[12] Vaticano IIº. Giro de 180º: “Gaudium et Spes”: La Iglesia y el Mundo–

V O L V E R   A L   Í N D I C E

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El Cardenal Josef Frings.

 

«Si tengo en mi contra todos los Obispos, ¡tengo conmigo, sin embargo, todos los Santos y Doctores de la Iglesia!»

(Santo Tomás Moro)

***

«Condenándonos, condenáis a todos vuestros antepasados. Porque ¿qué enseñamos nosotros que ellos no enseñaran?»

(San Edmundo Campion)

 

CONSTITUCIÓN “GAUDIUM ET SPES”

– Iglesia Y Mundo –

Como se sabe, la “Carta de los derechos del hombre” nació de la Revolución Francesa (1789).

Pío IX dijo: «La revolución es inspirada por el mismo Satanás. Su objetivo es el de destruir El Cristianismo desde los fundamentos.» (8 de dic. de 1849) Los principios “Libertad, Igualdad, Fraternidad, no son en si malos, pero lo son, sin embargo, porque están falseados por el hecho que no están subordinados a Dios y a su ley.

De hecho, en 1789, la Asamblea Constituyente destruyó la antigua Constitución de la Iglesia en Francia: el 4 de agosto, suprimió los cánones sobre los cuales estaba fundada; el 27 de setiembre, despojaba las iglesias de sus objetos sacros; el 18 de octubre, anulaba las Ordenes Religiosas; el 2 de noviembre, se apropió de las propiedades eclesiásticas, preparando así el acto herético y cismático de la “Constitución Civil del clero”, promulgada el año siguiente.

La misma Asamblea formuló, en 17 artículos, la “Declaración de los Derechos del hombre”, suprimiendo los “Derechos de Dios”. Los famosos principios enmascararon los verdaderos, que fueron hábilmente confundidos con los falsos.

Ahora, en la Constitución: “La Iglesia en el mundo de este tiempo”, se lee: «La Iglesia, en virtud del Evangelio (?) que le fue confiado, proclama los “Derechos del hombre”, reconoce y tiene en gran valorel dinamismo de nuestro tiempo que, en todas partes, da un nuevo impulso a esos derechos.»

Si es así, entonces no sería de sorprenderse de aquella declaración de Paulo V, en Manila:

«Siento el deber de profesar, más que en otra parte, los “Derechos del Hombre” para vosotros y para todos los pobres del mundo» (27 de noviembre de 1970).

Nosotros hubiésemos esperado que un Papa sintiese el deber de profesar el Evangelio, pero leyendo, en su lugar, los escritos de Paulo VI, se ve que para él, ser mensajero del Evangelio y de la “Carta de los Derechos del hombre”, es la misma cosa.

Y entonces: «La Iglesia cree muy firmemente que la promoción de los “Derechos del hombre” es una instancia del Evangelio y que esta debe ocupar un puesto central en su ministerio» (17 de noviembre de 1974).

E insiste: «Deseando convertirse a su Señor y cumplir mejor su ministerio, la Iglesia tiene la voluntad de manifestar respeto y solicitud por los “Derechos de hombre” también dentro de si misma» (Mensaje al Sínodo, 23 de octubre de 1974).

Y continúa: «A la luz de cuanto percibimos de nuestro deber de evangelizar, y con la fuerza que se deriva de nuestro deber de proclamar la Buena Nueva, afirmamos nuestra determinación de promover los “Derechos del hombre” y la reconciliación en la Iglesia y en el mundo de hoy.»

Entonces, esa era la opinión de Paulo VI. Ante sus ojos, la “Carta de los Derechos del hombre” sería una especie de versión moderna del Evangelio, ¡mientras es precisamente lo contrario!

El Evangelio, en realidad, no enseña los derechos del hombre, sino enseña los deberes que tenemos hacia Dios, que sin embargo, respetando aquellos deberes hacia Dios, son respetados también los derechos de nuestro prójimo. “Lo que hicisteis al más humilde de los míos, es a Mi a quien lo hicisteis» (Mt. 25,40).

