Migajas catequéticas

¿Por qué usar el latín en la Misa?

Para el que le resulte extraño que en la Misa Tradicional se emplee una lengua distinta de la habitual.

La que nosotros empleamos es la de los primeros cristianos que eran súbditos del Imperio romano y hablaban latín. Claro que esa lengua ya no se usa en la vida ordinaria a diferencia de otras como el español, inglés o italiano que sí que las habla la gente y que en aquellos primeros tiempos no se hablaban. Estas lenguas están “vivas”, y, a diferencia del latín, que no lo entiende la mayoría, se entienden. Son las que se usan de ordinario.

¿Por qué entonces no emplearlas también en la Liturgia, en los actos de culto? Esto se pregunta mucha gente y a esto voy a tratar de responder.

Primero: ¿Las lenguas ordinarias no tienen defectos? Defectos que las harían poco adecuadas para el culto divino. ¡Pues sí! Tienen varios y graves defectos. La gente sólo se fija en lo bueno –que todos las entienden- pero no se da cuenta de los defectos que tienen las lenguas vivas y estos son graves.

– La religión católica es universal. Eso significa católica. Y es universal, es decir, para todo el mundo y no sólo para un pueblo o nación. Como pasa por ejemplo con la judía u otras religiones que se llaman por eso étnicas. La religión católica no es propiedad exclusiva de nadie. Es de todos. No es propiedad exclusiva de USA, ni de Alemania, ni de los franceses o los venezolanos. Es de todos y por eso no es de nadie en particular. Y una forma de expresar ese carácter universal es emplear una lengua distinta de las naciones particulares. Por eso al emplear esa lengua latina estamos dando un mensaje que se entiende muy bien, aunque algunas cosas particulares –sobre todo en el caso de personas que no usan el misal- no se entiendan. Estamos diciendo que la Misa latina es la casa común de todos los pueblos, que no es de ninguno en particular sino de todos. (Puede contarse la anécdota del P.Arrupe y los empresarios vascos)

–  Otro defecto de las lenguas vivas es que, como pasa en general con todo lo que está vivo, cambian, evolucionan. Evolucionan con el paso del tiempo. El que hablara hoy español como se hablaba hace 50 años haría el ridículo[1].

Y lo grave es que no sólo cambian con el tiempo. Cambian también en el espacio. Ahora mismo el español que se habla en Madrid no es el mismo que se habla en Méjico. Y no sólo por el acento, que también, sino por muchas palabras que en un sitio tienen un significado y en el otro tienen otro que puede ser hasta obsceno. (Si procede se puede citar coger, pico, concha, vamos tirando, etc…)

Y, finalmente, a veces las lenguas que se hablan vulgarmente pueden tener otro defecto que las hace antipáticas y, por tanto, inadecuadas para el culto divino. Y es que con frecuencia, no siempre, las lenguas vulgares en la práctica no están todas al mismo nivel porque se impone de hecho la de la potencia política que en ese momento domina el conjunto de los países sobre las demás cuyos pueblos están más o menos dominados por esa potencia. Y por eso la lengua vulgar se presenta a veces con un carácter imperialista y por eso, como antes decía, antipático para los dominados. Pueden suscitar rivalidades políticas. No estoy hablando por hablar. Es el caso de los cristianos llamados coptos que son minoría en el Egipto musulmán, que celebraban su liturgia en el lenguaje copto antiguo y que cuando con el V II tuvieron que dejar su lengua para cambiarla por la vulgar que en Egipto es el árabe lo vivieron como la pérdida de un signo de identidad tan necesario para aquella minoría oprimida.

         Por eso cuando se plantea el tema de la lengua sagrada tenemos que evitar el caer en la trampa del olvido de los defectos de las vulgares, que es fundamental en este asunto.

A vueltas con el Latín

En una de estas modestas hojas ya nos hemos ocupado de la objeción de muchas personas a la Misa tradicional por el hecho de ser celebrada en una lengua “que casi nadie entiende”.

Allí nos centramos en responder –dicen que la mejor defensa es el ataque- aclarando algo que no se suele tener en cuenta: los defectos de las lenguas que “todos entienden”. Porque parece que sólo el latín tuviera defectos desde el momento que es una lengua “que casi nadie entiende” mientras que el español que “todos entienden” –o en su caso el francés o el alemán o la lengua viva cualquiera que sea- sólo tuviera buenas cualidades.

Y no es así, en absoluto. Las lenguas llamada vivas que “todos entienden” tienen al menos el grave defecto de su inestabilidad. Cambian con el paso del tiempo y si hoy emplearás el mismo estilo de hace sólo cincuenta años harías el ridículo. Y cambian también en el espacio: el español que hoy se habla en Santander no es el mismo que el que se habla actualmente en Méjico o Argentina y lo mismo, con las necesarias adaptaciones, se puede decir del portugués o del inglés. Como dice el Papa León XII las lenguas vivas que “todos entienden” son victimas de “las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos”.[1]Se puede decir sin exagerar que las lenguas vivas que “todos entienden” son inestables al cuadrado, en el tiempo y en el espacio.

Y esto las hace menos adecuadas para expresar una doctrina que debe transmitirse sin variaciones sustanciales a lo largo de los siglos.

Arrastran, además, consigo las lenguas vivas que “todos entienden” el defecto delparticularismo. Son propias y exclusivas de un país y del espacio cultural que éste ha llegado a cubrir y son ajenas y extranjeras a todos los demás países y espacios culturales. Mientras que la lengua sagrada –en este caso la latina- no pertenece a ningún pueblo en particular y en consecuen­cia puede ser considerado un patrimonio universal, común a todos los cre­yentes. La lengua sagrada no tiene nacionalidad. Por eso es tan adecuada para servir de expresión al Culto divino en una Religión que se define como católica, es decir, universal.

* * *

Pero a este repaso de lo que ya dijimos añadamos hoy la respuesta a la objeción de quienes dicen que esta Misa en latín es contraria al Concilio Vaticano II. ¿Qué podemos responder a esto? Pues que los que afirman que existe esa contradicción entre esta Misa y el Concilio Vaticano II no han leido sus documentos porque en uno de los más importantes, precisamente el dedicado a la Sagrada Liturgia, dice lo siguiente “se conservara el uso de la Lengua Latina”[2].

CONCLUSIÓN

Hemos vuelto hoy sobre el tema del Latín, entre otras razones, porque queremos ponernos en sintonía con el Sto. Padre Benedicto XVI que muy recientemente ha fundado una nueva institución, Pontificia Academia Latinitatis, para el estudio y la difusión de la lengua sagrada de la Iglesia occidental.

