[17] Vaticano IIº. Giro de 180º: Nueva constitución de la Iglesia: La colegialidad

V O L V E R   A L   Í N D I C E

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Karl Rahner y Joseph Ratzinger: la “mente”y el “brazo”.

 

Capítulo IX

COLEGIALIDAD

La palabra “Colegialidad” es de origen latino. Viene del verbo “colligere”, esto es recoger, reunir, poner juntos. De allí, el sustantivo “colegio”, de “collectus”, o riunione, asamblea, que reviste dos significados: el de “reunión”, y el de “Persona moral”, que expresa una personalidad colectiva, donde la persona individual no tiene especie, porque la verdad no está condicionada por el número. Cien torcidos no hacen un derecho. Entonces, también uno de los Obispos puede hacer historia. En efecto, cuando la Iglesia se encontraba en mala situación, fue siempre salvada por una persona individual, nunca por una colegialidad episcopal. Piénsese en Alemania: solo algún Obispo valeroso defendió, de Hitler, los derechos de la Iglesia, mientras nunca expuso el cuerpo de los Obispos, por estar organizados en forma colegial. Piénsese en San Atanasio que, solo, aislado, perseguido, teniendo en contra al Papa, salvó la Iglesia del Arrianismo.

Hay una sola cabeza, entonces, en la Iglesia de Cristo, “PETRUS”, y no la “Colegialidad”, sibilina, capciosa, que constituye una “novedad” del Vaticano II.

Por lo tanto, ¡con la Colegialidad se abandonó también la responsabilidad personal del sacerdotePastor de almas!

Reflexionando entonces sobre este argumento de la Colegialidad, o mejor sobre el Gobierno colegial democrático, ya aceptado en la Iglesia, podemos decir que, de facto, todos, tenemos un doble poder supremo, en pleno contraste con la práctica corriente del Magisterio supremo y contraria al Concilio Vaticano Primero1 y a la encíclica “Satis Cognitus” de León XIII. Ambos, en efecto, enseñan que solo el Pontífice tiene tal poder supremo y que El lo comunica a los Obispos en la medida en que lo considera oportuno y solo en circunstancias extraordinarias.

Es un grave error, entonces, esta Colegialidad, relativa a la orientación democrática de la Iglesia del Vaticano II, la cual, en el Nuevo Derecho Canónico, hace residir tal “poder democrático” en el así llamado “pueblo de Dios”. Es, este, también un “error jansenista”, condenado en la Bula “Auctorem fidei” de Pío VI.2

En su lugar, hoy, con el Vaticano II, se busca de hacer participar a la “base” en el oficio del poder, véase las instituciones de los Sínodos y de las Conferencias Episcopales; los Consejos presbiteriales y pastorales; la multiplicación de las “Comisiones” romanas y nacionales; aquellas en el seno de las Congregaciones Religiosas; el Nuevo Derecho Canónico (canon 447)…

Es un cuadro eclesial cualquier cosa menos que regocijante; si se podría decir que la anarquía y el desorden que reinan en todas partes en la Iglesia de hoy, tienen sus raíces también en esta degradación de la autoridad en la Iglesia, cuya fórmula ya no es, en la práctica, “cum Petro et Sub Petri capite”, sino que la infausta “Colegialidad” que genera la degradación de la autoridad en la Iglesia, es una de las causas principales de la anarquía y el desorden que reinan, hoy, por todas partes.

El principio de la “Colegialidad”, por lo tanto, es más bien un atentado contra la unidad católica, precisamente porque la “democracia” del voto mayoritario ha sustituido, en la práctica, la “Monarquía” de Pedro y de la Verdad.

Las Conferencias Episcopales, de hecho, en nombre del pluralismo étnico y cultural, se han arrogado una libertad nueva, tanto litúrgica como sociológica y teológica (¡como estaba en la “Dignitatis humanae”!) cuyas iniciativas, decisiones y Decretos se someten al voto de la mayoría, a la opinión de la mayoría.

Deviene, en consecuencia, la “subversión” que introduce todo error, por su terminología plurivalente que puede significar esto o aquello, porque la voluntad del “pluralismo” enmascarará la ambigüedad del lenguaje.

No fue ciertamente muy honorable, para 2.400 Obispos, hacer un esquema sobre la Iglesia, cuyo objetivo principal era precisamente la “Colegialidad”, y haber sido, luego, obligados a añadir una “nota explicativa”, ¡para aclarar lo que quería decir, de manera clara, esta “Colegialidad”!

Mientras los Concilios siempre han sido “dogmáticos”, el Vaticano II no lo fue.

El Papa Juan XXIII lo dijo claramente. Su “objeto”, en realidad, fue distinto al de los otros Concilios.