Luego, pensando en el “proyecto salvador de Dios” y poniendo a Jesucristo en primer plano, se debe rechazar la doctrina del Vaticano II, que en la Constitución “Gaudium et spes”, quiere que la Iglesia se abra a todo lo que está contenido en el concepto “Mundo”.

Ahora, podemos decir que la obra principal del Vaticano II es la que está contenida en la disertación de Juan XXIII, en su discurso de apertura al Concilio: “el aggiornamento”.

La apertura al “modernismo”, por ejemplo, fue un encuentro entre “Iglesia y Mundo”, en la paz y la serenidad. Con el aggiornamento conciliar para ‘aggiornar’ las estructuras, los modos de acción, de lengua, la Iglesia se desprendió de su posición de supremacía.

La Iglesia, por lo tanto, se abre al mundo, a la sociedad contemporánea, pero también a las otras iglesias y creencias, y por lo tanto al sincretismo, al que dieron lugar Paulo VI y Juan Pablo II, en sus viajes. Recordemos la visita del Papa a la Sinagoga de Roma, la oración al “Dios único”, en Casablanca, presentes 40 mil musulmanes; el encuentro de Asís, donde los responsables de las religiones fueron invitados no a “rezar juntos”, sino a “estar juntos para rezar”, como para alentar a los idólatras a practicar su culto, para enseñarnos, por lo tanto, a defender los “Derechos del hombre”. ¡Una capitulación ante el mundo que nos ha hecho perder nuestra identidad cristiana!

Entre los textos del Vaticano II, transcriptos en las “Actas”, como la “Lumen Gentium” y la “Dei Verbum”, dos Constituciones ni dogmáticas, ni teológicas, ni pastorales, también está la Constitución “Gaudium et Spes” que, calificada como pastoral, es el texto más caro al Concilio, aunque si el más discutido y objeto pasional del Concilio.

Pero este ocuparse del mundo contemporáneo, ha terminado por hacer disminuir, siempre más, el amor hacia Jesús, mientras los pasados Concilios pusieron en las manos del mundo la riqueza propia de la experiencia cristiana, el Vaticano II, al contrario, ha usado otro método, emprendiendo un análisis del mundo, de sus preocupaciones y deseos. Es un antiguo método apologético, desde San Justino al Vaticano II se encuentra siempre un mismo esfuerzo: establecer un puente entre el mundo y la verdad católica.

Así, el “diálogo” ha sustituido al “anatema”. Pero mientras los antiguos Concilios dirigieron largas exposiciones teológicas, y en breves resúmenes, después, precisaban las posiciones condenadas, en el Vaticano II, los Padres, prefiriendo el “diálogo”, ¡se entregaron al mundo!

En el esquema sobre “La Iglesia en el mundo” se encuentran, en efecto, implícitamente, todos los temas liberales y modernistas, lo que daría a pensar que los redactores no tenían, sin duda, la fe católica, por el simple hecho que se presenta, sin vergüenza, a los Padres del Concilio aquel esquema, que demuestra claramente el progreso de aquellas ideas falsas. De hecho, la doctrina pastoral, presentada en esa Constitución, no concuerda en absoluto con la doctrina de la teología pastoral enseñada siempre por la Iglesia. Las consecuencias fueron inmediatamente graves. En muchos lugares se afirmaron propuestas ambiguas y peligrosas, que requirieron una clara explicación para ser admisibles.

La unidad de la Iglesia, por ejemplo, no es la unidad del género humano, como se lee en la página 38 en las líneas 22 y 23, donde la Iglesia se define “como el sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”.

Muchísimas frases ambiguas demuestran que la doctrina de los redactores no es la católica tradicional, sino una doctrina nueva, hecha de una mezcla de nominalismo, de modernismo, de liberalismo y de teilhardismo.

También muchísimas son las omisiones graves, como el guardar silencio sobre el pecado original y sus consecuencias sobre el pecado personal. Sobre la vocación de la persona humana, que concibe al hombre sin la ley moral. Así, se habla de la vocación del hombre, sin una palabra sobre el Bautismo, sobre la justificación y sobre la gracia sobrenatural.

La doctrina del catecismo, por lo tanto, es modificada desde la cima al fondo.

