[16] Vaticano IIº. Giro de 180º: “Lumen Gentium” : La nueva constitución de la Iglesia

V O L V E R   A L   Í N D I C E

Polis-página001

Una imagen de cómo han dejado la Iglesia´.

 

TresPapas

Lo que uno dejó en pie aún, el siguiente lo derrumbó

 

«Recordad que no será perdonada la blasfemia contra el Espíritu Santo,que es la herejía que impugna la Verdad.»

(Mt. 12, 3132)

Capítulo VIII

CONSTITUCIÓN “LUMEN GENTIUM”

– Iglesia –

Es la constitución (llamada “dogmática”) sobre la Iglesia. Fue promulgada el 21de noviembre de 1964. Comprende ocho capítulos, intitulados: El Misterio de la Iglesia – El Pueblo de Dios – Constitución jerárquica de la Iglesia, en particular del Episcopado – Los Laicos – La Vocación universal a la santidad en la Iglesia – Los Religiosos – Carácter escatológico de la Iglesia peregrinante y su misión (unión) con la Iglesia del Cielo  La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Nuestra particular atención estará en la “Constitución jerárquica de la Iglesia”.

En la introducción, el Concilio declara que «hace suya y propone de nuevo a los fieles la doctrina del Primer Concilio del Vaticano sobre el Primado del Pontífice Romano». Y añade inmediatamente:

«Persiguiendo el mismo objetivo, ha resuelto declarar y proclamar la doctrina concerniente a los Obispos, sucesores de los Apóstoles, los cuales con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y cabeza visible de toda la Iglesia, gobiernan la casa del Dios viviente.»

Ahora, decir que «con el Sucesor de Pedro, los Obispos gobiernan la casa de Dios» es más que un equívoco, porque puede inducir a error, en modo grave, por no haber subrayado la subordinación de los Obispos al Papa, lo que sería contradecir al Vaticano Primero.

En el Nº 19 se lee: «Jesús constituyó a los Doce en forma de Colegio, o clase estable, y puso a Pedro a la cabeza, elegido entre ellos.» Y más adelante se lee:

«los Apóstoles… reúnen la Iglesia universal que el Señor ha fundado sobre los Apóstoles y edificado sobre San Pedro su príncipe, con Jesús mismo como piedra angular.»

Como se ve, no se hace caso al texto: «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», por lo que “puso a Pedro a la cabeza”, es “su príncipe”, o “cabeza”, tiene el significado de un simple “primado de honor”.

En el Nº 20, descansa el equívoco; en efecto, se dice:

«tal como el oficio conferido a Pedro en particular… así también el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, debe ser ejercitado a perpetuidad por el orden sacro de los Obispos; el Sacro Concilio enseña, por lo tanto, que, en virtud de la institución divina, los Obispos suceden a los apóstoles como pastores de la Iglesia…»

También aquí, el texto no diferencia al sucesor de Pedro de los simples Obispos, ni aclara de cual naturaleza es la Jerarquía.

En el Nº 22, mientras afirma que el Colegio de los Obispos tiene autoridad solamente si está unido a Pedro, todavía no explica de que naturaleza es este poder; por otra parte, este poder puede ejercitarse por Obispos esparcidos en el mundo, siempre y cuando la cabeza del colegio lo invite a hacerlo, o al menos lo apruebe y acepte.

Es claro que, aquí, la confusión aumenta. Mientras el Vaticano I escribe claramente que «es a Simón Pedro que Jesús confirió la jurisdicción de Pastor, jefe supremo de toda su grey…», el Vaticano II, en cambio, habla de un “sujeto de poder supremo y pleno”, pero que no puede actuar sin la iniciativa y la aprobación de Roma.

Otra extravagancia más desconcertante es aquel decir: que «el Pontífice Romano es siempre libre de ejercitar su poder supremo», unido al orden de los Obispos. ¡Es ridículo!

