[9] Vaticano IIº.Giro 180º: “Unitatis Redintegratio” – Ecumenismo –

V O L V E R   A L   Í N D I C E

«El Vaticano II es un auténtico fraude en contra de la Verdad Revelada.»

(Mons. Prof. Francesco Spadafora)

***

«No quiero tener nada que ver con el Vaticano II.

«Está el demonio en el Vaticano”.»

(Card. Albino Luciani, 1977)

***

«Nosotros no podemos ignorar el Concilio y sus consecuencias.»

(del masón Yves Marsaudon, en “l’Oecumenisme vu par un FrancMasón”)

Lefebvre


image-407DECRETO: “UNITATIS REDINTEGRATIO” – Ecumenismo –

El término “ecumenismo” es una palabra griega (oikumène) que significa “todo el mundo habitado”. Hoy, expresa, si, el deber de todos los cristianos de restaurar su unión en la única Iglesia fundada por Jesucrito en Pedro, pero no significa la conversión de los errantes de la verdad Católica, como la Iglesia siempre lo había querido con la predicación y la oración.

En este ecumenismo del Vaticano II, al contrario, se busca una unión fundada en características comunes a todas las confesiones, para alcanzar la solidaridad y la paz, entendidas como bienes supremos.

En efecto, en la “Unitatis redintegratio” se enseña, sí, que la división de los cristianos es, para el mundo, motivo de escándalo y obstaculiza la predicación del Evangelio a todos los hombres, pero enseña también que el Espíritu Santo no se niega a servirse de las otras religiones como instrumentos de salvación. Es un error, sin embargo, que se repitió en el documento “Catechesi Tradendae” de Juan Pablo II.

Si bien el Decreto había sido corregido por la propia mano del Papa, el Padre Congar se hizo, en su lugar, garante: que los cambios pontificios no cambiaban en nada el texto, y nada habrían cambiado lo que se decidió. De hecho, desde el Concilio todo fue permitido, tanto que el Cardenal Willebrands osó decir que el Concilio, ahora ¡encontrará los puntos de vista más profundos de Lutero!

En efecto, el Concilio Vaticano II proclama “una verdadera unión en el Espíritu” con las sectas heréticas (cfr. “Lumen gentium”, 14) y “una cierta comunión, aún imperfecta, con ellas” (“Unitatis redintegratio”, 3).

Esta unidad ecuménica, sin embargo, contradice la encíclica “Satis Cognitum” de León XIII, la que enseña que Jesús no ha fundado una Iglesia que abarca varias comunidades que se parecen genericamente, sino que son distintas y no ligadas por un vínculo que forme una “Iglesia única”. Igualmente, esta unidad ecuménica es contraria a la encíclica “Humani Generis” de Pío XII, que condena la idea de reducir a cualquier fórmula la necesidad de pertenecer a la Iglesia Católica.

Ahora, quien ha seguido aquel proceso que parece haber actuado al pie de la letra la profecia paulina (II Tes. 2,3 y ss.) pudo haber notado que en el “nuevo Magisterio” los documentos vaticanosegundistas más innovadores (sobre todo la “Nostra aetate”, la “Dignitatis humanae” y la “Gaudium et Spes”) han suplantado prácticamente los precedentes Concilios y la misma Sagrada Escritura, especialmente los Evangelios cada vez menos mencionados.

Teniendo en cuenta esto, es bueno que recordemos también que la doctrina católica de la “justificación” fue repudiada por la “Declaración Conjunta” el 31 de octubre de 1999, en Augusta (Alemania).

La causa más grave y profunda del estado desastroso de la Iglesia Católica, es, sin duda, el espíritu ecuménico en todos los ganglios vitales de la vida eclesial. Lo estamos viendo en nuestro escrito sobre el tema teológico.

Ahora, aquí, vemos cuanto avanzó en forma continua la Revolución protestante en la Iglesia, después de la nueva doctrina social, la nueva Misa, el nuevo Derecho Canónico, la nueva doctrina mariana… la nueva doctrina sobre la “justificación por la Fe”, que fue elaborada junto al Papa Juan Pablo II (cfr. “Osservatore Romano del 9/12/1999.

Esta doctrina de la “justificación por la Fe” es un tema entre los más importantes también en los textos paulinos. La doctrina en ellos contenida ofrece una enseñanza teológica y espiritual, marcada por el carisma de la perennidad tanto en la Carta a los Romanos (3, 2126), cuanto en la de los Gálatas.