Esperamos que esta exposición sea útil para vivir con más fruto la Sta. Misa según el uso romano antiguo y que nadie olvide que, gracias al esfuerzo de Una Voce Cantabria, siempre puede tener a mano un cuaderno con los textos litúrgicos traducidos y así entrar de lleno en la celebración.

¿LA MISA “DE ESPALDAS AL PUEBLO”? 

Los que ven como un defecto de la Misa antigua el que sea celebrada “de espaldas al pueblo” podrían hacer un reproche parecido al piloto del avión o al conductor del autobús que también se colocan así. En realidad tanto en esos dos casos como en el de la Sta. Misa nadie da la espalda a nadie sino que todos miran en la misma dirección. En la Misa tradicional sacerdote y fieles están vueltos hacia Oriente por razones que en parte exponemos más adelante aunque no es un caso único: en otras religiones vemos un fenómeno parecido: “la plegaria orientada”. Los musulmanes hacia la Meca y los judíos se vuelven hacia el templo de Jerusalén, que es de suponer sería la posición que adoptarían los Apóstoles en la Última Cena para sentarse en torno a Jesús.

En la Religión revelada es de gran importancia tener en cuenta el significado que encerraba el Oriente por donde cada dia vuelve a nacer el Sol simbolizando la Resurrección del Señor. El Orientees también símbolo del Mesías esperado. Así en una de las famosas antífonas de Adviento, además de llamar Oriente al Mesías, se le canta así: ¡Oh Oriente, resplandor de la luz eterna y sol de justicia; venid e iluminad a los que yacen en las tinieblas y en la sombra de la muerte! Y de su venida definitiva al fin de los tiempos a fin de juzgar a vivos y muertos nos dice la Sagrada Escritura:  …como el relámpago sale del Oriente y brilla hasta el occidente así será la venida del Hijo del hombre. (Mt. XXIV, 27)

Diversas razones históricas impidieron que se mantuviera siempre esta disposición del altar al oriente geográfico: Utilización de edificios ya existentes, emplazamiento del altar sobre la tumba de algún mártir, limitaciones derivadas del hecho de construir la iglesia en un espacio urbano…pero quedó siempre en pie el Oriente litúrgico y espiritual.

Silencio litúrgico 

Como una de las cosas que más chocan a quienes pasan de la misa nueva a la tradicional es el silencio de esta última, por ejemplo en todo el Canon a partir del Sanctus hasta el Pater Noster, hay que hacer unas aclaraciones al respecto. Hoy muy necesarias porque vivimos en medio del ruido constante y cuando todo se queda en silencio no sabemos qué hacer con él.

Y hay que decir primero que estar en silencio sin más no significa nada. Ni bueno ni malo. Porque silencios los hay buenos y los hay malos. Hay el silenciocobarde que quien no se atreve a dar la cara o el silencio sensato de quien prefiere no hablar de algo que no conoce o no sabe. El silencio prudente de quien sabe guardar un secreto y por eso se merece la confianza de los demás – ¿Qué secreto puede ser mantenido sin silencio?-, el silencio taimado, por zorrería de quien va a lo suyo sin importarle nada más. En los minutos previos al lanzamiento de un penalti el público que asiste al partido mantiene a veces un silencio de ansiedad  mientras que el enfermo está en silencio porque no tiene ni fuerzas ni ganas de hablar.

¿De qué silencio tratamos aquí? 

Cuando hablamos del silencio durante el Canon de la Misa no nos referimos a ninguno de los anteriores, buenos o malos, sino a un silencio especial.

¿De qué silencio se trata? Y vamos a ir viendo lo que significa. En primer lugar hace falta silencio para escuchar. Como sucede en un concierto o en una película. Sin silencio no se puede ni siquiera comenzar el acto.

Pero además hay momentos en que se impone el silencio. Hay emociones y sentimientos humanos tan intensos y profundos que no los podemos expresar con palabras, y nos vemos obligados a recurrir al silencio. Como uno decía: No tengo palabras para expresar lo que siento. Que se lo pregunten a los místicos y a los enamorados, y los largos silencios que son capaces de mantener…

Algo así sucede en la segunda parte de la Misa en la que lo importante es crear un clima de adoración de algo que va más allá de todo lo que la palabra humana puede expresar. En la que lo que se pretende no es comprender un sermón ni una exposición doctrinal sino la manera más conveniente de unirnos, en la Fe, a la Acción litúrgica, al Santo Sacrificio, a este rito misterioso que realiza a la vez en virtud de la doble consagración la transustanciación del pan y del vino y la ofrenda del Sacrificio de la Cruz. No estamos en la Liturgia de la Palabra sino en la del Sacrificio. Por eso más que desarrollar explicaciones, silencio y adoración

Podrá decir alguien, con razón, que hay personas que no están instruidas para vivir así con fruto el silencio. Cierto. Y habrá que instruirlos pero no es ese el momento de hacerlo. La liturgia del Sacrificio –lo que también llamamos el Canon de la Misa- está hecha para ofrecerse y adorar, no para enseñar. Sin olvidar el hecho de que todos disponen del cuaderno en el que pueden encontrar todas las oraciones que en silencio reza el celebrante.

No se trata de la ausencia de ruidos, es una disposición del alma en presencia de Dios realmente presente bajo las apariencias del pan y vino. No es un simple no decir nada, es una atención, un aplicar la mente a lo que sucede en el altar. Por eso este silencio litúrgico es activo, es el trabajo de la atención amorosa y su fruto consiste en verse penetrados de la acción de la gracia de Dios.

Conclusión

Tenemos un excelente modelo para vivir con fruto esta parte de la Misa: el de la Stma. Virgen en silencio al pie de la cruz. Clamaba el cielo rugiente, la tierra se estremecía, lloraba el cielo, María…estaba, sencillamente.[2] La Virgen no decía nada sólo estaba al lado de la Cruz de su Hijo viviendo lo que Él vivía, sufriendo lo que Él sufría, escuchando lo que Él decía. Sin entender nada de lo que allí sucedía porque Dios siempre supera nuestra capacidad de comprensión y más que nunca en el Calvario. Por eso la Virgen adoraba en silencio la Voluntad divina. Que nuestra devoción a la Virgen nos lleve a imitarla en esos momentos de silencio y así vivir con fruto el Santo Sacrificio de la Misa.

¿Por qué tantas ceremonias?

Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Refrán popular.

