[13] Vaticano IIº. Giro de 180º: “Dignitatis Humanae”: La Libertad religiosa, 1º

V O L V E R   A L   Í N D I C E

«La libertad se sacrifica solo a Dios.»

(Su Excelencia Mons. Giambattista Bosio)

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El diseñador y el gran predicador de la libertad religiosa para las falsas religiones

 

CONSTITUCIÓN

“DIGNITATIS HUMANAE”

– La Libertad religiosa –

Ningún argumento fue discutido tanto como el de la “libertad religiosa”, porque ningún otro argumento interesaba tanto a los enemigos de la Iglesia, porque la “libertad” ha sido siempre el objetivo más importante para el liberalismo. Los liberales, los masones, los protestantes saben bien que con este medio ellos pueden golpear en el corazón de la Iglesia Católica.

Haciéndola aceptar el “derecho común” en la sociedad civil, se la reduciría a una simple secta, y también se la podría hacer desaparecer, porque la “verdad” no puede dar derechos al error sin renegar de ella.

Pero esta “Declaración” sobre libertad religiosa es hija de la “Revolución”, aunque concebida en el ámbito cristiano. Cierto, muchos hombres de esta “Nueva Iglesia” dieron la bienvenida a los productos de esta Revolución, no obstante los anatemas de los Papas precedentes al Vaticano II y sus desastrosas consecuencias.

En un mensaje “por la paz”, el mismo Papa Benedicto XVI, ha suscitado no pocas reacciones por esta extraña afirmación: «Cada uno es libre de cambiar de religión si la conciencia lo demanda.»

Veamos de comprender algo en este enigma papal. El mismo P. Congar (¡creado después Cardenal!) tuvo que confesar que «a solicitud del Papa, he colaborado con los últimos párrafos de la Declaración sobre la “libertad religiosa”: se trataba de demostrar cómo el tema de la “libertad religiosa” aparece en la Sagrada Escritura, donde, sin embargo, no está en absoluto.»

Se puede decir, por lo tanto, que la “Libertad religiosa” abrió el camino a la “Libertad de pensamiento” y al Mundo. Por eso, el Prof. Salet, sobre la Declaración de la “Libertad religiosa”, en el “Corriere di Roma” podría decir «¡”que la Declaración es herética”!»

De la “Declaración”, en el nº 1044, en efecto, se dice:

«El Sacro Concilio, tratando de esta “libertad religiosa”… se propone reunirla doctrina de los Sumos Pontífices… más recientes, en torno a los derechos inviolables de la persona humana y a la orientación jurídica de la sociedad.»

El Vaticano II, entonces, estuvo preocupado por hacerse servidor de los derechos “inviolables de la persona humana”, sin mencionar, sin embargo, que antes de los derechos de la “persona humana” están los derechos de Dios, Creador y Amo absoluto de la “persona humana”, quien estableció e impuso la obligación – ¡bajo pena de Infierno! – de aceptar la única religión por El establecida. Y también por los documentos doctrinales de los Sumos Pontífices más recientes, en torno a los derechos inviolables de la persona humana; baste recordar el “Syllabus” de Pío IX en el cual, en la proposición 15ª, par. III, condenaba solemnemente los errores fundamentales de la “Dignitatis humanae personae” con el texto que, aquí, quiero referir: «Liberum cuique homini est, eam amplecti, ac profiteri religionem quam retionis lumine, qui ductus… veram putaverit.»

Es evidente, entonces, que Pío IX anteponía la preeminencia absoluta a los derechos de Dios, explicando con precisión y fuerza el rechazar toda reforma en la Fe! Sigue siendo, por lo tanto, un crimen del Vaticano II haber ignorado deliberadamente la “Mediator Dei”, la “Pascendi” y el “Syllabus”, ¡tres pilares del dogma católico!

Por eso, la doctrina de la “Dignitatis humanae” no se concilia con los documentos papales anteriores. En efecto, en el Nº 2, se lee:

«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene el derecho de la libertad religiosa.»

¡Claro! Eso representa como un derecho de todos a la inmunidad de la coerción. El texto, sin embargo, prescinde de citar hechos concretos, pero estableciendo como “principio” que todo hombre tiene el derecho de actuar según la propia conciencia, porque sería un derecho natural, ignorando que tal principio está contra la enseñanza de los Papas precedentes, y colisiona contra todas las enseñanzas tradicionales, que siempre han señalado que la verdadera religión deber ser favorecida y sostenida por el Estado.

Además, la “Declaración conciliar” la reivindica, no solo para aquellos que son de otra religión, sino también para aquellos que niegan la existencia de Dios, pero que podrían también ellos profesar públicamente sus errores y hacer propaganda de su irreligiosidad. Ahora, este “extraño derecho” de proselitismo ateístico, ¿cómo no ha podido la “Dignitatis Humanae” no verlo contrario a la doctrina católica?