Asimismo la Iglesia no es más presentada como una sociedad perfecta, donde todos los hombres entran para ser salvos; y ya no es siquiera redil, porque ya no existen ni mercenarios, ni ladrones, ni asaltantes, sino conocida como “el fermento evangélico de toda la masa humana”.

Concluyendo, se debe decir que esta Constitución “Gaudium et Spes” no es ni pastoral ni emanada de la Iglesia Católica.

En realidad, el artículo de la Constitución “Gaudium et Spes” sobre el mundo contemporáneo, se ocupa explícitamente de la “tierra nueva y del cielo nuevo”, que tendría como final el Reino de Dios. Este artículo concluye el cap. III (arts. 3339 GS) con el título “De novitate humanae in universo mundo”. Es un capítulo que expresa una verdadera exaltación de la actividad humana, hasta el final del Reino de Dios.

Aquí, sin embargo, se olvida que la actividad humana está corrompida por el pecado, el cual tiende a adherir el progreso a fines humanos, egoístas, mientras esta debe ser purificada por medio de la Cruz y de la Resurrección de Cristo.

Es una “doctrina nueva” distinta de aquella enseñada desde siempre por la Iglesia Católica al decir que el “nuevo mandamiento del amor” es la “ley fundamental de la perfección humana”, y, por lo tanto, también de la transformación (transformatio) del mundo.

En el art. 39 de la GS, hablando de la “tierra nueva” y del “cielo nuevo”, que se realiza al final de los tiempos, el Vaticano II, hablando de la salvación eterna de “todas las criaturas”, manifiesta la idea anormal que en el Reino de Dios entran todas las creaturas racionales, indistintamente.

Entonces, el Reino de Dios, propuesto por el Vaticano II, no es en absoluto conforme a la enseñanza de la Iglesia de siempre, porque no solo ha oscurecido, sino también deformado la visión del Siglo Venidero, que pertenece a la Fe, insertando en los textos un contenido intramundano de la actividad humana, confiriéndole incluso un significado cósmico, para el cual ¡el Reino de Dios sería el punto de arribo final, “eterno y universal” de toda la actividad del hombre! Es clara, por lo tanto, la distinción entre reino de la naturaleza del Reino de la Gracia, entre lo que es del hombre y lo que es propio de Dios.

Se puede notar también que este Reino no es más conforme al Reino sobrenatural señalado a nosotros en el Sermón de la Montaña, una clara exhortación a «buscar, antes que nada el “Reino de Dios” y su justicia, porque todas estas cosas nos serán dadas por añadidura» (Mt. 6, 33).

La trascendencia del Reino de Dios, entonces, es total y absoluta. El Señor nos insta a lanzarnos con toda el alma hacia él, confiándonos a El en todos nuestros problemas, dificultades, necesidades, sufrimientos. Es el objetivo último, por lo tanto, de nuestra vida, siempre enseñado por la Iglesia de Cristo.

El Vaticano II, al contrario, insinúa la idea de la naturaleza social de la Salvación, que la Iglesia de antes siempre había negado, porque después de la muerte, el alma es sometida al juicio tanto particular como individual. Esto resulta de la Tradición y de la Sagrada Escritura (Mt. 5, 25 26: 12, 36; 22, 11 14; 26, 30  Rom. 2, 16; Hebr. 9, 27; 1’, 2127). Pero para la “Nueva Teología”, en su lugar, ¡se vuelve un verdadero caballo de batalla!

En realidad, la “Gaudium et Spes” aparece a no pocos Padres conciliares como una suerte de “contra Syllabus”.

El concepto de Encarnación del artículo 22 aparece considerablemente ambíguo, afirmando que «con la encarnación el Hijo de Dios se unió “en cierto modo a todos los hombres», donde el adverbio “en cierto modo” querría decir que todo hombre fue, “en cierto modo”, divinizado por la Encarnación de Nuestro Señor, mientras sabemos por el dogma que solo el hombre Jesús de Nazareth, y solo El, fue unido en la unión hipostática, exclusivamente a la naturaleza humana. Y entonces, ¿por qué el Vaticano II habló de la Encarnación como de una unión de Nuestro Señor “con todos los hombres”? ¿No es, tal vez, un querer divinizar al hombre? Creo que dicho artículo 22.2 de la “Gaudium et Spes” ¡confina con la herejía!