No es extraño que a cualquiera que se acerque a la Santa Misa según el uso romano antiguo le resulte extraño ver que se multiplica el número de las genuflexiones que está acostumbrado a ver en la forma ordinaria. O  los besos al altar, por poner algunos ejemplos. De ahí el título de nuestra reflexión de hoy.

Hay que partir de la base de que las ceremonias o ritos no son exclusivos de la vida religiosa. En las Olimpiadas, por ejemplo, dedican un día al desfile de los participantes y a encender la llama olímpica. En los ejércitos los servicios más ordinarios como el cambio de guardia van acompañados de ritos y gestos repetidos de manera invariable de acuerdo con un conjunto de normas prescritas[1]. E incluso en la vida social ordinaria cuando dos personas se encuentran hay gestos invariables de saludo, como el apretón de manos, que se consideraría grosero omitir.

En toda religión desde el momento que se pasa de lo puramente íntimo a lo comunitario aparecen los ritos o ceremonias que “a veces son simplemente supersticiosos o mágicos, pero muchas veces son expresión de una auténtica religiosidad”[2].

Por eso no debe extrañar que también la Religión revelada esté siempre acompañada de esta realidad. Y el que a veces la abundancia de gestos rituales provoque extrañeza o fastidio puede proceder de que se olvide que “todo rito tiene dos elementos el externo –el gesto, la acción y las preces o textos que la acompañan- y el interno, que es el más importante y es lo que el rito significa y realiza[3].”

Para ayudar a superar esta dificultad concluimos con una breve alusión a uno de los ritos del Ofertorio de la Santa Misa: El de echar unas gotas de agua con el vino.

Este sencillo rito es, además, antiquísimo. “Ya en el siglo II se habla expresamente de él”[4]. Además de sencillo y antiguo es muy rico en significados. Por algunos de ellos –1) las gotas de agua que se añaden al vino en el Ofertorio significarían junto con el vino las dos naturalezas divina y humana de Cristo que se ofrece y 2) también significarían la participación humana en la obra de la Redención- fue rechazado este rito por los herejes monofisitas y sería también, siglos después, objeto de la repulsa de Lutero. Esto último “dio lugar a que el Concilio de Trento defendiera expresamente dicha ceremonia amenazando con la excomunión al que la rechazara”[5]

Otros significados se le han dado a este rito. No tenemos espacio para considerarlos pero lo dicho es suficiente para concluir que si a un rito tan humilde se le puede sacar tanto jugo simbólico podemos adivinar la riqueza doctrinal que encontraremos en el conjunto de la Santa Misa tal como lo iremos desarrollando en estas modestas exposiciones.

¿Por qué se lee un segundo evangelio al final de la Misa y siempre el mismo?

            Seguramente que a más de uno de los que se acercan por primera vez a la Misa según el Uso romano antiguo le haya extrañado que al final de la misma se lea por segunda vez un fragmento del Evangelio. Y que sea siempre el mismo fragmento: el prólogo o comienzo del escrito por San Juan. ¿Qué sentido tiene esto?

            En primer lugar habría que destacar la antigüedad de esta práctica de la que el primer testimonio escrito es del año 1256[1]. De ese testimonio se desprende que los primeros en seguirla fueron los dominicos hasta el punto de que la llevaron consigo a la misión de Armenia y cuando ésta desgraciadamente fracasó y se consumó la ruptura de los armenios con respecto a la Iglesia de Roma los cismáticos mantuvieron sin embargo el último evangelio como final de su liturgia propia tal como les habían enseñado los hijos de Santo Domingo de Guzmán.

            Claro que esta adopción del comienzo del Evangelio de San Juancomo cierre o conclusión de la Santa Misa cotidiana no es fruto de la rutina o del capricho sentimental. Bossuet ya definía este texto como “resumen misterioso”[2] de todo el mensaje cristiano que guarda un expreso paralelismo con el comienzo mismo de la Biblia en el libro del Génesis donde se dice Al principio creó Dios los cielos y la tierra[3] mientras que San Juan dirá Al principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios[4].  Paralelismo de los dos textos, uno del comienzo de la Revelación y otro del Apóstol con el que ésta se cierra, pero con una importante diferencia que señala un escriturista de la talla del P. Lagrange O.P.: mientras que el verbo creó del libro del Génesis está en tiempo pasado, el existía de San Juan lo está en imperfecto mostrándonos al Verbo de Dios Jesucristo “en una situación inmutable”[5] o, también se podría decircontinuada con anterioridad al mundo creado y al tiempo en que éste dura. De ahí la conclusión de la frase: … y el Verbo era Dios.

            Y casi al final de esta segunda lectura evangélica, al pronunciar la frase Et Verbum caro factum est[6] (Y el Verbo se hizo carne) se hace la misma genuflexión admirativa que se hizo antes en el Credo porque al fin y al cabo la Liturgia de la Misa es una prolongación de la Encarnación. De ahí que tantas veces, por ejemplo en la Catedral de Toledo, la representación artística de la Última Cena y la institución de la Eucaristía vaya acompañada de la del Nacimiento del Señor.

            Estas son algunas de las razones de esta práctica de incluir sistemáticamente el Prólogo de San Juan en todas las Misas según el Uso romano antiguo al despedir y bendecir a los fieles con el signo de la Cruz y con el recuerdo de toda su Obra redentora que este texto resume maravillosa y concisamente.

Con el Misal de un lado a otro. ¿Por qué?

Siguiendo con la práctica habitual de exponer la razón de ser de aquellos gestos y ceremonias que pueden sorprender a quien por primera vez se acerca a la Misa según el Uso romano antiguo nos fijamos hoy en esta: el cambiar el lado de colocación del Misal en el altar para la lectura del Evangelio. Al comenzar el Santo Sacrificio estaba el libro a nuestra derecha y poco antes de comenzar la lectura del Evangelio el acólito le traslada a la izquierda. ¿Por qué?

* * *

         Pensamos que como primera respuesta podría valer lo que dice de modo general el Cardenal Ferdinando AntonelliO.F.M.:“En la Liturgia toda palabra, todo gesto, traduce una idea, que es una idea teológica[1] Si citamos a este cardenal franciscano es porque fue, entre otras muchas cosas, perito y secretario de la Comisión de la Sagrada Liturgia en el Concilio Vaticano II.

         Claro que lo dicho es sólo una primera respuesta. ¿Realmente tiene lo dicho aplicación al gesto del título de nuestra reflexión?