La “libertad religiosa, entonces, fue el arma de los que querían que la evolución moderna exigiese actitudes nuevas, aún si estuvieran en contraste con la doctrina y el Magisterio constante de la Iglesia.

Era de esperarse que aquel esquema del Cardenal Bea, expresión de la tesis liberal, fuese sostenido por muchos, como el obispo de Bruges, Monseñor de Smedt, que se distinguió por su agresividad y tenacidad, seguido por los Padres Muray, Congar, Leclerc… todos representantes de los temas liberales de la “dignidad humana”, de la “conciencia”, de la “no coacción”, sin distinción de los actos internos y externos, privados y públicos, confundiendo, así, la libertad psicológica y la libertad moral, llegando a expresar la enormidad, como el P. Congar, en el Boletín de Estudios y documentos del Secretariado del episcopado francés (Cfr. 15 de junio de 1965, Nº 5, p. 5), que la libertad religiosa ¡no se supone más en relación con Dios, sino en relación con el hombre!

Sorprendente, entonces, es el fin de la Declaración, donde en la página 6, se lee:

«Este Santo Concilio declara que el régimen jurídico “actual”, es respetable en sí y es verdaderamente indispensable para la salvaguardia en la sociedad actual, de la dignidad humana, personal y civil.»

Pero, ahora, la doctrina enseñada hasta el presente por la Iglesia, habría sido mentirosa, ¡especialmente la enseñada por los últimos Pontífices!

En realidad, de los principios de la “Declaración” sobre la “libertad religiosa”, podemos afirmar:

«Fundada en la dignidad de la persona humana, la libertad religiosa exige la igualdad de derechos para todos los cultos en la sociedad civil. Esta última debe ser neutral y asegurar la protección de todas las religiones, dentro de los límites del orden público.» El relator mismo escribe:

«Una larga evolución histórica, política, moral, ha conducido a esta conclusión, en vigor solamente desde el siglo XVIII.»

Es una conclusión, esta, que destruye, “ipso facto”, todo argumento de la Declaración, porque, en nombre de la dignidad de la razón humana, los filósofos del siglo XVIII, Hobbes, Locke, Rousseau, Voltaire… ya habían intentado destruir la Iglesia, haciendo masacrar obispos, sacerdotes, religiosos y fieles. Con Lamennais, en la mitad del siglo XIX, se intentó adaptar aquel concepto de la doctrina de la Iglesia, pero fue condenado por Pío IX y por León XIII en la “Immortale Dei”, haciéndonos reflexionar que en nombre de la dignidad de la razón humana, también Jesucristo fue crucificado precisamente en nombre del orden público, como también todos los mártires; también recordemos que solo la Ley Divina es la clave de toda la cuestión de la “libertad religiosa”, porque esa es la norma fundamental misma, por la cual no se puede hablar de “religión”, ignorando la ley divina.

LA “LIBERTAD RELIGIOSA” EN EL PLANO TEOLOGICO

Esta expresión de “libertad religiosa” devino en popular después que el Vaticano II emitió la “Dignitatis humanae”, que tiene por objeto precisamente “la libertad religiosa”.

Es un hecho que la oposición de la contradicción entre la enseñanza del Vaticano II y la tradicional anterior es más que evidente. Basta confrontar los dos textos oficiales: “Dignitatis humanae” y la “Cuanta cura” de Pío IX.

La discusión producida en el aula conciliar entre partidarios y adversarios fue un verdadero diálogo entre sordos. Cada uno, usando el mismo texto, le atribuía un significado diferente.

Me limito, aquí, a aludir a la “heterodoxia” de la enseñanza de la “Dignitatis hamanae”, en su forma y en su aplicación, como, por ejemplo, en España.

Para mí, la gran ruptura del Vaticano II está precisamente en la “Libertad Religiosa”.

Veamos de inmediato la aplicación en España. La ley fundamental del Estado Español, “Fuero de los Españoles”, adoptada el 17 de julio de 1945, autorizaba solo el ejercicio privado de los cultos no católicos, y prohibía toda actividad de propaganda a las religiones “falsas”.

Así, en el Art. 6, § 1:

«La profesión y la práctica de la Religión Católica, que es la del Estado español, gozará de la protección oficial», y en el § 2:

«Nadie será molestado por sus creencias religiosas, ni por el ejercicio privado de su culto. No serán permitidas otras ceremonias, ni otras manifestaciones exteriores fuera de las de la Religión Católica.»

Después del Vaticano II, sin embargo, la “Ley Organica del Estado” (10 de enero de 1967) sustituyó el parágrafo 2 del Art. con esta disposición:

«El Estado asumirá la protección de la libertad religiosa, que será garantizada por una eficaz tutela jurídica en salvaguardia, al mismo tiempo, de la moral y del orden público.»

