I. Introducción y Telogía de la Historia

Introducción

En nuestro libro El fin de los tiempos y seis autores modernos (Asociación pro-cultura occidental, A.C., Guadalajara 1962, 402 pgs.), expusimos el pensamiento sobre este tema en los escritores Dostoiewski, Soloviev, Benson, Thibon, Pieper y Castellani. En esta breve obra presente reproducimos sólamente el último capítulo, que expone lo que el P. Leonardo Castellani nos dice acerca de las ultimidades de la historia.

Los cuatro primeros pensadores aludidos, Dostoievski, Soloviev, Benson y Thibon, se expresaron prevalentemente mediante el recurso literario, sin dejar de lado, por cierto, las cosas que de los tiempos postreros se leen en el Apocalipsis. En lo que toca a Josef Pieper, investigó el mismo tema desde el punto de vista filosófico-teológico. El P. Castellani, que cita frecuentemente a algunos de los autores nombrados, apelará a los dos expedientes, el del novelista y el del teólogo. Lo que en algunas de sus obras nos lo dice de manera novelada, lo reitera en otras de modo más sistemático.

Para muchos, señala nuestro autor, el Apocalipsis es un libro enigmático, prácticamente hermético, y por consiguiente resulta inútil leerlo. Pero cuesta pensar que Dios haya legado a su Iglesia una revelación tan impresionante -«Apocalipsis» significa descubrimiento, develación-, sabiendo que resultaría inaccesible al entendimiento de la mayoría. Un enigma insoluble es lo contrario de una revelación. Castellani se abocará a su interpretación, con la ayuda de la gran tradición patrística de la Iglesia, y de autores más recientes como Newman, Billot, Benson y Pieper. Los Padres vieron mucho, sin duda, pero en cierto modo nosotros podemos ver más, encaramados sobre sus hombros y con la experiencia de los hechos que ya han sucedido o que se van volviendo predecibles.

Por otra parte, el mundo actual se muestra ansioso de atisbar el futuro que la historia le depara. Nada de extraño, ya que semejante inquietud se suele acrecentar en las épocas tempestuosas y preñadas de amenazas. ¿A dónde se dirige el acontecer histórico?, se preguntan todos. De ahí el pulular de falsas profecías, de apariciones insólitas, de pronósticos peregrinos. Por eso hoy se vuelve más apremiante que nunca poner sobre el tapete el gran tema de la esjatología. A decir verdad, algunas de las interpretaciones que nos ofrecerá el genial Castellani son muy personales y no estamos obligados a hacerlas nuestras. Con todo, sus intuiciones resultan frecuentemente brillantes y, según decíamos, se respaldan en el aval de grandes pensadores.

I. El Apocalipsis y la Teología de la Historia

Un primer aspecto que estudia nuestro autor es la relación del Apocalipsis con lo que se ha dado en llamar «el sentido teológico de la historia».

1. Typo y Antitypo

Entre los discursos de Cristo que consigna el Evangelio se encuentra el denominado «Discurso Esjatológico». Allí el Señor anunció que hacia el fin de los tiempos estallaría una gran tribulación, tras la cual Él reaparecería, lleno de poder y majestad. En el transcurso de dicho sermón, encontramos esta afirmación tan categórica como desconcertante: «En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sucedan. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 30-31). Aquellos que lo oían murieron y, sin embargo, no llegó el anunciado fin de los tiempos. ¿Se equivocó Cristo? Castellani juzga que acá se esconde la clave que explica el sentido de la interpretación profética. Toda profecía se desenvuelve en dos planos y se refiere a la vez a dos sucesos: uno próximo, llamado typo, y otro remoto, llamado antitypo. El profeta describe sucesos lejanísimos, para los cuales hasta las palabras resultan deficientes, pero proyectándolos analógicamente desde sucesos cercanos. «El profeta se interna en la eternidad desde la puerta del tiempo y lee por transparencia trascendente un suceso mayor indescriptible en un suceso menor próximo; es el modo que existe también analógicamente en los grandes poetas».