Aunque el inciso que se encuentra en art. 24. (4), dice que el hombre sería «la sola creatura que Dios había querido por si mismo, tiene un carácter heterodoxo que manifiesta la tendencia antropocéntrica que se manifiesta en los textos conciliares, como se puede revelar con claridad en los art. 12 y 24 de la “Gaudium et Spes”, donde el artículo se ocupa del hombre “imagen de Dios”.

Pero la centralidad finalística del hombre en la creación había sido excluida de la nueva teología. La afirmación que el hombre es la sola creatura que Dios ha querido por si mismo (GS 24,4), niega el pasaje de los Prov. 16,4: «Universa propter semetipsum operatur est Dominus.» Por lo tanto, la doctrina de la Iglesia de siempre, a propósito de la creación, es que Dios ha hecho todo para Su gloria, también que Dios ha querido al hombre “rey de lo creado”, y El le ha concedido “dominar” la tierra y “enseñorearse” de todos los animales.

Entonces, el hombre fue querido por Dios, con su “humanitas”, para la Gloria de Dios, como todo lo que ha creado.

El antropocentrismo de la “Gaudium et Spes” que lleva, en sustancia, a identificar el hombre con Dios, es solo una aberrante finalidad a la que conducen las ambigüedades demenciales en los documentos del Vaticano II, como ahora veremos, en breve análisis, en varias partes de la “Gaudium et Spes”:

1) Acerca del “pecado”, se puede decir que el texto conciliar de la “Gaudium et Spes” resume la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el pecado; sin embargo, la definición del pecado baja el significado a una dimensión humana que obscurece las implicancias sobrenaturales. En realidad, esto sería el pecado en la “Gaudium et Spes”: «una disminución para el hombre mismo, en cuanto le impide conseguir la propia plenitud» (GS. 13.2). Es una definición que pone en segundo plano el significado objetivo del pecado, sin referencia explícita de sus consecuencias sobrenaturales.

2) Mientras la Constitución de un Concilio hubiera debido tener el concepto de pecado en conformidad con la enseñanza tradicional, o sea que el pecado es también una disminución (de la propia humanidad), que impide al hombre conseguir su propia salvación”, la “Gaudium et Spes”, en cambio, en el lugar de la “salvación”, pone la “plenitud”. Pero, ¿en que centra la “plenitud”, y de cual “plenitud” se trata? Y ¿por qué el Vaticano II no recuerda, con claridad, que, a causa del pecado, la humanidad, al fin de los tiempos, será dividida, y para siempre, por Nuestro Señor Jesucristo, en elegidos y réprobos,? porque la consecuencia última del pecado es solo la de cerrar para siempre, a los pecadores impenitentes, la vida eterna.

Esa “plenitud”, entonces, sabe a gnosticismo, a pensamiento profano, que ve el mundo como antropocéntrico de la conciencia de si, del yo, ¡poniendo en el olvido la teología de los Novissimi!

3) Podemos, ahora, concluir que el pecado, impidiendo al hombre realizar la propia “plenitud”, le impide también comprender la propia “grandeza innata”, constituida por su dignidad recibida de Dios. Y entonces, por qué la “Gaudium et Spes” dedica incluso los art. 19 y 20 al ateísmo, aún admitiendo que el ateísmo constituye siempre un pecado (GS 21.1), pero que sin embargo, no busca refutarlo, más bien lo llama al “diálogo”, y lo «invita cortésmente a tomar en consideración el Evangelio de Cristo con ánimo abierto» (GS 21.8); no para convertirlo, sino para construir juntos un mundo mejor (GS 21.7). Pero se reflexiona: ¿para qué convertirlos, entonces, si también ellos se salvarán igualmente, como se puede asegurar por un pasaje ambiguo del art. 16 de la Constitución “dogmática” “Lumen Gentium” sobre la Iglesia?