         Pues creemos que , que esta ceremonia tiene un sentido y una enseñanza. De momento podemos decir esto: “…dio ocasión a la ampliación de la mesa del altar hasta ahora de proporciones modestas…”[2]

Pero más importante aún sería el mensaje que este gesto de cambio de lado del Misal nos transmite. No olvidemos que “La liturgia católica es la prolongación secular de la misión educadora de Jesús[3] Por eso este gesto de trasladar el  Misal a la izquierda del altar, el lado menos honorífico, sería “la expresión simbólica de que el Evangelio después de haber sido rechazado por los judíos (Act. 13, 49) pasó a los gentiles…”, interpretación que el Papa Inocencio III (1161-1216) ampliaría indicando que“con este cambio –del lado del altar- se expresa que Cristo no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores”[4]

* * *

         Así al presenciar este sencillo gesto todos podemos ver en él una invitación a perseverar en nuestra vocación al apostolado sin ceder ante el cansancio o el desánimo.

[1] NICOLA GIAMPIETRO, El Cardenal Ferdinando Antonelli y la reforma litúrgica, Ediciones Cristiandad Madrid 2005, 210

[2] J. A. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, B.A.C. Madrid 1963, 136

[3] I. GOMÁ, El valor educativo de la Liturgia católica I, Editorial Casulleras, Barcelona 1940, 140

[4] J. A. JUNGMANN, Obra citada,  136

La guerra y el latín

La lengua sagrada distinta de la vulgar y una de sus razones de ser.

            Con ocasión de la Navidad diversas publicaciones han recordado un hecho histórico sucedido durante la Noche buena de 1914 en plena primera guerra mundial en el frente de Flandes donde en situaciones muy penosas se hallaban atrincherados numerosos contingentes del ejército inglés por un lado y alemán por el otro. “Los contendientes están inmovilizados en las trincheras a no más de 60 metros de distancia. Los soldados están metidos en el lodo con el agua hasta las rodillas por la lluvia, rodeados de los cuerpos de los compañeros muertos, esperando que en cualquier momento un proyectil de artillería cayera sobre ellos. En Nochebuena, la lluvia había cesado y en el silencio de la noche iluminada por la luz blanca de la luna, en cierto lugar del frente, se empezó inesperadamente a oír a un soldado alemán cantar . Otra voz siguió, luego otra, hasta que de las líneas alemanas se oye una melodía que resuena en el paisaje de hielo de Flandes. Eran las notas deNoche de paz, noche de amor. El villancico se extendió como una ola. Del mismo modo inesperado, desde las trincheras británicas respondieron con las notas de The First Noel the Angels say, antiguo villancico inglés”[1].

            Pero esta escena increíble de los dos ejércitos contendientes, que hasta hacía pocas horas habían luchado furiosamente, sustituyendo el fragor de las armas por las entrañables melodías navideñas de sus paises respectivos, aún no había alcanzado el climax.

            Éste llegó cuando aquellas miles de voces dejaron de actuar por separado y se unieron empleando la lengua que no pertenecía a ninguno de los dos bandos pero les era común: el latín del villancico Adeste fideles.

            Y es entonces cuando se produce el milagro: “Alguien se metió en la tierra de nadie, agitando pañuelos blancos y ofreciendo paquetes de cigarrillos. Otros salieron de sus trincheras del lado opuesto. Los oficiales se encontraron a medio camino. Intercambiaron cigarrillos, aguardiente, té, chocolate. Luego todos volvieron a sitios después de prometer que en todo el día de Navidad no habría disparos. Esta promesa fue considerada como una palabra de honor solemne. La tregua se extendió a otras áreas del frente y permitió el desarrollo de ceremonias exequiales en las que los soldados de ambos bandos lloraban a los muertos junto con sus compañeros”[2].

* * *

            Aunque ya habíamos tratado el tema nos parece oportuno insistir en este aspecto de la lengua litúrgica que este hecho histórico pone en evidencia con una fuerza singular: la universalidad. No es de nadie en particular porque es de todos y cada uno, porque es como una casa común. Y por eso si en algún caso tiene sentido el empleo de dicha lengua es en el culto de la Religión Católica, es decir, universal.

PECULIARIDADES DE LA MISACAMPANILLAS Y VELA TERCERILLA

        A más de uno puede resultarle sorprendente que una ceremonia tan característica de la Sta.Misa como es la elevación de la Sagrada Hostia y después del Cáliz haya aparecido muy tardíamente. Durante más de diez siglos se celebró la Sta. Misa sin que se elevara la Hostia. “La primera noticia segura acerca de la elevación: …el obispo de París dispuso hacia 1210 que los sacerdotes después de haber pronunciado sobre la Sagrada Hostia la fórmula de la consagración la elevasen a tal altura que todos la pudiesen ver. Esta es la primera noticia segura que poseemos sobre la forma actual de elevar la Sagrada Hostia[1]”.

        Y, como todo está relacionado, recordemos que esta es también la época de las catedrales góticas –que tan extraordinario nivel alcanzaron en España- con la característica elevación de sus torres y estructuras en general.

        Conviene añadir que la elevación del Cáliz vino mucho más tarde. “Hay misales romanos impresos por los años 1500, 1507 y 1526 que desconocen aún esta ceremonia. Si no se aceptó con decisión el rito de la elevación del Cáliz fue por el miedo de derramar su contenido y por la costumbre que existía de tener siempre cubierto el Cáliz con parte del corporal que se echaba hacia delante y, sobre todo, porque decían que aun elevando el Cáliz ninguno podía ver en él la Sangre del Señor…en el misal de San Pio V (1566-1572) se mandó que ambas elevaciones, la de la Hostia y el Cáliz, se hiciesen del mismo modo[2]

        “El hecho es que poco a poco se fue dando más importancia y solemnidad  a la elevación y para que todos, aun de lejos, supiesen cuando se elevaba al Señor, se introdujo el advertirlo por medio de campanillas. Algunos monjes tenían orden de cesar en su trabajo y arrodillarse y adorar a Dios cuando estas sonaban.

Y en algunas partes –en España sobre todo- al acercarse la Consagración se enciende una tercera vela, que llaman tercerilla, en reverencia al Señor y como indicadora de Su Presencia Real[3]

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Recordemos la afirmación del Cardenal Ferdinando Antonelli O.F.M. quien fuera miembro del Consejo para la aplicación de la reforma litúrgica:“En liturgia, toda palabra, todo gesto, traduce una idea que es una idea teológica [4]  y vivamos con especialísimo espíritu de adoración esos momentos de Presencia del Señor señalados por esos sencillos gestos que tan eficaces ha sido para excitar la devoción de las generaciones cristianas.