El texto a los Romanos es fundamental para la noción paulina de la “justicia de Dios”, y para la correlación de la “justificación” del pecador. Leámosla:

«nunca hasta el presente, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, y a ella dan testimonio la ley y los profetas; la justicia de Dios, digo, por medio de la Fe en Jesucristo, para todos aquellos que creen – porque no hay distinción: todos han pecado y están privados de la Gracia de Dios – y son justificados gratuitamente por su gracia en virtud de la redención llevada a cabo en Cristo Jesús, que Dios destinó instrumento de propiciación con su misma sangre, mediante la Fe; quería mostrar su justicia al tiempo presente de modo que sea justo y justificado quien se funda en la Fe de Jesús.»

El texto paulino anuncia la instauración, mediante el sacrificio propiciatorio de Cristo, de una economía divina marcada por la “justicia salvífica de Dios”, como categoría específica de la teología de la “historia de la salvación”, en la cual el creyente en Cristo recibe el Fruto redentivo: la justificación, o sea una gracia divina que confiere a quien la recibe, la calidad de “justo”.

¿Que es, entonces, la doctrina de la justificación?

Lutero funda su doctrina en la Carta paulina a los Romanos.

Hans Küng escribe: «Sin exageración, se puede decir que la doctrina de la justificación está en la raíz de aquella inmensa confrontación teológica acerca de la verdadera forma del cristianismo; confrontación que dura hasta nuestros días; esa es la raíz de la más grande catástrofe que se ha abatido sobre la Iglesia Católica a lo largo de su historia bimilenaria”.1

Esta doctrina fue definida: “justicia imputada”, sintetizada en la fórmula: “simul iustus et peccator”; es la médula del luteranismo.

Luego, el cristiano no es intrínsecamente justo, pero es un ser a la vez justo y pecador.

Lutero se sirve de expresiones que tiene San Pablo, como el término del Salmo 32, donde se habla de pecados “cubiertos” (Rom. 4,7), del término de “imputación”, inferido de la Vulgata, “logizein”, a veces como “reputar”, otras veces como “imputar”.

Pero el principal argumento escriturístico, Lutero lo toma del c. 7 de la mismísima Carta, donde se lee:

«No pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco… En realidad, no soy yo quien obra esto, sino el pecado que mora en mi… Porque el querer el bien está en mi, pero el hacerlo no. En efecto, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero…» (7, 1519)

Esta concepción “latitudinarista” y ecuménica de la Iglesia ha surgido del Vaticano II: en “Unitatis Redintegratio”, en “Lumen Gentium”, en el “nuevo Derecho Canónico (C. 201, 1), en la Carta de Juan Pablo II “Catechesi tradendae”, en la Alocución dirigida a la iglesia anglicana de Canterbury, en el Directorio ecuménico “ad totam Ecclesiam” del Secretariado para la Unidad de los Cristianos, etc.

Pero es una concepción heterodoxa, que, desafortunadamente, fue convalidada con la autorización dada para construir salas destinadas al “pluralismo religioso”, para publicar “Biblias ecuménicas” no más conformes a la exigencia católica, y por ceremonias ecuménicas (como la de Canterbury).

También en la “Catechesi tradendae” se repite el mismo “error”.

En la Alocución que Juan Pablo II dirigió en la catedral de Canterbury, el 25 de mayo de 1982, afirmó que

«la promesa del Cristo inspira confianza en que el Espíritu Santo va a curar las divisiones introducidas en la Iglesia desde los primeros tiempos posteriores a Pentecostés.»

Son afirmaciones, ciertamente, contrarias a la Fe tradicional; son afirmaciones que parecen decir que la Unidad del “Credo”, en la Iglesia Católica, ¡ni siquiera existe…! De todo esto se debería concluir que el Protestantismo no es sino una “forma particular” de la misma religión cristiana!

Entonces, el Vaticano II, proclamando «¡una verdadera unión en el Espíritu Santo»2 con todas las sectas heréticas! y «una cierta comunión, todavía imperfecta, con ellas»3, en la práctica se puso en contra de la doctrina tradicional, enseñada por el Magisterio perenne de la Iglesia. En efecto, esta “unidad ecuménica” querida por el Vaticano II, contradice, por ejemplo, la encíclica “Satis cognitum” de León XIII, que enseña:

«Jesús no ha fundado una Iglesia que abrace más comunidades que se asemejen genéricamente, pero distintas y no ligadas por un vínculo que forme una Iglesia particular y única.»

Y aún esta “unidad ecuménica” es contraria a la encíclica “Humani Generis” de Pío XII que condena la idea de reducir a una fórmula cualquiera la necesidad de pertenecer a la Iglesia Católica.