Además, el preámbulo de la “Carta de los Españoles”, modificado por la misma Ley orgánica del 10 de enero de 1967, declaraba explícitamente:

«… dada, finalmente, la modificación introducida en el uso del artículo 6 de la Ley Orgánica de Estado, ratificada con el referendum de la nación, con el objeto de adaptar su texto a la Declaración conciliar sobre la “libertad religiosa”, promulgada el 7 de diciembre de 1965, y el reconocimiento explícito de ese derecho, y en conformidad con el segundo de los Principios fundamentales del Movimiento, según el cual la doctrina de la Iglesia debe inspirar nuestra legislación.»

Por lo tanto, ¡fue solo para “realizar”, explícitamente, el acuerdo con la “Declaración” del Vaticano II que el § 2 del art. 6 de 1945 fue sustituido con el de 1967!

Ahora, preguntémonos: ¿sobre cual principio fundamental del “derecho natural se basa la ruptura del Vaticano II?

He aquí: según la doctrina católica tradicional (entonces, ¡anterior al Vaticano II!) el § 2 del art. 6 de 1945 estaba del todo conforme al derecho natural. Ahora, atento que no existe para el hombre ningún derecho natural a la “libertad religiosa”, por el cual el hombre pudiera ejercitar libremente en público una “religión falsa”, atento que Pío IX, con la “Quanta cura” (8 de dic. 1864), recuerda solemnemente esta doctrina constante de la Iglesia y condena la doble afirmación que “la libertad de conciencia y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que debe ser proclamado en toda sociedad bien constituida”, ¿por qué, entonces, el Vaticano II, con su Declaración en la “Dignitatis humanae” hace convertirse en intrínsecamente malo el § 2 del art. 6 del de 1945, diciendo formalmente lo contrario a un derecho fundamental del hombre… es decir, al derecho a la libertad civil también en materia religiosa… que el Vaticano II proclama cual derecho válido para todos, cualquiera sea la religión practicada, ¿por verdadera o falsa que sea…?

Es más grave entonces: el Vaticano II, para evitar el riesgo de una falsa interpretación, ¡se ha guardado bien de considerar explícitamente el caso de un país (como España, como Italia…) donde una religión es ya oficialmente reconocida! Esto, en efecto, como habíamos visto, sucede para España con la ley de 1967, que conserva el § 1 del art. 6:

«Si, debido a particulares circunstancias en las que encuentra los pueblos, se concede en el orden jurídico de la ciudad un reconocimiento civil especial a una determinada comunidad religiosa, es necesario que, al mismo tiempo, para todos los ciudadanos y para todas las comunidades religiosas, sea reconocido y respetado el derecho a la libertad religiosa.» (“Dignitatis humanae”, art. 6 – responsabilidad respecto a la libertad religiosa – § 3)

¡Es grave! De esto, en realidad, resulta que una disposición legal, como la establecida por el art. 6 § 2 del “Fuero de los Españoles” de 1945 es:

1) esencialmente “conforme” al derecho natural, según la doctrina tradicional católica;

2) esencialmente “contraria” al derecho natural, según la doctrina del Vaticano II.

Conclusión: aquí se debe decir que hay una real contradicción entre Vaticano II y la doctrina tradicional de la Iglesia “anteVaticano II” – ¡precisamente en un principio de derecho natural!

Hagamos entonces algunas reflexiones sobre este grave disentir del Vaticano II sobre la cuestión de la “Dignitatis Humanae”, que cierra los Actos del Vaticano II, aunque debió haber tenido retoques que, sin embargo, fueron dejados irresueltos. ¡In cauda venenum!

En esta “Declaración Conciliar”, en realidad, la “libertad religiosa” es presentada como derecho a la libertad de religión hacia la Iglesia Católica, depositaria de la Verdad, en obsequio a la sentencia de Jesucristo: «El que creyere y fuere bautizado, se salvará, más el que no creyere se condenará.» (Mc. 16, 16)

Ahora, creer en la Verdad es un deber; no creer, en cambio, no es libertad, sino licencia, o sea esclavitud del pecado, porque se niega el bien para escoger el mal.

El concepto de libertad católica es desarrollado, en la Declaración “Dignitatis humanae”, de modo prolijo, para hacerlo pasar por alto, dicho sea de paso, en pocas líneas, pero destruye la libertad en sentido católico, presentándola como libertad que compete al individuo frente al error:

«La preocupación por el derecho a la “libertad religiosa”, corresponde tanto a los ciudadanos como a los grupos sociales, a la potestad civil, a la Iglesia y a las otras comunidades religiosas y a cada uno en virtud del deber de todos hacia el bien común.»

Entonces, todas las comunidades religiosas, aunque falsas, tendrían el derecho a la libertad en materia religiosa. Muchos prelados del Vaticano II, especialmente los de los países comunistas, no se dieron cuenta de los equívocos a los que se prestaba el concepto de “libertad religiosa”, poniéndose, así, en favor de la libertad libertaria, que tenía todo el aire de traducirse en licencia con todas sus consecuencias morales y sociales.

