[15] Vaticano IIº. Giro de 180º: “Nostra Aetate”:Religiones no cristianas

V O L V E R   A L   Í N D I C E

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Hans Küng.

 

«¡Hermanos! ¡Manteneos firmes! ¡Conservad las Tradiciones que recibísteis, ya de palabra, ya por nuestra carta!»

(Tes. 2, 15)

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CONSTITUCIÓN “NOSTRA AETATE”

– Religiones no cristianas –

Esta Constitución es una Declaración de la Iglesia respecto a las religiones no cristianas.

Es un problema misionero, entonces que comprende la situación de aquellos que profesan una religión no cristiana, expuestos, por lo tanto, a ignorancia, errores, supersticiones y degradación moral; así también se refiere a los hombres que tienen solo un vago sentimiento religioso (animismo y religiones etnológicas) sujetas al politeísmo y a la idolatría. Hoy, el 80% de los hombres ignoran a Cristo. La “misión”, entonces, es esencial a la Iglesia y es el fin más grande y santo, por el cual todos los cristianos estamos empeñados en esta obra y todos debemos sentirnos empeñados a participar en la evangelización del mundo.

Pero la salvación no es nunca una cosa puramente interna, sino se realiza en ciertas condiciones extremas y visibles. Ahora, la forma segura es aquella que se encuentra solo en la Iglesia. Dios no abandona incluso a estas multitudes que ignoran el Evangelio, solicitándoles acoger, al menos internamente e implícitamente, el mensaje y la salvación de Cristo; pero esta imperfecta, precaria, inicial adhesión a Cristo y a la Iglesia, exige ser llevada a su cumplimiento mediante la predicación.

El jesuíta, Prof. Karl Rahner (1904-1984), escribió del “cristianismo anónimo” en estos términos:

«La gracia, como oferta perenne al hombre, se convierte en una característica del su ser, a tal punto que él ya no puede estar alejado.» «Si es así, la gracia de Dios está en todas las religiones, no solo en la cristiana, aunque en modo oculto y deformado.»

«Todo hombre es así cristiano, aunque sea inconcientemente. También las religiones no cristianas son caminos para la salvación, por los cuales los hombres van al encuentro de Dios y de su Cristo. Esas son cristologías de búsqueda.»

«Las religiones no cristianas no siguen a Cristo como cristianas, sino lo buscan, sin saberlo y a lo largo de unos caminos distintos.»

«Incluso los ateos pueden ser “cristianos anónimos”.»

«Si siguen la voz imperiosa de su conciencia, pueden encontrar la salvación.»

«Incluso en el marxismo ha penetrado el elemento sustancial del hombre. En su amor verdadero y auténtico por las personas vivas y pobres, estaba en acción el Espíritu de Dios.»

De estas afirmaciones de Karl Rahner no se puede no permanecer desconcertado. Si fuese verdaderamente así, el anuncio evangélico no debería encontrar tanta dificultad para ser acogido y aceptado, mientras, en su lugar, desde los tiempos apostólicos a hoy constatamos exactamente lo contrario.

Además, si verdaderamente las religiones no cristianas son vías naturales al Cristianismo, los hebreos y los musulmanes no deberían tener ninguna repugnancia de aceptar a Cristo como único Salvador. Sin embargo eso no ocurre; al contrario, no son, desafortunadamente, pocas las perversiones y apostasías de la misma verdadera religión cristiana!

Si incluso en el marxismo está la obra del Espíritu de Dios, ¿como se puede explicar los más de 200 millones de víctimas del comunismo?

La teología misionera de Karl Rahner es un verdadero vaciamiento del espíritu misionero, que siempre ha animado a la Iglesia Católica.

