Papolatría, por el cardenal Newman,y moral.

newmanSi el Papa hablara contra la conciencia, en el verdadero sentido de la palabra, cometería un suicidio. Provocaría el hundimiento del suelo bajo sus pies. Su misión es proclamar la ley moral, proteger y asegurar «esta luz verdadera que, viniendo a este mundo ilumina a todo hombre» (Jn. 1, 9). Sobre la ley de la conciencia y sobre su carácter sagrado, se funda a la vez su autoridad teórica y su poder práctico (…).

La defensa de la ley moral es la razón de ser del Papa. Su misión, en realidad, es responder a las quejas de los que sufren la insuficiencia de luz natural; y la insuficiencia de esta luz que justifica su misión (…). La Iglesia, el Papa y la jerarquía, según el plan divino, responden a una necesidad urgente. Por seguras que sean las bases y las doctrinas de la religión natural para los espíritus reflexivos y serios, necesita, para influir de verdad en la humanidad y vencer al mundo, que la Revelación la sostenga y complete (…).

He aquí otra observación: la conciencia es una regla práctica; por ello, sólo es posible una oposición entre ella y la autoridad del Papa cuando éste promulga leyes, o da órdenes especiales, u otros preceptos de este tipo. Pero un papa no es infalible en sus leyes ni en sus mandamientos, ni en sus actos de gobierno, ni en su administración, ni en su conducta pública (…). ¿Fue infalible san Pedro en Antioquía, cuando san Pablo se le resistió? ¿San Víctor fue infalible cuando excluyó de su comunión a las Iglesias de Asia ? ¿ O Liberio cuando excomulgó a Atanasio ? Y acercándonos a una época más reciente, ¿lo fue Gregorio XIII cuando hizo acuñar una medalla en honor de la matanza de la noche de san Bartolomé? ¿ O Paulo IV en su conducta con Isabel (de Inglaterra)? ¿O Sixto Quinto cuando bendijo la Armada? ¿O Urbano VIII cuando persiguió a Galileo? Ningún católico pretendió jamás que estos papas fueran infalibles al obrar así. Puesto que la infalibilidad podría entorpecer el ejercicio de la conciencia, y puesto que el Papa no es infalible en el dominio en que la conciencia posee la autoridad suprema, ningún callejón sin salida (como el contenido en la objeción a la que contesto), puede acorralarnos para escoger entre la conciencia o el Papa.

Pero vuelvo a repetir, por miedo a que mi pensamiento sea mal interpretado, que cuando hablo de la conciencia, me refiero a la conciencia que merece ser llamada así. Si tiene derecho a oponerse a la autoridad del Papa, cuando ésta es suprema pero no infalible, debe ser algo distinto de ese miserable falso semblante que, como ya he dicho, toma ahora el nombre de conciencia. Si, en un caso particular, debe tomarse por guía sagrado y soberano, sus órdenes —para prevalecer contra la voz del Papa— deben haber estado precedidas de una seria reflexión, de oraciones y de todos los medios posibles para llegar a una opinión verídica sobre el asunto en cuestión. Además, la obediencia al Papa está, como se dice, «en posesión», es decir, que el onus probandi de establecer pruebas contra él, igual que en todos los casos de excepción, pertenece a la conciencia (…). Prima facie, es un deber necesario, aunque no sea más que por la lealtad, creer que el Papa tiene razón, y obrar conforme a sus preceptos.

Si esta regla indispensable se observara, los choques entre la autoridad del Papa y la autoridad de la conciencia serían muy raros.El cristiano debe sobreponerse a ese espíritu vil, estrecho, egoísta y ramplón que le impulsa—cuando se le da una orden eventual— a oponerse al superior que ha dado esa orden, a preguntarse si no se excede en sus atribuciones y a regocijarse por poder mezclar cierto escepticismo en cuestiones de moral práctica. No es necesario que haya decidido voluntariamente el pensar, hablar u obrar, exactamente a su capricho (…).

Por otra parte, dado que para los casos extraordinarios, la conciencia de cada uno es libre, tenemos la garantía y la certidumbre (si necesitamos tenerla) de que ningún papa podría forjar nunca para sus fines personales una falsa ley de la conciencia (…).

Una palabra más. Si después de una comida, me viera obligado a lanzar un brindis religioso —lo que evidentemente no se hace—, bebería a la salud del Papa, creedlo bien, pero primeramente por la conciencia, y después por el Papa.