Y es también contraria a la encíclica “Mystici Corporis” del mismo Papa, la cual condena la concepción de una “Iglesia pneumatica”, que constituye el enlace invisible entre las comunidades separadas en la Fe.

Y otra vez: esta “unidad ecuménica” es también contraria a las enseñanzas de Pío XI en su encíclica “Mortalium animos”, donde dice:

«Sobre este punto es oportuno exponer y rechazar una cierta opinión falsa que está en la raíz de este problema y de aquel complejo movimiento con el cual los “no católicos” se esfuerzan por realizar una unión entre las iglesias cristianas. Los que adhieren a tal opinión, citan constantemente las palabras de Cristo: “Para que todos sean uno… y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn. 17,21 y 10,16), y pretenden que con tales palabras el Cristo expresó un deseo y un ruego que nunca se realizó. Ellos pretenden, en realidad, que la unidad de Fe y de Gobierno, que es una de las “notas” de la verdadera Iglesia de Cristo, prácticamente hasta hoy jamás ha existido y hasta hoy no existe.»

Como se ve, estamos frente a “dos Magisterios”, en antítesis entre si. Quid dicendem…?

Continuamos en el razonamiento: este ecumenismo del Vaticano II, al mismo tiempo condenado porla Moral y por el Derecho Canónico anterior, hoy, en su lugar, ¡ha permitido que se reciban los Sacramentos de la Penitencia, de la Eucaristía y de la Extremaunción por “ministros no católicos” (Can. 844 del “Nuevo Código de Derecho Canónico”) y ha favorecido “la hospitalidad ecuménica” autorizando a los ministros católicos a dar el Sacramento de la Eucaristía a “no católicos”!

También esto es claramente contrario a la Revelación divina, la que prescribe la “separación”, y también rechaza la mezcla «entre la luz y las tinieblas, entre los fieles y los infieles, entre el templo de Dios y el de las sectas.» (II Cor. 5, 1418)

Entonces, este Concilio pancristiano del nuevo milenio, estaría en contraste evidente con la doctrina católica de los dos milenios precedentes, divididos en dos vertientes opuestas al Cristianismo.

Ahora, leyendo el documento “Charta Oecumenica” del 22 de abril de 2001, es como leer una declaración cualquiera de un grupo político, es una serie de buenos propósitos, elaborados en este último siglo y medio, en una suerte de “tradicionalismo” de ideas retrógradas, a pesar de ser un documento oficial de la Iglesia para entrar en confrontación con las enseñanzas de la Iglesia precedente, en términos de doctrina y de moral.

En la introducción, se afirma que

«todas las Iglesias» se comprometen «con el Evangelio por la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios, a contribuir juntas como iglesia a la reconciliación de los pueblos y de las culturas.»

Se trataría de un compromiso de “todas la Iglesias”, o sea de aquellas estructuras que, en el último medio milenio, se han difundido en toda Europa, demoliendo, a partir del 1300, la Cristiandad, y la religión de Dios. La cultura moderna, entonces, es la suma de toda esta destrucción. Sin un retorno a Dios, por lo tanto, no puede resurgir una dignidad humana.

Al inicio del documento, se recuerda el pasaje de San Juan, en el que el Señor ruega al Padre para que todos los discípulos sean una sola cosa, «como Tu, Padre, estás en Mi y yo en Ti.» La declaración evangélica fue puesta a la firma de todas las Iglesias presentes, casi como si todos los firmantes fueran todos discípulos de Cristo. Nótese, sin embargo, la contradicción de “anunciar juntos” el mensaje evangélico, sabiendo que entre ellos no existe ninguna concordancia en el aprenderlo y confesarlo, por lo que sus fes no valen. Lo dice el mismo documento:

«Diferencias esenciales en el plano de la fe impiden todavía la unidad visible. Subsisten concepciones diferentes sobre todo a propósito de la Iglesia y de su unidad, de los sacramentos y de los ministerios.»

En el segundo punto, se precisa que

«la tarea más importante de las Iglesias en Europa es la de anunciarjuntos el Evangelio a través de la palabra y la acción, para la salvación de todos los seres humanos.»

Pero, ¿cómo se puede anunciar “el Evangelio juntos”, quizás a gente que no cree, o que de eso no se hizo una idea propia, solo humana, sobre sus propias convicciones filosóficias y sociológicas?

En el tercer punto, se dice que es necesario «reelaborar juntos la historia de las Iglesias cristianas.»

Entonces, es necesario “reelaborar” para poder justificar todo, sin ningún respeto de la verdad histórica, en favor de una funcionalidad histórica, porque la “credibilidad del testimonio cristiano” ha sufrido mutaciones por las “divisiones”, por las “enemistades”, por los “enfrentamientos armados”.