Si el Papa debe asociarse en el ejercicio de su poder al orden de los Obispos, ¿a donde está el carácter “supremo” de su poder? ¿Tal vez porque el Jefe del Colegio no puede cumplir por si solo ciertos actos que son de competencia de los Obispos? ¿O porque él solo, jefe de toda la grey, no es libre de actuar, si no colegialmente?

La “Lumen gentium”, entonces, no tiene las dos verdades, de acuerdo a la Sagrada Escritura y la tradición, de las cuales no se puede separar sin perder la Fe.

Estas son:

1) «es al Pontífice a quien Jesucristo ha conferido, en la persona de Pedro, el poder pleno de apacentar, regir y gobernar la Iglesia Universal»;

2) «es un poder ordinario sobre toda la Iglesia… un orden de jurisdicción verdaderamente episcopal, inmediato, no solamente en lo concerniente a la Fe y las costumbres, sino también a la disciplina y al gobierno, que requiere la sumisión y una verdadera obediencia de parte de todos.»

Estas verdades, que se encuentran en los esquemas preparados antes del Concilio, fueron puestas a la discusión por el masón Cardenal Lienart, apoyado por el Cardenal Frings y por los otros Padres progresistas.

Así, el equívoco estuvo a la orden del día, en textos vagos y diplomáticos; ortodoxos en apariencia, ¡pero en realidad, modernistas!

En los años siguientes se ha demostrado como ese lenguaje equívoco condujo a verdaderas catástrofes doctrinales.

La “Lumen gentium, ya no presenta más a la Iglesia, como Jesucristo la perpetuó, fundada sobre Pedro, y divinamente constituida, sino en su lugar como “misterio” del pueblo de Dios, que acepta la ideología del sentimiento religioso dentro de una evolución indefinida.

Los satánicos líderes del Vaticano II sabían ciertamente que, con esta maniobra, iban a socavar el Primado del Pontífice, sumergiéndolo en la “colegialidad” del episcopado.

Ahora, esto puede llamarse ¡un atentado sacrílego contra Dios y Su Hijo!

Por eso, quiero transcribir el anatema pronunciado por el Vaticano I:

«Si alguno dice que el Pontífice Romano no tiene una función de inspección y de dirección sobre la Iglesia Universal, no solo en materia de fe y de costumbres, sino también de disciplina y de gobierno de la Iglesia Universal, o dice que el Pontífice Romano tiene solamente la parte principal y no la plenitud de este poder supremo, o que su poder no es ordinario e inmediato, tanto sobre todas y cada una Iglesia, cuanto sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles,¡sea anatema!»

Pero entonces, ¿que “calificación teológica” ha de atribuirse a la “Lumen gentium” y a la “Dei verbum”? El texto del Vaticano II es bastante sibilino, enigmático, mientras exigía, al contrario, una respuesta oficial en materia teológica, un hablar claro.

El teólogo, entonces, tendría derecho de encontrar afirma dos expresamente, sin sobreentendidos, los textos oficiales, mientras, en su lugar, en todos los Documentos Conciliares (Constituciones, Declaraciones, Decretos, etc. …) no hay ninguna definición dogmática, ni anatemas, sino lo contrario, de donde se sigue que el Vaticano II no tiene ningún carisma de infalibilidad. Solo se encuentran allí “dogmas de fe” definidos por otros Concilios “de fide”.

Este es un punto que necesita fijarse bien en la mente, porque esta negativa a comprometerse sin el carisma de infalibilidad, nos da la explicación de las ambigüedades y, peor incluso, herejías que uno descubre aquí y allá, además de las catástrofes en las que cayó la Iglesia postconciliar.

Algunos Padres tradicionalistas, que habían visto el giro peligroso que tomaba el Vaticano II, tanto por el contenido de los dos textos de las dos Constituciones dogmáticas, cuanto por el de su Constitución “Lumen gentium” y aquella sobre el rol de la Sagrada Escritura, la “Dei verbum”, requirieron la “calificación teológica” a dar a esas dos Constituciones; pero los líderes en cuestión se negaron a comprometerse. ¿Por qué?