El texto en rojo ha sidoTomado de:

Newman, J.H. Pensamientos sobre la Iglesia. Textos presentados por O. Karrer. Ed. Stella, Barcelona, 1964, pp. 119 y ss. Editado por Ecce Christianus

Aportación de nuestro blog:

No encuentro la finura de pensamiento que sería de esperar en Newman, aunque tampoco mi formación es tal que pueda juzgar su pensamiento. Sí me parece que en el fondo late algo que o bien él intuye y no alcanza a expresarlo, o bien lo ve y no se atreve a decirlo, y es el sobredimensionamiento alcanzado por el pontificado Romano en el segundo milenio, agravado con la aparición de los modernos medios de comunicación. Queda muy bien reflejado en la dualidad entre los dos Gregorios santos: el I -servir para mandar- y el VII -mandar para servir-. Ambos marcaron su época. Que el Papa es verdadero Vicario de Cristo e infalible cuando habla ex cathedra en materias de Fe y Moral ningún católico lo puede ignorar o negar. Pero su labor primaria no parece ser la total ocupación del Magisterio Ordinario, que compete igualmente a todos los Obispos, sino garantizar la pureza de ese Magisterio, y sí le compete en exclusiva el Magisterio extraordinario, ya en Concilio -que no existe sin aprobación del Papa- ya por sí sólo. El Papa es Episcopus episcoporum -Obispo de Obispos-, es decir, inspector o supervisor de los Obispos, que a su vez lo son de sus respectivas Iglesias.

La Revelación, ya la Sagrada Biblia, ya la Tradición, no procede del Papa, sino de Dios, y su interpretación autorizada corresponde a los Obispos con el Papa y bajo el Papa. Así el Papa es el garante de la autenticidad del Depositum fidei, le corresponde ser la última voz, pero no la única voz. La vida de la Iglesia se desarrolla por sí misma porque es un ser vivo, el Cuerpo místico de Cristo animado por el Espíritu Santo, el Papa es juez y médico en ese Cuerpo. Así sucedió durante el primer milenio, todos sabían que el Papa era la última instancia tanto dogmática como disciplinar, pero él atendía en primer lugar a su Diócesis y después a los asuntos que le llegaban de la Iglesia universal. Véase que salvo por completo la Teología del Primado, que profeso sin ambages. Pero una cosa es la Teología y otra el ejercicio efectivo del Primado y su configuración canónica. Esto segundo es perfectamente cuestionable.

Porque la conciencia de un católico debe nutrirse de la Revelación, a riesgo de estar mal formada, aunque esa malformación sea involuntaria. Y la Revelación le viene al católico no del Papa sino de la Tradición de la Iglesia, que no es otra cosa que la permanencia del alma -el Espíritu Santo- a lo largo de los siglos. La presencia del Papa manifiesta dónde está la verdadera Iglesia, pero es esta, no él, quien posee la Tradición. Quiero decir que la conciencia se debe formar por la Tradición, siendo el Papa el garante y el juez último en caso de controversia o herejía. De ahí la posibilidad de confrontación entre la conciencia y el Papa. Suponiendo que la conciencia está bien formada -y sin duda lo está si permanece en la Tradición- debe seguirse la conciencia antes que al Papa, porque la conciencia es norma próxima de moralidad. Santo Tomás lo dijo: Prefiero morir excomulgado que obrar contra mi conciencia.

Por último, toda intervención del Papa en la Iglesia de cualquier género que sea, es una tentación al Espíritu Santo, que cubrirá o no con su asistencia lo que el Papa hace dependiendo de si esa actuación del Pontífice es voluntad de Dios o no, porque no se puede esperar que el Espíritu Santo garantice aquellas cosas que, aunque aparentemente buenas, son ajenas al querer de Dios. Fuera de la Tradición no hay autoridad.
Porque la conciencia es la sindéresis o voz de Dios, y si está bien formada por la ley objetiva, natural o positiva, ES la voz de Dios. A la ley externa y objetiva corresponde la ley interna y subjetiva, que premia las obras buenas y repudia las malas.
Pues es sencillo, la conciencia es como la memoria, tú sabes lo que has aprendido de memoria y no más, y de eso te sirves. La conciencia es el reflejo de la ley eterna en el alma, vivificado por Dios y aplicado a cada caso. Tú sólo puedes guiarte por lo que llevas dentro de ti, aunque siempre puedes y debes aprender.
Nadie es culpable de lo que no puede saber, y esa es la gente engañada por el modernismo,  pero nadie es inocente de no saber lo que debería saber, y esos son los Papas posconciliares.
Cuando ese es un pecado personal no tiene disculpa, cuando es de una comunidad, puede no haber más que pecado material.