De este modo Isaías profetizó la redención de la humanidad en la liberación del pueblo judío del cautiverio babilónico, así como San Juan describió la Segunda Venida en la destrucción de la Roma imperial, y el mismo Cristo previo el fin del mundo en la caída de Jerusalén. Cuando, pues, dijo «no pasará esta generación sin que»… se refería a la vez a los apóstoles allí presentes, con referencia al typo, que es el fin de Jerusalén; y también a la descendencia de los apóstoles, con referencia al antitypo, el fin del mundo. Los apóstoles vieron el fin de Jerusalén, la Iglesia verá el fin del mundo. Así lo puso en claro un gran teólogo, el Cardenal Billot, en su libro La Parousie, donde afirma que el profeta ve el futuro lejano e inescrutable a la luz o por transparencia de un suceso cercano, también futuro, pero más inteligible y obvio. O, si se quiere, en el caso del Apocalipsis, percibiendo el vidente los tiempos propiamente parusíacos, profetiza en esquema todos sus prolegómenos y su germinación histórica latente en las tres primeras visiones que resumen cabalmente la historia de la Iglesia en forma simbólica: el Mensaje a las Siete Iglesias, los Siete Sellos y las Siete Tubas.

El mismo San Juan afirma en el Apocalipsis que la Parusía -palabra griega que aplicada a Cristo significa su presencia justiciera en la historia humana- está cerca. Lo hace desde el comienzo, cuando titula el libro «Revelación de Jesucristo para manifestación de lo que ha de suceder pronto» (Ap 1, 1), hasta el final, donde reiteradamente le hace repetir a Cristo: «Mira, vengo pronto» (Ap 22, 7.12.20).

Digamos una vez más que Cristo no se equivocó. Porque, como señala Castellani, este «vengo pronto» puede ser entendido de tres modos. Ante todo trascendentalmente, en cuanto que el período histórico de los últimos días, o sea el tiempo que corre de la Primera a la Segunda Venida será muy breve, cotejado con la duración total del mundo. Según una antigua tradición judeo-cristiana, «este siglo», es decir, el tiempo que va desde Adán al Juicio Final, tendría una duración de siete milenios, a semejanza de los siete días de la creación: dos milenios corresponden a la Ley Natural, dos milenios a la Ley Mosaica, dos milenios a la Ley Cristiana, siendo el último milenio el de «los tiempos finales», el domingo de la historia, la época parusíaca de los nuevos cielos y de la nueva tierra. Así, pues, en un sentido trascendental, Cristo pudo decir con verdad que su Segunda Venida estaba cerca.

En segundo lugar, la promesa «vengo pronto» puede ser entendida místicamente, en el sentido de que todos debemos considerarnos próximos al juicio en razón de la muerte, que puede sobrevenir en cualquier momento, resultando siempre sorpresiva e inesperada para las expectativas e ilusiones humanas. La pedagogía de Cristo en el Evangelio fue siempre alertar sobre el carácter imprevisto que tiene la muerte para cada uno de los hombres: «Necio, esta misma noche morirás. Lo que has juntado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20). Y no sólo respecto de los hombres individuales sino también en un sentido más universal: «Como sucedió en los días de Noé -dijo Jesús-, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos… Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17, 26-27.30). Lo sensato será, pues, pensar que el fin está siempre cerca, para tener aceite en el candil, como las vírgenes prudentes.

Por fin la expresión «vengo pronto» puede ser interpretada literalmente. Porque ese «pronto» de Cristo, un presente justiciero, se cumplió al poco tiempo en la destrucción de Jerusalén, y luego en el derrumbe del Imperio Romano, los dos typos del fin del siglo, o sea, el término del ciclo. Se cumplió en su primera fase para los contemporáneos del Señor, y se cumplirá quizá en su forma plenaria para nosotros, que pensamos menos en los fines últimos que los primeros cristianos, siendo que estamos más cerca que ellos.