Y continúa diciendo que

«… los dones espirituales de las diversas tradiciones cristianas, aprender los unos de los otros para acoger los dones de los unos y de los otros.»

El fin, por lo tanto, es el ecumenismo que necesita alcanzar a toda costa, también la verdad. Y para realizar esto, las “Iglesias” deben aprender a,  «superar la autosuficiencia y apartar los prejuicios», y además a «promover la apertura ecuménica y la colaboración en el campo de la educación cristiana, en la formación teológica inicial y permanente, como también en el ámbito de la investigación.»

Entonces, la Iglesia postconciliar debe demoler el Magisterio católico, porque las “herejías” son un vulgar prejuicio. La colaboración, por lo tanto en el campo de la educación cristiana y de la formación teológica, debe ser cambiada en “búsqueda” de la verdad revelada y enseñada, saliendo de dos mil años de opresión cultural de la Iglesia.

En el cuarto punto de la “Declaración” se habla de, «defender los derechos de las minorías y de ayudar a despejar el campo de equívocos y prejuicios entre las iglesias mayoritarias y minoritarias en nuestros países.»

En el punto quinto se dice que para, «rezar juntos» se necesita antes haber «trabajado juntos.»

Pero ¿como se puede «rezar juntos», dejando «que el Espíritu Santo obre en nosotros y por medio de nosotros», si una verdadera fe no existe antes de rezar con cualquiera, aun un sedicente cristiano? El Espíritu Santo opera solo en aquellos que son verdaderos discípulos de Cristo. Pero este ecumenismo, con el Vaticano II va errado hasta sostener que la gracia de Dios está presente en todas partes.

Todos igualmente, pues, «a aprender a conocer y a apreciar las celebraciones y las otras formas de vida espiritual de las otras iglesias.» O sea: un sacerdote que celebra el Santo Sacrificio de la Misa, estará a la par de un convidado que se reúne con otras personas que se dicen “pastores” o presidentes laicos. ¡Pero para hacer esto no era necesaria la Encarnación del Hijo de Dios, las enseñanzas de los Apóstoles, los miles de Mártires, de Santos y Doctores y dos mil años de vida de la Iglesia!

En el sexto punto, el Documento recuerda que, «existen también contrastes sobre la doctrina, sobre cuestiones éticas y sobre normas de derecho eclesial.» Y concluye: «No hay ninguna alternativa al diálogo.»

¡No hay comentarios! Porque la alternativa existe, y es el Evangelio de Cristo, enseñado por la Iglesia Católica, aunque en la actualidad, después del Vaticano II, el valor supremo es la unidad, la paz del mundo, el bienestar en esta tierra, mientras el peregrinar en “este valle de lágrimas”, el dolor por los pecados, el evitar las ocasiones próximas de pecado, la vigilancia sobre las insidias del mundo, la salvación del alma, son todas cosas que pertenecen al pasado, sobre el cual ahora se ha extendido un velo piadoso.

Un ecumenismo, entonces, concluido en un proyecto cualquiera de sociología o de política.

Pero ¿no son, tal vez, los actuales falsos cristos y falsos profetas los que van predicando sobre la “responsabilidad social”?, como lo declara el punto octavo que refiere:

«¿No consideramos nosotros como una riqueza de la Europa la multiplicidad de las tradiciones regionales, nacionales, culturales y religiosas…?»

Es el mismo Documento el que lo subraya:

«Nuestros esfuerzos comunes están dirigidos a la valoración y a la resolución de los problemas políticos y sociales y a fortalecer las condiciones y la paridad de derechos de las mujeres en todas las esferas de la vida y a promover la justa comunión entre mujeres y hombres en el seño de la Iglesia y de la sociedad.»

Del naturalismo del punto noveno, en el cual el ecologismo se vuelve “salvaguardia de lo creado”, renunciando al pecado original, para tener más cuidado del “Jardín”, como los nuevos Adanes, se pasa, en el punto 10, a la arqueología, para decir:

«Una especial comunión nos liga al pueblo de Israel, con el cual Dios ha celebrado una eterna alianza», o sea a aquel nefasto arqueologismo que justificaría las más estúpidas innovaciones del mundo moderno, borrando lo que nos fue enseñado por milenios que, después de la venida de Jesús, el verdadero pueblo de Israel es el pueblo cristiano, ignorando lo que escribió San Pablo a los Romanos, en paginas enteras de condena a los Hebreos que se niegan a reconocer a Jesús como su Salvador y Señor, y luego, en el versículo 6 del mismo capítulo 9, donde dice:

«no obstante… no todos aquellos que pertenecen a la estirpe de Israel son Israelitas, ni todos los descendientes de Abraham son sus hijos.» (Rom. 9, 68)

Cierto, es necesario deplorar las manifestaciones de antisemitismo y las persecuciones; pero no hay ningún vínculo entre la fe cristiana y el hebraísmo, porque no hay ninguna medida en común entre quien cree en Jesucristo y quien no cree, como se afirma en el Evangelio: «quien cree será salvado, quien no cree será condenado!»