[1] J.A.Jungmann S.I., EL SACRIFICIO DE LA MISA, B.A.C. Madrid  1963, 763

[2]  Obra citada, pag. 764

[3] Remigio Vilariño S.I., PUNTOS DE CATECISMO, Edit. El Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao 1947, pag. 451

[4] (Giampietro, Nicola. El Cardenal Ferdinando Antonelli y la reforma litúrgica. / XI Notas personales de Antonelli sobre los desarrollos de la reforma (1968-1971). Ed. Cristiandad, Madrid 2005)

Nueve veces Kyrie eleison

Una de las peculiaridades que se encuentran en la Misa tradicional es el número de veces que se dice el Kyrie. Tres veces Kyrie eleison, tres veces Kriste eleison y, finalmente, otras tres veces Kyrie eleison.

Para una mejor comprensión conviene tener en cuenta que nosotros mismos empleamos los números con un significado matemático –cuando designamos una cantidad exacta y precisa de lo que sea- y otras veces lo hacemos con un significado simbólico: “!Aunque mil años viva¡”. En este caso no se quiere decir 999 años más 1 sino simplemente una duración extraordinariamente larga.

Este uso simbólico de los números es compatible con el matemático. Siempre que no se mezcle el uno con el otro. De hecho el genial Pitágoras (596 a.d.C.), que además de ser un gran matemático al que se le atribuye el famoso teorema y el primero en sostener que la tierra era esférica y poseía antípodas, se entregó con afán a la interpretación religioso simbólica de los números en los que veía como unos dioses que gobernaban el mundo. Para los pitagóricos el 0, interpretado simbólicamente, era igual a la nada y al mal. En cambio el 1 era el número más perfecto por ser la base de todo. El segundo en importancia después del 1 es el 4 por diversos motivos: 1+2+3+4=10 que es la base de nuestro sistema métrico decimal algo así como la cantidad básica que, una vez alcanzada, se repite indefinidamente. Además en grupos de 4 se producían fenómenos naturales como las estaciones del año. El doble del 4 era el 8 que significaba la amistad por la armonía de las partes que lo componían:2+2+2+2=8.

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También en la Biblia es muy frecuente este uso simbólico de los números y hay que tener cuidado porque si tomamos lo simbólico como matemático podemos sacar conclusiones desmoralizadoras. Veamos algún ejemplo. Para nosotros, para ti y para mi, 40 son 39+1 pero en la Biblia significa otra cosa, significa que estaban todos los que tenían que estar, que no faltaba nada para que aquello fuese completo, porque 4 es el número que expresa la perfección (Cuatro son los puntos cardinales, delante, detrás, derecha e izquierda o también la plenitud del espacio) y 4 por 10 era ya la perfección completa, la medida exacta que se necesitaba para hacer algo a la perfección. Y por eso aparece tanto en la Biblia el número 40, para decirnos que algo se hizo bien. Y así se habla de los 40 años del pueblo de Israel en el desierto, de los 40 dias de Moisés en el monte Sinaí o de los 40 días que duró el ayuno de Cristo. Usan el 40 como tu cuando dices “un millón de gracias”. Usan el 40 en plan simbólico, para dar a entender que aquello – lo que fuera – estaba bien hecho, estaba completo. Y nada más. No tiene nada que ver con el 40 = 39+1.

Esto es importante que quede claro para el mayor número posible de gente pues por creerse que hablaba en plan matemático lo que decía en plan simbólico se han formado muchos unos líos fenomenales.        

  Otro de los números sagrados de la Biblia era el 7 = una cantidad perfecta, cerrada, suficiente y este significado parece que le viene de los dias de la semana que concluyen con el séptimo. Así tenemos el candelabro de los 7 brazos que simboliza la plenitud de luz de Dios o en el cristianismo los 7 sacramentos o la expresión de Cristo en su diálogo con Pedro para responderle a la pregunta:”Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?. ¿Hasta 7 veces?”.Jesús le contesta:”No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Setenta veces siete son cuatrocientas noventa veces pero ya se entiende que no se trata de esa cantidad sino de que hay que perdonar siempre. Por contraste el 7 – 1 = 6 indicaba la falta de perfección, la malicia.

Otro de los números que tenían un gran significado para los judíos era el 12. Así aparece también con frecuencia en la Biblia. O su múltiplo 12 por 12 = 144. ¿Por qué  el número 12 significaba para los judíos algo que estaba completo, que era perfecto, que no se podía pedir más?. Parece que se basaban en que 12 es el número de meses que componen un año o que 12 era el número de la tribus o familias que componían el Pueblo judío. Por eso si 12 expresa perfección os podeis figurar que 12 por 12 y multiplicado por 1000 era como decir que se ha alcanzado la perfección suma, que no falta nada ni nadie para que aquello – lo que sea – realice lo que Dios quiere.

        Digamos entre paréntesis que uno de los graves errores de los Testigos de Jehová era precisamente el de interpretar este 144.000 sellados en sentido matemático en vez del simbólico, tal como acabamos de explicar.

* * *  

        Después de este preámbulo nos es más accesible la explicación de un insigne liturgista: “Se dice nueve vecesKyrie o Christe para imitar el canto de los nueve coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, virtudes, arcángeles y ángeles); y se dice tres veces Kyrie al Padre, tres veces Christe al Hijo y tres veces Kyrie al Espíritu Santo para adorar igualmente a las tres Personas de la Santísima Trinidad”[1][1]

        Una vez más vemos que en la Sagrada Liturgia todo, hasta los pequeños detalles, tiene sentido y mensaje doctrinal.

EL ALMA DE LOS DETALLES

Los Tres Manteles sobre el altar

El objetivo de estas breves exposiciones no es sólo enumerar detalles y características de diversa importancia en la Santa Misa según el Uso Romano Antiguo sino, sobre todo, mostrar su significado. Hoy vamos a hacer ambas cosas, mostrar un objeto sagrado y su significado, con los manteles que cubren el altar.