Para los que aún quieran saber más sobre los tipos y la responsabilidad de la formación de la conciencia, en la doctrina católica,  le agregamos el resumen elaborado por el Primicerio de la Basílica de San Carlo al Corso, tomado del la web.  infovaticana.com

Partimos ante todo preguntándonos:

¿Qué es la conciencia moral?

Presente en el íntimo de la persona, la conciencia es:

–          “un juicio de la razón, por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho” (CCC, 1778). Sin el uso de la razón no existe conciencia;

–          la percepción natural de los principios morales fundamentales, su aplicación en circunstancias particulares y el juicio final sobre lo que se tiene que hacer (o que se ha hecho);

–          ‘el núcleo más íntimo y el sagrario del hombre’ ;

–          el santuario de la persona, que decide por las acciones del hombre.

Ella sin embargo no es:

–          un sentir inmediato, que en cambio muchas veces es fruto o de un estado de ánimo particular o una presión externa, por ejemplo de los medios de comunicación social o de la opinión de la mayoría ;

–          ligada al instinto y tampoco al subjetivismo relativista, que lleva a afirmar que por encima de la conciencia no puede haber ninguna instancia superior;

–          el manantial mismo de verdad y valores;

–          un absoluto, puesta por encima de la verdad y del error, del bien y del mal;

–          un actuar según la propia persona interpretación o humor y sin dar cuentas a nadie de ella.

¿Cuál es la tarea de la conciencia?

Ella permite:

–          percibir los principios de la moralidad;

–          aplicarlos a los acontecimientos y a circunstancias de hecho a través de un discernimiento práctico de las motivaciones y los bienes;

–          cumplir el bien y evitar el mal;

–          expresar el juicio sobre la calidad moral de los actos concretos que se tienen que cumplir o que ya han sido cumplidos;

–          asumir la responsabilidad de los actos cumplidos: “Si el hombre comete el mal, el justo juicio de la conciencia puede ser en él el testigo de la verdad universal del bien, al mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta. El veredicto del dictamen de conciencia constituye una garantía de esperanza y de misericordia. Al hacer patente la falta cometida recuerda el perdón que se ha de pedir, el bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se ha de cultivar sin cesar con la gracia de Dios” (CCC, 1781).

La conciencia por tanto tiene una triple tarea:

–          deductiva: conoce, reconoce y aplica las normas morales a las varias situaciones y elecciones;

–          imperativa: decide el comportamiento moral de la persona, a la luz de la ley moral, de la voz interior del Espíritu, de las enseñanzas de Cristo transmitidas de manera cierta y acreditada por parte de los Pastores, escogidos por el propio Cristo;

–          creativa: adopta estrategias, planea soluciones, descubre matices y modalidades en hacer el bien.

“Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge.” (CCC, 1777).

¿Cuál es la condición indispensable para oír la voz de la conciencia?

“Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización” (CCC, 1779): «Retorna a tu conciencia, interrógala… retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios» (Sant’Agostino, En epistulam Ioannis a Parthos tractatus, 8, 9: PL 35, 2041).

¿Cómo debe ser la conciencia?

–          verdadera;

–          cierta;

–          recta;

–          libre;

–          formada.

¿Cuándo la conciencia es verdadera?

Una conciencia es verdadera, cuando está fundada en la verdad. En efecto la conciencia es acto de la razón en relación a la verdad de las cosas. La conciencia moral, para poder guiar rectamente la conducta humana, ante todo debe basarse en el sólido fundamento de la verdad, es decir, debe estar iluminada para reconocer el verdadero valor de las acciones y la consistencia de los criterios de valoración, de forma que sepa distinguir el bien del mal, incluso donde el ambiente social, el pluralismo cultural y los intereses superpuestos no ayuden a ello

“Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón,…. por la cual será juzgado personalmente. (…) Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.