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2. El estilo profético

Hay exégetas que han interpretado la totalidad del Apocalipsis en un sentido alegórico, lo que se presta a las más fabulosas fantasías. San Agustín y Santo Tomás dejaron una regla de oro para la interpretación de las Escrituras en general, y es que todo lo que en ellas se puede entender en sentido literal, debe ser así comprendido. Por cierto que «literal» no se contrapone a «simbólico». El Apocalipsis es un conjunto de símbolos plásticos, según se estila en todas las literaturas primitivas. Como sabemos, símbolo es una cosa o imagen concreta de algo que no se ve; por ejemplo, el anillo del obispo representa su autoridad. Alegoría, en cambio, es una imagen concreta de un concepto abstracto, como la barquilla del poema de Lope representa la vida humana. Las visiones del Apocalipsis son, por cierto, metafóricas, y no pueden entenderse en un sentido «literalísimo», pero sí en un sentido literal-simbólico. En razón de la teoría del typo y el anti-typo, dicho sentido es doble. Así la Primera Bestia puede significar simultáneamente a Nerón y al Anticristo, la Mujer calzada de luna a la Iglesia y al pueblo de Israel, la Gran Ramera a la Roma Pagana y a la ciudad que será la capital del Anticristo…

El tema central del Apocalipsis es la persecución de los fieles y el triunfo final de Cristo y de la Iglesia. En torno a dicho asunto se concentran las diversas visiones, que se desenvuelven tanto en el cielo como en la tierra y su tiempo histórico, con la ayuda de símbolos plásticos, como la Bestia, la Mujer Coronada, la Gran Ramera, los Dos Testigos. Su género literario tiene algo de polifonía: los espectáculos celestiales se conjugan con las diversas intervenciones de Dios en las vicisitudes religiosas de la historia humana. La contemplación del Trono divino abre la trama del texto sagrado, le confiere un marco litúrgico en toda su extensión, y la clausura en la última visión de la Jerusalén celestial. Mientras tanto, los hombres se debaten en el devenir de la historia. Y así «el autor de este drama divino se mueve continuamente del cielo a la tierra y otra vez al cielo, hasta que la tierra y el cielo quedan unidos y como compenetrados, nuevos cielos y nueva tierra, la Jerusalén Celeste».

La gran dificultad para penetrar en el sentido del Apocalipsis es su estilo. No debe ser interpretado, señala Castellani, como si se tratase de una historia lineal, sino según las leyes propias del hablar profético. Como se sabe, en el Apocalipsis encontramos diversos septenarios: el de las Iglesias, que examina los diversos estadios de la historia de la Iglesia; el de las Trompetas o Tubas, que recorre las sucesivas herejías que se han ido manifestando en el curso de los siglos, hasta la última; el de los Sellos, que describe la curva del progreso y de la decadencia del cristianismo en el mundo; el de las Copas o Redomas, que preanuncia las calamidades de los tiempos postreros, los castigos de Dios a la Gran Apostasía. Dichos septenarios siguen un método recapitulatorio, es decir, en algún momento el escritor detiene su relato y vuelve atrás en una nueva visión; cuando se acerca a la Parusía, recomienza en una inesperada perspectiva, o desde un punto más cercano a ella. La marcha no es así recta ni lineal, sino en espiral. Es el mismo tema general visto desde diferentes enfoques, «sinfonizado» por visiones que lo van explicando cada vez más, hasta la visión de la Jerusalén celestial, que es el objeto y término de las otras. Como dice San Victorino mártir, autor del siglo III: «No hay que buscar en el Apocalipsis el orden [cronológico] sino el sentido». Y San Agustín: «Con muchas palabras repite la misma cosa, cuando procura decir lo mismo de otra manera». Por lo que no hay que perder de vista el sentido de la imagen total.

3. Los signos de los tiempos

De lo que se trata es, fundamentalmente, de percibir los signos de los tiempos. Como Castellani le hace decir al protagonista de su novela teológica Los papeles de Benjamín Benavides: «La Venida Segunda es imprevisible y es previsible a la vez… Es imprevisible desde lejos y en cuanto al tiempo exacto; pero a medida que se aproxime se irá haciendo… no diré cierta, pero sí, como dicen, «inminente». Se olerá en el aire, como las tormentas; pero no por todos, ciertamente, sino por muy pocos».