“La mesa del altar debe estar cubierta con tres manteles, de los cuales los dos inferiores serán cortos y no es necesario que cubran toda la mesa ni mucho menos que cuelguen por los lados; el superior sí debe ser largo no sólo para cubrir toda la mesa sino también para caer por los lados hasta el suelo. Los manteles deben ser de hilo y el superior más fino y decente que los inferiores estando absolutamente prohibidos los de algodón. Los manteles deben estar benditos por el obispo o por un sacerdote competentemente delegado”[1]

En torno a la historia de estos tres objetos sagrados seguimos lo enseñado por el liturgista benedictino Dom Eugene Vandeur de la Abadía de Maredsous (Bélgica) quien nos dice que “se puede probar que ya en el siglo IV el altar llevaba un mantel de lino pero a causa de los accidentes que pueden sobrevenir, como por ejemplo derramarse la Preciosa Sangre, se vio que no era suficiente un solo mantel. Debían ser tres. Uno de ellos desciende por los dos lados del altar hasta el suelo y los otros dos basta con que recubran la piedra sagrada”[2]

Hasta aquí unas notas de historia y de razones prácticas pero no más falta lo más importante: ¿Cuál es el significado de estos objetos dentro del Rito general del Santo Sacrificio de la Misa? La respuesta la tomamos del mismo autor: “Estos lienzos representan aquí a los que se emplearon en el Sepulcro de Cristo y son de lino para mejor representar el sudario en que José de Arimatea envolvió el Cuerpo del Señor. Del mismo modo ellos también –los manteles- reciben este Cuerpo adorable inmolado en nuestros altares”[3] Incluso el color de que están hechos tiene una significación: “Su blancura nos enseña que si nuestras almas desean recibir dignamente el Pan que da la vida eterna(San Juan, VI, 56) también ellas deben presentarse sin mancha ante el Cordero divino”[4]


[1] NORMAS LITURGICAS, Francisco Argudo, Editorial Pedro de la Peña, Córdoba 1918, 77

[2] LA SAINTE MESSE, Dom Eugene Vandeur O.S.B., Ediciones de la Abadía de Maredsous 1928, 39-40.

[3] Obra citada página 40.

[4] Idem pagina 41.

LA SANTA MISA 

Vestiduras

Nuestro Señor al instituir la Eucaristía en la Última Cena no se vistió de forma distinta de lo habitual y al consumar el Sacrificio en la Cruz no vestía sino la poca ropa que le habían dejado después de que los soldados le quitaran y echaran a suertes su túnica.

Pero el celebrante se reviste de unas vestiduras especiales. Y no sólo el sacerdote, incluso los fieles que asisten acostumbran a ponerse mejor ropa cuando van a Misa. Aunque en el caso del sacerdote celebrante el fenómeno está más acentuado porque no sólo son  mejores vestiduras –eso lo deben hacer también los fieles- sino que sólo las usa para eso: para celebrar la Sta. Misa.

¿Por qué ese cambio tan llamativo con respecto a lo que hizo el Señor?

Sin pretender agotar el tema diremos que la respuesta sería que se hace por respeto, por reverencia porque sabían los ministros sagrados que aquel acto era lo más grande que se hacía y se podía hacer y por eso se presentaban en él con unas vestiduras distintas de las que empleaban en la vida ordinaria. Y esta motivación es tan fuerte y bien fundada que la práctica de usar vestiduras sagradas especiales está presente en todos los ritos litúrgicos, orientales y occidentales, eslavos o etiópicos. Y esta universalidad en medio de tantas diferencias es bien significativa de lo recto de este proceder.

* * *

Proceder que se ha mantenido en la reforma litúrgica actual. Por eso si tratamos de este tema en nuestra modestas catequesis es porque, sin que parece que haya habido ninguna orden oficial para ello, dos de esas vestiduras han desaparecido en la práctica general y queremos decir algo sobre su sentido ya que los fieles que asisten a la Misa según el uso romano antiguo van a ver que el sacerdote las sigue empleando y pueden preguntarse por qué o cuál es su sentido.

La primera de esas vestiduras es el AMITO, que los fieles en general no verán porque el sacerdote se lo pone en la sacristía. Es la primera de las vestiduras sobre las que se viste todas las demás y consiste en un trozo de tela blanco de forma cuadrada o rectangular con dos cintas para sujetarlo a la cintura y con una cruz bordada en el centro. El sacerdote antes de ponerse el amito besa la cruz del centro y le apoya un momento sobre la cabeza. Se le suele dar el simbolismo de un yelmo o casco que defiende al celebrante de las tentaciones y distracciones durante la Santa Misa.

Después viene el MANIPULO. Este sí le ven los fieles ya que es una cinta ancha del mismo color que la casulla y con una cruz en el extremo, que suele ser más ancho tomando la forma de pala, y que se coloca casi al final de la manga del alba, en el brazo izquierdo. Es curioso su origen porque parece ser que procede del pañuelo o servilleta que servía para enjugar las manos o el rostro y también posiblemente para presentar alguna ofrenda sin tocarla con las manos. Quizá venga de ahí su uso litúrgico. Se le da elsimbolismo del premio que Dios concederá a las penas y fatigas que soportamos por servirle.

APLICACIÓN PRÁCTICA A LOS FIELES

También ellos deben vestir con especial decoro cuando asisten a la Sta. Misa. El Apóstol San Pablo incluso recomendaba el velo en la mujer. Y no sólo en la iglesia. “En los primeros siglos cristianos una de las señales de identidad de los discípulos de Cristo era precisamente la modestia en el vestir de la que aquel mundo pagano carecía por completo. Recordemos un solo ejemplo de este pudor sorprendente, afirmado ya en el año 203. Las santas mártires Perpetua y Felicidad fueron expuestas en el anfiteatro de Cartago a la furia de una vaca muy brava. «La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua [de 22 años, madre reciente], y cayó de espaldas; pero apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió la pierna, acordándose antes del pudor que del dolor» (Actas 20). Y esto ha pasado al rito sacramental del bautismo que recuerda este sentido espiritual del vestido, cuando el sacerdote impone una vestidura blanca al recién bautizado:

«N., eres ya nueva criatura, y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna».

Todo cristiano debe evitar tajantemente las ocasiones próximas e innecesarias de pecar, y debe sentir al mismo tiempo un verdadero horror a escandalizar, es decir, a ser para otros ocasión próxima de pecado. En esta cuestión del escándalo la palabra de Cristo es terrible: «al que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos de haber escándalos; pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo!» (Mt 18,6-7). Por eso hay que aceptar en la fe que la desnudez, y aquello que, ciñendo o descubriendo el cuerpo, se aproxima a ella, ofende a Dios, es contrario a su voluntad, es pecado; material o formal, pero pecado. Sería imposible aquí tratar de señalar qué gestos, modos y modas ofenden el pudor cristiano. Sería vano derivar el tema a una «cuestión de centímetros», ni existe un metro o peso que mida la impudicia de un lugar, de un espectáculo o de un escrito. De acuerdo. Pero reconoced la verdad de una tradición católica de veinte siglos. A la que de alguna manera hoy resulta más fácil ser fiel porque en un mismo barrio, sobre todo en las grandes ciudades, podemos encontrar cristianos, budistas, vegetarianos, blancos, negros, agnósticos, ecologistas, nacionales, extranjeros, etc. Hace no mucho la sociedad era mucho más homogénea.