Su invención de los “cristianos anónimos” es una auténtica herejía teológica más que histórica, porque anular la orden de Jesús: «Predicad el Evangelio a toda creatura»: es una orden que permanece válida e imperativa hasta el fin del mundo y no puede admitir excepciones. No sería, entonces, inválida si todos los hombres fueran verdadera y naturalmente encaminados hacia la salvación. No hay duda, por lo tanto, que esto está en los designios de Dios, mientras no estaría en absoluto en la mente de los hombres sin el anuncio, como lo escribe San Pablo:

«Pero ellos (los paganos) ¿como lo podrían invocar (a Dios) si en El no han creído? ¿Y, como creerían quienes de El no han oído? ¿Y, como oirían sin quien lo predique?  ¿Y como predicarían sin ser mandados? Pero no todos obedecen al Evangelio. Bien dice Isaías: Señor, ¿quien ha creído en nuestra predicación? La fe, por lo tanto, nace de la predicación, y la predicación tiene lugar por medio de la palabra de Cristo.» (Rom. 10, 14 y ss)

Después de esto, es claro que es exactamente lo opuesto de cuanto ha afirmado, desatinado, Karl Rahner. Las afirmaciones de Rahner, entonces, son falsas e inaceptables. Lamentablemente, su doctrina extravagante influyó decisivamente en los Padres conciliares, ¡y las “Ordenes Religiosas” tuvieron pérdidas de vocaciones en forma casi inimaginable! La misma Orden Jesuita, a la que pertenecía también Rahner, sobre cerca de 30 mil que eran antes del Vaticano II, aproximadamente 15 mil dejaron la Compañía, ¡y abandonaron también el sacerdocio! ¡He aquí las consecuencias desastrosas cuando lo que conduce es el orgullo y las iniciativas insensatas, dejando el camino de Jesús y de los Apóstoles y de la Iglesia, en el curso de los siglos, a lo largo de los cuales todos los Padres de la Iglesia fueron admirables testigos y defensores de la Divina Revelación!

Pero ahora, en cambio, Benedicto XVI ha dicho:

«La Declaración “Notra Aetate” es de grandísima actualidad, porque se refiere a la actitud de la Comunidad eclesial hacia las religiones no cristianas. Partiendo del principio que “todos los hombres constituyen una sola comunidad”, y que la Iglesia “tiene el deber de promover la unidad y el amor” entre los pueblos, el Concilio “nada rechaza de cuanto es verdadero y santo” en las otras religiones y a todos anuncia a Cristo “Camino, Verdad y Vida”, en quien los hombres encuentran la “plenitud de la vida religiosa.»

También en el Decreto Unitatis redintegratio” se afirma que las iglesias cristianas no católicas «no están para nada desprovistas de significación y de valores en el misterio de la salvación», por lo cual «el espíritu de Cristo no rechaza servirse de ellas como medios de salvación.»

Por eso la “Nueva Liturgia” de la Misa traduce esta preocupación ecuménica forjando incluso un “Nuevo rito” de manera de volverlo aceptable ya sea a los católicos como a los protestantes. La “Nueva Misa”, en realidad (¡compuesta con el auxilio de seis pastores protestantes!) fue el fruto más envenenado del ecumenismo, que se manifiesta generando en las mentes de los fieles la idea que todas la religiones se equivalen, llevándolos, así, al indiferentismo.

Pero tal doctrina casi ha destruido el espíritu misionero, porque si todas las religiones tienen valores de salvación, no existe más la necesidad de predicar el Evangelio a todas las gentes, según la orden de Jesús, para convertirlas a la única verdadera religión revelada.

Pero entonces, por qué, en el Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Bolonia desde el 3 de setiembre al 4 de octubre de 1997, el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de la “Congregación para la doctrina de la Fe, dijo a los periodistas que:

«la Iglesia debe solo anunciar a Cristo. No debe atraer hacia si, ni acrecer la propia grey, ni procurarse santos clientes, sino mostrar el rostro de Jesús. La fe no es una mercancía, ni propiedad de un grupo que tiende a expandirse. Nosotros no poseemos nada. Somos simplemente administradores de un don!»

También en “Avvenire” del 25 de setiembre de 1977, p. 17. el Cardenal afirmó que «es posible, debido, proponer a Cristo a los pueblos.»

Aquí hay una verdadera carencia teológica, porque la doctrina católica siempre ha enseñado la propagación de la verdad, no del error. La ruina moral de hoy se debe a la propagación ideologías perversas. Además, la realeza de Cristo es una verdad revelada, entonces, imposible de eliminar del depósito de la Fe, cuyo objetivo, la conversión de las almas y de la sociedad, incorporadas a Su Reino, crean la civilización cristiana, porque reforman moralmente los pueblos.