Fue de inmediato un desastre aquel desenfreno por tomarse todas las licencias, especialmente en el campo del clero: masacre litúrgica, rechazo del hábito talar, apertura al matrimonio, traición de los “Votos Religiosos”…

Un laico, jurista y magistrado, vio aquella “libertad religiosa” así:

«Hablar de derecho a la libertad religiosa, entonces, también a la elección de una religión equivocada, significa teorizar el derecho al error dogmático (teórico) y moral (práctico), porque, como lo Verdadero coincide con el Bien, así lo falso coincide con el mal. De donde, quien sostiene el derecho al error, sostiene también el,  derecho al mal y, en particular, al delito. (Piénsese en las religiones que admiten los sacrificios humanos, la venganza de los iluminados, la reducción a la esclavitud.)»

La “libertad religiosa” “alla” Vaticano II, entonces, se entiende ahora como un derecho, a todos los hombres, de darse a la religión que desean. Pero, tal vez, un Estado laico agnóstico, o sea ateo, ¿no podría allanar la vía al satanismo?

Y que decir, entonces, de cuanto ha declarado Juan Pablo II en el “mensaje para la celebración de la jornada mundial de la paz” (8 de diciembre de 1998); allí dijo:

«La libertad religiosa constituye (…) el corazón mismo de los derechos humanos. Es tan inviolable como para exigir que a la persona le sea reconocida la libertad incluso de cambiar de religión si su conciencia se lo demanda.»

Esta frase de un Vicario de Cristo no se refiere a quien pase de una falsa religión a la verdadera, históricamente revelada, sino, desafortunadamente, a cualquier hombre, también cristiano, porque Juan Pablo II se refiere a los derechos del hombre del Iluminismo y de la Revolución Francesa de 1789. Un Papa no pudo, en nombre de la conciencia, autorizar la apostasía a la fe. Nosotros somos físicamente libres externa e internamente, pero no lo somos moralmente. Una libertad moral supone que no exista Dios con su Ley. Pero entonces, actualmente, estamos en un Estado laico, que significa agnóstico, ateo, en el cual se ejercita todo culto. Nosotros, sin embargo, examinando los textos del Vaticano II discordantes con otros textos del Magisterio, encontramos que la “Quanta Cura” de Pío IX condena explícitamente la “libertad religiosa”, mientras el Vaticano II ¡‘la hizo pasar’!

Y para terminar, me refiero al libro “Ser en la verdad”, de Hans Küng (el herético suizo, tan protegido por Paulo VI), donde escribió:

 

«Basta confrontar el documento doctrinal autoritario de los años ’60 del siglo XIX, publicado inmediatamente antes del Vaticano I – o sea el “Syllabus”, o catálogo de los principales errores de nuestro tiempo, publicado por Pío IX en 1864 – con los documentos doctrinales del Vaticano II de los ’60 del siglo XX, para darse cuenta de inmediato que es, gracias únicamente a los métodos del totalitarismo partidista” (“¡ya que el ‘partido’ tiene siempre razón!”) que se pudo alcanzar a transformar todas las contradicciones en un desarrollo lógico.»

No hay más desarrollo allí donde se afirma expresamente lo contrario. En el asentimiento dado al progreso moderno, a las adquisiciones modernas de la libertad y de la cultura moderna por la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy (1965), es imposible ver un desarrollo de esta doctrina de 1864, que condena solemnemente la opinión según la cual “el Papa podría y debería reconciliarse y llegar a un acuerdo con el progreso, con el liberalismo y con la nueva cultura” (civilitas) (Denz. 1780). Tampocola habitual oposición al explicar el desarrollo dogmático entre lo explícito (expreso) y lo implícito (en modo inclusivo), puede ser invocada en este caso. El asentimiento a la “libertad de religión”, dado por el Vaticano II, no está contenido ni implícita ni explícitamente en la condena de la libertad religiosa dada por Pío IX. Y tampoco se la puede eludir refiriéndose a tiempos tan cambiantes, y que entonces no se quieren condenar los excesos negativos de la libertad religiosa (y modernas adquisiciones similares).

***

La compilación del documento “Dignitatis humanae”, fue debido, en gran parte, al entonces Mons. Pietro Pavan.

En un capítulo de “Concilio Vivo” (ed. Ancora, Milán 1967, pp. 283294) él escribió:

«Todo ciudadano de cualquier Estado, en cuanto persona, por lo tanto por ley natural, siempre, dondequiera, inalienablemente, tiene derecho de profesar y de propagar una religión cualquiera por propia elección, libre de coacciones y tutelado por las leyes civiles» (op. cit. pp. 284285); «dicho derecho compete no solo a quien profesa la religión católica, sino también a quien profesa otra religión cualquiera; porque es cierto que solo lo que tiene razón da las bases para el derecho, pero la inmunidad de coerción está basada en la razón” (op. cit. p. 291); violando esos derechos se va contra una necesidad natural, contra los derechos de la persona, contra el orden establecido por Dios” (op. cit. p. 291); «dicho derecho puede ser limitado por las leyes civiles en base a la moral objetiva.» (op. cit. p. 292)

