[10] Vaticano IIº. Giro 180º: “Unitatis Redintegratio”: La justificación luterana –

V O L V E R   A L   Í N D I C E

LA DOCTRINA LUTERANA DE LA JUSTIFICACIÓN

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La esencia del Sacrificio de la Cruz que niegan los protestantes y los conciliares

También Lutero, para fundarsu doctrina, se remitió principalmente a la “Carta de San Pablo a los Romanos”.

El mismo Hans Küng, escribió: «Sin exageración, se puede decir que la doctrina de la justificación está en la raíz de aquella confrontación teológica en torno a la verdadera forma del cristianismo, confrontación que dura hasta nuestros días; esa es la raíz de la más grande catástrofe que se ha abatido sobre la Iglesia Católica, a lo largo de su historia bimilenaria.

Tal doctrina, Lutero la definió como la de la “justicia imputada”. La misma doctrina fue sintetizada con la fórmula: «simul iustus et pecator». Es el meollo mismo del protestantismo.

De hecho, Lutero, constantemente, repite que el cristiano no es intrínsecamente justo. Su justicia es la de Cristo; el hombre permanece pecador, solo Dios lo considera regenerado también después de la justificación, no imputándole más sus pecados. Entonces, el pecado no lo condena más, pero el pecado permanece en él.

En concreto, dicha doctrina oscurece los principios cristianos de “purificación, de “santificación, de “salvación”. Ese estado, para Lutero; se alcanza en el más allá, en la gloria celeste.

Su principal argumento escriturístico es el de San Pablo a los Romanos, allí donde dice: «No hago lo que quiero, sino hago lo que aborrezco… En realidad, no soy yo quien actúo, sino el pecado que habita en mí… Yo puedo querer el bien, pero no cumplirlo, porque yo no hago el bien que quiero, sino hago el mal que no quiero…» (Rom. 7, 1519)

Todo, entonces, proviene de Dios, tanto el merito como las obras buenas. Del hombre proviene el pecado; no el mérito, ni las obras buenas.

En su comentario de la Carta a los Romanos, Lutero cita a San Agustín: «Por la ley de las obras, Dios dice: “Haz lo que Yo ordeno”; por la ley de la Fe, el hombre dice a Dios: “Dame lo que tu mandes”; porque si la ley ordena, y para pedir a la fe lo que esta debe dar: aquel que recibe una orden, y no puede entonces cumplirla, debe saber lo que debe pedir; pero si puede, y lo hace en obediencia a la ley, debe saber igualmente en virtud de cual don él pudo.» (cap. 13)

San Agustín, por lo tanto, estudia dos posibilidades: en una, el hombre, porque pecador, no puede exigir el precepto, porque le falta la gracia; en el segundo caso, el hombre justo, puede exigir el precepto, porque este poder viene de Dios, “quo donante posse”.

Lutero, en su lugar, contempla una sola posibilidad: la ley de las obras; él declara: Haz lo que yo mando, mientras la ley de la fe dice: Dame lo que tú mandes.

Entonces, uno dice: lo hice; el otro: pido poder hacerlo. Uno dice: ordena lo que quieras y lo haré; el otro dice: Dame aquello que tu ordenes, para que yo lo haga; el uno confía en una justicia ya adquirida; el otro, en su lugar, suspira por una justicia por adquirir.

Para Lutero, entonces, el hombre de fe no es justo sino en la esperanza de una justicia a adquirir. Por lo tanto, está aquí la diferencia más inmediata que separa la teología católica de la luterana, cuya fórmula es «peccator in re, iustus autem in spe» (pecador en las obras, justo en la esperanza); y la otra fórmula «simul iustus et peccator»” (simultáneamente santo y pecador).

Este pensamiento de Lutero, sin embargo, hoy es discutido, viendo la justicia imputada desde el exterior, inconciliable con la eficacia que tiene con las acciones divinas, especialmente en el cuadro redentivo del misterio de Cristo.

Con ese decir, Lutero creyó haber expresado el justo sentido de los textos paulinos sobre “la justificación por la fe”. Pero es una auténtica “herejía” por lo que afirma y por lo que excluye.

Clara es, en cambio, la doctrina de la justificación que encontramos en el Concilio de Trento, no como un diálogo interconfesional, ni como teología de la controversia, sino como la afirmación positiva de la verdad católica. El motivo mismo del Decreto sobre la justificación no fue explicación científica sin pretensiones, sino la herejía que había hecho irrupción en la Iglesia. La introducción al Decreto, manifiesta claramente el punto de vista del Concilio de Trento:

«Teniendo en este tiempo, no sin daño y grave detrimento de muchas almas y de la unidad eclesiástica, propagada una cierta doctrina errónea en torno a la justificación…, el Sínodo Tridentino… pretende exponer a todos los fieles de Cristo la verdadera y sana doctrina de la misma justificación…» (cfr. Dz. 792a)

El Decreto tridentino, entonces estaba orientado contra una doctrina a combatir, que había, por su interpretación, provocado en el Decreto un cierto antropocentrismo innegable.