Por lo tanto, debe no solo proponer a Cristo a los pueblos, sino también bautizarlos y gobernarlos, gracias a «Jesucristo, que es causa única de su redención.» (Rom. 5, 19) Luego, es un error teológico sostener que «la libertad de conciencia es inviolable y debe ser respectada, también cuando se cambia de religión.»

Pío IX lo condenó en el Syllabus, por estar en contraposición dialéctica con el Evangelio. Cierto, la adhesión a la verdad es libre, pero solo física y psicológicamente, pero no moralmente.

¿Tal vez Jesús tendría siempre consigo a sus doce discípulos? ¡No! En efecto, el mandaba a predicar y a arrojar los demonios, porque su venida a la Tierra fue para redimir a la humanidad de la esclavitud de las fuerzas tenebrosas. También de Satanás a quien le dijo: «¿Haz venido a perdernos!» Jesús le intimó: «Cállate y sal de él.» (Mc. 1, 2425)

Es soberanamente equívoco, porque ha despojado la “Misión” de su carácter propio, dándole un vago y genérico sentido de evangelización, suprimiendo la sola cosa importante: convertir los pueblos y bautizarlos, como fue la orden de Nuestro Señor. Su resultado conciliar, por lo tanto, fue un escandaloso relativismo, que marchita las vocaciones y separa a los misioneros del trabajo apostólico, reemplazandola soberanía de Dios por el culto del hombre.

En ese esquema, entonces, se encuentran deficiencias muy graves: deficiencia de la definición de la función del Papa y de los Obispos, quienes «fueron consagrados no solo para regir la diócesis, sino también para la salvación del mundo íntegro.»

Los Obispos no tienen jurisdicción sobre toda la tierra, lo contrario estaría en contradicción con la tradición universal de la Iglesia. Solo Pedro y sus sucesores, en realidad, poseen el “derecho estricto” de guiar a toda la grey. Además, sería incompleta también la exposición del principio de la actividad misionera. Ahora, aquella exposición produjo el agotamiento de todas las vocaciones y del celo apostólico para la salvación de las almas por intermedio de Jesucristo Salvador, y de los medios que dependían de la voluntad de Dios: la necesidad de la Fe y del Bautismo y la necesidad de la predicación para cumplir la misión salvadora de Cristo. En la exposición del esquema, en cambio, son ignorados, tal vez por extraños a la economía de la salvación por medio de la Iglesia.

Es una teología nueva. El apostolado no está más basado en los principios sobrenaturales, sino en los naturalistas para “las almas bien dispuestas”, como se ha dicho en el nº 13, ¡mientras Jesús y los Apóstoles predicaron a todos los hombres!

En la página 13, línea 5, del esquema se lee: «La Iglesia prohíbe forzar a cualquiera a abrazar la fe, o de solicitarlo y o inducirlo con artificios inoportunos.» ¡Es una frase, esta, sin embargo, que es injuriosa para los misioneros y para todo otro celoso por la salvación de las almas! En la pag. nº 8, se lee: «Que Cristo sea… ¡de una humanidad nueva!» ¿Pero de cual “humanidad nueva” si no terrestre…?

Hay un veneno escondido en eso que ha hecho suscitar una vida pagana entre los fieles y, por rebote, también entre el clero, desviado todo de las obras religiosas para darse a la “construcción del mundo” y también a su “consagración”, poniendo en el ánimo de los fieles un impulso que ha hecho olvidar a todos sus obligaciones religiosas y morales, no pensando más en los ideales de búsqueda del Reino de Dios y de su justicia, para instaurar todo en Cristo, formando una civilización católica.

En la historia de la Iglesia, el impulso misionero siempre ha sido signo de vitalidad; ¡hoy, su disminución es signo, en su lugar, de una grave crisis de la fe!