Mons. Pavan, sin embargo, no explica, aquí, cuando la Moral es “objetiva” y cuando no lo es; es más, el prosigue:

«Es legítimo presuponer que al menos, a la larga, el ejercicio de dicho derecho es beneficioso para la verdad, de modo que la verdad, sin coacción, y solo en virtud de su luz, llegue a prevalecer sobre el error» (op. cit. p. 293); «dicho derecho fue de hecho conculcado por siglos y siglos en el ámbito de la Civiltà Cristiana (¡esto es en la Iglesia Católica!) porque faltaban los presupuestos necesarios para impedir dicho estado de hecho: faltaba, esto es, una más plena conciencia en los hombres de su dignidad de persona humana y faltaba un ordenamiento democrático en los Estados. Ahora, en la época moderna (¿o modernista?) dichos presupuestos están sujetos a maduración, como resultado de un proceso histórico laborioso, complejísimo, desgarrado de profundos contrastes; proceso en el cual, sin duda, ha incidido positivamente la luz del Evangelio sobre el inmenso valor de la persona humana.» (op. cit. p. 255296)

Ahora, una Moral no puede ser sino “objetiva”, porque si no lo fuese, sería subjetivista y entonces, no metafísicamente fundada, por lo tanto sería intrínsecamente inmoral.

Pero dado que la ley natural, existente en toda conciencia, obliga moralmente a hacer lo que está bien, y a no hacer el mal, luego la ley natural obliga moralmente a cada persona a actuar en esa línea, mientras que la deja psicológicamente libre de pecar.

Ahora, es la razón del bien el “fin último” y todo lo que necesita para obtenerlo. El resto es mal, y quererlo es pecado.

Por lo tanto, ninguna acción puede ser moralmente indiferente; esto es: la actividad humana es siempre psicológicamente libre, pero nunca moralmente libre. Toda acción humana, por lo tanto, o santifica o mancha.

Continuando, todo acto psicológicamente libre se distingue en “voluntario” y “conciente”.

El primero, termina en la persona que realiza el acto, el segundo, ejecutado bajo el imperio de otras voluntades, puede ser forzado o contrastado; mientras el acto voluntario no se somete a ninguna forma de coacción.

Por lo tanto, el acto conciente se puede cumplir solo si hay razones de bien; de manera opuesta, no puede haber derecho a cumplirlo y se lo puede impedir con justa coacción.

El mal moral, entonces, no tiene ningún derecho de ningún tipo, independientemente de cualquier evaluación subjetiva y errónea.

Según Mons. Pavan, en cambio, apoyándonos en la protección que la ley civil acuerda también a las falsas religiones, afirma que «cada una ha de tener, de tal manera, la facultad de difundir, de divulgar también el error, pero los otros tienen la libertad de difundir la verdad; y comparar entre la verdad y el error, es legítimo presuponer que, al menos a la larga, el error se disuelva y la verdad termine por ser aceptada.» (op. cit. p. 293)

Aquí, estamos en la utopía rousseauniana de la “bondad de la naturaleza no contaminada de la civilización”: estamos frente al dogma mazziniano del “progreso de los pueblos”; estamos frente a la alucinación teilhardiana de la “evolución cósmica cristificante”: pero estamos también frente a la cancelación del dogma católico del “pecado original” que acompaña toda la historia de la humanidad, que hizo decir al mismo Cristo: «Veruntamen Filius hominis veniens putas, ¿inveniet fidem in terra?» (Cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?)

En cambio, según Mons. Pavan, la inmunidad de coacción se extiende también a quienes divulgan el error, «porque dicha inmunidad tiene conciencia del bien, y lo que tiene razón de conciencia del bien es el fundamento del derecho.» (op. cit. p. 286)

Ahora, si esta inmunidad tiene razón del bien metafísico, no puede tenerla suficientemente para fundar un derecho. Por ejemplo: los “sacrificios humanos” de los aztecas eran contra la moral objetiva, entonces fueron más que legítimas las medidas coactivas de los “conquistadores” que le pusieron fin.

Lo mismo vale para quienes difunden los errores y los errores de las falsas religiones, porque son contra la moral objetiva. «Quae peior animae mors quam libertas erroris.» (San Agustín  Ep. 166)

Pero Mons. Pavan, en su lugar, ha escrito que «cada ciudadano de cualquier Estado, en cuanto persona, por lo tanto, para la ley natural, siempre, dondequiera, inalienablemente, tiene derecho de profesar y de propagar una religión cualquiera de propia elección, libre de coacción y tutelado por las leyes civiles.» (op. cit. pp. 284285)

Nosotros, sin embargo, repetimos que, para hacer moralmente lícita una acción, es necesario que su objeto sea bueno, no solo metafísicamente sino también moralmente. Lo que no es para las falsas religiones, cuyos errores son parásitos de la verdad. Cierto, toda religión tiene el bien en si, pero este poco de bien no basta para hacerla moralmente buena!

