[18] Vaticano IIº. Giro de 180º: Conclusión

V O L V E R   A L   Í N D I C E

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El terrible drama que la humanidad íntegra está viviendo es el de una Iglesia íntimamente fracturada en el plano de la Fe, de los Sacramentos, de los Ritos, de la lectura de los Textos Sacros, de la espantosa tempestad de la Reforma Litúrgica.

En el plano humano y concreto, esto es, el Vaticano II en su adecuación al mundo, con sus Documentos Pastorales, inspirados e incluso concordantes con la Alta Masonería hebraica de los B’nai Brith, ha renegado, en la práctica, de la Fe de manera radical, como aparece muy claro a quien sigue los desarrollos del proceso de autodemolición por parte del Vaticano II.

La destrucción del catolicismo está llegando, ya a la etapa final. Nada se ha salvado, ni una sola Institución, ni un solo Libro Canónico. Se nos ha dado un nuevo Misal, un nuevo Pontifical, un nuevo Ritual, un nuevo Derecho Canónico, un nuevo Catecismo, una nueva Biblia, una nueva Caridad Cristiana sustituida por la “solidaridad”.

Gran parte de la Jerarquía, hoy, propaga toda suerte de errores, ya condenados por otros concilios y por el Magisterio de los Sumos Pontífices, que siempre habían buscado, en primer lugar, el “Reino de Dios y su Justicia”.

Después del Concilio, la Fe de los fieles estaba tan sacudida, que el Cardenal Ottaviani pedía a todos los Obispos del mundo y a los Superiores Generales de Ordenes y Congregaciones, que respondieran a una encuesta sobre el peligro que corrían las “verdades fundamentales” de nuestra Fe.

Los Papas, antes del Vaticano II, siempre habían llamado al orden y también condenado. El liberalismo fue condenado por Pío IX; el modernismo por León XIII; el sillonismo por San Pío X, el comunismo por Pío XI; el neomodernismo por Pío XII. Fue gracias a esta vigilancia episcopal, que la Iglesia se consolidó y se desarrolló. La conversión de los paganos, de los protestantes fueron numerosísimas: la herejía estaba en retirada y los Estados habían sancionado una legislación más católica.

Después del Vaticano II esta toma de posición de la Iglesia fue rechazada y pronto comenzó una tragedia nunca sufrida por la Iglesia. El Concilio permitía, ahora, dudar de la verdad. Las consecuencias, por lo tanto, fueron siempre más graves.

Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los Sacramentos hicieron desaparecer las vocaciones sacerdotales. Las dudas sobre la necesidad y la naturaleza de las “conversiones” fueron la ruina de la espiritualidad tradicional en los Noviciados con la desaparición de las vocaciones religiosas, e inyectaron la inutilidad de las misiones. Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y de la obediencia, en razón de la autonomía de conciencia, de la libertad, sacudieron todos los cuerpos sociales: Iglesia, sociedad religiosa, diócesis y las sociedades civiles, especialmente la familia.

Las dudas sobre la necesidad de la Gracia para ser salvos, llevó a la desestima del Bautismo, al abandono del Sacramento de la Penitencia. Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia, única fuente de salvación, destruyeron la autoridad del Magisterio de la Iglesia, ¡no más “Magistra Veritatis”!

Todo esto hace pensar en el modo de actuar de la Roma católica, donde los compromisos con la verdad ya no fueron tolerados. Pío IX sostenía que era mejor una Diócesis vacante, antes que poner un Obispo liberal, tolerante y conciliador entre la verdad y el error y tolerante de los males menores por eventuales bienes mayores.

La Roma católica se caracterizaba por la firmeza y ponderación en las disposiciones. Nada era dejado al azar. El Vaticano II, en cambio, buscó de impedir un retorno al “statu quo ante”, o sea, al retorno de la Roma de los Apóstoles y a la Roma Madre y guía de los creyentes.

En su lugar, ¡es necesario girar a ciento ochenta grados! ¡Es necesario que un Papa, mañana, tenga el coraje de declarar “nulo” el Vaticano II en todos sus efectos!

Solo los mentirosos podrían querer adecuarse a “lo nuevo”, como si la Iglesia se hubiera convertido en vieja y anticuada, no más adaptada a los tiempos. El cristianismo, al contrario es siempre una “novedad”. La doctrina de Cristo es siempre el “vino nuevo” (Mt. 9, 17); su Sangre ratifica de continuo la “Nueva Alianza” (Mt. 26, 28; Mc. 14, 25; Lc. 22, 20; I Cor. 11, 25).

El gran Mandamiento de Cristo es el “Mandamiento Nuevo” (Jn. 13, 34; I Jn. 2, 7; II Jn. 5).

Todo creyente en Cristo es siempre “una nueva criatura” (II Cor. 5, 17), “un hombre nuevo” (Ef. 2, 15) que debe vivir “una vida nueva” (Rom. 6, 4), con un “espíritu nuevo” (Rom. 7, 6), en un “universo nuevo” (II Pe. 3, 13).

Es esta novedad la que enfatiza la continua actividad del Cristianismo, del Cristo, esto es; “muerto, a causa del pecado, una vez para siempre” (Rom, 6, 19), para su Redención, en y por encima de la Historia, por el cual no se contrapone a ningún valor positivo adquirido por el hombre. «Oh hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo que es puro, todo lo que es justo, todo lo que es santo, todo lo que es amable, todo lo que es de buena fama, todo lo que es virtuoso y digno de alabanza, sea objeto de vuestros pensamientos.» (Fil. 4, 89) Oponeos solo al error, porque no puede existir un Cristo de ayer y otro de hoy, una verdad, entonces, de ayer y otra de hoy, ya que los diversos grados de la verdad no se excluyen entre si, pero si se suman.

El contraste que se hace hoy en día, entre “nuevo” y “antiguo”, entonces, no tiene sentido si no en los aspectos humanos de la Iglesia, en la que se encarna, y en la forma en la cual se inserta en la Historia del hombre. ¡Sentir, por lo tanto, como desacuerdo inconciliable lo nuevo y lo antiguo, es pecado contra el Espíritu Santo, quien ha querido inmutable la perenne novedad del Cristianismo!

 DESCARGAR EN PDF VATICANO II GIRO DE 180º (COMPLETO)

«El poder del Papa no es ilimitado:

no solo El no puede cambiar nada

de lo que es de institución divina,

sino está puesto para edificar y no para destruir,

estando obligado por la ley natural a no arrojar confusión

en la grey de Cristo.»

(Cfr. Dicc. de Teol. Cat. T. 11, cel. 203940)

 

 

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