Para evitar ambigüedades – ¡como ocurrió después! – se deberá hacer, por lo menos, dos textos: uno doctrinal; el otro, de consideraciones pastorales. Desgraciadamente, la idea del texto doctrinal fue excluida. El mismo Card. Felici (Secretario General del Concilio – N. del T.) lo debió admitir: «¡Hay, en verdad, muchos equívocos en los textos del Concilio!»

Esto hace comprender la situación en la que nos encontramos actualmente. Este “espíritu postconciliar” ha provocado rebeliones en el clero, aumentado controversias y nutrido aberraciones teológicas y litúrgicas.

Ni se puede decir que el “postconcilio” no tuvo que ver con el Concilio, porque sería pueril y grotesco, porque la primera consecuencia necesaria de un Concilio debe ser un aumento de la Fe.

Y sobre la Fe y sobre la Tradición, en efecto, siempre debe reconstruirse la Cristiandad, naturalmente sobre textos de fe segura, no ambigua, no dudosa, no incierta o contradictoria.

Es, este, el problema que plantea a estudiosos de teología el Vaticano II. Tómese, por ejemplo, la “Gaudium et Spes” y la “Libertad Religiosa”, que llevan en si una evidentísima contradicción interna.

Y esto lo ha hecho el Modernismo, el que, después de haber dado una sacudida a la unidad de la Fe, está haciéndolo ahora con la unidad de Gobierno, sofocando la estructura eclesial.

La nueva doctrina de la “Colegialidad”, sugerida en la “Lumen gentium” es retomada, luego, en el “Nuovo Spirito Canónico”, es precisamente la doctrina del doble “poder”, ya condenada como error jansenista, por la Bula “Auctorem Fidei” de Pío VI3 y condenada también por la encíclica “Satis cognitum” de León XIII.4

Se debe recordar, por lo tanto, lo que los Padres Conciliares del Vaticano I declararon:

«Nos, para la defensa, la conservación y el crecimiento del Catolicismo, juzgamos necesario proponer que, conforme a la fe antigua y constante de la Iglesia Universal, todos los fieles crean y consideren la doctrina del Santo Primado Apostólico, sobre el cual reposa el vigor y la solidaridad de la íntegra Iglesia y juzgamos necesario proscribir y condenar los errores humanos, tan dañosos para la grey de Dios.»

 

También, la institución del Primado en la persona de San Pedro, en el Vaticano I, es más que clara:

«Nos enseñamos y declaramos, conforme al testimonio del Evangelio, que Jesucristo prometió y confirió inmediatamente al Apóstol San Pedro el Primado de Jurisdicción sobre la Iglesia Universal… y que únicamente a Pedro, Jesús resucitado confirió la jurisdicción de pastor y jefe de toda la grey.»5

Desconocer esto o dudar, significa vacilar de nuestra Fe sobre la piedra angular que es el Cristo. De hecho, esta degradación de la Autoridad en la Iglesia ha cambiado la fórmula “cum Petro et sub Petri capite”, por la de “Catolicidad”.

Pero nosotros debemos seguir la primera fórmula, ¡si queremos que nuestra vida cristiana valga entonces la pena de ser vivida!

Como se ha visto, la “colegialidad episcopal” es una doctrina que ataca la constitución divina de la Iglesia, para transformarla de monarquía en democracia, atribuyendo el poder supremo no solo al Papa, sino también al colegio de los Obispos.

Después de haber sacudido la unidad de la Fe, los modernistas se dedicaron a trastornar la unidad de gobierno y la estructura jerárquica de la Iglesia.

La doctrina ya sugerida por los documentos “Lumen Gentium” del Vaticano II, fue continuada explícitamente por el nuevo “Código de Derecho Canónico” (C. 336), una doctrina según la cual el colegio de Obispos, unido al Papa, goza del mismo modo del poder supremo en la Iglesia y esto de manera habitual y constante. Pero esta doctrina del doble poder supremo es contraria a la enseñanza y a la práctica del

Magisterio Eclesiástico, especialmente en el Concilio Vaticano I (cfr. Dz. 3055), y en la encíclica de León XIII “Satis Cognitum”. Entonces, solo el Papa tiene tal poder supremo, que El comunica en la medida en que lo cree oportuna y en circunstancias extraordinarias.

A este grave error se conecta la orientación democrática eclesial, residiendo el poder en el “Pueblo de Dios”, como está sancionado en el nuevo Código. Pero también este “error jansenista” fue condenado por la Bula “Auctorem Fidei” de Pío VI (cfr. Dz. 3161, y en el nuevo Código de Derecho Canónico, can. 447.)