Es necesario por tanto anunciar, defender y promover que es posible por medio de la razón:

–          conocer la verdad: hoy se pone en duda hasta capacidad de la razón para percibir la verdad. Como también sucede que la reducción de la conciencia a la certeza subjetiva lleva al mismo tiempo a la renuncia a la verdad;

–          no interpretar tal verdad como le parece y gusta a cada uno: la conciencia es un antídoto en vez de una excusa por el subjetivismo (según el cual lo que uno piensa es criterio y manantial de verdad) y el relativismo (según el cual no existe la verdad, sino que hay muchas verdades);

–          reconocer el resplandor de la verdad, su transcendencia respecto a nuestra inteligencia creada y, por consiguiente, nuestro deber de abrirnos a ella, de acogerla no como invención nuestra, sino como don que viene de Dios.

¿Por qué es importante que la conciencia sea cierta?

Porque la persona tiene que actuar siempre, en campo moral, con toda certeza y seguridad, para que sea siempre plenamente responsable de sus acciones. La persona cuando decide, tiene que hacerlo con una conciencia cierta, y es decir la conciencia tiene que estar segura, tiene que emitir el propio juicio moral con seguridad, y no estar en la duda, es decir, en el no saber qué cosa sea justa hacer. En tal caso, ella tiene que informarse antes con personas de confianza y competentes, para disipar toda duda y actuar en la certeza adquirida.

¿Qué significa que la conciencia tiene que ser recta?

Significa que la conciencia “se halle de acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios” (Compendio, 373).

Es la misma dignidad de la persona humana que implica y exige tal rectitud.

La conciencia recta está pues determinada a seguir la verdad, sin contradicciones, sin traiciones y sin compromisos.

¿Puede emitir la conciencia también un juicio erróneo?

La conciencia no tiene siempre razón, no es infalible: si así fuese, no existiría una única verdad, ya que muchas veces los juicios de conciencia se contradicen, entre personas diferentes y también en una misma persona. Existirían muchas verdades cuantas son las conciencias; habría solamente la verdad de la persona individual, y por lo tanto muchas verdades cuantas son las personas.

La conciencia puede emitir un juicio erróneo, lo que ocurre cuando su juicio se aleja de la razón y de la Ley divina.

“La persona debe obedecer siempre al juicio cierto de la propia conciencia, la cual, sin embargo, puede también emitir juicios erróneos, por causas no siempre exentas de culpabilidad personal. Con todo, no es imputable a la persona el mal cometido por ignorancia involuntaria, aunque siga siendo objetivamente un mal. Es necesario, por tanto, esforzarse para corregir la conciencia moral de sus errores” (Compendio, 376).

La conciencia errónea no pierde sin embargo su dignidad.

¿Cuándo la ignorancia es culpable?

«Cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado» .En tales casos la persona es culpable del mal que comete.

“El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral” (CCC, 1792).

¿Cuándo la ignorancia es involuntaria, invencible, y por lo tanto no-culpable?

Cuando la ignorancia no es imputable a la responsabilidad de la persona. Y sin embargo, en este caso, aunque la persona no es sujetivamente responsable del mal realizado, sin embargo el mal realizado es siempre un mal, un desorden objetivo: por el hecho que los ciegos no ven el sol, no se puede concluir que él no existe.

De aquí la responsabilidad de la persona de:

–          estar informada acerca de tal mal;

–          corregir su conciencia moral de sus errores;

–          reparar dentro de lo posible los daños provocados por el mal realizado.

¿Es siempre justificada la conciencia errónea?

La conciencia errónea no puede ser justificada si su estar en el error es debido a ignorancia culpable o bien a un obscurecimiento de su conciencia.

La ignorancia no puede considerarse una solución cómoda, una ventaja: sería como decir que el no conocer sea mejor del conocer.

En un Salmo bíblico está contenida esta afirmación, siempre merecedora de ponderación: “¿Quién se da cuenta de sus propios errores? ¡Líbrame de las culpas que no veo!” (Sal 19, 13).

Puede darse pues que la culpa se encuentre no en el acto del momento, no en el actual juicio de mi conciencia, sino que se encuentre en otro lugar, más en profundidad: es decir en aquel descuido, en aquel haberme cerrado a la verdad, aunque haya sido gradualmente.

¿Cuándo es libre la conciencia?

El hombre tiene el derecho a actuar en plena libertad según su conciencia. Esta libertad significa que él:

–          no puede ser obligado a actuar contra su conciencia, (cfr. Rm 14, 23): “En todo lo que dice y hace, el hombre tiene el deber de seguir lo que sabe que es justo y recto” (CCC, 1778) ;

–          pero no puede tampoco ser impedido de actuar según la propia conciencia;

–          sobre todo en campo religioso.