Sobre la “naturaleza” de la justificación del pecador y sobre las “causas” de esta, el Decreto, en el capítulo 7, dice:

«(La justificación)… no consiste únicamente en la remisión de los pecados sino que es también santificación y renovación interior del hombre…por lo que el hombre de injusto es hecho justo, y de enemigo, amigo, a fin de que sea “heredero”, según la esperanza, de la vida eterna. (Tito 3,7) Las causas de esta justificación son las siguientes: causa final es la gloria de Dios y de Cristo y la vida eterna; causa eficiente es Dios misericordioso, quien gratuitamente “lava” y “santifica” (I Cor. 6,11), signando y ungiendo “con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra heredad” (Ef. 1, 13 s.): causa meritoria es su dilectísimo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, quien, (Rom. 5,10), “por el gran amor con que nos amó” (Ef. 2,4), ameritó para nosotros la justificación con su santísima Pasión en el leño de la cruz, y para nosotros satisfizo a Dios Padre; causa instrumental es el sacramento del Bautismo, que es “el sacramento de la Fe”, sin el cual ninguno puede tener la justificación. Finalmente, la única causa formal es la “Justicia de Dios”, no aquella por la cual Dios mismo es justo, sino aquella por la cual Dios se hace justo” (San Agustín), por la cual, esto es, se hizo El objeto de un don, somos renovados en el espíritu en nuestra mente y no solo somos reputados, sino verdaderamente somos llamados y somos justos, recibiendo cada uno de nosotros en si una justicia suya, según la naturaleza que “el Espíritu Santo distribuye a cada uno como quiere”.» (I Cor. 12, 11)

Un concepto básico en la doctrina católica de la justificación, es que todo lo que el hombre posee de propio, en materia de justicia, le es dado por gracia de Dios. Todo es “gracia”. En todo momento, entonces, la justicia permanece la que fue adquirida por Dios como gracia. Y entonces, el hombre justificado es realmente justo, interiormente, positivamente, un nuevo ser. Por lo tanto, nuestra cuestión sobre “simul iustus et pecator” no puede ser la entendida por Lutero y seguidores, porque pondría en duda la autenticidad de la justificación que viene de Dios.

Ya en el Concilio de Cartago (año 418) se definió el dicho “simul iustus et peccator”. Se dice:

1º basándose en el texto de Jn. 1,6, el Concilio condena al que piensa que se debería decir que llevamos el pecado, solamente por humildad, y no porque así verdaderamente somos (can. 6);

2º si condenamos a aquellos que piensan que cuando los Santos dicen “perdona a nos nuestras deudas”, lo dicen no por si mismos, en cuanto lo que para ellos no es necesario, pero para los otros, es decir, para los miembros pecadores del pueblo (can. 107);

3º se condena también la opinión según la cual las mismas palabras del Pater Noster: “perdona a nos nuestras deudas”, son dichas por los Santos por humildad y no según la verdad (can. 108).

Pero esto viene a negar prácticamente la justificación interior y efectiva del hombre.

La fórmula de Lutero, entonces, “simul iustus et pecator” fue condenada por el Concilio de Trento por presentada como una afirmación concreta e histórica. Por lo tanto, el hombre justificado, siendo regenerado interiormente y hecho nueva criatura, no es más culpable respecto al pecado, fue eliminado en su interior. Todavía, también el hombre justificado permanece como envuelto por su fragilidad, permanece casi unido al propio pasado, a pesar del pecado, pero borrada la culpabilidad actual, permanece por siempre un acontecimiento de la historia de un determinado individuo que ha obtenido el don de la justificación, pero que debe asumir el peso de los propios pecados, hasta cuando, por la gracia de Dios, su tiempo se convierta en porvenir, pero un eterno presente en una entrega total de sí a Dios que se ofrece al hombre en Cristo Jesús.

Fue el Card. Cassidy quien, con los exponentes católicos y luteranos, redactó una “Declaración conjunta sobre la doctrina de la “justificación, toda de valoración herética.

Se pensaba que el Card. Cassidy se mostraría rígido con los luteranos, excomulgados por el Concilio de Trento, discutiendo con los heréticos su doctrina revelada y definida. En su lugar… no tuvo, ciertamente, el ánimo de San Pablo que combatía a todos los falsos doctores que trataban errores teóricos y prácticos, y estaba “siempre pronto a castigar cada desobediencia, para doblegar todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (II Cor. 10, 56)

Por lo tanto, ya había sido reprobable discutir la doctrina sin diferencias, cuando se sabía que los luteranos profesaban una doctrina distinta, una falsa religión, entonces, como lo afirma Pío XI en “Mortalium animos”, porque ellos estaban y están por la libertad de doctrina, de gobierno, de culto, del libre examen, contra el principio de autoridad, de obediencia al Dios Uno y Trino, y a la Iglesia.

