La permanente vigencia del exorcismo

No vamos a hablar de la ineficacia del nuevo ritual de exorcismos fabricado y promulgado por Wotyla en el año 1.999, ni la desastrosa situación en las diócesis de la iglesia conciliar, exenta de exorcistas, principalmente porque los obispos conciliares ya no creen en el dato de la Revelación: la existencia del demonio, como en conversaciones privadas manifiestan la mayoría, mientras otros hasta públicamente en escritos y de palabra confiesan, sin vergüenza, su infidelidad. Vamos a recordar, pues, la Verdad que ningún católico puede negar, si desea seguir permaneciendo como tal, con una antiguo artículo, pero cuyo esencia es eterna.

Agosto de 1978 – Para definir la verdad, el proceso que hace unos meses se ha celebrado en Aschaffenburg, Alemania Occidental, nos da motivo para una serie de profundas reflexiones. No pretendemos dar un juicio a favor o en contra de quienes han sido juzgados, lo cual es imposible, ya que no conocemos los pormenores fácticos, jurídicos y médicos que rodearon el caso, pero sí reafirmar varias nociones fundamentales de lo que siempre ha sostenido la Iglesia Católica sobre la presencia del demonio y el significado del exorcismo.

Lo que se ha pretendido juzgar y condenar no es a los dos sacerdotes alemanes en cuestión y a los padres de la difunta, sino al exorcismo en sí, y por consecuencia lógica, su práctica. Se refleja a través de los medios de comunicación, especialmente escritos (véanse al respecto varias notas especiales del diario “La Nación”, una estudiada indignación hacia una presunta lacra cuyo bárbaro ejercicio se hace incomprensible hoy en día, en la época del tecnicismo y del progreso sin fin).

Se señala, además, casi sin rodeos, con burlones conceptos, la imposibilidad de creer en la actualidad en la existencia del demonio. Según ellos, hay ya que dejar de lado esas enfermizas concepciones medioevales, que ponen en ridículo a quienes aún las siguen sosteniendo. Esto nos parece de una gravedad enorme. La existencia del demonio está avalada por la misma Revelación. Por lo tanto, negar la existencia del diablo es en definitiva negar la misma Revelación divina.

Etimológicamente “demonio” deriva del griego “daimon”, que significa “el que sabe”. Por eso, los gentiles empleaban la palabra demonio para designar a los hombres de gran ingenio, o a sus falsos dioses, fueren éstos benévolos o dañinos para el hombre.

En la Sagrada Escritura, y en el lenguaje litúrgico de la Iglesia, la palabra “demonio” se da siempre a los ángeles malos que, habiéndose rebelado contra Dios, fueron condenados al infierno. El demonio es, pues, un enemigo de Dios que persigue también al hombre en el orden físico y moral.

Muchos son los nombres dados al demonio, así, se lo llama “espíritu de tinieblas“, para significar su naturaleza espiritual. “Satán“, palabra hebrea que significa “perseguidor”. “Diablo“, palabra griega que significa “calumniador”. “Serpiente“, que significa que él fue quien en forma de serpiente tentó a nuestros primeros padres en el Paraíso, etc. El hombre, pues, pecó instigado por el demonio.

En el modo de hablar, se trata con frecuencia del demonio como si existiera uno solo, siendo en cambio, muchos los demonios. Cuando se dice: “Esto es cosa del demonio”, se quiere significar que es una cosa que proviene de un ser maligno superior al hombre, sea uno o sean muchos los demonios que intervienen, tomando lo abstracto por lo concreto.

El demonio fue creado por Dios, autor de todo lo creado. Consta en el canon 7 del Concilio de Braga (a. 561): “Si alguno dijere que el diablo no había sido primero ángel bueno hecho por Dios, sino que salió de las tinieblas sin tener autor alguno, sea anatema”. Lo mismo consta en el Concilio IV de Letrán (a. 1215), y en el Vaticano I (a. 1869-70) que en su Constitución DEI FILIUS dice: “El diablo y los demás demonios fueron criados naturalmente buenos, pero ellos de suyo se hicieron malos“. San Pedro en su carta segunda (II, 4) dice: “Y si Dios no perdonó a los ángeles que pecaran, sino que atándolos con maromas de infierno…”

Los demonios fueron arrojados del cielo y condenados al infierno. La pena de los demonios es eterna. Consta por San Mateo, y por el canon 9 Synodos Endemousa (a. 5443) del Papa Virgilio: “El que dijere que el suplicio de los demonios ha de ser temporal y que ha de tener fin, sea anatema“.

Los demonios no son las almas humanas, sino seres distintos. Expresar lo contrario está anatematizado por el concilio Constantinopolitano V contra los origenistas. Los demonios no han producido la materia ni los cuernos, ni son principio independiente de Dios, ni pueden producir por su propia autoridad las tempestades o sequías, como pretendían los maniqueos y priscilianistas.