Existe sin embargo un límite a tal libertad. Se tiene que seguir la misma conciencia:

–          sin ir contra el bien común;

–          en el respeto de aquellos valores que no son negociables, precisamente porque corresponden a verdades objetivas, universales e iguales para todos.

¿Cuáles normas tiene que seguir siempre la conciencia?

“Tres son las normas más generales que debe seguir siempre la conciencia:

–          Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.

–          La llamada Regla de oro: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos» (Mt 7, 12).

–          La caridad supone siempre el respeto del prójimo y de su conciencia, aunque esto no significa aceptar como bueno lo que objetivamente es malo. (Compendio, 375).

¿Cuándo esta una conciencia bien formada?

Una conciencia está bien formada, cuando es cierta, recta y verdadera, y es decir “formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador” (CCC, 1783).

Cuanto más la conciencia está informada y formada, tanto más es libre.

La conciencia, como un manantial de agua, puede estar también contaminada, desviada, adulterada. Pero en tal caso puede también ser ayudada a purificarse, a hallar la vía recta, a través de una adecuada información y formación, siempre sin embargo en el respeto de su libertad y dignidad.

Una conciencia bien formada se pone como un ejercicio auténtico de sabio discernimiento, de elecciones libres y responsables. La reducción de la conciencia a la certeza subjetiva no libera, sino esclaviza, volviéndonos totalmente dependientes del gusto personal o de la opinión predominante.

¿Es necesario formar la conciencia?

Formar, educar la conciencia “es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado de preferir su juicio propio y de rechazar las enseñanzas autorizadas (.) El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.” (CCC, 1783, 1787).

La educación ayuda a la conciencia a afinarse, aunque con gradualidad, como un instrumento de alta precisión.

La educación debe servir sobre todo a conducir la conciencia a conocer, a abrazar y a seguir la verdad: ¡No caigamos en el error de pensar que el quedarse lejos de la verdad, sería para el hombre mejor de la verdad, como si el estar en las tinieblas fuese mejor que estar en la luz!

¿Cuánto dura la educación de una conciencia?

“La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o cura del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón” (CCC, 1784).

Hace falta reeducar al deseo del conocimiento de la verdad auténtica, a la defensa de la misma libertad de elección frente a los comportamientos de masa y a las lisonjas de la propaganda, para nutrir la pasión de la belleza moral y la claridad de la conciencia. Ésta es tarea delicada de los padres y los educadores que los apoyan; y es tarea de la comunidad cristiana respecto a sus fieles. Por cuánto atañe a la conciencia cristiana, su crecimiento y su nutrimento, no podemos conformarnos con un fugaz contacto con las principales verdades de la fe durante la infancia, sino que hace falta un camino que acompañe las varias etapas de la vida, abriendo la mente y el corazón a acoger los fundamentales deberes sobre los que se apoya la existencia sea del individuo domo de la comunidad

No se olvide cuanto San Agustin ha escrito: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti” (Confesiones, I, 1).

¿Cómo se forma la conciencia moral para que sea recta y verdadera?

“La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la asimilación de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral tanto la oración como el examen de conciencia.” (Compendio, 374).

Importante es también interpretar los datos de la experiencia y las señales de los tiempos con la virtud de la prudencia, ella que “es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo” (CCC, 1806).

En tal modo el hombre prudente, por su conciencia:

–          oye la voz de Dios que le habla;

–          percibe y reconoce los preceptos de la Ley divina;

–          aplica los principios morales a los casos particulares sin equivocarse y supera las dudas sobre el bien que hay que cumplir y sobre el mal que hay que evitar.

Dejar que la fe cristiana ilumine la propia conciencia permite:

–          conocer la verdad y vivir la propia vida en la auténtica y plena felicidad: la fe en efecto no es un peso, una carga pesada, una realidad que da tristeza, una imposición de exigencias morales. La misma vía que conduce a la verdad y al bien, no es una vía cómoda, sino una vía elevada y ardua.. pero no estamos solos en esa vía: Cristo está con nosotros, nos dona su Espíritu que es Espíritu de verdad y felicidad;

–          superar el subjetivismo y el relativismo: “No se puede identificar la conciencia del hombre con la autocoscienza del yo, con la certeza subjetiva sobre sí y sobre el propio comportamiento moral. Esta conciencia, de una parte puede ser un mero reflejo del entorno social y las opiniones allí difusas. Por otra parte puede derivar de una falta de autocrítica, de una incapacidad de escuchar las profundidades del propio espíritu”

He aquí la importancia del Magisterio a este respecto.