No se debía discutir, entonces, con quien, hablando de “justificación”, niega la purificación del alma, misteriosamente transformada para volverse santa, unida a Dios mismo, que es la causa.

Lutero, consideraba la naturaleza humana totalmente corrupta por el pecado original, por el cual el hombre sería incapaz de cooperar con la Gracia actual que lo mueve y prepara para la justificación.

El hombre, para Lutero, permanece totalmente corrupto, incapaz de realizar un acto de confianza a Dios, mientras, en su lugar, para la doctrina católica, el hombre, aunque atraído por el mal, mediante los Sacramentos, es transformado, divinizado, hecho capaz de vivir moralmente, y Jesucristo lo ha incluso intimado a volverse perfecto, para poderlo decir con San Pablo: “que está Cristo con su gracia, para vivir en él”. (Col. 2, 20)

En el Nº 23 de la “Declaración conjunta”, al contrario, se confirma la doctrina luterana que “la justificación se realiza sin la cooperación humana”, contra el Concilio de Trento.

Y en el Nº 24, se reafirma que “el don divino de la Gracia en la justificación permanece independiente de la cooperación humana”, lo cual es excomulgado por el infalible Concilio de Trento.

Nadie puede dejar de reconocer que hay indisolubilidad entre Fe, Sacramentos y Salvación, por lo cual creer en Jesús significa hacer su voluntad, como surge del Evangelio.

Asi, San Pablo dice: «Nosotros somos, en efecto, obra de El, creados en Cristo Jesús, para hacer buenas obras, que Dios de antemano preparó, para que en ellas anduviésemos.» (Ef. 2, 10)

Incluso si la opinión luterana de la no imputación ha sido excomulgada, en la “Declaración conjunta, en el Nº 22, se lee que «los católicos profesan junto con los luteranos la doctrina de la no imputación», contra la sentencia infalible del Concilio de Trento que ha establecido:

«Si alguno niega que, por la Gracia de Jesucristo, conferida en el Bautismo… todo lo que es verdadero y propio pecado, no es eliminado, sino solo imputado, sea anatema.» (Cf. Ds. 15, 15)

Por esto, el Card. Cassidy y seguidores habrían sido excomulgados por el Concilio de Trento, el que ha excomulgado a quien afirma que la gracia es solamente un favor de Dios: “esse tantum favorem Dei, ¡anatema sit!”

En la “”Declaración conjunta”, mientras se muestran las palabras: fe, gracia, sacramentos, sin embargo, las concepciones entre los católicos y los luteranos son radicalmente contradictorias, opuestas, porque mientras, para los católicos, la Fe es una adhesión intelectual a todas las verdades dogmáticas, para los protestantes, en cambio, es un acto voluntario incondicionado, de confianza en Dios y no creen en la gracia santificante que regenera al bautizado. Pero San Pablo afirma que Jesús fue predestinado a santificarnos: “amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla.” (Ef. 5, 26)

Ahora, la “Declaración conjunta” habiendo ignorado toda la Tradición Católica, se puede decir que no es teológica. Los Santos Padres, San Agustín, el doctor de la Gracia, y Santo Tomás, hablaron ampliamente de la relación entre naturaleza y gracia, por lo cual, sobre la justificación, ya en el siglo XVI se enseñaba una doctrina cierta, sin ningún disenso.

Recordamos, aquí, la oración de Jesús, ofrendada al Padre, a fin de que sus seguidores, y no otros puedan vivir su unión y santidad Trinitaria, “conservándose en la verdad a ellos revelada” (Jn. 17, 12), y recordada por el Espíritu Santo, cuyo lenguaje no es percibido por quien es esclavo de Satanás, y víctima del criticismo moderno que se supone científico, mientras es solo contaminado y mentiroso.

Jesucristo ha fundado su Iglesia y no otra iglesia, dando solo a Su Iglesia los instrumentos de Gracia y de salvación. Dogmáticamente, sin embargo, fuera de Su Iglesia no hay salvación. Las “iglesias hermanas” no son sino iglesias modernistas, destinadas a perecer si no vuelven al único redil de Cristo, o sea a través de la unidad de la Fe, suprimiendo toda transformación de la doctrina revelada.

El 31 de octubre de 1999, el Card. Cassidy, suscribió, junto con el pastor Noko, la “Declaración común sobre la doctrina de la justificación”, un evento en el que ese pastor dijo: “que ha cambiado el panorama de las relaciones ecuménicas”.

Y fue verdaderamente un documento que ha reabierto uno de los problemas doctrinales más importantes que había llevado – en los Quinientos – a la Reforma y después a la ContraReforma la nota de la “justificación”.

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