«Bonum morale ex integra causa, malum ex quovis defectur.» Entonces, las falsas religiones, no obstante ese poco de bien que contengan, permanecen totalmente falsas, carecen de bondad moral y por eso no es lícita su actividad. Entonces, el profesarlas y el divulgarlas resulta ilícito, por intrínsecamente inmorales, cualquiera sea la buena fe de quien las practica.

Por lo tanto, es falso que prohibiendo a los que están en el error profesar y propagar sus errores, «se va en contra de su existencia natural y se lesiona un derecho de su persona, y se va contra el orden establecido por Dios.» (op. cit. p. 291)

Entonces, cuando la autoridad civil permite las falsas religiones, las profesa ella misma, las tutela y en su lugar persigue la religión católica, va contra el orden moral y contra el derecho del mismo orden moral.

Al contrario, profesar y divulgar la religión católica, la única verdadera y querida por Dios, es de pleno derecho «ex lege naturae et ex lege positiva Dei». En consecuencia, el Estado debe tutelar con leyes civiles su existencia y propagación; mientras debe prohibir la profesión y divulgación de las otras religiones, por erróneas y contra la voluntad de Dios, que quiere Su única religión.

El Señor no quiere el pluralismo religioso, sino obliga gravemente, al costo también del martirio, a hacer “proselitismo” y a destruir las otras religiones.

Cuanta retórica vacua, entonces, la de Mons. Pavan cuando afirma que el derecho a la libertad civil, también para el error, fue quebrantado por siglos y siglos también por la Iglesia, incluso porque faltaban los presupuestos para impedir esta despreciable fatalidad. (op. cit. pp. 295296)

Esta estupidez la habían advertido ya durante el Vaticano II, algunos entre los Padres más inteligentes y sagaces. El Cardenal Ottaviani, en efecto, recordó que nadie puede ser constreñido a profesar la verdadera religión, pero que tampoco ningún hombre puede tener ningún derecho a la libertad religiosa en contraste con los derechos de Dios, y que es grave, en consecuencia, afirmar lícita de derecho la propaganda de las otras religiones.

El Cardenal Ruffini, luego, hizo resaltar que la Declaración conciliar “Dignitatis humanae” debía ser corregida, porque así como estaba, favorecía el indiferentismo religioso y prohibía al Estado favorecer la verdadera religión.

También el Cardenal Quiroga y Palacios, hizo notar que, para favorecer a los hermanos separados, se dañaba la fe de los católicos, puestos, así, en gravísimos peligros de fe, porque el texto está en contradicción con la doctrina tradicional, por la cual el Concilio, aprobando la “Dignitatis humanae”, ¡venía a sancionar aquel liberalismo religioso que siempre había sido condenado!

También el Cardenal Buenos y Monreal, declaró “ambíguo” el texto conciliar; y que solo la Iglesia Católica había recibido de Dios la orden de predicar el Evangelio a todos los pueblos, y que no se podía imponer a los católicos someterse a la propaganda del error; y que los católicos tenían ellos solos el derecho de exigir del Estado el prohibir la propaganda de las otras religiones.

Del mismo decir fue el Cardenal Browne, apoyado por el Cardenal Parente (ambos de la Curia Romana). Ambos, esto es, rechazaron aquella “declaración” porque los derechos de Dios estaban subordinados a los del hombre.

El Superior General de los Dominicanos, P. Fernandez, rechazó también aquella “declaración”, por afectada de “naturalismo”.

Desafortunadamente, los “Padres” de las dos Américas fueron favorables a esta libertad religiosa, tal vez por una falsa “caridad” ecuménica hacia los cismáticos y los herejes.

Incluso el teólogo de Paulo VI, el Cardenal Carlo Colombo, veía, en aquella “libertad religiosa” una especie de aplicación nueva a los principios inmutables. ¡Pero ninguno supo nunca cuales fueron aquellos “principios inmutables”!

La Tradición católica fue totalmente determinada por los Papas.

Fue en la Epístola “ad Jubaianum” que San Cipriano formuló el axioma “Extra Ecclesiam nulla salus”. Tal axioma se repitió, infinidad de veces, por los “Padres” y por los Pontífices, hasta el Vaticano II.