Leamos atentamente la “Lumen gentium” – la Constitución sobre la Iglesia –, y encontraremos el lanzamiento de un torpedo contra la Constitución dogmática “Pastor aeternus” del Concilio ecuménicodogmático Vaticano I (18 de julio de 1870, IV sesión) de parte del Vaticano II cuando habla de la Iglesia como “pueblo de Dios” y propone “la Colegialidad” de los Obispos.

En fin, veremos que la definición misma de la Iglesia, en la “Lumen gentium”, está errada. En el nº 8, en efecto, se dice:

«… Esta es la única Iglesia de Cristo (la Iglesia terrestre y la Iglesia en posesión de los bienes celestiales; la sociedad constituida de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo; la comunidad visible y la espiritual), que en el Símbolo profesamos: una, santa, católica y apostólica, y que el Salvador nuestro, después de su resurrección, dio a apacentar a Pedro, (Jn. 21, 17) encomendando a el y a los otros Apóstoles la difusión y la guía (cfr. Mt. 28, 18…), y la constituyó por siempre “columna y sostén de la verdad”. (I Tim. 3, 15)

«Esta iglesia, constituida y organizada, de este modo, como sociedad, “subsiste” en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, aunque fuera de su organismo se encuentran diversos elementos (elementa plura sanctificationis et veritatis) de santificación y de verdad, que, cual dones propios de Iglesia de Cristo, incitan a la unidad católica…»

Al contrario, la doctrina católica siempre ha sostenido de fe indiscutida la identificación de la única Iglesia de Cristo, su Cuerpo místico, con la Iglesia católica. Y esto lo expresa con claridad también la Comisión teológica en el esquema (nº 7) que había actuado en la fase preparatoria para las votaciones.

Pero esta afirmación de la unicidad de la Iglesia, se enfrenta necesariamente con el hecho que muchas Iglesias cristianas dicen ser la verdadera Iglesia de Cristo, por lo que “este texto, constituido y organizado de este modo como una sociedad, subsiste en la Iglesia Católica (subsistit in Ecclesia cattolica)… cuando se la contrasta con el documento eclesiológico que es la carta encíclica “Mystici Corporis” de Pío XII, publicada el 29 de junio de 1943, resulta de una notable discrepancia, porque “una cosa es establecer que la pacífica identidad entre el Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia Católica es la única Iglesia de Cristo, y otra cosa es decir que la Iglesia de Cristo “subsiste en la Iglesia católica”.

En efecto, Pío XII usa el “est”, mientras la Constitución dogmática (?) del Vaticano II ¡usa el “subsist”!

Se podría decir que este cambio del “est” por el “subsistit” ocurrió con fines ecuménicos, ¿y que los fines ecuménicos son suficientes para justificar una así profunda “corrección de rumbo” en materia doctrinal?

La sustitución del “est” por el “subsistit”, en la última redacción de la “Lumen gentium”, ha traicionado la doctrina católica y también la “mens” directiva precisa, dada por el Papa Juan XXIII al Concilio y, después por Paulo VI.

«Es necesario – dice, en efecto, Juan XXIII – primero que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad…», y luego: se trata de la «renovada, serena y tranquila adhesión a toda la enseñanza de la Iglesia en su integridad y precisión, que todavía brilla en las actas conciliares de Trento al Vaticano I…»

Entonces, la doctrina de la Iglesia deberá ser transmitida pura e íntegra, sin atenuaciones ni tergiversaciones, también por el Vaticano II; al contrario, eso ha obrado en sentido opuesto, dando aire a tantos presuntos teólogos neomodernistas y liberales de toda especie, de malos intérpretes para incluso alterar la fórmula ecuménica del “subsistit in”.