Y en la misma moda femenina, muy al contrario de otros tiempos, una mujer queda perfectamente libre para elegir sus maneras de vestir: puede llevar pantalones largos o cortos, ceñidos o muy amplios, o puede optar por las faldas, y entre éstas le es dado elegir cualquier color y forma, y optar porque sean largas, cortas o muy cortas, estrechas o de gran vuelo… En una palabra, no está obligada por la moda, sino que, al menos en principio, es perfectamente libre para vestirse como prefiera.

Pues bien, esto ofrece a la mujer cristiana de hoy una facilidad históricamente nueva para vestirse con gran libertad respecto del mundo, en perfecta docilidad al Espíritu Santo. Si viste, pues, con indecencia, no tendrá excusa, ya que perfectamente podría vestir decentemente. Si quieres ser tratada como una dama, viste como una dama. (Helena Machín, conocida diseñadora inglesa)

¡        Todos estamos llamados a ser santos en medio del mundo y esto, a pesar de las facilidades que acabo de citar,  tal como está el mundo, tal como está incluso la costumbre de muchas familias cristianas, no puede hoy vivirse perfectamente sin una cruz que a veces puede ser bastante pesada. Pero Acabad de enteraos de que no sois del mundopues tampoco Cristo es del mundo. Y todos, laicos, sacerdotes y religiosos, hagamos nuestra aquella oración litúrgica:

«Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa» (III lunes Pascua)”


[1][1] La Sainte Messe, Dom Jean-Denis Chalufour O.S.B., Abbaye N.D. de Fontgombault, año 2000, pag. 54.

ELEVACION MENOR

En estas catequesis ya nos hemos ocupado del tema de la elevación de la Sagrada Forma después de la Consagración y de lo tardío de la aparición de esta ceremonia tan expresiva en la celebración de la Santa Misa[1], que fue recibida con verdadero entusiasmo por los fieles.

Pero entre las ceremonias propias del Uso Romano Antiguo se incluye una segunda elevación de ambas especies y ésta tiene lugar al final del Canon, antes del rezo del Padre Nuestro a la vez que se pronuncian las palabras: Por Él (Jesucristo), con Él y en Él, a Ti, Dios Padre todopoderoso en unidad del Espíritu Santo, sea toda honra y gloria, por los siglos de los siglos. Amen

Pero, a diferencia de la primera elevación, esta ceremonia no se hace a la vista de los fieles ya que las Sagradas especies son levantadas levemente por encima del altar de modo que los fieles no ven el gesto del celebrante.

¿Por qué esta diferencia entre ambas elevaciones? Según el historiador de la Liturgia a quien aquí seguimos preferentemente las diferencias exteriores obedecen al distinto significado de ambas ceremonias. En el primer caso, en la llamada elevación mayor se trata de favorecer la adoración de los fieles al Señor presente en las sagradas especies de pan y vino. En el segundo caso la elevación se efectúa “como expresión de su ofrecimiento a Dios”[2]. Al respecto dice en sus notas bíblico litúrgicas uno de los misales para los fieles que alcanzaron más difusión: El auténtico Ofertorio u oblación de la Divina Víctima se hace al eterno Padre después de la Consagración[3].

Esta segunda elevación es llamada menor pero hay que tener claro que esta denominación, que puede provenir de diversas causas, no significa en manera alguna que tenga menos importancia que la primera. Diverso significado sí, pero no menor importancia.

A todos se nos invita a unirnos al Señor en este momento del Santo Sacrificio participando en sus disposiciones de ofrenda al Padre Eterno. El conjunto de nuestra pobre vida se une en esta ofrenda a la de Aquel que es nuestra Cabeza. Que la aparente insignificancia de nuestra jornada diaria no nos engañe y nos lleve a olvidar la grandeza de nuestra vocación.


[1] “La primera noticia acerca de la elevación: …el obispo de París dispuso hacia 1210 que los sacerdotes después de haber pronunciado sobre la Sagrada Hostia la fórmula de la consagración la elevasen a tal altura que todos la pudiesen ver. Esta es la primera noticia segura que poseemos sobre la forma actual de elevar la Sagrada Hostia[1]”.  J.A. Jungmann, El Sacrificio de la Misa, BAC Madrid 1953, página 763.

[2] O.c., página 950.

[3] Luis Ribera C.M.F, Misal diario completo, Editorial Regina (Barcelona)1965, 32

Preces leoninas

Es frecuente encontrar personas que, por haberla conocido en su infancia, se refieren a la Misa según el Uso romano antiguo como “la Misa de las tres avemarías” Con ese nombre se refieren a la costumbre de concluir la Santa Misa no sólo con las tres avemarías sino también con la Salve, dos oraciones –la segunda dirigida al arcángel San Miguel- y una invocación triple al Sagrado Corazón que en su conjunto reciben el nombre de “Preces leoninas” por la parte que tuvo el Papa León XIII (1878-1903) en su implantación.

En realidad la práctica es anterior a León XIII porque fue Pio IX (1846-1878) quien la estableció en 1859. La aportación de León XIII consistió en extenderla a toda la Iglesia cambiando las oraciones que se rezaban después de la Salve en tiempo de Pio IX por la actual ¡Oh Dios nuestro refugio y fortaleza! a la que añadió la oración a San Miguel. Pero aún quedaba un Papa por intervenir. Fue San Pio X (1903-1914) que, al final de todo, introdujo la triple invocación Corazón Sacratísimo de Jesús ten misericordia de nosotros con la que se daba por concluido el Santo Sacrificio. En la elaboración de esta sencilla ceremonia de conclusion habrían intervenido pues tres Papas: Pio IX, León XIII y San Pio X.

Consideraciones finales

Porque pensamos que puede ayudar a rezar con más fruto estas preces finales aclaramos que el hecho de que los Papas introduzcan nuevas plegarias en el Santo Sacrificio con ocasión de guerras o convulsiones sociales es algo conocido desde la antigüedad. Así San Gregorio Magno (590-614) que no esperó al final de la Misa sino que en el mismo Canon introdujo la frase que aún seguimos rezando: diesque nostros in tua pace disponasque podría traducirse por guarda nuestros días en tu paz.