¿Cuál es el papel del magisterio de la iglesia en la formación de la conciencia?

He dicho que el juicio de la misma conciencia debe ser iluminado por la verdad y, a tal fin, especialmente en los problemas nuevos o que se presentan en términos completamente inéditos, el recurso al Magisterio es de gran ayuda para la formación de una conciencia cierta, verdadera, recta.

El Magisterio de la Iglesia en efecto no es:

–          un obstáculo sino una ayuda, dada por Cristo a todos los hombres de buena voluntad para buscar, encontrar, acoger la verdad: el Magisterio existe para que la conciencia moral alcance con seguridad la verdad y permanezca en ella;

–          una fuente cualquiera externa de pensamiento moral con la que la conciencia individual tiene que estar a contacto: este Magisterio informa la conciencia prácticamente como el alma informa al cuerpo ;

–          una realidad que restringe, amenaza o hasta niega la libertad de la conciencia personal, sino más bien una ayuda para la iluminación de la conciencia.

No se puede olvidar que el Magisterio de la Iglesia,  ha sido querido por el propio Cristo, el cual le ha confiado la misión de servir a la Palabra de Dios, “enseñando solamente lo que le ha sido confiado, en tanto que por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Por tanto “los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: «El que a vosotros escucha a mi me escucha» (Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas” (CCC, 87).

El Magisterio trata pues de ayudar a las conciencias a alcanzar una mediación y una aplicación más atendible de la verdad moral: siempre es la verdad moral objetiva la que tiene la primacía y solo ésta puede ser infaliblemente verdadera.

¿Cuál es el papel del espíritu santo en la formación de la conciencia?

La conciencia es como un espacio habitado por el Espíritu Santo, el cual nos libera no externamente, sino en la profundidad del corazón, nos configura a Cristo para poder elegir y actuar como Él.

El Espíritu Santo nos ha sido donado en el Bautismo, por Dios Padre, a través de Cristo muerto y resucitado, “para que lleguemos todos a la unidad de la fe y al conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, en la medida que conviene a la plena madurez de Cristo” (Ef 4,13).

¿Qué es la objeción de conciencia?

“El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29)” (CCC, 2242).

Hace falta promover y sustentar una atrevida objeción de conciencia, en cuánto cada vez más en la sociedad se van difundiendo leyes contrarias a principios y a valores no negociables, como:

–          “el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural;

–          la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer;

–          la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas” (Benedicto xvi, Sacramentum caritatis, n. 83).

El Estado tiene que reconocer, en su legislación, el derecho a la objeción de conciencia, cada vez que un ciudadano crea oportuno recurrir a él, sobre todo en campo médico-moral.

Lamentablemente existe en el contexto actual una paradoja, según la cual a menudo una sociedad ideológicamente tolerante, en el sentido contemporáneo del término, no está dispuesta en cambio a tolerar la objeción de conciencia, ya que una tal sociedad no admite que:

pueda haber alguien que escape a su control en alguna manera, a la observancia de sus leyes, o que se oponga a su totalitarismo ideológico y social;

puedan existir valores fundamentales que superan las mismas leyes civiles, los que no tendrían valor absoluto y vinculante para todos.

La objeción de conciencia, si va acompañada del amor de verdad a cada persona:

–          es un actuar ejemplar que tiene el ánimo de la coherencia;

–          no es una fuga de las responsabilidades, sino al contrario asumir un testimonio;

–          implica una casuística muy compleja y vasta. Basta sólo incluso pensar en la categoría de los médicos, ocupados hoy en el amplio campo de la vida humana (aborto, eutanasia, píldoras abortivas, empleo de los embriones en la investigación científica …);

–          es una ultima ratio (un deber-derecho) para no verse implicado en actos que repugnan intensamente a una persona;

–          es expresión y realización del legítimo derecho a la libertad, que cada persona tiene, en virtud del que puede y tiene que negarse a cumplir una acción que se opone o que viola los principios -éticos y/o religiosos- que su conciencia le dicta.

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