Cito solo al herético Küng, quien, fundándose en el equívoco “subsistit in” de la “Lumen gentium”, ha afirmado que, después de tal Constitución, la Iglesia católica «simplemente no se identifica más con la Iglesia de Cristo» puesto que había, sobre este punto, de parte del Concilio «una expresa revisión.»

Este desatinar, sin embargo, obligó al ex Santo Oficio a reafirmar algunas verdades acerca del misterio de la Iglesia, ya negadas u obscurecidas:

La luz sobre esto viene del Vaticano I, verdadero Concilio ecuménico y dogmático, en “De Unica Christi Ecclesia”, donde dice:

«Los mismos católicos deben todavía profesar pertenecer, por misericordioso don de Dios, a la Iglesia, única Iglesia fundada por Cristo y guiada por los sucesores de Pedro y de los otros Apóstoles, dentro de la cual permanece, intacta y viva, la originaria tradición apostólica, que es patrimonio perenne de la verdad y de la santidad de la misma Iglesia. Por eso, no es lícito a los fieles imaginarse la Iglesia de Cristo como un todo diferenciado y en alguna manera un conjunto unitario de las Iglesias y comunidades eclesiales; ni tienen facultad de creer que la Iglesia de Cristo deba ser solo objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y comunidades.»

Es esta la doctrina definida solemnemente por el Vaticano I en al Constitución dogmática “Pastor aeternum”, del 18 de julio de 1870, IV Sesión, en la cual está la impronta de los textos evangélicos de Mateo (16 1320), de Lucas (22, 31 ss.), de Juan (1, 3542); 21, 1520), de los “Hechos de los Apóstoles (primeros 12 capítulos), en los cuales San Pedro, cabeza indiscutida en el Concilio de Jerusalén, pronunció la primera definición dogmática solemne: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y Nos…» (c. 15)

Pero aquí, en el Vaticano II, la Comisión doctrinal, compuesta con predominio de neomodernistas y de liberales, sustituyó el “est” dogmático con el “subsistit” arbitrario, en la “Lumen gentium”, poniendo en vigor la identificación absoluta de la una y única Iglesia de Cristo con la Iglesia católica, como ya lo había hecho con el inciso “nostrae salutis causa” en la “Dei Verbum”; poniendo en duda la doctrina católica sobre la inerrancia de la Sagrada Escritura.

Ambos, entonces, ¡fueron un auténtico fraude en contra de la Verdad revelada!

De hecho, después del Vaticano II, no se enseña más que la Iglesia de Cristo es solo la católica, sino que también ella “subsiste” en Aquella y que, también fuera de Ella, los gentiles pueden encontrar salvación también en otras (falsas) religiones, y que en ellas hay elementos de santificación y de verdad, ¡y que también estas son medios de salvación!

Así, las herejías proliferan en la Iglesia. Es inútil llamar al orden, como en la “Dominus Jesus”, porque ninguno quiere más negar las fórmulas del Vaticano II, sino solo acusando desviaciones e imprecisiones de la “nueva teología” postconciliar, mientras el Espíritu Santo no rechaza servirse de estas “comunidades separadas” como medios de salud, ¡¡¡haciendo cohabitar las herejías con la verdad!!!

Pero San Agustín, en cambio, dijo: «fuera de la Iglesia se puede tener todo: el Episcopado, los Sacramentos, los Evangelios, predicar la Fe; ¡pero ninguno, sin embargo, podrá tener la salvación si no entra en la Iglesia católica!»

Entonces, también los elementos de verdad que pueden encontrarse en las falsas religiones se vuelven elementos de condena si no se convierten. Luego, las comunidades que están separadas de la Iglesia católica no pueden tener la asistencia del Espíritu Santo, propiamente porque esta, su resistencia a entrar en la Iglesia de Cristo las pone contra el propio Espíritu Santo.