Puesto que en el Decreto “Unitatis redintegratio” se afirma que las iglesias cristianas no católicas «no están para nada desprovistas de significación y de valores en el misterio de la salvación» por lo cual «el Espíritu de Cristo no rechaza servirse de ellas como medios de salvación», y que, entonces, ha generado en las mentes de los fieles la idea que todas las religiones son iguales, – ¡creando el indiferentismo en muchos fieles! – creo que es necesario tratar, aquí, aunque sea brevemente, el problema que se plantea: si todas las religiones son iguales.

En no pocos mapas de las religiones, el cristianismo se observa, ya, sin ningún relieve, a la par de las otras religiones, como si fuese una religión como las otras, aún un diamante de valor, pero cerca de fondos de botella, o como una joya de oro purísimo, degradado, sin embargo, en medio de vulgares bagatelas.

Es precisamente cierto, entonces, que Jesucristo es todavía el “Deus absconditus” (el Dios oculto)… Es precisamente cierto, también, que «vino entre los suyos y los suyos no lo reconocieron.» (Jn. 1, 11)

Pero el Señor ha dicho también: «¿A quien queréis compararme y equipararme, y asemejarme de forma que fuésemos iguales?» (Is. 46, 5)

No han sido pocas las veces que he escuchado decir: «Una religión es igual a la otra.» Y todavía: «Si fueses nacido en la India, serías indú. Si fueses nacido en un país musulmán, serías igual que yo musulmán. ¡Nosotros somos cristianos porque nacimos en Italia! Entonces, una religión es igual a la otra; por lo tanto, ¡el cristianismo es una de las tantas religiones!»

Es un razonar, este, que sabe a ligereza y a superficialidad. Es como si se dijese: «todas las monedas son buenas, sean verdaderas o falsas, ¡da lo mismo!» Sin embargo, las monedas falsas parecen verdaderas, ¡pero siguen siendo falsas!

Por lo tanto, decir que «todas las religiones son buenas» es un grueso error, mientras que reconocer que también en los errores puede haber migajas de verdad, es querer decir que en todas las religiones se encuentran puntos en común.

Por ejemplo:

  1. todas las religiones poseen la noción de un Ser Supremo, omnipotente, juez del “mal”.
  2. todas las religiones creen, de modo diverso, en una vida después de la muerte.
  3. todas las religiones tienen su código moral.

Visto lo anterior, resulta entonces errado decir: «una religión es igual a la otra», porque una cosa es poseer partículas de verdad, mezcladas, pero un grueso error, y otra cosa es poseer la verdad en su integridad.

Entonces, la frase “toda religión es igual a la otra”, es como matar a la Iglesia en su dinamismo misionero. ¿Tal vez en los tiempos de Jesús y de los Apóstoles no hubo otras religiones? Pero Cristo no ha querido el “diálogo”, sino, enviando a los Apóstoles a todas las gentes, usó el imperativo: «docete omnes gentes», para anunciarles la “Buena Nueva”, su Evangelio, para convertirlas y así salvar sus almas.

Cristo, en realidad, fue mandado por el Padre a nosotros, “en expiación de nuestros pecados” (I Jn. 4, 10), y no para sanar al hombre en el flanco humano (pobreza, enfermedad, muerte), sino para elevarlo a la vida divina, mediante el don de la Gracia. El Cristianismo, por lo tanto, es una nueva generación (Jn. 3,7), una nueva vida que nos hace “participar de la naturaleza divina”. (II Pedro 1, 4)

El Cristianismo, por lo tanto, no es una presunta teología progresista que da un Cristo amigo de los pobres, vindicador de los explotados, que predica un humanitarismo económicosocial y que enseña a hacer el bien a los otros, también a los enemigos. Si no, esa religión sería solo humana, a medida del hombre, o sea, filantropía.

La religión cristiana, en su lugar, es infinitamente más alta, porque eleva al hombre al alturas divinas, al amor con Dios. Realiza, así, un injerto misterioso, sugerido por Cristo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn. 15, 5), «para que seamos una sola cosa con el Padre». (Jn. 17, 1121).

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Luise Rinser , ex mujer del músico Karl Orff y amante de Karl Rahner, quien le escribió buenas 1.800 cartas siempre más ardientes y apasionadas.

 

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