Sobre el número de ángeles caídos o demonios, nada se puede con certeza asegurar, sino que fueron muchos. Su condenación incluye la privación eterna del goce de Dios y de todos los bienes de la bienaventuranza. A esto se añade la pena del fuego. Según sentencie común de los teólogos, se les permite a algunos de ellos que, sin experimentar alivio alguno en sus tormentos, puedan salir del infierno para tentar a los hombres hasta el día del juicio en que serán para siempre condenados a permanecer en el infierno. Esto se funda, dice Santo Tomás, en que los ángeles fueron destinados por Dios para ministerios en bien de los hombres, de lo cual no era conveniente privar al ángel malo, que indirectamente es causa de mayor mérito para los que resisten a sus tentaciones.

Exorcismo

San Francisco de Borja exorcizando a un agonizante impenitente”, por Francisco José de Goya

Algunos escolásticos, opinaron que los demonios jamás fueron adornados de la gracia santificante; pero la opinión más común con Santo Tomás sostiene lo contrario. Todos convienen en que, después del pecado, perdieron los demonios los dones sobrenaturales. De aquí que su entendimiento quedó oscurecido por la privación de estos dones; pero les quedaron íntegras las fuerzas naturales de dicho entendimiento. Su voluntad de tal modo está obstinada en el mal. Conservan también los demonios la virtud locomotiva, por la cual, no sólo pueden ellos trasladarse de un lugar a otro, sino también trasladar los objetos materiales; pueden además unirse moralmente a cuerpos, y moverlos como mueve el hombre la figura de un animal cuando la toma como disfraz.

Pueden producir o causar graves enfermedades, que conocen con más perfección que ningún médico; pueden producir dolor o placer; imitar las voces del hombre o de los animales; mover la lengua del hombre o del animal para que profieran palabras o hablen idiomas desconocidos, etc. Pueden producir fenómenos sensibles que superen las fuerzas físicas, como levantar al hombre por los aires, detener las aguas del río y otros fenómenos materiales que no son milagros en sentido estricto, porque no superan las fuerzas de la naturaleza creada ni se ejecutan en nombre de Dios.

El “endemoniado” también se llama “energúmeno”, “obseso”, “poseso”. Sin embargo, la palabra “obseso” se distingue de la palabra “poseso”. En el primero, se apodera el demonio del cuerpo del hombre exteriormente, atormentándole de varios modos, con alucinaciones, sugestiones, ilusiones en los sentidos externos e internos, con violencias o males físicos, pero actuando siempre como motor externo sin entrar en el cuerpo. Por el contrario, en el “poseso” penetra el demonio en el cuerpo del hombre e influye en él con fuerzas desconocidas.

El demonio puede “impugnar” al hombre, en cuanto penetra en la misma alma; mas debemos aclarar que respecto del alma nunca hay posesión, sino a lo más obsesión, porque, como nota San Agustín, y es doctrina común de los Santos Padres, y de Santo Tomás, es atributo exclusivo de Dios penetrar con poder absoluto en el alma, sin que esto sea dado ni al ángel bueno, y, por lo tanto, mucho menos al demonio.

Hay otra unión más directa con el cuerpo, en la cual el demonio inhabita en el hombre, como un piloto que está dentro del navío. Así el demonio mueve los labios del endemoniado para producir aquellas palabras que parecen del endemoniado, y que muchas veces él mismo no entiende, y mueve su cuerpo, y lo sostiene en el aire contra las leyes de la gravedad, etc. De allí la dualidad o multiplicidad de personas que aparecen en el endemoniado. Esto es lo que se llama, en sentido más estricto “posesión diabólica“.

Para el cientificismo positivista y moderno, estas posesiones no son sino enfermedades naturales, ataques de epilepsia, de histerismo, de locura, en fin, de ciertas neurosis que la ciencia de otros tiempos no había llegado a conocer. Muchos de estos enemigos de creer en la posesión diabólica no se preocupan mayormente de lo que diga la Revelación o la historia. Otros, no atreviéndose a negar el valor histórico de los evangelios, los interpretan a su modo, sacando en conclusión que se habla de enfermedades, y que si Jesucristo habla de endemoniados y parece expulsar los demonios, no hacía sino acomodarse al modo de hablar de su tiempo, y ponía remedio a estos infortunios, sin participar del error popular.

Veamos que contesta la escuela católica a estos diversos adversarios. Los mismos evangelistas distinguen muy bien entre lo que son meras enfermedades naturales y lo que son verdaderos endemoniados. No tienen solidez alguna los argumentos de los que niegan la posesión por ser contraria a la divina providencia, pues Dios puede permitir estas pruebas, no sólo para castigar a los pecadores, sino también para prueba de los justos.