En el punto 11, finalmente, es evidente la hipocresía en el siguiente llamado a las relaciones con el Islam, como ocurrió con el Hebraísmo; pero esto puede significar que se trate de “relaciones religiosas”. Traer la excusa de la fe en el Dios único, significa enseñar a los fieles católicos que, en el fondo, hacerse musulmán no es entonces tan malo. Por eso, ahora, se repite de continuo que cada uno debe ser libre de abrazar la fe que quiera. Pero esto de que cada uno es libre de abrazar la fe que quiera, ¿no es querer la demolición de la Iglesia?

Los efectos de esta mentalidad no pueden ser sino los de un “relativismo religioso” que considera las varias confesiones religiosas como “vías” legítimas de búsqueda de Dios. Todo hombre, luego, es libre de seguir una presunta vía salvífica que le parezca más afin con sus aspiraciones religiosas. Pero esta es la gnosis masónica, expresada en la “New Age, que quiere ¡la desvalorización de la Redención de Cristo!

Esta gnosis es la amenaza final de todo acto misionero y apologético; ¡esta es la disolución de la misma Iglesia!

Que el Señor, por intercesión de la siempre virgen María, Madre de Dios, preserve su Iglesia y a sus fieles de los “erro res” que cometen los hombres de la Iglesia verdadera, que es la Católica!

***

Pero volvamos al problema de la “justificación”, porque este tema de la Justificación mediante la fe es un tema entre los más importantes tratados en la vasta obra paulina. La importancia y la actualidad del tema se puede agrupar

así:

1) San Pablo ve la esencial diferencia que hay entre el Evangelio de Cristo y el judaísmo mosaico y rabínico, la diferencia de la justificación mediante la Fe con exclusión de las obras de la ley.

2) La justificación de la catequesis paulina sobre la justificación mediante la Fe, está contenida en el Evangelio como el anuncio feliz de una salvación de Dios, reservada a los que creen (Rom. 1,16 ss).

3) El tema de la “justificación mediante la Fe” está construido sobre las bases paulinas de la “justicia de Dios”, de la “gracia”, de la gratuidad de la redención…

4) La “justiciación mediante la Fe” es uno de los temas mayores de la “Carta a los Romanos”.

5) Es un tema que se refiere directamente a la disposición con la cual el hombre es llamado a acoger la gracia que Cristo le propone con su Evangelio.

6) La “justificación por la Fe, no mediante obras” es una doctrina teológica muy duramente discutida desde la época de la Reforma protestante y de la Contrareforma católica.

NOTAS

1 Cfr. H. Küng, “La justification. La doctrina de Karl Barth.” Reflexión catholique, Pasris 1965, p. 26.

2 “Lumen Gentium”, 14.

3 “Unitatis Redintegratio”, 3

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Un comentario en “[9] Vaticano IIº.Giro 180º: “Unitatis Redintegratio” – Ecumenismo –

  1. Entre la línea media y la hermenéutica de la continuidad(Monseñor Ocariz) han gastado interminables esfuerzos por justificar un círculo cuadrado, pero francamente la realidad se impone. Afirmar la continuidad de este masónico ecumenismo e interreligión con la perenne Tradición católica es en si mismo ya perder sentido católico.
    Siempre queda algún “pero”,”no obstante”;”si, pero…”, que deja abierta la puerta a lo que la Iglesia condeno como herejía, la salvación fuera de la Iglesia. No ya por bautismo de deseo implícito sino lisa y llanamente por el invento conciliar de la ignorancia no vencible como medio de salvación y las religiones falsas como medios extraordinarios(?) de salvación. Nunca sera suficiente la lucha y oposición a este traicionero ataque a la Fe católica, la interreligión mundial inventada en las oscuras logias masónicas siendo propagada por los altos hombres de la iglesia conciliar, cuando el mundo está ad portas de un gobierno mundial dirigido por los poderes ocultos de la masonería, es una traición absolutamente enorme.
    Si leyeran a Luigi Villa muchos que prefieren el sedante de la continuidad, cuanto comprenderán….

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