Vamos a ver algún documento más cercano a nosotros. Lo saqué del Denzinger (edición 1963):

«Ahora condenamos aquella otra fecundísima causa de males, de los cuales vemos con pena sufrir a la Iglesia, esto es el indiferentismo, o sea la depravada opinión… que cualquier fe que uno profese, puede obtener la salvación eterna, porque sus costumbres son conformes a la norma de la rectitud y de la honestidad… Ahora, de esta repugnante fuente de indiferentismo, proviene aquella absurda y errónea sentencia, o más bien delirio, que exige se afirme y se reivindique para cada uno la “libertad de conciencia” (Denzinger nº 2730); por lo tanto, la Iglesia, por fuerza de la potestad concedida por su divino Autor, no solo tiene el derecho, sino incluso más, el deberde no tolerary de prohibir y de condenar todos los errores, si esto es requerido para la integridad de la Fe y de la salvación de las almas… En cuanto a la sentencia que enseña lo contrario, nosotros la declaramos y proclamamos del todo errónea y máximamente injuriosa en lo que respecta a la Fe, de la Iglesia y de la autoridad misma.» (Denz. 2861)

En el Denzinger se encuentra condenada también la siguiente sentencia:

«En verdad, es falso que la libertad civil decualquier culto y también la plena potestad concedida a quienquiera de manifestar aparentemente, en público, cualquier opinión y doctrina conduzca fácilmente a la corrupción de las costumbres y de las almas de las gentes, y propague la peste del indiferentismo.» (Denz. 2970)

Y entonces, ¿por qué en la “Dignitatis Humanae” (nº 3) se cita, en nota, la encíclica de León XIII, “Libertas praestantissimum”, para la validación de la afirmación que el derecho a la libertad religiosa, acuerda como derecho a profesar y a propagar cualquier religión, bajo la protección de las leyes civiles, está fundado en la dignidad de la persona, tal como está dicho en la Divina Revelación y como querido por la razón humana?

Pero, ¿quien se ha querido engañar? porque León XIII dice precisamente lo contrario:

«La norma y la regla de la libertad, no solo de los hombres individualmente, sino también de la sociedad humana, está fundada íntegramente en la ley eterna de Dios (Denz. 3248); «por lo tanto, en la sociedad de los hombres, la libertad, digna de tal nombre, no significa que cada uno pueda hacer lo que quiere… sino en esto: que, gracias a las leyes civiles, pueda más rápidamente vivir según las prescripciones de la ley eterna. En cuanto a la libertad de las personas que presiden, no es que estas puedan imponer imprudentemente (temerariamente) su voluntad… puesto que la fuerza de las leyes humanas parece emanar de la ley eterna, y no sancionan lo que en dicha ley no esté contenido en la fuente universal del derecho.» (Denz. 3249)

Y otra vez:

«se proclama enfáticamente una llamada “libertad de conciencia”, la cual, entendida como licencia, para cada uno, de honrar o no honrar a Dios según su capricho, por los argumentos arriba referidos, ya ha sido suficientemente refutada. Sin embargo, por “libertad de conciencia” se puede entender también esto, que sea reconocida al hombre la facultad de cumplir aquellos deberes que su conciencia le impone, para obedecer la divina Voluntad y de ajustarse a sus preceptos, sin encontrar impedimentos de ninguna clase en la sociedad civil. Esta, si, es la verdadera libertad de los hijos de Dios, noble tutela de la dignidad de las personas, que debe permanecer inmune de cualquier coacción y ofensa. Esta es la libertad de la Iglesia, deseada y por ella sumamente amada. De este género es la libertad que los Apóstoles reivindicaron con constancia… (Denz. 3250); «sin embargo, en tales circumstancias (aquellas contingentes a los varios eventos de los pueblos) la ley humana puede ser forzada a tolerar el mal, pero no podrá nunca aprobarlo y quererlo per sè; porque el mal, siendo privación del bien, es contrario al bien común: bien común que el legislador debe buscar y debe defender en la medida de todas sus posibilidades.» (Denz. 3251); «de ello se concluye que no es de manera alguna lícito pedir, defender ni conceder la libertad de pensar, de escribir y enseñar, ni igualmente la promiscua libertad de cultos, como si se tratase de otros tantos derechos, dados al hombre por la naturaleza. Porque, si verdaderamente la naturaleza los hubiera dado, sería lícito al hombre desobedecer la orden de Dios e ilícito moderar con cualquier ley la libertad humana.» (Denz. 3252)

Como se ve, ¡León XIII condena claramente como errónea y grave, precisamente la declaración de la “Dignitatis Humanae”!

El mismo juicio lo había expresado Pío XII (Discurso del 6/12/1953) afirmando que lo que no corresponde a la ley moral, no tiene objetivamente ningún derecho ni a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción.

Ya lo había dicho Santo Tomás de Aquino (cfr. S.Th. 1 11, q. 96, a.4 y otros), afirmando que las leyes humanas que se opongan a la ley de Dios, sean naturales como positivas, no obligan y no pueden conceder ningún derecho, a nadie.

También la Sagrada Escritura es clara. En el Exodo 22, 19 leemos:

«¡Cualquiera, que en lugar de ofrecer sacrificios exclusivamente al Señor, los haya también ofrecido a los ídolos, sea votado al anatema!»