4) Según la doctrina heterodoxa de los “cristianos anónimos” de Karl Rahner, todos los hombres ya estarían salvados, sin saberlo, por la Encarnación. Según esta perspectiva, la “salvación” (la Redención) sería universal, sin más distinción entre elegidos y réprobos.

El cometido de la Iglesia, entonces, será solo hacerlos tomar conciencia de su salvación que ya poseen. Luego, no más conversiones al catolicismo, y tampoco ninguna confrontación más, sino solo “diálogo” sobre esta toma universal de conciencia. Similar concepción, sin embargo, nos pone frente a una teología que no puede decirse católica porque, en modo manifiesto, no corresponde a cuanto siempre ha enseñado la Iglesia con su Magisterio sobre el dogma del pecado original, definido por el Concilio de Trento.

5) El texto del Vaticano II (GS 22.2) afirma que la Encarnación nos ha elevado “también a nosotros”, naturaleza humana, a una “dignidad sublime”. Pero el Magisterio conciliar de los Concilios ecuménicos Constantinopolitano II y III, y el de Calcedonia, nos enseñan que la Encarnación si, ha elevado la naturaleza humana, pero no en nosotros mismos, sino más bien en Nuestro Señor Jesucristo, en El, esto es, que se ha encarnado, por hombre perfecto y sin pecado. Los dogmas Calcedonenses y Constantinopolitanos no contienen en absoluto la idea de una Encarnación que una, en cuanto tal, al Cristo “a todos los hombres”.

En una de sus epístolas, San León Magno reafirma este concepto: «la unión (Encarnación) no ha disminuido las características divinas con las humanas, sino ha elevado las características humanas con las divinas.» La “elevación”, sin embargo, no es en todos los hombres, sino en si misma, en la naturaleza humana, que estaba unida en la persona del Verbo. La elevación de la naturaleza humana a una gran dignidad, entonces, está en Cristo, pero no “eo ipso” también en nosotros, como afirma, en su lugar, la “Gaudium et Spes” (22.2).

Jesucristo, en conclusión, ha reformado la dignidad de la naturaleza del hombre elevado a la dignidad de la naturaleza humana ¡en la carne asunta del Hijo de Dios”!

6) No son pocas las consecuencias negativas de la doctrina de GS 22.2. Mientras, por un lado, esta conduce a divinizar al hombre, pasando por alto el dogma del pecado original, por el otro lado, reduce a la incertidumbre el dogma mismo de la Encarnación, porque mezcla lo divino con lo humano, en Jesús y en nosotros.

San Pablo afirma que Cristo vino para salvar a todos los hombres; por lo tanto, «quienquiera invocara el nombre del Señor, será salvo», precisamente porque ha creído en El. Entonces, quienquiera se convierta a Cristo, tendrá la gracia para perseverar en la vida cristiana, la única que conduce a la vida eterna. Ahora, esta doctrina paulina no tiene nada que ver con la idea de la “Gaudium et Spes” 22, que afirma que Cristo se habría encarnado uniéndose a todos los hombres, mientras hemos visto que San Pablo nunca ha enseñado que Jesús, con la encarnación, se ha unido a todos los hombres.

Está claro, así, que se distorsiona el significado salvífico del nombre de Jesús, el «nombre divino que solo alcanza la salvación.»

7) El art. 22.5 de la “Gaudium et Spes” aplica a todos los hombres un concepto que San Pablo, en cambio, aplica, en modo claro, solo a los elegidos de Cristo, y entonces distinguiendo entre buenos y malos. El discurso, por eso, no concuerda con la enseñanza tradicional de la Iglesia que afirma que el Espíritu Santo da a todos los hombres “la posibilidad” de la salvación, siempre condicionada, sin embargo, a la cooperación por parte de cada hombre. Entonces, la enseñanza de la “Gaudium et Spes” es una verdadera “nueva doctrina” al afirmar que, en la Encarnación, el Señor «está unido, en cierto modo, a cada hombre».

La supuesta unión ontológica entre Cristo y todos los hombres, garantiza a todos la posibilidad de la salvación sin necesidad de hacerse cristianos. Por lo tanto, la cristología de la “Gaudium et Spes” está fuera de la Tradición de la Iglesia, porque insinúa que la “Misión” de Cristo no es la de revelar al hombre que es un pecador, para redimirlo y conducirlo a la vida eterna, ¡sino la de darle conciencia de su dignidad y su misión, fuera de toda sobrenaturalidad!