Por lo tanto, las falsas religiones son cualquier cosa menos medios de salvación, sino obstáculos para ella. Querer unir, entonces, la Iglesia católica a las falsas doctrinas, significa una verdadera contradicción, por lo que el furor de querer negar la existencia de errores en el Vaticano II, impide un retorno a la Tradición, y habrá desacuerdos si el Vaticano II no se somete al análisis de la sana doctrina de siempre, que es la auténticamente católica.

EL “SUBSISTIT” EN LA “LUMEN GENTIUM”

Pío XII, en su encíclica “Mystici Corporis” del 20 de junio de 1943, como se lee en la encíclica, se expresa con inequívoca claridad, propia del Magisterio hasta el Vaticano II. Hablando de la unidad y de la unicidad de la Iglesia, Pío XII usa la palabra “est”, mientras la Constitución del Concilio “Lumen gentium” usa las palabras “subsistit in”. Dice:

«Esta Iglesia, en este modo constituida y organizada como una sociedad, en la Iglesia católica “subsistit” en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y de los Obispos en comunión con El, aunque fuera de su organismo visible se encuentran elementos varios de santificación y de verdad, que, cuales dones propios de la Iglesia de Cristo, impulsan hacia la unidad católica.»

Ahora, esta variación genera una llamativa tolerancia. Pero entonces, si esta es todavía la verdad revelada: Ubi Petrus ibi Ecclesia”, o más bien, si la Iglesia de Cristo es “una y única” con el Pontífice Romano a la cabeza, ¿por qué la “Lumen Gentium” reemplaza “est” con “subsistit in”? ¿Por un objetivo ecuménico?

Pero la conclusión que no puede negarse es que entre la “Lumen gentium” y la “Mistici Corporis” hay problemas surgidos por diferentes propósitos. ¿Poner una vela a Dios y otra al diablo, tal vez? Cierto, sin embargo, no se puede negar que hay una auténtica “corrección de rumbo”. Todo, ahora, se resume en el humeante “subsistit”, o sea en el afirmar que la Iglesia de Cristo “subsiste” en la Iglesia católica, porque esta última afirmación supone para ella la manera de darse cuenta, de existir, pero que, sin embargo, se la puede encontrar también en otra parte.

Una “corrección de rumbo”, en suma, si conocemos aún la verdad revelada, o sea, la doctrina católica.

Es evidente, también, que esta sustitución del “est” por el “subsistit” ha traicionado también la directiva precisa de Juan XXIII al Concilio y repetida, luego, por Paulo VI: «Es necesario – afirmó Juan XXIII – antes que nada que la Iglesia no se desvíe del patrimonio sagrado de la verdad…» y más adelante: «se trata de la renovada, serena y tranquila adhesión a toda la enseñanza de la Iglesia en su integridad y precisión, que aún brilla en las actas conciliares desde Trento al Vaticano I.»

Pero era fácil prever los abusos que de la fórmula ecuménica “subsistit in” harían los neomodernistas y progresistas de todo color. De hecho, por ejemplo, un H. Küng, fundándose en este “subsistit in”, afirmó que después de tal Constitución, la Iglesia Católica “no se identifica más simplemente con la Iglesia de Cristo”. La doctrina católica, desde entonces, sería así iluminada por el Vaticano II.

Después del Concilio, se hicieron varias tentativas para proponer nuevamente la idea (pancristiana, agitada por el ecumenismo protestante, y condenada por Pío XII en la “Mortalium animos”) de la Iglesia “una”, aunque en la actualidad dividida entre las distintas Iglesias cristianas, como entre distintas ramas”.2

«Paulo VI habla como de derecha, pero actúa como de izquierda.»

(Padre Congar, dominico)

 

1 Cfr. AAS 65 (1983) 396408, “Declaratio Mysterium Ecclesiae circa catholicam doctrinam de ecclesia contra nonnullos errores Hodiernos tuendam.”

 

2 Cfr. Bouyer, “La Chiesa di Dio, corpo di Cristo e tempio del Spirito”; Cittadella, Asís p. 603.

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