Y así, fueron muertos los adoradores del “becerro de oro”:

«Así manda el Señor Dios de Israel. Cada uno de vosotros cíñase su espada al flanco; pasad y repasad el campamento de tienda en tienda, y mate cada uno a su propio hermano, al propio amigo y al propio vecino.» (cfr. Exodo 32, 27)

Sin embargo, el becerro de oro no era sino una prefiguración – ¡aunque ilítica! – ¡del Dios de Israel!

«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que vas a poseer y arroje delante de ti a muchas Naciones… tu las derrotarás y las darás al anatema… demolerás sus altares; romperás sus pilares; arrancarás sus Máscaras, y darás al fuego sus idolos.» (cfr. Deuteronomio, 7, 15)

También los Profetas exigieron al pueblo de Israel que proscribiera todo otro culto que no fuera el del verdadero Dios. Esto nos hace decir: ¿es posible que Dios, promulgando tales leyes religiosas y civiles juntas, y exigiendo su observancia, iba en contra del derecho natural que él mismo había creado?

Ni Jesús abrogó nunca una ley tan severa. Lo habría debido hacer, si acaso, en el “sermón de la Montaña” (Mt. 5 ss.), en el cual redimensionó diversas disposiciones de la ley antigua y varias distorsiones debidas a los rabinos. ¡Pero no!

Los Apóstoles, luego, gritaron, en plena Sinagoga, que debían obedecer primero a Dios, aún contra la suma autoridad religiosa y civil. (Hechos 5, 29)

Lo mismo hizo San Pablo, a pesar de que hubiese querido el respeto a las leyes romanas; ¡pero no sobre cosas de fe!

Concluyendo: entonces, profesar y propagar las falsas religiones, aún si tuteladas por las leyes civiles, no sería en absoluto la “libertad” querida por la ley positiva y la ley natural; de otra manera, sería libertinaje y, por lo tanto, ¡sería una “libertad” intrínsecamente inmoral!

Por eso, el Papa no está autorizado a permanecer en silencio para no turbar la buena fe de las gentes, al contrario, está obligado a hablar, a predicar, a divulgar el Evangelio, a llamar a la gente a volver a la “verdadera fe”, y, entonces, a la Iglesia, al menos como deseo implícito, de incluir la fe y la caridad sobrenatural.

¿No fue, acaso, el Señor mismo quien dio a Pedro y a sus Apóstoles la orden de ir a predicar Su doctrina, la única verdadera, para conquistar al Evangelio a cada alma de buena fe? Y esto porque – según la “doctrina” de siempre de la Iglesia – aquellos que pertenecen a la Iglesia solo “in voto”, o sea con el deseo implícito o explícito, no tienen la seguridad de su salvación eterna, ni los medios ordinarios (doctrina y Sacramentos) para conseguirla.

Y así lo hicieron todos los Apóstoles. Terminaron “mártires”, precisamente porque los que rechazaron la verdadera fe, – ¡entonces de mala fe! – ¡los mataron!

Ciertamente, la “verdad”, porque intransigente, hiere y ofende a cuantos no quieren la luz y cometen obras malvadas (Jn. 2, 15). Pero los que, como los Apóstoles, permanecen fieles al “mandato” de Cristo, también se convierten en un “signum cui contradicetur” (signo de contradicción), ¡llegando hasta el martirio!

Ahora, transcurridos 50 años de la clausura del Vaticano II, se pueden ver sus “frutos”.

El Concilio, que quería una “Reforma” para una mejor vida de la Iglesia, ha abierto, en su lugar las puertas a todos los “errores” de la sociedad moderna, ya estigmatizados por el Magisterio plurisecular de los Sumos Pontífices, y así han trastornado la doctrina y la misma estructura de la Iglesia.

El Vaticano II, en efecto, ha promovido doctrinas en abierta contradicción con la Fe Católica. Estas desviaciones doctrinales están contenidas en Constituciones, Decretos y Declaraciones.

El Vaticano II, entonces, ha enseñado y aplicado “errores” y “herejías” que la Iglesia anteriorya había proscripto.

Y nosotros demostramos que estos documentos conciliares no están en aparente contradicción con los documentos de los Papas anteriores, pero que, lamentablemente, hay una real dicotomía, como, por ejemplo, el documento “Dignitatis humanae personae”, donde las discrepancias son más que evidentes.

Veámoslo.

Paulo VI firmó aquel Decreto conciliar, “Dignitatis humanae personae” el 7 de diciembre de 1965, donde se enseña que el Estado no debe intervenir en la confesión religiosa de sus ciudadanos; además, el documento conciliar afirma que cada persona humana tiene el derecho de profesar públicamente la propia religión, sin impedimento alguno.

Ahora, esta nueva doctrina del Vaticano II ya había sido condenada por Pío IX en su encíclica “Quanta cura” del 8 de diciembre de 1868, donde se definía que el Estado debe ser confesional, y por eso condenaba la “libertad religiosa”. Para constatar la total divergencia, pongo, aquí, los dos textos para confrontación:

1 Cfr. “Dignitatis humanae”

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