El traductor de un eminente historiador litúrgico alemán refiere esta anécdota: “…D. Francisco Brehm, consejero eclesiástico de una editorial litúrgica de Ratisbona recién vuelto de un viaje a Roma nos contó hacia el año 1928 que en una Sesión de la Sagrada Congregación de Rtios en que se trataba de derogar estas oraciones, -se refiere a nuestras “Preces leoninas”- y a la que él asistió, cuando ya todos estaban de acuerdo para suprimirlas, un anciano cardenal, cuyo nombre ya no recuerdo, se levantó para contar que el mismo León XIII le había dicho que la invocación de San Miguel la había añadido contra la amenaza de la francmasonería, movido a ello por una revelación sobrenatural” (El Sacrificio de la Misa, J.A. Jungmann S.I.,  B.A.C. 1963, pag. 1030).

Los africanos y la Misa en latín

Estas sencillas reflexiones no tienen otra finalidad que la de mostrar el por qué del esfuerzo de tantos por mantener vivo el Uso Romano Antiguo de celebración de la Santa Misa y para ello explicar el sentido de algunas de sus características más destacadas.

Por ello, entre otros temas,  hemos tratado anteriormente de la razón de ser de emplear en esta Liturgia una lengua distinta de la habitual que en la Iglesia Católica occidental es el Latín.

No vamos a repetir lo ya dicho a favor del empleo del Latín y de los folletos en castellano que se reparten a los asistentes para facilitar la comprensión de los textos sino sólo a responder a una objeción contra su empleo litúrgico que consistía en presentar dicha lengua como una imposición cultural fruto de una mentalidad colonialista europea de la que era urgente liberar a las cristiandades asiáticas, americanas y africanas.

Esta objeción, de la que aquí sólo damos un breve resumen, no parece tener mucho fundamento tal como lo refleja una anécdota que hemos leído en una biografía de Pablo VI del historiador francésYves Chiron. Para justificar la atención que prestamos a este dato sólo diré que este autor es un especialista en los Papas modernos pues ha publicado biografías de notable interés sobre Pio IX, San Pio X, Pio XI y esta de Pablo VI.

El hecho es que del 31 de julio al 2 de agosto de 1969 Pablo VI realizó un viaje apostólico a Uganda. Y la tarde del dia de su llegada, en la catedral de Kampala, presidió la clausura del Simposio de Obispos africanos.

El caso es que en aquel acto de clausura en el que estaban presentes numerosos y autorizados representantes de las cristiandades supuestamente oprimidas por aquella “imposición cultural colonialista” se trató del tema litúrgico. Recordemos de paso que la Nueva Misa había sido promulgada el 30 de abril del mismo año.

Y, ¿qué nos dice el biógrafo de Pablo VI que sucedió en tan memorable ocasión? Pues que “aun mostrándose favorables –los Obispos africanos- al nuevo rito de la Misa deseaban conservar el Latín en la Liturgia”[1] ¿Y por qué razón deseaban la conservación de la lengua sagrada? Nos lo refiere poco más adelante el mismo biógrafo: “Por su valor de signo de unidad en países étnica y lingüísticamente divididos”

Y concluimos añadiendo al argumento de los venerables prelados justamente preocupados por mantener tan expresivo signo de unidad en el inmenso espacio africano el expuesto en una publicación de los benedictinos de Le Barroux: La lengua sagrada distinta de la vulgar es signo de unidad  en el tiempo porque nos une a las expresiones de la Fe de la Iglesia primitiva y de la futura.

LA MISA Y EL CALVARIO

          Una de las dificultades que pueden surgir en el fiel que asiste a la Misa es la identidad de cualquiera de ellas con el Sacrificio del Calvario. Entender –hasta donde se pueda- esta identidad entre ambas acciones y también la razón de ser de esta identidad entre ambos hechos será el tema de la breve reflexión de hoy.

          ¿Cómo puede ser que la Misa reproduzca lo sucedido en el Calvario hasta el punto de que un notable liturgista benedictino llega a decir que « la Santa Misa es el Calvario puesto a nuestra disposición”?[1]

          Un gran apóstol del pasado siglo, el arzobispo norteamericano John Fulton Sheen (1895-1979) lo explicaba mediante dos símiles que reproducimos a continuación tomados de la página 68 de su obra titulada precisamente El Calvario y la Misa: La Redención obrada en el Calvario “es un Acto divino con el cual nosotros entramos en contacto en un momento dado del tiempo.

Podemos ilustrar perfectamente el pensamientocon el ejemplo de la radio. El aire está lleno de música y palabras. No las hemos puesto nosotros en él pero si queremos podemos establecer contacto con ellas sintonizándolas con nuestros aparatos.

Así es la Misa. La Redención obrada en el Calvario es un singular Acto divino pero podemos ponernos en contacto con él cada vez que es representado y repetido en la Sta. Misa.

Cuando se hace el troquel o molde de una medalla o moneda, la medalla es lo material, la representación visible de la idea espiritual que existió en la mente del artista. Pueden hacerse innumerables reproducciones de este original cada vez que una nueva pieza de metal se coloca en contacto con él y se vacía en él. No obstante la multiplicidad de las medallas hechas el molde siempre es el mismo y único.

De igual manera en la Misa. El molde –el Sacrificio de Cristo en el Calvario- es repetido en nuestros altares cuando cada ser humano es puesto en contacto con él en el momento de la Consagración. Pero el Sacrificio es Uno y el mismo a pesar de la multiplicidad de las misas.

La Misa es, pues, la comunicación del Sacrificio del Calvario con nosotros bajo las especies de pan y vino”

Pero nuestra reflexión de hoy abarca un segundo punto. Y es la razón de ser de la frecuencia en la celebración, del urgir a los fieles a la participación incluso diaria en esta representación del Sacrificio redentor del Calvario. ¿No es el Sacrificio de la Cruz un acto de valor infinito? ¿A qué viene entonces el repetirlo miles de veces por muy simbólicamente que se haga?

Y aquí entra en escena algo necesario para que la Redención sea realmente fructuosa: su aplicación, su extensión en el espacio y en el tiempo a todos los hombres por los que se llevó a término.

Un teólogo dominico lo explica de nuevo mediante otro símil: “…una cosa es hacer y acabar la redención y otra es renovar y aplicar a cada uno de los redimidos el fruto o valor de la misma. Como una cosa es tener un valor en posesión en un banco y otra acercarse a la ventanilla y recibirlo. Dios…quiso que no todo nos llegara sin hacernos corresponsable de ello…”[2]

Ojalá que estas reflexiones nos ayuden a centrarnos en los que hacemos cada vez que asistimos al Santo Sacrificio de la Misa y se haga realidad en nosotros lo que decía San Agustín sobre la forma más alta de participación en ella: la Sagrada Comunión: “No me cambiarás en ti, como los manjares de la carne, sino que tu te cambiarás en Mi”.

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