Los racionalistas y los incrédulos siempre han supuesto que la Iglesia Católica anda a la caza de endemoniados. Sin embargo, no hay tribunal humano que use de crítica más minuciosa y más severa que la Iglesia para evitar todo error y superstición en esta materia, En el ritual romano se puede ver cuan riguroso es el examen que se exige en el exorcista respecto de los endemoniados. Hay que distinguir, pues, las señales ciertas de las dudosas. Las primeras se comprueban cuando el endemoniado pronuncia frases en una lengua que él no conoce, y entiende lo que se le dice y se le manda en aquella lengua desconocida; cuando revela cosas ocultas o muy distantes que el endemoniado no puede conocer por medios naturales, o cuando tal revelación encierra injurias contra Dios, o contra el prójimo; cuando el endemoniado obra de un modo contrario a las leyes de la gravedad (por ej. si permanece suspenso en el aire por largo tiempo). A estas señales se pueden añadir aquellas en que se hace padecer al demonio, como es por ejemplo, si ignorándolo el endemoniado se le aplica a hurtadillas un objeto santo, como una reliquia, y al instante da pruebas de ser atormentado.

Serían, en cambio, señales dudosas los gritos y aullidos de los endemoniados, su rostro horrible y espantoso, la inquietud frenética que les lleva a lugares desiertos, el aumento de fuerzas físicas con que rompen aun las cadenas o sostienen pesos anormales, etc. Todo esto no prueba con certeza la posesión, pero la hace sospechar.

Podrá ser cierto que con más o menos prudencia a veces se hayan aplicado los exorcismos a personas que no ofrecían señales ciertas de posesión; habrá habido algunos teólogos que, sin aprobarlo la Iglesia, hayan emitido sobre esta matera teorías exageradas, pero todo esto no da derecho ni a los racionalistas ni a persona alguna para negar en nombre de la ciencia hechos comprobados por la experiencia, por la historia y por la Revelación.

Es un hecho que la mayor parte de los científicos hablan de la verdadera posesión como podrían hablar los ciegos de nacimiento de los colores, no habiéndolos jamás observado. Se les podría preguntar si los caracteres antes señalados se encuentran en los casos de “posesión” de la psiquiatría moderna (sobre todo en las señales ciertas). Si en alguno aparecieran, no se debería tener ningún inconveniente en considerarlo como verdadera posesión diabólica, puesto que el ser cliente de un psiquiatra moderno no es en manera alguna garantía de inviolabilidad frente a la astucia y la malicia del demonio. Pero, en realidad y como es lógico, los casos que los psiquiatras modernos llaman “posesión” y en los cuales han logrado éxito, no presentan en manera alguna aquellas señales. En el evangelio se señala cómo el mismo Jesucristo lleva a cabo la expulsión del demonio, y no en una única ocasión. Así como el Divino Maestro comunicó a sus apóstoles el poder de hacer milagros, así también les comunicó el de exorcizar. (“Habiendo —Jesús— llamado a Sí a sus doce discípulos, les dio potestad sobre los espíritus inmundos, para echarlos” Mt. X, 1) (“sobre todos los demonios” Lc. 9,1) (“predicaban que hiciesen penitencia, y lanzaban muchos demonios” Me. VI, 12-13).

No terminó con los apóstoles la práctica del exorcismo, se continuó en la Iglesia, como lo señalan abundantes testimonios, principalmente en los primeros tiempos. Los siglos posteriores nos muestran ya al catolicismo inundando la sociedad con los resplandores de su luz y disipando las sombras de los espíritus de las tinieblas. Por ello San Atanasio nos dice: “Antes todo estaba lleno de los embustes de los oráculos y de las supersticiones de los hombres; los oráculos de Delfos, Dodona, Beocia, Licia, Libia, Egipto y Cabires, y la sacerdotiza de Apolo Pitio, eran universalmente admirados; pero ahora desde que por todas partes se ha predicado a Cristo, ha cesado del todo esta locura, y ya no se encuentra entre ellos ningún adivino. Antes los demonios, con varios espectros, engañaban a los hombres, y ocultándose en las fuentes, o en los ríos, o en los árboles, o en las rocas, seducían con sus alucinaciones a los insensatos; pero ahora habiéndose ya divinamente manifestado el Verbo ha cesado esta fantasmagoría, porque basta hacer la señal de la Cruz para rechazar los engaños de los demonios” (Oratio de Incarnatione Verbi N. 47).

Fuente: “Fidelidad a la Santa Iglesia” N° VI Agosto de 1978

Ver: EXORCISMO CONTRA SATANÁS Y LOS ÁNGELES REBELDES

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