otro fruto del Modernismo también está actuando en la “mutilación de la Misa”, cuyo creador fue el masón Mons. Annibale Bugnini que logró arrebatar el consenso a Paulo VI.

Y así, actualmente, tenemos una Misa bugninianamasónica con el “Dio dell’Universo”, con el “panis vitae”, con el “potus spiritualis”… En la “traducción alemana” , siempre del texto latino, la palabra “hostia” (=víctima, sacrificio cruento) es traducida siempre como “dono” (gabe = don), mientras la traducción italiana, a veces, conserva la palabra “sacrificio”.

Aún: mientras en la traducción italiana del nuevo miniOfertorio (¡llamado también “preparación de los dones!”) se conserva la oración “Orate, fratres”, en la cual, además del concepto de “sacrificio”, hay también una traza de diferencia entre sacerdote y pueblo (“¡el mío y vuestro sacrificio!”), en la traducción alemana, en cambio, se hace decir al sacerdote: “¡Oremos para que Dios omnipotente acepte los “dones” de la Iglesia como alabanza y por la salud del mundo entero…!” y luego, más abajo, se lee: “que es otra invitación ideal a la oración”; lo que significa: ¡plena libertad para invenciones fantásticas!

Pero también el mismo “Misal nuevo” ¡es un gran escándalo! Debería leerse, aquí, el “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” de los Cardenales Bacci y Ottaviani, en colaboración con grandes “expertos”, publicado en 1969, ¡que contiene un grave juicio por parte del entonces Prefecto del Santo Oficio…! Comencemos por la definición de Misa (parágrafo 7: “De structura missae”, en la “Istitutio Generalis” o preámbulo del Misal:

«La Cena del Señor”, o Misa, es la sagrada asamblea del pueblo de Dios que se reúne bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor. Para esta asamblea local de la Santa Iglesia vale en modo eminente la promesa de Cristo: “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ¡allí estoy yo en medio de ellos…!»

Y he aquí el comentario del Card. Ottaviani:

«la definición de la Misa se circunscribe a la sola noción de “cena”, y ello se repite siempre y a cada paso. Tal cena, además, está constituida por la reunión de los fieles bajo la presidencia del sacerdote, y consiste en la renovación del “memorial del Señor”, recordando lo que El hizo el Jueves Santo. Todo esto no implica, en una palabra, ni la “presencia real”, ni la “realidad del Sacrificio”, ni la sacramentalidad del sacerdote consagrante, ni el valor intrínseco del sacrificio eucarístico, independientemente de la presencia de la asamblea; no implica, en una palabra, ninguno de los valores dogmáticos esenciales de la Misa que constituyen, por lo tanto, la verdadera definición. Aqui, concluye el Cardenal – la omisión voluntaria equivale a la “superación” de aquellos valores y, por lo tanto, al menos, en la práctica, ¡a su negación!»

Hay suficiente para decir que ¡esa definición de “Misa” fue “herética!” Y el Papa Paulo VI, leyendo aquel escrito de los dos cardenales, tuvo miedo e hizo cambiar ese “parágrafo 7”, corrigiéndolo4; pero lo hizo en parte, sin embargo, ¡porque el “texto de la Misa” ha quedado tal cual!

4 El texto producido es como sigue: «En la Misa, o cena domínica, el pueblo de Dios, está reunido para celebrar, bajo la presidencia del sacerdote, que actúa “in persona Christi”, el memorial o sacrificio eucarístico. Para esta asamblea local vale, en modo eminente, la promesa de Cristo: “Donde dos o tres personas estén reunidas en mi nombre, Yo estaré en medio de ellas”.»

¡No fue cambiada una palabra!

Con esa “astuta” modificación, los “errores” de aquel párrafo parecieron modificados. ¡Pero no! La “Misa” permanece “cena”, como antes; el “sacrificio” es solo un “memorial”, como antes; la “Presencia de Cristo” en las dos especies es cualitativamente igual a su presencia en la asamblea, en el sacerdote y en la sacra Escritura. Los laicos (¡y mucho clero!) no han notado la sutil distinción del “sacrificio del altar”, llamado actualmente “perdurable”; pero la “mens” de los compiladores es aquella, explicada por Rahner en su comentario a la “Sacrosantum Concilium”, art. 47:

«El art. 47 contiene – ¡ya estaba en Concilium! – una descripción teológica de la Eucaristía. Dos elementos son especialmente dignos de atención: se habla de dejar “durar” el sacrificio de Cristo, mientras las expresiones “repraesentatio” (Concilio de Trento) y “renovatio” (textos papales más recientes) han sido evitados de propósito. La celebración eucarística está caracterizada con unas palabras, tomadas de la reciente discusión protestante, es decir: “memorial de la muerte y de la resurrección de Jesús.»

Ahora, ¡esto es un alejarse de la renovación incruenta del sacrificio del Calvario…!

En realidad, según esta “nueva definición”, el sacrificio de Cristo habría sucedido una sola vez, para siempre y duraría en su efecto. ¡Es la doctrina de Lutero…!

Si el “sacrificio” es solo un “memorial”, en el que continúa el efecto del único sacrificio, entonces Cristo está presente solo espiritualmente; y eso hace disminuir también la reintroducida expresión “in persona Christi”; y la “presencia real” ¡está solo simbolizada en las dos especies! La prueba de esto se la puede tener también con las declaraciones del teólogo alemán Lângerlin, colaborador de J. A.

Jungmann, y de Johannes Wagner, quien, hablando precisamente de la “nueva versión” del parágrafo (7), dijo:

«A pesar de la nueva versión, concedida en 1970, a los reaccionarios militantes (¡que serían los Cardenales Ottaviani y Bacci… y nosotros!), no obstante no es desastrosa (!!): gracias a la habilidad de los redactores, la nueva teología de la Misa evita también la calle sin salida de las teorías del sacrificio posttridentino, y corresponde para siempre a ciertos documentos interconfesionales de los últimos años.»5

1 Cfr. “Mediator Dei” de Pío XII.

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