En realidad, en la antropología delineada por la “Gaudium et Spes”, se señala, sobre todo, la “desaparición de la distinción entre lo natural y lo sobrenatural”, haciéndola, así, más afín a la concepción del hombre del protestantismo. Por lo tanto, este Nuevo Cristianismo ha creado una “nueva eclesiología”, según la cual no hay distinción ni separación entre “Iglesia y Mundo”, por lo que no debe existir por si misma, sino para el Mundo, a su servicio, y por eso no debe buscar más su afirmación creando “obras católicas”, sino debe ponerse a disposición del mundo.

En muchas proposiciones de la Constitución pastoral “Gaudium et Spes”, se exalta el progreso antropológico y científico que ignora completamente la Gracia divina y la creación.

Por ejemplo: en el artículo 63, se exalta «el dominio creciente del hombre en la naturaleza.» Y para el hombre afirma: «Hoy, continúa en el camino de un más perfecto desarrollo de la personalidad y del progresivo descubrimiento de sus propios derechos» (Art. 41). Son palabras entre pueriles e ignorantes. Bastaría que quien las escribiera hubiese pensado toda la esclavitud a que nos han obligado estas ideologías modernas, ¡satánicas, de sexo, de droga, de ateísmo!

También el art. 44 lo puede atestiguar: «La Iglesia confiesa (?) que mucho provecho le vino y le pudo venir de la violenta oposición de cuantos se le opusieron y la persiguieron, y no ignora cuanto ha recibido de la historia y del progreso del género humano.» Palabras, también estas, ¡de un descalificante conocimiento del mundo de ayer y de hoy! ¿Por qué Paulo VI no fue a regocijarse con la KGB del comunismo ateo, a algún ángulo de la Siberia, para constatar “de visu” aquel “progreso del género humano” en los más de dos mil “lager” donde nuestros hermanos de la “Iglesia del Silencio” sufrían la tortura y la muerte…?

Señalemos, por lo tanto, que esta “Declaración conciliar” fue tratada ¡por el jesuíta Card. Bea, circundado por otros criptojudíos, como el Osterreicher y el Baum (¡que habían arrojado al huerto la sotana!) y el omnipotente Card. Willebrands!

Este “nuevo humanismo” fue proclamado por Paulo VI en el discurso de clausura del Vaticano II, el 7 de diciembre de 1965, pero ya lo había tratado en el discurso del 11 de octubre de 1962.

Había dicho: «NOSOTROS MAS que cualquier otro, ¡NOSOTROS TENEMOS EL “CULTO DEL HOMBRE”!»

Desde entonces, la fe católica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres Personas Divinas, no es más que un punto fijo en torno del cual el humanismo secular puede acceder a su doble ideal de perfección de la persona humana, en toda su dignidad, y de unidad mundial en la paz terrestre.

Ahora, estos dos fines últimos “huelen a herejía. En el Evangelio, en realidad leemos: «Vosotros no podéis servir a Dios y a Satanás, y al dinero y al mundo.» Herejía, entonces, que atañe a los dos fines últimos, que expresa la ruptura con el Cristianismo que profesa la necesidad de creer en Jesucristo, no para mejorar la vida humana, sino para escapar del infierno y ganar el Paraíso.

Mientras la Iglesia, antes del Vaticano II, siempre había trabajado “en el Mundo” solo para Su Señor, hoy, en su lugar, con el “aggiornamento”, está aggiornada hacia el mundo para el cual «Cristo no ha rogado» (Jn. 17, 9) pero al cual, en cambio, “Paulo VI dijo de volverse con una simpatía sin límites”.

Pero este es un espíritu de adulterio, que somete la Fe divina al capricho de las masas, inspiradas por el “Príncipe de este Mundo” (2 Tim. 4,3). ¡Una actitud, entonces, que sabe más a “mercado” que a “aggiornamento!”

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El Cardenal Achille Lienart.

 

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