Desgraciadamente, esta intervención sobre la “Colegialidad” fue introducida en la doctrina de la Iglesia, concerniente a los poderes relativos del Papa y de los Obispos. Fue una acción abstracta y genérica de un Colegio particular. Fue inmediatamente claro que el objetivo que se buscaba era el de afirmar la colegialidad permanente que debía obligar al Papa a no actuar sino circundado por un Senado participante de su poder, de manera habitual y permanente, a fin de disminuir en la realidad el ejercicio del poder papal.

Mientras la “colegialidad moral” genera solo relaciones morales, la “colegialidad jurídica”, en su lugar, como bien dijo S.E. Monseñor Carli, «no se puede probar ni con la Sagrada Escritura, ni con la Teología, ni con la Historia.»

Esto, nos hace repetir que por la doctrina de la Colegialidad se entiende que el Colegio Episcopal con el Papa tiene, por derecho divino el pleno y supremo poder en toda la Iglesia.

Pero esta doctrina es falsa, como se lo puede probar con la Constitución “De Ecclesia”, entendida a la luz de la “Nota explicativa”, y con el discurso de Paulo VI del 21 de noviembre de 1964.

1) La Constitución “De Ecclesia”: la Constitución reconoce la dignidad de los Obispos, su oficio de enseñar, santificar y gobernar a los fieles, y que forman una especie de Colegio Episcopal, pero nunca afirma que el Colegio Episcopal tiene, iure divino, el poder supremo en la Iglesia, y que si tienen ciertos poderes es bajo la autoridad suprema del Papa. Entonces, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la grey, tiene poder también sobre el Colegio Episcopal. Dice también que solo Pedro ha recibido la potestad de las llaves, o sea que él solo tiene el poder supremo. Pero esta doctrina fue atenuada y algunos términos ambiguos permanecieron. De allí, la necesidad de una “Nota explicativa”.

2) Esta “Nota explicativa” fue comunicada a los Padres conciliares por el Papa, por lo que es fuente auténtica de interpretación de la Constitución “de Ecclesia”. Dice “Colegio no se entiende en sentido estrictamente jurídico, esto es, de un grupo de iguales, pero el poder de los Obispos es inferior al del Papa. En virtud de una necesaria comunión jerárquica, “ex natura rei”, los Obispos son necesariamente subordinados al Papa, su Superior, quien, en el Colegio, conserva íntegro el oficio de Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal. Entonces, el poder del Colegio Episcopal se ejercita solo raramente y no tiene valor si no con el consenso del Papa.

Es evidente, por lo tanto, que el Colegio de los Obispos no tiene, iure divino, el poder supremo en la Iglesia, por lo que atribuirle tal poder, es una doctrina manifiestamente falsa.

3) El discurso de Paulo VI, del 21 de noviembre de 1964, advierte expresamente que promulga la Constitución dogmática “de Eclesia”, teniendo en cuenta las explicaciones dadas acerca de la interpretación a dar a los términos usados. Entonces, si el Concilio hubiese atribuido el poder supremo de la Iglesia también al Colegio de Obispos, habría sido una decisión contraria a la voluntad de Jesucristo el cambiar la Constitución de la Iglesia de la forma monárquica a la colegial; habría sido contraria a la enseñanza tradicional y también contraria al bien espiritual de los fieles, porque habría hecho más difícil la conservación de la unidad de la Fe.

Concluyendo, debemos decir que la doctrina de la Colegialidad es falsa y contraria a la enseñanza tradicional de la Iglesia y constituye un verdadero peligro para el Primado del Romano Pontífice. Todos los Papa precedentes al Vaticano II, nunca han reconocido el presunto derecho de los Obispos, al contrario, varios de ellos, como Pío VI y Gregorio XVI, lo habían condenado explícitamente.

Esto me recuerda a Nuestro Señor que nunca ha abandonado a su Iglesia, habiendo prometido estar con Ella hasta la consumación de los siglos. Y cuando la barca de Pedro está por naufragar, Cristo interviene en el momento oportuno para salvarla de cada peligro. Recordamos también cuando Pedro caminaba sobre las aguas y tenía temor de hundirse, ¡Nuestro Señor le tiende sus manos y lo salva milagrosamente!

«Hacer estragos las opiniones de un pueblo

es juego diabólico de un año; reordenarlas es llanto de siglos.»

 

(Cfr. Dicc. de Teol. Cat. T. 11, cel. 203940)

1 Cfr. Dz. 3055.

2 Cfr. Dz. 2602.

3 Cfr. Vaticano I, Dz. 3055.

4 Cfr. León XIII.

5 En este pasaje, los Padres conciliares citaron: Jn. 1, 42.

 

 

 

 

 

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