Le pasa al Apocalipsis lo que a todos los libros proféticos, que sólo se vuelven claros a medida que se van cumpliendo las profecías. Es natural que habiendo pasado dos mil años desde la Primera Venida, y encontrándonos nosotros más cerca del fin de la historia, estemos más capacitados para entender mejor las cosas relativas a las ultimidades. Por eso algunos autores de los tiempos recientes han logrado inteligir los hechos con más claridad que los mismos Padres de la Iglesia, si bien en continuidad con ellos. Cuando una profecía se cumple, entonces todos aquellos que la guardan en su corazón creyente, y solamente ellos, ven con claridad que no podía ser de otra manera.

Al igual que Pieper, Castellani observa cómo algunas de las cosas anunciadas en el Apocalipsis, que antaño pudieron parecer irrealizables y hasta ridículas, hoy se las ve como perfectamente posibles. Hace sólo un siglo Renan se permitía burlarse del apóstol Juan y de su «imaginación oriental delirante y desmesurada», tan diferente del sereno equilibrio y elegante compostura de la imaginación griega. «¡Un ejército de doscientos millones de hombres!», dice con sorna, aludiendo a Ap 9, 16. Pues bien, en la última guerra ha habido cerca de doscientos millones de combatientes, contando los obreros de las fábricas de armas. ¡Ciudades enteras que se derrumban en un instante y se convierten en ruinas! ¡Fuego que cae del cielo! Todo ello es hoy factible con las bombas nucleares. ¡La imagen de la Bestia que se ve en todo el mundo! Hoy es posible por la televisión satelizada. Renan paladea con gusto los «absurdos» de Juan, imposibles de aceptar en la edad del Progreso, de la Civilización y de la Ciencia Moderna.

La percepción de los signos de los tiempos resulta, pues, insoslayable para entender tanto la complejidad como el cumplimiento del Apocalipsis que, al decir de San Agustín, «abarca todos los acontecimientos grandes de la Iglesia, desde la primera venida de Cristo hasta el fin de este siglo, en que será su segunda venida». Una gran profecía que engloba lo que se ha dado en llamar «el tiempo de la Iglesia», es decir, el tiempo que corre entre la Ascensión de Cristo -en que un ángel anunció a los discípulos el Retorno del Señor- hasta su Segunda Venida, con el acento puesto en el término. O, como escribe Castellani: «El Apokalypsis es una profecía referente a la Segunda Venida de Cristo (dogma de fe que está en el Credo) con todo cuanto la prepara y anuncia, que es ni más ni menos que el desarrollarse en continua pugna de las Dos Ciudades, la Ciudad de Dios y la del Hombre». Por el hecho de que dicha Segunda Venida se basa en el Sermón Esjatológico de Cristo y en su exégesis auténtica hecha por Juan bajo la inspiración del Espíritu Santo, el Apocalipsis constituye «la cúspide y clave de todas las profecías del Antiguo y Nuevo Testamento, así como de la Metafísica de la Historia de la Iglesia; y del Mundo por extensión». Lo que explica que ningún libro de la Escritura haya tenido tantos comentaristas y dado lugar a tantas extravagancias.

Nosotros afirmamos que el Mesías ya ha venido -contra lo que sostienen los judíos-, de modo que las profecías mesiánicas ya se han cumplido en su primera parte, pero también afirmamos que han de realizarse de manera plenaria y más espléndida en su segunda venida. Afirma San Juan que Cristo es o wn kai o hn kai o ercomenod (Ap 1, 8), el que es, el que era y el que va a venir. Con la expresión el que es, el nombre mismo que Dios se dio cara a Moisés, se alude, escribe Castellani, a la existencia eterna de Dios; al decirse el que era, se quiere significar la existencia temporal de Cristo, que tuvo principio y término en la tierra; y con la fórmula el que vendrá, el que está por venir, el erjómenos, se hace referencia al futuro de quien está viniéndose.

 

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